FRASE DE EDUARDO GALEANO

EL ARTE Y LA CIENCIA EN UN DIÁLOGO ENTRE DOS SILENCIOS

lunes, 23 de enero de 2017

“Cuando la verdad es substituida por el silencio”, dijo una vez el poeta soviético disidente Yevtuschenko, “el silencio es un mentira”. Las semillas del fascismo del siglo XXI fueron sembradas, fertilizadas y regadas por la administración Obama y la elite liberal políticamente quebrada”. (John Pilger)

Obama, Trump y los cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad


John Pilger, nacido en 1939 en Australia, es uno de los más prestigiosos documentalistas y corresponsales de guerra del mundo anglosajón. Particularmente renombrados son sus trabajos sobre Vietnam, Birmania y Timor, además de los realizados sobre Camboya, como Year Zero: The Silent Death of Cambodia y Cambodia: The Betrayal, para REVISTA SIN PERMISO



Para el día de la inauguración de la presidencia de Trump, miles de escritores estadounidenses se aprestan a expresar su indignación. “Para sanarnos y avanzar”, escriben los Writers Resist  (Los escritores resisten), “queremos eludir el discurso político directo para centrarnos inspiradamente en el futuro y en cómo nosotros, como escritores, podemos ser una fuerza unificadora en la tarea de proteger la democracia”.
Y: “Urgimos a los organizadores y oradores locales a evitar la mención de nombres de políticos o  servirse de un lenguaje ‘anti’ durante el acto del Writers Resist. Es importante garantizar que las organizaciones sin ánimo de lucro, que tienen prohibida la participación en campañas políticas, se sientan cómodas en el patrocinio de este acto.”

