FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

lunes, 27 de febrero de 2012

GRANDES MUJERES DE LA HISTORIA

"Los fascistas no pasarán"

Dolores Ibárruri Gómez, llamada la Pasionaria

Dirigente comunista española (Gallarta, Vizcaya, 1895 - Madrid, 1989). Nacida en una familia minera conservadora, Dolores Ibárruri se interesó por la lucha obrera bajo la influencia de su marido, un militante socialista con el que se casó en 1915. Desde que pasó a la acción con motivo de la huelga general revolucionaria de 1917, Dolores Ibárruri fue adquiriendo prestigio como oradora y articulista política, a pesar de que había interrumpido muy pronto su formación escolar para ponerse a trabajar como sirvienta. Impresionada por el triunfo de la Revolución bolchevique en Rusia, Dolores Ibárruri participó junto con la agrupación socialista de Somorrostro, de la que era miembro, en la escisión del PSOE que dio lugar al nacimiento del Partido Comunista de España (PCE) en 1920, llegando a formar parte de su Comité Central en 1930; en 1931 se trasladó a Madrid para trabajar en la redacción del periódico del Partido,Mundo Obrero.
Su activismo de luchadora incansable le llevó a la cárcel por dos veces en 1931-33. Recién elegida diputada por Asturias en 1936, la sublevación de los militares contra el gobierno de la República acrecentó su carisma popular, al desplegar durante la siguiente Guerra Civil (1936-39) una gran actividad de propaganda; su prosa apasionada, sensible y coherente la convirtió en símbolo de la resistencia y combatividad de la España republicana.
Ya durante la guerra ascendió al segundo lugar en influencia dentro del partido, después de su secretario general, José Díaz. Tras la derrota militar se exilió en la Unión Soviética (1939-77), continuando con su labor como representante de España en la Internacional Comunista. Al morir Díaz en 1942, la Pasionaria le sustituyó como secretaria general del PCE, cargo del que sería desplazada por Santiago Carrillo en 1960; se mantuvo, no obstante, en el cargo honorífico de presidenta del Partido.
Dolores Ibárruri regresó a España tras la muerte de Franco y la transición a la democracia, resultando elegida de nuevo diputada por Asturias (1977). Incluso entonces permaneció aferrada a los viejos ideales del comunismo prosoviético, que apenas tenían ya eco ni en la sociedad española ni en el PCE; aquejada por problemas de salud, abandonó pronto su escaño y se retiró de la política activa.

domingo, 26 de febrero de 2012

POR UN PASADO DE GLORIA - Cuento -




Por un pasado de gloria

Una paradoja es la verdad
puesta boca abajo
para llamar la atención..

Nicholas Falletta


Varios años habían pasado desde la última reunión. Fue durante la década del ochenta. No sabían precisarlo con exactitud debido al poco orden que guardaban de sus recuerdos. Los hombres solían relacionar sus encuentros con sucesos políticos de excepción, y aquellos tiempos de sostenible vértigo no les acercaban precisiones. El Nunca Más, el Juicio a las Juntas, Semana Santa, Monte Caseros, Obediencia Debida, Punto Final, La Tablada, Rico, Seineldín, el esperado indulto, conformaban una nebulosa de referencias tan caóticas como desordenadas. Los noventa pasaron de largo; sus talentos no eran de imperiosa necesidad, todo estaba políticamente ordenado no precisando del aderezo logístico que aportaban como sana regla institucional.

A mediados de la primera década del nuevo milenio la situación era tanto por ciento más compleja. El movimiento nacional y popular en el poder intentaba modificar las relaciones existentes pretendiendo ocupar espacios de decisión hasta entonces vedados. Algunos pocos cuadros no vencidos y supuestamente exterminados del populismo de izquierda setentista habían logrado reagruparse y conformado un frente minoritario que logró imponer condiciones casi de casualidad, dentro de un Peronismo que decidió, durante la segunda década infame, ocultar sus banderas fundacionales y hacerle mimos a los sectores corporativos más reaccionarios de la sociedad. Sin caudillos emblemáticos y dominantes se dieron las condiciones subjetivas para que varios de aquellos exiliados combativos se colocaran a la cabeza de un proyecto inclusivo en el marco de un país desbastado y una sociedad mayoritariamente empobrecida. Algo más de un veinte por ciento le alcanzó para obtener las simpatías del electorado para una segunda vuelta que el ex presidente “rubio y de ojos celestes”,  no se atrevió afrontar.
En este contexto era necesario entonces iniciar el camino hacia una estrategia de erosión en función de socavar los cimientos de este embrionario proyecto. Distribuir la riqueza, desempolvar los juicios por la verdad y modificar las relaciones de poder no eran temas que las corporaciones estaban dispuestas a aceptar.

-         Me parece que no debemos descartar el magnicidio como alternativa – disparó Propato –Esta gente nada tiene que ver con aquellos tibios dirigentes de principios de los ochenta. Son bichos, tienen plata, manejan muy bien los medios y pusieron en juego a sus más notables intelectuales. Además el concierto internacional los favorece. Sin la vigencia de la teoría de seguridad nacional y sin el apoyo político norteamericano no podemos ir al frente como en las buenas épocas.
-         ¿Ella o Él? – preguntó Carmodi –
-         Doble complicación – interrumpió Moldes -. Podríamos estar creando un símbolo y una víctima a la vez. El símbolo como tótem para que la víctima se perpetúe en el poder. La receta debe contener a ambos.
-         Creo que estamos en condiciones – agregó Carmodi – de realizar un operativo en conjunto. Aún tenemos gente de los viejos tiempos que con gusto se pondrán a nuestro servicio para limpiar de zurdos la Patria.
-         Pero adolecemos de apoyatura política – afirmó Moldes –
-         Eso es parcialmente cierto – aseveró Propato mientras hojeaba su lista de posibles colaboradores – ya que poseemos aliados aún poderosos: La derecha peronista, el niño mimado del Pro, los radicales, la mesa de enlace, algunos caudillos provinciales, los oligopolios mediáticos afectados por la futura ley de medios, la iglesia, el progresismo liberal y me atrevo incluir alguna izquierda que el matrimonio dejó sin asunto como novia abandonada frente al altar.
-         Parte del campo popular en contra del campo popular como carta de triunfo – ironizó Carmodi –
-         Como siempre. Es histórico. Estos tipos viven reiterando errores a fuerza de vedetismo. Allá ellos – agrego Moldes - ¿Sacaste algo en limpio del listado, Propato?
-         Poco, muy poco. Los viejos camaradas de las fuerzas nos odian por haber tenido que cargar con el sayo completo, los servicios de inteligencia cambiaron sus cuadros poniendo en su lugar gente que responde al gobierno, la policía está en plena lucha por la calle y el botín, además, y aquí lo más complicado del asunto, todos cobran excelentes salarios.
-         Nada entonces  - sentenció Carmodi –
-         Te agrego – prosiguió Propato – que del viejo comando, Benítez, Quiroga y Mouriño son fiambres; Sosa, D´elía, Suazo y Marquesini cumplen sentencias en Devoto, mientras que Domínguez y Loza están en el Borda gracias a un par de buenos abogados.
-         Es una cargada – soslayó Moldes a la par que descerrajaba una puteada madre - ¿Me querés decir entonces quién nos convocó a esta reunión?
-         No lo sé – se apresuró a responder Propato -. La gacetilla hablaba de este bar y que el anfitrión llegaría treinta minutos después de la hora fijada.
-         ¿Y si es una trampa? – lanzó Moldes –
-         ¿Quién va a querér conspirar contra nosotros? ... somos poca cosa – continuó Propato -. Acá hay alguien que necesita de nuestros talentos, de nuestras capacidades operativas, de nuestro compromiso con Dios, la familia y la propiedad.
-         Ahí está, me parece que viene caminando la respuesta... Es el número dos del multimedio, Juan Francisco Losada Caló – reparó Carmodi - ¿Recuerdan al tipo? Hicimos un trabajo en la redacción de su diario sacándole de encima a tres delegados gremiales que jodían en su empresa. ¿Se acuerdan no? Lo conocimos cuando apretamos a los viejos dueños de Papel Prensa. El hombre solía venir con el cuestionario confidencial para continuar con los negocios. ¡Qué jóvenes que éramos!
-         Y necesarios  - afirmó Propato –
-         ¿Qué mierda querrá este tipo? – preguntó en voz alta Moldes –

Inesperadamente Losada Caló hace un giro en su andar perdiéndose de vista en medio de la multitud; mientras esto sucedía el trío no se percató que uno de los acompañantes del funcionario había ingresado al bar, por uno de los laterales, para acordarse en la barra a escasos dos metros de la mesa que compartían.

