EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 21 de noviembre de 2017

La ola de pulsión totalitaria nos acecha y a su impulso el Estado de Derecho se derrumba, la República cruje, la democracia se pervierte (Dr. E. Raúl Zaffaroni)




El macrismo, la eternidad y la pulsión antijurídica

Por E. Raúl Zaffaroni para La Tecl@ Eñe




Se despliegan sobre el mundo fuertes pulsiones de totalitarismo corporativo, en que los gerentes de masas de dinero inexistente en billetes y de las que tampoco son los dueños, están ocupando el lugar de la política (o tomando a los políticos como rehenes), mientras acumulan riquezas que los erigen en la nueva aristocracia planetaria.

América Latina, dada su posición geopolítica subordinada, sufre este nuevo embate del colonialismo en su versión correspondiente a las primeras décadas del siglo XXI y, por ende, su “ceocracia” también es de menor nivel, como lo fueron otrora los colonizadores originarios provenientes del sur español,  “cristianizados” a golpes poco antes.

Por ende, nuestra “ceocracia” es mucho más desprolija que las de los países-sede de las corporaciones transnacionales. También es mucho menos informada que nuestra vieja oligarquía que, al menos dio lugar a un “gorilismo ilustrado”. La decadencia salta a la vista incluso en los tradicionales medios herederos de esa oligarquía, que mentían  desde el siglo XIX con la elegancia propia de la época, pero que últimamente imitan los modos torpes de los mentirosos del siglo XXI.

Se cierra el círculo de control monopólico de la comunicación masiva acallando las voces opositoras, invocando una libertad de empresa que en realidad es posibilidad de monopolio y que se rebautiza como “libertad de expresión”. El estigmatizado “6,7,8” era una voz en un contexto plural, pero hoy se impone una sola voz: la del oficialismo. Quien pretenda alzar una voz diferente, cada vez más carecerá en el futuro de cámaras y micrófonos, todo en nombre de la “libertad de información”.


No es nueva la táctica de invocar discursivamente un valor positivo para negarlo fácticamente. Es la vieja táctica de todos los vendepatrias, que siempre invocaron la democracia, la libertad, la República, la Constitución, el derecho, etc., y en nombre de estos valores cometieron las peores atrocidades de nuestra historia, coronadas con el bombardeo a la Plaza de Mayo en 1955 y los crímenes de lesa humanidad en la última dictadura.

Ahora, en nombre de la sagrada libertad de expresión no vemos más el despreciable “6,7,8”, porque a partir de este momento todos debemos creer lo que dice Macri: estamos viviendo el mejor momento de nuestra historia. ¿Acaso no se vivía en el “paraíso socialista” con Stalin? ¿Acaso no estaba Hitler ganando la guerra? ¿Acaso no estábamos echando a los ingleses de las Malvinas? ¿Los desaparecidos no estaban en París? ¿Maldonado no paseaba por el borde de un río y decidió zambullirse? ¿Milagro Sala no tiene una mansión? ¿Las “off shore”, la información privilegiada para comprar dólares a término, los blanqueos millonarios no son acaso vulgares mentiras?

La ola de pulsión totalitaria nos acecha y a su impulso el Estado de Derecho se derrumba, la República cruje, la democracia se pervierte. Todo para llevar a cabo un programa propio de vendepatrias: bajar salarios para aumentar ganancias y renta financiera, reducir carga fiscal a los que más tienen, malvender lo poco que otrora no se vendió, contraer deuda astronómica con celeridad, celebrar tratados que aseguren nuestra dependencia del poder financiero mundial, reducir universidades, no malgastar en investigación. Sólo falta cambiar el Preámbulo: “para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los ricos del mundo que quieran explotar el suelo argentino”.
El programa se complementa haciendo gala de poder represivo, inventando procesamientos, estigmatizando opositores, exponiendo algunos a la picota, injuriando a pueblos originarios, amenazando y persiguiendo a jueces (por primera vez en la historia el propio Presidente reclama la necesidad de jueces “propios”), desacreditando y debilitando al sindicalismo por cualquier medio, maniobrando horarios para impedir la incorporación de senadores al Consejo, clonando procesos (algunos inverosímiles), manteniendo presos políticos (Milagro y sus compañeros), invirtiendo el principio de inocencia (todo ex-funcionario es sospechoso), encubriendo con argumentos pseudojurídicos conmutaciones de penas a condenados por delitos de lesa humanidad (2 x 1), desconociendo tratados internacionales (Fontevecchia), pretendiendo nombrar jueces máximos sin acuerdo del Senado, proyectando reformas al Consejo de la Magistratura para garantizar mayoría oficialista, violando la autonomía del Ministerio Público para manejar la impunidad, echando a todo el personal del Ministerio Público para nombrar a los amigos, aumentar las tarifas esquivando todo control público, desacreditando a los laboralistas como mafiosos. Y podríamos seguir, quizá con el “blanqueo” y otras maniobras.
Todo esto se lleva a cabo con un nivel de omnipotencia que se acompaña con una paralela pretensión de “eternidad”. Como es sabido, esto es normal en la infancia y hasta cierto punto en la adolescencia, por la inmadurez propio de esa etapa evolutiva, pero en los adultos se llama “alienación” y es patológico: sólo los locos pueden creer que el poder (político o económico) es eterno. En este mundo nada es eterno, e incluso la “eternidad” es algo anterior al tiempo, porque el tiempo mismo siempre es finito.

“Todo fluye” decía el viejo Heráclito, y el poder político –y más en nuestro país- fluye rápido, demasiado rápido a veces, aunque la impaciencia y la depresión se apoderen de algunos conciudadanos. Esta pesadilla pasará, sin duda, pero hay un daño que puede perdurar y no es sólo el económico (de por sí arduo pero no imposible de remontar), sino el cultural, el que hace a nuestros hábitos, costumbres, pautas de comportamiento, tolerancia, prudencia, respeto al otro. En una palabra: esto daña nuestra cultura de convivencia, lesiona nuestra co-existencia.    
En efecto: todo esto va a pasar, como pasaron otros momentos peores. Hoy estamos en una etapa de resistencia, pero cuando esto pase, el problema es cómo queda nuestra confianza en el derecho. Nuestro pueblo, precisamente por la perversa invocación de valores positivos para pisotearlos y pasarlos por las cloacas de los peores intereses plutocráticos, desconfía históricamente del derecho. No obstante, fue posible crear una incipiente cultura jurídica, pero estos hechos la debilitan.
Esto es particularmente grave, pues cuando una sociedad pierde la confianza en el derecho y en las instituciones, los arroja lejos como una herramienta inservible, como un martillo sin mango o una tijera sin filo, pero en ese caso la alternativa al derecho es la violencia, en la que siempre pierden los más humildes, aunque triunfen, porque aún en ese caso habrán puesto el mayor número de vidas e integridad física.

Es momento de resistir defendiendo nuestra cultura jurídica, reafirmando que esto no es más que la perversión del derecho pero no el derecho. Es posible que esto funcione, pese a la histórica desconfianza, pero nada garantiza que cuando esto pase se  neutralicen todas las pulsiones antijurídicas que se están sembrando, o sea, que el daño se pueda revertir por completo. Esperemos que eso sea posible y que los esfuerzos de contención tengan éxito, pero de cualquier modo, no olvidemos nunca que esas pulsiones serán en resultado indeseable de la alienación de quienes hoy se consideran “eternos”, y cuya inmadurez patológica lesiona nuestra cultura jurídica.    


Fuente: La Tecl@ Eñe


jueves, 16 de noviembre de 2017

Sin el peronismo no se puede, con el peronismo no alcanza. ¿Qué parte no se entendió?