Así pues, hay que evitar la protesta real, que no está libre de impuestos.
Compárese esta basura palabrera con las declaraciones del Congreso de Escritores Norteamericanos celebrado en el Carnegie Hall de Nueva York en 1935 y, luego, dos años más tarde, en 1937. Se trató de actos electrizantes, con escritores que debatían cómo hacer frente a hechos ignominiosos que estaban aconteciendo en Abisinia, China y España. Se leyeron telegramas de Thomas Mann, C. Day Lewis, Upton Sinclair y Albert Einstein, en los que se reflejaba el miedo al gran poder rampante y la convicción de que no era ya posible debatir de arte y literatura no ya sin política, sino sin entrar en la acción política directa.
“Un escritor”, declaraba la periodista Martha Gellhorn en el segundo congreso, “debe ser ahora un hombre de acción… Un hombre que haya dedicado un año de su vida a las huelgas del acero, o que haya estado un año en el desempleo, o que haya sufrido los problemas del prejuicio racial, no ha perdido o desperdiciado su tiempo. Es un hombre que ha llegado a conocer cuál es su sitio. Si has sobrevivido a eso, lo que tendrás que decir luego no será otra cosa que la verdad, lo necesario y real, y por eso será duradero”.
Esas palabras resuenan ahora como un eco a través de la unción y violencia de la era Obama y el silencio de quienes coadyuvaron a sus engaños.
Que la amenaza del poder rapaz – rampante desde mucho antes del ascenso de Trump — ha sido bien encajada por escritores, muchos de ellos privilegiados y celebrados, y por los guardianes de las puertas de la crítica literaria y de la cultura (incluida la cultura popular), es cosa fuera de discusión. No iba con ellos la imposibilidad de escribir y promover literatura privada de política. No iba con ellos la responsabilidad de hablar claro, ocupara quien ocupara la Casa Blanca.
Hoy, el falso simbolismo lo es todo. La “identidad” lo es todo. En 2016, Hillary Clinton estigmatizó a millones de votantes calificándolos como “panda de deplorables, racistas, sexistas, homófonos, xenófobos, islamófobos, llamadle como queráis”. Ese insulto lo pronunció en una marcha LGBT como parte de su cínica campaña para atraerse a las minorías insultando a una mayoría blanca principalmente obrera. Divide e impera, se llama eso; o política de las identidades, en la cual raza y género, al tiempo que esconden la clase social, permiten librar la guerra de clase. Trump lo comprendió a la perfección.
“Cuando la verdad es substituida por el silencio”, dijo una vez el poeta soviético disidente Yevtuschenko, “el silencio es un mentira”.
No se trata de un fenómeno norteamericano. Hace unos años, Terry Eagleton, entonces profesor de literatura en la Universidad de Manchester, opinaba que “por vez primera en dos siglos, no hay ningún poeta, dramaturgo o novelista británico eminente dispuesto a cuestionar los fundamentos del modo de vida occidental”.
No hay un Shelley que hable a favor de los pobres, ni un Blake que escriba a favor de sueños utópicos; no hay un Byron que condene la corrupción de la clase dominante, ni un Thomas Carlyle y un John Ruskin que desvelen el desastre moral del capitalismo. William Morris, Oscar Wilde, HG Wells o George Bernard Shaw no tienen hoy su equivalente. Harold Pinter fue el último en levantar la voz. Entre las insistentes voces del actual feminismo de consumo, ninguna se hace eco de Virginia Woolf, que tan bien describió “las mañas para dominar a otros… por la vía someter, matar o adquirir tierra y capital”.
Hay algo venal y profundamente estúpido en esos escritores que se aventuran fuera de su mundo mimado para abrazar una “causa”. En la sección de reseñas del Guardian del pasado 10 de diciembre había una refitolera imagen de Barack Obama mirando al cielo y estas leyendas: “Fascinante gracia” y “Adiós, jefe”
El servilismo adulatorio discurría página tras página como una suerte de arroyuelo de pestilente parloteo. “Ha sido una figura vulnerable en muchos sentidos… Pero la gracia. La gracia integral: en las maneras y formas, en el argumento y el intelecto, con humor y sobriedad… Es un brillante tributo a lo que ha sido y a lo que puede volver a ser… Parece dispuesto a mantener el combate, y sigue siendo un formidable campeón al que hay que conservar de nuestro lado… La gracia… los casi irreales niveles de gracia…”.
He amalgamado estas citas. Hay otras todavía más hagiográficas y carentes de moderación. El apologista en jefe de Obama en The Guardian, Gary Younge, siempre se ha cuidado de mitigar un poco las loas. Su héroe “podría haber hecho más”: pero, ¡oh!, esas “soluciones calmadas, mesuradas y consensuadas…”.
Pero nadie puede superar al escritor norteamericano Ta-Nehisi Coates, el agraciado con una beca para “genios” de 625.000 dólares otorgada por una fundación de izquierda liberal. En un interminable ensayo para The Atlantictitulado “Mi Presidente era Negro”, Coates aportó un nuevo significado a la postración. El “capítulo” final, titulado “When You Left, You Took All of Me With You” [Cuando te vayas, te me llevarás todo contigo] – un paso de la canción de Marvin Gaye —, describe el espectáculo de un Obama “saliendo de la limousine, más allá del miedo, sonriendo, saludando, desafiando a la desesperanza, desafiando a la historia, desafiando a la gravedad”. La Ascensión, nada menos.
Uno de los rasgos persistentes de la vida política norteamericana es un extremismo cultista  rayano en el fascismo. Se expresó y reforzó durante los dos mandatos de Barack Obama. “Yo creo en el excepcionalismo americano con todas y cada una de las fibras de mi ser”, dijo Obama, quién llevó el pasatiempo militar favorito norteamericano – los bombardeos y las escuadras de la muerte (“operaciones especiales”) — más lejos que ningún otro presidente desde la Guerra Fría.
De acuerdo con la investigación del Consejo de Relaciones Exteriores, sólo en 2016 Obama lanzó 26.171 bombas. Es decir, 72 cada día.  Bombardeó a los más pobres de la Tierra Afganistán, Libia, Yemen, Somalia, Siria, Irak, Pakistán.
Cada jueves – informa el New York Times —, él personalmente seleccionaba a quién había que asesinar con endemoniados misiles lanzados con drones. Bodas, funerales o pastores de rebaños se convirtieron en blancos de ataque, junto con quienes trataban de reunir las partes de los cuerpos diseminadas por el “objetivo terrorista”. Un senador Republicano, Lindsey Graham, estimaba – con aplauso — que los drones de Obama habían matado a 4.700 personas. “A veces le das a gente inocente, y yo odio eso”, dijo, “pero nos hemos cargado a miembros muy principales de al Quaeda”.
Como el fascismo de los años 30, grandes mentiras servidas con precisión de metrónomo. Gracias a unos medios de comunicación omnipresentes, a la descripción de los cuales cuadran ahora las palabras del fiscal de Nuremberg: “Tras cada gran agresión, con algunas excepciones oportunistas, iniciaban una campaña de prensa calculada para debilitar a sus víctimas y preparar psicológicamente al pueblo alemán… En el sistema de propaganda… la prensa diaria y la radio eran las armas más importantes”.
Recuérdese la catástrofe en Libia. En 2011, Obama dijo que el presidente libio Muammar Gaddafi estaba planeando un “genocidio” contra su propio pueblo. “Sabemos… que si esperamos un día más, Benghazi, una ciudad de las dimensiones de Charlotte, podría sufrir una masacre que reverberaría por toda la región y mancharía la consciencia del mundo”.
Era la consabida mentira de las milicias islamistas abocadas a la derrota a manos de las fuerzas gubernamentales libias. Se convirtió en la historia dilecta de los medios de comunicación; y la OTAN – dirigida por Obama y Hillary Clinton — lanzó 9.700 “incursiones punitivas” contra Libia, de las cuales más de un tercio dirigidas contra objetivos civiles. Se usaron cabezas de uranio; las ciudades de Misurata y Sirte fueron arrasadas. La Cruz Roja encontró fosas comunes, y la Unicef informó de que  “el grueso [de los niños muertos] tenían menos de 10 años”.
Bajo Obama, los EEUU extendieron las operaciones de “fuerzas especiales” a 138 países, el 70% de la población mundial. El primer Presidente Afroamericano lanzó lo que equivalía a una invasión a gran escala de África. Reminiscente del Gran Reparto de África de fines del XIX, el Comando Africano de los EEUU (Africom) ha construido una red de peticionarios y suplicantes entre los regímenes africanos colaboracionistas, ávidos de sobornos y armas estadounidenses. La doctrina “soldado a soldado” del Africom incrusta oficiales estadounidenses en cada nivel de mando, desde el generalato al último cabo furriel. Sólo faltan los salacots.
Es como si la orgullosa historia de la liberación africana, de  Patrice Lumumba a Nelson Mandela, hubiera sido destinada al olvido por una nueva elite dominante negra, cuya “misión histórica” – según advirtió Franz Fanon hace ya medio siglo — es la promoción de “un capitalismo rampante aun si camuflado”.
Fue Obama quien, en 2011, anunció lo que ha terminado conociéndose como el “pivote de Asia”, por el que casi dos tercios de las fuerzas navales estadounidenses fueron transferidas al Pacífico asiático para “confrontar a China” (en palabras de su Secretario de Defensa). No había amenaza china; la aventura era de todo punto innecesaria. Era una provocación extrema para hacer feliz al Pentágono y a sus enloquecidos logreros.
En 2014, la administración Obama supervisó y financió un golpe dirigido por fascistas en Ucrania contra el gobierno democráticamente elegido, amenazando a Rusia en la frontera occidental por la que Hitler invadió en su día a la Unión Soviética con una pérdida de 27 millones de vidas. Fue Obama quien emplazó misiles que apuntaban a Rusia en la Europa del Este, y fue el ganador del Premio Nóbel de la Paz quien incrementó el gasto en cabezas nucleares a un nivel más alto que cualquier otra administración desde la Guerra Fría (después de haber prometido en un emotivo discurso en Praga “ayudar a librar al mundo del armamento nuclear”).
Obama, el “ius-constitucionalista”, persiguió a más filtradores de información que cualquier otro presidente en la historia, a pesar de que la Constitución estadounidense los protege expresamente. Declaró culpable a Chelsea Manning antes del fin de un proceso que era una farsa. Rechazó el perdón a Manning, que había sufrido años de tratamiento inhumano que la ONU equipara a tortura. Dio alas a una persecución judicial falsaria contra Julian Assange. Prometió cerrar el campo de concentración de Guantánamo, y no lo hizo.
Secundando el desastre en relaciones públicas que fue George W. Bush, Obama, el delicado operador de Chicago vía Harvard, se apuntó a restaurar lo que llama “liderazgo” a escala planetaria. La decisión del comité del Premio Nóbel fue parte de eso: el tipo de empalagoso racismo inverso que beatificó al hombre por la sola razón de que resultaba atractivo para las sensibilidades liberal-progresistas y, huelga decirlo, para el poder norteamericano, ya que no para los niños acribillados en los países empobrecidos, la mayoría musulmanes.
Tal es el “Atractivo de Obama”. No difiere mucho del silbido canino: inaudible para la mayoría, irresistible para los sumidos en el encantamiento y la imbecilidad, y particularmente para los “cerebros liberal-progresistas anegados en el formaldehído de las políticas de identidad”, como dejó dicho Luciana Bohne. “Cuando Obama entra en la sala”, requebró George Clooney, “quieres seguirle a algún lado, a cualquier lado”.
William I. Robinson, profesor en la Universidad de California, y miembro uno de los grupos de pensamiento estratégico incontaminados que han mantenido su independencia durante los años de silbidos caninos posteriores al 11S, escribía esta semana:
“Puede que el Presidente Barack Obama… haya contribuido más que nadie a asegurar la victoria de Trump. Aun cuando la elección de Trump ha disparado una rápida expansión de las corrientes fascistas en la sociedad civil estadounidense, una deriva fascista del sistema político está lejos de resultar inevitable… Pero el contraataque precisa de claridad en el diagnóstico de cómo llegamos al borde de este peligroso precipicio. Las semillas del fascismo del siglo XXI fueron sembradas, fertilizadas y regadas por la administración Obama y la elite liberal políticamente quebrada”.
Robinson señala que “tanto en su variante del siglo XX como en la incipiente variante del siglo XXI, el fascismo es, sobre todo, una respuesta a profundas crisis estructurales del capitalismo, como las de los años 30 y la que empezó con la fusión financiera de 2008… Hay una línea casi directa que va de Obama a Trump… La negativa de la elite liberal a enfrentarse a la rapacidad del capital transnacional y su recurso a las políticas de identidad sirvió para eclipsar el lenguaje de las clases trabajadoras y populares… empujando a los obreros blancos a una “identidad” de nacionalismo blanco y ayudando a los neofascistas a organizarlos”.
El lecho de siembra es la República de Weimar de Obama, un paisaje de pobreza endémica, política militarizada y cárceles bárbaras: la consecuencia de un extremismo de “mercado” que, bajo su presidencia, impulsó la transferencia de 14 billones de dólares de dinero público a empresas criminales de Wall Street.
Tal vez su mayor legado sea la cooptación y la desorientación de cualquier oposición real. La engañosa “revolución” de Bernie Sanders queda al margen. La propaganda es su triunfo.
Las mentiras sobre Rusia – en cuyas elecciones los EEUU han intervenido sin embozo — han convertido en un hazmerreír al grueso de los periodistas autoproclamados importantes del mundo. En el país que goza constitucionalmente de la prensa más libre del mundo, el periodismo libre subsiste sólo por honrosas excepciones.
La obsesión con Trump es una tapadera para mucha de la sedicente “izquierda liberal”: como una proclamación de decencia política. No son de “izquierda”, ni siquiera particularmente “liberales”. Buena parte de la agresión norteamericana al resto de la humanidad ha venido de administraciones Demócratas autoproclamadas liberal-progresistas: como la de Obama. El abanico político norteamericano va del mítico centro hasta la derecha lunática. La “izquierda” son renegados sin techo, a los que Martha Gellhorn describió en su día como “una fraternidad tan rara como de todo punto admirable”. Excluidos quienes confunden política con autofijación umbicular.
Me pregunto si, mientras “se sanan” y “avanzan”, los portavoces de Writers Resisty otros antitrumpistas reflexionan sobre eso. O más al caso: ¿cuándo surgirá un genuino movimiento político de oposición? Airado, elocuente, todos para uno y uno para todos. Mientras la política real no regrese a las vidas de las gentes, el enemigo no es Trump, somos nosotros.