-         En breve el Señor Caló estará con ustedes – consignó el esbirro a media voz, ante la sorpresa del grupo –

El rostro del gerente era desconocido para el vulgo; apenas un par de inescrupuloso intentos financieros lo habían puesto en escena por una prensa marginal que no contaba con tiradas importantes, de modo que moverse entre la gente no le resultaba mortificante.

-         ¿Qué opinan? – comentó Carmodi –
-         Bueno... el hombre toma sus prevenciones. El tema debe ser lo suficientemente reservado como para tomar recaudos adicionales. No hay que olvidarse que nosotros somos gente con antecedentes y él un personaje medianamente público entre la burguesía nacional, cualquier fotografía o testimonio lo colocaría en una situación difícil de explicar – atinó a razonar Propato -. Temo que somos propietarios de una entidad superior, un tanto más importante de lo que suponemos, de lo contrario no habría razón para tanta precaución.  De algún modo su actitud habla bien de nosotros. Entonces me corrijo, no somos tan poca cosa.
-         Es verdad Propato – compartió Carmodi -. Somos poseedores de impecables legajos al servicio de la Patria, por lo tanto también nuestras identidades deben ser resguardadas. Espero que eso responda a tu extemporánea reacción Moldes.
-         Puede que tengan razón, de todos modos mi cuestionamiento no ha sido contestado – afirmó Moldes –, persisto con mi duda razonable.


-         Buenos días señores... ¿me permiten? – Losada Caló corrió de inmediato una de las sillas sin esperar autorización de la caterva – ¡Qué poco ha quedado de aquel grupo camaradas!. Personas que han servido fielmente a lo más notable de la argentinidad se encuentran hoy olvidadas y en algún caso detenidas por ese revisionismo histórico tendencioso que no reconoce la trascendente labor emprendida para no permitir que la extranjerización apátrida se apodere de nuestras más sensibles tradiciones. Los veo y siento impotencia camaradas. Gracias a ustedes los trapos rojos jamás flamearán en nuestras Instituciones, sindicatos, ministerios, medios de comunicación... es un rencuentro triste... pero no todo está perdido. Si bien el panorama no es alentador debido a la gavilla gobernante sabemos que el final está cerca. Ya hemos cooptado a casi la totalidad de la oposición y poseemos con exclusividad los canales masivos de opinión, en consecuencia sólo debemos presionar y esperar, presionar y volver a esperar. Me veo en la obligación de dar crédito a los cultores de la geopolítica que sostenían no haber concluido la tarea. Creímos que un sensible maquillaje y cierta institucionalidad colaborarían para sosegar las culpas de la sociedad. Nos equivocamos camaradas. Al enemigo ni justicia. Me indigna que estos personeros del estalinismo nos estén dando clases de moral. Con mucho sacrificio hemos reafirmado los cimientos de la argentinidad para que un grupete de vencidos y fracasados pretendan imponerle valores a la patria, valores éstos que atentan contra nuestras tradiciones históricas, falsos mensajes que agreden a nuestros muertos, a nuestros héroes, a ustedes camaradas...
-         Gracias por su reconocimiento, necesitábamos una palmada de aprobación. Somos tres pensionistas que vivimos con lo puesto – afirmó acongojado Propato –
-         No se derrumbe camarada – continuó Caló – los marxistas saben de estas cosas y nunca dan por perdida la batalla. En ese sentido debemos emular su fundamentalismo ideológico. De hecho, mi convocatoria obedece a incluirlos en un emprendimiento privado de capitales nacionales que constituirá un beneficio incalculable a favor de dar otro paso firme hacia la recuperación definitiva de nuestra identidad nacional.
-         Estamos dispuestos para lo que necesite, por favor, cuente con nosotros – concluyó Carmodi –
-         El asunto es así – inició su alegato el gerente -. Junto a un grupo inversor desarrollamos un descomunal proyecto en las afueras de la localidad de Pilar. Son treinta viviendas en el marco de un barrio cerrado en donde cada una goza de un lote individual de ochocientos metros cuadrados. El emprendimiento tiene canchas de rugby, de golf y de tenis, además posee un salón de usos múltiples con un pequeño casino para recreación de los consorcistas, un microcine y un gimnasio totalmente equipado. Debido a la envergadura del diseño y a la categoría de los adquirientes necesitamos personas de absoluta confianza y compromiso para desarrollar tareas dentro del predio...
-         Tareas de seguridad y vigilancia, Señor – interrumpió Propato –
-         No exactamente mi amigo. Ya tenemos una empresa específica para tales fines. Andamos tras dos recursos especializados en parquizado y ornamentación y otro más como activo recolector de residuos domiciliarios – manifestó Caló –
-         Dos jardineros y un recolector de basura – blanqueó Carmodi desilusionado -
-         No Carmodi. En esencia toda profesión conserva rango y estirpe según el lugar donde se ejerce; la gente que habitará el complejo son viejos luchadores y empresarios de aquellos tiempos que ustedes supieron honrar con valor, poniéndole el cuerpo, escribiendo con su sangre la historia - sostuvo el gerente –
-         Es una buena visión, otra óptica para entender la propuesta – dictaminó Moldes con la anuencia de sus compañeros –
-         Muchachos ¿Cuento entonces con el equipo completo? – preguntó como epílogo Caló –
-         Por un pasado de gloria, cuente con nosotros...




sábado, 25 de febrero de 2012

Mateando con la Ciencia - Hoy ceba Arnau de Vilanova

Destilación de Licores


La fermentación natural tiene sus límites. Cuando la fruta u otras materias fermentan se acumula el alcohol y acaba concentrándose lo suficiente como para matar levaduras u otros microorganismos responsables de la fermentación. Los alquimistas habían aprendido a destilar, o sea calentar una sustancia y extraer de ella materias volátiles capaces de condensarse en otro líquido diferenciado, dejando tras de sí materia disuelta. Así, si el agua de mar era sometida a la acción del calor, los vapores desprendidos consistirían sólo en agua y si se enfriaban resultaban agua potable. La sal quedaba depositada y tenía sus propios usos.
Con el tiempo se fueron destilando bebidas alcohólicas. Como el alcohol hierve a una temperatura inferior a la que precisa el agua los vapores de la bebida tienen más contenido en alcohol que el líquido original. Si entonces esos vapores se enfrían y se condensan el resultado es un licor más fuerte, con mucho más contenido alcohólico que el original.
En el año 1300 el alquimista español Arnau de Vilanova destiló vino y obtuvo por primera vez alcohol razonablemente puro. En el proceso, está claro que lo que resultó fue Brandy, vino destilado con un contenido alcohólico muy superior al vino ordinario. A partir de ese momento no sólo estuvo disponible en considerables cantidades el Brandy sino también el Whisky, aguardiente resultante de la destilación de cereal en fermentación.

