EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 31 de enero de 2019

La infamia les sienta bien… hasta cuando se bajan y abandonan las causas que falsamente motorizaron





Amia desiste y le pidió a la DAIA que recorra el mismo camino con relación a la novela del memorándum, operación difamatoria que colaboró de manera cardinal con el prematuro fallecimiento del ex Canciller Hector Timerman  




Se bajó Arroyo Salgado de la infamia, se baja la Amia de la infamia, hasta la cadena de frío que cuenta con los mayores recursos logísticos tiene su fecha vencimiento... Dentro de la política y de la historia hubo centenares de verdades que amanecieron luego de varias décadas de falacias, ocultamientos y operaciones difamatorias. El problema es que ese despertar es un despertar viejo, anciano, un despertar tardío, un despertar que nos lacera todos los huesos, porque es un despertar que le hace daño a la propia verdad por la cual luchamos todos estos años, una verdad sin premio ni castigo...


Lecturas Anexas


Mentir hasta la náusea por Demetrio Iramain para Infonews





El "Relato” Nisman necesitaba de su muerte para darle algunas horas de vida. Por Gustavo Marcelo Sala



martes, 29 de enero de 2019

Para el progresista José Natanson Argentina está gobernada por una derecha neoliberal pero democrática y Venezuela por una Democradura, por una suerte de autoritarismo-caótico y ultracorrupto





Venezuela, esa herida absurda
José Natanson.. para Revista Sin Permiso

Fuente:


¿Qué es Venezuela? ¿Una democracia? ¿Una dictadura?
Hasta diciembre de 2017 Venezuela arrastraba una serie de déficits institucionales y republicanos gigantescos. Sin embargo, seguía celebrando elecciones razonablemente libres y competitivas, en las que el gobierno no se privaba de inclinar la cancha mediante la descarada utilización de todos los recursos estatales a su alcance pero en las que existía presencia real de la oposición y cuyos resultados eran verificados por instituciones como el Centro Carter y las Naciones Unidas. Si la democracia puede definirse como un tipo de régimen en el que no sólo hay elecciones sino que además no se sabe de antemano quién las va a ganar, si la democracia comporta en definitiva un cierto grado de incertidumbre, Venezuela era todavía una democracia; en el límite, pero democracia al fin (de hecho, al chavismo se lo podía acusar de muchas cosas salvo de no realizar elecciones y de no reconocer sus derrotas en los pocos casos en los que ocurrían, cosa que por otra parte no hacía la oposición, acostumbrada a denunciar fraude cuando pierde pero no cuando gana, y siempre con el mismo Consejo Nacional Electoral, las mismas urnas electrónicas y el mismo tribunal).
Pero en los últimos años esto cambió. En diciembre de 2015 la oposición triunfó inesperadamente en las elecciones para la Asamblea Nacional. Consiguió una mayoría de dos tercios, suficiente para reformar la Constitución y bloquear al gobierno, y anunció que su plan consistía en forzar una salida anticipada de Nicolás Maduro. El chavismo, que había denunciado irregularidades en la elección a pesar de que controló todo el proceso, presentó una serie de impugnaciones. El Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), que le responde, aceptó una, y ordenó, con argumentos dudosos, repetir la elección en el estado de Amazonas y no juramentar a sus tres diputados. La oposición, que de este modo perdía los dos tercios, se negó a acatar la sentencia. El TSJ, ante un pedido del Ejecutivo, declaró a la Asamblea en desacato, y al poco tiempo anunció que absorbía sus funciones, un autogolpe tan ostensible –y aparentemente implementado sin el aval de Maduro- que al final tuvo que retroceder.
Al impasse institucional provocado por el conflicto de poderes se sumaron una serie de marchas y movilizaciones que entre abril y julio de 2016 causaron más de 100 muertos. La represión del gobierno, según cualquier parámetro que se utilice, fue feroz, tanto la oficial como la paraoficial de los “colectivos” armados, pero también se registraron muertos chavistas en manos de multitudes embravecidas que llegaron a quemar viva a una persona.
La salida que encontró Maduro, más política que democrática, fueron las elecciones para la Asamblea Constituyente anunciadas el 1 de mayo de 2017. Se realizaron bajo un curioso sistema sectorial-representativo, no contemplado en la Constitución vigente, según el cual una parte de los 564 constituyentes fueron elegidos por sector (campesinos, obreros, discapacitados, empresarios, etc) y otra por municipios, en un diseño tal que otorgaba al chavismo una ventaja indescontable: ganaba aun perdiendo. La oposición no se presentó y las elecciones se concretaron, por primera vez, sin veedores independientes. Según el Consejo Nacional Electoral, la participación fue del 40 por ciento, aunque la empresa responsable de las máquinas de votación objetó este dato. Pero lo central es que Maduro se negó a convalidar los resultados en un plebiscito en el que la población se expidiera por el Sí o por el No a la nueva Constitución, como había hecho Chávez en 1999. Después, la Constituyente sencillamente se declaró “originaria” y, en lugar de dedicarse a escribir una nueva Constitución, se instaló como una especie de órgano suprapoder que absorbió las funciones de la Asamblea Legislativa.
Sintiéndose fortalecido, Maduro convocó para el 15 de octubre de 2017 a elecciones regionales (gobernadores), que venía posponiendo desde hacía un año sin más argumentos institucionales que la posibilidad de una derrota. La oposición presentó candidatos, los comicios se realizaron normalmente y el chavismo… arrasó (contra todo pronóstico, se impuso en 18 de los 23 estados e incluso derrotó a figuras opositoras como Henri Falcón en Lara y al sucesor de Henrique Capriles en Miranda). La oposición denunció fraude, aunque nunca pudo exhibir las famosas papeletas que lo demostraban.
