EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 27 de junio de 2017

Los oradores de Cristina – Aceptando las novedades del discurso del otro, porque “la patria, para nosotros sigue siendo el otro”...Por Oscar Steimberg, Semiólogo y poeta.







Por Oscar Steimberg, Semiólogo y poeta - Profesor emérito de la Universidad Nacional de Buenos Aires, para La Tecl@eñe


Los que rodearon a Cristina en el acto del 20 pertenecían a todos los sectores sociales que pueden coincidir con su proyecto político; que pudieron y que pueden coincidir. Es difícil reunir, presentar y comentar esa diversidad; en ese discurso nada común aparecieron en sus diferencias tanto como en la coincidencia en la gravedad actual de sus momentos personales y económicos. Esa coincidencia apareció tan natural que pudieron, tal vez, no advertirse algunas de las novedades de esas proposiciones; por ejemplo, la de que se planteara un compartir la palabra o el relato con unos invitados elegidos precisamente a partir de la gravedad de su situación actual. En las crónicas del día siguiente se informó en general que esos diálogos-testimonios estuvieron en la parte final del discurso; creo que es útil señalar que esa parte final fue extensa, además de novedosa.

Mostrar, y no sólo relatar, la abarcatividad de esa gravedad del momento es compartir, aún en los momentos de ejemplificación, la toma de la palabra, nada menos que en la instancia de las frases de cierre. Sin que esta novedad enunciativa, en este caso, quite presencia a la palabra de la oradora. El “organizarnos” centralizado en las propuestas de acción terminó de articularse así con un “nosotros” en presencia que está en la base de la propuesta política. La propuesta transpartidaria es dicha así a partir de la presencia de una multisingularidad que fundamenta la elección de una opción por la organización política presente de un movimiento social. Una opción elegida a partir de un presente reconocido en su condición cambiante y en buena parte imprevisible para todos, incluido todo orador. Se está diciendo que no se trata de seguir una marcha preestablecida en sus modos y objetivos, sino de sumarse a un espacio que no puede no afrontar las oscuridades de su reconstitución organizativa ante las fracturas venidas de un desastre social, y ante la escala de prioridades redefinida en cada momento de la confrontación. Ahí toman su lugar instancias explicativas como la del señalamiento abarcativo de la importancia, hoy, de unas elecciones de medio término: “allí –se dijo- la sociedad expresa si está o no está de acuerdo”; momento, podría decirse, en el que cada uno se enfrenta a algo suficientemente nuevo y complejo como para que no pueda asumirse solamente con alguna predefinición partidaria.

 
Y también está la elección de los invitados a compartir ese cierre de discurso. Conviene reiterar la condición novedosa –y acá podríamos agregar: riesgosa- de esa elección de cierre: los oradores de tribuna suelen ingresar en la última parte de su alocución en una instancia de ascenso del tono, en unidad e intensidad. Y debe ser muy difícil encontrar casos en los que, así sea muy fragmentariamente, la enunciación de ese momento siempre firmemente elevado se comparta. En todo discurso político hay una reconstrucción de relato, y no hay relato en que no importe la instancia de cierre. Y allí el drama de ese relato mostró su pluralidad. La secuencia de las convocaciones fue también social y políticamente novedosa: las jóvenes investigadoras del CONICET que perdieron sus becas estuvieron ahí junto con los migrantes latinoamericanos que perdieron su trabajo o los jubilados que ya no tienen para comprar sus remedios.

Como en todas sus intervenciones, Cristina Fernández de Kirchner habla desde su propia pluralidad enunciativa: la terminología técnica del derecho o la economía es asumida con la naturalidad con que se la incluiría en un discurso docente o parlamentario. Y la interpelación coloquial se alterna con esas proposiciones que abrieron instancias metodológicamente ordenadas, en las que una bibliografía aparecerá también pertinentemente implicada. Como si los diversos conjuntos de destinatarios (diversos en lugar social, en formación política y en estilo) fueran invitados a aceptar y compartir esa inevitable diversidad del discurso político de este tiempo. Aceptando, cada vez, las novedades del discurso del otro. Porque “la patria es el otro”.


domingo, 25 de junio de 2017

En la Argentina, la deuda, ha funcionado como instrumento de sojuzgamiento del futuro generacional Los nietos de Antonia o el peso de los muertos Por Julián Axat, Abogado y escritor para La TEcl@ Eñe




La colocación de bonos a un plazo de 100 años pesará sobre las espaldas de las futuras generaciones, en nombre de las decisiones de las generaciones actuales que rigen la política y que entonces serán cadáveres, escribe en esta nota Julián Axat .

El Gobierno Nacional anunció que colocó bonos por US$ 2.750.000, con una tasa del 7,9%, el cual será pagadero en los próximos 100 años. Es decir, una vez más, la deuda a futuro pesará sobre las espaldas de las futuras generaciones, en nombre de las decisiones de las generaciones actuales que rigen la política y que entonces serán cadáveres.

Como dicen J. M. Buchanan  y R. A. Musgrave en su trabajo  «Teoría de la Deuda Pública», la financiación mediante deuda traslada  el peso de la carga sobre generaciones futuras. Un país que financia el gasto a través de deuda pública carga sobre su juventud, e incluso sobre los ciudadanos futuros. Es el peso de gasto presente. Es la deuda generacional. Según estos autores, un Estado responsable y moral, sería, en definitiva, aquel Estado que no compromete a sus nietos mediante deuda. Pues, no sería justo exigirle a la próxima generación el pago correspondiente a los impuestos que estas nunca contrajeron. Hablamos del derecho constitucional a la libertad y a la soberanía de un país, para que las futuras generaciones puedan vivir en paz y plenitud.

