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sábado, 17 de septiembre de 2016

A NO SER REDUCCIONISTAS, NO FUE POR EL BOLETO ESTUDIANTIL...




A 40 AÑOS DE “LA NOCHE DE LOS LÁPICES”

Complejizar la historia oficial
Por Luciana Garbarino para Le Monde diplomtique Cono Sur


Un nuevo aniversario del operativo de secuestro de los estudiantes en La Plata constituye una buena oportunidad para reflexionar acerca de la construcción de la memoria del hecho. Cada momento histórico tiene sus condicionamientos y sus posibilidades para interpretar su pasado.
Las interpretaciones acerca de la historia son algo dinámico y cambiante y eso lo sabemos bien en Argentina. No sólo por la importante tradición de nuestro revisionismo histórico –Raúl Scalabrini Ortíz, Arturo Jauretche, Milcíades Peña, por mencionar algunos–. Sin ir más lejos, hoy asistimos a un importante giro acerca de nuestro pasado reciente. Con una velocidad vertiginosa, el relato de la década ganada se convirtió en cuestión de días y de votos en una pesada herencia que confinó al país al último círculo del infierno. