EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 31 de octubre de 2017

Endeudamiento y austeridad.. Siniestro maridaje. La mentira de la austeridad ya no se sostiene, amén que sea con fines excluyentes






Gráfica tomada del muro de la compañera Magui Roldán



Años atrás el profesor Michael Hudson, un ex operador de Wall Street, en su libro Matar al huésped, o como los parásitos financieros destruyen la economía mundial, escribió: “Hace mucho tiempo que Adam Smith señaló que a menudo los mayores beneficios se registran en las naciones que más rápidamente se encaminan hacia la ruina. Hay muchas formas de generar un suicidio económico a escala nacional. La principal, históricamente, ha pasado por el endeudamiento de la economía. La deuda siempre se expande, hasta llegar al punto en que un gran sector de la economía no puede seguir honrándola. Llegados a ese punto, se impone la austeridad, y la apropiación de la riqueza se polariza entre el 1% y el 99%. Esta no es la primera vez que sucede eso en la historia. Pero sí es la primera vez que el proceso de endeudamiento se ha diseñado adrede. Como si el grueso de los deudores pudiera hacerse rico endeudándose, en vez de quedar, como es el caso, reducido a una condición de servidumbre por deuda”

Insisto, reitero, remarco: Hay muchas formas de generar un suicidio económico a escala nacional. La principal, históricamente, ha pasado por el endeudamiento de la economía. La deuda siempre se expande, hasta llegar al punto en que un gran sector de la economía no puede seguir honrándola.


Aquí la entrevista completa:


La historia se repite primero como tragedia y luego como farsa afirmó Marx, cosa que evidentemente a la sazón del conocimiento científico resulta irrefutable, empero lo extraño de nuestro presente es que aquella tragedia todavía no había ingresado a los campos de la historia debido a que aún estaba protagonizando muchos de nuestros dilemas y ya la estamos transformando en tragedia sin dejar que se presente como un fenómeno novedoso. Podría afirmarse que somos tan ansiosos en la reiteración de errores que no dejamos pasar un tiempo de reflexión antes de arribar a otro neo eterno retorno.


La tragedia del 2001 puede tomarse como tal a sabiendas que fue consecuencia de las políticas desarrolladas durante la década, ergo la crisis era terminal habiéndose llegado a un punto de no retorno. Pero en el caso  del 2015 tal crisis era inexistente más allá de ciertas correcciones que debían hacerse y que formaban parte de la agenda y gestión del gobierno anterior. De manera que la farsa está dada por la puesta en escena de un evento inexistente, una supuesta crisis que en la praxis benefició a los sectores más concentrados de la sociedad y perjudicó notablemente a los sectores del trabajo vía una política de shock  sobre la base de la transferencia de recursos: Devaluación, retenciones, aumentos de los servicios, paritarias a la baja, inflación, quita de subsidios, aumento en el período para liquidar exportaciones, endeudamiento, tasas elevadas...

Por eso y para finalizar el post de la fecha viajemos a tierras lusitanas. El actual gobierno socialista portugués (si Socialista, para algunos que se dicen tal y no saben que trole hay que tomar) ha llegado al poder hace dos años. Desechó las recomendaciones del FMI y de la Unión Europea a favor de la ortodoxia y comenzaron a desarrollar un programa por nosotros conocido y tristemente abandonado: 

Manuel Caldeira Cabral, ministro de economía afirmó hace poco “Lo que estamos demostrando es que con políticas que recuperan el poder adquisitivo de la población de forma moderada, aumenta la confianza y vuelven las inversiones”. Portugal ha aumentado el gasto público, ha reducido el déficit, atacado el desempleo y ha logrado un crecimiento económico sostenido. Los recortes reducían la demanda. Para poder lograr una verdadera recuperación económica, había que aumentar la demanda...

Aquí el articulo completo
La mentira de la austeridad ya no se sostiene, amén que sea con fines excluyentes:




domingo, 29 de octubre de 2017

Nuestra mass media le da, sin saberlo, la razón a Voltaire: La civilización no suprime a la barbarie, la perfecciona y la hace más cruel..




De Civilizaciones y Barbaries por Mario de Casas



La apelación al rechazo de la “vuelta al pasado” es tanto cínica letanía como fundamento del discurso del oficialismo. Esta fórmula es la punta de un iceberg que tiene distintos componentes, más o menos encubiertos.

El más elemental es la falacia de la “herencia recibida”, que no requiere mayor análisis por cuanto la realidad se encarga de desnudarla diariamente; lo que no significa que las potenciales víctimas tengan plena conciencia de que se trata de una argucia para justificar las políticas en ejecución, y menos todavía de sus consecuencias.

Distinto es el caso de otros ingredientes de la diatriba, como cuando se insiste en el imperativo de evitar el retorno de la “vieja política”, del “populismo” o de los “personalismos”; cuestiones cuya enunciación genérica, carente de toda historicidad, las convierte para el receptor inadvertido en causas excluyentes del “problema argentino”. Si se suma la aparente convicción con que los principales dirigentes de la alianza Cambiemos, sus intelectuales orgánicos y algunos que se pueden considerar ajenos al oficialismo -pero utilizan las mismas categorías para emitir juicios políticos- previenen sobre tales “riesgos”, la cuestión necesariamente gana un lugar destacado en la lucha político-ideológica que tiene al país por escenario.

Cuando se pretende dilucidar la génesis del kirchnerismo suele destacarse una singularidad que también asoma cuando el objeto de análisis es el peronismo. Me refiero a su aparición repentina -o falta de causas evidentes-, que ha dejado y está dejando su marca en la trayectoria de estas dos manifestaciones del movimiento nacional; parece que los elementos ideológicos, políticos, económicos y sociales que las impulsaron se hubieran combinado abruptamente en los momentos previos a su surgimiento, como si hubieran brotado de la nada misma. En cambio, cuando Yrigoyen asumió el gobierno en 1916 habían transcurrido 25 años de lucha, es decir que hubo un período relativamente largo de gestación.

Mi hipótesis sobre los procesos que para el registro político arrancaron en 1945 y 2003 va por otro carril: mientras la evolución real de la sociedad argentina se gestaba en ámbitos ignorados cuando no despreciados, las principales expresiones públicas de la cultura y la política proyectaban la imagen de una república que seguía siendo igual a sí misma; políticos y analistas, desconcertados por fenómenos que desbarataban sus planes y pronósticos, desfiguraron lo que sucedía en sus narices y cayeron en el reduccionismo de afirmar que se trataba de un pasajero renacimiento del tan vilipendiado caudillismo. Así, a poco de andar, se invirtieron las relaciones causa-efecto atribuyendo los presuntos “retrocesos” y/o  “desmanes” a la “demagogia” de un hombre; responsabilizando a Perón por la “segunda tiranía” y a Kirchner por la “vuelta del populismo”. 

Los argentinos hemos sido educados durante más de 100 años en el repudio a los caudillos. Todavía hoy se enseña, desde los primeros grados hasta la cátedra universitaria, que a nuestro país le aqueja una enfermedad recurrente, y que no podemos considerarnos “civilizados” mientras no la erradiquemos para siempre. Es el caudillismo con sus sucesivas manifestaciones: montoneras, chusma yrigoyenista, descamisados o cabecitas negras del peronismo y sometidos por el choripan del kirchnerismo. Los sociólogos, políticos y opinadores deslumbrados por la decadente civilización europea ven en esas fases la exteriorización, bajo formas distintas, de la misma “barbarie” sustancial no extirpada. Sin embargo entre los caudillos de la mitad del siglo pasado y el caudillo Kirchner media tanta distancia como entre las montoneras y la reacción policlasista que estalló en diciembre de 2001.