viernes, 24 de febrero de 2012

O JUREMOS CON GLORIA CALLAR - Cuento - Osvaldo Soriano

En los grabados de época los nueve miembros de la Primera Junta aparecen más tiesos y beatos que un puñado de frailes viejos. Son figuritas deste­ñidas y tediosas que ocultan la pasión de la libertad con dignidad y justicia.
Las sucesivas crónicas sobre Mayo tendieron a inter­pretar los acontecimientos según los intereses dominan­tes del momento en que fueron elaboradas. Casi toda esa escritura es rimbombante y adjetivada. San Martín es "genio y figura". Belgrano, "abnegación y sacrificio"; Moreno, un "preclaro maestro"; Rivadavia,"coloso de la modernidad".
El relato más silenciado por la historiografía ha sido el Plan de Operaciones de Mariano Moreno, que lo revela como un furioso expropiador de fortunas coloniales. Sin ese texto escamoteado, el fulgurante secretario es, para muchos —sobre todo para el colegio—, un distinguido prócer liberal.
Casi todos los hombres de la Revolución pelearon contra los invasores ingleses; algunos, como Castelli, intentaron apoyarse en los británicos para librarse del Dominio español. Unos y otros se odiaron por diferencias políticas o por celos, pero hicieron una parte del camino juntos. Rodríguez Peña, Vieytes y Belgrano eran partida­rios de Adam Smith y casi todos —también San Martín— de establecer una monarquía constitucional. Castelli, Belgrano y Moreno conocían bien la dolorosa secuencia de la Revolución Francesa que concluyó con el golpe de Termidor.
El 15 de julio de 1810, el muy católico Manuel Belgrano presentó a pedido de los nueve miembros de la Primera Junta el proyecto de un plan que "rigiese por un orden político las operaciones de la grande obra de nuestra libertad". El documento describe la situación heredada del Virreinato: "Inundado de tantos males y abusos, destruido su comercio, arruinada su agricultura, las ciencias y las artes abatidas, su navegación extenuada, sus minerales desquiciados, exhaustos sus erarios, loa hombres de talento y mérito desconceptuados por la vil adulación, castigada la virtud y premiados los vicios".
Belgrano traza en nueve puntos la línea que debe seguir la Junta para la "consolidación del sistema de nuestra causa". Su objetivo es comprometer a todos los sublevados en la fundación de un Estado que además de independentista sea revolucionario.
El 17 de julio los nueve miembros, "a pluralidad de votos" aprueban el pedido de Belgrano. Tanta es la urgencia que al día siguiente deciden confiar en "los vastos conocimientos y talentos" del vocal Mariano Moreno para la confección del plan. Moreno debía traba­jar en condición de "comisionado" y no de miembro de la Junta, "participándole al mismo tiempo que quedaba exento de la penuria de contribuir al desempeño de las funciones de dicho tribunal (...) con el pretexto de alguna indisposición corporal".
Ese mismo día, en la sala de acuerdos de la Real Fortaleza, Moreno comparece y jura "desempeñar la dicha comisión con que se me honra guardando eternamente secreto de todas las circunstancias de dicho encargo".
El 30 de agosto, Moreno lee un terrible documento que iba a permanecer oculto a los argentinos durante más de ochenta años. La desaparición de ese texto repudiado hasta por quienes lo aprobaron causó no pocos equívo­cos.
El primer manuscrito de Moreno se perdió, pero una copia de su propia mano, que llevaba en los baúles del exilio cuando el capitán del barco inglés "le suministró un emético" mortal, fue a parar a manos de la infanta Carlota que lo transmitió en 1815 a Fernando VII de España.
Recién en 1893 el ingeniero de puertos Eduardo Madero, que investigaba en el Archivo de Indias de Sevilla, encontró una copia y se la mandó a Bartolomé Mitre. Ecuánime, tal vez sorprendido u horrorizado, el historiador lo ofreció al Ateneo de Buenos Aires para que Norberto Piñeiro lo incluyera en una edición crítica de los Escritos de Moreno. Naturalmente, el documento se extra­ñó y Pinero tuvo que pedir otra copia a Sevilla.
Paul Groussac encabezó el vendaval de indignadas críticas que produjo la publicación del plan. Para enton­as Moreno era el alma del régimen liberal. Ya tenía monumentos, nombres de calles y colegios y era impo­sible destronarlo. Para colmo Belgrano, el inspirador, labia sido incorporado a la iconografía del Ejército y sus huesos eran custodiados por la Iglesia. Sólo Juan José Castelli, comisario político y primer ejecutor del Plan, habia sido cubierto por un pudoroso olvido oficial. En las “Instrucciones" para la campaña al Alto Perú, Moreno le escribía a Castelli: "La Junta aprueba el sistema de sangre y rigor que V.E. propone contra los enemigos y espera tendrá particular cuidado de no dar un paso adelante sin dejar los de atrás en perfecta seguridad".
Castelli y French fusilaron a Liniers en la llanura cordobesa de Cabeza de Tigre y frenaron la contraofensiva española. French, el que en las estampitas todavía reparte escarapelas, le escribe al secretario Moreno: "De mi propia mano le he dado el tiro de gracia".
Castelli seguirá su utópica y sangrienta marcha asistido por el joven Bernardo Monteagudo, hasta que en plena contrarrevolución la gente de Saavedra consigue detenerlo y mandarlo a juicio. Mariscales españoles; curas y notables del Virreinato han sido pasados por las armas sin contemplaciones en cumplimiento del plan redactado por Moreno. En Cochabamba y Potosí Castelli subleva a los indios y fusila a quienes los fusilaban en los socavones de las minas.
Tan temible es la fama de esa revolución que duran­te décadas el grandilocuente Himno compuesto por Parera y López en 1813 será entonado por los esclavos de todo el continente como grito de rebelión.
Al regresar de su campaña al Paraguay, Belgrano se entera de que el plan ha entrado en sigilosa vigencia y lo aplica con un rigor que lo convertirá en el más duro de los generales improvisados. Monteagudo, que parte con San Martín a Chile y Perú, debe de haber recibido instrucciones muy precisas para tomarse la libertad de fusilar a los hermanos Carrera en ausencia de su jefe. Después, en Lima, el discípulo de Castelli ganará la celebridad de un Saint Just tardío y sudamericano.
Hay indicios de que la metodología despiadada del plan fue aplicada con autoridad por lo menos hasta la caída de Castelli, aunque sus ecos retumban más allá de la Asamblea de 1813. En su Memoria, Saavedra lo evoca sin nombrarlo y lo atribuye a la veleidad enfermiza de Moreno que, según cuenta el presidente, se tomaba por el Robespierre de América.
Sin embargo el plan es demasiado rico, contradicto­rio y complejo como para abandonarlo a los murmullos espantados de quienes todavía esconden su existencia. Son las ideas sobre un Estado libre, soberano y próspero las que todavía lo hacen innombrable.

jueves, 23 de febrero de 2012

ERNESTO SABATO: Sobre el Peronismo y otras cuestiones políticas



                                              fragmentos del libro Antes del Fin

                                                                 

Yo no fui antiperonista por defender los privilegios, sino porque no podía soportar el despotismo y la expulsión de maestras y profesores por no someterse a las directivas del gobierno. En aquel movimiento hubo un justificado anhelo de justicia y de dignidad, frente a una sociedad fría y egoísta que explotaba a los pobres de la manera más denigrante, esclavizándolos en esa especie de campos de concentración que eran los yerbales y los quebrachales. Mientras tanto muchos intelectuales, en lugar de responder al drama de estos hombres, se habían entregado a sus propios y mezquinos intereses.
A todos estos desamparados, como los llamó Evita, que luchó verdadera y heroicamente por ellos, los supo movilizar Perón. Medio siglo después, la desvaída foto de Evita preside, junto a la de la Virgen, los hogares más pobres del país simboliza la devoción y la gratitud por aquellos años únicos de prosperidad y respeto para los más humildes. Con los errores que todos conocemos hubo allí gente tan honrada como Scalabrini Ortiz y Jauretche, de quienes fui amigo.

