EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 25 de septiembre de 2018

Macri y Cambiemos cumplen, Caputo Dignifica…





Más de una vez afirmamos, acaso por haber tenido alguna experiencia casual y olvidable de carácter laboral con este tipo de psicópatas, que dentro del mundo Ceo la premisa es el fin, el objetivo determinado, pero mucho también importan el plan y los medios para llevarlo a cabo. Para que dicho fin sea considerado exitoso esos medios (las políticas aplicadas-las herramientas) no deben medrar los intereses particulares y colectivos de quien o quienes ese Ceo representa. Una vez logrado el objetivo de máxima, el recurso se retira, con sus pautados dividendos, bajo la lógica del desgaste, gestor el cual le deja paso a otro que cultivará las mismas premisas para que el sistema preexistente a él, siga existiendo mientras él y se reproduzca exponencialmente más allá de él. Caputo cumplió con la tarea encomendada, profundizó el desastre que Federico Sturzenegger legó, el BCRA, como asiento contable, afianzó su rol dependiente ante el FMI perjurándole su obediencia debida al círculo de financiarización local e internacional, incluso se permitió hacer algunas operaciones paralelas a favor de sus antiguos mandantes quedándose con alguna honesta regalía. Caputo cumplió, su rol extractivo de divisas a base del endeudamiento público ha sido un éxito, es hora de unas merecidas vacaciones (las de la última corrida cambiaria, en Ipanema, no alcanzaron)



Tristemente nunca como ahora hemos visto con marcada encarnadura la praxis ejecutiva sin intermediarios, esa fantasmal alianza compacta de un poder real sin fisuras prescindiendo de la política, sus protagonistas y sus herramientas. Esta extrema profundización que hace el gobierno de la praxis neoliberal está reafirmando sus indicios excluyentes, esquema que curiosamente los sectores medios aprobaron hace pocos meses a pesar de sus conocidas contraindicaciones: Devaluación intempestiva, espiral inflacionaria, quita de subsidios, despidos, techo paritario, inseguridad laboral a cuenta de la flexibilización, horizonte recesivo, reducción de las prestaciones estatales, transferencia de recursos a favor de los sectores concentrados de la economía, amesetamiento previsional, dolarización del precio de los servicios, una batería de medidas que implican establecer un supuesto orden económico, sofisma gravado a fuerza de mass media, a favor de que los número cierren. Caputo y Cambiemos cumplieron con las promesas que los llevaron a la victoria hace menos de un año, Macri y Cambiemos cumplen, Caputo Dignifica..



lunes, 24 de septiembre de 2018

Cuando la política se calla el establishment y Cambiemos le hacen decir cualquier cosa... De cerca nadie es normal (Por Sebastián Plut)





De cerca nadie es normal – Por Sebastián Plut, para La Tecl@ Eñe

Fuente:

Sebastián Plut reflexiona en esta nota sobre la normalidad en la política en tiempos de macrismo.  Plut sostiene que todo aquello que no sea Cambiemos recibirá el mote de anormalidad. Si de cerca nadie es normal, la característica de un Presidente normal es su ausencia, su lejanía y su indiferencia. El discurso comunicacional del gobierno despliega una versión renovada del mentir diciendo la verdad, es decir, entender la verdad como el hecho de exponer que se ha mentido.

Por Sebastián Plut, Doctor en Psicología. Psicoanalista.


