FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

miércoles, 28 de septiembre de 2016

Colombia es uno de los países más injustos del mundo: La letra chica de un acuerdo sujetado con alfileres de inequidad



La paz tan deseada
Por Carlos Alfieri para Le Monde diplomatique


Después de muchos intentos frustrados, Colombia está a las puertas de un acuerdo de paz definitivo con la guerrilla. Pero la paz sólo podrá consolidarse si se producen las reformas económicas y sociales que pongan fin a las profundas desigualdades e injusticias reinantes.
La historia de todas las naciones latinoamericanas es pródiga en acontecimientos de extraordinaria violencia, en guerras civiles, en situaciones y episodios de una injusticia extrema, en sangrientas represiones a sectores populares, en masacres sin fin. Pero la de Colombia ofrece tal vez la más depurada condensación de ese trágico devenir, porque muestra todos sus rostros de manera diáfana y desnuda, y en dimensiones de una magnitud que cuenta con pocos precedentes.


Ojalá tanto horror se limitara a la etapa que los colombianos bautizaron específicamente como “La Violencia”, que generalmente se sitúa entre 1948, cuando el líder liberal de izquierda Jorge Eliécer Gaitán fue asesinado por orden del régimen conservador, lo que generó un levantamiento popular –el Bogotazo– cuya represión causó en tres días 3.000 muertos sólo en la capital, y 1957, final de la dictadura del general Gustavo Rojas Pinilla. Durante ese período –que algunos historiadores extienden hasta 1966–, los enfrentamientos entre liberales (que organizaron fuerzas guerrilleras) y conservadores asumieron ribetes de guerra civil y dejaron una estela de destrucción y crímenes cuyo saldo fueron alrededor de 300.000 muertos y más de dos millones de personas que debieron migrar para huir de las persecuciones. Pero en realidad, y sin caer en una hipérbole, casi toda la historia colombiana podría denominarse “La Violencia”, pues las más variadas manifestaciones de ella atravesaron constantemente la vida del país y tuvieron como destinatarias preferentes a las clases más humildes de la población. No se trata de un destino ontológicamente determinado, ni de un designio fatal cuyas razones escapan al raciocinio; por el contrario, la violencia hunde sus raíces en el dominio brutal de una minoría de personas, poseedora de la mayor parte de las tierras cultivables, de las riquezas, de los resortes del poder, de los mecanismos de producción simbólica, sobre una inmensa mayoría de desposeídos. La lucha por mantener intactos esos privilegios y por aniquilar hasta el más tímido intento de reformular ese estado de cosas explica el sistemático ejercicio de la violencia por parte del establishment y también, claro está, el de las respuestas que ha engendrado. 


Los bloques sociales en conflicto, actores de cien años de crueles e interminables guerras civiles, generaron a mediados del siglo XIX sus expresiones políticas: el Partido Conservador, que representaba a terratenientes, esclavistas, grandes comerciantes, burócratas de alto rango del Estado, la Iglesia y la cúpula de las Fuerzas Armadas, y el Partido Liberal, que en cierto sentido encarnaba una prolongación de los ideales de Simón Bolívar heredados de la Revolución Francesa, cuyas filas se nutrieron de medianos y pequeños comerciantes, artesanos, campesinos, indígenas y esclavos. Los conservadores eran los abanderados del mantenimiento a toda costa del orden económico-social existente, es decir, de sus privilegios, mientras que los liberales abogaban por la introducción de reformas democráticas, la abolición de la esclavitud, la igualdad ante la ley, la eliminación de la pena de muerte y la atenuación de los castigos, la instauración de un régimen de libertades que comprendía, entre otras, las de imprenta y palabra, la religiosa, la de enseñanza y la de industria y comercio.


Por supuesto, esquemáticamente descripta ésta fue la matriz originaria de ambas fuerzas, pero esto no se tradujo en una rígida diferenciación social de sus componentes: era común, por ejemplo, que terratenientes y caudillos conservadores arrastraran de su lado a la guerra a amplios sectores populares subordinados. A lo largo del tiempo se fueron registrando intercambios ideológicos y de intereses económicos entre ambas fuerzas, que culminarían políticamente en la creación en 1958 del Frente Nacional, que estableció una coalición entre conservadores y liberales que implicaba el reparto del gobierno durante los siguientes 16 años. 


El paisaje histórico de Colombia experimentó cambios significativos a partir de mediados del siglo XX. En primer lugar, se aceleró un proceso de urbanización mediante el cual la población, antes claramente rural, hoy vive en un 75% en las ciudades. Las antiguas guerrillas liberales dieron paso en la década de 1960 a formaciones de ideología marxista. Nace con pujanza una nueva industria, la del narcotráfico, que estructura poderosos carteles en los años 80 y alcanza un vigor económico asombroso, lo que le permite penetrar en diversos estamentos institucionales. Por su parte, el Plan Colombia deriva ingentes recursos financieros y militares de Estados Unidos al país sudamericano para combatir a las guerrillas y el tráfico de drogas; se organizan grupos paramilitares de extrema derecha para contribuir a la lucha contra los combatientes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y del Ejército de Liberación Nacional (ELN), que siembran el terror en las poblaciones sospechadas de dar apoyo a los insurgentes; una vez desmovilizados, parte de ellos se convierten en los nuevos empresarios de la droga.