Marechal fue un hombre atormentado por el destino de su Patria, como lo refleja en sus obras, y en esas tristes reflexiones en que critica a los que la ensucian o arrastran por el suelo, los que siempre la posponen a sus sórdidos bolsillos. Cuando alguien de un alma tan noble amonesta a la Patria, lo hace porque conoce la posibilidad de su grandeza. La Patria es un dolor que aún no sabe su nombre, lo oigo decir todavía.

Toma la verdad y llévala por el mundo, decía Emil Bosse, científico de la Universidad de la Plata. Él era uno de esos hombres que anhelaban ansiosos el espíritu puro, pero lo deponía o lo postergaba para arremangarse y ensuciarse las manos forjando esta Nación que hoy es casi un doloroso deshecho.


Nunca sabremos la angustia con que Beethoven compuso su última y maravillosa sinfonía, o los momentos de soledad en que crearon sus obras los grandes compositores. Por eso, si el fracaso es triste, el fracaso en el aire es siempre trágico.
Emocionalmente he estado en varias ocasiones en la tumba de Van Gogh, aquel desdichado que nunca pudo vender un cuadro, y de quien ahora se disputan sus obras en millones de dólares, para ser exhibidas en un supermercado. Pobre Vincent, habitado por Dios y por el Demonio, humilde y bondadoso, que iba a predicar el evangelio a los mineros. Artaud decía que Van Gogh murió suicidado por una sociedad que no podía soportar sus terribles revelaciones. Esta es la raza de artistas que siempre admiré. Quienes han unido a su actitud combatiente una grave preocupación espiritual; y en la búsqueda desesperada del sentido, han creado obras cuya desnudez y desgarro es los que siempre imaginé como única expresión para la verdad.

Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizá mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrupta en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión.
“Un pueblo muere de hambre en campos no labrados” vaticinó Shelley en uno de sus versos. Todo corrobora que en el interior de los tiempos modernos, fervorosamente alabados, se estaba gestando un monstruo de tres cabezas: el racionalismo, el materialismo y el individualismo. Y esa criatura que con orgullo hemos ayudado a engendrar, ha comenzado a devorarse a sí misma.
Son excluidos los pobres que quedan afuera de la sociedad porque sobran. Ya no se dice que son los de abajo, sino los de afuera.
No detesto a los hombres, tengo miedo de ellos.
Y entonces continuo con este testimonio, o epílogo, o testamento espiritual, de la manera que quieran nombrarlo, dedicado a esos muchachos y chicas desorientados, que se acercan en ocasiones tímidamente y, en otras, como los que buscan una tabla en el mar, después de un naufragio. Porque creo que tan sólo eso puedo ofrecerles: precarios restos de madera.
Tomo palabras de María Zambrano “No se pasa de lo posible a lo real sino de lo imposible a los verdadero. Muchas utopías han sido futuras realidades. Son muchos los que en medio de una tempestad continúan luchando, ofreciendo su tiempo, y hasta su propia vida por el otro. En las calles, en las cárceles, en las villas miserias, en los hospitales. Mostrándonos que, en estos tiempos de triunfalismo falsos, la verdadera resistencia en la que combate por valores que se consideran perdidos. Miguel Hernández, en una de sus cartas desde la cárcel en la cual moriría decía: “ Volveremos a brindar por todo lo que se pierde y se encuentra; la libertad, las cadenas, la alegría y ese cariño oculto que nos arrastra a buscarnos a través de toda la tierra”
Sólo quienes sean capaces de encarnar la utopía serán aptos para el combate decisivo, el de recuperar cuanto de humanidad hayamos perdido.



miércoles, 22 de febrero de 2012

GRACIAS

Autor del video: patricio0rey

Brevemente queremos expresar nuestra gratitud hacia aquellos que mediante una oportuna palmada propiciaron que este espacio continúe. Dorreguenses y no dorreguenses que buscaron comunicarse con nosotros para hacernos saber que la idea sigue siendo válida y que más allá de no tener la repercusión deseada existía un grupo importante de personas atentas a nuestras propuestas. Personas que no nos exigen levantar falaces y engañosas punterías, lectores que saben que no vamos tras de nadie ni de nada, que sólo expresamos nuestros pareceres políticos, nuestros humildes conocimientos y nuestros gustos artísticos.
Estuvimos cerca de cerrar el espacio, entendíamos que ante el escaso interés era mejor abandonar. De pronto y luego de un agravio menor y con escaso vuelo, comenzamos a recibir llamados solidarios, felicitaciones vía mail, invitaciones para participar de otros espacios de forma adjunta y un número de visitas inusuales para nuestra realidad.
Evidentemente existen espíritus sensibles que consideran que nuestros “textos escogidos” de Casullo, Read, Soriano, Lovercraft, Brecht, Laclau, Sábato, Feinmann, Galeano, Benedetti, Shelley, Papini, Marechal, Borges, Bioy Casares, Sábato, Chesterton. Asimov, Ibsen, Rocker, Giardinelli, Marechal, Dolina, Jauretche, Yupanqui, Larralde entre otros, que nuestros apartados Mateando con la Ciencia y Grandes Mujeres de la Historia, y algún que otro cuento de nuestra autoría, continúan siendo merecedores de difusión.
Por cuestiones de privacidad no vamos a mencionar a aquellos que motorizaron, con su voz de aliento, a revertir una cuestión que parecía inexorable. Podemos garantizar que todavía nos cuesta creer que, por sus capacidades y ocupaciones, tamañas inteligencias pongan su atención en este modesto intento.
De modo que gracias a todos, continuaremos siendo un medio crítico y analítico, identificado e identificable, con nuestras falencias y con nuestros aciertos intelectuales, sabiendo que cuando uno no puede expresar certeramente lo que siente o piensa, bueno es buscar a los mejores, a los más idóneos, a los veraces. Nunca dijimos que éramos lo que no somos. No nos tienta el mercadeo y la mediocre victimización que es capaz de justificar hasta la peor de las agachadas.
Reiteramos en aclarar que no nos afiliamos a ningún formato comunicacional anónimo, sea humorístico, crítico o lisonjero, pero tampoco ejercemos una condena hacia aquellos que apuestan por esa opción. Creo que tal diseño pierde eficacia ya que instala la duda sobre los intereses que define y defiende el que se expresa de ese modo. (Si bastante duda nos cabe con los que identificamos, más aún con aquellos que ni siquiera sospechamos quiénes son, ya que valga la paradoja, existen condicionantes anónimos, “con nombre y apellido político”, para que determinadas entidades, públicas y o privadas, desarrollen sus actividades sin inconvenientes.) Los problemas de Coronel Dorrego no pasan por estos vecinos que deciden ese polémico formato, creo que cada vez es más claro por dónde pasan los verdaderos inconvenientes de nuestra sociedad.

