EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

martes, 9 de enero de 2018

La política como ciencia y la ciencia como política







No explicar la ciencia me parece perverso, escribía Carl Sagan hace 23 años, la ciencia más que un cuerpo de conocimiento es una manera de pensar. Preveo cómo será la América de la época de mis hijos y mis nietos: EE.UU. será una economía de servicio e información, casi todas las industrias manufactureras claves se habrán desplazado a otros países, los temibles poderes tecnológicos estarán en manos de unos pocos y nadie que represente el interés público se podrá acercar siquiera a los asuntos importantes.  La gente habrá perdido la capacidad de establecer sus prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad, nosotros aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos nuestros horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre los que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, entre la superstición y la oscuridad.
La caída en la estupidez se hace evidente principalmente en la lenta decadencia del contenido de los medios de comunicación, de enorme influencia, las cuñas de sonido de treinta segundos, la programación de nivel ínfimo, las crédulas presentaciones de las pseudo ciencias y las supersticiones, pero sobre todo en una especie de celebración de la ignorancia, el estudio y el conocimiento son prescindibles, incluso indeseables.
Hemos preparado a una civilización global en la que los elementos cruciales dependen de la ciencia y la tecnología. Pero al mismo tiempo hemos dispuestos las cosas de modo nadie entienda de ciencia y de tecnología; esto es una garantía de desastre. Podemos seguir así una temporada pero antes o después, esta mezcla de ignorancia y de poder nos explotará en la cara.
La ciencia está lejos de ser un instrumento de conocimiento perfecto, simplemente es el mejor que tenemos. En ese sentido, como en muchos otros, es como la democracia. La ciencia en sí misma no puede apoyar ciertas actitudes humanas pero sin dudas puede iluminar las posibles consecuencias de acciones alternativas. La manera científica de pensar es imaginativa y a la vez disciplinada, estas son las bases de su éxito. La ciencia nos permite aceptar los hechos aunque no se adapten a nuestras ideas preconcebidas. Nos aconseja tener hipótesis alternativas, nos insta a mantener un delicado equilibrio antes las nuevas ideas por muy heréticas que parezcan, realizan un escrutinio escéptico más riguroso. Esta manera de pensar es una herramienta esencial para una democracia. Cuando somos autoindulgentes y acríticos, cuando confundimos las esperanzas y los deseos con los hechos, caemos en la pseudo-ciencia y la superstición. Uno de los grandes mandamientos es “desconfía de los argumentos que proceden de la autoridad”. Esta independencia de la ciencia promueve que también las autoridades deban demostrar probatoriamente sus argumentos como todos los demás.



Como la ciencia nos conduce a la compresión de cómo es el mundo y no de cómo deseamos que fuese sus descubrimientos pueden ser inmediatamente comprensibles o satisfactorios en todos los casos. Puede costar un poco de trabajo reestructurar nuestra mente, si se nos priva de ello complicando su aprendizaje nos están quitando un derecho erosionando nuestra confianza.
A pesar de las abundantes oportunidades de mal uso, la ciencia puede ser el camino dorado para que las naciones en vías de desarrollo salgan de la pobreza y el atraso. Hace funcionar las economías nacionales y la civilización global. Muchas naciones lo entienden. Esa es la razón por la que tantos licenciados en ciencia e ingeniería de las universidades norteamericanas -todavía las mejores del mundo- son de otros países. El corolario, que a veces no se llega a captar en Estados Unidos, es que abandonar la ciencia es el camino de regreso a la pobreza y el atraso.

Los valores de la ciencia y los valores de la democracia son concordantes, en muchos casos, indistinguibles. La ciencia y la democracia empezaron - en sus encarnaciones civilizadas - en el mismo tiempo y lugar, en el siglo VII y VI a. J.C. en Grecia. La ciencia confiere poder a todo aquel que se tome la molestia de estudiarla (aunque sistemáticamente se ha impedido a demasiados). La ciencia prospera con el libre intercambio de ideas, y ciertamente lo requiere; sus valores son antitéticos al secreto. La ciencia no posee posiciones ventajosas o privilegios especiales. Tanto la ciencia como la democracia alientan opiniones poco convencionales y un vivo debate. Ambas exigen raciocinio suficiente, argumentos coherentes, niveles rigurosos de prueba y honestidad. La ciencia es una manera de ponerla las cartas boca arriba a los que se las dan de conocedores. Es un bastión contra el misticismo, contra la superstición, contra la religión aplicada erróneamente. Si somos fieles a sus valores, nos puede decir cuándo nos están engañando. Nos proporciona medios para la corrección de nuestros errores. Cuanto más extendido esté su lenguaje normas y métodos más posibilidades tendremos de conservar lo que Thomas Jefferson y sus colegas tenían en mente. Pero los productos de la ciencia también pueden subvertir la democracia más de lo que pueda haber soñado jamás cualquier demagogo preindustrial.


De El Mundo y sus Demonios....  de Carl Sagan






3 comentarios:

  1. 100% de acuerdo con Mr Sagan. Es evidente . el aumento y la demanda por el creacionismo en las escuelas de USA, la disminución de la tolerancia en el mundo, el auge de religiones y fanatismos,las practicas medievales,el desplazamiento de la mujer y su maltrato,el auge de los moralistas y los timoratos,la decadencia imparable de las artes.

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  2. Me hubiese gustado mucho conocer la opinión de Carl Sagan sobre el peronismo...

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