La correlación de fuerzas había cambiado. El gobierno, que antes había postergado las elecciones regionales, esta vez decidió adelantar las presidenciales. Aduciendo que el Consejo Nacional Electoral había impuesto una serie de restricciones infranqueables, como la necesidad de revalidar nuevamente las boletas de todos los partidos y la prohibición a la Mesa de Unidad Democrática, histórica denominación del anti-chavismo, a utilizar ese nombre, una parte de la oposición decidió no presentarse. Pero un sector, liderado por Falcón, sí se presentó, y fue ampliamente derrotado. La participación fue baja. El 10 de enero, Maduro juró nuevamente como presidente. 
Así, con una Asamblea Legislativa legalmente constituida pero desprovista de funciones reales, una Asamblea Constituyente manifiestamente ilegal y un  presidente dañado en su legitimidad de origen, llegamos a la situación actual. La insólita decisión de Juan Guaidó de declararse “presidente encargado” y la aún más insólita decisión de Estados Unidos y buena parte de los países latinoamericanos de “reconocerlo” agudizan la tensión y profundizan la polarización. Pero, ¿hasta dónde llega realmente la mano siniestra del imperio? En realidad, salvo que decida una invasión armada desde el Caribe o desde Colombia, lo que crearía un Vietnam a la enésima difícil de imaginar bajo una administración Trump que se acaba de retirar de Siria, la capacidad de injerencia de Washington se limita a las sanciones financieras y el apoyo a la oposición. Por eso, más allá de las intenciones, el efecto es limitado: Venezuela no es una isla, no se la puede bloquear como a Cuba, y sobrevive básicamente de sus menguadas exportaciones de petróleo, un bien que siempre encuentra quien lo compre (incluyendo sobre todo a Estados Unidos, el principal comprador de crudo venezolano). La injerencia existe, pero resulta insuficiente para derrocar al chavismo.
La explicación del drama venezolano es fundamentalmente local: una economía dislocada (un millón por ciento de inflación el año pasado), un deterioro social dramático (62 por ciento de pobreza según el índice que elaboran las universidades), la tasa de homicidios más alta de América Latina (89 cada cien mil habitantes) y una sociedad en descomposición (unos dos millones de emigrantes en dos años, incluyendo a prácticamente toda la clase media). Pese a ello, Maduro ha logrado sostenerse en el poder, básicamente por tres motivos. El primero es el control vertical de la Fuerza Armada Bolivariana, que no es un “aliado” del gobierno sino parte esencial del dispositivo de poder. El segundo son los restos de legitimidad que aún conserva como resultado de los formidables avances sociales conseguidos durante los gobiernos de Chávez y el rechazo que genera la oposición política en los sectores populares, lo que explica que “los pobres no bajen de los cerros”. Este apoyo social relativo se completa con la desordenada e ineficiente pero enorme red de provisión de alimentos básicos instrumentada a través del Carnet de la Patria y el hecho de que, como resultado de la hiperinflación más que por una decisión deliberada de política económica, buena parte de los servicios públicos –luz, metro, internet- son prácticamente gratuitos. El tercer aspecto que explica la sobrevida es el respaldo geopolítico de grandes potencias como Rusia y China y de poderes emergentes como Irán y Turquía, que ofrecieron asistencia financiera, energética y militar en los momentos más críticos y demostraron que el gobierno no está totalmente aislado, aunque al costo de una deuda monstruosa y la hipoteca de buena parte de la riqueza minera e hidrocarburífera del país.
En este marco, la única salida posible es una negociación entre ambos bandos, algo que en algún momento parecía posible y hoy está descartada. En un contexto de polarización tal que el ganador se lleva todo, una de las mayores dificultades es la cuestión de inmunidad de los funcionarios chavistas en caso de su salida del gobierno. Como la oposición tiene un ánimo mortal de revancha, el chavismo sospecha con razón que dejar el gobierno no implicaría un paso pacífico a la oposición parlamentaria sino la cadena perpetua o el exilio; sienten, en suma, que no se juega el poder sino la vida.
Volvamos a la pregunta del comienzo. Venezuela no es una dictadura en sentido estricto. No es un régimen estalinista ni un sistema de partido único: no hay violaciones masivas a los derechos humanos (aunque sí focalizadas y una política de “zona liberada” para el accionar de los grupos paraestatales en los barrios). La libertad de expresión persistente, aunque limitada sobre todo en los medios digitales, a los que no llega el brazo del gobierno. Maduro no es un autócrata y la sociedad puede expresarse electoralmente, con los problemas que señalamos. Al mismo tiempo, en Venezuela hay una evidente proscripción de opositores y una creciente cantidad de presos polítcos: si en Brasil Lula no pudo presentarse a las últimas elecciones, en Venezuela las principales figuras opositoras se encuentran exiliadas (Manuel Rosales), inhabilitadas (Henrique Capriles, Corina Machado) o presas (Leopoldo López). Si en Argentina Milagro Sala es una presa política se la mire por donde se la mire, en Venezuela hay decenas de presos políticos, algunos de ellos encarcelados simplemente por organizar movilizaciones pacíficas y la mayoría detenidos en condiciones inhumanas en la prisión que regentean los servicios de inteligencia. El militarismo es, ya desde tiempos de Chávez, uno de los rasgos del régimen. Y finalmente, como se vio en estos días, la represión en las calles alcanza una ferocidad que no se ve en ningún otro país de América Latina salvo en Nicaragua  (no deja de resultar llamativo el silencio de la izquierda latinoamericana al respecto).
Como ningún otro país de la región, Venezuela es una democradura, una especie de autoritarismo-caótico y ultracorrupto, un régimen híbrido que combina elementos democráticos y autoritarios y que va mutando de acuerdo al contexto internacional, los precios del petróleo, el ánimo del gobierno y la correlación de fuerzas con la oposición.



José Natanson y su particular lectura de la democracia Argentina:



domingo, 27 de enero de 2019

Nada nuevo propone la plutocracia vernácula, sin embargo logró imponer su reincidencia cual si fuera creación




Daikokuten, Dios de la Riqueza de Kazuo Shiraga,


Los sectores dominantes argentinos y su deriva histórica – Por Juan Carlos Aguiló, Docente e Investigador de la UNCuyo, para La Tecl@ Eñe

Fuente:


Por un lado, queremos detenernos brevemente en los discursos y acciones xenófobas que desplegaban las elites nacionales por aquellas primeras décadas del Siglo pasado. Éstas ya habían logrado unos años antes la sanción de las ejemplificadoras leyes de expulsión de extranjeros indeseables para los “inmaculados” valores nacionales que, obviamente, la oligarquía terrateniente suponía que representaba a cabalidad. No es posible dejar de mencionar que estas posiciones ideológicas frente a las “apatridas” organizaciones obreras de la época que osaban reclamar por mejores salarios, reducción de la jornada laboral, condiciones de trabajo digno, entre otras medidas, resuenan y reaparecen en las pretendidas políticas de expulsión de extranjeros que impulsa el actual gobierno nacional de la mano de sus más conspicuas figuras que, no por casualidad, son descendientes directos de las figuras prominentes de la oligarquía terrateniente de principios del Siglo XX.
En el pensamiento de aquellas figuras liberales de la Argentina de aquel período también podemos encontrar los antecedentes de la renovada demagogia punitivista que sobre jóvenes y adolescentes agita la coalición de derecha gobernante en los inicios de este año electoral que promete poner en el debate temas centrales en las cosmovisiones ideológicas en disputa sobre el presente y el futuro de nuestro país. No está de más recordar que aquellos liberales clásicos proponían educación y encierro para los “menores” que delinquían en su gran mayoría provenientes de familias obreras empobrecidas por las condiciones de explotación que imponía el liberalismo oligárquico argentino. Sus intelectuales, al igual que en nuestros días, operaban culpabilizando a los obreros y sus familias de sus condiciones de miseria y explotación. Los “vicios morales” de los sectores subalternos era la fundamentación favorita a la hora de explicar las consecuencias de la cuestión social en la Argentina: “La familia del obrero esta inhabilitada (…) para educar convenientemente a sus hijos (…) Hijo del conventillo, que no sabe cómo ni donde pasar unos ocios obligados que lo arrastran ya a la mendicidad en las calles para obtener dinero con que aplacar vigilias; ya la pillería descarada; ya a la venta de papel impreso”. Estas ideas, junto a las de Carlos Octavio Bunge y Alberto Meyer Arana entre otros, impregnaron los fundamentos de la Ley del Patronato de Menores de 1919.  En definitiva, la consabida combinación de beneficencia, represión, expulsión y encierro que caracterizó y caracteriza al pensamiento liberal clásico y, como no podía ser de otra manera, a los liberales nacionales cuando deben enfrentar las manifestaciones de la cuestión social. Es decir, nada nuevo están inventando los descendientes de aquellos referentes oligárquicos y los políticos cooptados por los sectores dominantes actuales. Presentan en clave neoliberal, matizada con la correspondiente dosis de emprendedorismo y autosuperación, la visión culpabilizante y denigratoria sobre los sectores populares, y xenófoba y represiva sobre las poblaciones de extranjeros que llegan a nuestro suelo. Imposible que aparezca entonces, en estos personeros, la posibilidad de entender que las condiciones materiales de existencia que producen marginalidad, pobreza y exclusión son generadas por la dinámica de acumulación de un modelo económico concentrador de la riqueza y generador de desigualdades económicas y sociales.
En coherencia con sus ideas filantrópicas moralizantes para la pobreza “merecedora” y punitivistas para quienes osan cuestionar los fundamentos del sistema económico, las elites nacionales presentan la característica de ubicarse y proponerse como los hacedores de la grandeza del país y los únicos generadores de riqueza y prosperidad. Es posible encontrar una larga trayectoria de discursos que intentan hallar una falencia en el desarrollo nacional que le ha imposibilitado alcanzar los destinos de grandeza a los que estábamos destinados si hubiésemos mantenido los parámetros del liberalismo oligárquico agroexportador sin afectarlos por los “desvíos populistas”. En algunas vertientes mas sofisticadas, pero no por esto menos esencialistas, se ha fundamentado que son las tendencias irrefrenables a la “anomia” las que han conducido al fracaso de la Argentina como sociedad desarrollada. Si se detiene el análisis en estas últimas versiones, es posible encontrar que, más allá de las sofisticaciones intelectuales, los argumentos son similares.
Estas últimas explicaciones han reaparecido en nuestro días en versiones que, con diferentes niveles de elaboración, acuden a la “deriva populista” (léase los periodos históricos en los cuales el Estado Nacional ha regulado las relaciones económicas para generar condiciones de desarrollo social más igualitarios e inclusivos) para una vez más esbozar una explicación ante el estrepitoso fracaso en términos económicos y sociales del modelo económico neoliberal y conservador reintroducido a partir de diciembre de 2015. Al igual que en sus respuestas xenófobas, represivas y punitivistas, no son originales los personeros de la derecha actual en cuanto a intentar rescatar un supuesto periodo glorioso de la historia nacional en términos de crecimiento económico. Es posible encontrar abundante literatura que reivindica al periodo 1880-1916 como el periodo de mayor desarrollo de la historia nacional; como si el crecimiento económico que pudo haberse alcanzado en ese modelo histórico fuera suficiente para opacar las condiciones de explotación y marginalidad que afectaron a las clases trabajadoras en esa etapa en la Argentina. Para estos apologetas del liberalismo oligárquico argentino, la deriva populista comenzó con la sanción de la ley del voto universal, secreto y obligatorio para los varones mayores de 18 años (Ley Sáenz Peña de 1912) y la llegada al poder de Hipólito Yrigoyen. Es evidente entonces, que las experiencias peronistas con sus políticas de regulación económica y ampliación de derechos civiles y sociales seas las favoritas en su demonización.
Este breve recordatorio de las fuentes en las que abreva una parte del entramado ideológico que sustenta al modelo de acumulación actual y los sectores dominantes que de él se benefician tiene como objeto mostrar las continuidades que a lo largo de nuestra historia ha sostenido la clase dominante que, a pesar del esfuerzo intentado en algunos periodos históricos, no logró conformarse como una burguesía nacional que co-liderara junto a los sectores obreros organizados y las clases medias un proceso de desarrollo nacional con inclusión social. Es destacable que muchos de los herederos de las familias que desde la década del 30 del siglo pasado apostaron por el desarrollo de empresas e industrias cuya producción tuviese como destino el mercado interno, han liquidado esas pertenencias y pasado a engrosar la fila de los especuladores financieros que valorizan sus activos en guaridas financieras internacionales. Tal vez por esto último no debería llamar la atención que hayan permitido la concentración y extranjerización de las empresas nacionales: sus abuelos y padres vieron crecer sus firmas al calor de la protección del mercado interno, los créditos subsidiados y las prebendas estatales, los nietos se han desprendido de las mismas y apuestan sin escrúpulos al modelo de valorización financiera y extranjerización del capital. En estos momentos en que ya sin intermediación de la clase política se han hecho cargo de los instrumentos del Estado para continuar incrementado sus fortunas, apelan nuevamente al remanido discurso de encontrar un periodo glorioso en la etapa liberal-oligárquica agroexportadora. No esperemos que reconozcan que en el inicio de sus empresas, en los momentos de la promoción del desarrollo nacional a partir de la segunda mitad del siglo XX, fueron acompañados y subsidiados por el Estado Nacional, es decir la sociedad toda y que luego, en periodos sucesivos, supieron incidir para que se condonasen sus deudas internacionales y sostener de manera prebendaria el crecimiento de sus firmas. Cuando las tendencias internacionales cambiaron se desprendieron de ellas a manos extranjeras y fugaron sus ganancias a las guaridas fiscales. Solo muy pocos lograron trascender las fronteras nacionales en las décadas en las que la apertura económica y la globalización financiera internacional imponían sus reglas.
Debemos decirlo en forma contundente, no han estado a la altura de ser actores centrales de un desarrollo nacional que a partir de un consenso distributivo hubiese conducido al país a un crecimiento económico con una justa distribución de la riqueza. Hoy apelan nuevamente a viejas recetas reíficadas en clave neoliberal pretendiendo endilgar su fracaso a la clase trabajadora y los sectores populares cuando han sido éstos los generadores de los momentos expansivos en términos de riqueza nacional y bienestar de las mayorías. No permitamos que este discurso falaz, autocomplaciente y destructivo prospere en las explicaciones de la historia nacional.

Lectura Anexa:

Ya lo advertía Nicolás Casullo en Mayo del 2008 - EMPECEMOS A DISCUTIR LA DERECHA




viernes, 25 de enero de 2019

¿En cuál órgano de nuestro SER político nos duele la unidad?