Fuente: Revista Sin Permiso


sábado, 21 de enero de 2017

EL JEFE DE MACRI, HOY.. Y EL LIBRO DE AUTOAYUDA QUE LE ESCRIBIÓ NOVARO... ANALIZA MARTÍN SIVAK



SOBRE ASÍ LO VIVÍ, CONVERSACIONES ENTRE MAGNETTO Y NOVARO. Kirchner y yo


Por Martín SIVAK, Periodista. Autor de Clarín, la era Magnetto (2015) y Clarín, el gran diario argentino. Una historia, (2013), Planeta.



La derrota del Frente para la Victoria y las medidas del nuevo gobierno favorables al Grupo Clarín envalentonaron a Magnetto a contar su versión de la guerra con el kirchnerismo. En un libro administrado por su propia empresa, el CEO confirma que el duelo está lejos de terminar.
Un año después de inventariar los cañones del periodismo de guerra que comandó durante siete años, Héctor Horacio Magnetto pierde la oportunidad de autoexaminarse y examinar el mundo Clarín. En un libro de conversaciones revisita la oratoria que su firma desplegó durante la prolongada confrontación con el matrimonio Kirchner. Pero el CEO no explica las razones o el origen del conflicto, elude las inquisiciones sobre la trayectoria del grupo y elige la esgrima contra las caricaturas anti-clarinistas. 


El contexto de publicación de Así lo viví: el poder, los medios y la política argentina podría prestarse a la magnanimidad del que se cree vencedor. Con la derrota electoral del Frente para la Victoria, el Grupo ha recuperado su proyecto de expansión y diversificación en suspense desde la 125: semanas después de la asunción del ingeniero Macri consiguió la primera gran caricia oficial con la derogación vía decreto de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, su 7-D invertido. Poco interesado por el presente promisorio y el muy frecuentado debate sobre el futuro de la industria, Magnetto se inclina por el pasado para continuar su diálogo imaginario con Néstor Kirchner, el otro duelista. Esa fijación no ha quedado en el mundo privado del CEO, ni en su libro: ciertos segmentos de sus medios continúan librando el cuerpo a cuerpo con Cristina Fernández de Kirchner, como si la posguerra nunca hubiese empezado. 