Pese a los importantes avances del Ejército sobre la guerrilla, ambos contendientes saben que es improbable el triunfo definitivo de alguno de ellos. Varios gobiernos intentaron negociar un tratado de paz con las fuerzas rebeldes, pero sin éxito. Ha sido el actual presidente, Juan Manuel Santos, tras prolongadas y arduas conversaciones iniciadas en 2012 con los representantes de las FARC, quien se ha acercado como nadie a la inminente firma de un acuerdo de paz definitivo, mientras anunciaba a finales de marzo de 2016 el comienzo de negociaciones con la otra guerrilla, menos numerosa, del ELN. Todo parece indicar que la paz, esta vez sí, está al alcance de la mano. Pero esa paz sólo será sustentable si se promueven las impostergables reformas que terminen con la escandalosa desigualdad que hace de Colombia uno de los países socialmente más injustos del mundo. Algunos datos: apenas 2.313 terratenientes (el 0,06% de los propietarios) son dueños del 53,5% de la tierra disponible, y esas propiedades fueron conseguidas en parte a través del despojo de millones de campesinos obligados por la fuerza a abandonar sus tierras. Sólo 9.200 personas (sobre 49 millones de habitantes) poseen el 65% de los depósitos de ahorro en el sistema bancario. Casi el 60% de los trabajadores está en la informalidad; tan solo un 35% cuenta con un plan jubilatorio. ¿No constituye acaso esta tremenda inequidad social un estado de guerra latente, sin cuya superación será imposible afirmar el progreso, la justicia y las conquistas democráticas que Colombia exige?


Fuente: Le Monde diplomatique

lunes, 26 de septiembre de 2016

“...yo te alimentaría, pero entonces acabarías siendo dependiente de la comida” (teoría neoliberal)



Elogiar al uno por ciento: ¿tan buena es la desigualdad para la economía?

