EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

viernes, 30 de diciembre de 2011

OSCAR WILDE - por Rudolf Rocker


“No debe juzgarse siempre a un hombre por sus actos. Puede cumplir la ley y ser a pesar de eso un criminal; violar las leyes y poseer un carácter noble; ser malo sin cometer jamás una mala acción; puede ser culpable contra la sociedad y no obstante esa culpa puede llevarlo a una perfección verdadera”.

Estas palabras admirables del brillante ensayo de Oscar Wilde El alma del hombre bajo el socialismo, contiene uno de los pensamientos psicológicos más profundos y al mismo tiempo, inconscientemente un rasgo biográfico del poeta mismo. El también se había hecho “culpable contra la sociedad”, en cuyo seno vivía, y ésta tomó venganza del pecador: lo enterró en vida entre las paredes obscuras de una cárcel e infamó públicamente su nombre, borrándolo de la lista de las personas “puras e inocentes”. Ese mismo hombre que había sido uno de los artistas más geniales y valerosos de su época, un hijo de los dioses, nacido en el templo de la inmortalidad, fue arrojado bruscamente desde su luminoso trono poético al abismo profundo de los perdidos, al mundo tenebroso de los “ex hombres”, donde los últimos rayos del amor y de la esperanza se pierden, temblorosos, en la oscuridad eterna.

Entre los muros fríos y grises de una cárcel sangraba el corazón del poeta. Y cada gota de sangre se convertía en un acorde, uniéndose los sonidos en melodías poderosas, en un ritmo sublime de pureza y armonía maravillosas; y el mundo de los expulsados, el mundo de los criminales y ladrones, fue purificado por la sangre del bardo. La prisión obscura se convirtió en un templo y con las lágrimas y los sufrimientos de los infelices, el genio cautivo cantó ese bello poema: “La balada de la cárcel de Reading”, obra maestra de perfección poética.

El que haya leído “La balada de la cárcel de Reading”, esa expresión grandiosa de un alma dolorida y desesperada que exige amor y misericordia para los caídos; quien haya sentido el mortífero dolor moral, el terror horrible que se coloca cual mano helada sobre los corazones de los prisioneros para ahogar sus últimas esperanzas, aquél olvidará que el escritor había ocurrido en pecado contra la sociedad y sólo verá el tremendo crimen que ésta ha cometido contra el artista desdichado.

Con la publicación de un pequeño volumen de poesías, en 1881, Oscar Wilde inició su carrera literaria. En general, se nota en ellas bien poco de la genial individualidad que revelan sus obras posteriores. La forma técnica es aun demasiado fría y rígida y la inspiración no siempre halla su expresión adecuada. No obstante, esos primeros trabajos contienen algunos cuadros de gran belleza, como por ejemplo la composición “Impresión matutina”, que trata de la influencia que ejerce, en Londres, una mañana de otoño. Aquello es algo más que una poesía común: es una pintura poética que produce en el ánimo del lector un efecto indescriptible. Delante de nosotros, a ambas orillas del Támesis, se extiende la ciudad gigantesca y la neblina espesa y pesada atraviesa los puentes cambiando todas las formas. Los edificios sombríos parecen espectros, sombras negras en la atmósfera indefinida y los faroles miran en la neblina con ojos fatigados y enfermos. Al reflejo mortecino de un farol está parada una mujer pálida, de ojos febriles y corazón de piedra.

El cuadro está admirablemente descrito, influye como un recuerdo personal y halla en nuestra alma un eco sombrío y misterioso. Jamás podremos olvidarlo, y en ciertos momentos recordaremos siempre a aquella mujer solitaria de labios rojos y pálido rostro, parada en medio de la bruma obscura, a orillas del Támesis.

En las tentativas poéticas sucesivas se desarrollaron cada vez con mayor precisión la poderosa fuerza creadora y las delicadas formas de expresión de Wilde, hasta que por fin logró escribir su obra maestra La esfinge. Este libro es uno de los monumentos más notables de la literatura moderna, y aun aquellos que no ven en él sino el arte de un decadente no podrán negar la grandeza majestuosa de su realización.

En La esfinge, Wilde nos ofrece un símbolo de la gran tragedia del sexo, una manifestación potente y genial de esas pasiones salvajes que torturan el alma humana, exigiendo constantemente nuevos medios de encanto para ahogar el dolor y calmar las horribles sensaciones de miedo y de terror. En medio de la cálida arena del Egipto, no lejos de las costas fecundas del Nilo, está tendida Ella, semi-mujer y medio bestia; en sus ojos se refleja el gran enigma del Principio y del Fin, de la vida y de la muerte. Hace millares de años que está en el mismo sitio. En la noche de la historia han nacido y han perecido pueblos, se mezcló la vida con la muerte en miles de formas distintas; todos, reyes y mendigos, sacerdotes y guerreros, le han ofrecido holocaustos y ella amó y mató a todos. Ha visto la locura humana en sus manifestaciones incontables, millones de seres le han gritado con voces roncas y labios desecados, bajo el dominio de pasiones violentas, en el éxtasis supremo del deseo sexual. Miembros desnudos se han entrelazado y cuerpos febriles se fundieron para presentar sacrificios a la diosa Astarté. Todo lo ha visto ella, todo lo sabe; el destino de pueblos enteros se desarrolló ante sus ojos, pero sus labios han quedado mudos, igual que el gran enigma de los milenios.

El libro nos recuerda las misteriosas esfinges del pintor belga Fernando Khnopff, que no pueden ser olvidadas una vez vistas. Todos los arcanos ocultos en el fondo del alma humana se reflejan en esas figuras y llegan a nuestros corazones con la misma fuerza sombría que las cálidas palabras del poema genial de Oscar Wilde. Ahí está delante de nosotros, muda y fría como la misma eternidad, pero una voz interior nos dice que esa serenidad magnífica no es más que una pasión reprimida; sentimos el poder invencible de ese fuego infernal que abrasa a mundos y pueblos; esos labios fríos podrían revelarnos el secreto eterno, podrían decirnos la palabra libertadora, pero se mantienen herméticos como el destino inexorable, y tal convicción nos vuelve tristes y melancólicos. Y esta melancolía se extiende cual delicado velo vaporoso sobre la labor poética de Wilde y nos obliga a pensar en lo perecedero de todo lo existente.

Dos aspectos principales constituyen la base de la labor artística de Oscar Wilde: la expresión acentuada de la individualidad y un concepto del mundo puramente estético-filosófico. Para Wilde, el arte lo es todo y su único principio es la belleza. Es un vigoroso defensor del viejo principio griego del “arte por el arte”. Según él, la vida sólo es un medio para una finalidad artística. Toda nuestra cultura no es más que una transformación constante de la naturaleza en formas artísticas. “La vida tiende mucho más a imitar al arte, que el arte a la vida -dice Wilde-; la causa de ello no solamente reside en el instinto vital de hacer imitaciones, sino el hecho de que el objeto de la vida consiste en descubrir una expresión y el arte le ofrece ciertas formas bellas para realizar ese instinto”.