El poder de no explicar


Desde que en 1982 Magnetto instrumentó el despido de sus camaradas frigeristas para comenzar el mayor proceso de expansión de la prensa moderna en América Latina, su empresa recurrió al asesoramiento de intelectuales en dos ocasiones. A comienzos de la década de 1990 contrató a un grupo heterogéneo –Eliseo Verón, Oscar Landi, Aníbal Ford, Alberto Ure, Alejandro Piscitelli– en busca de análisis cuantitativos sobre sus lectores y de ideas y sentidos para darle forma y coherencia al multimedios. Verón determinó que las Criollitas y el Obelisco eran como Clarín: parecía todo y nada a la vez. Para diferenciarse, debía apostar a la calidad periodística en un período de supremacía y prestigio social. 


En 2010, el multimedios convocó a una mesa de intelectuales y especialistas para administrar el conflicto con el kirchnerismo. Participaban Marcos Novaro, el hoy animal suelto Sergio Berensztein y otros. En esas mesas de arena, Novaro advirtió lo que nadie quería escuchar en la calle Piedras: que CFK podía recuperarse de la muerte de su esposo y conseguir la reelección. 


Desde entonces Novaro ha sido consultor de la empresa, ha participado en la publicación de varios libros de Clarín, como Democracia y Desarrollo y expone sus opiniones sobre Argentina y el mundo en los medios del multimedios. Investigador del Conicet, autor de libros sobre historia reciente y de divulgación, Novaro subraya que en su trabajo sobre los empresarios argentinos encontró una incertidumbre similar a la de los dirigentes políticos. Su impresión de Magnetto destaca una dualidad: cierta apertura que no disimula “una profunda y constitutiva intransigencia”. 

En este libro, administrado por su propia empresa, Magnetto mantiene su intransigencia: no responde a la intemperie. Desde que entró a Clarín en 1972 ha dado muy pocas entrevistas. La mayoría durante el conflicto con el kirchnerismo y a la prensa internacional. A los periodistas argentinos les ha fijado reglas precisas: preguntas anticipadas, off the record, difusión pactada de algunas respuestas. Magnetto sólo se expuso a una entrevista no controlada con un argentino cuando aceptó la invitación de Bernardo Neustadt a un vivo de Tiempo Nuevo en diciembre de 1989. Les sobraban razones para lucir exultantes: Clarín acababa de ganar la licitación de Canal 13 y Neustadt oficiaba de escribano de las privatizaciones de la presidencia Menem. 


Los CEO de las grandes empresas periodísticas –los pares de Magnetto–, los jefes de Estado, las autoridades de sindicatos y empresas han mostrado mayor predisposición para las entrevistas que el elusivo Magnetto, mucho más próximo a los procedimientos de las monarquías europeas. El poder, para Magnetto, es la prescindencia de dar explicaciones. Así lo viví es la continuación de esa idea por otros medios. 


Pretendidamente invisible, consigue que su rostro no aparezca en el libro, como había ocurrido con su biografía autorizada El hombre de Clarín, también administrada por su empresa. Para intentar condensar una época, elige una foto de una bandera desplegada de Clarín miente –aquel eslógan que Moyano no patentó a tiempo– y firmada por Comunidad del INDEC. El libro debería llamarse Kirchner y yo. 


Reescribir la historia


Magnetto pretende establecer el fin de las metáforas. No practicó periodismo de guerra, no se divorció de los Kirchner. También avanza sobre hechos verificables: desconoce empatía y un buen vínculo inicial con Néstor Kirchner. No hubo nada hasta que, inopinadamente, el santacruceño se propuso quedarse con su empresa y conseguir su arresto. Como pionero que primerea a la doctora Carrió, asegura que había advertido el riesgo totalitario en 2003. “Recuerdo una luz amarilla que mencioné ya en el encuentro gerencial a fines de 2003, época en la que, según el mito, supuestamente estaba en pleno auge el idilio entre Clarín y los Kirchner. Dije que el reto que tenía el gobierno era encarar la construcción desde una visión pluralista, evitando la tentación hegemónica y aceptando las críticas.” En el anexo del libro se publican frases parciales de ese y otros discursos privados que intentan mostrar que descubrió al monstruo en su concepción. 


Hay una constante de la empresa en sus tres etapas (la de Roberto Noble, la de Rogelio Frigerio y la de Héctor Magnetto): no tiene una conversación sobre su historia; prefiere la reescritura. El suplemento de los 50 años, en 1995, es uno de los ejemplos contundentes. Con una elección capciosa de párrafos, intenta cambiar sus posiciones editoriales sobre el primer peronismo, el Cordobazo, la última dictadura militar, el gobierno de Alfonsín y otros. 


Magnetto resalta la obsesión de Kirchner con los contenidos de Clarín, cuantifica sus encuentros bilaterales (no más de siete u ocho en los cuatro años de mandato y un par de veces más desde que asumió CFK) y hasta aporta una versión de uno de esos encuentros. Antes de las elecciones de 2009, el entonces ex presidente le pidió al CEO acompañamiento en la campaña electoral a cambio de no mandar una ley que se parecería a la “ley de medios”. Ante cada oferta de Kirchner, Magnetto aparece como sorprendido. Como si de la nada alguien le hubiese ofertado algo impensado y no como parte del ajedrez tenso que ambos practicaron. 

Magnetto omite las concesiones del kirchnerismo a Clarín –como la fusión de las empresas de cable–, y minimiza un tema central del origen del conflicto: el ingreso de Clarín a Telecom, prioridad del Grupo para acceder al triple Play.
Kirchner inicialmente dio luz verde para que el multimedios entrara, luego exploró que se asociara con un grupo de empresarios afines a la Casa Rosada y cuando la relación se agrietó, evitó el ingreso de Clarín. “Creo que él llegó a fantasear con algún tipo de sociedad con nosotros. De hecho, quiso apostar a algo así con el tema de Telecom”. No fue una fantasía: fue un proyecto concreto del que participaron ejecutivos del Grupo Clarín que no actuaron como librepensadores.