Néstor Kirchner afirmó que sin el peronismo no se puede y con el peronismo no alcanza. La frase, muy citada por cierto, y más en estos días, supera una cuestión meramente numérica y creo que por eso muy pocos aún han tomado la verdadera dimensión política que tiene.

Néstor Kicrhner, no se cierne a un frente electoral de coyuntura, hace un diagnóstico objetivo sobre un marco político e histórico que excede al voluntarismo, nos habla del armado definitivo de una fuerza política, nacional y popular, con identidad ideológica de centroizquierda que pueda enfrentar, con tangibles posibilidades de acceder al poder al establishment dominante, o cuando menos controlar sus acciones con firmeza militante y legislativa en caso de ser oposición en pos de la defensa de los derechos, entendiendo siempre los abismales desequilibrios existentes entre el peso del poder real concentrado y su confrontación con el heterogéneo poder popular. Sin las intensas bases del peronismo no se puede pensar tal proyecto político, pero al mismo tiempo, al asegurar que con el peronismo no alcanza, está observando las distintas modalidades dirigenciales internas que posee el partido de manera orgánica a lo largo y a lo ancho del país, con el variopinto de pulsiones, intereses y alianzas regionales que cada una posee, cuestiones que en muchos casos chocan de frente con los demás sectores igual de intensos pero minoritarios que por convicciones y paradigmas pueden incorporarse a ese armado nacional y popular virtuoso.

Sin el peronismo no se puede, afirman los dueños del peronómetro, pero con el peronismo no alcanza le responden lo que son expulsados, hasta con métodos lindantes con la soberbia y cierto tufillo fascista, por no tener sangre azul. Esta dicotomía deviene de una pésima lectura de la cita, frase que pretendió ponernos de cara a una realidad política a debatir y resolver buenamente, se transformó en una pornográfica exposición de absurda virilidad masculina, órgano que como pudimos experimentar no gana elecciones y menos impone proyectos.

Sospecho que el establishment, luego de haber obtenido casi un 44% en los comicios del 2003, atomizado, a posteriori del desastre de los noventa leyó y entendió - no sin dificultades, acaso por eso le llevó algunos años y derrotas – aquella cita mucho mejor que nosotros, comenzando una construcción tal cual ellos la conciben, desde el poder real, con sus fierros judiciales, sus medios, su capital y sus generales, con su posibilismo y con su neoliberal postulado de las tendencias.

Sin el peronismo no se puede con el peronismo no alcanza. ¿Qué parte no se entendió? Cuando, por ejemplo, escucho a los dirigentes locales del Justicialismo que integran Unidad Ciudadana manifestar, hasta con un tinte de pureza y heráldica, que el peronismo volverá a ser gobierno en el 2019 son parte del problema, para nada de la solución, debido a que ni siquiera tuvieron la voluntad por falta de formación de analizar la premisa inicial del dilema planteado por Néstor Kirchner.

Hace algunos años afirmábamos sobre la construcción política (local y general), hablamos de abril del 2012, lo siguiente:


Por eso propongo para comenzar a pensar tomar la frase como un silogismo (dos premisas y una conclusión) y que la conclusión salga del debate...


Sin el peronismo no se puede (Premisa)
                              +
Con el peronismo no alcanza (Premisa)


...................................................... (Conclusión)

martes, 14 de noviembre de 2017

Cuando la utopía no llega a emitir sus primeros sonidos, menos logrará dar sus primeros pasos