Esta concepción estética del mundo presta al arte de Wilde un carácter admirable, y cuando ella se une a la delicadeza natural de sus sentimientos y sensaciones más íntimas, esa función da origen a magníficos cuadros de belleza indescriptible. ¡Cuán hermosos son en este sentido sus cuentos “El príncipe feliz”, “La rosa y el ruiseñor”, “La casa de las granadas”! ¡Con qué esplendor y con cuánta fuerza se revela allí la imaginación del escritor y qué maravilloso es el colorido de los cuadros que nos presenta con una perfección encantadora! Esos relatos influyen igual que música sobre nuestros corazones y nos trasplantan a regiones lejanas y desconocidas. ¡Y cuán profundo es el pensamiento que encierra esa historia del joven príncipe que sueña que el manto de púrpura y la corona de los reyes están hechos con las lágrimas y los inacabables sufrimientos humanos y por eso los rehúsa el día que quieren proclamarlo rey!

Allí donde el artista logra hallar una expresión pura para esa fina melancolía que domina los sentimientos más hondos de su alma, la impresión que causa es siempre poderosa. Verdad es que Wilde posee también otros méritos brillantes: su ironía mordaz su amargo sarcasmo, sus retruécanos espirituales son cualidades generalmente conocidas, mas nunca producen sensaciones tan puras. Debido a eso, en las obras donde la razón triunfante predomina sobre el sentimiento la impresión no es extraordinaria. Eso puede notarse en las dos comedias Un marido ideal y Una mujer sin importancia. Ambas abundan en ocurrencias ingeniosas y sin embargo, nos dejan fríos y no impresionan mayormente.

Una impresión distinta produce la tragedia La duquesa de Padua, aunque la técnica de esta pieza es todavía defectuosa en partes. El fuego interior, la pasión salvaje, demoníaca, de esta obra, influyen sobre cada nervio del espectador, y no es posible olvidarla. En ella Wilde nos muestra el alma humana en sus transformaciones raras y misteriosas. Todo hombre está sometido a esos cambios de su “yo” interior y jamás podrá comprenderse a sí mismo. En el alma de cada ser humano habita algo extraño, un poder oculto, que puede destruir en cualquier momento el equilibrio íntimo de nuestra existencia moral. El alma humana es sombría y enigmática como el mar; a veces es tersa cual un espejo y brilla a la luz del sol; otras bulle con pasiones salvajes y los sentimientos comienzan a hervir hasta que la acción criminal le devuelve la calma y la redención. Beatrice, la duquesa de Padua, posee un carácter admirable, dulce y delicado; es una de esas mujeres raras que no pierden jamás su pureza natural, su inocencia infantil. Su vida transcurre pacífica y tranquilamente en una mediocridad armoniosa. De pronto aparece en el palacio un extranjero, Guido Ferrante, y dos almas se buscan y se encuentran. En cuadros sublimes celebra el poeta el amor apasionado entre el hombre y la mujer. Beatrice ama, ama con todos sus nervios, con cada gota de su sangre, pero su alma queda pura y cristalina hasta el momento en que el destino está por destruir su amor. Una desesperación salvaje y loca domina los sentimientos de la duquesa. Ya no es la misma Beatrice; es la encarnación viviente de pasiones extraviadas y de instintos sanguinarios y mata al esposo para salvar su amor. Pero, aun en ese momento terrible, permanece pura e inocente y Guido la consuela con estas palabras: “Tu mano ha cometido un crimen, pero tu corazón es puro”. Justificamos el hecho de sangre, sentimos su necesidad, porque el artista presenta las horribles convulsiones del alma con tal maestría que dejamos a un lado las consideraciones morales para ver en el todo la expresión inevitable de una catástrofe natural.

La perfección dramática más completa la ha alcanzado Wilde con su Salomé. Un sentimiento sombrío, horripilante, se extiende cual un velo sobre esta pieza y hace recordar los enigmas de La esfinge o los primeros dramas de Maeterlinck, en los cuales el poder eterno del destino pesa como una carga pesada en el alma de los hombres. Los personajes aparecen ante nuestra vista con tal nitidez cual si fueran figuras de mármol, pero bajo esas figuras bulle un volcán de pasiones salvajes, sobrehumanas, la locura del crimen, la voluptuosidad y el homicidio. La obra se desarrolla en el viejo reino judío de Herodes Antipas, cuando Palestina se hallaba bajo hegemonía de Roma. El argumento está tomado del nuevo Testamento. Era la época en que la clase dominante trataba de olvidar su sumisión a los romanos por medio de orgías que amargaban el corazón del pueblo y producían el descontento entre las multitudes. Y entonces aparece Juan, el profeta, y comienza a predicar a los pobres y a los desventurados. “Tenía su vestido de pelos de camello y una cinta de cuero alrededor de sus lomos; y su comida era langostas y miel silvestre”. En términos vehementes condena el desenfreno de los poderosos y anuncia a los humildes que el reino de Dios no está lejano. Ataca al rey que desposara a Herodías, la mujer de su hermano, y el pueblo se entusiasma con sus palabras rebeldes y lo mira con devoción fanática. La acción se desarrolla en el momento en que Juan está ya cautivo en un pozo guardado por los soldados del rey; Herodes no se atreve a matarlo porque tiembla ante ese predicador salvaje que tanta influencia ejerce sobre las masas. La cruel Herodías exige la sangre del profeta que la ha maldecido en presencia del pueblo señalando sus pecados. Pero sabe que en ese sentido nada logrará del rey y aguarda el momento oportuno. Con un vigor genial pinta el artista el cuadro grandioso de la corte, la atmósfera de lujuria que reina en ella. Y en esa atmósfera vive Salomé, la hija de Herodías. Es casta y tiene el alma incontaminada. Su belleza maravillosa cautivó el corazón de Herodes, quien persigue con ojos apasionados su figura augusta, pero ella se mantiene fría e indiferente y el amor le es aun desconocido. Salomé es todo un carácter. Desprecia la vida que la rodea, ignorando si existe otra mejor. Un buen día pasa delante del pozo donde está encerrado el profeta y de pronto llegan a sus oídos las palabras: “Arrepiéntete, que el reino de los cielos está cercano”. Ella nunca había visto al Bautista, pero sabe que condenó a su madre y maldijo al padrastro. Su voz le produce una extraña sensación; una nostalgia indefinida abraza todos los rincones de su alma; jamás había escuchado palabras semejantes; una mano desconocida ha tocado de improviso las cuerdas más ocultas de sus sentimientos íntimos, y siente el deseo de ver al hombre capaz de pronunciar sentencias tan profundas y enigmáticas. Y Juan sale de su tumba. Salomé se vuelve pálida de terror; no puede soportar su mirada. Allí está delante de ella el profeta del Señor, terriblemente salvaje como la naturaleza eterna. Su rostro es amarillo igual que la cera y demacrado como el de la Muerte, arde en sus ojos el fuego de pasiones sobrehumanas, de sus labios parten maldiciones horribles; pero Salomé nada de eso toma en cuenta: un sentimiento completamente nuevo, el deseo sexual, acaba de nacer en ella. La fiebre invade cada miembro de su hermoso cuerpo; ella ama a ese salvaje, lo ama con una pasión loca, quiere besarlo, desea estrechar su cuerpo enflaquecido, mas él la rechaza con una maldición y vuelve a su cueva. Y Salomé se queda sola, gritando con loca pasión: “¡Déjame que te bese, déjame que te bese!”.

