EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

domingo, 31 de marzo de 2013

Las argucias para difundir la verdad entre muchos
Bertolt Brecht





Muchos, orgullosos de poseer el valor de expresar la verdad, dichosos por haberla encontrado, fatigados quizás por el trabajo que cuesta presentarla en una forma manejable, esperando impacientes la intervención de aquellos cuyos intereses defienden, no consideran necesario además el empleo de argucias especiales en la difusión de la verdad. A menudo pierden así toda la eficacia de su trabajo. En todos los tiempos se empleó la argucia para la difusión de la verdad, cuando la misma era reprimida y ocultada. Confucio falsifica un viejo calendario histórico patriótico. Sólo modifica ciertas palabras. Donde decía: "El gobernador de Kun hizo matar al filósofo Wan por haber dicho tal y cual cosa", Confucio sustituyó "matar" por "asesinar". Si se decía que el tirano Fulano murió a causa de un atentado, él escribía "fue ejecutado". De esa manera, Confucio abrió el sendero de un nuevo modo de juzgar la historia.
Quien en nuestro tiempo diga población en lugar de pueblo y propiedad rural en lugar de tierra ya estará dejando de apoyar numerosas mentiras. La palabra pueblo implica una cierta homogeneidad y alude a intereses comunes, por lo cual sólo debería empleársela cuando se hable de varios pueblos, puesto que a lo sumo entonces cabe imaginar una comunidad de intereses. La población de una comarca tiene intereses diferentes, incluso mutuamente opuestos, y ésta es una verdad que se reprime. Así, aquel que dice "tierra" y describe los campos con destino a narices y ojos, al hablar de su olor a tierra y de su color, sostiene también las mentiras de los que mandan; pues lo que importa no es la fertilidad del suelo ni el amor que le tenga el hombre, ni su empeño, sino principalmente el precio del cereal y el precio del trabajo. Aquellos que extraen el lucro de la tierra no son los mismos que extraen de ella el cereal, y en las Bolsas se desconoce el olor de los terrones. Las Bolsas tienen otro olor. En cambio "la propiedad rural" es la expresión adecuada; con ella puede engañarse menos. Allí donde reina la opresión habría que elegir, a cambio de la palabra disciplina, la palabra obediencia, porque la disciplina también es posible sin gobernantes, por lo cual tiene en sí algo más noble que la obediencia. Y mejor que la palabra honor resulta la palabra dignidad humana. Con ella, el individuo no desaparece tan fácilmente del campo de observación. ¡Pues ya sabemos qué clase de canalla pugna por poder defender el honor de un pueblo! Y con qué derroche distribuyen el honor los saciados a quienes los sacian, al tiempo que ellos mismos pasan hambre. La argucia de Confucio aún puede emplearse hoy en día. Confucio sustituía juicios injustificados de procesos nacionales por otros justificados. En inglés Tomás Moro describió, en su Utopía, un país en el cual imperaban condiciones justas; tratábase de un país muy diferente al país en el que vivía, pero se le asemejaba mucho, salvo en esas condiciones.



Lenín, amenazado por la policía del zar, quiso describir la explotación y el sojuzgamiento de la isla Sajalin por la burguesía rusa. Cambió a Rusia por Japón y a Sajalin por Corea. Los métodos de la burguesía japonesa recordaron a todos los lectores los métodos rusos utilizados en Sajalin, pero ese escrito no fue prohibido ya que el Japón estaba enemistado con Rusia. Muchas cosas que en Alemania no pueden decirse sobre Alemania, sí pueden decirse referidas a Austria.


Existen variadas argucias mediante las cuales es posible engañar al receloso Estado.


Voltaire combatía la creencia en milagros de la Iglesia escribiendo un poema galante sobre la Doncella de Orleans. Describió los milagros que indudablemente debieron haber ocurrido para Juana siguiese siendo doncella en un ejército, en una corte y entre los monjes.



Mediante la elegancia de su estilo y describiendo aventuras eróticas, provenientes de la opulenta vida de los gobernantes, tentó a estos a abandonar una religión que les procuraba los medios para esa vida relajada. Más aún, de ese modo creó la posibilidad de que sus trabajos llegaran por vías ilegales hacia aquellos a quienes estaban destinados. Los poderosos de entre sus lectores fomentaban o toleraban su difusión. Abandonaban así a la policía que defendía sus diversiones. Y el gran Lucrecio subraya expresamente que mucho espera de la belleza de sus versos para la difusión del ateísmo epicúreo.

En efecto, un alto nivel literario puede servir de protección a un testimonio. Sin embargo, a menudo también despierta sospechas. Entonces puede ocurrir que se lo haga descender adrede. Ello sucede, por ejemplo, cuando se introducen de contrabando, en la forma desdeñada de la novela policial, descripciones de situaciones anómalas en lugares que no llamen la atención. Esta clase de descripciones justificarían por entero una novela policial.



Partiendo de consideraciones de mucha menor monta, el gran Shakespeare hizo descender el nivel cuando creó en forma intencionalmente carente de fuerza, el parlamento de la madre de Coriolano con el que ésta enfrenta a su hijo que se dirige contra su ciudad patria, pues quería que lo que detuviera a Coriolano en su plan no fuesen razones verdaderas o una profunda emoción, sino una cierta inercia, con la cual se entregaba a una antigua costumbre. En Shakespeare encontramos también una muestra de difusión de la verdad mediante una argucia en el discurso de Antonio junto al cadáver de César. Antonio subraya incesantemente que Bruto, el asesino de César, es un hombre honorable, pero también describe su acción, y la descripción de esa acción es más impresionante que la de su autor; de este modo, el orador se deja vencer por los propios hechos; les confiere mayor elocuencia que "a sí mismo". (...)



En un folleto, Jonathan Swift propuso que, a fin de que el país llegara al bienestar, se ahumaran los brazos de los niños y se los vendiera como carne. Formuló cálculos exactos, que demostraban cuánto podía ahorrarse de no arredrarse ante nada.

Swift se hacía el tonto. Defendía una determinada manera de pensar, que le era odiosa, con mucho fuego y gran minuciosidad, en un problema en el cual todo el mundo podía reconocer claramente toda su infamia. Todo el mundo podía ser más inteligente, o cuando menos más humano que Swift, sobre todo quien hasta el momento no había examinado ciertos puntos de vista en cuanto a las consecuencias que de ellos resultaban.

