EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

jueves, 16 de noviembre de 2017

Sin el peronismo no se puede, con el peronismo no alcanza. ¿Qué parte no se entendió?



Néstor Kirchner afirmó que sin el peronismo no se puede y con el peronismo no alcanza. La frase, muy citada por cierto, y más en estos días, supera una cuestión meramente numérica y creo que por eso muy pocos aún han tomado la verdadera dimensión política que tiene.

Néstor Kicrhner, no se cierne a un frente electoral de coyuntura, hace un diagnóstico objetivo sobre un marco político e histórico que excede al voluntarismo, nos habla del armado definitivo de una fuerza política, nacional y popular, con identidad ideológica de centroizquierda que pueda enfrentar, con tangibles posibilidades de acceder al poder al establishment dominante, o cuando menos controlar sus acciones con firmeza militante y legislativa en caso de ser oposición en pos de la defensa de los derechos, entendiendo siempre los abismales desequilibrios existentes entre el peso del poder real concentrado y su confrontación con el heterogéneo poder popular. Sin las intensas bases del peronismo no se puede pensar tal proyecto político, pero al mismo tiempo, al asegurar que con el peronismo no alcanza, está observando las distintas modalidades dirigenciales internas que posee el partido de manera orgánica a lo largo y a lo ancho del país, con el variopinto de pulsiones, intereses y alianzas regionales que cada una posee, cuestiones que en muchos casos chocan de frente con los demás sectores igual de intensos pero minoritarios que por convicciones y paradigmas pueden incorporarse a ese armado nacional y popular virtuoso.

Sin el peronismo no se puede, afirman los dueños del peronómetro, pero con el peronismo no alcanza le responden lo que son expulsados, hasta con métodos lindantes con la soberbia y cierto tufillo fascista, por no tener sangre azul. Esta dicotomía deviene de una pésima lectura de la cita, frase que pretendió ponernos de cara a una realidad política a debatir y resolver buenamente, se transformó en una pornográfica exposición de absurda virilidad masculina, órgano que como pudimos experimentar no gana elecciones y menos impone proyectos.

Sospecho que el establishment, luego de haber obtenido casi un 44% en los comicios del 2003, atomizado, a posteriori del desastre de los noventa leyó y entendió - no sin dificultades, acaso por eso le llevó algunos años y derrotas – aquella cita mucho mejor que nosotros, comenzando una construcción tal cual ellos la conciben, desde el poder real, con sus fierros judiciales, sus medios, su capital y sus generales, con su posibilismo y con su neoliberal postulado de las tendencias.

Sin el peronismo no se puede con el peronismo no alcanza. ¿Qué parte no se entendió? Cuando, por ejemplo, escucho a los dirigentes locales del Justicialismo que integran Unidad Ciudadana manifestar, hasta con un tinte de pureza y heráldica, que el peronismo volverá a ser gobierno en el 2019 son parte del problema, para nada de la solución, debido a que ni siquiera tuvieron la voluntad por falta de formación de analizar la premisa inicial del dilema planteado por Néstor Kirchner.

Hace algunos años afirmábamos sobre la construcción política (local y general), hablamos de abril del 2012, lo siguiente:


Por eso propongo para comenzar a pensar tomar la frase como un silogismo (dos premisas y una conclusión) y que la conclusión salga del debate...


Sin el peronismo no se puede (Premisa)
                              +
Con el peronismo no alcanza (Premisa)


...................................................... (Conclusión)

martes, 14 de noviembre de 2017

Cuando la utopía no llega a emitir sus primeros sonidos, menos logrará dar sus primeros pasos






Únicamente nos queda un día, sentenció Jean Paul Sartre, uno que siempre se repite, se nos da al amanecer, se nos quita al anochecer.  Por eso sospecho que el crepúsculo es brillante y hermoso en tanto tenga la capacidad de asegurar la próxima claridad, de lo contrario será tan lúgubre como la puerta del ingreso al cenit de los extremos sucios. Todo ha sido resuelto excepto cómo vivir agregó El Castor, como lo llamaba cariñosamente Simone de Beauvoir, en la vida como en la política, nadie es como otro, ni mejor ni peor, si logran están de acuerdo es por un casual malentendido. No perdamos nada de nuestro tiempo los hubo más bellos seguramente, pero éste es el nuestro, celebró. De mi parte no estoy muy seguro que el actual crepúsculo político nos esté anunciando algo similar a un amanecer. Y eso es lo que nos toca muy a pesar que, parafraseando a Schopenhauer, nos están gobernando seres de los que no se concibe cómo llegaron a caminar sobre dos piernas aunque eso no signifique mucho, la paradigmática vulgaridad de cómo “pasar” el tiempo y no cómo “aprovecharlo”. Pues allí la síntesis: cómo aprovechar ese tiempo no escogido al cual fuimos arrojados, inevitable y omnímodo para nuestra existencia.
El sábado 19 de septiembre de año 2015, en una de las últimas columnas que realicé en el Programa Testigos de Privilegió afirmábamos:



... pues desde mi punto de vista, durante aquel tiempo, poco y nada hicimos desde la gnosis para defender y fijar esos derechos, los mal entendimos como asumidos, acaso algunos tengan razón y todo aquello que no se logra con sacrificio se le otorga poco valor y rara vez le son atribuidas capacidades a proteger. No me consta dicha aseveración burguesa, pero muchos se escudan de la premisa para abrevar del sofisma.. 