por Michael Hudson  para Revista Sin Permiso

Fuente: http://www.sinpermiso.info/


Parafraseando a Mark Twain, todo el mundo se queja de la desigualdad, pero nadie hace nada por remediarla.
Lo que hace la gente es utilizar el término «desigualdad» como punto de partida para proferir sus propias opiniones sobre cómo edificar una sociedad más próspera y al mismo tiempo más igualitaria. El cariz de dichas opiniones dependerá en gran medida de si ven al uno por ciento como un agente innovador, ingenioso y creativo, que crea riqueza e impulsa con ello al resto de la sociedad, o si, tal y como han descrito los grandes economistas clásicos, el estrato más rico de la población está más bien constituido por rentistas, que obtienen sus ingresos y riquezas del 99 por ciento en calidad de propietarios ociosos, monopolistas y banqueros rapaces.
Las estadísticas económicas muestran con imparcialidad las tendencias de la desigualdad en el mundo. Tras alcanzar su punto álgido en 1920, las reformas de la Gran Depresión contribuyeron a que la distribución de la renta fuera más equitativa y estable hasta 1980. Entonces, a la luz del thatcherismo en Inglaterra y de la reaganomía en los Estados Unidos, la desigualdad empezó a dispararse. Y se disparó aún más por efecto del sector financiero (especialmente cuando los tipos de interés se retrajeron del pico del 20 por ciento en 1980, propiciando con ello el mayor auge de la historia del mercado de bonos). Los bienes inmuebles y la industria fueron a la sazón objeto de una financiarización, es decir, de un apalancamiento de la deuda.
La desigualdad aumentó de forma constante hasta el colapso financiero global de 2008. Desde entonces, puesto que se rescató a los banqueros y a los titulares de bonos en vez de a la economía, el uno por ciento con mayores ingresos ha tomado sobradamente la delantera al porcentaje restante. Entretanto, el 25 por ciento con ingresos más bajos ha sido testigo de un grave deterioro de su patrimonio neto y de sus ingresos relativos.
Huelga decir que los más ricos poseen sus propios agentes de relaciones públicas, a su vez respaldados por la tradicional falange de necios útiles del mundo académico. Tanto es así que desde hace ya un siglo la disciplina predominante en ciencias económicas se ha convertido en un ensalzamiento de la clase rica rentista, y puesto que la desigualdad se está expandiendo excepcionalmente en la actualidad, los que elogian al uno por ciento se han encontrado con una necesidad acuciante de adquirir sus servicios.
Un caso ilustrativo es el del economista escocés Angus Deaton, autor de The Great Escape: Health, Wealth, and the Origins of Inequality [La gran evasión: salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad]. (2013). Deaton fue elegido presidente de la AEA en 2010 y galardonado con el Premio Nobel de Economía en 2015 por sus análisis de las tendencias de consumo, distribución de las rentas, pobreza y bienestar, los cuales había presentado de modo que no causaran ofensa entre los ricos e incluso trataran el statu quo crecientemente desigual como algo perfectamente natural e instalado en su propia clase de equilibrio matemático. (Este tipo de razonamiento matemático circular es el principal criterio de la buena economía hoy en día.)
En su libro trata el filme La gran evasión como una metáfora. Así, trae a colación burlonamente que a nadie se le habría ocurrido titular la película «Los prisioneros que quedaron atrás». Al describir a los fugitivos como brillantes innovadores, asume que el uno por ciento más rico debe haber sido, de igual modo, lo suficientemente ingenioso e imaginativo para romper las cadenas del pensamiento convencional con el fin único de innovar. Los fundadores de Apple, Microsoft y otras empresas informáticas son objeto de alabanza porque enriquecen las vidas de los demás. Por añadidura, la economía en su conjunto ha experimentado un crecimiento más o menos constante, sobre todo en el ámbito de la sanidad pública, lo que ha permitido prolongar la esperanza de vida de las personas, derrotar enfermedades y propiciar una mayor innovación farmacéutica.
Hace poco compartí escenario con el Sr. Deaton en Berlín, acompañado también de mi amigo David Graeber. Los tres estamos a la espera de que la fabulosa editorial Klett-Cotta, la cual había organizado aquel evento en el Festival de Literatura de Berlín a mediados de septiembre, publique este otoño nuestros libros en su traducción al alemán.
De algún modo, encuentro que la analogía de Deaton con la película La gran evasión es muy acertada. Es cierto que los ricos han escapado. Sin embargo, lo realmente importante es de qué han escapado. Han escapado de la regulación y del régimen fiscal (gracias a los enclaves bancarios inscritos en paraísos fiscales y a una reformulación de las leyes fiscales para transferir la carga fiscal al trabajo y a la industria). Pero, sobre todo, los gansters de Wall Street han escapado del enjuiciamiento penal. ¡Qué necesidad hay de zafarse de la cárcel si puedes antes evitar que te atrapen y te enjuicien!
Un elevado número de libros recientemente publicados —de lo que se ha hecho eco la página editorial del Wall Street Journal— defiende la hipótesis de que el uno por ciento más rico es más inteligente que la mayoría. Al menos, lo suficientemente inteligente para ingresar en las principales escuelas de negocios y obtener su Máster en Administración de Empresas (MBA, por sus siglas en inglés), con objeto de financiarizar empresas mediante el método zaitech u otras formas de apalancamiento de deuda, y cosechar así (de hecho, «ganar») enormes bonificaciones.
Lo cierto es que no hay que ser muy inteligente para acumular tanto dinero. Todo lo que hace falta es ser codicioso. Y eso no lo enseñan en las escuelas de negocios. Efectivamente, cuando estuve trabajando como analista de balanza de pagos del Chase Mahattan, me dijeron que los mejores operadores de divisas provenían de los barrios bajos de Brooklyn o Hong Kong. Al parecer estos dedican la vida entera a ganar dinero, con la única meta de ascender a la proverbial clase de los Babbitt de nuestra era: nuevos ricos carentes de una verdadera curiosidad cultural o intelectual.