Pero nadie le responde. Y de pronto Salomé comprende todo lo ocurrido y su pasión se transforma en odio mortal. Ella siente que una mano glacial se coloca lentamente sobre su tierno corazón, apagando allí la última chispa de amor. Y resuelve que el profeta debe morir.

En el palacio real se celebran fiestas ruidosas. Pero Herodes está malhumorado. Su corazón se ve agitado por sentimientos sombríos y para olvidarlos ruega a Salomé que baile delante de él. Y ella lo hace. Su cuerpo divino tiembla de pasiones diabólicas. Aquello no es una simple danza: son movimientos sobrenaturales, y el rey pierde todo dominio de sí, sus ojos persiguen con miradas encendidas cada movimiento, y, ciego de pasión, jura concederle todo, aunque fuera la mitad del reino. Se produce una situación terrible, y Salomé reclama fríamente la cabeza del profeta. El esperaba cualquier cosa menos eso; pero ha jurado y debe cumplir. Algunos minutos después le traen a Salomé la cabeza sangrienta de Juan. Ella la toma de los cabellos y sale al jardín. Allí, en la oscuridad, quiere besar los labios muertos que la habían injuriado cuando ella les exigía amor. Como enloquecida aprieta sus frescos y cálidos labios contra la boca yerta del profeta. Pero ese instante un rayo de luz cae sobre ella y el rey descubre la escena horrible… Eso destruye repentinamente su amor y con voz fría ordena que maten a Salomé…

La impresión que produce esa pieza es indescriptible; las bellezas estéticas son maravillosas y el pensamiento del artista está magníficamente desarrollado. Todos los personajes, especialmente Salomé, están presentados con gran nitidez. Wilde ha ofrecido con su protagonista un tipo de extraordinaria fuerza y energía. Salomé es grande en todos sus actos y si se quiere juzgarla debidamente hay que dejar a un lado el concepto del “bien y del mal” y tomar en cuenta la unidad de su carácter.

La censura teatral inglesa, una de las instituciones más medievales y reaccionarias de Europa, prohibió, claro está, la representación de la obra, a causa de sus escenas “inmortales” y eróticas. Sobre esos pequeños filisteos. Salomé produjo una impresión terrible y fácil es de imaginar con qué energía se empeñaron en salvar la moral social, esa moral que en el fondo no es más que una sarta de mentiras convencionales y de máscaras de hipocresía.

De una manera más profunda ha desarrollado Oscar Wilde el carácter íntimo de sus conceptos en la hermosa obra El retrato de Dorian Grey. Este libro es una ilustración maravillosa del estado de alma en que se halla el hombre moderno. La lucha trágica entre la razón y el sentimiento, que tan importante papel desempeña en la vida de los contemporáneos, está expresada en esta obra de una manera maestra y recuerda frecuentemente los sombríos estados de ánimo del escritor polaco Stanislav Przybysiewski. Dorian Grey posee un cuadro maravilloso, su propio retrato, que se transforma a medida que él cambia. Es un hombre de una belleza clásica y esa hermosura queda la misma durante toda su existencia. Su vida es una serie de vicios desenfrenados, lujurias y crímenes. Goza de la vida en mil formas distintas; el placer es su principio vital, prueba todos los goces, pero nunca queda satisfecho; su instinto satánico lo impulsa constantemente hacia nuevos placeres y nuevas pasiones. Y esa vida desarreglada no ejerce la menor influencia sobre su físico; en su rostro se refleja la eterna belleza de la juventud.

Empero, Dorian Grey ha olvidado que existe otro yo, espejo misterioso del alma, que no se cambia mediante el físico exterior. Los hombres olvidan generalmente ese segundo yo interno, temen echar una mirada sobre ese espejo misterioso de alma; pero hay ciertos momentos en la vida del hombre en que el alma se siente solitaria porque pierde el interés por todo fenómeno exterior y sólo se ocupa de sí misma. Esas horas no son frecuentes, pero existen y cuando llegan el hombre siente la respiración pesada del destino eterno. Dorian Grey conoce también esos momentos y entonces es cuando se acuerda de su retrato. Mas éste constituye para él la peor fuente porque el retrato le muestra con cruel precisión el estado de su alma. En medio de la tormenta de las pasiones desenfrenadas, su “yo” físico se ha conservado joven, mas su “yo” moral se ha puesto débil y marchito. Contempla el retrato, pero lo que se ofrece a su vista ya no es el hermoso y soberbio Dorian Grey, sino un anciano gastado, de mejillas marchitas y profundas arrugas en la frente. Y los rasgos del cuadro se vuelven cada vez más horrorosos y, finalmente, Grey no ve más que una horrible caricatura de lo que antes había sido. Y siente la verdad, la tremenda, la terrible verdad; sabe que el retrato no miente; que su aspecto exterior es joven y fresco, pero que su alma ha encanecido y su corazón se ha tornado viejo y desecado. Y esta verdad lo persigue día y noche; no puede hallar reposo, el retrato horrible es su pesadilla, la voz interior que no cambia por las circunstancias exteriores. Por fin, su odio al cuadro se hace tan grande que trata de destruirlo a fin de librarse de su horrible presencia. Pero el acero que destruye el retrato hiere su propio corazón. La destrucción del cuadro es el suicidio de Dorian Grey.

Esta obra nos recuerda el cuento de Edgar Poe, “William Wilson”. Pero mientras que el cuento de Poe sentimos exclusivamente el miedo y el terror, en Dorian Grey las bellezas estéticas y una profunda idea filosófica desempeñan un papel predominante.