                                                         Nos Disparan Desde el Campanario



martes, 21 de febrero de 2012

KILÓMETRO 11 de MEMPO GIARDINELLI



                                                                                            para Miguel Angel Molfino

Para mí que es Segovia —dice Aquiles, pestañeando, nervioso, mientras codea al Negro López—. El de anteojos oscuros, por mi madre que es el cabo Segovia. El Negro observa rigurosamente al tipo que toca el bandoneón, frunciendo el ceño, y es como si en sus ojos se proyectara un montón de películas viejas, imposibles de olvidar. La escena, durante un baile en una casa de Barrio España. Un grupo de amigos se ha reunido a festejar el cumpleaños de Aquiles. Son todos ex presos que estuvieron en la U-7 durante la dictadura. Han pasado ya algunos años, y tienen la costumbre de reunirse con sus familias para festejar todos los cumpleaños. Esta vez decidieron hacerlo en grande, con asado al asador, un lechón de entrada y todo el vino y la cerveza disponibles en el barrio. El Moncho echó buena la semana pasada en el Bingo y entonces el festejo es con orquesta. Bajo el emparrado, un cuarteto desgrana
chamamés y polkas, tangos y pasodobles.
En el momento en que Aquiles se fija en el bandoneonísta de anteojos negros, están tocando “Kilómetro 11”. —Sí, es —dice el Negro López, y le hace una seña a Jacinto. Jacinto asiente como diciendo yo también lo reconocí.
Sin hablarse, a puras miradas, uno a uno van reconociendo al cabo Segovia.
Morocho y labiudo, de ojitos sapipí, siempre tocaba “Kilómetro 11” mientras a ellos los torturaban. Los milicos lo hacían tocar y cantar para que no se oyeran los gritos de los prisioneros. Algunos comentan el descubrimiento con sus compañeras, y todos van rodeando al bandoneonísta. Cuando termina la canción, ya nadie baila. Y antes de que el cuarteto arranque con otro tema, Luís le pide, al de anteojos oscuros, que toque otra vez “Kilómetro 11”.
La fiesta se ha acabado y la tarde tambalea, como si el crepúsculo se hiciera más lento o no se decidiera a ser noche. Hay en el aire una densidad rítmica, como si los corazones de todos los presentes marcharan al unísono y sólo se pudiera escuchar un único y enorme corazón. Cuando termina la repetición del chamamé, nadie aplaude. Todos los asistentes a la fiesta, algunos vaso en mano, otros con las manos en los bolsillos, o abrazados con sus damas, rodean al cuarteto y el emparrado semeja una especie de circo romano en el que se hubieran invertido los roles de fiera y víctimas. Con el último acorde, El Moncho dice: —De nuevo —y no se dirige a los cuatro músicos, sino al bandoneonísta—. Tocálo de nuevo. —Pero si ya lo tocamos dos veces —responde éste con una sonrisa falsa, repentinamente nerviosa, como de quien acaba de darse cuenta de que se metió en el lugar equivocado. —Sí, pero lo vas a tocar de nuevo. Y parece que el tipo va a decir algo, pero es evidente que el tono firme y conminatorio del Moncho lo ha hecho caer en la cuenta de quié-nes son los que lo rodean. —Una vez por cada uno de nosotros, Segovia —tercia El Flaco Martínez. El bandoneón, después de una respiración entrecortada y afónica que parece metáfora de la de su ejecutante, empieza tímidamente con el mismo chamamé. A los pocos compases lo acompaña la guitarra, y enseguida se agregan el contrabajo y la verdulera. Pero Aquiles alza una mano y les ordena silenciarse. —Que toque él solo —dice. Y después de un silencio que parece largo como una pena amorosa, el bandoneón hace un da cappo y las notas empiezan a parir un “Kilómetro 11” agudo y chillón, pero legítimo. Todos miran al tipo, incluso sus compañeros músicos. Y el tipo transpira: le caen de las sienes dos gotones que flirtean por los pómulos como lentos y minúsculos ríos en busca de un cauce. Los dedos teclean, mecánicos, sin entusiasmo, se diría que sin saber lo que tocan. Y el bandoneón se abre y se cierra sobre la rodilla derecha del tipo, boqueando como si el fueye fuera un pulmón averiado del que cuelga una cintita argentina. Cuando termina, el hombre separa las manos de los teclados. Flexiona los dedos amasando el aire, y no se decide a hacer algo. No sabe qué hacer. Ni qué decir. —Sacáte los anteojos —le ordena Miguel—. Sacátelos y seguí tocando. El tipo, lentamente, con la derecha, se quita los anteojos negros y los tira al suelo, al costado de su silla. Tiene los ojos clavados en la parte superior del fueye. No mira a la concurrencia, no puede mirarlos. Mira para abajo o eludiendo focos, como cuando hay mucho sol. —“Kilómetro 11”, de nuevo —ordena la mujer del Cholo. El tipo sigue mirando para abajo. —Dale, tocá. Tocá, hijo de puta —dicen Luis, y Miguel, y algunas mujeres. Aquiles hace una seña como diciendo no, insultos no, no hacen falta. Y el tipo toca: “Kilómetro 11”.
Un minuto después, cuando suenan los arpegios del estribillo, se oye el llanto de la mujer de Tito, que está abrazada a Tito, y los dos al chico que tuvieron cuando él estaba adentro. Los tres, lloran. Tito moquea. Aquiles va y lo abraza. Luego es el turno del Moncho. A cada uno, “Kilómetro 11” le convoca recuerdos diferentes. Porque las emociones siempre estallan a destiempo. Y cuando el tipo va por el octavo o noveno “Kilómetro 11”, es Miguel el que llora. Y el Colorado Aguirre le explica a su mujer, en voz baja, que fue Miguel el que inventó aquello de ir a comprarle un caramelo todos los días a Leiva Longhi. Cada uno iba y le compraba un caramelo mirándolo a los ojos. Y eso era todo. Y le pagaban, claro. El tipo no quería cobrarles. Decía: no, lleve nomás, pero ellos le pagaban el caramelo. Siempre un único caramelo. Ninguna otra cosa, ni puchos. Un caramelo. De cualquier gusto, pero uno solo y mirándolo a los ojos a Leiva Longhi. Fue un desfile de ex presos que todas las tardes se paró frente al kiosco, durante tres años y pico, del 83 al 87, sin faltar ni un solo día, ninguno de ellos, y sólo para decir: “Un caramelo, déme un caramelo”. Y así todas las tardes hasta que Leiva Longhi murió, de cáncer. De pronto, el tipo parece que empieza a acalambrarse. En esas últimas versiones pifió varias notas. Está tocando con los ojos cerrados, pero se equivoca por el cansancio.
Nadie se ha movido de su lado. El círculo que lo rodea es casi perfecto, de una equidistancia tácitamente bien ponderada. De allí no podría escapar. Y sus compañeros están petrificados. Cada uno se ha quedado rígido, como los chicos cuando juegan a la tatuíta. El aire cargado de rencor que impera en la tarde los ha esculpido en granito. —Nosotros no nos vengamos —dice el Sordo
Pérez, mientras Segovia va por el décimo “Kilómetro 11”. Y empieza a contar en voz alta, sobreimpresa a la música, del día en que fue al consultorio de Camilo Evans, el urólogo, tres meses después que salió de la cárcel, en el verano del 84. Camilo era uno de los médicos de la cárcel durante el Proceso. Y una vez que de tanto que lo torturaron el Sordo empezó a mear sangre, Camilo le dijo, riéndose, que no era nada, y le dijo “eso te pasa por hacerte tanto la paja”. Por eso cuando salió en libertad, el Sordo lo primero que hizo fue ir a verlo, al consultorio, pero con otro nombre. Camilo, al principio, no lo reconoció. Y cuando el Sordo le dijo quién era se puso pálido y se echó atrás en la silla y empezó a decirle que él sólo había cumplido órdenes, que lo perdonase y no le hiciera nada. El Sordo le dijo no, si yo no vengo a hacerte nada, no tengas miedo; sólo quiero que me mires a los ojos mientras te digo que sos una mierda y un cobarde. —Lo mismo con este hijo de puta que no nos mira —dice Aquiles—. ¿Cuántos van? —Con éste son catorce —responde el Negro—. ¿No? —Sí, los tengo contados —dice Pitín—. Y somos catorce. —Entonces cortála, Segovia —dice Aquiles. Y el bandoneón enmudece. En el aire queda flotando, por unos segundos, la respiración agónica del fueye.
El tipo deja caer las manos al costado de su cuerpo. Parecen más largas; llegan casi hasta el suelo. —Ahora alzá la vista, mirános y andáte —le ordena Miguel. Pero el tipo no levanta la cabeza. Suspira profundo, casi jadeante, asmático como el bandoneón. Se produce un silencio largo, pesadísimo, apenitas quebrado por el quejido del bebé de los Margoza, que parece que perdió el chupete pero se lo reponen enseguida. El tipo cierra el instrumento y aprieta los botones que fijan el acordeón. Después lo agarra con las dos manos, como si fuera una ofrenda, y lentamente se pone de pie. En ningún momento deja de mirarse la punta de los zapatos. Pero una vez que está parado todos ven que además de transpirar, lagrimea. Hace un puchero, igual que un chico, y es como si de repente la verticalidad le cambiara la dirección de las aguas: porque primero solloza, y después llora, pero mudo. Y en eso Aquiles, codeando de nuevo al Negro López, dice: —Parece mentira pero es humano, nomás, este hijo de puta. Mírenlo cómo llora. —Que se vaya —dice una de las chicas. Y el tipo, el Cabo Segovia, se va.