Sin lugar a dudas, los banqueros que se aventuran a «extender el sobre» (eufemismo con el que los defraudadores se refieren a infringir la ley, tal y como hizo Citigroup en 1999 cuando se fusionó con la aseguradora Traveler antes de que la administración Clinton rechazara la ley Glass-Steagall) necesitan abogados inteligentes. Donald Trump explicó la clave que había aprendido del abogado de la mafia Roy Cohn: no importa tanto la ley, sino qué juez esté de tu lado. Más aún, los tribunales estadounidenses han sido privatizados mediante la elección de jueces cuyos contribuyentes de campaña respaldaban a los desreguladores y a los que prefieren no enjuiciar. De este modo los ricos pueden librarse de las leyes.
Pese a que a ningún cinéfilo le gustaría ver a los héroes de La gran evasión detenidos y escoltados de vuelta a su campo de concentración, una gran mayoría desearía que los ladrones de Wall Street de Citigroup, Bank of America y otros defraudadores de hipotecas basura fueran a la cárcel, junto con Angelo Mozilo de Countrywide Financial. Poco amor muestran por cabilderos políticos como Alan Greenspan, el fiscal general Eric Holder o Lanny Breuer y sus hombres a sueldo, quienes abiertamente se negaron a perseguir el fraude fiscal.
Deaton sí cita en su libro a los «rentistas» o especuladores, pero en el sentido de Buchannan, su predecesor en el Premio Nóbel, ubicando la especulación en el gobierno y no en los bienes inmuebles, los monopolios como las farmacéuticas o la informática, la sanidad, las empresas de televisión por cable y las altas finanzas. Por lo tanto, toda la culpa de la pobreza recae bien sobre el gobierno, bien sobre los deudores, arrendatarios, desempleados y los que no son de buena cuna, principales víctimas de la actual economía especulativa.
La gran evasión de Deaton prevé algunos problemas, pero no en el seno del sistema económico, no en la deuda ni en el monopolio, no en la crisis de hipotecas basura o en el fraude fiscal. Él señala el calentamiento global como principal problema, pero no el poder político de la industria petrolera. Destaca la educación como modo de que el 99 por ciento prospere, pero no dice nada del conflicto de los préstamos estudiantiles, la farsa de las universidades con fines de lucro que financian una educación basura con préstamos bancarios garantizados por el Estado.
Deaton mide la gran mejora del bienestar por el PIB (producto interior bruto). Lloyd Blankfein de Goldman Sachs describió señaladamente a los gestores y socios de su banco de inversiones como los sujetos más productivos de los Estados Unidos por estar ganando 20 millones de dólares anuales (bonificaciones no incluidas), todo lo cual registraba como contribución de la «producción» del sector financiero al PIB. No existe ningún concepto en virtud del cual esto sea lo que los economistas denominan una actividad suma cero, es decir, que los salarios de Goldman Sachs podrían ser poco productivos, parasitarios, predadores y suponer pérdidas o gastos generales para el resto de la economía.
Tales pensamientos no se derivan de las opiniones sonrientes fomentadas por el uno por ciento. El himno de alabanza de Deaton a las élites presupone que todo el mundo gana lo que recibe, con lo que desempeña un papel productivo y no extractivo.
Una negación aún más flagrante de la especulación y la búsqueda de rentas la encontramos en el nuevo libro de uno de los fundadores de Bain Capital (la empresa de Mitt Romney), Edward Conard, The Upside of Inequality («El lado bueno de la desigualdad»), el cual arremete contra los «demagogos» y «propagandistas» que reivindican que las ganancias del uno por ciento son de sobra inmerecidas, no salariales. Curiosamente, no incluye a Adam Smith, David Ricardo o John Stuart Mill en su lista de «propagandistas». Hasta ahora las ciencias económicas clásicas del libre mercado trataban precisamente de eso: liberar las economías de los desmerecidos ingresos por alquiler y los crecientes precios del suelo de los que los arrendatarios se benefician «mientras duermen», según explicaba John Stuart Mill. Este libro propagandístico, por consiguiente, tergiversa el programa al que instaban los principales fundadores de las ciencias económicas: arrendamiento de la propiedad pública o recaudación por el suelo, arrendamiento de los recursos naturales y explotación pública de los monopolios naturales, todo ello liderado por el sector financiero.
Para Conard, el motivo de la desorbitada riqueza del uno por ciento no es la especulación financiera, inmobiliaria o monopolística, sino las maravillas de la economía de la información; es la «destrucción creativa» de la tecnología menos productiva, acuñada por Josef Schumpeter, fruto del duro trabajo de los innovadores más entregados, cuya creatividad eleva el nivel de vida de todo el mundo. Por tanto, la riqueza del uno por ciento es una medida de la marcha hacia adelante de la sociedad, no unos gastos generales rapaces extraídos de la economía en su conjunto.
La conclusión de la política de Conard es que la regulación y el régimen fiscal ralentizan esta marcha de las economías hacia la prosperidad guiada por el uno por ciento. El Wall Street Journal, en una reseña laudatoria del libro, resumió su mensaje del siguiente modo: Conard asegura que «la redistribución –ya sea a través de los impuestos, las restricciones regulatorias o las normas sociales— parece tener efectos tremendamente perjudiciales para la asunción de riesgos, la innovación, la productividad y el crecimiento a largo plazo, especialmente en una economía en la que la innovación derivada de la asunción de riesgos emprendedora por parte de los talentos mejor formados es cada vez más el motor del crecimiento». ¡Su solución es bajar los impuestos a los ricos!
Mi amigo Dave Kelley constata el mensaje normativo que se repite ad nauseumúltimamente: la afirmación de que «iniciativas progresistas como la tributación acaban por dañar la economía en vez de contribuir a mejorarla. Esta teoría de “yo te alimentaría, pero entonces acabarías siendo dependiente de la comida” resulta capital para mostrar cómo sociedades de consumo como la nuestra están volviendo a las distribuciones feudales de la riqueza». Esta parece ser la propuesta política de los tres principales candidatos a la presidencia de los EE. UU., en este mundo moderno unido y posciudadano, en el que las elecciones se llevan a cabo de un modo muy parecido a como se hacía en los consulados de los últimos días de la República romana.