A propósito de la tan mentada unidad una cosa es que te duela otra es que la vida te vaya con ella, me refiero al suicidio ideológico.. Puede llegar a doler acordando con espacios cuyos representantes son tipos como Solá o Randazzo, acaso Alberto Fernández, por sus, como definió este último, erróneas aventuras del pasado. En el caso de la unidad con espacios representados por tipos como Massa, Pichetto o Urtubey es suicidarse conceptual, ideológica y políticamente, en consecuencia el kirchnerismo, y me extiendo hacia todo el campo nacional y popular, dejaría de ser tal, es decir contestatario y revulsivo, para formar parte del plan B diseñado por el mismo establishment en caso de contingencia. Como cuando Menem y compañía mataron a la esencia del peronismo y sus 20 verdades, sobre todo su doctrina, con los Born, con Bush, con Alzogaray o abrazado con Rojas. Y aquí surge la gran paradoja de nuestra contemporaneidad, esquema que encontró su justificación y beatificación a partir del teorema de Baglini, postulado que vistió de túnicas políticamente decorosas al abyecto gatopardismo. Con su afirmación, nunca debatida profundamente por la intelectualidad y llamativamente aceptada a golpe de martillo mass media, el ex diputado Radical no solo desacreditó per se, mediante un prejuicio tomado a partir de su subjetiva lectura de la historia y haciendo recortes convenientes, ergo la parte conocida por el todo no investigado, cualquier tipo de intención reformista intensa, revolucionaria en términos teóricos, dentro de la democracia, sino que además, a priori, asume como dolmen social inescrutable la existencia de suprapoderes rectores u órdenes establecidos, los cuales son imposibles y hasta pecaminosos de acotar, ni siquiera de enfrentar o poner sobre la mesa de discusión.. de modo que para Baglini, un conservador practicante, la salida es ser parte de dicha inercia bajo el paraguas del eufemismo: "racionalidad política", entendiendo que cualquiera que intente desarrollar una dialéctica en ese sentido, sin evaluar sus gradientes y menos aún sus convencimientos ideológicos, cae dentro de los infiernos de la demagogia populista irresponsable. Si la convención política acepta como indiscutible que “el grado de responsabilidad de las propuestas de un partido o dirigente político es directamente proporcional a sus posibilidades de acceder al poder” está concentrando en un cuello de botella todas los posibles diferenciaciones que el campo de las ideas políticas posee, en lo filosófico, en lo antropológico, en lo sociológico y sobre todo en lo económico, dando formato, a modo de mandamiento, al fracasado eufemismo fin de las ideologías con el objeto que quede una sola, la posible, la que el sistema dominante impone como única y posible.


Si observamos con atención los intentos de unidad de todos aquellos partidos u espacios que se oponen al actual gobierno, en su gran mayoría concuerdan con la necesidad de morigerar las demandas, acuarelizando el discurso, otorgándole un prestigio de supuesta racionalidad abarcativa en lo electoral según la consentida formalidad política que determina el teorema, de manera tal otorgarle a la gestión administrativa plausible un ascenso jerárquico en la escala política hasta por encima de las decisiones y la voluntad en sí propias, ergo estas dos fortalezas políticas deben aceptar permanecer supeditadas a un modelo de gestión ya establecido por el sistema, imposible de discutir o intentar modificar porque de hacerlo, ese espacio o dirigente sería juzgado de irresponsable más allá de sus talentos o positivas propuestas innovadoras.
La unidad del campo popular acepta que le duela porque allí encuentra la respuesta a la supuesta racionalidad que el sector cree (imposición mediante de la mass media) que necesita para triunfar, entonces mi pregunta es ¿en cuál órgano de nuestro Ser político afecta ese dolor, en el órgano teórico e ideológico, en el de la dialéctica, en el de la praxis, en el órgano de la pertenencia, en el órgano de las herramientas políticas aceptadas, en el órgano del rechazo, individual o colectivo, en todos o en uno, en dos o tres de ellos? Porque estimo sospechar que estas comuniones políticas no nos duelen a todos de la misma forma, ni en lugar ni en intensidad, debido a que como pertenecemos a distintos espacios poseemos marcadas diversidades en la percepción no solo de la realidad sino de sus actores.


jueves, 24 de enero de 2019

Estimo que es un excelente momento para volver a repasar Los traidores de Raymundo Gleyzer, y recordar su obra y su martirio.. y sobre todo a los traidores





Raymundo Gleyzer nació en 1941 y tenía 35 años cuando fue desaparecido en mayo de 1976 por la dictadura militar. Era cineasta y militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores. Estaba casado con Juana Sapire, quien colaboraba en sus películas, y tenía un hijo, Diego. Raymundo fue visto por última vez junto al escritor Haroldo Conti, en el campo de concentración El Vesubio. Gleyzer integra destacadamente la escuela de documentalistas con alto compromiso social, característico de los tardíos años sesenta e inicios de los setenta, pero, a diferencia del gran polo de cineastas vinculados al peronismo revolucionario, cuyo emergente máximo fue el grupo Cine Liberación, la obra de Raymundo en el grupo Cine de la base es muy crítica respecto a la figura de Perón y en particular de la dirigencia sindical peronista. Gleyzer desarrolla en sus documentales una mirada vinculada a la tradición de izquierda marxista leninista clásica.







Un cine de combate


Pocas personalidades de la cultura política latinoamericana resumen con tanta nitidez y contundencia las apuestas vitales de la izquierda revolucionaria. Aunque quizás menos celebrado y conocido que Rodolfo Walsh, el cineasta y militante guevarista argentino Raymundo Gleyzer (1941-1976) representa el escalón más alto al que llegó su generación. Repensar su obra, su vida y su militancia implica recuperar del olvido una perspectiva ideológica sepultada por el establishment intelectual argentino, aquella que vivió el cine como militancia y la cámara como un arma de combate.
El nombre de Gleyzer ha sido durante años sinónimo de todo lo prohibido y todo lo reprimido por la cultura oficial, su falso “pluralismo” y su simulacro “democrático”. En estas apretadas líneas de homenaje no nos interesa recordarlo como un cadáver “prestigioso”, una “víctima inocente” o un bronce de mausoleo repleto de hipócritas monumentos oficiales. Lejos de los lugares comunes y los golpes lacrimógenos a los que nos tiene acostumbrado el progresismo ilustrado y bienpensante del río de la plata, se nos impone rememorarlo como un militante revolucionario. Recordamos a Raymundo como alguien vivo e indomesticable, un hermano mayor del cual las nuevas generaciones debemos seguir aprendiendo.
Hijo de una familia judía argentina en cuya casa se fundó el célebre teatro IFT (ubicado en el popular barrio de Once de la ciudad de Buenos Aires), Raymundo recibió su nombre de un guerrillero francés —Raymond Guyot— asesinado por los nazis. Este joven rebelde trabajó desde muy chico y llegó a ser verdaderamente un grande, uno de los principales realizadores de cortos y largometrajes documentales, políticos y de ficción sobre Argentina y América latina.
Tanto él como su cine, silenciados, censurados y perseguidos con odio irracional, fueron durante décadas innombrables. Desde que fue secuestrado, salvajemente torturado y desaparecido a fines de mayo de 1976 muchos de sus films fueron inhallables. Símbolos de una rebeldía y una esperanza colectiva que había que borrar —literalmente— del mapa a sangre, tortura y fuego.