Así lo viví es, en muchos pasajes, un libro sobre los intentos del CEO de Clarín de caracterizar al kirchnerismo: “un régimen de orientación autoritario y populista”, ensaya. Entre sus rasgos, el contador destaca la concentración de poder, la perpetuación, la apropiación de recursos, la primarización de la producción y el consumo sin inversión. Magnetto no ve en el Kirchner inicial rasgos desarrollistas ni el esbozo de una ideología: lo describe como un mero acumulador de poder y dinero. Sostiene que Argentina iba camino a convertirse en Venezuela. Rogelio Frigerio (abuelo del actual ministro) no hubiese tolerado la idea de la venezuelización: educó a sus cuadros a estacionar la economía antes que a la política y evaluar las condiciones estructurales que harían imposible ese viaje. Magnetto le reconoce a Kirchner la renegociación de la deuda externa, el abordaje del conflicto social sin violencia, la contención temporaria de las tarifas, los superávits gemelos y la renovación de la Corte. 


¿Por qué Clarín sobrevivió al kirchnerismo? La cohesión interna de la empresa, la fidelidad de las audiencias y la integridad en los negocios son las explicaciones del CEO. En otras palabras, Magnetto cree que ganó porque tuvo la calle, otra de las aparentes disputas con NCK. Omite una variable fundamental a la supervivencia: la espalda financiera del negocio del cable. 


El kirchnerismo subestimó esos rasgos centrales, en particular la masividad de sus audiencias, y prefirió pensar en la tomografía de un medio cómplice de la dictadura y padrino del neoliberalismo. 


Desde la Fiscalía Nacional de Investigaciones Administrativas, Ricardo Molinas investigó el caso Papel Prensa entre 1984 y 1988. En las conclusiones de su trabajo –el más serio y riguroso producido por un organismo estatal– señala que se trató de uno de los casos de corrupción más graves de la historia argentina. En lugar de responder a Molinas, Magnetto elige levantar la guardia a los desvaídos guantes de Guillermo Moreno. Sostiene que en el informe Papel Prensa preparado por el ex secretario de Comercio, Moreno inventó pruebas. “Fue el episodio más parecido a los juicios de Moscú que se haya visto en el país.  Todo una leyenda.” En los juicios de Moscú de la década del 30 se juzgó –y en muchos casos se ejecutó– a ex miembros del Partido Comunista. Magnetto insiste con una idea: la compra de Papel Prensa fue beneficiosa para la industria y para la sociedad. En la única mención a su política editorial durante la dictadura militar destaca que Clarín “fue el primer diario en cuestionar el plan económico”.


Magnetto tiene una notable insensibilidad frente al dolor ajeno y elude responsabilidades. En el libro elige presentarse como víctima. “Uno de los peores momentos (del conflicto) fue cuando intentaron mezclar dos historias inventadas, el caso de Noble y lo de Papel Prensa, para tratar de meternos presos a la señora de Noble y a mí.” Hasta el 10 de diciembre de 2015, el grupo Clarín eludió el autoexamen sobre su línea editorial frente a la dictadura por considerarlo una concesión al kirchnerismo. En su libro Magnetto confirma que no tiene ningún interés en ensayar una explicación. 


Los tiempos de Macri


En el mundo de los dueños de medios argentinos, Magnetto es el que tiene mayor formación política e intelectual. Lee, estudia y no hace citas eruditas innecesarias. En las conversaciones con Novaro decide desconocer una parte de su biblioteca y de las bibliotecas del mundo: las que sostienen que la concentración de la propiedad de los medios de comunicación es un problema para la democracia. Considera la concentración como un fenómeno global que Clarín también padece con anunciantes cada vez más concentrados. Cuando Novaro le insiste con el tema, responde que se trata de una pregunta anacrónica y analógica. “Su pregunta parecería trasuntar cierto reproche. Como que hubiera responsabilidad de Clarín en la ausencia o escasez de otros multimedios”. Todos los competidores de Magnetto piensan lo contrario: Julio Ramos de Ámbito Financiero, Héctor Ricardo García de Crónica y Jorge Fontevecchia de Perfil, entre otros, lo han dicho en voz alta. Magnetto dice creer que la competencia es franca y que nunca jugó con la cancha inclinada.


En cuanto a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, pensada para reducir el tamaño de Clarín, Novaro le cuestiona al CEO que su empresa haya priorizado el escueto planteo de inconstitucionalidad.
Magnetto tampoco responde: “La ley fue una parte esencial de una estrategia de domesticación de la prensa”. 
Desde que asumió Macri, Clarín ha conseguido el decreto de anulación de la Ley, la recomposición de la pauta publicitaria (el Poder Ejecutivo se propone fijar montos de acuerdo a las audiencias), el buen trato y el acceso periodístico y el fin de la “clarinización” del debate público. La posición del gobierno es que el mercado, o los grandes jugadores del mercado, ordenen la industria y eventualmente disminuyan la influencia del multimedios.
Asoman las primeras tensiones leves a través del conflicto entre Telefónica y Clarín por el reingreso a la telefonía celular, la televisación del fútbol y otros. 


Desde el primer semestre Macri ha recibido pedidos específicos del multimedios, como que ayude a terminar las causas judiciales pendientes (1).  Sobre el final del segundo semestre, el juez Fabián Ercolini sobreseyó a Magnetto en la causa de Papel Prensa. Cuando Clarín se vuelve más crítico del gobierno, el Presidente ubica al CEO en el círculo rojo que siempre lo subestimó y, supuestamente, apuesta al empoderamiento de Sergio Massa. En su libro Magnetto dice muy poco sobre el Presidente. “Se cierra un ciclo negativo y hay una oportunidad... Veo aciertos y errores de gestión, pero también un camino orientado a recuperar cierta normalidad a la Argentina (sic)”. Para el Grupo, la normalidad argentina se parece a la pax clarinista. 


1. Un viejo consultor de la empresa, Fabián Rodríguez Simón (Clarín administró su libro Clarín y la ley de medios que salió días después del fallo adverso de la Corte y por eso sólo se distribuyó en la cadena Cúspide, perteneciente al Grupo) es el principal operador judicial de Macri.


© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

jueves, 19 de enero de 2017

La derecha mata








La derecha mata cuando es investigada y mata cuando el muerto le es de suma utilidad para sus objetivos de máxima. Debido a esto, debido a que la derecha mata, nunca tuve dudas sobre quién empujó al suicidio a Nisman, como no tengo ninguna duda que la caída del avioneta del Juez que llevaba adelante la causa Odebrecht no fue un accidente.



De este modo, por un lado le advierten al sistema judicial sobre sus límites investigativos a la par de aconsejarle que no se interponga y avale sus egoísmos de clase, y por el otro lo adoctrina para que persiga a todo aquel que se oponga a su hegemonía.

Planteados los términos jamás la lucha política dentro del sistema será pareja, resulta de una inocencia supina pensarla incluida dentro de un marco ético o moral, republicano. En consecuencia la democracia así aceptada, bajo estos postulados, es solamente un eufemismo de una pequeña burguesía que no tiene inconveniente alguno en ser vetada en sus libertades, intereses y decisiones. 

miércoles, 18 de enero de 2017

Si es cierto que el trabajo dignifica a las personas, entonces el no trabajo “indignifica” a las personas




¿Indignidad del no trabajo?


Por David Ruccio profesor de la Universidad de Notre Dame, EEUU, para Revista Sin Permiso



Los economistas estándar y muchos comentaristas económicos continúan invocando la llamada "dignidad del trabajo" para criticar la idea de una renta básica universal (RB) o (AUH)


Es un argumento que he tratado antes. Ver en..



A mi modo de ver, no hay nada necesariamente digno en el hecho de que la mayoría de la gente se vea obligada a “tener la libertad” de vender su capacidad de trabajar para un minúsculo grupo de empleadores. La idea puede ser intrínseca al capitalismo, pero eso no significa que contribuya a la dignidad de las personas que trabajan para ganarse la vida, sobre todo cuando no tienen control sobre su proceso de trabajo o sobre qué producen cuando trabajan.

Matt Bruenig, en su haber, sugiere un argumento alternativo contra los críticos de una RB (AUH):


“A estos escritores no les gusta el hecho de que una RB posibilitaría ingresos a las personas de una manera que está divorciada del empleo. Se argumenta que un diseño de ingresos de este tipo llevaría a la falta de sentido, la disfunción social y al resentimiento.

Un problema obvio con este análisis es que el ingreso pasivo - el ingreso divorciado del trabajo - ya existe.”


Bruenig está haciendo una distinción entre los ingresos relacionados con el trabajo y los ingresos que provienen de otras fuentes, pasivas o de no trabajo, que representan una división fundamental dentro de la sociedad contemporánea.


Como se desprende de los datos del gráfico que encabeza el artículo, muy poco de los ingresos (15 por ciento en 2014) del 90 por ciento inferior de los estadounidenses proviene del no-trabajo (e, incluso entonces, la mayor parte de su ingreso aparentemente no laboral está en realidad relacionado con trabajos previos, en forma de rentas de pensión). Sin embargo, para el pequeño grupo de la parte superior, la mayor parte de sus ingresos (59 por ciento para el 1 por ciento superior, 75 por ciento para el 0,01 por ciento superior) está relacionado con el no-trabajo (y, por supuesto, gran parte de su renta relacionada con el empleo se basa en la propiedad de empresas individuales y en los altos salarios de los ejecutivos). En otras palabras, la mayoría de sus ingresos representa un derecho sobre el trabajo extra realizado por otros.


Así, cuando los críticos de una RB se basan en el argumento de la "dignidad del trabajo", lo que realmente están haciendo es reforzar la idea de que la mayoría de la gente puede y debe obtener la “dignidad de trabajar” para un pequeño grupo de empleadores. Al mismo tiempo, los críticos están presumiendo que no hay pérdida de dignidad para el pequeño grupo en la parte superior, aquellos que han logrado capturar la mayor parte de sus ingresos de fuentes relacionadas no con su propio trabajo, sino con el trabajo de todos los demás.[*]


¿Dónde está la dignidad en eso?

Nota:
[*] Es verdad, como Noah Smith observa, que "muchas personas ricas creen que la inversión constituye un trabajo". Pero pasar unos minutos al día leyendo la prensa de negocios estudiando las inversiones alternativas no constituye trabajo, al menos como la mayoría de la gente entiende lo que significa trabajar. ¿O están esas personas ricas refiriéndose al hecho de que ellos contratan a toda una serie de personas, desde asesores financieros hasta contables, para hacer el trabajo real de gestionar sus inversiones de no trabajo?




Fuente : Revista Sin Permiso

lunes, 16 de enero de 2017

Dice el inmigrante, mientras el pequeño burgués se tapa los oídos, y pide echarlos a patadas en el culo





Falsamente se plantea el tema de la inmigración como una suerte de banal albedrío individual sin entender que se trata de una disyuntiva colectiva por la supervivencia de un conjunto. Si por un lado aceptamos el dawinismo que impone el sistema capitalista, ergo regiones favorecidas y regiones no favorecidas, ese mismo concepto darwinista propone naturalmente las migraciones como parte del proceso de selección. Somos liberales en lo económico y amamos la competencia hasta que otro nuevo jugador entra en escena. Me hace ruido. Y es allí donde nuestra liberalidad pequeño burguesa se siente acongojada e insultada. Vienen por nuestros recursos, nos invaden las calles, las ensucian, quiénes son estos tipos oscuros de raras vestimentas, quieren vivir. Los procesos migratorios tienen variadas  motivaciones y cada una de ellas ameritan un estudio especial. Escapar de una guerra, huir de la hambruna, exiliarse debido a las persecuciones políticas que aún existen en el planeta, las pestes, los cataclismos, la contaminación regional, cuestiones que deben ser discernidas puntillosamente ya que los protagonistas de estos procesos varían socialmente. Y este es el punto de conflicto desde donde parte el banal sentido común de nuestra pequeña burguesía xenófoba y discriminatoria.
Nuestro pequeño burgués confunde superviviencia con “estar mejor”, con progresar, inciso que relaciona la inmigración con una decisión individual y es allí en donde descansa el sofisma. El colectivo inmigrante escapa de la muerte que le tiene reservado como determinismo histórico el lugar donde nació, con todas las contradicciones y quebrantos que la cuestión incluye, y es capaz de asumir empresas sumamente riesgosas para escapar de esa muerte, incluso encarar la propia muerte y la de los suyos, al cruzar un río, una mar, un océano, al saltar un muro, a desafiar las balas del rechazo. No tienen tiempo para absurdos trámites burocráticos, y si no hay que preguntarle a los galeses que llegaron a nuestras costas de Puerto Madryn en una breve cáscara de nuez, obviando permisos y ritos sistémicos, instalándose en las cuevas de la costa para conformar con el tiempo una de las colonias más selectas del país. Pasó mucho tiempo, acaso una generación para regularizar la situación. Los procesos migratorios no son viajes de placer, no escogen los lugares en función de un packaging turístico, tampoco convengamos que vienen al mejor de los mundos ni al más justo de los lugares, escapan hacia donde pueden. Desertan de su génesis, de su cuna, del lugar en donde vieron la luz, una luz que el sistema dominante apaga sin prisa pero sin pausa debido a que ese haz lumínico lo concentra en los grandes centros de poder. Las visiones de nuestra pequeña burguesía son coincidentes, ven al receptor como víctima de una horda, pero jamás será osada y preguntarse las razones por las cuales esas “hordas” de marginados existen en todas las latitudes del planeta. Acaso el espejo es un cruel delator y encuentren en él las respuestas que su sentido común les impiden revelar. La pequeña burguesía jamás se piensa a sí misma en esa disyuntiva, cree que su condición social la inmuniza. Gieco lo expresa mejor que nadie, de manera, afinada, poética y clara...