Hay algo en las distintas manifestaciones de la “barbarie” que la “civilización” no ha conseguido “superar”. Es que la civilización europea no se expandió hasta arrancar de raíz la “barbarie” y borrar el pasado, como pretendía Sarmiento; ni prendió y cuajó de raíz, según las esperanzas del joven Alberdi. Propagó sus semillas en un medio social que, al fecundarlas, generó el alumbramiento de una nueva civilización. La “barbarie” se civilizó al compás de la expansión del modo de producción capitalista, pero no para hacer de la Argentina el mero calco de las naciones pioneras del capitalismo. El autor de las Bases pensaba que en un plazo breve nuestra sociedad se igualaría a las idealizadas democracias anglosajonas, sin percibir que la expansión capitalista generaba fuertes contradicciones en el orden social que impulsaba; la fundamental tuvo origen en el desigual estado de desarrollo entre las potencias imperiales -primero Inglaterra, después Estados Unidos- y el país de los argentinos. Sin perjuicio de evaluaciones que exceden el alcance de estas líneas, faltó a Alberdi y Sarmiento la perspectiva amplia de los fundadores de una nueva civilización. No comprendieron las causas de la gran distancia entre la “barbarie” indoamericana y el progresismo tecno-industrial anglosajón.

Lo dicho hasta aquí y las consideraciones que siguen vienen a cuento porque la misma conciencia colonial que sólo concibe la imitación del régimen de los colonizadores y nubló la visión de aquellos dos hombres clave del siglo XIX, sigue vigente en la segunda década del siglo XXI; e implica un desprecio por las masas, las de antes -nativas- y de las de ahora.  

En efecto, primero fue la pasividad: los hombres de la organización liberal de la República no fueron caudillos en el sentido de su reconocimiento como jefes políticos por parte de las masas, sino todo lo contrario, consagraron sus energías a quebrar los vínculos de los caudillos con las masas; y como el tipo de dirigentes al estilo anglosajón que pretendían imponer era un obstáculo insalvable para sustituir a los caudillos, apareció la democracia renga que los socialistas castigaron con el epíteto de “política criolla”. Mitre, Sarmiento, Avellaneda, Roca, Juárez Celman y Pellegrini sabían que la práctica del gobierno jurídicamente “democrático” -el único que convenía a los intereses del capital extranjero y la oligarquía autóctona- demandaba que las mayorías populares permanecieran pasivas: de movilizarse lo hubieran hecho contra ese tipo de gobierno, resucitando el caudillaje.

Lo que no sabían es que iban a contar con el -tal vez involuntario- respaldo de sociólogos de la época, quienes opinaban que la pasividad era congénita en las masas nativas, y atribuían el caudillaje a ese rasgo “natural” y por lo tanto insalvable: Carlos Octavio Bunge, uno de los más respetados, veía -en 1903- al caudillo del ´900, instrumentado por la oligarquía local con el objeto de sofocar la combatividad de las masas, como el caudillo por excelencia: estaban fuera de su radar el caudillo anterior -el de las montoneras- y el caudillo futuro -el que hasta hoy ha conducido las luchas contra el coloniaje-. Éste no era un juicio aislado, formaba parte de una especie de perversa “psicología social” que hizo historia y se constituyó en un antecedente importante del pensamiento y comportamiento de quienes después denigraron a los núcleos de las respectivas bases sociales de Yrigoyen, de Perón y de Cristina.
Para Bunge la presunta inacción de las masas era la causa excluyente de todo caudillaje, cuando en realidad desde Artigas en adelante los caudillos de la primera hora revolucionaria se erigieron como tales montando la ola de una fuerte actividad de las poblaciones. La indiferencia colectiva que se observaba en la superficie política de la época de Bunge no era consecuencia de incurables taras psicológicas, sino de la incompatibilidad de vastos sectores populares con un régimen importado que no surgía de ellos mismos y que se proponía transformarlos por la violencia, o aniquilarlos.

En estos días, hemos sido testigos de la influencia de ese positivismo sociológico, que presenta a las comunidades indígenas de nuestro continente en estado de congelamiento definitivo, indiferentes a los cambios en el mundo: en el contexto de la desaparición forzada de Santiago Maldonado, mercenarios que trabajan para medios hegemónicos se burlaron incrédulos cuando un testigo mapuche dijo que había visto a través de prismáticos a gendarmes cerca de Santiago, que no había cruzado el río. Actitud tan insólita como calificar de “terroristas” a los miembros de esa comunidad. Lo que sí es cierto es que los pueblos originarios han dado trascendentes ejemplos insurreccionales, y es probable que sus fracasos y la resistencia pasiva que muchas veces les siguió hayan obedecido a diversas causas, como la falta de conducciones que contribuyeran a romper con la disyuntiva entre un presente ominoso y el retorno al pasado.  

El período comprendido entre 1862 y 1916 permanece grabado en la conciencia liberal-conservadora apuntalada por el positivismo como el único tiempo -mitológico- de las esperanzas argentinas. Hay para ellos un antes y un después de ese Tiempo de la República, paraíso perdido que sueñan recuperar; apogeo de la “política criolla”, con el caudillo de viejo cuño domesticado; cenit de la abundancia de los sectores primarios exportadores, de los importadores y de los grandes bancos.

El período que lo precedió terminó con la muerte heroica de los paraguayos en la guerra que denominan de la Triple Alianza, que el pensamiento nacional llama de la Triple Infamia: un antes aniquilado por el colonialismo capitalista a través del manejo de los ferrocarriles, los empréstitos y el libre comercio. El período que le sucede llega hasta nuestros días.

Es evidente que tanto las distintas expresiones históricas de los sectores conservadores y reaccionarios como las del movimiento nacional y popular han fracasado hasta el momento en imponer definitivamente un orden social. Las primeras para sumergirnos en la dependencia de las potencias imperiales, para fiesta de unos pocos y frustración de las mayorías; las segundas para consolidar las transformaciones que aseguren un desarrollo relativamente autónomo y socialmente justo. Por eso el país está en disputa.

Soy consciente de que esta especie de empirismo histórico no conduce directamente a las soluciones que desde el movimiento nacional, popular y democrático necesitamos para romper ese eterno retorno, circularidad que se prolonga sin solución de continuidad y estrangula el proceso argentino de emancipación nacional y social; asimismo entiendo que este análisis no es para oportunistas, que nunca miran más allá de sus intereses inmediatos ni más abajo de la superficie, por lo que desconocen que una elección por sí no puede cambiar para siempre el curso general del acontecer nacional. Pero ni el presente ni el futuro pueden ser aprehendidos como si vinieran de un repollo, tienen origen en el pasado, no como repetición mecánica, sino como asimilación y rechazo; es decir, la concepción dialéctica del proceso histórico-social, no la mera experiencia, nos puede orientar respecto de si la Argentina se está precipitando en una etapa de decadencia irreversible o si siguen madurando en ella las condiciones para cambios progresivos.

A partir de 1916, las masas han sido y son subestimadas no ya por pasivas, sino por ignorantes. En la base de esta convicción de los sectores dominantes y de  importantes segmentos de las capas medias también está ese liberal-positivismo que, como he sostenido más arriba, nunca entendió, ni se preocupó por entender, las contradicciones que se agitaban en la sociedad argentina en las vísperas del yrigoyenismo, del peronismo y del kirchnerismo respectivamente; su característica sobresaliente sigue siendo la incapacidad para concebir un país distinto de aquel que nació de la expansión colonialista del siglo XIX. El pseudo-realismo que esgrimen sus epígonos se basa en creer que las leyes sociales son rígidas y eternas, que siempre producirán el mismo efecto, pues las asumen como si se tratara de la ley de la gravedad y otras constantes de la naturaleza. En particular profesan una ciega adhesión a la actual ortodoxia económica, que ya era dominante a fines del siglo XIX. Su nave insignia es la Constitución de 1853 que, aun con sus modificaciones, se presta a situaciones como la actual, que Cristina ha de denominado democracia precaria.

En los días que corren hemos sido testigos de una manifestación de esa subsunción acrítica a todo lo que proviene de los países del norte, cuando intelectuales y políticos de la alianza gobernante reaccionaron con admiración ante la reelección para un cuarto mandato de la canciller alemana Merkel, admiración del mismo orden de magnitud que el rechazo que les provoca toda reelección en nuestras pampas de cualquier representante de los sectores populares.