sábado, 24 de septiembre de 2016

Ajuste sin rebelión - por José Natanson - "Ahí va la manada, culposa y resignada, contando durmientes para que la caminata sea más entretenida. Con Cristina rompían la estación"...



Por José Natanson para Le Monde diplomatique Cono Sur


Como casi todo lo que realmente importa, la tendencia argentina a la movilización popular y la acción directa se remonta al origen de nuestro país, a la influencia de las corrientes migratorias que entre fines del siglo XIX y principios del XX bajaron de los barcos portando versiones avanzadas de las ideas anarquistas y socialistas que prosperaban en Europa en un clima de creciente resistencia a las viejas autocracias: recordemos que en Rusia gobernaba Nicolás II, que en España mandaba una monarquía asfixiante y que en el sur de Italia todavía imperaban los señores feudales y los capomafias al estilo Don Ciccio, responsable del asesinato del padre de Vito Corleone en la segunda parte de El Padrino.


Cocinada en el fuego lento de varios siglos, esta desconfianza casi genética frente a la autoridad se reflejó en algunos rasgos idiosincráticos que son marcas profundas de nuestra identidad, de la apurada respuesta impertinente al tipo social hiperpsicoanalizado que todo lo cuestiona. Su cristalización institucional se concretó en la temprana creación de sindicatos, mutuales, clubes de barrio y otras instituciones de “ilustración obrera”, todo lo cual contribuyó a consolidar una pulsión igualitarista, una conciencia de derechos y una imaginación plebeya más marcadas que en ningún otro país de la región. 


Las movilizaciones contra la ley de residencia de 1902, la Semana Trágica de 1919 y las huelgas en la Patagonia de 1920 fueron las primeras muestras modernas de la inclinación a los métodos extra-institucionales como la forma típicamente argentina de interpelación al poder. Más tarde, en claro contraste con populismos contemporáneos como el varguismo brasileño o el cardenismo mexicano, dotados de un componente movilizacionista atenuado e institucionalmente encuadrado, el peronismo, cuyo mito fundante es precisamente una movilización, la del 17 de octubre de 1945, recurrió una vez más a la gente en las calles como gran recurso de construcción política y, después, como el espacio de escenificación de su conflicto interno, en Ezeiza y en la plaza de los jóvenes imberbes. 


Como un claustrofóbico que transpira en los ascensores, la sociedad argentina se asfixia dentro de las rígidas paredes de las instituciones; cuando se angustia, se frustra o se enfurece sale a las calles.


Contestación


En sus ya ocho meses en el poder, el gobierno del PRO produjo un aumento de la pobreza, que pasó del 29 al 32,6 por ciento según los datos de la UCA y del 19,8 al 33,2 según los de CEPA-Indep. El desempleo, de acuerdo a los números oficiales del SIPA, se incrementó en casi 100 mil personas, lo que elevó la desocupación al 9,3 por ciento medida por el Indec. En nítido contraste con un kirchnerismo que con todos sus enormes problemas logró sostener el poder de compra del salario, las jubilaciones y las prestaciones sociales por arriba de la inflación durante todo su ciclo salvo uno o dos años, el PRO ya produjo un retroceso de entre 10 y 15 por ciento, solo comparable a los experimentados con la hiperinflación de 1989 y la crisis de 2001. 


Desde el punto de vista económico, el PBI caerá este año un 2 por ciento, la inflación podría llegar al 40 y el déficit fiscal se mantendría en niveles similares a los del 2015.

Una performance decepcionante incluso en los propios términos del gobierno: más allá del clásico del domingo entre monetaristas y keynesianos acerca de si el déficit fiscal provoca inflación, lo cierto es que los economistas del PRO así lo creen y a pesar de ello no logran equilibrar las cuentas públicas; más allá de la discusión acerca de si tiene sentido esperar que las inversiones lluevan como resultado de un buen clima de negocios, lo concreto es que ni siquiera gotean. En otras palabras, la estrategia económica del PRO no está funcionando medida con su propia vara. 


En este contexto, y considerando la inclinación argentina a salir a las calles, todo indicaría que deberíamos estar ante una contestación popular que, sin embargo, no se está produciendo. Por supuesto, desde diciembre del año pasado se vienen registrando todo tipo de movilizaciones, piquetes y reclamos, entre los que se destacan el acto de las centrales obreras en el Monumento al Trabajo, la marcha de la CTEP y los ruidazos contra el tarifazo. No obstante, y pese al carácter muy masivo que adquirieron, permanecen como acciones desarticuladas y dispersas.

Ninguna logró forzar al gobierno a un cambio de rumbo ni afectó de manera significativa la imagen presidencial, que aunque ha disminuido diferentes encuestas sitúan todavía por arriba de un 45 por ciento. En suma, no se convirtieron en acontecimientos políticos capaces de alterar la correlación de fuerzas.


¿Cómo se explica esta rareza? Una primera mirada diría que a tres décadas de recuperada la democracia la sociedad argentina ha superado su problema hormonal y ha adquirido la madurez suficiente para aguardar con paciencia las soluciones a los problemas que demandó durante la campaña: los estudios de opinión que sostienen que más de un 70 por ciento de la población considera que las tarifas de luz y gas están atrasadas y que un sorprendente 28 por ciento está de acuerdo con el aumento tal cual fue planteado por el gobierno revelan la conciencia de un sector importante de los argentinos respecto de algunos nudos económicos heredados del kirchnerismo. Al mismo tiempo, el cuadro de estabilidad económica, bajo desempleo y amplias políticas sociales que dejó el gobierno de Cristina amortiguan los primeros impactos del ajuste. 


Pero esta perspectiva sociológica debería complementarse con un análisis más político. Contra los que más que esperar desean ver el triunfo de los soviets cada vez que se reúnen cincuenta personas en una plaza, resulta difícil que el descontento popular conduzca a movilizaciones que logren sacudir el statu quo si no existen líderes u organizaciones capaces de conducirlo, de transformar el enojo en energía de cambio. De la Revolución Francesa al diciembre argentino, de la primavera árabe al 15-M español, los momentos de auto-representación, en los que la sociedad parece sacudirse las superestructuras institucionales para asumir ella sola, sin mediaciones viscosas que la limiten, su destino, son eso, momentos, que se apagarán indefectiblemente si no encuentran una vía de canalización política. 