Únicamente nos queda un día, sentenció Jean Paul Sartre, uno que siempre se repite, se nos da al amanecer, se nos quita al anochecer.  Por eso sospecho que el crepúsculo es brillante y hermoso en tanto tenga la capacidad de asegurar la próxima claridad, de lo contrario será tan lúgubre como la puerta del ingreso al cenit de los extremos sucios. Todo ha sido resuelto excepto cómo vivir agregó El Castor, como lo llamaba cariñosamente Simone de Beauvoir, en la vida como en la política, nadie es como otro, ni mejor ni peor, si logran están de acuerdo es por un casual malentendido. No perdamos nada de nuestro tiempo los hubo más bellos seguramente, pero éste es el nuestro, celebró. De mi parte no estoy muy seguro que el actual crepúsculo político nos esté anunciando algo similar a un amanecer. Y eso es lo que nos toca muy a pesar que, parafraseando a Schopenhauer, nos están gobernando seres de los que no se concibe cómo llegaron a caminar sobre dos piernas aunque eso no signifique mucho, la paradigmática vulgaridad de cómo “pasar” el tiempo y no cómo “aprovecharlo”. Pues allí la síntesis: cómo aprovechar ese tiempo no escogido al cual fuimos arrojados, inevitable y omnímodo para nuestra existencia.
El sábado 19 de septiembre de año 2015, en una de las últimas columnas que realicé en el Programa Testigos de Privilegió afirmábamos:



... pues desde mi punto de vista, durante aquel tiempo, poco y nada hicimos desde la gnosis para defender y fijar esos derechos, los mal entendimos como asumidos, acaso algunos tengan razón y todo aquello que no se logra con sacrificio se le otorga poco valor y rara vez le son atribuidas capacidades a proteger. No me consta dicha aseveración burguesa, pero muchos se escudan de la premisa para abrevar del sofisma.. 

Viene a mi memoria el proyecto Conectar Igualdad, programa inclusivo que no solo “entregaba una computadora” para uso didáctico sino que además intentaba acotar las diferencias sociales a favor de un circuito integrador en donde el conocimiento era el factor de equilibrio. Tristemente muy pocos entendieron el mensaje educativo y formativo que venía entre sus líneas, letra gruesa que tanto el docente en general como  la familia del alumno, y el joven en particular, prefirieron omitir debido a que comprendía un compromiso formal en el día a día. Esto es, primero y fundamental darle a la herramienta, en su utilización correcta en clase, el valor agregado para lo cual fue ideada y en un segundo plano merecer y poner en virtud, mediante el cuidado, el sacrificio colectivo que estaba haciendo la sociedad a favor de modernizar las técnicas de instrucción. Hoy los servidores ya no existen y nada se sabe de las máquinas, pero acaso no haya sido el actual gobierno y sus lamentables autoridades educativas las responsables de su volatilización, el programa había muerto a poco de nacer debido a la nula conciencia social y reflexiva que existió sobre aquellas dos variables mencionadas. Temo que nunca existieron la suficiente cantidad soldados formadores para dar tantas batallas en tantos frentes y así como cayó el programa mencionado, las mismas suertes corrieron decenas de intentos que dentro de los mismos paradigmas inclusivos e integradores se planteó la sociedad democráticamente hasta no hace más cuatro años aproximadamente. La militancia tiene un objetivo claro y contundente dentro de la política, nadie lo pone en duda, pero no alcanza, la ingeniería que requiere el desarrollo de una conciencia social incluyente y equitativa es mucho más compleja y necesita apropiarse de herramientas y lugares en mucho casos desconocidos y hostiles, debiendo hasta beneficiarse del aporte del enemigo para lograr el objetivo. Como cuenta Julio Cortázar en Rayuela: “La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre llenaban de amarga desconfianza la meditación de Oliveira, forzado a valerse de su propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que pudiera licenciarlo y seguir hasta una reconciliación consigo mismo y con la realidad que habitaba”.

En el presente absolutamente todos los derechos de los sectores populares, pasivos y activos, están puestos en discusión como nunca antes en la historia, incluyendo incisos que ni siquiera fueron observados ante el advenimiento de dictaduras. Esto se corporiza so pretexto del costo y la competitividad, con un consecuente achicamiento de la producción nacional y el mercado de consumo interno. Desde luego que jamás se ponen sobre la mesa de discusión las rentas, esas no solo se preservan sino que el programa de recorte de derechos masivos implica taxativamente el crecimiento de las tasas de ganancia.