Esta crónica incomprensión de la situación nacional induce a considerar los liderazgos populares como fenómenos aislados, consecuencia de la perversidad de personajes ambiciosos en combinación con masas ignorantes -ya no las nativas sino las que se conformaron con el aporte migratorio, externo e interno-, y a reaccionar con estupor ante la reaparición del caudillo -ahora en su versión moderna del líder popular- que una y otra vez creyeron sepultado para siempre por la mediocridad liberal. Luego, se comprende que para el macrismo y Cía. la contradicción fundamental sea “populismo-antipopulismo”, no desarrollo autónomo-dependencia que equivale a la disyuntiva entre el Estado bajo control popular o el Estado bajo control de las corporaciones; que el impulso a un proceso de industrialización y el estímulo al consumo masivo sean “despilfarros” y que “volver al mundo” sea someter toda decisión política a los intereses de las potencias centrales, es decir, de las transnacionales y el poder financiero global.

Es probable que de la indigencia ideológica -no de tecnologías de marketing- que subyace al macrismo, y de sus políticas, no vaya a surgir un líder popular; lo que también es probable es que el macrismo no se detenga en su intento por destruir el único liderazgo popular vigente que, por definición y antecedentes, es capaz de abortar sus planes: el de Cristina Fernández.

No está de más agregar que en esta instancia la derecha no sólo pretende transformar regresiva y definitivamente las estructuras de la Nación: aspira hacerlo con la aquiescencia mayoritaria, lo que implica la necesidad de producir cambios culturales de amplio alcance. Es con este propósito que está invirtiendo variados recursos, algunos modernos y sofisticados y otros viejos y amañados, como los intentos por silenciar a uno de los más importantes intelectuales argentinos vivo, Horacio Verbitsky, a sus compañeros en la investigación periodística y a los medios en los que publica.

Sin embargo, no es aventurado asegurar que no le resultará fácil alcanzar tan ambicioso objetivo. Los sectores populares argentinos no sólo tienen conciencia de sus derechos, que pudieron ejercer cada vez que lograron controlar el Estado, cuentan también con sólidas organizaciones y con historia en luchas como la que está en curso. No olvidemos que en este país los liderazgos populares siempre han representado el carácter nacional dominante, y sus obras políticas las aspiraciones mismas de amplios sectores en un momento particular de la historia; que el vituperado caudillo, en nuestro caso la vituperada caudilla, marca con su sello toda una época, porque en realidad es su época la que lo/a crea; que ni el odio ni la difamación pueden separar al individuo histórico excepcional de su tiempo, al que representa no sólo en términos de su emancipación nacional colectiva, sino también de sus contradicciones. En tal sentido, el kirchnerismo y el antikirchnerismo existían antes de Néstor y Cristina, y probablemente los sobrevivan. Por eso una pregunta que hace las veces de brújula es ¿quiénes ungieron a Cristina líder y quienes intentan destruirla?, o su equivalente: ¿qué hay detrás del kirchnerismo y del antikirchnerismo?

Fuente: La Tecla@Eñe





sábado, 28 de octubre de 2017

El clima de época es el de los sujetos que combaten con pasión por su servidumbre... Conrado Yasenza





Un siniestro clima de época

Fuente:


Por Conrado Yasenza, periodista, poeta y docente para La Tecl@ Eñe

El triunfo de Cambiemos consolida el alineamiento de Argentina con el avance de las derechas/ultraderechas en el mundo. Un corrimiento que desde lo aspiracional identifica a grandes porciones sociales de nuestro país con el exitoso en términos de marketing, técnica y mercado. El peligro de la exaltación del enemigo interno como signo de época.


El alineamiento de la Argentina al fenómeno del avance de las derechas/ultraderechas en el mundo es un hecho convalidado en las elecciones legislativas del 22 de octubre. El triunfo de Cambiemos consolida esa opción política que ha sido revalidada en las urnas y que no debe analizarse sólo desde los marcos de interpretación endógenos. Las derechas neoliberales han trazado estrategias políticas y comunicacionales muy efectivas para provocar un corrimiento en el límite de lo políticamente incorrecto para volverlo aceptable y deseable por amplios conjuntos sociales.

Tomemos como ejemplo Alemania y Brasil. En Alemania el partido de ultraderecha AfD- Alternativa para Alemania- logró colocar a miembros del partido en 13 de los 16 parlamentos regionales. AfD es un partido que aglutina a sectores neonazis, etnonacionalistas, islamófobos y unionistas europeos desencantados con Merkel y el Euro. AfD sedujo a una franja de votantes heterogénea derribando la culpa histórica del holocausto y reavivando los miedos latentes expresados en el migrante, el otro-diferente que pone en riesgo la distribución de los recursos sociales del Estado, el trabajo y que reactualiza la identificación del migrante con el terrorista.

En Brasil, el presidente interino Michel Temer, que llegó al cargo luego promover el Impeachment/juicio político a Dilma Rousseff, inauguró un gobierno de corporaciones que produjo la reforma laboral que retrotrae las condiciones de trabajo al siglo XIX, es decir, reinstaló la esclavitud y la explotación del hombre por el hombre, además de reducir los presupuestos para salud y educación, y avanzar en un plan de reforma tributaria y previsional que incluye la elevación de la edad jubilatoria universal a 65 años. Brasil también enfrenta el avance de la derecha xenófoba liderada por el grupo “Derecha San Pablo” que viene realizando manifestaciones en contra de la Ley de inmigración que el congreso brasilero aprobó. Las consignas: “No queremos la islamización de Brasil”, “Fuera comunistas” “Soberanía para Brasil”.

Argentina experimenta ese corrimiento hacia expresiones de derecha que desde lo aspiracional se identifican con el exitoso en términos de marketing, técnica y mercado, y en tanto deseo subjetivo e individuado.

Amplios sectores de nuestra sociedad evidencian una inquietante inclinación hacia opciones políticas conservadoras expresadas en un discurso que propone una nueva versión del fin de los grandes relatos y se ofrece como el cambio hacia un país moderno e integrado al mundo. Cambiemos es esa fuerza de coalición que aglutina en su seno a los herederos de la Campaña al desierto y la ley de enfiteusis con el balbinismo radical y los millennials del Big Data. Cambiemos es ya una fuerza política extendida por todo el país que con la potencia de ese impulso llamado la ola amarilla, está cambiando la matriz cultural de nuestra sociedad. La propuesta es la de una sociedad sin deuda histórica. Nadie le debe nada a nadie es el lema, porque la construcción del proyecto de vida es individual y se forja con el esfuerzo personal, ese que repite la catilinaria devaluada del “a mí no me regalaron nada, todo lo hice solo y trabajando”. Es sabido, aunque negado, que el Estado es el que ofrece el marco regulatorio de posibilidades para el desarrollo y crecimiento individual y colectivo, pero la aparatología técnico comunicacional de las derechas trastoca ese valor positivo en plena negatividad. Hegel y Spinoza lo advirtieron. El clima de época al que se refieren periodistas y politólogos es el de los sujetos que combaten con pasión por su servidumbre. Cambiemos encarna el laboratorio gélido donde se procesa esa pasión por la explotación. Ese es el verdadero cambio: El mal revestido de pasión calculada sometida a segmentación de perfiles. El mal es una categoría filosófica que expresa ausencia del bien. Aristóteles se refirió al mal desde el bien al considerar que las buenas acciones son aquellas que conducen al logro del bien del hombre (se entiende que es un hombre colectivo, social) por lo tanto toda acción que se distraiga de lograr el bien común se aproxima al mal como ausencia de ese fin. Cambiemos con su ropaje de pasión alegre nos arroja al dominio de la filosofía del nuevo amo. El esclavo liberado pidiendo a gritos su coctel de ansiolíticos informacionales para no enfrentar la responsabilidad ética que implica ejercer esa libertad. Es mejor, entonces, ingerir la píldora que el conglomerado comunicacional concentrado ofrece y que nos acerca en mansedumbre al administrador de nuestras libertades, el racionalizador de nuestras vidas, el regulador de nuestros deseos que en el capitalismo se satisfacen en el consumo de todo tipo de mercancías de uso y cambio. Quienes puedan, un atuendo en el que el logo no es precisamente el conocimiento de cómo el ropaje no nos viste sino que nos consume. En los que menos posibilidades recibieron, la ilusión de un provenir mejor, es decir, el consumo de una esperanza no liberadora, el espejismo de agua en un desierto que se ha elegido.
En el cambio de la matriz cultural que Cambiemos opera, el otro sólo es concebido como un competidor aceptable en tanto emprendedor gregario. El self made-men que mira con recelo al trabajador silvestre, precarizado, cuando no con odio al organizado en economías populares. El mismo que envidiará el progreso de su vecino hasta desearle la desgracia del fracaso en el camino hacia su hechura como hombre emprendedor, el propietario de su destino que como tal no ve en la filosofía del robo de ladrillos arltiana un hurto sino una condición de su existencia como propietario. Ese es el hombre sin deuda y sin historia, en este tiempo de desmemoria y degradación del Estado de Derecho, una memoria que creíamos consolidada como un bien de nuestra democracia, memoria del derecho humano que cruje como una hoja aplastada en el piso otoñal, Estado de Derecho arrasado por la reactualización del horror en la desaparición forzada y muerte de Santiago Maldonado, y en la privación/secuestro ilegal de la libertad de Milagro Sala.