La propaganda a favor del pensamiento, cualquiera sea el terreno en el que tenga lugar, resulta útil a la causa de los oprimidos. Una propaganda de esa índole es sumamente necesaria. Bajo gobiernos que sirven a la explotación, se considera como bajo al pensamiento.


Se considera bajo lo que es útil a quienes son mantenidos a bajo nivel. Se considera baja la preocupación constante por saciar el hambre; el desdén por los honores que se prometen a los defensores del país en el que pasan hambre; la duda respecto al líder, cuando éste nos lleva hacia la desgracia; la aversión al trabajo que no alimenta a quien lo realiza; la rebeldía contra la obligación de tener un comportamiento carente de sentido; la indiferencia hacia la familia, a la cual de nada sirve ya el propio interés. Se denuesta a los que pasan hambre llamándoselos glotones que nada tienen que defender, cobardes que dudan de su opresor, gentes que dudan de sus propias fuerzas, que pretenden un salario a cambio de su trabajo, haraganes, etc. Bajo esta clase de gobiernos, el pensar se considera en forma totalmente general como algo bajo y cae en descrédito. No se lo predica ya en ninguna parte, y se lo persigue allí donde se presente. Sin embargo, existen siempre terrenos en los cuales se puede señalar impunemente los resultados del pensamiento; se trata de aquellos terrenos en los cuales las dictaduras necesitan el pensamiento. Así, por ejemplo, es posible demostrar los resultados del pensamiento en el terreno de la ciencia y la técnica bélicas. También el racionamiento de las reservas de lana a cargo de organizaciones y el invento de sucedáneos requiere el pensamiento. El empeoramiento de los alimentos, la instrucción de los adolescentes para la guerra, todo ello requiere el pensamiento; es posible describirlo. Se puede eludir con argucias el elogio a la guerra, del fin impensado de ese pensamiento; de ese modo el pensamiento que surge de la cuestión acerca del mejor modo de llevar a cabo una guerra, puede llevar al interrogante de si esa guerra tiene sentido, y ser empleado en la cuestión acerca de la mejor manera de evitar una guerra sin sentido.

Desde luego, difícilmente pueda plantearse esta cuestión en forma abierta. Entonces, ¿no es posible aprovechar el pensamiento que se ha propagado, es decir no puede dársele una forma en la que intervenga? Es posible.



Para que en una época como la nuestra siga siendo posible la opresión que sirve a la explotación de una parte (mayor) de la población por parte de la otra parte (menor), se requiere una muy determinada posición fundamental de la población, que debe extenderse a todos los terrenos. Un descubrimiento en el terreno de la zoología, como el del inglés Darwin, súbitamente pudo volvérsele peligroso a la explotación; sin embargo, durante un tiempo sólo la Iglesia se preocupó por él, mientras que la policía nada advertía aún. Las investigaciones realizadas por los físicos durante los últimos años llevaron a conclusiones en el terreno de la lógica que, con todo, pudieron tornarse peligrosas para una serie de dogmas que sirven a la represión. El filósofo estatal prusiano Hegel, ocupado en complejas investigaciones en el terreno de la lógica, suministró a Marx y Lenín, los clásicos de la revolución proletaria, métodos de incalculable valor. El desarrollo de las ciencias tiene lugar en forma conexa pero despareja, y el Estado no está en condiciones de vigilarlo todo. Los adalides de la verdad pueden escoger sitios de combate relativamente no observados. Todo depende de que se predique un pensamiento correcto, un pensamiento que interrogue a todas las cosas y procesos acerca de su aspecto transitorio y modificable. Los dominadores tienen una gran aversión a las grandes modificaciones. Querrían que todo quedase tal cual, de ser posible durante mil años. Lo mejor sería que la luna se detuviese y que el sol cesara en su carrera. Entonces ya nadie tendría hambre ni querría comer por la noche. Una vez que han disparado querrían que el adversario ya no pudiese disparar; su propio disparo tendría que ser el último. Un enfoque que destaque especialmente lo transitorio es un buen medio para alentar a los oprimidos. También el hecho de que en cada cosa y en cada situación se anuncie y crezca una contradicción es cosa que debe oponerse a los vencedores. Un enfoque tal (como la dialéctica, la teoría del flujo de las cosas) puede practicarse en la investigación de objetos que se le escapan a los dominadores durante un tiempo. Se lo puede emplear en la biología o en la química. Pero también puede ser aplicado a la descripción de las vicisitudes de una familia, sin despertar demasiado la atención. La dependencia de todas las cosas con respecto a muchas otras que se modifican constantemente, es un pensamiento peligroso para las dictaduras y puede manifestarse en variadas formas sin ofrecer asidero a la policía. Una descripción completa de todas las circunstancias y procesos que afectan a un hombre que abre una venta de tabacos puede ser un rudo golpe a la dictadura. Todo aquel que reflexione un poco descubrirá por qué. Los gobiernos que conducen a las masas humanas hacia la miseria deben evitar que se piense en el gobierno en medio de la miseria. Hablan mucho acerca del destino. Este, y no ellos, es el culpable de la escasez. Quien investigue la causa de la escasez es arrestado antes de toparse con el gobierno. Pero es posible enfrentar en general el palabrerío acerca del destino; se puede mostrar que el hombre depara su destino al hombre.



A su vez, esto puede ocurrir de múltiples maneras. Por ejemplo, se puede relatar la historia de una granja, verbigracia una granja de Islandia. Toda la aldea comenta que una maldición flota sobre esa granja. Una campesina se ha arrojado al pozo y un campesino se ha ahorcado. Un día tiene lugar una boda; el hijo del campesino se casa con una muchacha que aporta algunos campos al matrimonio. La maldición se aleja de la granja. La aldea no se pone de acuerdo al juzgar el feliz viraje. Algunos se lo atribuyen a la radiante naturaleza del joven campesino, y otros a los campos aportados por la joven campesina, sólo gracias a los cuales la granja puede vivir. Pero incluso en un poema que describe un paisaje se puede lograr algo, cuando se le incorporan a la Naturaleza las cosas creadas por el hombre.