Y finalizo con Julio Cortázar que a modo de reflexión nos sentencia sobre los peligros de la banalidad: “Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos en el presente no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando, pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del cliché y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate”.





lunes, 13 de noviembre de 2017

VOLVER A LOS 90, recuerdos de la muerte, después de haber vivido






Su fortaleza es nuestra debilidad, dado que pueden impulsar lo que los une: Devaluar nuestra moneda, endeudar al Estado, sacar capitales del país, aumentar las tarifas y los precios, ajustar el gasto público, impulsar la extracción a cualquier costo de minerales y combustible, etc.; lo podrán imponer mientras persista el engaño, mientras la deuda externa financie ese proceso, pero tiene límites, sus negocios son rentabilidad exacerbada para ellos, pero atentan contra el empleo y la calidad de vida de nuestro pueblo, que tarde (y es lamentable que sea tarde) o temprano podrá percibir el error de dejarle la administración de gobierno.
Y como pasa siempre, ante el movimiento de inconformidad creciente frente el alto endeudamiento (deuda que siempre pagan los pueblos), la caída del salario real, del consumo y con ello del nivel de actividad y del PIB, la alianza de negocios se resquebraja y obligadamente aparece la necesidad de conformar la unión de los que defienden el mercado interno y el trabajo nacional. Y otra vez a repetir el círculo histórico de un país del confín del mundo llamado Argentina.
Luego de doce años de un proceso político virtuoso asistimos a la repetición cíclica de hechos económicos. Hubo gruesos errores pero el principal es no haber creído que el modelo de defender el mercado interno y el trabajo nacional era para todos, y por acción u omisión, pero seguro por debilidad ideológica, se acepta, una vez más, la lógica del capital.

 (Horacio Raveli – La Tecl@Eñe - 12/11/2015 )
Nota completa:





sábado, 11 de noviembre de 2017

Urgencia de la lectura, porque urge el combate






Por Perla Sneh Psicoanalista, escritora. Doctora en Ciencias Sociales (UBA); Investigadora del CEG (UNTREF)​, para La Tecl@ Eñe


La lectura es un problema nacional,  dice Martínez Estrada. Y agrega que la lectura, como problema, se elucida en combate, es decir, en la escritura (escribir es un modo de combatir y hay que escribir bien como hay que pelear bien).  Hay textos  que no pueden leerse sin miedo;  no salimos de ellos igual que cuando entramos, es decir, toda confrontación con algo que, al tocar nuestra existencia, la transforma.  Ese miedo será el articulador  que requieren las terribles sombras que retornan y asedian como cifra de lo que encarna como lecturas en ésta, nuestra lengua, nuestro problema. Si en este problema la angustia es brújula, no lo es como refinado decorado existencial ni como mórbido acoso del afecto al intelecto, sino como la oscura pero innegable certeza de vernos implicados aún si no sabemos decir en qué. Y si la angustia es política que conviene a nuestras lecturas, es porque hay textos que no acallan sus combates. Puede que se trate de esa batalla celestial de la que habla Marechal, nombre no azaroso aquí, es decir, en una escena de la historia como la nuestra, que carga con el teatro de operaciones que nos legó nuestra más autóctona crueldad: en las letrinas de algún chupadero, colgaban las hojas de Adán Buenosayres como único recurso de higiene.
La conjunción de los textos con la destrucción de los cuerpos no supone, entonces, meros desagravios o penitencias públicas, sino volver a la lectura como forma de lucha política, para volver a hablar, de nuevo, de las oscuras –y no tanto- formas de aquello que, por falta de recursos, llamamos el mal, con o sin mayúsculas. 