¿Qué puede ser más aterrador en sociedades que han virado hacia un estado conservador que un otro denunciante de la violación de los derechos fundamentales de los seres, un enemigo interno/externo? El gobierno de Macri transformó a Santiago Maldonado, mediante diversas operaciones político-comunicacionales, en un hippie sucio, drogón, artesano, agente Británico, terrorista kurdo/colombiano, miembro de la “célula” RAM que intenta cooptar la Patagonia y declarar un Estado Separatista Mapuche. El enemigo interno de la sarmientina “Patagonia chilena”. Hay que reafirmar una cuestión fundamental: Como lo escribió el periodista Juan Alonso (la cita es tomada de una nota escrita para Nuestras Voces antes de confirmarse la muerte de Santiago), Santiago Maldonado “fue llevado por otra testigo desde El Bolsón en la mañana del 31 de julio. Eligió ir a Cushamen para reclamar por la libertad del lonko mapuche Facundo Jones Huala, que debe enfrentar un nuevo juicio de extradición pedido por Chile. Es decir: Santiago es un joven de 28 años con fuertes convicciones espirituales, intelectuales y políticas. No es un artesano, es un militante de la paz y del derecho ancestral de los pueblos originarios por sus tierras que preceden a los estados y a la colonia española.”

Santiago murió en el marco de un operativo ilegal llevado a cabo en forma coordinada por Gendarmería Nacional y el jefe de Gabinete del Ministerio de Seguridad, Pablo Nocetti, y con el aval de la ministra Patricia Bullrich y el presidente Mauricio Macri.

Lo alarmante es que la construcción de ese enemigo que altera la “normalidad” de un orden social instituido hace mella fácilmente en la superficie de una sociedad en la cual ese sentimiento de odio/rencor es una latencia en estado de erupción constante. Santiago Maldonado puso el cuerpo y sus convicciones en el centro de los intereses del poder geopolítico. La Patagonia de Benetton y Joe Lewis, el magnate inglés amigo del Presidente Macri, que además es el mayor accionista privado de Edenor.

Cambiemos hizo campaña alimentando el odio hacia ese enemigo interno, una medusa cuyas cabezas portan la efigie de Santiago, Milagro Sala, Cristina Fernández y las diferentes representaciones del kirchnerismo.

Este es el espíritu de la época que nuestras elecciones ha consagrado. La hora del “reformismo permanente”, la primera elaboración conceptual del presidente, que alista con premura y exigencias de ultimátum del poder económico, la reforma laboral, previsional y tributaria. El tiempo de dialogar con quienes queden, luego de reagrupamientos esperables, en el lado confortable del “peronismo racional” y del movimiento obrero organizado alineado a los deseos reformistas del poder económico. La participación de sectores gremiales en el último coloquio de IDEA, así lo evidencia.

Un tiempo caníbal y siniestro, aunque politólogos, cientistas sociales y periodistas intenten morigerar presentándolo como el destino que una sociedad libre ha elegido en elecciones democráticas para el conjunto del país.


jueves, 26 de octubre de 2017

El Homo Canalla como "necesaridad" del modelo neoliberal



“Detrás del Partido Clarín, van a aparecer, como siempre cuando la historia se pone densa, personajes que creíamos de este lado y, también, algunos que, contra todo el bombardeo, todavía, tendrán algo de dignidad. Con perdón de la palabra”. Esto lo escribió Lucas Carrasco a fines de la década pasada, es algo que atesoré con mucho respeto intelectual y que de vez en cuando lo traigo a la mesa de debate más allá de que el propio autor de la cita haya sido uno de los primeros ejemplos del caso.

Y la cosa se puso densa, muy densa, ya que un poder omnímodo y decidido a dejar sin margen todos los derechos adquiridos en estos doce años (acaso algunos más de los que ya están incorporados socialmente desde décadas), está desarrollando todo su arsenal bélico parainstitucional y parajudicial con el objeto de subsumir a la población, representantes inclusive, dentro de un primitivo sistema de explotación en donde el “homo canalla” y su correlato de procedimientos cumple un rol fundamental como artefacto y disciplinador social.

Desde hace dos años estamos asistiendo a mutaciones sorprendentes, pero no solo en el ámbito de la política, los medios, la cultura, el sindicalismo, las organizaciones intermedias, entre las más visibles, sino que en el diario andar observamos actitudes que so pretexto del pragmatismo arriban a conclusiones egoístas, enfermizas, casi psicóticas debido a que múltiples varas sociales de las cuales estábamos orgullosos, o por lo menos creíamos estarlo de manera consensuada, han descendido su altura abruptamente desde lo institucional, y en consecuencia como plataforma de ordenamiento e integración. Y me refiero a la vara de la solidaridad, a la vara de la inclusión, a la vara de la pluralidad, a la vara de la libertad, a la vara de la sensibilidad social, a la vara de la lealtad, a la vara de los derechos humanos, individuales y colectivos, a la vara humanista. En definitiva el neoliberalismo no solo es un proyecto político depredador desde lo económico, es una filosofía de vida que pone a las personas en medio de encrucijadas en donde el costo beneficio es el dilema presente, aún en el marco de las relaciones personales.


“El neoliberalismo es una pesadilla que no se acaba nunca ya que es una nueva forma histórica para un nuevo ser humano que, bajo el imperativo del rendimiento y la ley de la competencia, se apropia incluso de la vida más íntima de los individuos” afirmó Laval. Este totalitarismo necesita del auxilio del homo canalla, y dicho auxilio debe tener la eficiencia de la adaptación. Ni convencimiento individual, ni cooptación compulsiva, es una suerte de mandato social que incluso genera nuevas patologías a medida que va corriendo los límites desde el ser social en dirección unívoca hacia el ser individual. Resistir al embeleco canalla es la tarea... 






miércoles, 25 de octubre de 2017

No sé a vos, pero para mi sigue siendo lo más importante... En el pantano, por la reconocida escritora Claudia Piñero


Fuente:

Hay un muerto. Aparece un muerto en el río Chubut. Allí donde algunos temíamos que hubiera un muerto. Hasta ahí la certeza. Estamos en estado de incertidumbre. Nos piden que esperemos. Nos piden prudencia ante el horror. Nos hablan de paciencia. Palabras casi obscenas ante una muerte en la que podría estar involucrada una fuerza del Estado y por la que esperamos respuestas desde hace 78 días. Pero hacemos el esfuerzo, tratamos de esperar en incertidumbre tal como nos piden. Sin embargo, es inherente a la condición humana tratar de armar sentido. Incluso en el sinsentido. Cada uno de nosotros arma el rompecabezas de acuerdo con las piezas que considera válidas. Porque la incertidumbre, en este caso, nos es intolerable, perversa. Porque venimos esperando hace tiempo y bombardeados por hipótesis de distinto tipo. Y porque muchos temimos que el cuerpo de Santiago Maldonado aparecería justamente allí, donde se lo vio por última vez, pero ahora muerto. Aún en la prudencia y a riesgo de equivocarnos buscamos el sentido al sinsentido de la muerte de un hombre de 28 años que cortaba una ruta en protesta.  Es inevitable. Es saludable para nuestra sociedad que lo hagamos, que reflexionemos, que tratemos de entender, aunque las conclusiones que saquemos unos y otros sean distintas. Y que a pesar de nuestras conclusiones esperemos y exijamos, por fin, la certeza.