Y ocurre que hasta el momento, los dos sujetos potencialmente capaces de liderar la resistencia a las políticas oficiales, el sindicalismo y el peronismo, no lo hacen. En el primer caso, porque sus líderes decidieron avanzar en un proceso de unificación que no hubiera sido posible si se anteponía una estrategia de oposición dura con la que no todos coinciden. Y en el segundo, porque los gobernadores priorizan las urgencias de sus distritos a la vertebración de una estrategia nacional opositora para la que, sostienen, todavía hay tiempo. En un contexto en el que el kirchnerismo no logra controlar su veta autodestructiva y los movimientos sociales han llegado a un pacto de gobernabilidad con el gobierno, resulta sintomático que la Plaza de Mayo, que es donde se definen las cosas en Argentina, no haya sido testigo aún de una movilización importante (puede ser una cuestión de tiempos, pero recordemos que a menos de tres meses de asumir, en septiembre de 1989, el menemismo ya había sufrido su primer acto importante de protesta, la movilización contra los indultos, y antes del primer año ya había organizado su primer marcha a favor, la Plaza del Sí, contestada al mes siguiente con una en contra, la Plaza del No). 

Contra lo que muchos pensaban, ni el escándalo de los Panamá Papers ni el veto a la ley anti-despidos produjeron una caída severa en la imagen presidencial o afectaron severamente su gestión. El tarifazo, en cambio, sí se convirtió en un problema político, el primero realmente serio desde que el PRO llegó al poder en diciembre del año pasado: aunque fueron las frágiles asociaciones de consumidores las que agitaron la protesta, el golpe final no llegó desde la sociedad civil ni desde las calles ni mucho menos desde el Parlamento o los sindicatos, sino de un fallo emitido por el aristocrático, opaco y casi siempre conservador Poder Judicial.

Pero nada indica que esta situación vaya a durar para siempre. Mi impresión es que la derrota del kirchnerismo en las elecciones del año pasado no se tradujo todavía en una derrota social. Los valores que orientaron las políticas de la última década pueden haberse debilitado, pero no cambiaron del todo. El PRO no logró construir todavía un nuevo clima cultural ni estabilizó un sentido común de época, como logró Menem a partir de la sanción de la ley de convertibilidad y su triunfo en las elecciones de medio término. En palabras de Jorge Asís, estamos como con el menemismo antes de Cavallo. 


Quizás por eso, la sensación es que vivimos atrapados en un empate social desangelado cuya definición deberá esperar a las elecciones del año que viene, cuando no sólo compitan oficialismo y oposición sino también las tres fracciones del peronismo (el massista, el kirchnerista y el que espera, titubea y duda). Salvo un colapso anticipado del gobierno que nadie desea, será la voluntad popular expresada en las urnas la que, como corresponde en un país democrático, decidirá si el PRO se consolida como fuerza hegemónica, si logra imponer sus valores al conjunto social, o si pasa a la historia como un paréntesis mediocre entre dos peronismos.


Porque no se trata sólo de ganar bancas y territorios sino definir una disputa más amplia entre ajuste y distribución, Estado y mercado, pasado y futuro, cuestión esta última que resulta crucial. Un mes atrás, en un acto en el Instituto Patria, el ex funcionario Martín Sabbatella dijo que “la memoria social positiva” de la década kirchnerista crecería “en contradicción con las políticas actuales”. En realidad está ocurriendo todo lo contrario. Aunque en parte sea injusto y aunque, como ocurrió con Alfonsín, seguramente la perspectiva irá cambiando, lo cierto es que la herencia kirchnerista, afectada por el loop de la familia Báez contando dólares en La Rosadita y la inesperada pasión por la técnica del termosellado, funciona al revés que los buenos vinos: en lugar de mejorar se deteriora con el tiempo. 

Es curioso: si el populismo ha sido acusado de sacrificar el futuro en el altar del presente (palabra clave: despilfarro), y si el liberalismo predica el esfuerzo de hoy para la abundancia de un difuso mañana (palabra clave: sacrificio), el macrismo se afirma en el contraste con la década anterior. Como explica Ignacio Ramírez, más que las expectativas Macri está demostrando una extraordinaria capacidad para reescribir la herencia. Desde sus comienzos, el PRO se construyó como un partido que, en contraste con las fuerzas tradicionales, se iba a destacar por su capacidad de gestión: lo que no sabíamos era que su mejor gestión iba a ser la gestión del pasado. 