En 1895 llegó a Oscar Wilde la catástrofe. El asunto es demasiado conocido para que lo repitamos. El artista fue condenado a dos años de trabajos forzados por haber mantenido relaciones homosexuales con lord Alfredo Douglas. Ese proceso, así como la sentencia, es uno de los actos más vergonzosos que imaginarse puede. Wilde fue sencillamente aniquilado por la condena. Todo lo perdió, y los editores hipócritas hasta se negaron a vender públicamente sus obras, por no ofender los llamados “sentimientos morales” de la “buena sociedad”. El favorito de las musas, el hombre que estaba en la cúspide de la literatura inglesa, se convirtió bruscamente en un pobre prisionero, condenado a los más terribles dolores físicos y morales. Y en ese estado de ánimo escribió aquel poema maravilloso: “La balada de la cárcel Reading”. Existen pocas obras literarias en que el dolor humano haya sido expresado con tanta perfección majestuosa como en esos hermosos versos que el poeta publicó con el pseudónimo del número de su celda: C. 3. 3. En ese poema magnífico desaparecen todas las diferencias del mundo exterior. El poeta está ligado al asesino; el dolor común iguala a todos. Nadie que haya leído esa pequeña obra maestra podrá olvidar al joven soldado que mató a su amada por amor. Los jueces lo condenaron a muerte y él pasa sus últimos días en la prisión de Reading. Oscar Wilde describe las últimas escenas de la vida perdida de un hombre, con tal vigor dramático que cada palabra penetra en el alma igual que un fuego sagrado. Todas las mañanas los prisioneros contemplan al joven soldado con miradas de espanto; saben que debe morir y sus corazones empiezan a llorar con lágrimas de sangre. Y cuando llega la última noche, nadie duerme en la cárcel. El terror y la desesperación se han extendido en todos los pechos y los viejos criminales lloran e imploran, cada cual en su celda, como niños inocentes. Y cuán hermoso es el motivo del poema:

Yet each man kills the thing he loves,
By each let this be heard:
Some do it with a bitter look,
Some with a flattering word
The coward does it with a kiss,
The brave man with a sword.

(¡Y sin embargo cada hombre mata lo que ama, óiganlo todos: Algunos lo hacen con una mirada de odio, otros con palabras acariciadoras, el cobarde con un beso, el valiente con una espada!)

Al salir de la cárcel, el poeta abandonó Inglaterra, yéndose a Francia. Allí vivió bajo el nombre de Sebastián Melmoth, retirado y abandonado por todos. Su situación material era también mala y el mismo hombre que llevara antes una vida de lujo pasó sus últimos años en la miseria y en la soledad. En 1900 falleció Wilde. Su amargo destino y los terribles sufrimientos materiales y morales lo quebrantaron por completo. Después de su muerte se publicó su De Profundis, libro de gran fuerza y belleza.

Oscar Wilde mismo es una figura dramática en el arte moderno; su sino horrible lo ha convertido en un verdadero mártir. El hombre que ha escrito con la sangre de su corazón aquellas sublimes estrofas en la cárcel, vivirá siempre en nuestros corazones como “el prisionero de Reading”.




jueves, 29 de diciembre de 2011

Oliverio Girondo


Cansancio


                                                     ...del Libro 2 del poemario La Persuasión de los Días.

Cansado,
¡Sí!
Cansado de usar un solo bazo,
dos labios, veinte dedos,
no sé cuantas palabras,
no sé cuántos recuerdos,
grisáceos, fragmentarios.
Cansado,
muy cansado de este frío esqueleto,
tan púdico, tan casto,
que cuando se desnude
no sabré si es el mismo
que usé mientras vivía.
Cansado,
¡Sí!
Cansado,
por carecer de antenas,
de un ojo en cada omóplato
y de una cola auténtica,
alegre, desatada,
y no este rabo hipócrita,
degenerado, enano.
Cansado, sobre todo,
De estar siempre conmigo,
de hallarme cada día,
cuando termina el sueño,
allí, donde me encuentre,
con las mismas narices
y con las misma piernas;
como si no deseara
esperar la rompiente
con un cutis de playa,
ofrecer, al rocío,
dos senos de magnolia,
acariciar la tierra
con un vientre de oruga
y vivir, unos meses,
adentro de una piedra


*

Visita


                                                      ...del Libro 2 del poemario La Persuasión de los días

No estoy. No la conozco. Ni quiero conocerla.
Me repugna lo hueco, la afición al misterio,
el culto a la ceniza, a cuanto se disgrega.
Jamás he mantenido contacto con lo inerte.
Si de algo he renegado es de la indiferencia.
No aspiro a transmutarme, ni me tienta el reposo.
Todavía me intrigan el absurdo, la gracia.
No estoy para lo inmóvil, para lo inhabilitado.
Cuando venga a buscarme, díganle: “Se ha mudado”.

*

Dicotomía Incruenta


                                                               ...de Embelecos, del poemario La Persuasión de los Días

Siempre llega mi mano más tarde que otra mano 
que se mezcla a la mía y forman una mano. 
Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo se sienta
 en otro cuerpo que acaba de sentarse adonde yo me siento.
Y en el preciso instante de entrar en una casa, 
descubro que estaba antes de haber llegado. 
Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, 
y que mientras me rieguen de lugares comunes, 
ya me encuentre en la tumba, vestido de esqueleto 
bostezando los tópicos y los llantos fingidos.


*

Escrúpulos


                                                               ... de Embelecos, del poemario La Persuasión de los Días

Me parece que vivo, que estoy entre los ruidos, 
que miro las paredes, que estas manos son mías,
pero quizás me engañe y paredes y manos 
sólo crean recuerdos de una vida pasada.
He dicho “me parece”. Yo no aseguro nada.


*

Posnotaciones


                                                                       ... del poemario La Masmédula

Entre restos de restas y mi prole de ceros a la izquierda,
sólo la soledad de este natal país de nadie, nadie me acompaña.

martes, 27 de diciembre de 2011

BREVE REINADO (Cuento) - Autor Gustavo Marcelo Sala


BREVE REINADO
Autor: Gustavo Marcelo Sala



De modo firme y eficiente invadió con sus manos el cuello de la víctima evitando dejar dudas al respecto. Previamente una exagerada dosis de fármacos había colaborado para favorecer la fragilidad del cuerpo. Una bella metáfora adolescente y semidesnuda reposaba inerme, sin pecados aparentes, culpable de curvas indiscretas y deseos inalcanzables. Sus hermosos dieciocho años insultaban buenamente a tanto esperpento oculto tras claraboyas clandestinas, fogones de mazmorra y aliento kerosene.


Cuento en concurso


lunes, 26 de diciembre de 2011

Mateando con la Ciencia - Hoy ceba Ferdinand Serturner

La Morfina

Sin duda es muy antiguo el uso de ciertas plantas para aliviar el dolor y las molestias, y para comunicar una sensación de bienestar. En la Odisea de Homero se menciona a los que ingerían lotos (lotófagos) y lo olvidaban todo, obsesionados tan sólo por seguir consumiendo aquella planta. Se menciona también una droga llamada nepente, calmante y analgésica. Resulta muy tentador creer que se trataba de opio, sustancia descrita por Dioscórides en el año 50 antes de cristo. El opio es un producto que viajó de occidente a oriente y no viceversa como ususlamente de considera. Un extracto alcohólico de brotes inmaduros de opio recibía el nombre de láudano. Dicha sustancia fue introducida por Paracelso en 1556.
En 1805 el químico alemán Ferdinand Serturner aisló un producto químico del láudano que resultó ser un ingrediente activo. Era mucho más eficaz que el propio jugo como lenitivo del dolor y como inductor del sueño. Andando el tiempo se le dio el nombre de Morfina, palabra que deriva del vocablo griego “sueño”. La morfina ha sido un importante auxiliar de la práctica médica desde entonces, aunque sus efectos adictivos no fueron comprendidos al principio. Su descubrimiento inició el estudio de los alcaloides, que son productos vegetales con un importante contenido de nitrógeno y que dan lugar a notables efectos fisiológicos, incluso en pequeñas dosis.  

domingo, 25 de diciembre de 2011

LA BORREGO - Nota de Opinión



Nos incomoda y nos desafía. Nos coloca en posiciones pudorosas que a poco de ser analizadas o visualizadas ante el espejo de inmediato nos percatamos de nuestra insuperable ridiculez. Es absolutamente cierto su copete “Periodismo de Alta Lisergia”, sin ninguna tipo de dudas El Diario que Faltaba en Coronel Dorrego.