“De cerca nadie es normal” dice, hace décadas, Caetano Veloso en su canción “Vaca profana”.
Y resulta curioso que pese a que repetimos aquí y allá esa frase, o a la infinidad de reflexiones sobre la ficción que entraña la idea de normalidad, seguimos pensando desde esa perspectiva: algo nos empuja a creer que podemos mirar el mundo desde ahí, desde la normalidad.
Si como decía Terencio, “nada de lo humano me es ajeno”, podríamos agregar, “nada de lo humano es normal”. El modo humano de vivir es la psicopatología, y tal vez ese sea uno de los hallazgos del psicoanálisis que mayor afrenta produjo al narcisismo de los seres hablantes, más aún que haber descubierto que somos portadores de un no saber sobre nosotros mismos.
Que nuestro modo de vivir sea la psicopatología no es ni más ni menos que asumir lo inevitable de nuestro sufrimiento, nuestra infaltable compulsión a la repetición, e incluso, nuestra más absurda ingenuidad.
Por caso, si cuestionamos el paradigma heteronormativo, no será tanto para agrupar otras vincularidades eróticas bajo el paraguas de la normalidad, sino más bien para incorporar a la heterosexualidad en el campo en el que sí o sí se desarrolla, la psicopatología. O también, si nos proponemos despatologizar la infancia es solo una operación consistente en repudiar el uso moral de la psicopatología, o bien su empleo a los fines estigmatizantes por medio de etiquetas excluyentes y expulsivas.
Y por último, si los psicoanalistas tenemos como premisa recostarnos en el diván, paso extenso e ineludible para nuestra práctica, no es meramente por hacer un cursillo práctico de psicoterapia sino, precisamente, porque como cualquier mortal, nuestro masoquismo también dice presente.
Espero que el lector no se haya aburrido con esta breve introducción y haya intuido que no lo sumergiré en tediosas conjeturas sobre la clínica ni en debates trasnochados sobre lo que ocurre al interior de los consultorios freudianos.
Nada de ello. Mi intención, más bien, es reflexionar sobre la normalidad en la política.
Hace un tiempo, un sujeto me explicaba por qué votó a Mauricio Macri. Él decía: “A mí lo que me gusta de Macri es que es un tipo normal. No es un líder mesiánico. Si el tipo se equivoca, lo reconoce”.
Asumo, por lo que escuché en tantas otras ocasiones, que muchos de los votantes de Cambiemos suponen algo parecido. Ven en Macri –y en los actuales funcionarios en general- algo que denominan normal, ven un personaje que no sería un líder mesiánico, aunque bien haríamos en preguntarles si efectivamente saben en qué consiste ese tipo de liderazgo.
¿Qué se deriva, entonces, de esta atribución de normalidad a Mauricio Macri?
Creo que, cuanto menos, podemos extraer de allí dos consecuencias. La primera, y quizá más evidente, es que todo aquello que no sea Cambiemos recibirá el mote de anormalidad, esto es, de patología en el peor de los sentidos en que pueda utilizarse este término. Notemos que dada la imposibilidad de omitir al Peronismo –al menos a una parte de él- como interlocutor, debieron crear el extraño eufemismo de “peronismo racional”.
La segunda consecuencia que resulta de aquella apreciación, y aquí se entenderá mi introducción, es que se percibe en Macri algo que no existe. Es decir, no se trata de debatir si el Presidente es o no un sujeto normal; se trata, pues, de subrayar que se dice de él algo que ni él ni nadie puede ser.
Si por un momento nos olvidamos del hambre y de la violencia institucional que produce el actual gobierno, es posible detectar que uno de los daños más profundos que intenta provocar sea la destrucción del lenguaje.
No alcanza con identificar las mentiras en su discurso, sino que los funcionarios –y por añadidura sus votantes- han dado un paso más. En efecto, cuando un sujeto miente, si bien no dice la verdad, al menos estará diciendo algo que podría ser. En cambio, el discurso que hoy prevalece en el poder reúne un conjunto de frases que vacían por completo el lenguaje; que afectan todo nexo posible con un referente. Un ejemplo reciente lo escuchamos en boca de la Ministra de Seguridad, Patricia Bullrich, cuando luego de no encontrar containers enterrados en la Patagonia, afirmó que había pozos con forma de caja fuerte. O sea, allí donde no hay nada –un pozo- deberíamos pensar que hay algo.
Nada de lo que hoy sucede en nuestro país sería consecuencia de las decisiones que tomó el Gobierno. Ni sus funcionarios, ni sus votantes, asumen o argumentan a favor de lo que hacen. Solo hablan de la presunta corrupción del gobierno anterior; y nada dicen de las medidas que tomaron desde el primer día. Cuando uno escucha por ejemplo a sus votantes, y espera recibir un argumento sobre por qué apoyan tal o cual medida, parece como si el Gobierno hubiera venido a no hacer nada, cual si solo estuvieran para no robar y no hubieran tomado decisión alguna.
La retórica oficialista, entonces, impone una brutal creencia, la de la política como un pozo vacío que tendría forma de no se sabe qué.
Sería todo un desafío, casi digno de un reality show, encontrar algún funcionario que, mientras explica en algún programa de televisión lo que hace el Gobierno, no mencione sus tres frases mágicas: “ponernos de acuerdo”“sentarnos en una mesa de diálogo” y “siempre decimos la verdad”.
Nuevamente, podemos aquí desprender dos líneas de conjeturas. Una, respecto de cuánto hay de cierto en que el Gobierno dialoga, dice la verdad y busca acuerdos; y estimo que sin dificultad concluiríamos en todo lo contrario.
Sin embargo, advierto que más fecunda aun es la segunda orientación que podemos escoger: el Gobierno pretende imponer como política algo que ésta nunca podrá ser, pues la política es, sobre todo, desacuerdo, conflicto, antagonismo.
El consenso, vocablo que –como el de normalidad- resulta tan atractivo como falso, es el nombre que el neoliberalismo tiene para la democracia. Sin embargo, por más deseable que sea, el consenso es la negación de la objeción, de la diversidad, de los desacuerdos; es la desestimación del carácter irreductible de los antagonismos. Nada hay de violencia en los antagonismos, al contrario, el antagonismo es la transformación de la violencia en tanto le da vías de figurabilidad, expresión y resolución. La violencia, entonces, se despliega cuando prevalece la tendencia a sofocar o invisibilizar los antagonismos. En suma, el consenso, entonces, es el nombre de la violenta democracia neoliberal.
Antes de pasar al siguiente apartado rescatemos una conclusión adicional. Si de cerca nadie es normal y, agreguemos, lo normal no existe, la característica de un Presidente normal es su ausencia, su lejanía y su indiferencia.