N de la R: Uno de los cuentos más excepcionales que he leído sobre nuestra historia reciente. No encontré mejor modo para contrarrestar la operación de prensa que desde España se hizo a favor de uno de los responsables directos de semejante masacre.



lunes, 20 de febrero de 2012

Mateando con la Ciencia - Hoy ceba Arthur Schopenhauer. Crucis trajo facturas



Sobre la Cultura                                                                                       


Y hablando del arte y esas cuestiones, Schopenhauer afirmaba: “La materia del arte es el mundo de la idea, y las artes particulares son representaciones de ideas particulares. Como los dos extremos de la Naturaleza, de una parte, el mundo inorgánico, y de otra, el hombre, así se nos manifiestan los dos extremos en la serie de las artes: por un lado, la arquitectura, como representación de las ideas que constituyen el grado ínfimo de la objetivación (pesadez, cohesión, dureza); por otro lado, la poesía, en su género más perfecto, como expresión de la esencia del hombre, o sea su carácter: el drama. La música ocupa una posición completamente especial entre las Bellas Artes. No es imitación o representación de ideas particulares, sino expresión de la voluntad misma; por esto su efecto es más poderoso que el de las otras Bellas Artes, «pues éstas sólo hablan de sombras, mientras que la música habla de la esencia». «Pudiéramos llamar, según esto, al mundo que encarna la música, la voluntad personificada»; «si pudiéramos dar una explicación cierta, cumplida y acabada de la música, esto es, si pudiéramos reducirla a un concepto particular, esta sería a la vez una explicación del mundo, y, por lo tanto, la verdadera filosofía»
El principio del conocimiento es el intelecto, el principio de las acciones es la voluntad. El intelecto es, por lo tanto, producto de la voluntad. La Estética trascendental, es lo que se coloca sobre todo lo demás, declarándolo lo más hermoso y profundo que la mente humana produjo”.





domingo, 19 de febrero de 2012

GUSTAVO ADOLFO BÉCQUER por Rudolf Rocker y Va Pensiero - Nabucco - de GIUSEPPE VERDI





                                                                                                        por Rudolf Rocker

“Había una vez”… Amable lector, ¿has meditado en alguna ocasión sobre el alcance de estas tres palabras?
“Había una vez”… En mi infancia ellas han sido la llave de un paraíso oculto, llave de un mundo lejano y hermoso, lleno de misterios y de apariciones sorprendentes, en el cual lo posible no está limitado y donde el pensamiento se columpia cual una mariposa sobre las flores aromáticas y verdes hojas. Pero el tiempo transcurre, pasaron los años, el niño se hizo hombre y los sueños dorados se han desvanecido.
“Había una vez”… Casi todos los cuentos del viejo libro generoso empezaban con estas mismas palabras. Era un libro querido y valioso; es decir, por el exterior hacía una impresión muy pobre, igual que un miserable vestido de harapos. Las tapas eran viejas y rotas, desgarrado el lomo y las hojas sucias y deshechas. En cada página podían notarse las huellas de pequeños dedos mugrientos y aunque aquello no era agradable ¿quién reparaba entonces en esas minucias? Sé únicamente que ese libro me era más caro que la Torah para un judío devoto; y tal vez lo quería tanto precisamente porque era viejo, roto y sucio.
Es posible que me pregunten el título de la obra y el nombre de su autor y ahí es donde he de quedar sin respuesta, porque, a decir verdad, nunca los he sabido ni tuve interés en conocerlos. Yo puedo referirles todo su contenido, sin omitir una sola página -y créanme que son historias maravillosas- pero háganme el bien de no interrogarme acerca del título y el nombre del autor. Los niños se fijan siempre en el contenido y no existen para ellos títulos ni autores. Muy otra cosa ocurre con los hombres formales; ellos son más civilizados, más cultos y por eso generalmente se contentan con el título y olvidan del todo el contenido. ¿Y qué puede exigirse a los niños? No son más que chicos.
“Había una vez”… Apenas abría el libro y leía estas tres palabras, se descubría ante mí todo un panorama: ríos plateados, admirables ciudades con edificios de oro, verdes praderas y obscuras selvas llenas de bestias salvajes, princesas encantadas y gigantes terribles de siete cabezas y diez pares de manos, con cada dedo igual al mástil de un buque.
Pero basta ya. Pasó ese tiempo, mi libro se deshizo del todo, el viento dispersó las hojas desgarradas y junto con ellas volaron también las dulces ilusiones de la niñez. Es decir, logré apoderarme de un par de hojas antes de que el viento se las llevara y las conservo como suave recuerdo de tiempos pasados. Las he guardado en un libro de mi pequeña biblioteca; hasta podría decirles en cuál, pero temo que se burlen de mí. Aunque en realidad ¿por qué he de temer? Ríanse en buena hora: he guardado mis hojas dentro del Don Quijote. Dirán que mejor hubiera sido ponerlas en el Hamlet de Shakespeare, mas eso no tiene importancia para mí. Y si más tarde llegara a convencerme de que tenían razón, preferiría quemar mis hojas antes que hacerles caso.
Cada primero de Abril saco un volumen del inmortal Cervantes con el propósito de leer las aventuras del valeroso caballero Don Quijote de la Mancha y de paso mi mirada cae sobre mis viejas páginas; se han vuelto amarillentas y los caracteres son tan pálidos que apenas es posible reconocerlos. En torno mío todo está en silencio, la pequeña lámpara arroja su débil reflejo sobre los viejos papeles y yo comienzo la lectura: “Había una vez”… Y cual un espejismo en el desierto aparece repentinamente ante mis ojos aquel antiguo mundo fantástico que encarnaba en sí toda la nostalgia de mi infancia. Los ríos argentinos y las ciudades de áureos edificios, las princesas encantadas y los gigantes de siete cabezas vuelven a resucitar y me hacen señas con las cabezas, cual viejos amigos. Yo leo y sigo leyendo y mi corazón se siente de pronto aliviado, regocijado, y en mi alma resuenan las ondas tranquilas de melodías maravillosas que nadie fuera de mí puede percibir. Súbitamente se oye un ruido seco, suena el reloj, despierto como de un sueño, y el mundo antiquísimo ha desaparecido. Durante algunos instantes me quedo sentado en silencio, pensativo, no sé si reír o llorar; por fin me levanto, guardo con cuidado las hojas amarillentas en el libro y vuelvo a colocarlo en su sitio. “Tonto -me digo a mí mismo- de nuevo has vuelto a soñar. Fíjate tan siquiera en el almanaque: hoy es el primero de Abril”.
“Había una vez”… Ante mis ojos se extiende un vasto camino cubierto de ruinas, esqueletos humanos, polvo y ceniza. Su origen se pierde en la noche y en las tinieblas y nadie sabe donde va a terminar. Allí donde caen los primeros débiles rayos sobre el camino misterioso yacen herramientas de piedra y algunos cráneos humanos, últimos vestigios de un pasado remoto. Y el camino prosigue. Sobre rocas vetustas se ven figuras maravillosas grabadas por manos inexpertas, primer producto de una rudimentaria imaginación artística. Arrojo una mirada sobre el camino dilatado, sobre las figuras y los dibujos sorprendentes que manos humanos trazaron en las piedras arcaicas y mis labios murmuran en voz baja: “Había una vez”… El sendero se desliza al lado de los monumentos derrumbados de una civilización primitiva; viejas tumbas e ídolos rotos cubren la tierra, cementerio gigantesco. De la arena amarilla del desierto se levantan las pirámides, se yergue la figura misteriosa de la Esfinge. Pasaron millares de años pero los labios de piedra aun permanecen cerrados y en la mirada de los ojos indescifrables se oculta todavía el gran enigma.
Sigue el camino delante de los templos de la India, que me refieren la historia de una época grandiosa, tal vez la más magnífica que haya atravesado la humanidad. Prosigue más allá, siempre adelante, pasando en medio de las ruinas de Ninive, de Babilonia y de todos los imperios orientales, que nacieron y se desmoronaron en polvo a través de las edades. Ve las ruinas soberbias de Grecia, un templo de Júpiter destruido, una Venus rota, signos de tiempos gloriosos, mas también ellos han desaparecido sin dejar en nuestros corazones otra cosa que la nostalgia de la belleza eterna y las tres palabras terribles: “Había una vez”…
Ante mis ojos yacen los muros destruidos de Roma. Habían sido edificados para la eternidad; entre esos muros se jugó el destino del mundo, pero también ellos se han convertido en ruinas, igual que los monumentos de los emperadores romanos; escombros, polvo y ceniza. Y veo los restos de Jerusalén y de Cartago; sobre las piedras dispersas está sentada la Muerte y sueña con la eternidad.
El camino sigue delante, más lejos aun, y noto un negro precipicio, repleto de millones de huesos humanos. Los dos extremos están unidos por un puente destartalado, en medio del cual se levanta una cruz. Al otro lado del puente cambia el escenario: el trayecto está cubierto con ruinas de antiguos conventos, capillas góticas, iglesias y catedrales, soberbios palacios y estatuas destruidas. De en medio de estas piedras nos habla un mundo oscuro y misterioso, mundo hasta ahora poco comprendido. Y en ese mundo hallamos todavía resabios de una vida oculta. Un paso más y el imperio de las ruinas ha terminado. Allí está el límite que separa el pasado del porvenir, la vida de la muerte. Tronos derrumbados, espadas enmohecidas y cadenas, pesadas cadenas de hierro, sirven de mojones; allí está el límite, pero mis ojos se vuelven atrás, hacia las tumbas taciturnas en las que fue sepultada la grandeza de los milenios. “Había una vez”… Y recuerdo las palabras del gran Calderón: “¿Qué es la vida? Una ilusión, una sombra, una ficción. La vida es sueño y los sueños, sueños son”.
¡La vida es sueño! Este era el punto de vista de toda una época por muchos conceptos incomprensible para el espíritu materialista de nuestro tiempo. Es posible que esa interpretación sea justa, empero no se trata de una ilusión común; es un sueño de carne y sangre, un sueño que deja escombros, polvo y ceniza; no es la ilusión guardada en mis hojas amarillentas, el dulce sueño de mi infancia. ¿Pero tal vez existan algunas relaciones ocultas entre ambos sueños? ¿Quién lo puede decidir? Una idea extravagante y maravillosa acaba de atravesar mi mente: se me figura que allá, entre las tumbas derrumbadas y las ruinas que cubren el largo trayecto, el viento agita unos trozos rotos de papel; yo no sé por qué, pero me acuerdo repentinamente del viejo libro sin título, sin autor, recuerdo las páginas desgarradas y sórdidas que el viento se llevó mucho tiempo ya. Y siento que allí está escondido otro misterio; trataré de descubrir la verdad, más hoy no: será en la noche del primero de Abril.