En la Argentina, la deuda, ha funcionado como instrumento de sojuzgamiento del futuro generacional, y ello es verificable desde el primer empréstito con la banca inglesa en 1824, transfiriéndose como empréstito a la generación del 50 y del 80, y así entre generaciones –al igual que en el caso de ayer!- a siglos de distancia. Los ciclos de endeudamiento con la banca extranjera tienen la especial característica de que la deuda no se capitalizó, y fue utilizada para enriquecer a una clase social mediante fuga de capital. Esto se ha hecho incluso mediante guerras o represión. Con estos antecedentes, todo indicaría que una nueva toma de deuda a cien años y a semejante tasa de interés, sería para generar nuevas bicicletas financieras, y no para transformar la economía real.

Solo los gobiernos populares en la historia de este país, disminuyeron el peso de la deuda sobre las futuras generaciones (Irigoyen, Perón, Cámpora, Néstor y Cristina Kirchner). El resto la acrecentó en nombre de la recuperación económica que no existió. El problema es que, en la Argentina, la deuda que transfiere abultada a las nuevas generaciones es "sin beneficio de inventario". La deuda es una carga-herencia como peso insoportable de los adultos a los niños, de los viejos a los jóvenes, de los muertos a los vivos, y así…. Y además, de deuda privada pasa a ser pública, o de deuda provincial a nacional, todo ello con jugosas (ilegales) comisiones e intereses de Bancos e intermediarios, por no hablar de intereses punitorios. Por otra parte, la transferencia supone reciclados generacionales: tomar deuda nueva, para pagar vieja deuda durante ciclos continuos.


"La deuda es una carga-herencia como peso insoportable de los adultos a los niños, de los viejos a los jóvenes, de los muertos a los vivos, y así…. Y además, de deuda privada pasa a ser pública, o de deuda provincial a nacional, todo ello con jugosas comisiones e intereses de Bancos e intermediarios, por no hablar de intereses punitorios. Por otra parte, la transferencia supone reciclados generacionales: tomar deuda nueva, para pagar vieja deuda durante ciclos continuos."


Yo nací en 1976. Mi generación es hija de la deuda contraída ilegalmente por el genocidio instaurado por entonces y denunciado históricamente por Alejandro Olmos: declamado en una sentencia que no se cumple, pero que hoy lleva su nombre, y habla de deuda ilegítima, ilegal, inmoral, contraída a sangre y fuego sobre los cuerpos que no aparecen. Yo hoy tengo 40 años. Mi generación, además de cargar con los muertos, paga aquella deuda contraída en forma espuria. De la misma forma se acumulan los servicios de deuda a los nacidos en los 90, quienes –aun cuando sufran las condiciones económicas actuales- pagan el fabuloso e ilegal Megacanje que –a través del actual presidente del BCRA- blindó a De la Rúa, antes de salir con el helicóptero allá por diciembre de 2001.

Siguiendo este razonamiento, si la deuda pública supone una transferencia de carga financiera sobre las generaciones futuras; entonces los nietos del actual presidente serán deudores de tal transferencia, pues en nada se diferencia de futuros niños ciudadanos dependiente del presupuesto general, por lo que deberán pagarla cuando sean adultos, como generaciones del futuro. Me pregunto, aún así para los hijos o nietos de Antonia: ¿por qué razón tendrán que vérselas con semejante deuda? Seguramente los hijos de Antonia no tendrán problemas económicos en el futuro, pero en algún punto será tan deudora como cualquier otro niño que hoy tiene su misma edad y vive en otro estrato social.

Es esta tradición que legan las generaciones muertas la que oprimirá como una pesadilla el cerebro de los vivos. El problema son los no nacidos y la deuda en su sentido simbólico general; a ellos los esperará la sombra o espectro hipotecario sobre sus espaldas. El peso de los muertos. Par ellos serán las cuitas pagaderas a cien años. “Que los cadáveres no sean preparados para el banquete por pedido de la Usura...”, decía Ezra Pound en un poema. En el futuro Argentino, el banquete ya parece estar servido.

Fuente:

La Plata, 21 de junio de 2017


viernes, 23 de junio de 2017

Historia mínima.. Los Rincones de la Humillación... La fiesta es el 20 pero vos mejor venite el 25, y como deber ser, un par de blues desgarradores



Me acaba de pasar algo tristemente razonable, una experiencia que más allá de lo absurdo del relato no debería asombrar a nadie si es que medianamente conoce cómo y de qué manera se maneja el municipio de Coronel Dorrego cuando desea emitir sus reprimendas y sanciones, sobre todo teniendo en cuenta el elevado tenor intelectual que posee desde hace lustros la dirección de incultura.

Queda en esta síntesis expuesta su inteligencia para la humillación, aunque nobleza obliga aclarar que no es algo que me afecte debido a que he sido tantísimas veces humillado en mi melancolía existencial, al fin y al cabo uno se acostumbra a la desvaloración, de manera que no siento en absoluto vergüenza alguna por llevarme puesto, convivo con mis insolvencias casi de forma orgánica, ergo, no podría vivir sin ellas.

Acabo de encontrar, viernes 23 de junio a las 11.00 AM,  en mi visible e improvisada bandeja de correo, artilugio diseñado con alambre que tiene por sola finalidad que nuestra cachorra Lucha no se coma la correspondencia, una misiva cuyo remitente revelaba la recoleta oficialidad municipal.

Fechada el 12 de junio se invita a un tal Marcelo Gustavo Sala a participar con la obra Los Rincones del Anfitrión a la feria del libro que se llevará a cabo el día 1 de julio en el marco de los eventos organizados para la Semana del Libro y la Lectura en el Centro Cultural Manuel Dorrego.