Viene a mi memoria el proyecto Conectar Igualdad, programa inclusivo que no solo “entregaba una computadora” para uso didáctico sino que además intentaba acotar las diferencias sociales a favor de un circuito integrador en donde el conocimiento era el factor de equilibrio. Tristemente muy pocos entendieron el mensaje educativo y formativo que venía entre sus líneas, letra gruesa que tanto el docente en general como  la familia del alumno, y el joven en particular, prefirieron omitir debido a que comprendía un compromiso formal en el día a día. Esto es, primero y fundamental darle a la herramienta, en su utilización correcta en clase, el valor agregado para lo cual fue ideada y en un segundo plano merecer y poner en virtud, mediante el cuidado, el sacrificio colectivo que estaba haciendo la sociedad a favor de modernizar las técnicas de instrucción. Hoy los servidores ya no existen y nada se sabe de las máquinas, pero acaso no haya sido el actual gobierno y sus lamentables autoridades educativas las responsables de su volatilización, el programa había muerto a poco de nacer debido a la nula conciencia social y reflexiva que existió sobre aquellas dos variables mencionadas. Temo que nunca existieron la suficiente cantidad soldados formadores para dar tantas batallas en tantos frentes y así como cayó el programa mencionado, las mismas suertes corrieron decenas de intentos que dentro de los mismos paradigmas inclusivos e integradores se planteó la sociedad democráticamente hasta no hace más cuatro años aproximadamente. La militancia tiene un objetivo claro y contundente dentro de la política, nadie lo pone en duda, pero no alcanza, la ingeniería que requiere el desarrollo de una conciencia social incluyente y equitativa es mucho más compleja y necesita apropiarse de herramientas y lugares en mucho casos desconocidos y hostiles, debiendo hasta beneficiarse del aporte del enemigo para lograr el objetivo. Como cuenta Julio Cortázar en Rayuela: “La violación del hombre por la palabra, la soberbia venganza del verbo contra su padre llenaban de amarga desconfianza la meditación de Oliveira, forzado a valerse de su propio enemigo para abrirse paso hasta un punto en que pudiera licenciarlo y seguir hasta una reconciliación consigo mismo y con la realidad que habitaba”.

En el presente absolutamente todos los derechos de los sectores populares, pasivos y activos, están puestos en discusión como nunca antes en la historia, incluyendo incisos que ni siquiera fueron observados ante el advenimiento de dictaduras. Esto se corporiza so pretexto del costo y la competitividad, con un consecuente achicamiento de la producción nacional y el mercado de consumo interno. Desde luego que jamás se ponen sobre la mesa de discusión las rentas, esas no solo se preservan sino que el programa de recorte de derechos masivos implica taxativamente el crecimiento de las tasas de ganancia.

Y finalizo con Julio Cortázar que a modo de reflexión nos sentencia sobre los peligros de la banalidad: “Los que asistimos a reuniones como ésta sabemos que hay palabras-clave, palabras-cumbre que condensan nuestras ideas, nuestras esperanzas y nuestras decisiones, y que deberían brillar como estrellas mentales cada vez que se las pronuncia. Sabemos muy bien cuáles son esas palabras en las que se centran tantas obligaciones y tantos deseos: libertad, dignidad, derechos humanos, pueblo, justicia social, democracia, entre muchas otras. Y ahí están otra vez, aquí las estamos diciendo porque debemos decirlas, porque ellas aglutinan una inmensa carga positiva sin la cual nuestra vida tal como la entendemos en el presente no tendría el menor sentido, ni como individuos ni como pueblos. Aquí están otra vez esas palabras, las estamos diciendo, las estamos escuchando, pero en algunos de nosotros, acaso porque tenemos un contacto más obligado con el idioma que es nuestra herramienta estética de trabajo, se abre paso un sentimiento de inquietud, un temor que sería más fácil callar en el entusiasmo y la fe del momento, pero que no debe ser callado cuando se lo siente con fuerza y con la angustia con que a mí me ocurre sentirlo. Una vez más, como en tantas reuniones, coloquios, mesas redondas, tribunales y comisiones, surgen entre nosotros palabras cuya necesaria repetición es prueba de su importancia; pero a la vez se diría que esa reiteración las está como limando, desgastando, apagando. Digo: "libertad" digo: "democracia", y de pronto siento que he dicho esas palabras sin haberme planteado una vez más su sentido más hondo, su mensaje más agudo, y siento también que muchos de los que las escuchan las están recibiendo a su vez como algo que amenaza convertirse en un estereotipo, en un cliché sobre el cual todo el mundo está de acuerdo porque ésa es la naturaleza misma del cliché y del estereotipo: anteponer un lugar común a una vivencia, una convención a una reflexión, una piedra opaca a un pájaro vivo. Esas palabras no estaban ni enfermas ni cansadas, a pesar de que poco a poco los intereses de una burguesía egoísta y despiadada empezaba a recuperarlas para sus propios fines, que eran y son el engaño, el lavado de cerebros ingenuos o ignorantes, el espejismo de las falsas democracias como lo estamos viendo en la mayoría de los países industrializados que continúan decididos a imponer su ley y sus métodos a la totalidad del planeta. Poco a poco esas palabras se viciaron, se enfermaron a fuerza de ser viciadas por las peores demagogias del lenguaje dominante. Y nosotros, que las amamos porque en ellas alienta nuestra verdad, nuestra esperanza y nuestra lucha, seguimos diciéndolas porque las necesitamos, porque son las que deben expresar y transmitir nuestros valores positivos, nuestras normas de vida y nuestras consignas de combate”.





lunes, 13 de noviembre de 2017

VOLVER A LOS 90, recuerdos de la muerte, después de haber vivido






Su fortaleza es nuestra debilidad, dado que pueden impulsar lo que los une: Devaluar nuestra moneda, endeudar al Estado, sacar capitales del país, aumentar las tarifas y los precios, ajustar el gasto público, impulsar la extracción a cualquier costo de minerales y combustible, etc.; lo podrán imponer mientras persista el engaño, mientras la deuda externa financie ese proceso, pero tiene límites, sus negocios son rentabilidad exacerbada para ellos, pero atentan contra el empleo y la calidad de vida de nuestro pueblo, que tarde (y es lamentable que sea tarde) o temprano podrá percibir el error de dejarle la administración de gobierno.
Y como pasa siempre, ante el movimiento de inconformidad creciente frente el alto endeudamiento (deuda que siempre pagan los pueblos), la caída del salario real, del consumo y con ello del nivel de actividad y del PIB, la alianza de negocios se resquebraja y obligadamente aparece la necesidad de conformar la unión de los que defienden el mercado interno y el trabajo nacional. Y otra vez a repetir el círculo histórico de un país del confín del mundo llamado Argentina.
Luego de doce años de un proceso político virtuoso asistimos a la repetición cíclica de hechos económicos. Hubo gruesos errores pero el principal es no haber creído que el modelo de defender el mercado interno y el trabajo nacional era para todos, y por acción u omisión, pero seguro por debilidad ideológica, se acepta, una vez más, la lógica del capital.