Fuente: Escritos Políticos. Biblioteca Ignoria

sábado, 30 de marzo de 2013

Grandes Mujeres de la Historia
Leonor de Aquitania




Muchos asocian el nombre de Leonor, duquesa de Aquitania con las famosas cortes de amor que organizó en Poitiers; otros la recuerdan como la espectadora impotente de la lucha entre su esposo, Enrique II de Inglaterra, y el arzobispo Thomas Becket.
Lo cierto es que fue una de las mujeres más hermosas, decididas y apasionadas de la Edad Media, capaz de pasarse horas discurriendo sobre cuestiones amorosas, pero también conspirando contra sus sucesivos maridos o intrigando con sus hijos para acrecentar su poder.

A los trece años, en 1135, la casaron con Luis VII de Francia, poco mayor que ella. Pero la ardorosa Leonor no encontró en el joven Luis una pasión equivalente a la suya. Habituada a los cielos purísimos y cálidos del mediodía francés, la corte gris de los Capetos en París le parecía tan monótona como su rey. A poco de casada, declaraba a quien quisiera oírla: "Me casé con un monje, no con un rey. Es una manzana marchita". Luis trataba de contentarla con una magra pasión, pero no lo podía conseguir.
Acaso para sacudirse la modorra de los palacios góticos, Leonor resolvió acompañar a su marido a las Cruzadas. Fueron los dos a Tierra Santa. Primero tocaron Antioquía, y allí Leonor tuvo un tierno encuentro con su tío Raimundo de Tolosa, cincuentón  apuesto y diestro en las lides galantes.
La bella reina hizo caso omiso de la presencia de su real esposo y se entregó a los recuerdos familiares y a los fuertes brazos de su tío. Luis VII, escandalizado, quiso divorciarse y confió su intención al sabio abate Suger -su consejero-, que había permanecido en París como regente. Suger lo llamó a la serenidad y observó sagazmente que si Luis se divorciaba, perdería las importantes posesiones de Áquitania.
El rey contuvo su indignación y optó por regresar a París, pues la conducta de su mujer, quizá por influjo del clima y del exotismo, distaba de ser ejemplar. Pero Leonor no era mujer de llorar por un amor perdido: en París se prendó de Godofredo Plantagenet, duque de Normandía, pasión truncada dos años después por la muerte del duque. Leonor, afligida, procuró consolarse de la súbita pérdida con el propio hijo de Godofredo, Enrique, nuevo señor de Normandía.
Aunque era siete años mayor que él, seguía siendo hermosísima. El idilio cobró ribetes escandalosos cuando Leonor quedó encinta. Luis VII, enfurecido con razón, pidió la anulación de su matrimonio aduciendo una supuesta consanguinidad. Ello permitió a la duquesa de Áquitania recuperar su antiguo título, sus posesiones y su libertad; pero por breve lapso: en 1152 se casaba con Enrique Plantagenet, que dos años más tarde había de convertirse en rey de Inglaterra y pasar a la historia como Enrique II.

REINA DEL AMOR Y DEL ODIO

Paradójicamente, Enrique era al mismo tiempo monarca inglés y subdito francés, ya que en Francia le pertenecían la Normandía y Anjou por derecho propio, y formaban parte de la dote de su esposa: Áquitania, Limousin, Gascuña y Périgord. De la unión de Leonor y Enrique nacieron ocho hijos, entre ellos Enrique, apodado "el rey joven", Ricardo Corazón de León y Juan Sin Tierra.
Enrique II empezó pronto a tener gentilezas y ojos para otras damas. Leonor, dedicada a la crianza de sus hijos, no estaba dispuesta a aceptar un segundo puesto y atormentaba al rey con sus reproches. Además, sentía nostalgia de los suaves y coloridos paisajes de Áquitania y el Périgord.
Su marido, por su parte, afrontaba graves problemas políticos: entre otros, debía vencer la resistencia que le oponía Thomas Becket, arzobispo de Canterbury y ex amigo suyo. La contraposición del poder temporal de los monarcas y el de la Iglesia de Roma era motivo de continuos roces en toda Europa y especialmente en Inglaterra.

Leonor, que había pasado de la pasión a la indiferencia y de esta a la enemistad, intrigaba incesantemente contra su esposo.
Como consideraba que sus hijos estaban ya suficientemente crecidos como para desentenderse de ellos o como para instigarlos a conspirar, partió para Poitiers y dio realce a las cortes de amor, que alcanzaron en sus dominios un esplendor jamás conocido. En ellas se honraba, ensalzaba y servía a todas las damas, y las reuniones se dedicaban a tratar argumentos amorosos: se asignaban temas que eran desarrollados en prosa o en verso, y a veces se llevaban a cabo competencias literarias y trovadorescas en que las damas discernían premios a los contendientes.
También el real esposo de Leonor tenía preocupaciones galantes. Después de haber instigado o permitido el asesinato de Becket, huía de los remordimientos frecuentando a la hermosa y romántica Rosamunda Clifford. Había hecho construir en un bosque un laberinto en cuyo centro se alzaba la espléndida morada de la tierna Rosamunda.
Cuenta la leyenda que la irascible Leonor, enterada de la existencia de la favorita, se decidió a enfrentarla. Provista de un ovillo de lana se internó en el laberinto y, gracias a la hebra con que iba jalonando su paso, encontró a Rosamunda.
La escena debe haber sido terrible porque de ella han llegado tres versiones casi igualmente truculentas: según la primera, Leonor, presa de ira, habría hecho matar a su rival por dos brujas que había llevado consigo; de acuerdo con otra tradición, habría hecho optar a Rosamunda entre suicidarse con un puñal o con una copa de veneno; según la tercera versión, la joven habría muerto a consecuencia de la humillación padecida y de las terribles injurias y amenazas de la reina.

UNA MADRE QUE IMPONE ORDEN

Aun antes del episodio de Rosamunda, Leonor, resentida, quería herir a su esposo con lo que este más apreciaba: su poder. Así fue como acicateó a sus hijos y los convenció de que debían destituir al padre. En 1173 Luis VII organizó una confederación integrada por el conde de Flandes, el rey de Escocia y los hijos de Enrique. Su objetivo era colocar en el trono de Inglaterra a Enrique el Joven, pero se advertía claramente la mano de Leonor, moviendo los hilos de la confederación, aliada para el caso con su primer marido.