Feliz por la propuesta de presentar mi obra no reparé ni en el erróneo orden de mi nombre ni en que la epístola poseía fecha de vencimiento y menos que dicha fecha ya había transcurrido. Vale decir, la nota había sufrido la erosión de los tiempos y la caducidad había dictado sentencias terminales. Efectivamente la conformidad sobre la asistencia al evento debía ratificarse antes de las 14.00 horas del día 22 de Junio. La satisfacción duró muy poco, pero quién me quita lo bailado diría un Pangloss de la contemporaneidad.





Pasan cosas raras en mi Pago diría Adrián Stoppelman. Prima facie el absoluto desinterés que despertó la novela dentro de “la intelligentzia” local cuando su lanzamiento, bueno es aclarar que no existen registros sobre la publicación de una novela en Coronel Dorrego en las últimas décadas, cuestión que se choca de frente con esta invitación aparentemente cordial y amena. Y dije aparentemente y recalco prima facie, debido a que el correlato final burocrático y atemporal coloca las cosas en su justo término e intención. Nadie de la dirección de cultura asistió a la presentación que se realizó en la tarde-noche del 22 de abril del año 2016 en la Biblioteca Popular Coronel Dorrego, y menos aún ha habido algún funcionario que haya adquirido algún ejemplar a beneficio de dicha entidad.

Como suelo observar en mis artículos periodísticos el oficialismo se sospecha dueño del estado municipal y procede en consecuencia, incluye y excluye a voluntad, eleva o humilla con la discrecional del inmortal, y procede sin entender que algún día, más temprano que tarde deberá rendir cuentas por sus perversiones.

Pero dentro de todo este sainete de pésima literatura, malicioso, bocetado so pretexto de la palabra cultura,  perpetrado por gente que ni siquiera sospecha de su ignorancia, deseo rescatar la actitud individual de alguien que acaso se estaba jugando más que su puesto político, además intentaba, tal vez de manera inocente y altruista, circular a contramano de un establishment cuya maldad se supera a diario y corre acorde con los tiempos, poniendo sobre la mesa simplemente la buena fe y su sencillez de procedimientos. Y me refiero a la actitud entusiasta de la anterior directora de Cultura, Nora Di Paola, y su propuesta, luego de leer el borrador, para que el municipio se hiciera cargo del costo de publicación de la obra incluyéndola dentro del programa cultural ya que ellos poseían partidas adicionales aprobadas para tales efectos. Vale decir, un mismo partido político, dos calidades humanas distintas. Recuerdo que, gratitud mediante, decidí no aceptar el convite. Por un lado, en aquel entonces todavía podía solventar la carga económica, tenía trabajo, y por el otro no me parecía correcto que dichos recursos públicos apunten a un proyecto individual. Desde luego que la señora comprendió buenamente mi postura y aceptó con alguna critica mi decisión.



De manera que esta historia mínima, probablemente  risible, exhibe paradigmáticamente en dónde reside la meritocracia del actual ejecutivo dorreguense, sobre todo dentro del campo cultural; un sector que no tiene el menor de los decoros para lastimar a los artistas que no son de su agrado ideológico, y que para colmo de sus orgullos no les rinden pleitesías de ninguna clase y especie.


Aquellos vecinos del Pago que con sana curiosidad intenten buscarme en dicha feria no pierdan el tiempo, sospecho que estaré entre mis mascotas, como todos los días, desde que el sistema ha decidido licenciarme. Los Rincones del Anfitrión está a la venta en la librería Garabatos, Perón esquina Fuertes, Coronel Dorrego. El precio es el mismo del lanzamiento, hace más de un año; estimo y creo que por deméritos propios es lo único que no aumentó desde que asumió Cambiemos...


jueves, 22 de junio de 2017

El presente exhibe la fractura entre una elite primermundizada y cosmopolita que “disfruta de su trabajo”, para la que el gobierno macrista ha elaborado un discurso motivacional con apelaciones de autosuperación, y un amplio contingente suburbanizado y hundido, que mira a Cristina.


Capital y trabajo en tiempos de Macri, Por José Natanson, para Le Monde diplomtique