¿Qué pasó? ¿Cómo murió? ¿Lo mataron? ¿Quién mató a Santiago Maldonado? ¿En qué circunstancias? ¿Por qué el cuerpo aparece ahora? ¿Por qué no lo vieron antes? Todas preguntas válidas. Para cada una puede haber distintas respuestas. Estamos en el pantano de la incertidumbre, tratando de no hundirnos. Pero en ese pantano ya se hundieron varios. No los que piensan distinto, no los que no coinciden en cómo murió o en quién lo mató y por qué. Esa no es la verdadera grieta. Sí se hundieron los que se ríen, los que desprecian, los que ningunean, los que subestiman, los que discriminan, los que juzgan y hablan mal de una familia que está en carne viva. Sí los que ponen el foco en la cantidad de celulares que tenía el muerto, o en el recital al que fue el hermano, o en que si un mapuche habla con precisión es porque está “coacheado”.  Sí aquel a quien se le cruza por la cabeza que un muerto que aparece en un río helado es equivalente a la criogenia a la que supuestamente se sometió Walt Disney y no es capaz de callarse la boca y evitarnos la sonrisa.

Yo estoy entre los que creen que Santiago Maldonado murió en medio de un hecho de represión llevado adelante por Gendarmería, y como consecuencia de esa represión. Pero tengo que ser prudente. ¿Lo sé?, ¿tengo la certeza? No, claro que no. ¿Puedo estar equivocada? Sí. La única certeza hasta ahora es que apareció un hombre muerto en ese mismo río.  Pero mis piezas del rompecabezas tratan de acomodarse y armar sentido.  Yo estoy entre los que fueron a Plaza de Mayo a preguntar: ¿Dónde está Santiago Maldonado? Yo estoy entre los que no creyeron que estaba en Chile en ningún porcentaje, ni creyeron que se cortó el pelo en una peluquería, ni que hizo dedo en una ruta patagónica. Yo estoy entre los que desde que el 17 de octubre apareció el cuerpo de un hombre en el río Chubut cree que es Santiago Maldonado, y llora.


No me pidan que llore sólo ante la certeza. El dolor no entiende de esas precisiones.


Mientras esperamos, prudentes, pacientes, puedo conversar y compartir la incertidumbre con los que piensan distinto, con los que tienen otra teoría posible ante esta muerte, con los que no lloran.  Incluso con aquellos a los que no les importa lo que haya pasado. Pero no me pidan que espere en la incertidumbre con los que se hundieron en el pantano.

lunes, 23 de octubre de 2017

Las ideas que ganaron, los ideales derrotados.. solo por ahora








No me cabe la menor duda que no nos ganaron ni los candidatos, intelectual y humanamente pobres por cierto, ni las éticas, nulas de toda nulidad, ni las gestiones, desprolijas, con base en el endeudamiento y corruptas en grado superlativo, pues definitivamente quienes nos ganaron fueron las ideas. Aunque cueste admitirlo, aunque las creamos simples y salvajes, básicas e inhumanas. Evidentemente las ideas del libre mercado, la competencia, la exclusión y el control “gendarmeril” son las que cuentan, en este momento de la historia, con mayor receptividad por parte de una amplia franja de la población, acaso primero deberíamos entender las cuestiones y razones para que tal cosa suceda: Los factores desequilibrantes contra los que hay que pujar, y me refiero a la cancha inclinada de la que habla Asís, la dificultad en la comprensión de determinados fenómenos, el ocultamiento que el propio sistema impone para que puntuales efectos no se vean como resultantes de causas encarnizadas en el modelo, la fortaleza de su mensaje, la endebles del nuestro, acaso su ausencia de sencillez a la hora de explicitarlo, pueden ser algunos de los motivos.  Pero también existen motivos sociológicos y antropológicos que son determinantes a la hora de la decisión política de los pueblos.

Como la historia no puede ni debe juzgarse desde el presente, es decir no se pueden descontextualizar los eventos de su tiempo vívido, el presente no debe ser razonado bajo los parámetros del pasado ya que justamente esos indicios se han modificado con el paso de las décadas, esto es, ante lo que podemos dibujar como calco, resulta que el boceto se revela impreciso porque los individuos y por tanto la sociedad es otra. Toda especulación es solo eso, una falacia contrafáctica. Por caso la típica imposición de determinar qué hubiera hecho tal cual político del pasado en estos tiempos.  Una buena porción de los electores que ayer votamos vivimos neoliberalismo hace 25 años, de ese grupo etario a algunos le fue muy buen, a la mayoría mal, de manera que a esos que le fue muy bien y que actualmente manejan las usinas formadoras e informativas, y tal vez dirigenciales e incluso institucionales hay que sumarle los que generacionalmente no vivieron tal desquicio, colchón muy reconfortable para que aquellas ideas descansen sin tener necesidad de madrugar obligaciones. La política es un constante flujo de arribos y despedidas en donde no necesariamente habita la lealtad, tal cosa me parece inevitable.


El 13 de junio de este año decíamos en Nos Disparan desde el Campanario que no es recomendable subestimar el poder de las ideas:

“Acaso ese haya sido el error cardinal que cometió el campo nacional y popular durante el período comprendido entre los años 2003 y 2015. Ninguna batalla, y menos para el caso de la que definimos como cultural, se puede ganar subestimando a nuestros antagonistas, negando la existencia del adversario o cuando menos ninguneando su poder de fuego. Una enorme porción de dicha franja del pensamiento político supuso que la simple experiencia vivida durante los noventa y la postrera explosión en el año 2001 sería aval suficiente para el no retorno del extremo salvajismo del mercado en la figura del neoliberalismo. Incluso muchos muestran su sorpresa argumentando que es la primera vez que dicho modelo arriba al poder por los votos. Como vemos no tenemos más que rendirnos ante las evidencias, la construcción de falacias forma parte de un inconsciente e inocente colectivo que nunca ha  dejado de elaborar discursos acordes a ciertos deseos pero muy lejanos a la realidad. Y esto ya lo habíamos reiterado no solo en este espacio sino además en cuanto medio se interesaba por nuestra opinión, aún en momentos de euforia descontrolada, en donde el “no vuelven nunca más” se vociferaba cual murga de comparsa.

Si bien, como afirmó el escritor y politólogo peruano, el socialista Juan Carlos Mariátegui, tal vez para muchos el pensador más importante que tuvo el marxismo latinoamericano de toda su historia, “todo futuro tiene una memoria que lo alimenta, pero ni calco ni copia. El pasado no es un modelo para inventar un futuro..” podemos asumir que lo remoto nos emite señales que no podemos ni debemos soslayar, no ya para inventar caminos, sino para no tomar los mismos que sabemos nos llevan en dirección del abismo.