Se llegó a una guerra, pero en ella Enrique II venció a sus enemigos. Como consecuencia de la derrota de su conspiración, Leonor debió pasar dieciséis años confinada, primero en Salisbury y después en Winchester. Para una mujer como ella, era solo una espera. Sabía que sus hijos, con la excepción de Juan Sin Tierra apegado a su padre, la apoyarían.
En 1183 Enrique el Joven, Godofredo y Ricardo se aliaron con Felipe Augusto de Francia para derrocar a Enrique II; por supuesto, también esta vez Leonor estaba de por medio. Su marido derrotó nuevamente a sus enemigos y Enrique el Joven cayó en el campo de batalla. Se firmó la paz, pero las hostilidades no tardaron en estallar otra vez debido a que Enrique II no se decidía a nombrar heredero del trono a su hijo Ricardo. Esta vez: el monarca fue vencido y murió poco después.

Leonor dejó entonces^ su .confinamiento y volvió a brillar como en su ya lejana juventud. Su hijo preferido, Ricardo, era el «nuevo rey, y ella, la mujer más poderosa de Europa. Él partió para las Cruzadas y Leonor asumió la regencia.
Pero Ricardo cayó prisionero del emperador alemán, que exigía enorme rescate: aumentó los impuestos, endeudó el Tesoro, vendió propiedades. Finalmente, consiguió mediante el pago la liberación de Ricardo. La dicha de la madre duró poco, sin embargo: en 1199 cesaba de latir el "Corazón de León" a causa de una herida en combate.

Aunque Leonor se retiró entonces a un segundo plano, resurgió una vez más para concertar, ya al borde de la muerte, una boda de gran resonancia política entre Blanca de Castilla y el futuro Luis VIII de Francia.
Después de la boda se retiró a la abadía de Pontevrault, donde murió muy cerca de los paisajes que la vieran discernir los premios del amor y la poesía.
 
Fuente Consultada: Hombres y Mujeres Que Cambiaron al Mundo Cuadernillo Nro. 12 - Biografías Imprescindibles


Mateando con la Ciencia
Hoy ceba Johann Wilhelm Ritter





El descubrimiento de la radiación infrarroja cristalizado en el año 1800 por William Herschel constituyó naturalmente una verdadera sensación en el campo de la ciencia. Por esas mismas épocas Johann W. Ritter también se dedicaba al estudio del campo solar, pero lo hacía en su relación con los cambios químicos que se daban en el lugar. Se sabía desde hacía dos siglos que la luz descomponía el compuesto blanco del nitrato de plata, oscureciéndolo, debido a la liberación de las partículas de plata metálica. Este fenómeno lo publicó por primera vez en 1614 el notable químico italiano Ángelo Sala.
Ritter empapó tiras de papel en solución de nitrato de plata y las colocó en diferentes secciones del espectro a fin de comprobar con qué rapidez se oscurecían. Halló que dicho oscurecimiento era menos rápido en el extremo rojo del espectro, y más rápido lo hacía conforme se avanzaba en las cercanías del extremo violeta. Tal vez influido por el experimento de Herschel, Ritter continuó colocando tiras de papel humedeciendo más allá del extremo violeta donde no podía verse nada. Allí el oscurecimiento era todavía más rápido. Al parecer, existía radiación más allá del extremo violeta del espectro, igual que le había pasado al rojo. La nueva radiación se denominó ultravioleta (ultra: más allá del violeta)

Fuente: Isaac Asimov

viernes, 29 de marzo de 2013

Serán exhumados los restos de Pablo Neruda



 


Los restos mortales de Pablo Neruda serán exhumados el próximo 8 de abril con el fin de confirmar si éste fue realmente asesinado, como ha denunciado un antiguo chófer del poeta chileno. La exhumación se producirá por orden judicial, en respuesta a una denuncia presentada por el Partido Comunista chileno.

   Según informa 'La Nación', los peritos del Servicio Médico Legal (SML) y expertos internacionales comenzarán a trabajar el 6 de abril para abrir la sepultura del Nobel de Literatura en el cementerio de Isla Negra, en la región de Valparaíso, donde se encuentra enterrado.

   Dado que se cree que la tumba tiene una estructura y materiales de alta densidad, lo que haría más dificultosa la labor de los peritos, se comenzará ese día para que el lunes 8 de abril pueda procederse a la exhumación del cuerpo en presencia de sus dos sobrinos y el juez Mario Carroza, quien investiga las causas de su muerte el 23 de septiembre de 1973 en la Clínica Santa María, en Santiago.

   A principios de este mes, Carroza ya había adelantado que autorizaría la exhumación y que ésta tendría lugar en la primera quincena de abril. El juez dijo que tomó la decisión de exhumar los restos del poeta gracias al informe positivo del Servicio Médico Legal, pese al tiempo transcurrido desde su muerte.

   El año pasado, el Partido Comunista presentó una querella basada en el testimonio del exchófer y ayudante de Neruda, Manuel Araya, quien asegura que el poeta le reveló que mientras estuvo internado en la clínica recibió una inyección en el abdomen, que no estaba contemplada en su tratamiento contra el cáncer de próstata que padecía.

   El abogado querellante del PC, Eduardo Contreras, ha confirmado, según 'La Nación', que la exhumación se desarrollará por al menos tres días, debido a lo excepcional del sepulcro ubicado en la orilla de la playa en la Casa Museo de Isla Negra.

   Contreras ha subrayado la "contradicción vital entre el certificado de defunción otorgado por los médicos de la dictadura respecto que habría muerto por consecuencia del cáncer, una caquexia (estado de extrema desnutrición, atrofia muscular, fatiga y debilidad)" y la información publicada sobre su muerte al día siguiente por los diarios 'El Mercurio' y 'La Tercera' que hablaron de "un infarto".

   Según el letrado, esta versión coincide con la ofrecida por Araya, que dijo que "este infarto le fue causado producto del shock causado a su vez por una inyección puesta en su abdomen".

   Esta será la segunda ocasión en la que los restos de Neruda son desenterrados, ya que en 1992 habían sido desenterrados, junto a los de su mujer Matilde Urrutia, para poder enterrarlos en su casa de Isla Negra, como era su deseo.