Fuente


Aunque probablemente Jeremy Rifkin se haya apurado en pronosticar su final, el mundo del trabajo experimenta cambios acelerados. Consecuencia de la robotización de los procesos productivos, la liberalización del comercio y la deslocalización –el 70 por ciento de los celulares y el 60 por ciento de los zapatos que se consumen en el mundo se producen hoy en China– , el universo de los trabajadores de los países industrializados se ha ido heterogeneizando hasta configurar dos planetas distintos, que viven uno al lado del otro pero cada vez más desconectados entre sí.
De un lado, una elite profesional ultracalificada que se desempeña en los núcleos dinámicos de investigación y desarrollo, políticamente sensible a las propuestas liberal-progresistas, tolerante y cosmopolita, que valora la diversidad, ama conocer otras culturas y cuando viaja elige los vinos del lugar. Del otro, una masa de trabajadores excluidos por la disminución del empleo industrial, condenados a la tercerización y la precariedad de regímenes de trabajo de corto plazo, inestables y mal pagos, que ya no se organizan en función de ciertas destrezas u ocupaciones sino en torno a “bloques de tiempo”, que es lo que compra una compañía de limpieza, vigilancia o incluso atención al público cuando los contrata.
Los nuevos empleos creados por las industrias del conocimiento en áreas dinámicas como el software, la biotecnología o los segmentos avanzados del sector servicios no alcanzan a compensar el encogimiento del trabajo fabril puro y duro. El fenómeno excede al problema de la desocupación: en Estados Unidos, por ejemplo, el desempleo es de apenas el 4,7 por ciento, cerca del umbral de pleno empleo, pese a lo cual la desigualdad y la pobreza aumentan. En una mirada general, el desplazamiento de las industrias del centro a la periferia, a México, Europa del Este o Asia, produjo una “periferización” del Primer Mundo: alcanza con caminar las calles post-apocalípticas de los antiguos barrios industriales de Detroit o cruzar el Périphérique y penetrar los suburbios parisinos para chocarse con la monotonía de bloques gigantescos de monoblocs deprimentes cuya realidad se acerca más al Lugano del Pity Alvarez que a las deslumbrantes metrópolis post-modernas situadas a pocos kilómetros de distancia.
El quiebre, desde los 80, de lo que Robert Castel definió como “el compromiso social del capitalismo industrial”, agudizado unos años más tarde por la desaparición del socialismo como alternativa política, habilitó una hegemonía laboral desreguladora que fue consolidando este sector social desesperado, cuyo malestar ha comenzado a politizarse. De hecho, algunas de las novedades más impactantes de la política mundial, los últimos “momentos María Antonieta”, como el Brexit, el triunfo de Donald Trump o el ascenso de Marine Le Pen, se explican en parte por esta modificación subterránea del mundo del trabajo.
Y por la incapacidad de las elites para registrarla: cuando la candidata del establishment demócrata Hillary Clinton convocó a Jon Bon Jovi y Bruce Springsteen para un acto de campaña en Filadelfia estaba buscando exhibir la adhesión de dos artistas populares que en su momento supieron expresar como pocos el sentir de la clase obrera norteamericana: Bon Jovi, el hijo de un peluquero de Nueva Jersey y una ex conejita Playboy, y Springsteen, “el cantante del pueblo”. El problema es que a esa altura ambos eran ya millonarios multipremiados y que las masas trabajadoras habían decidido su voto por Trump –y reorientado sus gustos musicales hacia Lady Gaga–.
Pero volvamos al punto. La metamorfosis profunda del mundo laboral es una tendencia mundial que, con todos sus matices y notas al pie, se replica en los países en desarrollo, entre ellos el nuestro. Las diferencias radican en que en Argentina, producto de su industrialización inconclusa, un sector de la sociedad nunca llegó a integrarse plenamente a los procesos de desarrollo, siempre se mantuvo excluido. Y también en el hecho de que, frente a la ausencia de un Estado de Bienestar al estilo europeo, el impacto social de la neoliberalización del trabajo comenzó a sentirse ya en los 90, por lo que su respuesta, el giro a la izquierda de comienzos de siglo, fue también anterior.
Como en Estados Unidos, el principal problema no es tampoco aquí el desempleo: el hecho de que según la última medición del Indec la desocupación (7,6 por ciento) sea casi cuatro veces menor que la pobreza (30,3) confirma que la cuestión no pasa tanto por el trabajo en sí como por el poder de compra del salario y los niveles de protección.
Por eso vale la pena poner en cuestión las perspectivas liberales que, de Macron a Macri, ensayan respuestas orientadas exclusivamente a la capacitación de los trabajadores, a partir de la idea de que el problema reside en un desacople entre la demanda de la economía, que exige trabajadores con más estudios o con otros estudios o más flexibles, y la calificación de la fuerza laboral. Aunque por supuesto es importante, en el contexto de una economía en permanente y acelerada mutación, apostar a la capacitación permanente para mejorar la competitividad, este enfoque ignora la mutación estructural del mundo del trabajo descripta más arriba. Y, quizás sin proponérselo, produce una transferencia de la carga por vía de una individuación de la responsabilidad, que en un mágico pase de manos se traslada de una economía incapaz de proveer empleo de calidad a toda la población a la situación personal de los trabajadores, que si no consiguen empleo es porque no estudian.