El primer lugar, tanto en 1995 como en 1999, las ideas neoliberales arribaron al poder en comicios libres, universales y transparentes. No necesitaron de botas, ni de  fraudes,  ni de proscripciones. Para el caso de la reelección de Menem todo el arsenal mediático, dogmático y pragmático del neoliberalismo estaba en curso, incluso el tendal social de cuerpos mutilados era bastante visible. La situación era distinta a la de 1989 debido a que en esta oportunidad no podía ni era necesario ocultar sus políticas excluyentes. La sociedad, mayoritariamente, sentía gran empatía con ese formato sangriento (24% de pobreza promedio), a tal punto que en 1999 la progresista Alianza obtiene un resonante triunfo para el campo de esas ideas con un discurso económico continuista, pero asegurando prolijidad. Como vemos el neoliberalismo supo llegar al poder de manera contundente y por los votos, en algún caso hasta premiado por sus “caníbales éxitos”. En consecuencia no debemos confiar en que la sociedad observe o sienta el presente a través de ojos de indignación. No ocurrió durante los noventa, puede no volver a ocurrir.

Un segundo punto a tener en cuenta es acaso el más relevante a mi entender y vaya guiño del olvido es justamente al que menos atención se le presta. En el año 2003 todavía corrían por las calles del país la sangre de los 39 muertos que cayeron cuando la represión de la salida neoliberal y su correspondiente descontrol ante las urgencias de las masas. El corralito y el corralón aún tenían vigencia, al igual que el trueque, proliferaban los comedores, la situación de calle crecía de manera exponencial, estábamos en pleno default y una decena de  cuasimonedas le limaban al poseedor un 20% cada vez que iba a un comercio a por consumo de sus básicas necesidades. 20 millones de argentinos (57.5%) eran pobres de los cuales 9 millones y medio eran indigentes, la inflación era del 41% anual y la desocupación superaba el 20%. Aún así y en el marco de ese panorama las ideas neoliberales triunfan holgadamente en los comicios de ese año. Repasemos los números

La fórmula neoliberal proveniente del peronismo formada por la Unión del Centro Democrático y la Alianza Frente por la Lealtad, compuesta por Menem - Romero obtiene un 24.45%.

La fórmula neoliberal proveniente del radicalismo autodenominada Alianza Movimiento Federal para Recrear el Crecimiento compuesta por Lopez Murphy – Gómez Diez alcanza un 16.37%.

No podemos incluir, en aquella coyuntura, ni a Carrió ni a Rodríguez Saa como adherentes a ese ideario de manera que no vamos a especular con posibles segmentaciones de sus respectivos 14.05% y 14.11%.

Esto implica que la dos vertientes de la idea neoliberal lograron en conjunto, en su momento de mayor descrédito casi el 41%. Un piso nada desdeñable para un concepto económico erróneamente visto por algunos “en retirada y sin retorno”, casi un fundamentalismo del cual sospecho las corporaciones tomaron debida nota.

Habida cuenta de lo expresado, el adversario, ya en el 2003, y a pesar de sus vicios, dislates y criminalidad contaba con más vida electoral de la que suponíamos, vigores que quedaron mimetizados debido a su propia atomización en los años 2005, 2007 y 2011, cuestión que bien solucionaron las corporaciones en los comicios legislativos del 2009 y del 2013 y las generales del 2015. El esquema era unificar sus intereses y a la par crear un monstruo. No un adversario ideológico al cual se lo pueda vencer democráticamente, sino algo peor, un colectivo demoníaco que era necesario exterminar para patrocinio de la Patria. Creó necesidades individuales y colectivas de subsistencia, casi una cruzada, y para ello configuró líderes de opinión. Nada mejor que el poder mediático en alianza con el partido judicial para ambas cuestiones. Por eso la persecución continúa tal cual comenzó el mismo 11 de diciembre del año 2011.

En este tipo de derrotas hemos conocido mucha gente de mentira. Algunos llevaban varios años cerca nuestro. Por eso nunca es recomendable subestimar a las ideas derrotadas y tristemente creo que el actual gobierno ha aprendido de nuestro error y jamás nos liberará, el frente mediático judicial no dejará resquicio ni rendija abierta para que se filtre nuevamente alguien por la ventana y se quede 12 años en un sitió que para el establishment debe ostentar, por el momento y para siempre, entidad de propiedad privada.

El ostento hoy habla de un tarifazo cuando hace quince minutos pedía bajar el gasto público reconvirtiendo el sistema de subsidios. Y hablan de errores, no de la corrupción endémica que tiene en modelo imperante. Corrían al gobierno anterior por izquierda porque estaban convencidos de que aquel ejecutivo nunca iba a pagar el costo político de una medida que afectara a los sectores medios urbanos, sectores que teóricamente debería seducir. Colectivo que está acostumbrado a la política de la franela y el deseo, a la política retórica y no a la política de la acción.  Y sucedió, entonces no tienen la mejor idea que mentir y responsabilizar a las aves por ponerse en el camino de las balas que ellos mismos disparan desde sus escopetas.  Salarios a la baja, neoendeudamiento, subsidios a los sojeros, la devaluación de las ART, estanflación, transferencia de recursos a los sectores más concentrados y una tendencia constante que camina hacia una hiperprecarización laboral extrema. Las noches liberales son extensas, consumen vidas  y no entienden de latitudes, las traiciones tampoco...
Como bien afirmó el filósofo y el sociólogo  francés Christian Laval, el neoliberalismo sistematiza lo que ya se inventó a principio del siglo XIX. Es un proyecto de sociedad que consiste en adaptar a los individuos al mercado, es decir, a la competitividad permanente. Cuando el mercado del trabajo se liberaliza, por ejemplo, fuerza al individuo a convertirse en rival de los demás y se convierte en capital. Como un valor que debe ir creciendo de forma ilimitada. Esa es su finalidad. Estas estrategias neoliberales nos cambian nuestro contacto con la vida. Todo se convierte en capital. Este sistema de normas sobrepasa el marco económico y contagia todos los terrenos de la existencia. El punto de unidad es el propio sujeto, que no importa en qué terreno se encuentre, su finalidad deberá ser siempre el enriquecimiento. Esto es una nueva forma de “subjetivación”, término de Foucault, una nueva manera para el individuo de concebirse a sí mismo, que le obliga a sobrepasarse continuamente, como un deportista de alto nivel. 

...las ideas nunca mueren, en todo caso, como en la fábula, hacen que mueren a modo de necesario cotillón para poder tomar distraída y desprovista de defensas a su presa predilecta...




sábado, 21 de octubre de 2017

Luego de dos años y a poco de comenzar a bocetar un camino alfabetizador y crítico, el PJ de Coronel Dorrego decidió regresar por sus oscuros fueros 2007/2013, analfabetizándose del kirchnerismo y su transversalidad...





Coronel Dorrego. En las vísperas de una derrota anunciada hace dos años


El Kirchnerismo fue y es inclusivo, es abierto, es debate y discusión, es vértigo y poesía, es camino y avenida, por eso entender el comportamiento del PJ local, candidatos y autoridades, apropiándose del sello Unidad Ciudadana y literalmente dinamitando la militancia y la fe de muchos compañeros leales solo es admisible bajo la ausencia de sus paradigmas. Los cuadros que toman las decisiones políticas han colocado sobre la mesa un oxímoron político, anacronismo que les va a costar enorme trabajo revertir. Volvieron al pasado con la prisa y la necesidad que los sectores más reaccionarios reclamaban. Luego de dos años y a poco de comenzar a bocetar un camino alfabetizador y crítico decidieron regresar por sus oscuros fueros 2007/2013, analfabetizándose del kirchnerismo y su transversalidad...

No tengo dudas al respecto. Unidad Ciudadana local deberá replantarse sus conductas y entender que la mejor manera de responderle a las bases castigadas del pueblo profundo es sumando, tendiendo la mesa, agrandándola, construyendo sin mandatos superiores, sin órdenes, sin vulgaridades fascistas, asumiendo que existen matices que nos acercan, desechando todo eufemismo individual y egoísta.