Fuente: SANTIAGO, 13 Mar. (EUROPA PRESS) 



América, no invoco tu nombre en vano






AMÉRICA, no invoco tu nombre en vano.
Cuando sujeto al corazón la espada,
cuando aguanto en el alma la gotera,
cuando por las ventanas
un nuevo día tuyo me penetra,
soy y estoy en la luz que me produce,
vivo en la sombra que me determina,
duermo y despierto en tu esencial aurora:
dulce como las uvas, y terrible,
conductor del azúcar y el castigo,
empapado en esperma de tu especie,
amamantado en sangre de tu herencia.
Maestros del Blues
Elmore James




Eléctrico, vibrante. Modernizó el Blues de Mississippi como nadie. A pesar de haber sido considerado durante sus comienzos como un guitarrista limitado, su técnica del “Slide” fue imitada hasta el hartazgo por los más virtuosos del genero, desde Thowsend hasta Clapton. Ambos respetan a ultranza las características más notorias de James: Por un lado trepidante, agresivo y osado, por el otro dulce, romántico y sensual. 






Soneto del fraude

Detrás de las estafas, carencias y agonías
sin más intermediarios me oculto censurado,
magras probidades que incluyen melodías
la huella del cortejo de quien fuera torturado.

Estimo no merezco el perdón de la premura  
arriesgo ante su viaje que el tiempo lo rescate
y esto que se otea como propio de un dislate
impute cual indicio un retazo de ventura.

La amnesia de los brutos luce libre e indecente
historias de mortajas sepultan nuestros versos
carga que se exhibe como cuerpo penitente

tumores que nos vencen, hazañas de perversos
bardo y trova de masacre, pira convincente
huesas del olvido para bien de los conversos...





jueves, 28 de marzo de 2013

Flores no tuvo la culpa...
(Cuento)



Como tantos recién llegados Rogelio respiraba la ciudad con aires de pánico. Hacía pocos días había regresado de Paris, capital sembrada de recuerdos aparentes y amores de turismo. Paisajes fríos, inertes, un idioma sin caudillos a evocar, adolescente de guerras intestinas propias y traiciones compartidas. Tendrán las suyas pensaba. Lejos estaba de la asociación ilícita que lo viera nacer, crecer y escapar. Urbe que le concede a los premios y castigos el mismo rango, metrópoli permisiva, intrigantemente anfitriona. En Buenos Aires no habitan Dioses antagonistas en pugna de la eterna redención, tanto ángeles como demonios coexisten amablemente, concediéndose perdones mutuos, aún sin necesidad.
Entre su extensa lista de prioridades – justamente esa extensión morigeraba de manera substancial la categoría prioridad – figuraba tratar de completar su carrera de Psicólogo, estudios que tuvo la obligación de postergar a mediados de los setenta por cuestiones de fuerza mayor, o como siempre comenta en confianza: “por culpa de un Mayor con demasiada fuerza”. Errasti, milico de la Federal, se había encargado personalmente de cagarlo bien a trompadas, picanearlo e intimarlo para que en un plazo no mayor a siete días abandonase el país. Su compañera de entonces, Claudia Azorey, había oficiado de nexo para que la emboscada se precipite en el propio departamento de alquiler que compartían. Nunca se interesó por saber si la forzaron o se trataba de un servicio. La había conocido en la facultad a fines del año setenta y cuatro, ambos militaban en el PRT. Se llevaban muy bien, era bonita, supuestos problemas en la pensión en donde la joven vivía apuraron una inesperada convivencia. Rogelio se había independizado a comienzos del setenta y tres, seis meses antes de que su mamá falleciera, y a pesar de la insistencia de su padre no deseaba regresar al hogar, de algún modo se entendía como una molestia importante.
La vida parisina congelada en un lustro, y un lustro a los veintitantos es la eternidad en solitario. Un lustro sin Piaget, sin Freud, sin Lacan, sin pasión, sin culpa ni remordimientos, pateando para más adelante las cartas, las llamadas, conocer sobre la suerte de los compañeros, la salud del viejo, cosas que a su criterio podían esperar... Tampoco gustaba de relacionarse con exiliados argentinos, no quería saber nada de su tierra, prefería socializar con chilenos u  orientales. Gracias a su compañero de pensión, “El Tupa” Wilson Núñez, aprendió a manejarse con el idioma pudiendo emplearse como repositor en un supermercado del barrio latino. El mismo Tupa fue quién lo presentó. El propietario del lugar, Profesor de Filosofía, había sido uno de los tantos que protagonizaron el movimiento universitario de Mayo del sesenta y ocho.
A principio del ochenta y uno las comunicaciones con Ismael, su padre, eran asiduas y distendidas. Por intermedio de él se enteró que el regreso no constituía una utopía. Más allá de que la situación política no se había modificado, la cacería de opositores había mermado notoriamente luego de aquel triste episodio de la contraofensiva del setenta y nueve, operatoria que apenas llegara a sus oídos, gracias a datos que le suministrara el propio Wilson, la consideró bastante siniestra. A esas alturas los vencedores consideraban como enemigo menor a todo aquel que no coincidía con sus principios: soberbia, impunidad, país sitiado, todo controlado...
Bajo de estatura, algo afrancesado y sombrío, acaso resignado y con infinidad de preguntas que el tiempo se encargó en palidecer, observó aquel momento como el oportuno para emprender su regreso. Volver a ser porteño, cuestión por la cual no sentía el mayor de los orgullos, pero que por aislados instantes lo acercaba humanamente a la nostalgia. Nostalgia que aprendió a valorar a la distancia y que de pibe aborrecía por su marcado disgusto al tango, fastidio musical que los años de exilio se encargaron de sanar. 
Descendió del avión observando el nuevo mundo entre paréntesis, como quien va descubriendo la soledad y el desamparo, asumiendo que pasajeros y transeúntes cargaban su misma desesperanza, su mismo desinterés quizás. Sólo su padre estaba al tanto del regreso al cual le pidió encarecidamente no divulgar la novedad. Desde hacía cinco años se había acostumbrado a no importunar. Abrió la puerta del primer auto disponible indicándole a chofer con suma precisión la ruta de olvidos y certezas que debía seguir. Conocía los vicios y las dispersiones de los taxistas porteños cuando de turistas se trataba gracias al recuerdo de su amigo de la infancia Lucho. Rogelio y Lucho cursaron la secundaria en el José Ingenieros de Flores, allí se hicieron amigos, compartieron toda la adolescencia y hasta jugaron juntos en las inferiores de Argentinos. Finalizado el secundario Lucho se metió a tachero, cuestión que siempre lo deslumbró y Rogelio ingresó en la Facultad. Nunca hablaron de política, ambos sabían que el tema los iba a enemistar, no por pensar distinto sino por el marcado desinterés que Lucho mostraba en la materia, asunto que ofendía el espíritu militante de Rogelio.
Flores seguía tan triste y oscuro como en los tiempos de los Falcon. Los borrachos de Plaza y las putas de Bacacay se habían procreado exponencialmente, Memphis, gracias a su enorme talento musical logró escaparse de Tarot y el gran imitador correntino Sapucai se había transformado por obra y gracia de la tele en un tal Nito Artaza. Un Cinzano en el Odeón fue el descanso obligatorio, diez minutos de recuerdos y un par de carambolas a tres bandas sumergieron a Rogelio en la necesidad de descubrir nuevas viejas caras, nuevas viejas voces, acaso esos nuevos y viejos olvidos.