La normalidad desquiciante

La frase “Macri es millonario, no necesita robar”, que se instaló desde los orígenes de Cambiemos, es un ejemplo elocuente de lo que deseo exponer. Si alguien dijera que “Macri roba”, efectivamente se trataría de una afirmación sujeta a verificación (por ejemplo, si hay o no una denuncia al respecto, si se comprueba o no un ilícito, etc.). Es decir, tanto la opción “no roba” como la contraria, serían verosímiles.
Muy diferente es el caso de la expresión consignada previamente, ya que carece de toda lógica: nada dice la magnitud del patrimonio de un sujeto sobre su honestidad.
Y no me refiero aquí al problema sobre cómo su familia construyó su fortuna, sino sencillamente al tipo de pensamiento que por esa vía se impone: instalar una idea que no guarda ningún nexo ni con la lógica ni con los hechos.
Al igual que con la idea de normalidad, hay un ejercicio discursivo que busca desquiciar la mente de quien lo escucha, sobre todo de quien tiende a adherir a esas ideas.
Como ya mencioné, la complejidad de esta trama retórica no se reduce a un conjunto de posibles mentiras, sino más bien a ese discurso que –como en el ejemplo citado párrafos más arriba- pretende hacer creer que donde hay un vacío (un pozo) habría una caja fuerte.
Si bien esperaríamos que el periodismo sea más o menos objetivo, sabemos que cuando un medio es oficialista tenderá a ocultar o minimizar una información negativa. Por ejemplo, si aumenta el desempleo, es posible que los periodistas afines al gobierno omitan o relativicen ese dato, o bien que busquen explicarlo por causas ajenas a las decisiones oficiales. ¿Pero cómo pensar que un diario aluda a las bondades de quedarse sin trabajo? Vemos allí no solo una intención de ocultamiento sino, sobre todo, una tergiversación del pensar de sus lectores, en tanto ya no se trata de tapar lo malo, sino de llamar bueno a lo que claramente es malo.
Algo similar podemos conjeturar se esconde en la retórica del error, en esa exhibición casi impúdica de los presuntos desaciertos.
Hace un tiempo circularon imágenes de Mauricio Macri viajando en un colectivo junto a un grupo de vecinos. De inmediato, se conocieron más imágenes que evidenciaron que se trató de una puesta en escena.
No fue éste el único episodio del  Gobierno que se ha hecho público en que se muestra una escena falsa y, casi en simultáneo, se evidencia la mentira. Baste recordar, por ejemplo, que hace pocas semanas se viralizó un video en el que María Eugenia Vidal estaría hablando con una vecina, sobre problemas de inseguridad, y súbitamente cambia la taza que tenía en su mesa. Dado que el Gobierno Nacional pone un excesivo empeño en su comunicación, que tiene un especial cuidado por el modo en que se muestra a los ciudadanos, que tiene numerosos equipos profesionales que trabajan en ello, no resulta verosímil suponer –por ejemplo, con la escena del colectivo- que “nos quisieron mentir pero los descubrieron”.
Nuestra hipótesis, entonces, es que hay allí una lógica implícita, pensada y puesta en práctica por el gobierno y algunos medios y que, a su vez, impregna la mente de muchos ciudadanos, probablemente adherentes al gobierno. Dicha lógica incluye mentir y mostrar que se miente. Claro está que, insistimos, se trata de una hipótesis y aun nos resta comprender su posible finalidad.
Sin duda que hay ocultamientos y, a su vez, cortinas de humo para que una parte de la población hable de determinados temas como si fueran relevantes, mientras pasan cosas mucho más graves.
No obstante, consideramos que además del ocultamiento este tipo de comunicación persigue la meta de confundir o desquiciar el pensamiento de la población.
Recordemos que una palabra recurrentemente utilizada por el Gobierno es “sinceramiento”, constituida ya en uno de sus eslóganes, y que más allá del deber moral de decir la verdad no podemos desconocer que resulta llamativa la insistente apelación a dicho deber. Creemos, entonces, que esa expresión forma parte de una compleja estrategia comunicacional:
a) decimos hasta al hartazgo que somos sinceros;
b) nos diferenciamos de los grandes mentirosos que gobernaron hasta hace poco tiempo;
c) mentimos recurrentemente;
d) mostramos públicamente que hemos mentido.
¿Qué metas podrán perseguir de tal modo? Seguramente más de una y suponen considerar destinatarios diversos:
a) que algunos crean la mentira sin más;
b) que algunos se entretengan bajo la ilusión de “haber descubierto al Gobierno”;
c) crear una suerte de estado confusional o de alteración del pensamiento;
d) mostrarse como “malos mentirosos”, algo así como que se podría confiar en ellos porque cuando mienten se deschavan fácilmente (la extravagante frase subyacente podría ser “mienten pero son sinceros”);
e) desplegar una versión renovada del mentir diciendo la verdad (acá “la verdad” debe entenderse como el hecho de exponer que se ha mentido).