N de la R: La imagen me hizo recordar a la película The Wall. Los pibes y la máquina de picar. Ahí va la manada, resignada y contando durmientes para que la caminata sea más entretenida. Con Cristina rompían la estación. El temor y la subsumisión que le tienen a los CEOS es la mejor arma que tienen estos contra el pueblo. La imagen es patética. La simbiosis entre los representantes de la Central "medieronconelprecio" Obrera y esta visión lo es más aún. Nada es casual.


viernes, 23 de septiembre de 2016

Maestros del Blues. Anson Funderburgh




Anson nació en Plano, Texas, el 14 de noviembre de 1954. Notable guitarrista de blues que sabe coquetear con excelencia a todas las vertientes del género. Luisiana, Chicago y Texas encuentran en Funderburgh un más que sensible y apasionado amante. Su carrera profesional comienza en 1976 y llega a nuestros días con 15 trabajos grabados y varias vueltas al mundo. El 21 de octubre nos estará visitando en Argentina.



 


jueves, 22 de septiembre de 2016

Poema 17 de octubre de Nicolás Olivari... a 50 años de su partida


Desde la negra barrera del otro lado de la villa,
donde el horizonte se fundía con la nada,
con salitre en la mejilla resecada
y una miel despavorida en la mirada
llegaron los descamisados.

Desde la fragua abierta cual granada de su sangre,
encajada en el molde de la muerte,
desde altos hornos pavorosos, crudo fuego enemigo
con las uñas carcomidas
y el cabello chamuscado en cansancio secular
sus mujeres desgreñadas por el hambre
 y sus crías que no lloran porque miran,
llegaron los descamisados.

Sin más arma que el cansado desaliento 
que en sus trazos se hizo hueco
frente al río enchapado de alquitranes y petróleos,
solfatara de mil diablos expulsados,
del ansioso cielo antiguo de los pobres,
detenido en el asombro de su paso,
la pupila desbarrada en la angustia esperanzada
en un hombre que hace luz en la tiniebla,
que levanta todo aquello que se daba por perdido,
por perdido y para siempre,
llegaron los descamisados.

Desde el otro lado de los puentes destruidos
por la mano codiciosa de los despechados
con un grito silencioso en la grieta de los labios,
clamoroso, esperanzado,
latir azulceleste en las venas que se crispan,
levantando los racimos en las manos,
hacia un hombre presentido,
que vibraba delicado,
llegaron los descamisados.

Desde el taller cerrado y la fábrica 
con su cara clausurada de bondad, 
patinada por el antiguo sudor de sus familiares,
invadieron la ciudad
y el grito fue invadiendo las conciencias
hasta hacerle claridad.
Claridad junto al Líder recobrado
por su pueblo, el gran pueblo, 
solo el pueblo, y para siempre... 
para siempre, desde entonces
es nuestro, solo nuestro, recobrado por el pueblo,
en aquel día de gloria que empezó oscuro y trágico
hasta hacerse claridad, cuando el nombre iluminado,
mi prójimo y vecino, mi compañero y hermano,
lo rezaran con el alma,
cuando llegaron los descamisados.


martes, 20 de septiembre de 2016

"Populista, y a mucha honra". Por Dario Fo, para Revista Sin Permiso




Por Dario Fo, clásico vivo del teatro popular italiano, actor y autor de obras capitales de la dramaturgia política como Muerte accidental de un anarquista, Misterio Bufo y ¡Aquí no paga nadie!, fue galardonado en 1997 con el Premio Nobel de Literatura, para Revista Sin Permiso



Era de esperar, pero me ha pasado también esto: me han llamado populista. Ha sucedido en las páginas de L´Espresso del domingo, 21 de agosto de 2016. El autor del artículo en el que se me endilga este término se llama Marco Belpoliti. Mi detractor enseña Sociología de la Literatura y Literatura Italiana en la Universidad de Bérgamo. El hombre de letras emplea el término “populista” en la acepción negativa en boga desde hace años en Italia, a saber, la que considera el populismo una suerte de recurso a modo de pretexto para embaucar arteramente a una comunidad de simplones crédulos, fáciles de manejar con cualquier argumento. Ahora bien, me parece extraño que un profesor universitario se haya dejado llevar por un uso tan exagerado de una palabra tan acusadamente mistificada. Pero, ¿qué origen tiene en realidad esta expresión?

Basta acudir a una de tantas enciclopedias de prestigio para llegar a saber lo siguiente: “populismo” indica una ideología característica de un movimiento político o artístico que ve en el pueblo un modelo ético y social y el respeto de todos los individuos que forman parte de una comunidad civil. El movimiento precursor de esta idea de democracia se puede reconocer en la Revolución Francesa, e incluso antes, en los escritos de Jean-Jacques Rousseau. Ese primer texto suyo se inicia con una áspera crítica de la civilización como causa de todos los males y de la infelicidad de la vida de muchos hombres, que desarrollará el Discurso sobre el origen y fundamento de la desigualdad entre los hombres. En su libro El contrato social, Rousseau afirma, además, que «cualquier ley que no sea ratificada por el pueblo en persona es nula, no es una ley».