 (Horacio Raveli – La Tecl@Eñe - 12/11/2015 )
Nota completa:





sábado, 11 de noviembre de 2017

Urgencia de la lectura, porque urge el combate






Por Perla Sneh Psicoanalista, escritora. Doctora en Ciencias Sociales (UBA); Investigadora del CEG (UNTREF)​, para La Tecl@ Eñe


La lectura es un problema nacional,  dice Martínez Estrada. Y agrega que la lectura, como problema, se elucida en combate, es decir, en la escritura (escribir es un modo de combatir y hay que escribir bien como hay que pelear bien).  Hay textos  que no pueden leerse sin miedo;  no salimos de ellos igual que cuando entramos, es decir, toda confrontación con algo que, al tocar nuestra existencia, la transforma.  Ese miedo será el articulador  que requieren las terribles sombras que retornan y asedian como cifra de lo que encarna como lecturas en ésta, nuestra lengua, nuestro problema. Si en este problema la angustia es brújula, no lo es como refinado decorado existencial ni como mórbido acoso del afecto al intelecto, sino como la oscura pero innegable certeza de vernos implicados aún si no sabemos decir en qué. Y si la angustia es política que conviene a nuestras lecturas, es porque hay textos que no acallan sus combates. Puede que se trate de esa batalla celestial de la que habla Marechal, nombre no azaroso aquí, es decir, en una escena de la historia como la nuestra, que carga con el teatro de operaciones que nos legó nuestra más autóctona crueldad: en las letrinas de algún chupadero, colgaban las hojas de Adán Buenosayres como único recurso de higiene.
La conjunción de los textos con la destrucción de los cuerpos no supone, entonces, meros desagravios o penitencias públicas, sino volver a la lectura como forma de lucha política, para volver a hablar, de nuevo, de las oscuras –y no tanto- formas de aquello que, por falta de recursos, llamamos el mal, con o sin mayúsculas. 

Hablar de lecturas, es hablar de un combate; arduo y trabajoso, porque siempre hay un punto donde hay que repetirlo todo de nuevo, empezar desde cero, confrontar los lugares comunes. Y para leer hay que situarse. En esa urgencia de lectura, nos situamos en la lentitud: 

Filólogo –escribe Nietszche en el prólogo de 1886 a Aurora–- quiere decir maestro de la lectura lenta, y el que lo es acaba por escribir también lentamente. No sólo el hábito, sino también el gusto --un gusto malicioso, acaso-- me llevan ahora por ese camino. No escribir más que aquello que pueda desesperar a los hombres apresurados. La filología es un arte venerable, que pide ante todo a sus admiradores que se mantengan retirados; tomarse tiempo, volverse silenciosos y pausados; un arte de orfebrería, un oficio de orífice de la palabra, un arte que pide trabajo sutil y delicado, y en que nada se consigue sin aplicarse con lentitud.
En esa lentitud, un lector (contrafigura del trepador, dice Viñas, el que no logra “hacer la América”), puede encontrarse con otro, compartir una felicidad quizás secreta, pero no para formar algún partido de lectores o el club de las iluminados, sino para perderse hasta que alguna otra lectura los reúna. Porque no pocas veces los lectores se encuentran en su soledad; entonces se reconocen y se sientan cerca, pero ese reconocimiento no se mide en el vaivén de las taquillas dominicales ni en el abismal anonimato de los “foros”, apenas en una afinidad quizás no del todo electiva pero tampoco impuesta, vislumbrada en la alegría del relámpago que ilumina el párrafo en común. Un poco a contramano, un poco fuera de lugar cada lector en su  soledad, en su anacronismo, pero no sin los otros: posición singular y vacilante de la lectura como fuerza política.
Lectura sin pertenencias: solitaria fuerza, poco apta para pancartas, hecha de voces incomprensibles para los gurúes de la comunicación, voces bajas de una lectura que vacila ante los micrófonos, que desbarata los consensos.  Fuerza que nos reclama pensar qué decimos cuando decimos “nosotros”: Habría que hablar de Jauretche, pero vamos a hablar de Borges, dice Piglia con serenidad y una pizca de ironía.

Hablamos de lectura, entonces, como búsqueda de nuevos modos de decir una historia perdida en la historia, una memoria desdeñada en la memoria, el breve párrafo que trastoque la sentencia inapelable de un adjetivo feroz, la contundencia de un verbo asesino. Leer -pequeño homenaje a Camus- como modo de extranjería, como modo de otorgar a la angustia el valor de un pensamiento.

Hablamos de echar a rodar palabras en irremediable soledad en medio de una lengua en estado de vértigo, lectura como recalcitrante demora que no se rinde a las urgencias de la especialización ni a la idolatría de la comunicación. Leer –dice Zelarrayaán, también poeta- para buscar nuestras palabras; leer para respirar mejor, aun los que fumamos. Leer en benjaminiano desorden para reconstruir nuestra lengua lastimada es hacer de la lectura una turbulenta política de la memoria.

Viktor Klemperer cuenta que gustaba leer confiando en los vientos y sin una verdadera dirección. Pero sin dirección no es sin esperanza (que no es lo mismo que ilusión). Esperanza: algo de un pesimismo abierto a la historia, desesperada esperanza de una lectura sin rumbo pero no sin el módico anhelo de –dice Perlongher, otro poeta- mantener la lucidez en medio de un torbellino y navegar sobre aguas erizadas.

Agrego, para quienes dudan de la urgencia de la lectura:  
El año es 1922. El lugar, una estación de ferrocarril soviética. Marina Tzvetáieva espera un tren que la llevará al exilio. Un hombre del régimen se le acerca. La conoce, ha cantado sus canciones, ha leído sus versos. Le dice en voz baja: Habrá un chekista en su vagón. Cuide su lengua

Sea este texto un pequeño homenaje a quien se prefirió lector a delator. Pero también, un llamado a ser cuidadosos. Hay palabras que pueden  mandarnos a la hoguera.

Existir es leer, dice un gran lector argentino. La lectura, entonces, como sitio del poema, la lengua, la ética, la política. Es decir, la vida. Y vivir, lo dice Mastronardi y yo le creo, es un vocablo que nunca se usa en sentido figurado.