Es posible, a su vez, que en el destinatario de la mentira se dé el siguiente proceso: si bien es indignante advertir que a uno le han mentido, es más doloroso admitir que uno ha creído lo que debiera ser imposible de creer. El votante, pues, preferirá seguir creyendo (desmintiendo) antes que asumir su horrorosa ingenuidad/credulidad.
En suma, hay un votante que pide que le mientan y, luego, se esfuerza en sostener su creencia, por lo cual se ve llevado a encontrar argumentos que refuercen el mecanismo de defensa antes mencionado.
Queda aún por descubrir cuáles son los factores subyacentes al pedido de una ficción, por qué razones un conjunto de ciudadanos requieren de la mentira. Por el momento, solo podemos decir que la fascinación provocada por el discurso de quien desmiente encubre la identificación reprimida con el deseo vindicatorio y con la ilusión de omnipotencia del mentiroso.

Breve cierre

El relator de El Aleph, el cuento de Borges, decía: “Carlos, para defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme”. Hoy debemos asumir, como una tarea política fundamental, ayudar a los Carlos para que sepan que están locos y no necesiten matarnos.


domingo, 23 de septiembre de 2018

Nada se aprendió de la crisis del Lehman, Turquía y Argentina son ejemplos de los mismos errores…



Gráfica: www.nodal.am


¿Quién crea realmente valor en una economía?
Mariana Mazzucato, Profesora de Economía de la Innovación y Valor Público en el University College de Londres, para Revista Sin Permiso

Fuente:

Tras la crisis financiera global de 2008, surgió el consenso de que el sector público tenía la responsabilidad de intervenir para rescatar sistemáticamente bancos importantes y estimular el crecimiento económico. Pero ese consenso se demostró fugaz, y enseguida  las intervenciones económicas del sector público llegaron a considerarse causa principal de la crisis y se hizo necesario darles la vuelta, lo cual resultó un grave error.
En Europa, sobre todo, los gobiernos se vieron vapuleados por haber incurrido en deudas elevadas, aunque fue la deuda privada, y no los préstamos pedidos por el Estado, lo que provocó el derrumbe. A muchos se les indicó que introdujeran la austeridad, en lugar de estimular el crecimiento con políticas anticíclicas. Entretanto, se esperaba que el Estado llevara a cabo reformas del sector, las cuales, añadidas a la reanimación de la inversión y la industria, harían que se recuperase, era de suponer, la competitividad.
Pero hubo en realidad poca reforma financiera y en muchos países el sector todavía no ha vuelto a ponerse en pie. Si bien se han recuperado los beneficios en numerosos sectores, la inversión sigue siendo débil, debido a una combinación de acaparamiento de efectivo y creciente financiarización, con recompra de acciones –  para que se disparen los precios de las acciones y con ello las opciones sobre acciones (“stock options”), que baten también marcas de altura.
La razón es sencilla: al vilipendiado Estado se le permitió ensayar solamente tímidas respuestas políticas. Este fracaso refleja en qué medida la política continua informada por la ideología, concretamente, por el neoliberalismo, que aboga por un papel mínimo del Estado en la economía, y su primo académico, la teoría de la “elección pública”  (“public choice”), a la vez que recalca las limitaciones de los gobiernos, en lugar de su experiencia histórica.
El crecimiento requiere un sector financiero que funcione bien, en el que las inversiones a largo plazo tengan su recompensa por encima del juego a corto plazo. Sin embargo, en Europa se introdujo una tasa a las transacciones financieras solamente en 2016 y las llamadas finanzas pacientes siguen siendo inadecuadas en casi todas partes. Por consiguiente, el dinero que inyecta en la economía, por ejemplo, la facilitación monetaria, acaba regresando a los bancos.  
El predominio del pensamiento a corto plazo refleja una incomprensión fundamental del papel económico adecuado al Estado. Contrariamente al consenso posterior a la crisis, la inversión estratégica activa del sector público resulta crucial para el crecimiento. Esta es la razón por la que las grandes revoluciones tecnológicas – sea en la medicina, los ordenadores o la energía – han sido posibles gracias a que el Estado actúo como primera opción para inversor.
Sin embargo, seguimos con las fantasías de los agentes privados en sectores innovadores, ignorando su dependencia de los productos de la inversión pública. Elon Musk, por ejemplo, no sólo ha recibido más de 5.000 millones en subvenciones del gobierno norteamericano; sus empresas, SpaceX y Tesla, se han levantado gracias al trabajo de la NASA y el Departamento de Energía, respectivamente. 
La única forma de reanimar nuestras economías de manera plena requiere que el sector público retome su papel esencial como inversor estratégico, a largo plazo y orientado a un objetivo. Para ese fin, resulta vital desmentir los relatos errados respecto a cómo se crean valor y riqueza.
La presunción popular es que el Estado facilita la creación de riqueza (y redistribuye la que se crea), pero no crea en realidad riqueza. Por el contrario, a los líderes empresariales se les considera agentes económicos productivos, una noción a la que algunos recurren para justificar la creciente desigualdad. Dado que las actividades de las empresas (a menudo arriesgadas) crean riqueza – y por tanto empleos – sus directivos merecen ingresos más elevados. Esos supuestos tienen también como resultado un uso equivocado de las patentes, que en los últimos decenios han estado bloqueando, en lugar de incentivar la innovación, en la medida en que había tribunales bien dispuestos hacia las patentes que les han permitido cada vez más utilizarlas de manera demasiado amplia,  privatizando los instrumentos de investigación, en lugar simplemente de los resultados del final del proceso.
Si estos supuestos fueran ciertos, los incentivos fiscales espolearían un aumento de la inversión empresarial. En cambio, esos incentivos – tal como los recortes fiscales a las empresas en los EE.UU promulgados en diciembre de 2017 – reducen los ingresos del Estado, en conjunto, y contribuyen a impulsar beneficios empresariales que baten marcas, mientras que producen poca inversión privada. 
Esto no debería resultar chocante. En 2011, el empresario Warren Buffett señalo que los impuestos a las ganancias del capital no impiden que los inversores realicen inversiones ni socavan la creación de empleo. “Se añadió una red de casi 40 millones de puestos de trabajo entre 1980 y 2000,” advirtió. “Ya sabemos lo que ha ocurrido desde entonces: tipos de impuestos más bajos y una creación de empleo bastante más reducida”.
Estas experiencias chocan con las creencias forjadas por la llamada Revolución Marginalista del pensamiento económico, cuando la teoría del valor trabajo fue substituida por la moderna y subjetiva teoría del valor de los precios del mercado. En resumen, asumimos que, en la medida en que una organización o actividad alcanza un precio, está generando valor.
Con ello se refuerza esa noción que normaliza la desigualdad según la cual quienes ganan mucho debe ser que crean una gran cantidad de valor. Es la razón por la que el director de Goldman Sachs, Lloyd Blankfein, tuvo el valor de declarar en 2009, justo un año después de la crisis a la que había contribuido su propio banco, que sus empleados se contaban entre “los más productivos del mundo”. Y es también la razón por la que las empresas farmacéuticas se salen con la suya recurriendo a la “fijación de precios basada en el valor” para justificar el precio astronómico de los medicamentos, aun cuando el gobierno norteamericano se gasta más de 32.000 millones de dólares anuales en los eslabones de alto riesgo de la cadena de innovación de la que salen estos medicamentos. 
Cuando el valor no se determina con una métrica concreta sino más bien por medio del mecanismo del mercado de la oferta y la demanda, el valor se convierte sencillamente “en el ojo del que mira” y las rentas (los ingresos inmerecidos) acaban confundiéndose con los beneficios (ingresos bien ganados), la desigualdad aumenta y cae la inversión en la economía real. Y cuando las posiciones ideológicas defectuosas respecto a cómo se crea valor en la economía son las que configuran la aplicación de las medidas políticas, el resultado son medidas que recompensan sin darse cuenta el cortoplacismo y socavan la innovación.
Una década después de la crisis, seguimos teniendo la necesidad de abordar debilidades económicas duraderas. Eso significa, primera y primordialmente, reconocer que el valor lo determinan de manera colectiva las empresas, los trabajadores, las instituciones públicas estratégicas y los organismos de la sociedad civil. La forma en que interactúan estos diversos agentes determina no sólo el ritmo del crecimiento económico sino también si el crecimiento lo guía la innovación, incluso si es sostenible. Sólo reconociendo que la política debe tener tanto que ver con dar forma y co-crear activamente los mercados como con arreglarlos cuando las cosas van mal podemos poner punto final a esta crisis.

Lectura anexa:

Diez años después del derrumbe: ¿Hemos aprendido las lecciones de Lehman?, por Yanis Varoufakis y Ann Pettifor


http://www.sinpermiso.info/textos/diez-anos-despues-del-derrumbe-hemos-aprendido-las-lecciones-de-lehman

viernes, 21 de septiembre de 2018

El diario bombardeo que Cambiemos le dedica a la democracia


… fragmento de El Guernica de Picasso

La crisis del macrismo y la convivencia democrática – Por Pedro Karczmarczyk para La Tecl@ Eñe

Fuente:

Pedro Karczmarczyk analiza en esta nota cómo el agravamiento de la crisis del macrismo, que viola procedimientos democráticos establecidos para la gestión de gobierno, pone en juego la convivencia democrática y el Estado de derecho en nuestro país.