Pero además, y este aspecto es central, la reconfiguración laboral ha llevado a un desdibujamiento de la relación capital-trabajo, afectada por el hecho de que en el capitalismo de hoy el principal valor económico ya no reside tanto en la posesión de activos físicos como en el conocimiento, que es un capital pero no lo parece. La consecuencia es que este vínculo ha perdido la nitidez que adquirió desde la Revolución Industrial y que, borroneado en un mundo sin chimeneas, resulta cada vez más difícil de apreciar.
Sin embargo, vale la pena hacer el esfuerzo. Sucede que, más allá de las transformaciones recientes, la relación entre quienes controlan los medios de producción, sean éstos una planta siderúrgica, un campo de diez mil hectáreas o un algoritmo, y los que viven de vender su fuerza de trabajo en el mercado, sea ésta la posibilidad de limpiar una oficina, operar a un paciente o programar una computadora, sigue siendo fundamental a la hora de explicar el funcionamiento económico de las sociedades actuales.
Las estadísticas globales confirman que la relación se ha desbalanceado. Consecuencia de las transformaciones de las últimas tres décadas, el polo capital ha ido ganando cada vez más peso en comparación con el polo trabajo. Esta tendencia, que en Argentina comenzó a mediados de los 70 y se profundizó en los 90, fue parcialmente revertida durante los años del kirchnerismo, para retornar ahora, fortalecida por un gobierno que la estimula: la participación de los asalariados en el PBI, que había pasado de un piso del 24,5 por ciento en 2002 hasta tocar un 37,6 por ciento en 2013, cayó 3 puntos, al 34,3, durante el primer año de gestión macrista.
Esto es consecuencia de una serie de decisiones de política pública: la disminución del salario real, que cayó entre 5 y 10 por ciento el año pasado y que, a juzgar por las paritarias, parece difícil que se recupere; la reorientación del modelo económico hacia actividades como las finanzas, la minería y el agro, competitivas y superavitarias en divisas, pero más intensivas en capital que en trabajo y con serias limitaciones para crear empleo de calidad, en contraste con la retracción de ramas socialmente más inclusivas, como la industria, la construcción y el comercio. Y, por último, dos o tres guadañazos de política económica decididos al inicio del mandato, entre los que sobresale el combo, único en el mundo, de devaluación y baja de retenciones.
¿Qué motiva al macrismo a hacer estos cambios? Hay varias explicaciones, no necesariamente excluyentes. La primera es la voluntad oficial de mejorar la rentabilidad de las empresas como vía para impulsar la inversión privada y con ello echar a andar nuevamente la rueda de la economía. La segunda es la convicción de que la “destrucción creativa” propia del capitalismo permitirá compensar los puestos de trabajo desaparecidos en las ramas improductivas con nuevas oportunidades laborales en sectores más competitivos. La tercera es la intención de beneficiar a un sector social del cual forma parte.
Sea por ideología económica, convicción futurista o conveniencia de clase, lo cierto es que, en contraste con un kirchnerismo que reaccionaba activamente cuando detectaba una empresa que suspendía o despedía trabajadores, el macrismo apuesta al lassez faire. Como sostienen Marshall y Perelman en su estudio sobre la historia de las negociaciones colectivas en Argentina, los contextos de repliegue del Estado limitan las estrategias sindicales centralizadas que generan “negociaciones imitativas”, bajo las cuales los gremios tienden a actuar de manera coordinada y los salarios se homogeneizan (incluso, como sucedió a menudo en la Europa de la posguerra, para moderarlos). Además no se perfila un sindicato capaz de liderar políticamente al resto, como ocurrió con los ferroviarios en la etapa agroexportadora de principios del siglo XX, la UOM en el período de sustitución de importaciones y Camioneros desde los 90, lo que dificulta aun más las posibilidades gremiales de acordar una estrategia única. La posición de los principales sindicatos industriales frente al gobierno de Macri, que muchos juzgan excesivamente concesiva, se explica en parte por esta correlación de fuerzas.
El giro macro de la política económica derrama en la realidad micro de los trabajadores y sus familias. El reequilibrio de la relación-capital trabajo no es una abstracción; es un dato concreto que se refleja en la vida cotidiana. El aumento del desempleo, la persistencia de un amplio sector en negro y la debilidad sindical significan también trabajadores más temerosos y por lo tanto más proclives a aceptar una baja de salarios, el pase a la informalidad o vacaciones anticipadas. Este nuevo contexto regresivo, que no fue producto de un golpe de Estado sino de una elección perfectamente democrática, se sobreimprime sobre la crisis del mundo laboral analizada más arriba. Y profundiza, aquí como en el Norte desarrollado, la fractura entre una elite primermundizada y cosmopolita que “disfruta de su trabajo”, para la que el gobierno macrista ha elaborado un discurso motivacional con apelaciones de autosuperación, y un amplio contingente suburbanizado y hundido, que mira a Cristina.