Por Varela, a treinta metros de Rivadavia, se instaló en el porche del edificio en donde recordaba vivía su viejo amigo Lucho. De inmediato tocó el timbre correspondiente al departamento “C” del quinto piso. 

-          ¿Quién es? – se escuchó preguntar a una voz femenina -
-          Estoy buscando a Lucho Cifuentes. (Cómo disfrutábamos con ese hijodeputa de las noches sabatinas en la puerta de Musicats a la espera de ser responsables de que alguna veterana desquite sus fantasías con nosotros. Cosa que por cierto nunca sucedió.)
-          ¿De parte de quién?  - inquirió la voz –
-         Rogelio Verón. Soy un viejo amigo de Luis. Cursamos juntos en el “Pepe” Ingenieros.
-          No señor. El Señor Cifuentes no vive más aquí.
-          Disculpe...

Hubo confusión. Le llamó la atención el previo pedido de identidad para luego negarlo. De inmediato concluyó que las prevenciones de la época provocaban en las personas ciertos recorridos extremadamente sinuosos. Descartó toda acción desdorosa. No podía ser que la infección colectiva haya quebrado aquellas sonrisas y placeres del pasado, cuestiones adolescentes que no había razones para maldecir. Si bien la cosa estaba jodida Lucho no era de esos, pensó. Era como mi hermano... y un hermano no te caga, no te niega. Un hermano sufre con tu dolor, le arden tus cicatrices... Vuelvo otro día, se dijo, pues la señora parecía enfadada. Por lo menos intentaría indagar su nuevo domicilio.
Prefirió pernoctar en un hotel de la zona. Estaba todo el día con el viejo, pero aún mantenía sus deseos de nocturna privacidad. Le pidió a su padre una portátil y el ejemplar que tenía en su modesta biblioteca de El Banquete de Severo Arcángelo de Marechal. No necesitaba mayores excusas. Música y lectura: el arte como placer ecuménico.

-    Imposible Señor Verón. Lamentablemente el paso del tiempo y los cambios programáticos determinan que aquellas asignaturas no rendidas hayan caducado; esto por fuera de que algunas otras aprobadas ya no cuentan en el presente formato de la carrera. De modo que es mi obligación advertirle que de las veinte materias que usted tiene acreditadas deberá rendir equivalencias de doce. Calculó que con esas ocho asignaturas reconocidas usted podrá incorporarse sin inconvenientes al segundo cuatrimestre del tercer año de la carrera, siempre y cuando rinda las equivalencias de esas doce que le mencioné. Esta carrera es una de las que ha sufrido mayores modificaciones estructurales.
-          ¿Y si decido no rendir dichas equivalencias?
-       Deberá comenzar a cursar el segundo año como alumno regular. Una opción que le recomiendo, y que muchos ex alumnos que estuvieron fuera del país han adoptado, es compilar la documentación y presentarla en alguna de las universidades privadas que han proliferado últimamente. Esas casas de estudios ostentan flexibilidades que la UBA hoy no tiene. Es probable que le reconozcan todo lo aprobado - finalizó el encargado del departamento de alumnos de la facultad de Psicología de la Universidad de Buenos Aires –

Un país privado pensó Rogelio, con negocios privados, con senderos privados, con ilusiones y amores privados. Un país privado de su libertad. Y todo continúa como si nada lo fuera...

-          ¿Quién es? – la misma voz femenina reiteraba la pregunta -
-    Buenos días, soy Rogelio Verón, la misma persona que vino la semana pasada. Me gustaría saber si usted tiene el domicilio actual de mi viejo amigo Luis Cifuentes.
-    Lamento informarle que hace tiempo hemos perdido contacto con él y su familia. Nosotros somos apenas inquilinos de modo que nuestra relación con esa persona existió hasta que se cancelaron todas las cuentas que tenía el inmueble. Discúlpeme, estoy muy ocupada...

El brutal sonido del portero eléctrico descolgado fue asociado de inmediato con aquella ráfaga de metralla que tuvo la suerte de evitar hace un lustro en la esquina de Caracas y Bogotá. Disparos que dieron por tierra con Romero, con Fito y con la Turca. No quiso volver a esa esquina, sabía que las manchas de sangre todavía estaban allí, más allá que doña Carmen, dueña de la casa, seguramente seguía baldeando la vereda como todos los santos días de su miserable vida.
Rogelio quedó mirando en dirección a Rivadavia, se prendió un Parisiense. Antes de partir hacia la casa de su padre dio unas vueltas por el barrio, la galería San José, la Boulevard, observó los restos mortuorios de los boliches bailables Crash y La Naranja Mecánica, y los de La Cuyana, pizzería de dos plantas que enfrentaba de plano al centro neurálgico del barrio. Ingresó también a la descomunal Parroquia pero como amante de la arquitectura, no como ámbito de fe, cuestión que había licenciado en sus años militantes. Percibía que nada había cambiado demasiado, permanecían indemnes los quebrantos del pasado, no existían lectores predispuestos a leer esas viejas historias recientes, de hecho notaba a la gente extrañamente feliz, acaso malamente habituada.