En muchos distritos de la provincia Unidad Ciudadana comprendió que tal cosa no sólo es posible, sino políticamente necesaria; no para crear un frente opositor de tono coyunturalmente electoralista que impida gobernar, sino para conformar un ideario que incluya una propuesta superadora de la que hoy estamos viviendo en Coronel Dorrego.


Hay purezas que para nada purifican un espacio, sino que suelen contaminarlo con sectarismo y exclusión, algunos de los fotografiados en campaña pueden da fe del éxito de su tarea prejuiciosa.

Hace algunos meses atrás decíamos:




El resultado electoral será contundente. Cambiemos representa fielmente a casi la mitad de nuestra población. Eso no quiere decir que dicho proyecto sea inexpugnable electoralmente y menos aún que sea insuperable políticamente. De hecho presenta flancos altamente criticables desde la ética, la política y la gestión, flancos percibidos por ese otro 50% que también existe (incluso el casi 9% de sufragantes en blanco). Tampoco hay que entrar en la lógica Radical, asumiendo que determinadas banderas hay que arrearlas porque “Dorrego es así”. De ningún modo.

En política existen zancadillas que se toleran, sobre todo las que suelen practicarse entre las cúpulas partidarias, pero cuando se traicionan a las bases, cuando se ocultan los retratos de nuestros líderes, de aquellas personas que amamos, de ahí no se retorna. Y no hablo de cargos, hablo del respeto a la acción política, individual y colectiva, a favor de paradigmas que superan las mismas ambiciones terrenales. Hacer la historia, trabajar para que sea, no sólo contemplarla...

Hace más de dos años, en la nota Fin de Ciclo, algún atisbo se podía observar, y creo que no me equivoqué:





Para encontrarle un nuevo sinónimo a la mentira y entonces nació la “posverdad”... Por Hugo Presman, para La Tecl@ Eñe









Fuente:



La Posverdad

Por Hugo Presman, para La Tecl@ Eñe


La imagen incorporada a la memoria colectiva es José López revoleando unos bolsos por sobre el paredón de un presunto convento. Y sin embargo nunca fue real esa escena. La verdadera es un señor con un arma y bolsos que arrima uno de ellos a la puerta de la misteriosa institución presuntamente religiosa y alguien de adentro entra uno de los bolsos.  Nunca nadie arrojó bolsos, ni los revoleó.

Prácticamente, todos los que se refieren a este hecho hablan de un funcionario revoleando bolsos.

Luego se informó que eran tres y que había nueve millones y medio de dólares en ellos.

La escena verdadera no cambia el bochorno de lo alojado en la memoria colectiva, pasada centenares de veces por la cadena privada de televisión. Pero revela cómo una imagen falsa puede superponerse sobre la real que se repitió hasta el agotamiento.

El neologismo “posverdad” alude a la enorme distancia, que tiende a ampliarse, entre los hechos reales y las formas en que se los trasmite, y que esos se alinean con la emoción y las creencias personales de quienes los reciben.

Una nota de La Nación remite al origen de la expresión: “En inglés, el término "post-truth" se empleó por primera vez en 1992 y lo hizo el dramaturgo serbio-estadounidense Steve Tesich, en un artículo publicado en la revista The Nation. En el artículo, Tesich decía: "Lamento que nosotros, como pueblo libre, hayamos decidido libremente vivir en un mundo en donde reina la posverdad". Tesich reflexionaba en ese texto sobre el escándalo Irán-Contra y la guerra del Golfo Pérsico. Y usó "posverdad" de la misma manera en que se lo usa hoy.”
Desde otro ángulo puede decirse que la “posverdad” implica que la opinión, o la percepción que se tenga, valen más que los hechos.

El antiperonismo que hoy reverdece como si desde 1955 no hubieran pasado 62 años, impúdica y falazmente afirma que el peronismo ha gobernado en los últimos 70 años. Uno de los oídos y ojos del presidente, el financista y mentor de la cadena de farmacias Farmacity, Mario Quintana ha afirmado: “Llevamos 70 años cantando una marchita y nos salió bien, porque hemos combatido el capital".

Ensayistas pedestres y cuya profundidad ni siquiera alcanza a la superficie de lo analizado, consideran parafraseando a un personaje de Mario Vargas Llosa en “Conversación en la Catedral” que se preguntaba “¿cuándo se jodió el Perú?”, cambian Perú por Argentina, y entonces los Fernandos Iglesias responden: cuando nació el peronismo.

Esa es una posverdad, es decir una clara mentira.

Thomas Piketty en “El capital en el siglo XXI” sostiene que la tasa de retorno del capital supera la tasa del crecimiento del ingreso”. Esto significa que hay una desigualdad creciente. Efectivamente, a mediados del siglo XIX los más ricos de la región pampeana tenían ingresos hasta 68 veces más altos que los ingresos de los más pobres. Según José Gelman y Daniel Santilli en su libro “Salarios y precios de los factores en Buenos Aires 1770-1880” para 1910, la brecha era de varias veces mayor.

Los momentos de mayor concentración de la riqueza en manos del 1% de la población coinciden no con gobiernos populistas, sino con gobiernos dictatoriales o políticas claramente pro empresariales que se traducen en una menor participación de los trabajadores en el PBI. Los dos momentos de mayor igualdad en torno a 1950 y 1974 están vinculados a períodos de gran movilización popular, a la aplicación de la heterodoxia política y al peronismo. Durante el kirchnerismo también hubo un mejoramiento significativo a partir de los niveles lamentables de la crisis del 2001. En ningún caso la mayor igualdad no fue obstáculo ni conspiró contra el crecimiento. Según el historiador Ezequiel Adamovsky, recientemente la mayor disminución de la desigualdad se verificó en la década posterior al 2002.

Aunque hoy parezca un sueño, la evolución del PBI per cápita era equiparable al de los países ricos consecuencia de la política distributiva del peronismo, situación que se revierte a partir de finales de mediados de 1975, cuando se produce una nueva aplicación de políticas neoliberales.     


¿Cuántos años gobernó el Peronismo desde 1946?


En estos 71 años hubo largos períodos en que mencionar a los referentes del peronismo estuvo prohibido y cantar “la marchita” podía llevar al calabozo a quien se atreviera.

El peronismo tiene 72 años, pero es una posverdad que haya gobernado bajo la caracterización de gobiernos populistas setenta y un años; es decir, una flagrante mentira. Gobernó desde mayo de 1946 a septiembre de 1955. Nueve años.

Hagamos algunas cuentas: el peronismo fue derrotado el 16 de septiembre de 1955.

Gobernó, y en la cuenta se incluyen como peronismo algunas versiones desvirtuadas como el menemismo: desde el 25 de mayo de 1973 al 24 de marzo de 1976 o sea alrededor de 2 años y dos meses. Luego gobernó 10 años con Menem, dos con Duhalde y 12 con el kirchnerismo. En total 35 años y 10 meses, 36 años sobre un total de alrededor de 71 años o sea un 51 %. Ese porcentaje se lo engloba bajo la generalización de populismo. Pero si excluimos los 10 años de menemismo que fue un gobierno neoliberal y no un gobierno populista, alcanza tan solo a un 36 % por los gobiernos de esa caracterización (Perón – Cámpora – Perón – Isabel - Duhalde, Néstor Kirchner y Cristina Fernández).

El radicalismo gobernó tres años de Illia, los dos de la Alianza y los 6 de Alfonsín en total 11 años, o sea un 16%. Los desarrollistas con Frondizi, cuatro años o sea un 6%.

Los militares los 3 años de la Revolución Fusiladora, los 7 de la autodenominada Revolución Argentina y los 7 años de la dictadura que decidió llamarse “Proceso de Reorganización Nacional”, en total 17 años o sea un 24%. El macrismo lleva casi dos años o sea un 2%. El gobierno de Jose María Guido, que sucedió a Frondizi ejerció la presidencia del 29 de marzo de 1962 al 11 de octubre de 1963, durante 20 meses lo que implica sobre el período considerado un 1% adicional.