Fuente:
http://lateclaene.wixsite.com/la-tecla-ene/-sneh-perla







viernes, 10 de noviembre de 2017

Es el Capitalismo quién autoritariamente vulnera la privacidad




Capitalismo versus Privacidad

Por Samuel Earle, periodista


El capitalismo informacional ha convertido Internet en un medio de control social
En el discurso popular, el autoritarismo suele ser considerado la dramática antítesis del capitalismo liberal, y las pretendidas diferencias entre ambos no están en ningún lugar más marcadas que en sus actitudes con respecto a la privacidad. Mientras en el mundo liberal capitalista se considera que la casa de cada persona es su castillo, en los regímenes autoritarios no es más que otra jaula monitorizada por el Estado.
Hoy en día, sin embargo, la privacidad está desapareciendo entre los muros de las democracias capitalistas avanzadas y las corporaciones multinacionales, alzando la bandera de la transparencia total, son las que lideran el ataque.
En 1999, Scott McNealy, entonces director ejecutivo de Sun Microsystems, afirmó en unas conocidas declaraciones: “De todos modos, ahora usted tiene cero privacidad. Asúmalo.” El director ejecutivo de Google Enric Schmidt advertía: “si tienes algo que no quieres que nadie conozca, quizás en primer lugar no deberías estar haciéndolo.” Mark Zuckerberg, el sexto hombre más rico del mundo, decidió que la privacidad ya no era una norma social, “así que solo fuimos a por ella”, mientras que Alexander Nix, de la empresa de datos Cambridge Analytica -conocida por haber sido contratada para las campañas del Brexit y de Trump-presume de que su compañía “retrató la personalidad de todos y cada uno de los adultos en los Estados Unidos de América.”
En nuestros días, la retórica de los capitalistas privados resulta indistinguible de la retórica de los tiranos de Estado. Sus guiones son cada vez más similares. Sus diferencias se han exagerado siempre, si no imaginado, pero una vez pudimos confiar en que al menos se expresasen de formas diferentes. ¿Qué ha cambiado?

La ruptura del vínculo

En tanto que sistema económico fundado en la idea de una esfera privada -compuesta por individuos privados que poseen propiedad privada y generan beneficio privado en mercados privados- se supone que el capitalismo protege la privacidad individual. La santidad del reino de lo privado presuntamente asegura la máxima libertad para el individuo, ya que productores y consumidores se encuentran allí libres de interferencias indeseadas del Estado y de vecinos entrometidos.
Los detractores del capitalismo han condenado siempre su tendencia a vaciar  lo común y aislar a cada persona en su burbuja privada, pero sus simpatizantes celebran esta atomización. “La civilización,” escribió Any Rand en 1943, “es el progreso hacia una sociedad de la privacidad. Toda la existencia del salvaje es pública, gobernada por las leyes de su tribu. La civilización es el proceso de liberar al hombre de los hombres.” Desde esta perspectiva, el énfasis del capitalismo en la protección de la esfera privada y de la resultante privacidad lo convirtió en el gran civilizador del mundo.
Ya en los años setenta, sin embargo, el vínculo entre el capitalismo y la privacidad individual comenzaba a romperse. En 1977, el jurista de derechas Richard Posner postulaba su “teoría económica de la privacidad,” publicándola finalmente como artículo en 1984. En ella, argumentaba que la privacidad individual es un estorbo para el capitalismo, al interrumpir el libre flujo de información que los mercados necesitan para ser eficientes. La conclusión de Posner fue que “las personas no deberían y mucho menos por motivos económicos- tener un derecho a ocultar hechos materiales sobre sí mismas.”
Posner estaba escribiendo para el Chicago Unbound, la revista jurídica de la Universidad de Chicago, el epicentro de la tormenta neoliberal que se estaba extendiendo alrededor del mundo. Milton Friedman fue uno de los colegas más cercanos a Posner y a menudo se incluye al mismo Posner en el paraguas de la Escuela de Chicago. Las raíces capitalistas de Posner - con su infinita exaltación del individuo privado - hizo todavía más sorprendentes sus argumentos contra la privacidad individual. El romance entre privacidad y capitalismo, dado por sentado durante mucho tiempo por liberales de pocas miras, se reveló como la más frívola de las relaciones: un matrimonio de conveniencia que ya no era conveniente.
En la era digital, esta relación se ha vuelto aún más problemática. En Internet ha emergido una nueva forma de capitalismo, que ha dado en llamarse capitalismo informacional, capitalismo digital, o capitalismo de la vigilancia. La información personal es la savia de la nueva economía: las compañías acumulan los datos de sus usuarios para vendérselos a los publicistas y generar ingresos. Cuanto más saben las compañías de los individuos, mejor pueden adecuar sus anuncios, aumentar sus “tasas de conversión” y acumular beneficios.
Hay, sin lugar a dudas, mucho dinero en juego. En el tercer trimestre de 2016, se invirtió un total de 17.600 millones de dólares en publicidad digital, un 20 por ciento más que el año anterior.
Facebook y Google se han convertido en un duopolio en este nuevo contexto, reportando alrededor de la mitad del total; de los 2.900 millones de crecimiento del último año, la pareja fue responsable de un notable 99 por ciento. En el proceso, han llegado a ser las dos empresas de más rápido crecimiento de la historia del capitalismo, con una habilidad para recoger, monitorizar y vender datos de los usuarios de formas que las demás compañías solo pueden imaginar. Su patrimonio colectivo neto es de 800 billones de dólares, más que el PIB total de los Países Bajos.
Ambos modelos de negocio muestran que, en el capitalismo informacional, la privacidad ya no pone obstáculos a la obtención de beneficios: la privacidad impide los beneficios. La creencia de que se debe permitir a los individuos controlar su información personal ahora contradice al mismo proceso capitalista de generación de beneficios. Lejos de proteger a los individuos privados de la interferencia externa, como imaginó Ayn Rand, las empresas ahora quieren conocer a los individuos tan bien como se conocen ellos mismos. Las empresas se esmeran en alcanzar la transparencia perfecta, de modo que, en palabras del economista jefe de Google, Hal Varian, el motor de búsqueda “sabrá lo que quieres y te lo dirá antes de que plantees la pregunta”.
Podríamos encontrar consuelo en el hecho de que el poder de estas compañías es distinto a la fuerza del Estado -pensar que, si su intención es orientar sus anuncios de forma más eficaz y vender los datos de manera más rentable, esto también podría redundar en beneficio del usuario.
Mucha gente disfruta utilizando un servicio que le conoce bien y reconoce sus hábitos personales, sus preferencias e intereses. La calidad de su experiencia aumenta con la cantidad de información personal que entregan -¿y quién no quiere servicios mejores?
Pero los peligros existen. Pese a que muchos de los datos que recogen las empresas tecnológicas son frívolos, debemos ser precavidos con el efecto de la agregación: tomada individualmente, cada pieza parece inocua; tomada en conjunto, revela una imagen íntima de nosotros.
Sin embargo, esto todavía no llega al corazón del problema. La mayor amenaza no está tanto en qué saben las empresas, sino en cómo utilizan dicho conocimiento. Los servicios que ofrecen son sugestivos, repletos de comodidades y nuevas posibilidades, adaptados a todas nuestras necesidades. Pero cuando cedemos mucha información personal a las empresas, les otorgamos increíbles poderes y responsabilidades. El conocimiento puede significar poder, pero la información a menudo significa dominación.
Y desde los primeros esfuerzos por recopilar datos a gran escala en el siglo XIX, las empresas han estado utilizando la tecnología para ejercer un control social masivo.

La máquina tabuladora de Hollerith

En 1880, con una población en aumento, un territorio en expansión y un deseo cada vez más profundo de estadísticas -unido a una completa falta de estrategia tecnológica- los datos recopilados por el Censo de los Estados Unidos tardaron casi una década en ser procesados. Para cuando se presentó el siguiente censo, en 1890, el tiempo de procesamiento se había reducido a tres meses.
Un joven ingeniero estadounidense, Herman Hollerith, inventó el sistema que permitió esta increíble aceleración. Inspirado por los revisores de tren, usó tarjetas perforadas para tabular automáticamente información sobre el conjunto de la población, en base a un conjunto de características estandarizadas, desde la raza y el género hasta niveles de alfabetización y religión. La máquina tabuladora de Hollerith, como se la conoció, es ahora reconocida como el primer sistema de información que reemplazó con éxito a la pluma y el papel. Países de todo el mundo lo utilizaron para recopilar datos sobre sus ciudadanos.
En 1911, Hollerith vendió su empresa y los derechos de su máquina en una fusión empresarial, formando la que ahora se conoce como la International Business Machines Corporation (IBM). Bajo el liderazgo de Thomas J. Watson, un hombre admirado como el “mejor vendedor del mundo”, IBM llegaría a ser propietaria del 90 por ciento de todas las máquinas de tabulación en los Estados Unidos. Las enviaron allí donde llamara el dinero.
Durante la década de 1930, llamó desde el Tercer Reich de Adolf Hitler. Bajo la dirección de la filial alemana de IBM, la máquina de Hollerith localizó a los judíos y facilitó su “procesamiento”. Los infames números tatuados en los brazos de los prisioneros eran números de identificación de IBM, coincidentes con su lugar individual en el sistema de tarjetas perforadas de la compañía. Los nazis recompensaron a Watson por sus servicios en 1937 con la prestigiosa Orden del Águila Alemana. Aunque devolvió el premio en 1940, su compañía continuó ayudando a Alemania durante la guerra.
No es que IBM apoyara explícitamente a los nazis; simplemente se despreocupó de los fines a los que pudiera servir su tecnología. En el mismo período, completó un proyecto similar para los Estados Unidos: enviar a los estadounidenses de origen japonés -más de cien mil de ellos- a los campos de internamiento de la costa este.
Las perversas colaboraciones de IBM durante la Segunda Guerra Mundial pueden representar un caso extremo, pero sería ingenuo dejar de tenerlas en cuenta por ello. De hecho, las acciones de la compañía encarnan una verdad muy manida: las empresas y los Estados han compartido regularmente intereses y han trabajado juntos para obtener ganancias mutuas.
Esto sucede al margen de principios morales. Después de todo, el capitalismo coexiste tan felizmente con dictaduras (Chile bajo Pinochet o la China de hoy) como lo hace con las democracias. El capitalista, guiado por su gran espíritu emprendedor, ve cada nuevo escenario como un nuevo conjunto de oportunidades. La única pregunta que queda es quién está listo para explotarlas.

El traje nuevo del Gran Hermano

La filtración masiva de documentos de la NSA en 2013 por parte de Edward Snowden reveló el rol activo que juegan las empresas en la vigilancia de Estado. Hizo patente la completa “difuminación de los límites públicos y privados en las actividades de vigilancia" con “colaboraciones e interdependencias constructivas entre las autoridades de seguridad del Estado y las empresas de alta tecnología”.
Facebook, Google y otros sitios web se habían convertido en las nuevas cámaras de videovigilancia del gobierno, pero con una gran diferencia: no solo habíamos normalizado estas nuevas tecnologías de vigilancia, sino que disfrutábamos activamente de su compañía.
Tras una fachada de lealtad al usuario, las compañías de tecnología ganan miles de millones prometiendo al público una cosa y al gobierno la contraria. Como reveló Snowden, Microsoft proclama que “es importante que tengas control sobre quién puede y no puede acceder a tus datos personales en la nube”, mientras trabaja con el gobierno americano para proporcionar un acceso más fácil a esos mismos datos.
Esta nueva encarnación de la vigilancia combina la distopía de Orwell con Un mundo feliz de Aldous Huxley. En la creación de Orwell, un Estado autoritario de la vigilancia mantiene el orden; en la de Huxley, la automedicación de soma, una droga antidepresiva que mantiene a todos sonrientes, hace el mismo trabajo. Hoy, la vigilancia se lleva a cabo menos por un Gran Hermano que por un conjunto de Mejores Amigos: estos servicios recuerdan nuestros cumpleaños, responden a nuestras preguntas sin emitir juicios y sugieren películas y libros que nos pueden gustar. Lejos de basarse en el miedo, el nuevo sistema de vigilancia es divertido, atento y útil. Cuando Facebook quebró en algunas ciudades de EEUU durante el verano de 2014, muchos estadounidenses llamaron al 911.
Las empresas tecnológicas nos aseguran que sus productos se centran en nosotros, los clientes. Pero esto no solo oculta sus propios propósitos de obtener ganancias sino también su perfecta armonía de intereses con el Estado. Los gobiernos permiten a las empresas recopilar sistemáticamente información individual -sin importar los riesgos o consecuencias que esto pueda presentar para los consumidores- porque los gobiernos reciben acceso a esos datos a cambio. Las empresas, por su parte, entregan los datos a los gobiernos porque reciben a cambio una legislación favorable.
Esta armonía se vuelve aún más evidente cuando uno examina las puertas giratorias entre el Estado y las compañías tecnológicas. El Center for Responsive Politics descubrió recientemente que las cinco mayores firmas tecnológicas -Apple, Amazon, Google, Facebook y Microsoft- gastaron 49 millones de dólares en lobbying solo en 2015, más del doble de los 20 millones que gastaron los cinco bancos más grandes y aproximadamente 3 millones más que las cinco compañías petroleras más grandes.
Durante los mandatos Obama, la industria tecnológica se afincó en Washington. Casi doscientas personas que trabajaban para la administración de Barack Obama en 2015 estaban trabajando para Google a finales de 2016, mientras que cincuenta y ocho se movieron en la dirección opuesta. Con Obama, los ejecutivos de Google se reunían en la Casa Blanca más de una vez a la semana de promedio.
A pesar de que Silicon Valley se inclina por los demócratas, también ha encontrado una situación favorable en la Casa Blanca de Trump. El multimillonario de Silicon Valley Peter Thiel es ahora uno de los principales asesores de Trump, y una de las primeras medidas del presidente después de las elecciones fue celebrar una cumbre tecnológica en la Trump Tower, invitando a diversos líderes a una recepción que ninguna otra industria recibió. “Estoy aquí para ayudarles, amigos”, prometió.

Una herramienta de control

En 1990, Internet parecía prometer una era de nueva libertad y de mayor conectividad global. Cuando el profesor de derecho de Harvard Lawrence Lessig expresó su inquietud en 2000, no fue escuchado. “Fuera de nuestro control”,advirtió, “el ciberespacio se convertirá en una herramienta de control perfecta”. Pocos estuvieron de acuerdo: “Lessig no ofrece muchas pruebas de que una pérdida de privacidad y libertad al estilo soviético esté en camino”, se burló un revisor escéptico.
Han pasado diecisiete años y ahora tenemos un aparato de vigilancia que excede al de cualquier Estado autoritario del pasado.
Pero no debemos reducir los riesgos del capitalismo informacional a la vigilancia gubernamental. La filosofía subyacente de estas compañías tecnológicas representa una amenaza a la libertad en sí misma. La ideología de Silicon Valley ha saturado el ciberespacio y está reconstruyendo el mundo a su imagen, probablemente superando todo lo que Lessig anticipó.
Los directores ejecutivos de las empresas tecnológicas celebran el presente como “la era más mensurable de la historia”, equiparando la recopilación de información con el ideal ilustrado de descubrimiento de conocimiento. Las corporaciones nos prometen que, siempre que tengan acceso a la información de todos, pueden corregir todos los errores de la sociedad. Esta idea sintetiza la mentalidad Big Data: resolver los problemas humanos requiere únicamente recopilar la información suficiente. Con plena fe en esta ideología, la mayoría de los capitalistas de la información están de acuerdo con Varian, el economista jefe de Google: cualquier resistencia a la pérdida de privacidad se disipará porque “las ventajas en términos de conveniencia, seguridad y servicios serán enormes”.
Pero esta comprensión del progreso basado en los datos constriñe al individuo. La privacidad debe ser un espacio de experimentación creativa, un lugar en el que el individuo puede tomar distancia de los juicios y controles externos. Un mundo sin privacidad, por el contrario, corre el riesgo de la uniformización y el conformismo. Al menos idealmente, las experimentaciones privadas de los individuos desafían las normas e ideologías dominantes; esta fricción, continúa el argumento, empuja a la sociedad hacia adelante. Sin embargo, bajo el capitalismo informacional, el progreso, que una vez exigió respeto por la privacidad, ahora exige su rechazo.
Bajo el capitalismo del Big Data, la privacidad del individuo queda subsumida en una ideología de progreso vinculada a la obtención de beneficios. Si el liberalismo sostenía que restringir la libertad de expresión es particularmente malo, pues “supone un robo a la especie humana”, el capitalismo informativo defiende que la negativa a compartir información personal es el verdadero robo a la especie humana. Mantener algunos aspectos de uno mismo en privado ahora se interpone en el camino del progreso.
Es sorprendente como el concepto de progreso de Silicon Valley se alinea tan perfectamente con sus propios intereses económicos. Esta ideología no solo promueve la tecnología como la solución a todos los problemas -¿y quién será el encargado de suministrar la tecnología?-, sino que además hace depender tanto los beneficios como el progreso de la existencia de un mismo recurso: cada vez más información personal. Sin embargo, la armonía entre el progreso y el beneficio no es perfecta y esta contradicción es lo que mejor revela el rostro autoritario del Silicon Valley.
Mientras que en términos de “progreso” estas compañías tecnológicas se presentan a sí mismas como pioneras radicales -se mueven rápido y cambian las cosas, como dice el mantra-, cuando se trata de obtener ganancias esta “radicalidad” enmascara un deseo de perfecto conformismo. Como señala la especialista en privacidad Julie Cohen, el capitalismo informacional desea en última instancia “producir ciudadanos consumidores manejables y predecibles, cuyos modos preferidos de autodeterminación se desarrollen a lo largo de trayectorias predecibles y generadoras de beneficios”.
Para hacerlo, estas firmas tecnológicas establecen una densa red de opciones -como en las sofisticadas recomendaciones de Spotify y Netflix- adaptadas a una versión particular de la identidad de un individuo, “diseñadas para promover opciones consumistas y generadoras de beneficios que sistemáticamente desfavorecerán las innovaciones diseñadas para promover otros valores”. Como expone el ex especialista en ética de diseño de Google, Tristan Harris, “si controlas el menú, controlas las elecciones” -y si controlas las elecciones, estás controlando las acciones-.
El capitalismo siempre ha tratado de alinear las ambiciones de la sociedad con las suyas propias. Con Internet, este objetivo está más cerca de cumplirse. Existen pocas fuerzas opositoras, si aún las hay. De los quince sitios web más visitados del mundo, solo uno, Wikipedia, no opera bajo la lógica de Silicon Valley. Teniendo en cuenta la creciente importancia de Internet como un espacio para el desarrollo humano, la penetrante influencia de esta ideología no puede ser saludable para una sociedad diversa y democrática. Esta dinámica no hace más que intensificarse cuando dos compañías, Google y Facebook, prácticamente controlan el mercado.
Como lugar de auto-creación, discusión pública y organización social, Internet influye en la forma de estructurar nuestro pensamiento, nuestro conocimiento y nuestro comportamiento. Hoy, es un espacio construido casi exclusivamente con el objetivo de maximizar los beneficios.
En una burla de su promesa utópica inicial, Internet se ha convertido no solo en una herramienta de vigilancia masiva, sino también en una tecnología de publicidad avanzada y un medio de control social.
Si queremos desafiar este estado de las cosas, debemos comenzar por tener conversaciones más significativas sobre la Internet que queremos. Es algo demasiado importante como para que siga siendo un dominio exclusivo de las empresas.
Los datos, si se deben recopilar, deben democratizarse, no filtrarse a través de algoritmos secretos para obtener beneficios privados. Hasta que se rompa el control tiránico de Internet, en el capitalismo informacional los peligros solo se profundizarán. Como con todas las tiranías, las vidas de los ciudadanos serán cada vez más transparentes, mientras que las actividades de los poderosos serán cada vez más opacas.