De regreso por Varela y sin ninguna intención de constatar olvidos observó que en la vereda impar, frente al edificio de la negación, un hombre de rasgos familiares plumereaba su taxi mientras el motor tomaba temperatura. Se quedó contemplando como sacudía las alfombras, como repasaba con un paño los vidrios, espejos y cromados, como finalizaba la tarea lanzando en el interior del vehículo una buena cantidad de desodorante de ambiente. Trató de comprenderlo, no pudo. Al percibir que está pronto a descubrir su banderita para iniciar su jornada laboral reclama con firmeza  por sus servicios...

-          Taxi

Al escuchar la advertencia el chofer se abstiene, no mueve el vehículo, esperando por su primer pasajero del día, el de la buena suerte. En ocasiones el retrovisor del taxista ostenta más pulgadas de las habituales: la belleza de una dama, alguna persona del ambiente artístico, cuestiones que promovían atenciones adicionales. Esta era una de esas oportunidades pero no por las mismas razones. Y aparecieron vergüenzas, infracciones, mentiras y agonías, ilustrando la imagen de un festejo mundialista que no pudieron compartir. Rogelio también festejó aquella victoria deslucida en su soledad parisina, amaba el fútbol, supo y pudo separar los tantos. No estimaron necesario recordar las carambolas del Odeón, menos aún las chicas de Bacacay, los libros, los muertos, las inferiores en Argentinos y las amarillentas ilusiones truncas. De hecho Cifuentes, de manera intempestiva, censuraba toda posibilidad de diálogo.

-          ¿Adónde te llevo, Verón?
-          ¿Verón?.. Como quieras... Primero llevame al Hotel Royal. Allí recojo mis pertenencias, arreglo las cuentas y seguimos para lo del Viejo. Espero te acuerdes la dirección.
-          Por supuesto que la recuerdo.
-          Le doy un abrazo y seguimos para Ezeiza. Regreso a Paris en el primer vuelo
-          Excelente viaje. Prometo hacerte un buen descuento.
-          No es necesario Cifuentes. Nuestros distantes apellidos atentan malamente contra aquella historia adolescente. A estas alturas no existe ninguna razón para tan sublime acto de gentileza, de lo contrario vas a obligarme a prescindir de tus servicios...
-          Hecho
-          Sólo te pido que cumplas con tu parte en silencio, muchas gracias...





Es tu triste de ojeras y regado

son motas con asfalto de neblina

la ciudad de desliza cristalina

taimada por un tango renegado.



De tahúres, de cafiolos y de yuta

camina modelando su acuarela

silentes merodeando por Varela

rumbo al bajo, en busca de la ruta.



Bañados anegados de pobreza

la porción olvidada del ostento

casonas remangadas y pereza



el humor de disfraza de violento

no hay consuelo ni males ni fiereza

es un gris que se hospeda a fuego lento.

Autor: Gustavo Marcelo Sala


miércoles, 27 de marzo de 2013

La Vida Contemporánea
Albert Camus


Al recibir la distinción con que vuestra libre Academia ha querido honrarme, mi gratitud es tanto más profunda cuanto que yo mido hasta qué punto esa recompensa excede mis méritos personales.



Todo hombre, y con mayor razón todo artista, desea que se reconozca lo que él es o quiere ser. Yo también lo deseo. Pero al conocer vuestra decisión me fue imposible no comparar su resonancia con lo que realmente soy. ¿Cómo un hombre, casi joven todavía, rico sólo de sus dudas, con una obra apenas en desarrollo, habituado a ‘vivir en la soledad del trabajo o en el retiro de la amistad, podría recibir, sin cierta especie de pánico, un galardón que le coloca de pronto, y solo, en plena luz? ¿Con qué estado de espíritu podía recibir ese honor a tiempo que, en tantas partes, otros escritores, algunos entre los más grandes, están reducidos al silencio y cuando, al mismo tiempo, su tierra natal conocer incesantes desdichas?



Sinceramente he sentido esa inquietud, y ese malestar. Para recobrar mi paz interior me ha sido necesario ponerme a tono con un destino harto generoso. Y como era imposible igualarme a él con el solo apoyo de mis méritos, no he hallado nada mejor, para ayudarme, que lo que me ha sostenido a lo largo de mi vida y en las circunstancias más opuestas: la idea que me he forjado de mi arte y de la misión del escritor. Permitidme, aunque sólo sea en prueba de reconocimiento y amistad, que os diga, con la sencillez que me sea posible, cuál es esa idea.