Y esto es así debido a que cuenta con la brillantez de una prosa atildada, una rica erudición histórica y filosófica, la acidez de quienes están convencidos que la realidad siempre será más digerible y pensable, aunque sea desafiando ciertos límites, con una buena dosis de humor y sarcasmo.

Ser víctima de su cinismo me resultó no sólo una sorprendente novedad, sino también una delicada sensación interior de vanidad.

Soy un entusiasta de ese formato irreverente y desprejuiciado. Bife Angosto del tocayo, Barcelona de Marchetti y Capussotto constituyen un correlato contemporáneo de lo que representaron varias décadas atrás publicaciones como Hortensia, Satiricón, Humor y algún que otro intento censurado.

Me constituyo en un ferviente lector de La Borrego; merece la pena. Detrás de este proyecto existe una interesante propuesta periodística, de elevado tenor crítico, que nunca deja de editorializar un presente que en ocasiones nos desnuda torpemente conformistas y falsamente formales. En ocasiones me irrita, en otras no puedo parar de reírme, en otras me hacen reflexionar como lo hacen los versados y más notables escribas del presente.

Ante la computadora se tiene la extraña sensación de que esto no es del Pago. Pero vaya el hallazgo cuando uno percibe la solidez argumental de lo escrito y la inmisericordiosa descripción de cuestiones e imágenes por las cuales nunca deseamos hacernos cargo. El límite y el cinismo siempre expondrán contradicciones. ¿Y qué problema existe en exhibirlas entonces?. 

Es probable que con Balbingrado y con la Pasionaria hayan cometido algún exceso que mal predispuso a quienes no supieron identificar su correlato. Vaya entonces la compresión de un pecado menor a favor de una actualidad que, a mí entender, debe continuar y seguir desafiando a nuestros maltrechos preconceptos y prejucios.
 
Su anonimato es mal visto. En lo personal no me afilio a la idea, pero cierto es admitir que dicho anonimato habla más de Coronel Dorrego como unidad democrática colectiva que de los creadores de la página. Sospecho que su identificación provocaría la automática pérdida de aquello esencial que tiene: Un grado de desfachatez y provocación intelectual impensada para estas conservadoras latitudes.

En cierto sentido la duda visibiliza, presenta curiosidades superiores a las formalidades habituales. En este breve lapso de tiempo el número de visitantes y lectores deja de lado todo tipo de abstracción y comentario. La Borrego ha decidido abrir ese sobre lacrado y repleto de fotos en donde nuestra sociedad oculta sus más detestables rasgos, esas que no se suelen mostrar a las visitas durante los anodinos domingos de tarde.


Laborregoonline.blogspot.com merece suma atención. Felicitaciones por el irreverente intento.
















viernes, 23 de diciembre de 2011

A PROPÓSITO DE LAS FIESTAS - Osvaldo Soriano


Aquel Peronismo de juguete

Cuando yo era chico Perón era nuestro Rey Mago: el 6 de enero bastaba con ir al correo para que nos dieran un oso de felpa, una pelota o una muñeca para las chicas. Para mi padre eso era una vergüenza: hacer la cola delante de una ventanilla que decía "Perón cumple, Evita dignifica", era confesarse pobre y peronista. Y mi padre, que era empleado público y no tenía la tozudez de Bartleby el escribiente, odiaba a Perón y a su régimen como se aborrecen las peras en compota o ciertos pecados tardíos.
Estar en la fila agitaba el corazón: ¿Quedaría todavía una pelota de fútbol cuando llegáramos a la ventanilla? ¿O tendríamos que contentarnos con un camión de lata, acaso con la miniatura del coche de Fangio? Mirábamos con envidia a los chicos que se iban con una caja de los soldaditos de plomo del general San Martín: ¿se llevaban eso porque ya no había otra cosa, o porque les gustaba jugar a la guerra? Yo rogaba por una pelota, de aquellas de tiento, que tenían cualquier forma menos redonda.
En aquella tarde de 1950 no pude tenerla. Creo que me dieron una lancha a alcohol que yo ponía a navegar en un hueco lleno de agua, abajo de un limonero. Tenía que hacer olas con las manos para que avanzara. La caldera funcionó sólo un par de veces pero todavía me queda la nostalgia de aquel chuf, chuf, chuf, que parecía un ruido de verdad, mientras yo soñaba con islas perdidas y amigos y novias de diecisiete años. Recuerdo que ésa era la edad que entonces tenían para mí las personas grandes.
Rara vez la lancha llegaba hasta la otra orilla. Tenía que robarle la caja de fósforos a mi madre para prender una y otra vez el alcohol y Juana y yo, que íbamos a bordo, enfrentábamos tiburones, alimañas y piratas emboscados en el Amazonas pero mi lancha peronista era como esos petardos de Año Nuevo que se quemaban sin explotar.
El General nos envolvía con su voz de mago lejano. Yo vivía a mil kilómetros de Buenos Aires y la radio de onda corta traía su tono ronco y un poco melancólico. Evita, en cambio, tenía un encanto de madre severa, con ese pelo rubio atado a la nuca que le disimulaba la belleza de los treinta años.