Fuente: Revista Sin Permiso




miércoles, 8 de noviembre de 2017

La validación popular del estrago





Genealogía del orden

Por Raúl Lemos, Miembro fundador e integrante de la Mesa Provincial del Partido Solidaridad e Igualdad, para La Tecl@ Eñe



El aval que esta sociedad fracturada le está dando al estrago sin solución de continuidad con uno de los períodos de mayor creación y revalidación de derechos de nuestra historia, causa la misma perplejidad y estremecimiento que el ofrecimiento de Bernardino Rivadavia para mediar entre el Ejército de los Andes de San Martín y los realistas españoles del Alto Perú sitiados por él en Lima.

Hay algo presente que escapa de manera sutil a la constatación directa y llana, que cíclicamente emerge y no puede ser sólo explicado con el expediente de la reacción a lo anterior.

También es tentador, y común, descifrarlo desde la lógica del poder por vez primera unificado, observando la diestra (en ambos sentidos) utilización de estrategias de marketing y las herramientas de comunicación y dominación globales, de cuyos algoritmos no podíamos ser excepción; pero no alcanza. Y aún de manera más concienzuda, aunque forzando la línea argumental, de que una parte neurálgica de las consciencias, las “moderadas”, fueron convencidas que en 2015 estábamos muy mal, y luego que los fabricantes efectivos de ese mal durante todo 2016 no solo no eran los responsables, sino por el contrario eran parte de la solución que en 2017 o más adelante estaría por comenzar. Si así fuera, con más razón cabría escrudiñar la construcción antropológica, histórica y sociológica de nuestro ser para comprender la consumación de una conspiración que nos otorgaría el raro privilegio de país más intrigante del planeta. No obstante, qué es extraño no hay dudas y que viene de muy lejos menos.

Partiendo de la cadena irreductible de que hoy somos esto porque antes fuimos aquello, resulta útil para comprenderla tirar de la punta del ovillo de la persistente falacia discursiva disfrazada de deber protestante, que trae consigo un orden, mamado en el Newman por la elite parasitaria argentina, que es evidente ha calado muy hondo.

Una de las peores subestimaciones que se les puede ofrecer en bandeja a estos expertos en el arte de la apariencia, es creer que los eclipsa la misma debilidad por el lujo y los inventos por las que nuestros antepasados españoles prodigaban a Inglaterra y Francia el oro y la plata saqueados de América. Es de mayor hondura que eso y explica su deseo irresistible de anexión a ese mundo, cediéndoles todo sin exigir nada. La entrega del alma que obra en sus mentes es una penetración mucho más fina, rastreable en la sonrisa y el placer ostensibles de niño colmado de felicidad que embargaba al presidente junto a Trump. El norte de su imaginario coincide con el cardinal situado en Londres o New York. A eso anhelan pertenecer, del mismo modo que una clase media pacata delira con parecérseles a ellos si es que pueden sobrevivir al purgatorio al que la están sometiendo; el resto, que engrose el ejército esclavo de una cultura extraña en su propia tierra.

Con una subestimación de la inteligencia que parece guionada para una sátira sobre el poder y la superchería, su consciencia aunque hoy diversificada, fue parida allá lejos por una barbarie ancestral que arrastró y exhibió como trofeos a los sobrevivientes de los pueblos originarios luego de diezmarlos en la Conquista del Desierto.
El presidente tiene dentro de su estirpe, un gen que desentona con la casta materna terrateniente a la que con ostensible intencionalidad declamó su pertenencia ni bien asumió, con regalos contantes y sonantes que entregó en nuestro nombre; como si la sangre fuera el calzado que se elige cada mañana.

Lo mandaron al Newman por títulos de nobleza, adónde llegó charolado y con piel durazno para sufrir una humillación educadora. Y ahora actúa para esa tribuna selecta a despecho de un padre castrador, con una mezcla sajona, cuya letra como decía Sarmiento, entró con sangre en el bullying del colegio, otra calabresa que lo entrenó para la transgresión…. y la terrateniente, cruenta y depredadora expuesta en estos días sin miramientos contra los Mapuches.
A los llamados para ocupar lugares relevantes y más en política, la propia historia les marca a golpe seco el camino y les elige la compañía. El caso de Macri es como el de esos príncipes endebles del Medioevo que vemos en las películas mandando desgraciados a la horca para parecer fuertes frente al griterío de la horda clamando por orden.

Lo que siempre nos ha costado dilucidar es la combinación de factores en la constitución de nuestra subjetividad, que les ha permitido trastocar la historia y adulterar la intimidad del pueblo con sus propios íconos, aunque más no sea para desfigurarlos.

Sin dudas que es algo que nos viene de lejos. Que es una puerta secreta en el ADN de nuestra identidad que facilita el ingreso de depredadores, ora calculado ora espontáneo, para cambiar cables y conexiones que neutralicen defensas.

En cualquier comunidad, en tanto tal, el valor más preciado es el orden. Orden por oposición a caos en su versión más extrema. Sobre ella seguro se hilvanó la vida de los primeros grupos de neandertales o lo que fueren, entre los fenómenos incontrolables de la naturaleza y la acechanza de depredadores. De esa debilidad hecha fortaleza tampoco quedó excluida la matriz victimaria de nuestra especie y fue ella la que alimentó la semblanza conjetural de que no hay peor animal que el ser humano acorralado. Pero también la certificación de que no hay pulsión más fuerte en la especie que el poder, incluso más que la vida y la libertad (Nietzsche).