Pedro Karczmarczyk, Doctor en filosofía, Inv. En CONICET, Prof. de Filosofía contemporánea, UNLP.

El agravamiento de la crisis del macrismo ha impuesto un cambio en el tenor de los análisis políticos. La certidumbre de que se abre un nuevo tiempo convive con la incertidumbre acerca de su naturaleza. Aunque es muy difícil encontrar en el presente los trazos del futuro, algunas cosas parecen seguras, como por ejemplo que ya no resulta plausible caracterizar a “Cambiemos” como una derecha institucional, como una “derecha moderna” o como una “derecha democrática”. Hace cosa de un año atrás la melange de lo crudo y lo cocido de “Cambiemos” permitían que esta caracterización se sostuviera con no poca plausibilidad.  “Cambiemos” apela cada vez más a mecanismos de excepción, se saltea los procedimientos establecidos en diversos ámbitos de la gestión del gobierno y acaba desplegando un poder de fuego, tanto judicial como literal, inusitado. El camino iniciado con el encarcelamiento de Milagro Sala, que aparecía como un fenómeno marginal, excepcional en la lectura que hacía de los primeros dos años de gobierno del Pro una nueva derecha, acaba revelándose como la ejemplificación simple y directa de una lógica de gobierno.
Horacio González, en una nota aparecida en Página/12 el 24 de agosto, luego del discurso de Cristina Fernández de Kirchner en el Senado de la Nación, constató: “Están en peligro las fuentes primordiales del soporte convivencial de la Argentina” Me gustaría detenerme en este enunciado para reflexionar sobre el mismo.
El enunciado está motivado por lo que González denomina el “Bonadío-Prinzip”, es decir, por decisiones judiciales que no se ajustan a derecho, coordinadas para que su amplificación por los grandes medios de comunicación produzca un efecto inmediato, que no puede revocarse en sede judicial. En otros términos, “Bonadío-Prinzip” busca y usualmente logra un efecto de escarnio público que hay que calificar de “extrajurídico”. Pero que no se agota en este nivel simbólico o ideológico, sino que también interviene a nivel represivo, ya que priva de su libertad a los opositores políticos con procedimientos judiciales dudosos, apoyándose aquí en lo que se denomina, acaso con amargo sarcasmo “doctrina Irurzun”.
Evidentemente estas intervenciones trastocan la convivencia política, Mauricio Macri, quien asumió el gobierno procesado por la larga causa de las escuchas ilegales, o los grandes medios de comunicación, que se valieron de una retahíla de medidas cautelares para postergar la aplicación de la “ley de medios”, entran ahora en una lucha que parece ser a todo o nada. El ministro de educación se atrevió a designar al contrincante, apelando a una entidad que no existe más que el reino de la ficción: una alianza “kirchnerotroskista”. Inexistente como es, este ser ficcional revela algo de la gobernabilidad macrista, acerca de lo que entra y lo que no entra en la misma. El “kirchnerotroskismo” designa simplemente a todo aquel sector político que no se aviene a sostener mansamente la gobernabilidad macrista, como lo hace un amplio espectro del conglomerado opositor, ya sea por convicción ideológica (como es el caso de grupos importantes del peronismo territorial), por necesidad económica (otros grupos del peronismo territorial), por temor a algunas de las formas del “Bonadío Prinzip” (donde podríamos contar, tal vez, a los sectores que abandonaron la bancada kirchnerista para facilitar el acuerdo con los fondos buitres y que han sido luego sostenes parlamentarios del macrismo) o por alguna combinación de estos factores.
A esta altura podemos ya circunscribir el alcance de las “fuentes primordiales del soporte convivencial de la Argentina”, se trata de un conjunto de reglas que caracterizan a la democracia política que nunca han sido tan fuertemente cuestionadas como hoy día desde la recuperación democrática en octubre de 1983. Se trata nada menos que de las reglas de juego de la política. Ahora bien, si decimos que uno de los contendientes juega “a todo o nada”, o, para decirlo con más dramatismo, a “matar o morir”, es porque, por ahora, nos da una pauta de lo que está dispuesto a hacer, que es siempre mucho mayor que lo que ya ha hecho. Como lo decía Hobbes, el estado de guerra no es la batalla, ni la lucha misma, sino el lapso de tiempo en el que reina la voluntad de resolver las diferencias mediante la batalla. Y si no nos equivocamos, la ruptura de las fuentes primordiales del soporte convivencial de la Argentina tiene ese sentido. Ese fue el sentido de los bombardeos a la población civil en Plaza de Mayo en 1955 y ese es el sentido de los encarcelamientos políticos que comenzaron apenas asumido Macri con el encierro ilegal de Milagro Sala, la cárcel para Facundo Jones Huala, y luego la prisión del ex vicepresidente Boudou en un proceso plagado de irregularidades, y finalmente el embate de Bonadío sobre Cristina Kirchner, pasando por las muertes de Santiago Maldonado, Rafael Nahuel, y las frecuentes represiones a la protesta social, en muchos casos a partir de incidentes orquestados desde las fuerzas de seguridad.