El guevarismo en la cultura argentina

Raymundo comenzó su temprana militancia en la juventud del Partido Comunista (PC). Esa fue su primera experiencia política. Pero aquel viejo reformismo no lo conformó. Por ello, conmocionado íntimamente por la vida y el pensamiento del Che Guevara, Fidel y por toda la Revolución Cubana (visitó la isla y tomó contacto con el Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográfica [ICAIC], por primera vez en 1969), Raymundo se identificó rápidamente con el guevarismo. Desde allí se integró al PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo). Desde esa experiencia política generó uno de los grupos más radicales e iconoclastas en el ámbito de la cultura crítica argentina: el Cine de la Base.
Además de ser un militante, en su primera juventud del PC y luego del guevarista PRT-ERP, Raymundo Gleyzer también fue un camarógrafo de Telenoche, de Canal 7 y un realizador de documentales para la TV alemana y varias secretarías de turismo argentinas. Incluso fue uno de los primeros argentinos en filmar en las Islas Malvinas en los ’60, dos décadas antes de la guerra con Gran Bretaña. Esos materiales fueron utilizados en los documentales Malvinas, historia de traiciones (1985) de Jorge Denti y Hundan al Belgrano (1986) de Federico Urioste. Asimismo, tuvo a su cargo una de las cuatro cámaras de Adiós Sui Generis (1975, de Bebe Kamín, film que retrata el último recital del mítico conjunto de rock nacional formado por Charly García y Nito Mestre).
La filmografía de Gleyzer abarca entonces su producción militante —la más voluminosa y perdurable, realizada para la insurgencia guevarista— y también la obra “alimenticia” que si bien fue medio de supervivencia sin embargo reviste un interés más que anecdótico o coyuntural.
Algunos de sus films más renombrados son: 

El ciclo (1963) 
La tierra quema (1964) 
Ceramiqueros de Tras la Sierra (1965) 
Nuestras Islas Malvinas (1966)
Ocurrido en Hualfín (1965) 
Pictografías de Cerro Colorado (1965)
Quilino (1966)
México, la revolución congelada (1971)  
Comunicado cinematográfico del ERP (1972) 
Ni olvido ni perdón (1972);
Los traidores (1973)  
Me matan sino trabajo y si trabajo me matan (1974), entre otros.


«Cine de la Base», en el camino de Guevara y Santucho

Su compromiso militante con la insurgencia guevarista del PRT-ERP lo llevó a agruparse junto con otros jóvenes revolucionarios en el «Cine de la Base», uno de los dos principales nucleamientos del cine político de aquellos años, paralelo al grupo «Cine Liberación» (que realizó La hora de los hornos ), de Solanas y Getino. Con ellos Gleyzer mantuvo estrecha colaboración pero también duras polémicas. Sobre todo cuando aquellos cambiaron el final de la primera versión de La hora de los hornos (Raymundo la había visto en Venezuela y quedó muy impresionado) en 1973 —año en que el general Perón regresa a la Argentina luego de 18 años de exilio en el Paraguay de Stroessner, en la República Dominicana de Trujillo y en la España del generalísimo Francisco Franco— . El final original de este documental famosísimo tenía una imagen del Che Guevara de varios minutos acompañada por una voz en off. En el segundo final, trastocado en 1973, aparecían el general Perón y su tristemente célebre esposa Isabel Martínez, enrolada en el macartismo de la extrema derecha peronista. El grupo «Cine Liberación» se “aggiornó” al regreso del mítico líder moderando su anterior radicalismo político, mientras Raymundo Gleyzer y el Cine de la Base se mantuvieron firmes en la defensa de una perspectiva clasista y socialista, obrera y popular, aun frente al regreso del general.
Tanto Gleyzer como sus compañeros del «Cine de la Base» compartían la perspectiva ideológica de Mario Roberto Santucho, máximo dirigente del PRT-ERP. Santucho había publicado en 1974 un libro titulado Poder burgués, poder revolucionario donde analizaba toda la historia argentina —al calor de la Revolución Cubana y la Revolución Vietnamita—, polemizando con dos vertientes del campo popular: el reformismo del PC y el populismo de Montoneros. Mientras polemizaba en el terreno ideológico Santucho promovía (infructuosamente) la unidad práctica con estas corrientes políticas. Gran parte de las polémicas de Raymundo Gleyzer comparten ese mismo horizonte de sentido político.


«Los traidores» y el cáncer de la burocracia sindical


Raymundo Gleyzer había realizado una impiadosa radiografía de la burocracia sindical argentina. El título que eligió para su film, hoy mítico, lo dice todo: Los traidores (el título original iba a ser Una muerte cualquiera ). Ese film estaba basado en un cuento de Víctor Proncet, “ La víctima ”, que narraba un hecho verídico, el autosecuestro del dirigente sindical peronista Andrés Framini (aunque el título Los traidores ya había sido utilizado por el escritor comunista José Murillo en la novela homónima —publicada en 1968— donde relataba la traición de la burocracia sindical a una huelga metalúrgica).
En la película de Gleyzer Proncet encarnaba a “Barrera”, un burócrata sindical peronista, síntesis de Augusto Timoteo Vandor, Lorenzo Miguel y Andrés Framini, tres conocidos y emblemáticos dirigentes de la burocracia sindical. En el film “Barrera” se parecía físicamente a José Ignacio Rucci (otro paradigma del sindicalismo amarillo, macartista y burocrático), su había autosecuestrado como lo había hecho Framini, decía frases de Lorenzo Miguel y terminaba muriendo a manos de un atentado guerrillero como Vandor.
Al realizar cine político desde la ficción (incorporando a las imágenes del Cordobazo “La marcha de la bronca” del dúo de la canción de protesta “Pedro y Pablo”), Gleyzer apostó a la polémica y pensó el film para ser exhibido en fábricas y barrios, apoyándose en las corrientes clasistas de los sindicatos SITRAC-SITRAM (sindicatos de las empresas FIAT, afines al PRT y otras organizaciones revolucionarias), o en dirigentes sindicales como Agustín Tosco y René Salamanca (el primero muerto en la clandestinidad en 1975, el segundo secuestrado y desaparecido en 1976). Incluso Gleyzer planeó volcar Los traidores en fotonovela, para que circulara en un público más amplio.
Su otro gran film político —aunque todos fueron importantes— es México, la revolución congelada, donde trata la institucionalización del proceso político mexicano, el populismo represivo del PRI, el doble discurso permanente de sus dirigentes (similar al del peronismo en Argentina), la explotación de los indígenas, la matanza de Tlatelolco, el papel sumiso y obediente de aquella “izquierda” que con lenguaje progresista y durante décadas legitimó al PRI, incluyendo la matanza de 1968, y el papel nefasto de la sempiterna burocracia sindical. Cabe destacar que en el film de Raymundo aparece retratada la miseria de Chiapas, varias décadas antes de que surgiera el neozapatismo en los ’90.