Mi padre desataba su santa cólera de contrera y mi madre cerraba puertas y ventanas para que los vecinos no escucharan. Tenía miedo de que perdiera el trabajo. Sospecho que mi padre, como casi todos los funcionarios, se había rebajado a aceptar un carné del Partido para hacer carrera en Obras Sanitarias. Para llegar a jefe de distrito en un lugar perdido de la Patagonia, donde exhortaba al patriotismo a los obreros peronistas que instalaban la red de agua corriente.
Creo que todo, entonces, tenía un sentido fundador. Aquel "sobrestante" que era mi padre tenía un solo traje y dos o tres corbatas, aunque siempre andaba impecable. Su mayor ambición era tener un poco de queso para el postre. Cuando cumplió cuarenta años, en los tiempos de Perón, le dieron un crédito para que se hiciera una casa en San Luís. Luego, a la caída del General, la perdió, pero seguía siendo un antiperonista furioso.
Después del almuerzo pelaba una manzana, mientras oía las protestas de mi madre porque el sueldo no alcanzaba. De pronto golpeaba el puño sobre la mesa y gritaba: "¡No me voy a morir sin verlo caer!". Es un recuerdo muy intenso que tengo, uno de los más fuertes de mi infancia: mi padre pudo cumplir su sueño en los lluviosos días de septiembre de 1955, pero Perón se iba a vengar de sus enemigos y también de mi viejo que se murió en 1974, con el general de nuevo en el gobierno.
En el verano del 53, o del 54, se me ocurrió escribirle. Evita ya había muerto y yo había llevado el luto. No recuerdo bien: fueron unas pocas líneas y él debía recibir tantas cartas que enseguida me olvidé del asunto. Hasta que un día un camión del correo se detuvo frente a mi casa y de la caja bajaron un paquete enorme con una esquela breve: "Acá te mando las camisetas. Pórtense bien y acuérdense de Evita que nos guía desde el cielo". Y firmaba Perón, de puño y letra. En el paquete había diez camisetas blancas con cuello rojo y una amarilla para el arquero. La pelota era de tiento, flamante, como las que tenían los jugadores en las fotos de El Gráfico.
El General llegaba lejos, más allá de los ríos y los desiertos. Los chicos lo sentíamos poderoso y amigo. "En la Argentina de Evita y de Perón los únicos privilegiados son los niños", decían los carteles que colgaban en las paredes de la escuela. ¿Cómo imaginar, entonces, que eso era puro populismo demagógico?
Cuando Perón cayó, yo tenía doce años. A los trece empecé a trabajar como aprendiz en uno de esos lugares de Río Negro donde envuelven las manzanas para la exportación. Choice se llamaban las que iban al extranjero; standard las que quedaban en el país. Yo les ponía el sello a los cajones. Ya no me ocupaba de Perón: su nombre y el de Evita estaban prohibidos. Los diarios llamaban "tirano prófugo" al General. En los barrios pobres las viejas levantaban la vista al cielo porque esperaban un famoso avión negro que lo traería de regreso.
Ese verano conocí mis primeros anarcos y rojos que discutían con los peronistas una huelga larga. En marzo abandonamos el trabajo. Cortamos la ruta, fuimos en caravana hasta la plaza y muchos gritaban "Viva Perón, carajo". Entonces cargaron los cosacos y recibí mi primera paliza política. Yo ya había cambiado a Perón por otra causa, pero los garrotazos los recibía por peronista. Por la lancha a alcohol que casi nunca anduvo. Por las camisetas de fútbol y la carta aquella que mi madre extravió para siempre cuando llegó la Libertadora.
No volví a creer en Perón, pero entiendo muy bien por qué otros necesitan hacerlo. Aunque el país sea distinto, y la felicidad esté tan lejana como el recuerdo de mi infancia al pie del limonero, en el patio de mi casa.




HENRIK IBSEN

"PLANTEADOS LOS TÉRMINOS: QUE EL PERRO SE COMA AL CHANCHO O VICEVERSA LO MISMO DA"


jueves, 22 de diciembre de 2011

UCR - Nota de Opinión


Si de futuro se trata... 

¿De qué lado estás?


Iván, un pibe de treinta y pico, se cuelga en la habitación de un hotel. Es funcionario del área financiera de un gobierno latinoamericano de marcado corte Nacional y Popular. Lo único que le interesa al tipo que veo en el noticiero del multimedio dominante, con rictus de Marlowe, es que horas antes el muerto había estado en un spa y luego haciendo compras en un centro comercial de la República Oriental. Por la tarde un riguroso crítico radial, repleto de frases hechas y razonamientos lineales, eficiente correveidile campestre excelentemente patrocinado por el establishment, completa de centros muy bien direccionados a un impresentable y limitado dirigente sindical del sector agropecuario que se opone a un nuevo estatuto del peón rural, que amplía los derechos de los trabajadores del campo; y lo manifiesta en plena sintonía con las patronales más reaccionarias del sector (¿?). Alguna vez un prestigioso colega de este sujeto mediático comentó bromeando que no era recomendable esperar de él algo elaborado o pensado, es un fanático y fundamentalista opositor del Gobierno Nacional con armadura de plomo: “ni las balas le entran, menos aún las ideas populares”- manifestó sonriendo.

Luego del reciente resultado electoral toda iniciativa que toma el ejecutivo es vista, por parte de la oposición y las corporaciones que no toleran intromisiones estatales, por ende colectivas, como una avanzada totalitaria...

Así, el presupuesto 2012, el proyecto de ley sobre el estatuto mencionado, la socialización del insumo papel para diarios, las acciones judiciales para efectivizar el cumplimiento de la LEY (nunca hay que olvidar que es una ley) de servicios audiovisuales y el proyecto de ley de tierras, preservan para el arco opositor, un perfil escindido de lo que pueblo ha elegido por amplia mayoría el 23 de octubre pasado; que resultan de espasmódicos escarmientos en lugar de entender que forman parte de un proyecto político que a esta altura de los acontecimientos tiene un claro y marcado correlato ideológico. Mensaje aceptado y democráticamente avalado por una histórica mayoría.

La cabeza dirigencial de la CGT reclama lo que debe reclamar en función de su lógica representatividad y de planteos efectuados oportunamente: Ascender el piso del mínimo no imponible, eliminación de la coyuntura que limita la posibilidad del cobro de asignaciones familiares de los trabajadores bajo relación de dependencia y el debate sobre el proyecto de Ley, cuyo autor es el Diputado Recalde, para otorgarle un marco legal a la participación obrera sobre las ganancias de las empresas tienen varios años de paciente espera.
El resto de sus manifestaciones políticas tienen sentido dentro del debate que debe hacer el Partido Justicialista puertas adentro y no tienen porqué afectar el normal funcionamiento de los tres poderes que gobiernan la Nación.

¿Qué es lo complejo de entender entonces?.

Tal vez dicha complejidad se incruste de frente con la marcada intencionalidad de sospechar bajo aguas turbias la observancia de fenómenos políticos dinámicos que no hacen otra cosa que desafiar la más sensible y torpe de nuestras franjas intelectuales: El prejuicio.
Como afirmó el mismo Moreu: Mantenerse en el mismo error; no ceder y continuar construyendo antikirchnerismo bobo.

Entonces, una situación límite de carácter personal que desemboca en un desenlace trágico es visto políticamente como sospechoso; un recurrente y legendario reclamo obrero es observado y editorializado como un quiebre social que propone un escenario de violencia política; una ley que posibilita acceder de modo equitativo al insumo para diarios es analizada como un ataque a la libertad de prensa(¿?); un proyecto que propone mejorar las condiciones laborales del peón de campo (tener en cuenta la decena de hallazgos esclavistas que hemos visto durante estos últimos años) posee un perfil censor por parte del Gobierno; la preservación de nuestro territorio a través de una ley que limita la compra extranjera a favor del inversor nacional posee visiones demoníacas y totalitarias; la democratización de las bocas mediáticas es la resultante de una lógica stalinista sobre el manejo de opinión pública y publicada; el derecho de un gobierno a presentar su presupuesto y aprobarlo, de contar con democráticas mayorías parlamentarias, sobrelleva el calificativo de hegemónico.