Hablar de lecturas, es hablar de un combate; arduo y trabajoso, porque siempre hay un punto donde hay que repetirlo todo de nuevo, empezar desde cero, confrontar los lugares comunes. Y para leer hay que situarse. En esa urgencia de lectura, nos situamos en la lentitud: 

Filólogo –escribe Nietszche en el prólogo de 1886 a Aurora–- quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente. No sólo el hábito, sino también el gusto --un gusto malicioso, acaso-- me llevan ahora por ese camino. No escribir más que aquello que pueda desesperar a los hombres apresurados. La filología es un arte venerable, que pide ante todo a sus admiradores que se mantengan retirados; tomarse tiempo, volverse silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, un oficio de orífice de la palabra, un arte que pide trabajo sutil y delicado, y en que nada se consigue sin aplicarse con lentitud.
En esa lentitud, un lector (contrafigura del trepador, dice Viñas, el que no logra “hacer la América”), puede encontrarse con otro, compartir una felicidad quizás secreta, pero no para formar algún partido de lectores o el club de las iluminados, sino para perderse hasta que alguna otra lectura los reúna. Porque no pocas veces los lectores se encuentran en su soledad; entonces se reconocen y se sientan cerca, pero ese reconocimiento no se mide en el vaivén de las taquillas dominicales ni en el abismal anonimato de los “foros”, apenas en una afinidad quizás no del todo electiva pero tampoco impuesta, vislumbrada en la alegría del relámpago que ilumina el párrafo en común. Un poco a contramano, un poco fuera de lugar cada lector en su  soledad, en su anacronismo, pero no sin los otros: posición singular y vacilante de la lectura como fuerza política.
Lectura sin pertenencias: solitaria fuerza, poco apta para pancartas, hecha de voces incomprensibles para los gurúes de la comunicación, voces bajas de una lectura que vacila ante los micrófonos, que desbarata los consensos.  Fuerza que nos reclama pensar qué decimos cuando decimos “nosotros”: Habría que hablar de Jauretche, pero vamos a hablar de Borges, dice Piglia con serenidad y una pizca de ironía.

Hablamos de lectura, entonces, como búsqueda de nuevos modos de decir una historia perdida en la historia, una memoria desdeñada en la memoria, el breve párrafo que trastoque la sentencia inapelable de un adjetivo feroz, la contundencia de un verbo asesino. Leer -pequeño homenaje a Camus- como modo de extranjería, como modo de otorgar a la angustia el valor de un pensamiento.

Hablamos de echar a rodar palabras en irremediable soledad en medio de una lengua en estado de vértigo, lectura como recalcitrante demora que no se rinde a las urgencias de la especialización ni a la idolatría de la comunicación. Leer –dice Zelarrayaán, también poeta- para buscar nuestras palabras; leer para respirar mejor, aun los que fumamos. Leer en benjaminiano desorden para reconstruir nuestra lengua lastimada es hacer de la lectura una turbulenta política de la memoria.

Viktor Klemperer cuenta que gustaba leer confiando en los vientos y sin una verdadera dirección. Pero sin dirección no es sin esperanza (que no es lo mismo que ilusión). Esperanza: algo de un pesimismo abierto a la historia, desesperada esperanza de una lectura sin rumbo pero no sin el módico anhelo de –dice Perlongher, otro poeta- mantener la lucidez en medio de un torbellino y navegar sobre aguas erizadas.

Agrego, para quienes dudan de la urgencia de la lectura:  
El año es 1922. El lugar, una estación de ferrocarril soviética. Marina Tzvetáieva espera un tren que la llevará al exilio. Un hombre del régimen se le acerca. La conoce, ha cantado sus canciones, ha leído sus versos. Le dice en voz baja: Habrá un chekista en su vagón. Cuide su lengua

Sea este texto un pequeño homenaje a quien se prefirió lector a delator. Pero también, un llamado a ser cuidadosos. Hay palabras que pueden  mandarnos a la hoguera.

Existir es leer, dice un gran lector argentino. La lectura, entonces, como sitio del poema, la lengua, la ética, la política. Es decir, la vida. Y vivir, lo dice Mastronardi y yo le creo, es un vocablo que nunca se usa en sentido figurado.