Personalmente, no puedo vivir sin mi arte. Pero jamás he puesto ese arte por encima de toda otra cosa. Por el contrario, si él me es necesario es porque no me separa de nadie, y me permite vivir, tal como soy, al nivel de todos. A mi ver, el arte no es una diversión solitaria. Es un medio de emocionar al mayor número de hombres, ofreciéndoles una imagen privilegiada de dolores y alegrías comunes. Obliga, pues, al artista a no aislarse; le somete a la verdad, a la más humilde y más universal. Y aquellos que muchas veces han elegido su destino de artistas porque se sentían distintos, aprenden pronto que no podrán nutrir su arte ni su diferencia más que confesando su semejanza con todos.
El artista se forja en ese perpetuo ir y venir de sí mismo, a los demás, equidistante entre la belleza, sin la cual no puede vivir, y la comunidad, de la cual no puede desprenderse. Por eso, los verdaderos artistas no desdeñan nada; se obligan a comprender en vez de juzgar. Y si han de tomar un partido en este mundo, sólo puede ser de una sociedad en la que, según la gran frase de Nietzsche, no ha de reinar el juez sino el creador, sea trabajador o intelectual. Por lo mismo el papel de escritor es inseparable de difíciles deberes. Por la definición no puede ponerse al servicio de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la sufren. Si no lo hiciera, quedaría solo, privado hasta de su arte. Todos los ejércitos de la tiranía, con sus millones de hombres, no le arrancarán de la soledad, aunque consienta en acomodarse a su paso y, sobre todo, si en ello consiente. Pero el silencio de un prisionero desconocido, abandonado a las humillaciones en el otro extremo del mundo basta para sacar al escritor de su soledad, cada vez, al menos, que logra, en medio de los privilegios de su libertad, no olvidar ese silencio, y trata de recogerlo y reemplazarlo, para hacerlo valer mediante todos los recurso del arte.
Ninguno de nosotros es lo bastante grande para semejante vocación. Pero en todas las circunstancias de su vida, oscuro o provisionalmente célebre, aherrojado por la tiranía o libre poder expresarse, el escritor puede encontrar el sentimiento de una comunidad viva, que le justificará sólo a condición de que acepte, tanto como pueda, las dos tareas que constituyen la grandeza de su oficio: el servicio de la verdad, y el servicio de la libertad. Y pues su vocación es agrupar el mayor número posible de hombres, no puede acomodarse a la servidumbre que, donde reina, hace proliferar las soledades. Cualesquiera que sean nuestras flaquezas personales, la nobleza de nuestro oficio arraigará siempre en dos imperativos difíciles de mantener: la negativa a mentir respecto de lo que se sabe y la resistencia a la opresión.
Durante más de veinte años de una historia demencial, perdido sin recurso, como todos los hombres de mi edad, en las convulsiones del tiempo, sólo me ha sostenido el sentimiento hondo de que escribir es hoy un honor, porque ese acto obliga, y obliga a algo más que a escribir. Me obligaba, especialmente, tal como yo era y con arreglo a mis fuerzas, a compartir, con todos los que vivían mi misma historia, la desventura y la esperanza. Esos hombres nacidos al comienzo de la primera guerra mundial, que tenían veinte años a tiempo de instaurarse, a la vez, el poder hitleriano y los primeros procesos revolucionarios, Y que para completar su educación se vieron enfrentados luego a la guerra de España, la segunda guerra mundial, el universo de los campos de concentración, la Europa de la tortura y de las prisiones, se ven hoy obligados a orientar sus hijos y sus obras en un mundo amenazado de destrucción nuclear. Supongo que nadie pretenderá pedirles que sean optimistas. Hasta llego a pensar que debemos ser comprensivos, sin dejar de luchar contra ellos, con el error de los que, por un exceso de desesperación han reivindicado el derecho al deshonor y se han lanzado a los nihilismos de la época. Pero sucede que la mayoría de entre nosotros, en mi país y en el mundo entero, han rechazado el nihilismo y se consagran a la conquista de una legitimidad.



Les ha sido preciso forjarse un arte de vivir para tiempos catastróficos, a fin de nacer una segunda vez y luchar luego, a cara descubierta, contra el instinto de muerte que se agita en nuestra historia.



Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga. Heredera de una historia corrompida —en la que se mezclan las revoluciones fracasadas, las técnicas enloquecidas, los dioses muertos, y las ideologías extenuadas; en la que poderes mediocres, que pueden hoy destruirlo todo, no saben convencer; en la que la inteligencia se humilla hasta ponerse al servicio del odio y de la opresión—, esa generación ha debido, en si misma y a su alrededor, restaurar, partiendo de amargas inquietudes, un poco de lo que constituye la dignidad de vivir y de morir. Ante un mundo amenazado de desintegración, en el que nuestros grandes inquisidores arriesgan establecer para siempre el imperio de la muerte, sabe que debería, en una especie de carrera loca contra el tiempo, restaurar entre las naciones una paz que no sea la de servidumbre, reconciliar de nuevo el trabajo y la cultura, y reconstruir con todos los hombres una nueva Arca de la alianza.


No es seguro que esta generación pueda al fin cumplir esa labor inmensa, pero lo cierto sí es que, por doquier en el mundo, tiene ya hecha, y la mantiene, su doble apuesta en favor de la verdad y de la libertad y que, llegado el momento, sabe morir sin odio por ella. Es esta generación la que debe ser saludada y alentada dondequiera que se halle y, sobre todo, donde se sacrifica. En ella, seguro de vuestra profunda aprobación, quisiera yo declinar hoy el honor que acabáis de hacerme.



Al mismo tiempo, después de expresar la nobleza del oficio de escribir, querría yo situar al escritor en su verdadero lugar, sin otros títulos que los que comparte con sus compañeros, de lucha, vulnerable pero tenaz, injusto pero apasionado de justicia, realizando su obra sin vergüenza ni orgullo, a la vista de todos; atento siempre al dolor y a la belleza; consagrado en fin, a sacar de su ser complejo las creaciones que intenta levantar, obstinadamente, entre el movimiento destructor de la historia. 







¿Quién, después de eso, podrá esperar que él presente soluciones ya hechas, y bellas lecciones de moral? La verdad es misteriosa, huidiza, y siempre hay que tratar de conquistarla. La libertad es peligrosa, tan dura de vivir, como exaltante. Debemos avanzar hacia esos dos fines, penosa pero resueltamente, descontando por anticipado nuestros desfallecimientos a lo largo de tan dilatado camino. ¿Qué escritor osaría, en conciencia, proclamarse orgulloso apóstol de virtud? En cuanto a mi, necesito decir una vez más que no soy nada de eso. Jamás he podido renunciar a la luz, a la dicha de ser, a la vida libre en que he crecido. Pero aunque esa nostalgia explique muchos de mis errores y de mis faltas, indudablemente ella me ha ayudado a comprender mejor mi oficio y también a mantenerme, decididamente, al lado de todos esos hombres silenciosos, que no soportan en el mundo la vida que les toca vivir más que por el recuerdo de breves y libres momentos de felicidad, y por la esperanza de volverlos a vivir. Reducido así a lo que realmente soy, a mis verdaderos limites, a mis dudas y también a mi fe difícil, me siento más libre para destacar, al concluir, la magnitud y generosidad de la distinción que acabais de hacerme. Más libre también para deciros que quisiera recibirla como homenaje rendido a todos los que, participando el mismo combate, no han recibido privilegio alguno y si, en cambio, han conocido desgracias y persecuciones. Solo me resta daros las gracias, desde el fondo de mi corazón, y haceros públicamente, en prenda de personal gratitud, la misma y vieja promesa de fidelidad que cada verdadero artista se hace a si mismo, silenciosamente, todos los días.