El secuestro y la desaparición de Raymundo


Luego de años de silencio inducido y “olvido” fabricado comienzan a surgir libros, grupos de estudio, centros culturales, talleres de video y películas que recuerdan a Raymundo Gleyzer.
Entre otros merecen destacarse el libro El cine quema de Fernando Martín Peña y Carlos Vallina y el formidable largometraje documental Raymundo de los jóvenes realizadores Virna Molina y Ernesto Ardito. También el excelente film Un arma cargada de futuro (destinado específicamente a reconstruir la política cultural del PRT-ERP), parte de la saga de Gaviotas blindadas , de Omar Neri y el grupo de Cine Mascaró.
En todos estos casos, junto a documentos políticos de la época y a los testimonios de militantes y combatientes guevaristas que lograron sobrevivir al exterminio genocida de los militares argentinos, aparece retratado el Gleyzer padre, el amante, el amigo, el inquieto documentalista itinerante y trotamundos, el revolucionario, el intelectual, con todas sus contradicciones, sus miedos, sus angustias, sus dudas, sus alegrías y su compromiso.
El cineasta fue secuestrado pocos días después del escritor Haroldo Conti quien, junto con el periodista Enrique Raab, el profesor Silvio Frondizi y el propio Gleyzer, también adhirió al guevarismo del PRT-ERP. Conti y Gleyzer estuvieron en el campo de concentración El Vesubio y el cineasta también habría estado prisionero en el destacamento Güemes, cerca del barrio de Ezeiza. Secuestrados y prisioneros que lograron sobrevivir a la represión relataron que los militares torturaron salvajemente a Raymundo. En sesiones de tortura, le habrían cortado los ligamentos de los pies e incluso habría quedado ciego. Mientras a Silvio Frondizi lo asesinó en 1974 la Triple A, Raab, Conti y Gleyzer permanecen desaparecidos. La dictadura militar fue impiadosa con todos los revolucionarios, especialmente con los de origen marxista y guevarista a los que siempre clasificó como “irrecuperables”.
Varios directores del mundo iniciaron en los festivales de cine una campaña mundial por la liberación de Gleyzer. Entre otros escritores García Márquez escribió una carta pidiendo su aparición con vida. Mientras tanto, el 1 de junio de 1976 Alfredo Guevara, Walter Achugar, Miguel Littin, Carlos Rebolledo y Manuel Pérez publicaron una declaración del Comité de cineastas latinoamericanos reclamando por su libertad. Entonces la CIA informó, legitimando de hecho el secuestro y las torturas, que según su “expediente” en Buenos Aires, en su casa había albergado a refugiados chilenos perseguidos por el general Pinochet. Su mamá se convirtió a partir de allí en una Madre de Plaza de Mayo. En el momento del secuestro Raymundo tenía apenas 35 años.


Ejemplo y paradigma para las nuevas generaciones


Lautaro Murúa, director de cine y teatro y uno de los actores de Los Traidores, lo rememora cálidamente afirmando que: “A Raymundo lo veo como alguien muy valiente y romántico, algo que se repetía en miles de muchachos de su edad”. Una caracterización sobre su vida que quizás sintetice a toda su generación.
Lo que Gleyzer generó en la cultura argentina y latinoamericana excede los circuitos y perímetros del universo cinematográfico. Su obra también expresa que se puede vivir de otra manera. Que los cálculos, el egoísmo, las mezquindades y la mediocridad tan habituales en nuestros días, no están en el corazón del ser humano. Son apenas un triste producto histórico. El compromiso vital de Raymundo también demuestra que cuando el estudio y el talento van acompañados de una ética inquebrantable y de una militancia insobornable, la cultura puede transformarse en una arma explosiva y demoledora contra el poder. Y que eso siempre tiene un costo. Raymundo Gleyzer estuvo dispuesto a pagarlo hasta con la vida.
Su sacrificio no fue en vano. Nuevas generaciones de jóvenes militantes, cineastas y documentalistas, pero también jóvenes que hacen formación política y militan en los barrios, en las fábricas recuperadas, en las luchas piqueteras, en el estudiantado secundario, en el universitario y en todo el movimiento popular argentino, hoy vuelven a retomar las mismas banderas y los mismos ideales del Che Guevara por los que Raymundo luchó y entregó su vida.

Fuente: Blog Marxismo Crítico




martes, 22 de enero de 2019

Argentina: “El modelo kirchnerista es irrepetible”.






Martín Schorr, es Doctor en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, Licenciado en Sociología por la Universidad de Buenos Aires y Magíster en Sociología Económica por la Universidad Nacional de San Martín. Actualmente es Investigador del CONICET, en la Universidad Nacional de San Martín y en FLACSO. Publicó numerosos artículos en revistas especializadas nacionales e internacionales. Para Revista Sin Permiso

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La futura herencia plantea enormes desafíos. Los cambios estructurales, la desindustrialización y las disidencias en la cúpula empresarial, como así también la inviabilidad de un esquema inclusivo basado en ventajas comparativas y la redistribución del ingreso como condición necesaria pero insuficiente, son algunos de los temas de una entrevista donde quedó planteada una cuestión de fondo: la necesidad de una construcción política y social para impulsar un modelo que no inhiba la inversión productiva.

Cuatro de cada diez equipos productivos en el sector industrial están inactivos. En el último año se destruyeron 50 mil puestos de trabajo en la industria manufacturera y 115 mil desde que asumió Cambiemos. La pérdida es sistemática: 34 de los 35 meses cubiertos por las estadísticas arrojan datos negativos. “Se están sentando las bases para un proceso muy profundo de reestructuración. Cuando se analizan los perfiles sectoriales se ve con claridad que se consolida todo lo relacionado con las ventajas comparativas y los servicios financieros”, señala el sociólogo Martín Schorr. Formado en los equipos que lideró Daniel Azpiazu.
Sus principales temas de investigación se vinculan con la evolución del sector industrial local en las últimas décadas, las restricciones al desarrollo económico y el rol de las clases dominantes en la Argentina contemporánea.
Su lectura subraya el panorama desolador entre las Pymes, pero también destaca las disidencias que comienza a generar el modelo de Cambiemos hacia el interior de la cúpula empresarial, donde ya se hacen sentir los efectos de la desindustrialización. No se trata de indicios. La última Encuesta a Grandes Empresas Nacional del Indec confirma un avance de las firmas de servicios en detrimento de las manufactureras, beneficiadas las primeras por los cambios regulatorios y los tarifazos. La salida exportadora, pregonada por el gobierno, no existe. En tres años cayó un 7,4 por ciento el número de grandes firmas que exportan.

- Guillermo Moretti, vicepresidente tercero de la UIA y titular de la Unión Industrial de Santa Fe, afirmó que la situación es peor que en 2001. Dijo que apoyar el modelo de Macri es suicida y que nunca se registró un retroceso tan grande de la industria en tan corto tiempo.