Sin ningún ánimo de minimizar lo que implica la ruptura de las reglas convivenciales de la política, conviene tener en claro tanto la naturaleza como la magnitud y el alcance de este fenómeno. En efecto, las reglas convivenciales de la política no alcanzan para darle el tono a la vida social del país en general. Ese es tal vez el gran mito de la democracia recuperada en 1983. Cuando Alfonsín declamaba, con la incuestionable fuerza de apelación con la que lo hacía, que con la democracia se come, se educa o se cura, realizaba una operación ideológica de importancia: colocaba a las reglas de juego de la política en el lugar de las causas eficaces de la dinámica social, cuando en 1983 resultaba a todas luces evidente, que la política, las reglas de la política queremos decir, eran la continuación de la guerra por otros medios, que las reglas de la política no constituyen una ruptura, como quería Alfonsín, sino una continuación de las reglas de la guerra. 
Dicho de otra manera, que las reglas de la política son un efecto de las maneras en que se come, se educa y se cura en mayor medida de lo que lo es al revés. Ello era evidente, al menos para quien quisiera entenderlo, aunque esta voluntad de entender escaseara entonces, por motivos que también hay que tener presentes. Las reglas de política no translucían entonces a las reglas de la guerra, porque la lógica de la guerra de la dinámica social no tenía necesidad de insinuarse, de tan demoledora que había sido su última batalla.
Digamos algo más para circunscribir el alcance de las reglas de la política en cuanto “soporte convivencial” de la nación. En efecto, uno de los ejes sobre los que giraron los debates sobre la caracterización del gobierno de Macri a los que aludimos al comienzo es la continuidad durante el mismo de los planes sociales del kirchnerismo. Ahora bien, un mínimo análisis nos permite apreciar que las políticas de los planes sociales son una intervención del Estado que, en tanto que garante de los intereses de clase de la clase dominante, vela por sus intereses de conjunto, intervención que es tanto más eficaz cuanto es vivida como una ayuda del Estado hacia los más necesitados, como una intervención del Estado para la construcción de una sociedad más justa. Los “planes sociales” contribuyen a la reproducción de la clase trabajadora ante el hecho de que más de un tercio de la misma realiza su trabajo de manera informal y percibe salarios por debajo del nivel de subsistencia. La intervención estatal de los planes sociales hace juego con la reproducción de la sociedad bajo determinado modelo de acumulación del capital. Ello no implica desconocer su necesidad y la validez de los reclamos de planes sociales, sino simplemente señalar que son la respuesta a un problema que no pueden solucionar.
Se nos permitirá un párrafo acerca de la cuestión del Estado. Para la tradición liberal, que hoy domina en nuestras universidades y en nuestras pantallas de televisión, el Estado se presenta como una instancia que debería estar más allá de la sociedad civil, la instancia aquella en la que intervienen los ciudadanos, con sus intereses particulares y los conflictos que se derivan de ellos, es decir, como aquella instancia que debería velar por el mantenimiento del “orden público”, concebido, en última instancia, como el libre juego de los intereses particulares, o dicho de otra manera, con el funcionamiento normal del mercado. En su versión progresista el Estado se propone como tarea igualar las oportunidades iniciales en la carrera de los talentos. En consecuencia, el Estado no puede admitir representar a intereses particulares, aunque siempre lo hace, porque eso implicaría renunciar al carácter público del Estado, que es casi como decir, al carácter estatal del estado. El paso de lo público a los intereses particulares lo franquean los individuos calificados como ciudadanos.
Entiendo que es importante rescatar estos “ideologemas” del pensamiento liberal, porque forman parte de nuestro sentido común, y porque el bombardeo mediático incesante no debería eximirnos de reconocer que el mismo tiene lugar sobre algunas concepciones de fondo, que se producen en otra parte (en la escuela, en la familia, en las relaciones laborales, etc.). El bombardeo mediático activa, despierta, orienta o reorienta eventualmente, pero no produce por sí mismo estas concepciones de fondo. En la producción ideológica hay tiempos y eficacias diversas. Para comprobarlo bastaría que se pusiera a funcionar el aparato mediático en un sentido ideológico inverso, dejando incambiados el funcionamiento de la escuela, la familia y las relaciones laborales. El resultado no sería una sinfonía con disonancias eventuales, como lo es actualmente, sino una disonancia constante.
El estado árbitro de la tradición liberal, concebido como una condición que supera el ruinoso conflicto interindividual, supone la constitución de los individuos como sujetos de derechos y de obligaciones, e impone esa condición como la condición por excelencia para la participación política dentro de las reglas de la política de las que venimos hablando. Participar en la política es participar como ciudadanos, es decir, como individuos, de manera que se vuelve inaccesible a la mirada, para sí mismos y para otros, la condición de clase en la que consiste la existencia social de individuos que tendría un carácter social, pero no político. 