miércoles, 21 de junio de 2017

Hace pocos días falleció Juan Goytisolo, considerado el mejor escritor de la lengua hispana de la contemporaneidad, una poética anomalía cultural y el oficio del poeta



Gregorio Morán, Periodista de investigación e insobornable crítico cultural, columnista habitual en el diario barcelonés La Vanguardia, para Revista Sin Permiso

¿Qué es una anomalía cultural? Esta podría ser la pregunta que cabría hacer para un examen de grado en el bachillerato – si es que esto existe todavía – o para la tesina de un meritorio, incluso para un sólido trabajo de doctorado.
¿Qué es una anomalía cultural? Una verruga en la inteligencia, en la sociedad cultural. O lo que es lo mismo, una ruptura, una atipicidad, un desajuste en la ordenada y clasificada cultura española. ¿Por qué Nietzsche, por ejemplo, no constituye una anomalía en la cultura germánica y sin embargo Max Aub lo es en la literatura española? Porque el primero se define como una singularidad, que es muy otra cosa que una anomalía. Forma parte, con sus particularidades, de una tradición cultural, pero en nuestro caso no. Las anomalías son rupturas que carecen de precedentes y que son consideradas personajes al margen de lo que se daría en llamar “nuestra literatura canónica”.
Porque se trata de su obra, por supuesto, pero también de la actitud social de los poderes académicos, institucionales, que conceden la atribución de quién es quién, y no digamos en estos tiempos donde las instituciones poderosas por excelencia no son sólo las académicas sino las empresariales. Una editorial puede hacer de un plumilla un influente intelectual, o un novelista en la estela de Balzac. Lo que decide es la actitud del medio hacia quien escribe o piensa o monologa, y eso rebaja a niveles penosos lo que llamamos escritor, pensador o monologuista.
Antes de entrar en Juan Goytisolo conviene detenerse en un detalle, nada literario. Pocos hombres concitaron tantos odios y desdenes como este hombre que un día decidió salirse por la tangente y ser él mismo. En el siglo XX hay otros dos casos similares al suyo: Valle-Inclán y Max Aub. Son atipicidades de nuestra cultura española, quizá vinculada en primer lugar a la cultura general y a la vida política tan arrebatada como fueron nuestros cuarenta últimos años hasta la muerte del Caudillo. Pero siguió. Nadie planteó nunca una ruptura con las instituciones que decidían lo correcto de lo insólito. La mediocridad de una época lo empañó todo, hasta tal punto que los fantasmas dominaron el territorio.
Si echan una mirada atrás se darán cuenta de que lo mejor de nuestra literatura siempre fue anómala, desde la picaresca a Cervantes, pero eso no explica nada, sencillamente es una seña de identidad. Pero estamos hablando del siglo XX y los primeros años del siguiente. Nada similar a los años sesenta del pasado siglo, donde aún todo parecía posible.
En la cultura no hay agujeros. Hay épocas mejores y otras deleznables, pero siempre están pobladas de mesnadas de escritores, artistas, trepadores, gentes que se consideran la representación esmerada de su tiempo. El espacio siempre está lleno de basura, o de talento, porque la tradición académica de los pueblos antiguos exige beneficios en forma de pagos, funcionariados, academias…
Seguí a Juan Goytisolo en sus anómalos libros: Señas de identidad (1966), La reivindicación del conde don Julián (1970), Juan sin Tierra (1975), prohibidos en España y que leíamos en ediciones mexicanas. ¡Habría que hacer un vademécum de la literatura hispana deudora de los editores (españoles en el exilio) que sirvieron para desasnarnos!
Le conocí tardíamente por sus llamadas en domingo a propósito de las sabatinas en La Vanguardia. Un día me propuso presentarle un libro en Barcelona –Telón de boca (2003)– y me sentí honradísimo. Luego me invitó a cenar, cosa nada fácil en un hombre que medía tanto sus silencios. Su sentido del humor y su carácter, no exento de gracia. Su relato del encuentro de Camilo José Cela y Jean-Paul Sartre me aportó un ángulo que no conocía. El sarcasmo de Juan Goytisolo. ¡Que un tipo solicite una entrevista con Sartre para que le firme una botella de coñac Fundador! Es una herencia de Valle-Inclán.
Tuvo el valor de escribir un artículo elogioso sobre El cura y los mandarines, el único que apareció en El País, y me avisó antes de hacerlo y le advertí de los riesgos que para él iba a tener un libro que el periódico había decidido que no existiera. Y lo hizo, “Del oportunismo como una de las bellas artes” (2015); muchos, casi todos, no hubieran osado. No obstante, no se escapó de una observación privada que cada vez que la recuerdo me hace sonreír: “Tu libro es muy bueno y muy necesario. Sólo hay una cosa que yo corregiría. Cuando te refieres a Jesús Aguirre, el cura y duque de Aguirre, le apodas en dos ocasiones ‘maricón’. La primera vez está bien y es correcta, pero yo creo que la segunda es innecesaria”.
Me solía llamar cuando venía a Barcelona para tomar un café, cosa que nunca hicimos, siempre nos limitamos a hablar durante hora y media sin nada de por medio. En una de esas ocasiones aproveché para preguntarle qué le había encontrado al libro de Joan Sales, Incierta gloria, que logró colocar en la editorial francesa Gallimard. “A mí me parece una variante de José María Gironella –le dije–. No tiene la más mínima altura literaria”.
Me respondió que no lo había leído pero que sus amigos catalanistas de entonces –pienso en Castellet– le insistieron tanto que él lo puso a disposición de los editores franceses. Me alivió, porque siempre le había considerado un lector agudo, pero no un paranoico defensor de prosistas mediocres, parafacistas y ultracatólicos.
Pero todo esto es superficie. Lo profundo no es que abandone París, donde vive con Monique Lange, la mujer inteligente y sensible que lo entiende todo, incluso que deje la capital del mundo, incluso a ella misma y se traslade a Marrakech, ese mundo árabe que entonces llamaba la atención y que ahora se ha convertido en una de las sociedades abominadas por Occidente. Era lo último que le quedaba a esta anomalía literaria, después de construir otra historia de España desde la llegada de los árabes, más cultos que los bárbaros visigodos de cristianismo inquisitorial y represivo.
Lo que faltaba. La anomalía Goytisolo revisa nuestra historia antigua con esa cierta ingenuidad que demostró Américo Castro de las religiones pacíficas. No hay religiones monoteístas pacíficas y fue necesario llegar al siglo XXI para confirmar que las sociedades se vuelven fanáticas, incluso criminales. Y ahí, en una casa de Marrakech vivió el hombre que en los años sesenta trató de aportar racionalidad a lo que luego se desmadró y le pilló en el medio. Sarajevo.
Toda la historia de Juan Goytisolo es un fracaso ideológico que algún día quizá se demuestre luminoso, pero falta mucho para eso. Lo único que tenía claro, y lo entiendo, es que no quería ser enterrado en España. Sus días finales son patéticos. Huir de España para morir fuera de los suyos. Lo entiendo cuando miro la bandera que me han designado, el himno que me impusieron, las instituciones con las que me castigaron. Pero confieso que hay una diferencia, entre muchas otras, entre él y yo. Yo no buscaré un lugar para que me entierren que sea laico en una sociedad de fanatismo religioso. Ir a que te entierren en Larache –único cementerio civil de Marruecos–, donde iba a caer la Legión Española, me produciría unas ganas de llorar, por tanta derrota, que acabaría en Gibraltar, junto a los monos.
Fuente:


El Oficio del Poeta
de Juan Goytisolo


Contemplar las palabras
sobre el papel escritas,
medirlas, sopesar
su cuerpo en el conjunto
del poema, y después,
igual que un artesano,
separarse a mirar
cómo la luz emerge
de la sutil textura.

Así es el viejo oficio
del poeta, que comienza
en la idea, en el soplo
sobre el polvo infinito
de la memoria, sobre
la experiencia vivida,
la historia, los deseos,
las pasiones del hombre.

La materia del canto
nos lo ha ofrecido el pueblo
con su voz. Devolvamos
las palabras reunidas
a su auténtico dueño.