¿En qué sitio del debate podemos encajar entonces la ausencia de institucionalidad si todo lo consignado pasa por el Congreso Nacional, máxima representación de nuestras preferencias políticas?
Difícil de responder sin mediar cierta cuota de cinismo y alguna palabra desmedida. En lo personal trato de esforzarme por evitarla de modo plantear argumentaciones sólidas que permitan acceder a una comprensión horizontal del asunto.

Sigo pensando que el Radicalismo es la clave del dilema. Como segunda fuerza representativa a escala nacional le reviste la enorme responsabilidad de no malversar un relato histórico que también comparte, por el que han muerto sus notables, por el que han luchado hasta el límite de su vida sus mejores cuadros militantes.
Un volver a las fuentes populares significaría dejar sin asunto ciertos alegatos que las corporaciones suelen utilizar para denostar al Gobierno democráticamente elegido. Hasta la fecha el Radicalismo se ha equivocado de socio político en su doble significado: Esto le provocó en primer lugar la inmolación de sus históricas banderas y en segundo término su atomización y el consecuente desastre electoral en los últimos comicios.

Que afortunados seríamos como Nación observar a la Unión Cívica Radical debatiendo el proyecto Nacional y Popular desde su interior, sentado en la misma mesa, y no asumiendo los dictados de una oposición sesgada, de corporaciones cuyos intereses distan notablemente de las necesidades del colectivo social, entendiendo que el sujeto pueblo debe volver a ser su indivisible paradigma para contar con chances ciertas de acceder nuevamente al poder.

Sería fantástico y enriquecedor ver a la UCR elaborando pensamiento crítico y analítico sin absurdos gorilismos,  por fuera de las embajadas, como lo hacen muchos de sus seguidores lamentablemente desencantados y alejados de sus estructuras. No tengo dudas que la gran masa Radical que votó a Cristina superó ampliamente a la cantidad de votos obtenidos institucionalmente por el viejo “sello” partidario. La Presidenta no contó con la totalidad del voto peronista, en consecuencia ese 54% fue construido horizontalmente, jugando las viejas banderas Yrigoyenistas un rol fundamental.

A mi entender el Radicalismo tiene un papel cardinal para darle el golpe definitivo a la derecha, dejarla sin asunto, sin burdos argumentos, sin actores de reparto que cobijen sus desmesuras mercantiles, sin vestir elegantemente sus programas de cable. No tengo dudas al respecto, a la vuelta de la esquina están Macri y Magneto y con ellos la dictadura y los noventa volverán a vestir sus mejores túnicas.

Un gran acuerdo nacional de fuerzas populares me permito ilusionar desde esta humilde tribuna; en donde el Oficialismo y la UCR converjan en una síntesis colectiva sobre el devenir, haciendo la debida lectura de un mundo que se aproxima complejo e impredecible. De lo contrario el pueblo lo hará a su modo siendo la indeseada fragmentación inevitable.
Muy lejos estoy de solicitar alineaciones tácitas o formales. Creo en los matices y en la diversidad en la percepción de la realidad. No me interesan las alianzas; apuesto por la pasión del debate democrático.

Me pareció noble y correcta la actitud del Diputado que en su momento reclamo una Ley de Tierras en contraposición con el adolescente comportamiento del Diputado Ricardo Alfonsín en ocasión del discurso presidencial. Dos caminos a seguir, dos lecturas. En un caso la humilde aceptación de una falta casi infantil producto de un año electoral demasiado destructivo por parte de su grupo político de pertenencia; en el otro la soberbia y la falta de respeto, no comprender que el pueblo soberano ha confiado nuevamente en esa persona que estaba dirigiendo su mensaje al auditorio y a la sociedad en su conjunto. Tampoco vislumbró, la  “segunda parte” de los Alfonsín, que más allá de la investidura política había una Dama disertando, en consecuencia, su comportamiento no sólo defraudó desde lo político sino también desde el respeto y la caballerosidad. Alfonsín, al igual que las corporaciones mediáticas dominantes, no tomaron debida nota de lo ocurrido el 23 de octubre pasado. 

Uno entiende que aceptar la realidad es de oneroso costo en la misma medida que adolecemos de capacidad para asumir nuestras falencias. 

El Radicalismo histórico no es el 12% del electorado. Sus banderas comprenden un horizonte mucho más amplio y abarcativo, en donde se pueden confundir tranquilamente y en alianza espontánea los sectores del trabajo, los sectores menos favorecidos y las clases medias, tanto urbanas como rurales. Tal como lo delinearan sus pensadores de FORJA allá durante el treinta, como lo hicieron muchos de aquellos ministros que conformaron el primer gabinete de Perón, como hacen en la actualidad el gobernador santiagüeño Zamora, el flaco Raimundi, la Gobernadora fueguina Ríos, y decenas de Intendentes que se ven favorecidos en su gestión (muchos de ellos han sido ratificados electoralmente con holgura) producto de un sistema inclusivo en donde el derrame (el “generoso” excedente de los pudientes y exitosos) ya no es la teoría dominante.

El Radicalismo tiene el estupendo desafío de reconstruir su base fundacional, desempolvar sus olvidados paradigmas populistas, desmalezar sus recordados y más hermosos jardines ideológicos de la paja corporativa que siniestramente se apropió de su llanura. Argentina necesita del Radicalismo y del FPV, en un acuerdo de ocho o diez puntos básicos que conformen un proyecto de país que le impida a la derecha volver por sus fueros perdidos y que tanto daño le ocasionaron a la sociedad en su conjunto.

El 2015 nos verá mucho mejor que ahora si la UCR deja de hacer antikirchnerismo bobo, si decide disputar el poder en la cancha popular, en donde las mayorías somos locales, en donde nuestras voces cuentan, en donde nuestros dolores son visibilizados. Debe poner las cartas sobre la mesa, descorrer los velos, quitarse de encima la lacra que se mimetiza dentro de sus filas, y decidir de qué lado del dilema existencial se encuentra.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Juan Bautista Maciel

Estimados lectores
Les informamos que ya se encuentra publicado, estando disponible en la red, el trabajo literario titulado:

Juan Bautista Maciel. “Cuando el Descuido nos Omite”

Se trata de una micronovela (como gusta llamar a este formato el notable escritor pringlense César Aira) o cuento largo (sus casi 110.000 caracteres la ubican en una franja de inconsistencia para una taxativa definición al respecto) sobre los últimos días en la vida del gran caudillo republicano asesinado durante los comicios del 5 de septiembre de 1937 en Coronel Dorrego.