Desgraciadamente, por cuestiones geográficas e históricas que se yuxtaponen, el orden, de por sí el valor más determinante para la especie en punto a lo gregario, ha encontrado en estas latitudes su propia significación. Primero de manera brutal con el exterminio de los pueblos originarios y la apropiación de sus tierras en el siglo XIX. Continuando en la centuria siguiente con los golpes de estado restauradores y conservadores de aquel poder frente a la amenaza que representaba la avanzada del yrigoyenismo con el sufragio universal y la subsiguiente del peronismo que se constituyó como bloque social hegemónico.

Por ello, la noción del orden que anida en el inconsciente colectivo está identificada estructuralmente con la misma con que se enmascaró el poder real en la Argentina para constituirse como tal y por eso es el ariete más eficiente de la derecha. Orden y poder de la mano. Y reforzado con los años por un contexto en que la macrocefalia poblacional de la Argentina, de por sí refractaria a un orden más racional y sustentable del territorio, dispara flashes de esa desmesurada y conflictiva densidad a los puntos más o menos alejados, que lo miran por TV.

Pero no todo es tan mediato y distante en el tiempo. Más acá, en la renovada etapa democrática, la hiperinflación de 1989 no casualmente temprana, estrenó el nuevo paradigma de dominación de la secuencia iniciada con la Conquista del Desierto y continuada con los golpes en la siguiente centuria. Fue el comienzo de un nuevo acto en la prolongada tragedia nacional bajo el yugo del miedo, pero esta vez provocando el desorden. El riesgo físico que emanaba del autoritarismo de los golpes militares, mutó en riesgo por el desabastecimiento, la privación del consumo, la precariedad y el desamparo ocultos en los pliegues de las imágenes de los saqueos repetidas por las usinas del poder que tronaban caos.

Sus fuegos fulguraron en el cielo y paralizaron las expectativas transformadoras de la renaciente democracia trocándolas por la bomba de consumo y entrega del patrimonio social de los noventa que estalló en mil pedazos en el 2001. Todo junto en un combo de Mc Donald. Allí se consumó una nueva extorsión reforzando el trauma del desorden transmitido hasta nuestros días de piel en piel, de generación en generación, cual reflejo de Pavlov listo a dispararse a la menor amenaza, real o no. La zanahoria y el garrote.

Con esa trama así urdida por el poder real, llegamos a este presente en que asociar libertad con desorden e inseguridad se volvió además de natural pan comido para el periodismo de guerra.

Nuestra especie conoce tres formas para mitigar la angustia que depara la certeza de un día ya no estar: religión, creatividad y consumo. Depende de los  recursos materiales, su historia y la propensión cultural que posee cada sociedad, la preeminencia de alguna de esas formas en el forjado del espíritu de una nación.

Antiguamente la fragilidad humana ante la naturaleza era fuente inspiradora de dioses a quienes temer y adorar, y el agrupamiento, la organización y la creatividad, más precarios. Ya en la cristiandad el dios fue uno y en la contemporaneidad las masas confinadas al templo del capitalismo: la fábrica. 

Por estar naturalizado como lo geográfico y por el avance que provocó el conocimiento y el desarrollo de la tecnología que forzó el positivismo del siglo XIX, el recurso material es tal vez el menos considerado en las meditaciones acerca de la producción de la subjetividad, a la vez que ambivalente para inducir estímulos en un sentido o en otro. Valiosos o no.

Para poner esta cuestión en perspectiva, a un país como Estados Unidos, el atributo común con el nuestro de la riqueza natural aunque con otros condicionantes, lo ha llevado a ocupar el rol de primera potencia. Y a Canadá y Australia países entre los de mayor calidad de vida en el mundo. Mientras, en el otro extremo, a nuestro imaginario colectivo le ha servido para descansar indolentemente en el espejismo de que ninguna crisis es tan terrible y que siempre se puede tirar un poco más de la cuerda para satisfacer deseos. Sospechosamente los mismos que la clase dominante le fue privando a las sucesivas oleadas inmigrantes, y a la sociedad misma, conforme se fue consolidando, a lo largo de casi siglo y medio. Incorporándole como anormalidad dentro de los límites de lo aceptable o necesario los derrocamientos, los fusilamientos, la desaparición masiva de personas, los golpes económicos y la entrega de su patrimonio social, para llegar a este presente ominoso por vez primera auto medicado en democracia.

La primera operación masiva de esa saga en 1878, el exterminio de los pueblos que ya estaban en este suelo, también aconteció en otras partes al paso demoledor de la civilización. Solo que acá, además fue precursor y ejemplar en la imposición de un patrón de acumulación en que la primera víctima, inexorable, fueron esos pueblos y después la sociedad misma que se amasó en esa dinámica depredadora hasta convertirse en su propia victimaria. No es casual que aún al presente no sea esta una cuestión saldada con nuestra historia y con los descendientes de ellos como se registra en todo el territorio. Y tampoco lo es, la saña que importantes capas medias aceptan destilarles inducidos por la propaganda oficial. Allí está el huevo de una de las peores serpientes y no sorprende que a esta sociedad le cueste más mirarse en ese espejo como víctima con pertenencia a una clase que victimario con consciencia diluida de ella.

En suma, a la experiencia social y política en curso no le falta nada, ni siquiera la quimera de que los eventos de Chubut sean el epílogo de un ciclo de orden y poder que se inició en 1878 y cuyo final aún está abierto.

De la tres formas que posee cualquier sociedad para mitigar su angustia existencial y cuya proporción definen su calidad, el contexto  esbozado, con recursos materiales diversos y sobreabundantes, una historia demarcada por el pillaje de las elites sustentado culturalmente en el sentido del orden que reside en el inconsciente de la clase media, nos arroja a las fauces del consumo, convirtiéndonos en una intrínsecamente vulnerable a los remesones económicos que ese cuadro necesita para retroalimentarse. El mismo consumo que pródigamente practicaban nuestros ancestros españoles con la política de la Gula gracias al oro y la plata con sangre extraídos de las minas del Potosí.

Y también tenían la Santa Inquisición. Para garantizar un orden que no era solo religioso.