domingo, 18 de junio de 2017

La Erístocracia









Mayoritariamente sabemos que la política tiene dos componentes ineludibles y complementarios: praxis y dialéctica. Por un lado lo que se pretende hacer y lo que se hace, y por el otro la síntesis teórico-argumentativa de esa praxis, en donde se incluyen sus por qué, sus cómo y sus para quién.
Cuando ambas categorías dejan de lado su maridaje comenzando a actuar cada una por su lado, es inevitable la  recreación de realidades distintas y muchas veces opuestas, confusiones sociales que le son muy propias y confortables a los paladares que disfrutan hasta el paroxismo del dejillo antipolítico.
Por eso los medios juegan un rol cardinal y sospecho que fundacional de este nuevo formato sociopolítico que se percibe en este inicio de milenio, boceto al que me atrevo a definir como “eristocracia”, (de erística: gobierno de los que ganan los debates) ya que son las herramientas en donde descansa masivamente la dialéctica, inciso que en el presente domina el matrimonio a voluntad. De este modo se pueden exagerar y hasta exhibir, con fines determinados, crisis en donde no las hay y apenas obtenidos esos fines perseguidos enfatizar panaceas o progresos inexistentes. Y esto es fácilmente admisible por la sociedad debido a que el trabajo de desgaste sufrido por la praxis, sea por falencias propias o provocadas, ha logrado que mayoritariamente las sociedades observen a las palabras y sus incisos como la única parte de la política, dejando a los hechos tangibles bajo sospecha. En la coyuntura la praxis ni siquiera está sujeta a comicio más que como dato adicional, acaso de color, en el presente impera la dialéctica de manera exclusiva. Se acepta – no se escoge – un discurso, y menos se analiza si ese discurso está en línea con los actos y la historia de quien lo emite. Como ejemplo podemos observar que la ciudadanía rara vez o casi nunca censura a un legislador por su escaso compromiso con la actividad, su irregular asistencia, su nula coherencia o su pobre constricción al trabajo. Presta atención a su discurso no a su curso..
Muchas veces hemos advertido un extraño fenómeno que se entrecruza de manera violenta, esto es la percepción individual y su relación con la observación colectiva, sobre todo en los sectores medios. Durante el gobierno anterior la positiva percepción puertas adentro de cada hogar chocaba de frente con la visión que ese mismo segmento tenía del colectivo Nación, mientras que en la actualidad dicha observación es diametralmente opuesta. Aquí juega de manera capital la instalación de un sentido común dogmático, tipo de abstracción tan sencilla y básica que paraliza e impide todo tipo de resistencia crítica. Sofisma que tiene la misma potencia que ostenta un dicho o un refrán, acervo cultural que si bien resulta simpático en las mesas de café, son insostenibles a la hora de un análisis debido a que todo dicho o refrán posee su poética refutación, cuestión que poco se observa al momento del relato.
Cuando la monada oficialista insiste en denostar el pensamiento crítico no lo hace porque ha decidido de la noche a la mañana menoscabarse intelectualmente ante la sociedad, el objetivo es alimentar la idea de que el análisis de la praxis no es competencia del ciudadano, para eso están ellos y su dialéctica contrafáctica.
Por eso es necesario no confundir, hay una dialéctica que deriva de los hechos concretos y el eximio maridaje con la praxis, conyugue que trata de descubrir, discutir, escrutar, ordenar y exponer mediante la confrontación y el razonamiento argumentaciones lógicas en la búsqueda de la síntesis, pero existe un idioma contrafáctico dominante que no deriva de los eventos sino de su interpretación, generalmente antojadiza e interesada. A principios del siglo XX ya Theodor Adorno nos hablaba de una “dialéctica negativa” y Jean Paul Sartre exponía que en el campo de la controversia dialéctica la ambigüedad y el eufemismo, presentes de manera ignominiosa en algunas ciencias y en la política, ignoraban el principio fundamental el cual indica que lo primero es no hacer daño (“primum non nocere”).
El contrafáctico o un contrafactual es un condicional de múltiple intencionalidad en donde hasta el deseo y la imaginación intervienen, es un razonamiento contra un hecho determinado con el objeto de llegar a una conclusión conveniente. En las ciencias formales es importante su presencia debido a que en el terrero de las hipótesis es una herramienta de suma utilidad refutativa. No proporciona conocimiento, simplemente forma parte del instrumental del científico. Cuando dicho sistema lo trasladamos al análisis político observaremos que la herramienta contrafáctica es la más apetecida y utilizada para la construcción de sentido común “mass media” y esto es así debido a que es de sencilla utilización y asimilación, un sistema de espacios vacíos disponibles para el libre albedrío jugando con las fantasías de un público cautivo. Tristemente en la coyuntura, dentro de la dialéctica política, se navega por los mares de los no sucesos para ocultar los sucesos y esto trae implícito no solo la desinformación, situación grave por cierto, sino además una paulatina deformación que apunta con intención a un marcado analfabetismo político, un fenómeno que se reproduce con suma intensidad y velocidad, revelación por el cual la erística, simplista y contrafáctica, formadora de sentido común, gana cada vez más espacios, incluso dentro de la propia dialéctica ideológica de los partidos políticos.  
En estos días leo y observo con suma preocupación que muchos compañeros relativizan la influencia de los medios en la sociedad, no solo dentro del campo político sino en la construcción de pensamiento y sentido, cuestiones que impactan directamente en las elecciones de vida, entre ellas las propias visiones políticas en función de determinados valores que se pretenden instalar e incorporar por goteo en lugar de otros que aparentemente eran indiscutibles. El argumento remanido que en el 2011 se ganó con todos los medios en contra es falaz debido a que en esa coyuntura la representación política de las corporaciones no estaba organizada como opción de gobierno y conciencia de clase, como si lo estuvo en el 2015, por lo cual las condiciones no eran las mismas. Todo ariete, fundamental para abrir flancos tiene eficacia si existe una estrategia detrás. Cuando la tuvieron, el ariete hizo estragos. A fuerzas parejas gana el que tiene el arma que desequilibra.
Podríamos definir “eristocracia” como el gobierno de los que ganan los debates, más allá de los eventos, de los hechos, de las políticas, de la realidad, es el gobierno de los que saben utilizar y poseen los mecanismos comunicacionales más eficientes y sofisticados para imponer la dialéctica, y en consecuencia su dialéctica, por sobre la praxis. Para Sócrates y para Platón tienen la perversión de los sofistas, Schopenhauer los calificaría de desleales, como se ve, nada nuevo han inventado; el público se renueva, diría la eterna viuda de la contemporaneidad.. 



viernes, 16 de junio de 2017

El Partido Justicialista de Coronel Dorrego necesita sin más demoras bosquejar una nueva hoja de ruta, Unida y Ciudadana...