Guarda la risa entre los dientes 
marcha del sur para el este 
lleva la sombra que sostiene 
todo el peso de la gente que mas quiere 

Lleva incertidumbre 
y la risa postergada 
lleva un libro, eso es bastante 
dice el inmigrante 
Lleva la cruz del marginado 
lleva otro idioma 
lleva su familia, eso es bastante 
dice el inmigrante 

Lleva en sus ojos toda la mezcla 
de la rabia, de la duda y la tristeza 
tiene que pagar con el olvido 
lágrima de puerto y de destierro

domingo, 15 de enero de 2017

Malas noticias Nos va a ir un poco peor



 "Se nos hundió el barco, estamos solos, desamparados, desesperados y lo único que nos quedó fueron las obras completas de Paulo Coelho.. "



Uno percibe que construir políticamente no es cosa sencilla, para ello es necesario tener vocación política valga la redundancia, y no todos los actores con pretensiones exhiben atribuciones al respecto. Se me ocurre que por esa razón intentan circular por los atajos mediáticos y que sean ellos, en función del rating, los que ordenen tanto alianzas como las futuras listas.
Nicolás Casullo nos hablaba sobre sociedades en donde lo mediático, como poder concentrado de emisión actúa como política cultural canonizando la escala de los significados sociales. Invertir en la lógica de audiencias a retener, informando en horario ininterrumpido, viviendo de “públicos-conciencias”. Vida común, trasmisora y receptora, una suerte de matrimonio ideológico cotidiano. Una cultura política que atraviesa lo comunitario desde el alarmismo social, la antipolítica, el sentimiento ciego, el protolinchamiento permanente, el cinismo, el analfabetismo a toda cuestión compleja, la vacuidad del rating y el comportamiento histérico. Encenderle una vela al panteón de dolor y la penuria populista, y por supuesto, brindarles homenajes a los dioses de nuestros históricos fracasos.




viernes, 13 de enero de 2017

La idea de que Trump gobernará para servir a los intereses de la clase trabajadora es un chiste. ¿Podemos dejar ya de fingir que Trump es un “populista”?



Por Paul Waldman, columnista del diario norteamericano The Washington Post y colaborador de la revista The American Prospect, para Revista Sin Permiso