Pensemos por ejemplo en la situación en la cual un sindicato intervenga en la discusión con su patronal reclamando acceder a los balances de la empresa y participar en los planes de inversión a futuro de la misma. Ello resultaría coherente desde una concepción que reconoce que los individuos existen en condiciones sociales determinadas, que son condiciones de clase, (siendo un efecto de clase, por ejemplo, que los hijos de la clase trabajadora sean masivamente de clase trabajadora). Pero no lo sería en términos de derechos individuales. No hay que hacer un gran esfuerzo para imaginar el talante airado de reacciones que esta pretensión suscitaría (¿con qué derecho un conjunto de individuos, no propietarios, podrían inmiscuirse en los asuntos de otro individuo, este si propietario de un medio de producción?). Se trataría de una situación que pondría en jaque, de otra manera, a las reglas de juego de la política establecidas desde 1983. 



Se podría pensar, sin duda, que a lo largo de nuestro análisis hemos corrido el eje. A fin de cuentas, nuestra lectura del enunciado de González nos pone frente al hecho de que parecen romperse algunos acuerdos tácitos de la política desde 1983, sobre todo la tendencia a dirimir las diferencias mediante contiendas electorales. Esto todavía no se ha concretado, pero la beligerancia del grupo en el gobierno nos obliga a considerar esta hipótesis. ¿Están dispuestos Macri y su grupo de CEOs a recibir un tratamiento análogo al que reciben ahora Milagro Sala, Boudou, De Vido o Cristina Kirchner? Ello podría ocurrir si un futuro gobierno recogiera los muchos cabos sueltos que deja el macrismo y abriera causas por el blanqueo de capitales, por las cuentas de los Panamá Papers, por la toma irregular de deuda, por el financiamiento espurio de la campaña, por el manejo de la pauta publicitara estatal, el naufragio del submarino, etc. Siguiendo con nuestro análisis, ello sería tanto más sorprendente puesto que, de acuerdo a una caracterización usual, el macrismo es el país gobernado por sus dueños, reducidas al extremo las mediaciones políticas, lo que pone una vez más en primer plano las cuestiones de clase.
Quien me haya seguido hasta aquí comprenderá que estas consideraciones implican una revisión, es decir una crítica a la crítica que la transición democrática hizo de la crítica de izquierda a la democracia burguesa. No se trata, a mi juicio, simplemente de recuperar esta crítica, para no ver en la democracia formal más que un disfraz de la dictadura de clase que constituye su base social, sino de reconocer en la democracia formal la manera y el medio efectivo del poder de la clase burguesa en condiciones históricas determinadas. Como tal, esta forma de ejercicio del poder realiza una suerte de “convivencia” o “entendimiento” entre las clases sociales que sólo funciona si no es vivido como tal (ya hemos  señalado los efectos disruptivos de las clases sociales en el discurso político), es decir, que sólo funciona como un medio real, si este entendimiento entre clases es vivido como un “entendimiento” o una “convivencia” entre individuos, ciudadanos, hombres, mujeres, etc., es decir, que sólo es eficaz en virtud de su carácter imaginario.
Si la democracia formal no es un mero disfraz, sino una forma imaginaria eficaz de ejercer la dominación de clase, ello significa, naturalmente, que hay otras formas de desarrollar esta dominación de clase, que exceden lo que podemos analizar aquí. Significa también que es posible y necesario un trabajo de cuestionamiento de su carácter imaginario, ya que el mismo puede acarrear efectos en el interior de la misma.
El deterioro del Estado de derecho en nuestro país, concretamente el hostigamiento judicial a la principal fuerza política opositora sugiere como un desenlace posible la proscripción del populismo, lo que implicaría el escamoteo real de la ciudadanía política (una figura ideológica y consecuentemente imaginaria, pero, insistimos, no por ello menos real) para amplios sectores. Ello demanda la construcción de una fuerza popular en condiciones no sólo de enfrentar el ajuste mediante un programa alternativo, sino también de enarbolar un conjunto de demandas democráticas consistentes con los intereses de las masas trabajadoras y populares. Discutir el sentido de la convivencia democrática nos parece entonces, una tarea teórico política a la orden del día.