Fuente:
http://lateclaene.wixsite.com/la-tecla-ene/-sneh-perla







viernes, 10 de noviembre de 2017

Es el Capitalismo quién autoritariamente vulnera la privacidad




Capitalismo versus Privacidad

Por Samuel Earle, periodista


El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social
En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.
Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.
En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump-presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”
En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

La ruptura del vínculo

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.
Los detractores del capitalismo han condenado siempre su tendencia a vaciar  lo común y aislar a cada persona en su burbuja privada, pero sus simpatizantes celebran esta atomización. “La civilización,” escribió Any Rand en 1943, “es el progreso hacia una sociedad de la privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, gobernada por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.” Desde esta perspectiva, el énfasis del capitalismo en la protección de la esfera privada y de la resultante privacidad lo convirtió en el gran civilizador del mundo.
Ya en los años setenta, sin embargo, el vínculo entre el capitalismo y la privacidad individual comenzaba a romperse. En 1977, el jurista de derechas Richard Posner postulaba su “teoría económica de la privacidad,” publicándola finalmente como artículo en 1984. En ella, argumentaba que la privacidad individual es un estorbo para el capitalismo, al interrumpir el libre flujo de información que los mercados necesitan para ser eficientes. La conclusión de Posner fue que “las personas no deberían y mucho menos por motivos económicos- tener un derecho a ocultar hechos materiales sobre sí mismas.”
Posner estaba escribiendo para el Chicago Unbound, la revista jurídica de la Universidad de Chicago, el epicentro de la tormenta neoliberal que se estaba extendiendo alrededor del mundo. Milton Friedman fue uno de los colegas más cercanos a Posner y a menudo se incluye al mismo Posner en el paraguas de la Escuela de Chicago. Las raíces capitalistas de Posner - con su infinita exaltación del individuo privado - hizo todavía más sorprendentes sus argumentos contra la privacidad individual. El romance entre privacidad y capitalismo, dado por sentado durante mucho tiempo por liberales de pocas miras, se reveló como la más frívola de las relaciones: un matrimonio de conveniencia que ya no era conveniente.
En la era digital, esta relación se ha vuelto aún más problemática. En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios.
Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.
Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.
Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios. Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.
Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.
Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?
Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.
Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.
Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

La máquina tabuladora de Hollerith

En 1880, con una población en aumento, un territorio en expansión y un deseo cada vez más profundo de estadísticas -unido a una completa falta de estrategia tecnológica- los datos recopilados por el Censo de los Estados Unidos tardaron casi una década en ser procesados. Para cuando se presentó el siguiente censo, en 1890, el tiempo de procesamiento se había reducido a tres meses.
Un joven ingeniero estadounidense, Herman Hollerith, inventó el sistema que permitió esta increíble aceleración. Inspirado por los revisores de tren, usó tarjetas perforadas para tabular automáticamente información sobre el conjunto de la población, en base a un conjunto de características estandarizadas, desde la raza y el género hasta niveles de alfabetización y religión. La máquina tabuladora de Hollerith, como se la conoció, es ahora reconocida como el primer sistema de información que reemplazó con éxito a la pluma y el papel. Países de todo el mundo lo utilizaron para recopilar datos sobre sus ciudadanos.
En 1911, Hollerith vendió su empresa y los derechos de su máquina en una fusión empresarial, formando la que ahora se conoce como la International Business Machines Corporation (IBM). Bajo el liderazgo de Thomas J. Watson, un hombre admirado como el “mejor vendedor del mundo”, IBM llegaría a ser propietaria del 90 por ciento de todas las máquinas de tabulación en los Estados Unidos. Las enviaron allí donde llamara el dinero.
Durante la década de 1930, llamó desde el Tercer Reich de Adolf Hitler. Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.
No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.
Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.
Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

El traje nuevo del Gran Hermano

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia" con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.
Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.
Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.
Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo. Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.
Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.
Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.
Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.
A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

Una herramienta de control

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”,advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.
Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.
Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.
Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.
Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.
Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.
Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.
Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.
Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.
El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.
Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.
En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.
Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.
Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas.




Fuente: Revista Sin Permiso