Donald Trump ha designado a Steve Mnuchin — antiguo pupilo de Goldman Sachs y gestor de “hedge funds” —para que sea su Secretario del Tesoro, cumpliendo con su repetida promesa de emprenderla contra Wall Street y los poderes fácticos en nombre del hombre común.  
Así que ¿podemos dejar de fingir que el “populismo” de la campaña de Trump fuera otra cosa que una engañifa más?  
No se trata sólo del próximo secretario del Tesoro. Esta mañana, en la emisora CNBC, Mnuchin delineaba su plan para la economía del país, plan que se centraría en la gente.
“Nuestra prioridad número uno es la reforma fiscal”, declaró. “Creemos que recortar los impuestos a las empresas traerá aparejado un enorme crecimiento económico y que disfrutaremos así de una enorme renta personal, de modo que los ingresos vayan a compensar a la otra parte”.
¡Por fin una administración republicana que cree en el poder milagroso de los recortes fiscales a las empresas y los ricos! Sólo con que George W. Bush hubiera sabido esto, habríamos tenido un crecimiento espectacular a lo largo de la primera década del 2000 y la Gran Recesión nunca se habría producido. Ay, pero un momento…si este es justamente el programa económico que siguió Bush con efectos tan desastrosos.
De hecho, Mnuchin tiene una conexión directa con la recesión: mientras se iba extendiendo, él y otros inversores compraban IndyMac, que proporcionaba el tipo de inestables hipotecas que alimentaron la crisis. Después de ejecutar las de miles de propietarios de viviendas, Mnuchin y sus socios vendieron la empresa y ganaron miles de millones. Así es cómo lo describe Ben Walsh:
“La adquisición de IndyMac por parte de Steven Mnuchin es una historia que resume  todo lo que los norteamericanos han llegado a odiar en lo que toca a cómo se permitió que se desarrollara la crisis financiera: el pánico de la gente corriente, los inversores espabilados que se echan encima, las garantías del Gobierno que salvaban bancos pero no trataban de que la gente conservara su casa, un inteligente cambio de imagen, la desenfrenada ejecución de hipotecas y los miles de millones de beneficios”.
El de Mnuchin no es, sin embargo, más que uno de los nombramientos, ¿verdad? Bueno, Trump también acaba de anunciar que su secretario de comercio será Wilbur Ross, un multimillonario inversor de capital riesgo. Y su ministra de Educación será Betsy DeVos, una multimillonaria que se opone a las escuelas públicas. Y su secretario de Transportes será Elaine Chao, que trabajó en los gobiernos de los dos Bush y está casada con el líder de la mayoría [republicana] en el Senado, Mitch McConnell (senador por Kentucky.). Antes de entrar en política, Chao era banquera y, de acuerdo con la revista digital Político, “ganó como mínimo 1.074.826 dólares gracias a su presencia en juntas directivas en 2015, según figura en los registros públicos”. Trump está considerando supuestamente al presidente de Goldman Sachs, Gary Cohn, para que sea su director presupuestario [finalmente escogió a Mick Mulvaney, un “halcón” procedente de Carolina del Sur]. “Es el [gabinete] más conservador desde Reagan”, dice un partidario de la economía de oferta, y bien puede ser que se quede corto.  
Puede que se acuerden ustedes del anuncio de cierre de campaña de Trump en el que afirmaba: “Nuestro movimiento se centra en substituir un “establishment” fallido y corrupto por un nuevo gobierno controlado por vosotros, el pueblo norteamericano” con imágenes de Wall Street, pilas de dinero, financieros como George Soros y otros símbolos del poder y la riqueza establecidos. “Es una estructura de poder global”, continuaba, “que es responsable de las decisiones económicas que han sido un robo a nuestra clase trabajadora, han despojado a nuestro país de su riqueza y han puesto ese dinero en los bolsillos de grandes empresas y de entidades políticas”.
De manera que con el fin de enfrentarse a esa estructura de poder global, Trump va contratando a un grupo de multimillonarios y magnates de Wall Street, recortando impuestos a las grandes empresas y los ricos, achicando la vigilancia regulatoria sobre Wall Street y ofreciendo un plan de infraestructuras que consiste principalmente en exenciones fiscales a las grandes empresas con el fin de animarlas a construir proyectos para los que luego habremos de pagar peaje si queremos utilizarlos.  
Sin embargo, persiste el mito del Trump populista. Stephen Moore, asesor económico de Trump y acaso el defensor principal en el partido de la economía de “trickle-down” [de “escurrido” de los beneficios hacia abajo], proclamó no hace mucho: “Igual que Reagan convirtió al Partido Republicano en un partido conservador, Trump lo ha convertido en un partido populista de clase trabajadora”. Sus viajes al Rust Belt [“cinturón de herrumbre” industrial del Medio Oeste ] con Trump, testimoniaba Moore, le hicieron darse cuenta de cuánta ayuda necesita la clase trabajadora. Y tiene la intención de ayudar a Trump a proporcionar esa ayuda…en forma, por supuesto, de exenciones fiscales para los ricos y las grandes empresas. Qué historia tan reconfortante.
Los republicanos han luchado siempre con la disyuntiva que presenta su ideología económica, que presume que resulta difícil conseguir el apoyo de la mayoría para un conjunto de políticas cuya finalidad consiste en derramar beneficios sobre una reducida parte de la población. Cuando argumentan sobre ella explícitamente utilizan una suerte de redirección retórica, afirmando que recortarles los impuestos a los ricos no tiene en absoluto que ver con los ricos sino que es algo que se realiza con el propósito de ayudar a la clase media e incluso a los pobres. Los ricos mismos son únicamente un vehículo para alcanzar tan noble fin, aceptando de modo desinteresado la largueza del gobierno en nombre de sus inferiores.
No hace falta decir que no hay mucha gente a la que se pueda convencer con este argumento. De manera que para compensarlo, los republicanos han complementado la defensa de su caso económico con un menú de cuestiones sociales gracias al cual pueden demonizar a sus oponentes. Esos demócratas odian a Norteamérica, dirían los republicanos, son débiles, no aman a Dios igual que tú, quieren quitarte las armas, quieren obligar a tus hijos a que se hagan abortos gay. Y con bastante frecuencia, ha funcionado.
Trump dijo la mayoría de estas cosas en la campaña de 2016, pero se diría que cumplía el expediente y rellenaba los casilleros para tranquilizar a los conservadores ideológicos de que no tenían nada de qué preocuparse. El verdadero corazón que late en su atractivo era una forma diferente de guerra cultural, que se fundamenta en la rabia y el resentimiento por el cambio cultural y el estatus descendente de los varones blancos de clase trabajadora. Con sus ataques a los inmigrantes, a las minorías raciales y a un “establishment” compuesto por políticos de Washington y poderes fácticos económicos, Trump les convenció de que por fin les había llegado su turno: su turno de decir lo que quieran, el turno de que sus intereses pasen a primer plano, el turno de que resuciten sus comunidades y recuperen su orgullo.  
Pero hoy Trump anda llenando su administración con, adivinen qué, políticos de Washington y representantes de los poderes fácticos de la economía cuyas máximas prioridades son los recortes de impuestos, la desregulación y la destrucción de la red de seguridad, incluyendo la privatización de Medicare. La idea de que trabajarán para servir a los intereses de la clase trabajadora es un chiste. Sin embargo, es un chiste que la gente sigue contando, de algún modo, con cara seria.

Fuente: Revista Sin Permiso


Comentario del Editor del Blog: 
De todos modos, en política, me reservo la opinión con relación a esa suerte de determinismo que implica la personalización como argumento. Es decir, más allá que un funcionario tenga una historia ideológica definida ello no implica que sus ideas se trasladen taxativamente a la gestión de una cabeza política ajena. Nosotros durante el kirchnerismo tuvimos algunos funcionarios con pasado neoliberal, en puestos claves, que bien implementaron las políticas incluyentes paradigmáticas del FPV. También lo vemos hoy, con Cambiemos, pero a la inversa. Gente que supuestamente sostenía ideas progresistas hoy gestiona dentro de un gobierno con firmes componentes de inequidad. Temo que analizar previamente algún nombramiento y a partir de allí sacar conclusiones generales tiende a una suerte de estigmatización o prejuicio que se tiene por ese modelo a llegar. El tiempo dirá si Trump, como reza el artículo es entraña del establishment puro, o acaso un populista preocupado en las problemáticas de su pueblo. A esta altura hay algo que en política debería ser un salmo asumido por todos.. “las herramientas per-se no definen los proyectos políticos, los que definen los proyectos son los objetivos políticos que se persiguen con esas herramientas..."