La posverdad falsifica los datos y convierte un deseo en una verdad, eso a lo que siempre se denominó simplemente mentira. 

Una posverdad que ha realizado un largo y exitoso recorrido es “se robaron todo” o “se robaron un PBI” o reducir 12 años de gobierno a un capítulo del Código Penal bajo la posverdad “una asociación ilícita se apoderó del gobierno”. Medidas muy positivas como la estatización de los fondos de pensión subestimada bajo la posverdad “un manotazo al dinero de los jubilados” o la estatización del 51% de YPF, con el pago de indemnización, calificada con la posverdad confiscación.

El antropólogo Alejandro Grimson en una nota publicada en la revista Anfibia, tiene un punto de vista al respecto con algunas diferencias. Escribió: “Vivimos una época bautizada con un nombre falso, con una identidad apropiada. Nos han dicho que esto es “la posverdad”. Como si alguna vez, en el pasado, hubiéramos vivido una época atenta a los hechos. Como si la guerra de interpretaciones no estuviera tristemente inscripta en la forma en que fue fundada la Argentina. ¿Acaso la barbarie era un hecho? ¿Acaso lo era la proclamada civilización? No importaron los hechos en el 45, en el 55, en el 76, en el 82. La “información” no era información. El periodismo de guerra no nació en estas tierras en el siglo XXI.” Grimson acierta cuando apunta que siempre las interpretaciones sesgaron los hechos, pero relativiza que posiblemente nunca como en la actualidad los deseos del intérprete se aleja de los hechos que interpreta. Si por la Copa Argentina River derrotó a Atlanta por 4 a 1, eso es información y posteriormente el análisis del partido puede llevar a un comentarista a sostener que el resultado debió ser distinto o en sentido contrario, es decir que Atlanta debió ganar 4 a 1. Eso, más allá de lo forzado  del análisis del periodista sobre el desarrollo del partido, es muy diferente a partir que el resultado fue de 4 a 1 a favor de Atlanta.   


La Posverdad


Cada tanto algún ensayista ingenioso acuña un concepto entre oscuro y rimbombante que le permite escribir largos y engorrosos trabajos; cuanto más crípticos más intentos de interpretación, mesas redondas y conferencias nacerán a su vera.

Desde la modernidad líquida del sociólogo polaco Zygmunt Bauman al significante vacío del filósofo argentino Ernesto Laclau, de los “no lugares” del antropólogo francés Marc Augé a "la teoría de la racionalidad limitada” del economista estadounidense Herbert Simon

A los legos nos resulta complicado poder desentrañar si estamos en presencia de una genialidad artística o de una tomadura de pelo consagrada por la crítica con los pergaminos de una obra maestra.  Conrado Nalé Roxlo, que hacía humorismo con el pseudónimo de Chamico,  revela, con una ironía implacable, cómo el snobismo puede ser una de las múltiples caras de la estupidez; se llama “La nueva escuela”: “Era un gran poeta que vivía en un huerto de laureles plantados por la admiración de sus contemporáneos. Tan tupida era aquella floresta de la gloria que el poeta no podía ver el espectáculo de la calle, que, por otra parte no existía, pues las autoridades desviaban el  tránsito para que los ruidos no lo molestaran en la contemplación de las nubes, que era cuanto necesitaba ver. El Baedecker de la ciudad decía que al pasar sobre su casa las nubes tomaban las formas más caprichosas y bellas, lo que atraía gran cantidad de turistas que veían o no el prodigio según el grado de sensibilidad.

Gozaba en vida de tanta gloria como si ya se hubiera muerto. El Instituto Gallup había calculado que por cada 154 sílabas imantadas por su inspiración (que son las que contienen un soneto decente) se escribían 473 páginas y media de crítica, toda elogiosa. Pero el gran poeta era muy distraído, posiblemente porque siempre estaba papando consonantes, y así cada salida le costaba un paraguas. Digo mal, no le costaba nada, pues el que lo encontraba, se apresuraba a guardarlo como reliquia y enviarle uno mejor. Él no se daba cuenta del cambio y agradecía la devolución con una esquelita. Pero dentro del perfecto régimen de distracciones en que se movía, la esquela se la mandaba a otra persona. Estos agradecimientos de contramano daban un cierto sabor de aventura, azar y misterio que sentaba muy bien a su poesía y permitió a los críticos, exégetas y psicólogos escribir páginas sutilísimas sobre el paragüismo. Einstein, que siempre tiene respuesta para todo, soltó una fórmula tan exacta y deslumbrante que se creó un instituto para interpretarla. Bernard Shaw, también consultado por una agencia internacional, se limitó a decir que el gran poeta era muy distraído, chiste que fue ampliamente celebrado.

Pero era más distraído que todo eso, pues con harta frecuencia se olvidaba de poner las correspondientes consonantes en las puntas de sus maravillosos versos. En esos casos el director del diario o revista que los recibía tomaba el teléfono y, con el respeto debido a su genio, le decía:

- Maestro, se ha olvidado usted de las consonantes.
- ¡ Qué cabeza la mía! exclamaba él, y le daba por teléfono cantidad de consonantes suficientes para que el poema saliera como Apolo manda. Y jamás cometió un error. Era un mimado de las musas
Pero un buen día, sin decir agua y jabón van, se metió en el asunto su lavandera, oficiando sin proponérselo de décima musa. Le dejó sobre la mesa donde se amontonaban sus borradores una cuenta de lavado y planchado. Llegó el poeta impresionante de inspiración y tan distraído como inspirado,  y firmando la cuenta la mandó a una revista literaria.

Al rato sonó el teléfono:
- Maestro, faltan las consonantes.
- ¡ Por Mnemósima, madre de la memoria! – exclamó el vate- ¿Cuántas consonantes faltan?
- Todas, y son tantas.
- Allá van.

Y allá fueron. El poema apareció con una ilustración onírica y surrealista, muy puesta en razón, y comenzaba así:
Siete camisas, amor
Dos calzoncillos, jardín,
Siete pañuelos, violín…..
Tres camisetas, ¡ dolor!

Los críticos se desencuadernaron escribiendo elogios. Treinta y siete academias pidieron para él el premio Nobel. Ciento de recitadoras tomaron apresuradamente trenes y aviones para difundir la buena nueva con los correspondientes ademanes. Se agotaron los catálogos de las tiendas, pues jóvenes poetas ansiosos de ponerse a tono buscaban prendas adecuadas para poetizar. Surgió, como no podía menos surgir, la polémica entre los partidarios de la lencería y los energúmenos de la bonetería. Terciaron, naturalmente, los eclécticos sosteniendo que eran compatibles la camiseta de doble frisa con la camiseta de seda natural. Los clasicistas abogaron tímidamente por la restauración del peplo. Al grito de ¡pasatistas! se ahogó su voz con una tricota.

En fin, fue un jaleo como el estreno de “Hernani”, pero adaptado al ritmo violento de nuestra época.

Cuando el poeta se enteró del escándalo, quiso aclarar el error, rectificar la cuenta del lavado para darle el bajo lugar que le correspondía, pero se habían acumulado ya tantos estudios, tantos argumentos, tantas conferencias, que no le habría bastado la vida para rebatirlos. Además, ¿cómo decir de verdad sin ofender a sus devotos y exaltados admiradores?

¡Imposible! Se resignó a ser el creador de una nueva escuela de la que no entendía una flauta de pan. Pero a fuerza de leer los argumentos de los teorizadores y los poemas de sus discípulos, la luz se hizo una vez más en su mente privilegiada, y un día se sentó a escribir, trémulo de emoción:
                                        
Un par de medias, destino……”    

Cuando Chamico escribió este cuento, recogido en una edición de Eudeba de 1965 en el libro “El ingenioso hidalgo”, no existía el concepto de la posverdad. Pero si el de mentira   que existe posiblemente desde la invención del lenguaje hace 600.000 años.

Se tardó entonces una cantidad de tiempo considerable para encontrarle un nuevo sinónimo a la mentira y entonces nació la “posverdad”.