-Es interesante desde lo político. El gobierno hace agua en su relación con los sectores populares porque el modelo solo cierra con el deterioro del salario. Esto golpea a la demanda interna. Es un modelo que beneficia a pocas fracciones del capital. De allí que la discusión en la UIA sea cada vez más visible. A las grandes industrias no solo se les achica el mercado interno, también tienen cerrada la posibilidad de exportar por el escenario internacional, que para países como el nuestro habla de poca demanda y mal precio. El modelo de Cambiemos no tracciona por el lado interno y tampoco por el externo.

-El planteo de Cambiemos deja afuera a sectores importantes de la gran burguesía industrial…

-No hay duda. Aguantan porque tienen espalda y canalizan recursos hacia la timba financiera. Lo que se ve es un avance de los sectores con precios regulados, los bancos y una consolidación de las empresas ancladas en los recursos naturales. Por eso una multinacional local como Arcor está como está. El gobierno no solo ahoga a enormes sectores de la sociedad. Tampoco logra darles rentabilidad a grupos muy importantes del capital concentrado. Este registro hay que incorporarlo al análisis.

-El gobierno insiste en la necesidad de insertar al país en las cadenas globales de producción. Habla de ser el supermercado del mundo.

-Esa es su gran apuesta. Una idea vaga, con pocas precisiones. Lo que está claro es que,  en la concepción del gobierno, el modelo pasa por las ventajas comparativas, y eso tiene un correlato social muy complicado.

-¿Por qué?

-Porque la reprimarización no implica mejoras en el mercado de trabajo. El fenómeno queda a la vista con la creciente precarización laboral y la pérdida de puestos de trabajo en la industria. Lo del gobierno es un modelo para un tercio de la población activa. Si no se incorporaran capas crecientes con empleo genuino solo queda el asistencialismo y la represión, y me parece que ya estamos asistiendo a los límites sociales del planteo.

-Durante el kirchnerismo, la reticencia inversora actuó como veto político. ¿Podría ocurrir algo similar?

-Hoy, la reticencia inversora es producto de un modelo que no da visos hacia dónde canalizar el excedente. Es producto de la racionalidad capitalista. Hoy, el negocio es financiero. El que invierte en un activo productivo es un demente. Si los excedentes se canalizan hacia la timba financiera es porque el modelo hace inviable la acumulación productiva.

-¿Qué herencia se puede esperar de Cambiemos?

-Desde lo estructural, una herencia muy compleja. Van a dejar un enorme endeudamiento y una restricción externa muchísimo más pesada que la heredada del kirhcnerismo.

-El sector concentrado jugó un rol central en la salida de la Convertibilidad. Podemos imaginar que vuelva a ocupar un espacio central en la resolución de la herencia de Cambiemos…

-Seguramente. Es un sector fuertemente extranjerizado que no solo influye sobre el perfil productivo y las decisiones estatales, también presiona sobre las cuentas externas. Las cincuenta empresas más grandes generan la mitad de las exportaciones. Son las que controlan los dólares que se requieren para importar insumos y repagar la deuda. Van a tener un rol protagónico.

-Vamos hacia una reestructuración de la deuda…

-Como mínimo, si es que no terminamos en una cesación de pagos. Todo el mundo coincide en que lo del Fondo Monetario alcanza hasta diciembre. El primer tramo del próximo gobierno va a ser crítico. Esto posiciona a los grandes exportadores y al capital financiero en un lugar clave.

-La casi segura restricción externa pone una vez más sobre la mesa la cuestión del mercado cambiario y de la cuenta de capital. ¿Habrá que regular lo desregulados por Cambiemos?

-Lo que con tanto desprecio se calificó como un cepo cambiario, en realidad no era otra cosa que una forma de regular el mercado de divisas. Uno puede criticar al kirchnerismo por la forma en que lo hizo, o por la demora en hacerlo, pero era una medida híper necesaria. Tan necesaria entonces como ahora.

-Hay una suerte de consenso que dice que es imposible combatir la fuga de divisas, que la única opción es resignarse y liberalizar.

-La timba y la fuga no son propiedades inherentes del capital, sino una propiedad que adquiere el capital en un escenario normativo y regulatorio que las habilita.

-¿Qué se puede esperar del Mercosur? Macri y Bolsonaro buscan flexibilizar las reglas.

-Cambiemos apuesta al Mercosur en lo discursivo, pero en la práctica tiene la vista puesta en la cuenca del Pacífico, en los tratados de libre comercio. Habrá que ver qué hace Bolsonaro. Lo cierto es que Argentina está muy atada al Mercosur. Una parte muy importante de nuestras exportaciones dependen del nivel de actividad de Brasil. El panorama es complejísimo porque el modelo Bolsonaro puede provocar en Brasil una crisis más profunda que la que estamos atravesando nosotros. Además, China, otro socio comercial de mucho peso para nosotros y Brasil, ya no crece a tasas chinas.

-En síntesis, ni Macri ni Bolsonaro parecen interesados en el Mercosur…

-Tiene su lógica. Macri quiere consolidar a la Argentina como plataforma exportadora de productos primarios, y no mucho más. La impronta del Mercosur que tenía como objetivo industrializar sobre la base de una integración productiva ya no existe. Ni aquí ni en Brasil.

-¿Tampoco para los industriales paulistas?

-La gran burguesía brasileña ya no es más la burguesía paulista. Brasil es una economía recontra extranjerizada. El juego de esos capitales está más orientado a las cadenas globales de valor con base en el sector primario que a una apuesta más cerrada, como la vinculada al Mercosur.

-¿Los tratados de libre comercio pueden traer inversiones?

-Pueden, pero no son la solución. Si llegan se van a concretar en el sector primario con miras a exportar. Es un sector que no necesita salarios altos para garantizarse la rentabilidad. Eso congela la distribución del ingreso en un nivel muy bajo. Además, es un sector con un altísimo grado de concentración y extranjerización. Cada dólar que exporta se va por remisión de utilidades, por fuga o lo que sea. Para peor genera muy poco empleo. En el mejor de los casos, un modelo de este tipo implica una desocupación de entre el diez y el quince por ciento.

-Sin embargo, algunos países lograron insertarse en el comercio mundial exportando commodities y además consiguieron altos grados de desarrollo.

-No creo que haya modelo virtuoso por ese lado. Los países que hicieron de eso un modelo exitoso son muy diferentes al nuestro. Son los casos de Nueva Zelanda, Australia y Finlandia, por ejemplo. Exportan commodities y alimentos elaborados, pero incorporan eslabonamientos productivos con servicios. Es un modelo muy endeble para un país con cuarenta y cuatro millones de habitantes. Vuelvo sobre que decía: el sector primario no tiene encadenamientos, o son muy exiguos y están controlados por el capital extranjero, lo que condiciona mucho la posibilidad de incorporar tecnología.

-¿Y Vaca Muerta…?

-Ahí se puede dar que algunas empresas, sobre todo las chinas, inviertan en sectores productivos para garantizarse el negocio exportador. Nada muy distinto, aunque sí mucho más sofisticado, que lo que hicieron los intereses británicos a fines del siglo diecinueve.