“Había una vez”… En este mundo tengo la intención de introducirlos hoy, en el mundo del delicado artista español Gustavo Adolfo Bécquer. Fue un poeta, un poeta verdadero, uno de aquellos que se extinguen lentamente de hambre y de miseria y cuando los queridos semejantes descubren al cabo su talento, su cuerpo está ya tan débil que no puede soportar tanta “bondad” y tanta “simpatía”. Pocos artistas han pasado por horas tan amargas, experimentando tantas desgracias y decepciones como Bécquer. Su biografía es una serie de sufrimientos materiales y morales, un verdadero martirologio y solo las últimas horas de su vida fueron iluminadas por algunos rayos de esplendor.
La biografía del poeta puede contarse en pocas palabras. Bécquer nació en la hermosa ciudad de Sevilla, en 1836. Sus padres murieron temprano, no dejándole más que una rica imaginación y un hondo sentimiento poético. Una parienta adinerada se hizo cargo del niño y puso el mayor empeño en hacer de él un buen comerciante. Pero el alma poética del jovenzuelo estaba destinada para un fin superior al de enmohecerse en la prosaica atmósfera de un negocio. Bécquer se desprendió violentamente de la odiosa ocupación y a los diecinueve años se fue a Madrid con el propósito de encontrar la verdadera vida. Pero allí también sufrió una gran desilusión. Las enfermedades, el hambre, la miseria eran sus compañeros constantes y en tanto que su imaginación suntuosa creaba cuadros grandiosos de indescriptible belleza, el cuerpo enclenque iba consumiéndose poco a poco. Por fin, cuando sus narraciones pletóricas de colorido llamaron la atención del gran público, esté comenzó a ocuparse del desdichado poeta. Mas era ya demasiado tarde. Precisamente cuando veía el crepúsculo de una nueva vida, la muerte lo llamó a su seno. Murió en Diciembre de 1870, a los treinta y cuatro años de edad. Sus últimas palabras fueron “¡Todo es mortal!”.
De todo lo que el artista español ha creado, sus poesías y leyendas forman la parte más valiosa. Sus Recuerdos de un viaje de arte, sus Pensamientos y sus pequeñas novelas y sobre todo los fragmentos de la gran obra Historia de los Templos de España son monumentos literarios de rara belleza; sus descripciones maravillosas de las obras maestras del arte religioso medieval, su profundo conocimiento de aquellos tiempos, cuando los hombres sentían de un modo distinto al de ahora y sus corazones estaban ligados a otros ideales, nos muestran la fuerza creadora de un artista de fina sensibilidad. Pero el verdadero Bécquer se revela en toda su plenitud en las Leyendas y en las Rimas. Las Rimas son flores crecidas en el jardín encantado de una fantasía ardorosa; sentimos cada ritmo cual una música suave que adormece el alma y la transporta a regiones ignotas.
Bécquer es un admirador apasionado del pasado, no del vulgar pasado material, sino de aquella nostalgia misteriosa por algo desaparecido que no se puede olvidar. El fondo de la mayor parte de sus cuentos son paredes derruidas, ruinas de antiquísimos conventos con admirables cuadros sagrados y esculturas deshechas, viejas iglesias de paredes caídas, paisajes montañosos cubiertos por restos de castillos vetustos que nos recuerdan en todo momento aquellas tres palabras enigmáticas: “Había una vez”… Y esas viejas ruinas desmoronadas reviven de pronto bajo el cálido aliento de la imaginación del poeta. El pasado resucita, lo que ha sido se enlaza con lo que es, desaparece el límite del tiempo y con la respiración contenida seguimos al bardo en su mundo propio y fantástico. La fuerza poética de las evocaciones de Bécquer es gigantesca y llega a tocar cada cuerda del alma. Sus palabras desarrollan cuadros y melodías. Cada leyenda es un cuadro literario, una composición musical. Habrá muy pocas personas que no se sientan profundamente impresionadas por El Miserere. Todos los personajes aparecen patentemente ante nuestros ojos. Vemos al músico forastero, cómo sufre y vive. Peregrina de pueblo en pueblo, de país en país, está ciego y mudo para todo lo que ocurre alrededor suyo y sólo siente el gran dolor que busca su expresión en melodías poderosas. Ahí están sentados alrededor del fuego, en el convento, los tres pastores; el anciano les refiere la historia misteriosa del cántico nocturno en la montaña, vemos los rostros espantados cuando el extranjero abandona de súbito el recinto y se pierde en las tinieblas, en medio de la tormenta y de la lluvia, para alcanzar al cabo el gran objeto de sus deseos. A la pálida luz de la luna reconocemos las negras ruinas del convento destruido entre toscas rocas. Oímos el sonido del reloj y ante nuestros ojos se desarrolla el terrorífico cuadro de los monjes muertos que suben del negro abismo para entonar su cántico desesperado. Cada detalle está descrito con plástica precisión e influye con fuerza sorprendente sobre nuestros sentimientos más íntimos. Y cuando vemos que el músico peregrino está sentado ante su mesita y escribe las notas que oyera en esa noche terrible, deteniéndose de rato en rato para distinguir las melodías que aun resuenan en sus oídos y cuando, finalmente, se da cuenta de que sus fuerzas son demasiado débiles y que no es capaz de concluir la obra, en el momento en que lo invade la gran desesperación, la locura, la muerte, entonces comprendemos claramente la tragedia poderosa, la lucha eterna entre la voluntad ilimitada y la ejecución real. Se nos figura que toda la humanidad se ve encarnada en aquel forastero, en el músico misterioso que busca la perfección suprema y encuentra la eterna desesperación, la demencia, la muerte. Y ante mi vista surge nuevamente el largísimo camino, cubierto de ruinas, tierra y ceniza. Allí también se soñaba un día con la perfección sempiterna, mas lo que ha quedado de los sueños soberbios es un montón se ceniza y templos en ruinas. Todo el camino no es más que una melodía rota, fragmentos de un grandioso himno a la eternidad, pera falta el final, el cántico de los monjes en la montaña… Bécquer sabe dar expresión de una manera maestra a las voces misteriosas que nos hablan en los horas de soledad en la vida, cuando el alma se siente