Observo con tristeza y melancolía, pero sin ningún tipo de sorpresa, que el Partido Justicialista de Coronel Dorrego está apostando a perder nuevamente el tren de la historia local. Así sucedió en el 2007 y en el 2011, momentos en los cuales las urnas dorreguenses reventaban con votos kirchneristas, cuando la miopía y la comodidad se hicieron militancia y la dirigencia optó por eludir la voz del pueblo y conservar sus prebendas personales de la mano de un aparato territorial multifacético que como tal hacía años había dejando de funcionar. Por ese entonces el Partido Justicialista de Coronel Dorrego no acompañó de manera concreta, política en mano, los paradigmas que el propio micro-clima de los suburbios estaba exhibiendo, encapsulados bajo siete llaves dentro de sus entornos jamás se dieron por enterados que el kirchnerismo estaban haciendo política en Coronel Dorrego, a 600 km de distancia, con medidas concretas que afectaban directamente la calidad de vida de sus vecinos, porque definitivamente se había metido en el alma de las barriadas y en el progreso de las instituciones. 
Y se dejaron ganar la partida local por el conservadurismo radical, un conservadurismo políticamente incluyente si cumplís el rol, on the rocks, si le caes bien. Por ese entonces no se pensaba lo que algunos altos referentes y posibles postulantes locales, en algún caso los mismos, piensan en la coyuntura; eso de que “si le va bien al gobierno nos va bien a todos”. Varios de ellos acompañaron el intento destituyente en las rutas, otros se robaron las bancas defecando sus orgullos sobre la voluntad popular, mientras que otros ofendían con violentas cartas de lectores en el libelo massotista La Nueva Provincia. Por esos días no interesaba que al gobierno le fuera bien.
Curiosamente lo revelan ahora cuando al gobierno neocriminal que nos preside le va fenómeno pero lamentablemente, y como era previsible, el pueblo sufre la ignominia de un sistema tan inhumano desde lo social como corrupto desde lo económico y jurídico.

El siguiente fragmento corresponde a una nota de opinión publicada por El Ateneo Popular Arturo Jauretche de Coronel Dorrego en junio del 2011. Solo espero que al final de este año electoral no siga teniendo la sospechosa vigencia que posee en su interlineado...

“Por el lado del Justicialismo local veo que ha llegado siete años tarde a una esquina en donde ya nadie lo espera. La indefinición ha sido su condena. El PJ tuvo varias oportunidades de insertarse desde la dialéctica, la retórica y el compromiso político al modelo Nacional y Popular encabezado por el matrimonio Kirchner. Ver la suerte de otros distritos vecinos aclara el concepto. Es en la mala cuando se ven los pingos, en las buenas, todos exigen charreteras. Ha optado, convenientemente y mirando sólo la coyuntura, por la tibieza de sus relaciones domésticas en lugar de trabajar y militar a favor de la idea colectiva que los había erigido como sus dignos representantes. Las declaraciones de sus concejales durante el mencionado conflicto campestre del 2008 fueron un fiel reflejo de la vereda transitada. Pensar en incomodidades personales antes que en el proyecto político que se sostenía defender nos debe hacer pensar que de determinados mojones jamás se retorna. La conformidad circula con mansedumbre, la siesta continúa por decisión popular, no existe una movilización colectiva de ideas, un debate profundo y denso, barajando y deconstruyendo las pulsiones dominantes, y eso trae aparejado como consecuencia que no entendamos que debemos pensarnos íntegramente. José Pablo Feinmann (hombre que no necesita ni pretende devoción ni santidad) afirmaba que uno puede leer 5000 libros durante su vida, pero si tal inventario no es capaz de relacionarlo es como si no hubiera leído ninguno. En la sociedad ocurre el mismo fenómeno. Si no tenemos capacidad de pensarnos, de reinventarnos, relacionando los eventos vitales, nuestra hoja de ruta siempre contará con defectos de impresión, con omisiones insoslayables, y terminaremos, como tristemente afirmó un joven militante oficialista, deseando territorios celestiales, esterilizados, de occisa neutralidad.”

Reitero, es solo una impresión. Me parece que el Partido Justicialista de Coronel Dorrego necesita urgentemente bosquejar una nueva hoja de ruta, Unida y Ciudadana, abandonar la rúa timorata de las conveniencias, los egocentrismos y los posicionamientos personales ratificando humildemente y con militancia de base el incipiente despegue logrado en el año 2015, un ascenso que estuvo relacionado con un proyecto socio-político definido y expresado unívocamente por Cristina Fernández de Kirchner, hoy en el Frente Unidad Ciudadana. Dicha génesis le permitió al colectivo nacional y popular exponer su tarea legislativa con eficacia y compromiso, y al mismo tiempo obligó a la colectora oficialista, la cual se presentaba como oposición, a maquillarse y aggiornar su acting para que no se note tanto que el radicalismo gobierna el distrito con un marcado despotismo desilustrado. En el presente, y al igual que ocurre en Provincia y en Nación, en nuestro distrito la única oposición real al perverso modelo vigente es la Unidad Ciudadana recientemente conformada. El resto son pajes de la fiesta neoliberal, portadores de los necesarios disfraces y el festejado cotillón.
Dudar significaría volver a padecer lo mismo del 2007, 2009, 2011, 2013, momentos de goteo en los cuales sin prisa pero sin pausa se llegó inexorablemente a la definitiva ausencia representativa en el HCD y quedar, como evidencia la historia, fuera de toda consideración política para el ciudadano.