Este mismo tema ha constituido la base del pensamiento de Gianroberto Casaleggio, fundador con Beppe Grillo del Movimiento Cinco Estrellas. Marco Belpoliti la emprende conmigo por lesa majestad de muslos ministeriales y, punitivos, parte a la búsqueda de mis pecados. Le honra reconocer mi profesionalidad, pero añade maliciosamente que he tenido una vida fácil, porque a diferencia de otros grandes intelectuales, nunca he corrido el riesgo de actuar en solitario yendo contra corriente y adoptando posiciones incómodas. Bueno, que un periodista que, es evidente, se alinea como valeroso defensor de quien está en el gobierno, plantee preguntas sobre el valor de los demás, provoca como mínimo ternura....Que yo pueda estar  del lado del gobierno de estos tiempos no resulta una postura muy audaz...De cualquier modo, según Belpoliti, yo he ido a lo cómodo. Mientras Sciascia, Pasolini y Sartre han tenido el valor de la soledad, yo me habría movido siempre andando sobre seguro, protegido por poderosos movimientos de oposición.


Belpoliti calla naturalmente en su perorata sobre nuestros comienzos, los míos y los de Franca, sobre las relaciones un tanto difíciles con el poder, como aquella ocasión vivida por nosotros dos, intelectuales fuera de la norma, en nuestro choque con la RAI. Choque que terminó con la expulsión sus buenos quince años de todo programa radiofónico y televisivo por haber denunciado por vez primera en la historia de la RAI accidentes laborales que causaban víctimas como si fuera una guerra. Y de nuevo por primera vez, hemos hablado también de mafia, todo ello en el programa “Canzonissima” tras siete emisiones. En realidad, ha sido muy cómodo para mí y para Franca llevar a las Casas del Pueblo espectáculos críticos con el PCI en presencia de los dirigentes mismos y sufrir el consiguiente ostracismo de la parte más rígida del Partido. Cómo acabó era de esperar, se nos rogó que saliéramos de las Casas del Pueblo, pues nuestra crítica era nociva para la unidad del Partido.


Vino después el periodo en el que la policía decidió ponernos las esposas en las muñecas y proceder a detenernos y mandarnos a la cárcel. Y luego los procesos, las bombas en casa y en el teatro, el nacimiento de Socorro Rojo, la ayuda a los compañeros detenidos, la defensa de los derechos civiles, el secuestro y las torturas a Franca [Rame, compañera de vida y arte de Fo, violada y herida por un grupo neofascista en 1973]. Desde luego, formábamos parte de un gran movimiento, pero no veo cómo se puede afirmar que esta participación nos haya garantizado dormir tranquilos. Escribir cualquier cosa, con tal de dar estopa, se puede hacer...Pero un mínimo a la hora de ceñirse a los hechos sería acaso decente.


El autor del libelo saca a escena en cierto momento a Jean-Paul Sartre, colocándolo entre los intelectuales que obraban en soledad. Se ve perfectamente que Marco Belpoliti nunca conoció personalmente al creador del existencialismo. Yo, por el contrario, tuve esta suerte, junto a Franca.

Seguimos en contacto con él durante mucho tiempo, en la medida en que teníamos proyectos de trabajo que realizar conjuntamente. La primera vez que tuve la fortuna de escucharle fue en La Sorbona, donde pronunciaba una conferencia en una enorme sala rebosante de jóvenes que bebían literalmente sus palabras. El tema de aquella conferencia era el uso de la situación en el teatro popular. ¿Qué “situación”? es la clave maestra de cualquier espectáculo de la Commedia dell’Arte, clave estructural que implicaba a Molière y hasta a Shakespeare.


De hecho, de Julieta y Romeo todo el mundo recuerda exactamente la clave de ese drama: el hecho de que entre dos jóvenes se escale una pared que dice: «No podéis amaros porque vuestras familias luchan cruentamente entre ellas». Pero contra toda lógica, aquí tenemos a dos que saltan esos muros infranqueables y se aman arriesgando a cada paso la muerte. Pero tenemos que admitir que sin ese veto trágico, el suyo habría sido un amor del todo normal. El contraste de lo imposible es lo que crea la espectacularidad y la conmoción, y esto gracias a la situación que a su vez crea la paradoja, el drama y el teatro popular.

¡Pero fíjense en cuántas veces sale la palabra “pueblo” en los discursos sobre la cultura! ¡El del populismo es precisamente un movimiento infinito! En el debate había quien, tomando la palabra, trataba de demostrar que la del pueblo no era cultura sino más bien una imitación del arte de las clases altas. Volaron naturalmente, entre los presentes, expresiones más bien duras, de un bando contra otro, y en determinado momento Sartre pidió la palabra, la tomó y exclamó: « ¡Esto sí que es dialéctica! Por fin veo a los conservadores indignados, pero faltos de argumentos válidos. Y por eso me gusta dialogar con un público heterogéneo y rico de ideas diversas como sois vosotros. La palabra es verdaderamente el medio más inteligente que haya creado el hombre». Y todavía hay quien llama solitaria la acción de un intelectual como Jean-Paul Sartre.


Visto que el articulista escribe acerca del coraje y de ir contracorriente, podría medirse con un inventario de los intelectuales que han criticado con el ímpetu destructivo de una pluma, opositores que no ha perdido nunca un día con la televisión y los diarios importantes, que no se han arriesgado ni siquiera a un golpecito.