sola, igual que un bote sobre las olas de un mar tranquilo. Se diría que alguien nos llama, pero no sabemos quien; y, sin embargo, seguimos a la voz misteriosa, porque el corazón nos dice que allí está la dicha, la dulce serenidad y la paz eterna. Nos ocurre lo mismo que al peregrino solitario en la noche silenciosa, el cual buscaba la “flor azul”, que sólo florece si es besada por los pálidos destellos de la luna. Esta sensación la pinta Bécquer con admirable poesía en la leyenda “Los ojos verdes”. Entre las rocas agrestes de las montañas de Moncayo, en medio de una selva tupida, existe una fuente encantada; ningún cazador se atreve a pisar ese sitio, porque en el agua mansa habita un espíritu del mal. Pero al noble caballero Fernando no le arredran las supersticiones que le cuentan sus cazadores. Cruza el lindero y descubre la fuente; mas desde entonces Fernando se cambia del todo. El cazador apasionado se convirtió en soñador caviloso. Siempre anda pensativo, evita a la gente y se siente mejor en la verde soledad del monte, en las orillas apacibles del cauce encantado. Nadie conoce la causa de esa transformación y él sabe únicamente que alguien lo llama. En el agua profunda había visto dos ojos, ojos grandes y enigmáticos, verdes como las esmeraldas. Y esos ojos lo persiguen día y noche, le parece que son de una mujer de hermosura maravillosa, la busca diariamente, mas no puede dar con ella. Por último, una tarde, mientras el sol estaba ya por ocultarse y una tenue neblina cubría el agua cual delicado velo blanco, Fernando la encontró sentada al borde del arroyo; sus cabellos caían sobre los níveos hombros y el cuerpo desnudo brillaba con una belleza sobre toda ponderación. Fernando estaba encantado del cuadro sublime. Y la mujer de los ojos enigmáticos le habló así: “¿Ves el límpido fondo de ese lago, ves esas plantas de largas y verdes hojas que se agitan en su fondo?... Ellas nos darán un lecho de esmeraldas y corales… y yo… yo te daré una felicidad sin nombre, esa felicidad que has soñado en tus horas de delirio, y que no puede ofrecerte nadie… Ven, la niebla del lago flota sobre nuestras frentes como un pabellón de lino… las ondas nos llaman con sus voces incomprensibles, el viento empieza entre los álamos sus himnos de amor; ven, ven…”. Fernando no oía más que la música celeste de su voz argentino, no veía otra cosa que sus ojos, profundos, que lo llamaban: “Ven, ven”… Como dominado por el sueño, dio un paso hacia el lago. Y de pronto sintió que unos brazos delgados y flexibles lo atraían y buscó la felicidad eterna allá abajo, en el fondo de la corriente.
Admirable por la forma y el contenido es también la leyenda índica “El caudillo de las manos rojas”, ese grandioso himno poético a la naturaleza siempre creadora y eternamente destructora. No es posible referir aquí esa leyenda; es, conjuntamente, música y pintura; es preciso verla y sentirla pues no es para ser descrita.
Lo característico del arte de Bécquer se nota en un grado máximo en las leyendas que tratan del profundo poder místico del catolicismo español. En ese sentido la fuerza sugestiva del poeta es casi ilimitada y nos recuerda a Edgar Poe y a E. T. Hoffmann. No se trata del grosero catolicismo del Papado, no; sino de ese delicado e inconcebible estado de ánimo que la arquitectura interior, las imágenes misteriosas, la luz quebrada y el eco profundo de la voz humana producen en una vieja catedral gótica. Es el mismo estado de ánimo que inspiró a Strindberg para escribir su obra A Damasco y que cautivó con fuerza magnética a artistas de tan exquisita sensibilidad como Ola Hansun y Huysmans. Es el estado de ánimo que el gran enigma de la vida provoca en las horas solitarias del conocimiento íntimo. Las Leyendas de Bécquer nos ofrecen de ese místico estado de ánimo, que dominó durante toda su época, un concepto más preciso que las mejores historias de la civilización de la Edad Media.
La última leyenda “El rayo de la luna”, que es al mismo tiempo una evocación alegórica de la vida del poeta, produce una impresión inolvidable. Influye sobre nosotros como un sonido profundo y triste en una noche apacible, que se pierde poco a poco en la lejanía.
Manrique es hijo de la soledad y sólo se siente bien en el fantástico mundo de sus propios ensueños. Busca siempre lo que nunca puede encontrar y esa nostalgia eterna por lo desconocido constituye para él toda la vida. Cierta vez, en una noche serena, mientras paseaba por el oscuro parque entre las ruinas de una vieja iglesia, divisó en medio de los árboles espesos algo blanco que desapareció al instante. Su imaginación le dice que aquello era el blanco vestido de una mujer que buscaba la soledad profunda de la noche igual que él. Y su corazón tiene ahora un deseo más: hallar la hermosa desconocida. La busca por todas partes, en los palacios, en los bosques, entre las montañas, pero no puede encontrarla. Han transcurrido meses. Y nuevamente Manrique va a pasear al mismo parque, una noche calmosa, solo con sus ensueños. De pronto, sus ojos perciben otra vez entre los árboles el mismo destello blanco. Corre con la fuerza de la desesperación al sitio en que apareció el claro reflejo, mas allí no encuentra a nadie. Empero, mientras permanece absorto, vuelve a mostrarse la misma aparición. Manrique se queda helado y de repente se abalanza de sus labios una carcajada loca; acaba de comprender el misterio; aquello no era otra cosa que un rayo de luna que atravesó por un momento las tupidas hojas de los viejos árboles. Manrique perdió la razón y a todo lo que le preguntaban respondía con idénticas palabras: “El amor es un rayo de luna… cántigas… mujeres… gloria… felicidad… mentiras todo, fantasmas vanos que formamos en nuestra imaginación y vestimos a nuestro antojo y los amamos y corremos tras de ellos… ¿para qué? ¿Para qué?; para encontrar un rayo de luna…”.
Y de nuevo veo ante mi el camino interminable, las ruinas desmenuzadas, cubiertas de polvo y ceniza, me acuerdo de mis hojas amarillentas y me parece que finalmente he llegado a comprender por qué todas las historias comienzan con estas mismas palabras: “Había una vez”…