La investigación científica realizada es la avenida principal, el “Camino Real” por donde circula la ficción o interpretación que como autor me permito hacer de aquel evento. En esencia es una obra artística, en consecuencia preferí disimular cierta rigurosidad histórica a favor de bosquejar el perfil de un momento histórico determinado y crucial en la vida de nuestro pago.

Por ejemplo desconozco si Carlos Costa gustaba de Luís Acosta García o si era ducho en el bordoneo de la guitarra y del canto surero, lo cierto es que el momento de la obra ameritaba para dejarse llevar hacia dicha subjetividad creativa y no iba a ser yo quién se opusiera a los mandatos de algo que ya no me pertenecía.

Lo mismo sucede con los nombres y apellidos de la época. Las inexactitudes históricas son tan involuntarias como voluntaria es la descripción social del Dorrego de entonces.

Gracias a todos por su atención... y si gustan pueden acceder al trabajo vía Google en la página denominada...

juanbmaciel.blogspot.com

Espero la disfruten... del algún modo de eso se trata la literatura. De no lograr el objetivo, sepan disculpan las enormes falencias intelectuales y artísticas expuestas.



martes, 20 de diciembre de 2011

19 y 20 de Diciembre 2001 - NICOLÁS CASULLO


Una historia interminable


En ocasiones, y para el análisis, la encrucijada nacida el 19 y 20 de aquel diciembre se asemeja a esos juegos de espejos de los parques de diversiones: es difícil situar dónde el original y dónde sus simulacros e imágenes. Lo que es, de lo que se pensó que era. La verdad de sus apariencias.

Mirada a la distancia, esa coyuntura puede medirse como un acontecimiento que fracasó en relación al potencial social despertado. Las asambleas se disiparon, la convocatoria a una constituyente de nuevo cuño nunca tuvo lugar, la alianza ideológica entre clases sociales naufragó rápidamente, el fin del peronismo luego de su década y de su modelo depredador de los ’90 no aconteció. Los nuevos partidos de las nuevas políticas aún se aguardan, el vecino del piso de arriba no fue diputado sino que sigue en su empleo, el mundo social alternativo del trueque fue una anécdota que el mercado ni siquiera registró en su dura piel.

Pero a la vez, observadas aquellas secuelas del 2001 desde la misma preocupación de la política, puede afirmarse que esos días todavía respiran agitados por debajo o por detrás de casi todas las lógicas y operatorias que nos circundan: la calle es el sitio del conflicto (mayor o menor), las crisis partidarias se agudizan sin retorno de maneras diversas, el Estado interviniente es reclamado como nunca y de manera a veces insólita por la sociedad postmememista-aliancista-liberal, los representantes partidarios son votados y a la vez desconsiderados permanentemente. Una nueva conciencia en el propio kirchnerismo en primer lugar, y en algunas oposiciones, porta el complicado neoperfil parido por las detonaciones de aquellas jornadas convulsionadas. La política es compleja y nunca binaria como cuentan ciertos manuales teóricos. La sociedad dice muchas cosas distintas para decir en realidad lo mismo. Y cuando se cree que dice lo mismo dice muchas cosas insospechadas donde poco tienen que ver unas de otras.

Dos consecuencias de importancia se desprendieron de aquella hecatombe social, que si bien pueden ser rastreadas como parte de la histórica comunidad argentina, desde diciembre del 2001 se transformaron en “clásicas” de nuestra actualidad. Por una parte la evidencia de que la sociedad cada vez más hace política –se rehace políticamente– ahí donde logra que la vieja y consuetudinaria política no pueda seguir despolitizando a los sujetos. La política nace entonces desde bases ultrafragmentadas, a partir de la revelación –antes que todo– de su propia nadificación a superar. El acontecimiento diario de “los que no se sienten representados” por la política establecida es la condición para el regreso de la subjetividad política en acto: contra un violador, por un asesinato, un incendio, contra malos servicios, un corte de luz, como respuesta ecologista, en denuncia, en hartazgo: en ausencia.

El 2001 tiene ese brumoso pero al mismo tiempo categórico trazo entre disconformidad e histeria, entre autodefensa y puesta en escena de una sociedad “sacada” de sí misma, pero que también “se saca” de la democracia devenida vacuidad formal. Desde esta perspectiva una corriente de revitalización ciudadana se inscribe hoy como constante diaria –liberadora de domesticaciones sociales que imprime el diseño neoliberal– y pone en jaque el juego de políticas adormecidas institucionalmente.

En segundo lugar, y en relación contradictoria con este mismo orden de cosas, las consecuencias del 2001 trajeron a escena una peligrosa dimensión de sociedad media cualunquista: la reacción atemorizada y espontánea de “la gente” detrás de causas sin ningún perfil político ni ideológico delineado ni claro. La estrechez de mira de cada episodio de inconformismo o rebelión particular, las variables represoras y de linchamiento que aparecen como nuevo sentido común justiciero-mediático, la violencia ciega autoflageladora, el terrorismo lingüístico, la ausencia de horizontes de solidaridad y fraternidad social, el sueño de la sociedad sin “peligrosos sociales”. Lo que podría sintetizarse como típicas, silvestres y variadas formas culturales de derechas, que alimentan aquellas opciones políticas de derecha camufladas detrás de nuevas teorías “republicanas” que publicitan que ya no existen derechas ni izquierdas.

El 2001 signó lo nacional de manera a menudo muy desorientadora. El colapso, la caída de un gobierno democrático, el miedo al fin de un país tuvieron en ese entonces su cántico paradigmático –que se vayan todos– que resume lo equívoco de lidiar con la política. Tal consigna llegó a primera plana, a títulos de libros y películas, a debates, a seminarios e investigaciones teóricas. Los grupos de izquierda radicalizada lo malinterpretaron linealmente como situación prerrevolucionaria anticapitalista, el progresismo liberal como el fin del peronismo luego de medio siglo, el establishment económico (mientras muchos políticos se escondían debajo de las camas) como el caput definitivo de la política intrusa, interventora, corrupta y populista: debía quedar un mundo sólo de empleadores y empleados, donde el mercado, el patrón y “yo” resultan los únicos que no roban.

Pero a la vez, en estos últimos años, después del 2001, grandes contingentes reaparecieron socialmente, sindicalmente, y desde infinidad de márgenes, con un reposicionamiento de viejos motivos: lo nacional, lo popular, la autoconsideración, la cultura de la propia identidad y del trabajo. El reclamo, a veces desmesurado, por un Estado de alta sensibilidad social que reponga racionalidad donde el puro mercado había intentado asesinar a la nación como valor fundante de sentido comunitario. En esa ambigüedad propia de los mundos de masas del tardocapitalismo, en esta ambivalencia del “que se vayan todos”, coagula y flota un tiempo de muy difícil interpretación, pero que diáfanamente pone en evidencia el conflicto, la necesidad de confrontación democrática, las visibles diferencias de proyectos políticos y económicos, las izquierdas y derechas de un viejo-nuevo relato argentino.