-¿Quiénes deberían ser los interlocutores privilegiados en un modelo traccionado por el Estado?

-Ante todo es necesario un proceso de construcción política entendido no como una estrategia electoral, sino como un proceso de construcción social. Sin esa condición, un modelo traccionado por el Estado está llamado al fracaso porque presupone una confrontación más o menos abierta con el poder económico…

-Y los interlocutores…

-Es un problema serio. La gran burguesía local, por nombrarla de alguna manera, no difiere mucho en lo que tiene para ofrecer el capital extranjero. Primero hay que definir el modelo alternativo, que dicho sea de paso no creo que sea el modelo kirchnerista. El ciclo de Néstor y Cristina dejó cuestiones estructurales pesadísimas que, entre otras cosas, devinieron en el ajuste que está procesando el gobierno conservador de Cambiemos.

-Quedan las pequeñas y medianas empresas.

-Si el modelo implica una redistribución hacia los trabajadores, seguramente que a las pequeñas y medianas empresas les va a ir bien. El problema es que en ese espacio no hay actores capaces de articular políticamente su suerte con los sectores populares. Terminan siendo más capitalistas que la burguesía nacional.

-¿Entonces?

-Hay que discutir en serio quién maneja los resortes estratégicos de la economía y orientarse hacia una conducción estatal más fuerte. Y eso tiene que mucho ver con lo regulatorio, pero también con un Estado que recupere esferas importantes renacionalizando sectores. Además, el Estado debe captura parte de la renta extraordinaria de los sectores petrolero, minero y agropecuario.

-Hablemos de la inflación. El gobierno pretende combatirla con política monetaria. Más allá de la mega devaluación, queda a la vista que el planteo es insuficiente.

-Combatir la inflación solo con política monetaria es una fantasía. Para eso hay que incrementar la capacidad regulatoria en las cadenas de producción. En especial en sectores muy concentrados, donde un puñado de firmas produce insumos difundidos y opera como formador de precios. Si nadie controla, la inflación es muy difícil de combatir. Hay empresas claves que operan en condiciones oligopólicas y monopólicas.

-Caso Techint…

-Es un ejemplo típico, pero hay otros. Techint, por ejemplo, producen en el país, pero impone precios internacionales. O regulás o renacionalizás. No hay otra. Si redistribuís ingresos pero no lo acompañás con una intervención del Estado para que el costo de la chapa le dé competitividad al sector productivo de bienes de capital nunca vamos a despegar.

-Los industriales suelen quejarse del costo laboral y de la presión impositiva. Argumentan que esos factores les restan competitividad.

-Es verdad. Cuando discutís con las pymes te responden que los principales problemas son la Afip y la UOM. Sin embargo, cuando estudiás el tema, y nosotros lo hicimos en 2013, los resultados señalan que Techint es el principal factor que reduce la competitividad de las pymes productoras bienes de capital; mucho más que la Afip y que los costos laborales. La clave está en el costo de ciertas materias primas.

-Da la impresión que el debate económico se resume en redistribución versus libre mercado. Es como si estuviéramos anclados en una discusión que se muerde la cola.

-Quienes tuvieron las riendas de la economía kirchnerista insisten en que el modelo alternativo es el que ellos implementaron. Tienen una capacidad autocrítica muy reducida. No alcanza con retomar las riendas del Estado para redistribuir ingresos y volver a cierta etapa dorada de Néstor y Cristina.

-Sería insuficiente…

-No alcanza para desmontar lo que dejará Cambiemos. El kirchnerismo parece agotarse en la redistribución del ingreso y es irrepetible en dos sentidos. La soja ya no está a seiscientos dólares. No hay viento de cola. Además, el escenario internacional es muy adverso. Hay que pensar cosas distintas. La cuestión no pasa tanto por las medidas y las herramientas. Lo que hay que tener en claro es que modificar la herencia de Cambiemos será un desafío político de primer orden.

-¿Están las pequeñas y medianas industrias capacitadas para dar un salto tecnológico? Lo que se nota es una gran resistencia al cambio.

-Las pymes están muy ligadas al contexto en el que actúan. La clave no pasa tanto por las decisiones empresarias de querer concretar ese salto, sino por establecer las condiciones para que sea posible. Si el mercado interno se reactiva y en paralelo tenés política industrial y estímulos financieros, el salto es posible. Eso implica asumir un criterio para determinar a qué sector se premia.

-¿Cuáles deberían ser los sectores premiados?

-Mucha heterodoxia considera que lo que amerita ser sujeto de una política industrial son los sectores eficientes. ¿Cómo piensa esa heterodoxia la eficiencia…? Lo hace en términos de competitividad externa. Es como piensan los ricardianos la política productiva. Si te quedás en ese registro, el salto tecnológico no es viable.

-Y entonces…

-Para que sea posible hay que hacer lo que hicieron muchos países periféricos que hoy se están comiendo el mundo industrial. Es el caso de China y algunos países del sudeste asiático. Esos países dejaron de lado el criterio ricardiano y apuntalaron sectores que consideran estratégicos. Argentina tiene un enorme potencial que no se va a aprovechar si todo queda resumido a la redistribución del ingreso y a la competitividad externa sobre la base de las ventajas comparativas. Es un poco lo que le pasó al kirchnerismo. La redistribución del ingreso puede ser una condición necesaria, pero para nada suficiente.

-Ahí hay un desafío intelectual y conceptual.

-Si seguimos pensando en que la eficiencia es solo un costo de producción estamos embromados. Si al capital lo dejás funcionar libremente se comporta igual en Japón que en Argentina. No es ninguna novedad. Ya lo dijo Marx. Las respuestas de porqué el capital funciona en esos países en forma diferente hay que buscarla en la relación que mantienen con el aparato estatal y en la orientación que ese aparto imprime al capital.

-Volvamos sobre la coyuntura. ¿Se puede afirmar que el proceso actual ensancha la brecha que se disparó hacia el interior del entramado industrial durante los noventa?

-Hay mucho de eso. El desplome de los noventa dividió en dos al sector. Hubo grandes empresas a las que le fue muy bien, como las automotrices y las exportadoras, al tiempo que  destrozó a las pymes. Hoy, nuevamente, el mayor deterioro es en las capas chicas y medianas. El desplome industrial es bestial. El análisis de la composición sectorial del valor agregado confirma que es mucho mayor que el que muestran los indicadores de coyuntura. En términos históricos, el derrumbe es equiparable al que se verificó durante la dictadura y en los noventa. Es un declive muy pronunciado y sistemático.

-Uno tiene la sensación que algunos sectores de ese gran capital, que aplaudió el triunfo de Macri, vería con buenos ojos un regreso a las políticas del kirchnerismo.

-No es descabellado. Se quejaban del discurso populista, pero ganaban mucho dinero. Además, la redistribución aglutinaba al sector del trabajo. Ahora estamos en el peor escenario. No hay rentabilidad, no hay mercado y la sociedad está al borde del estallido.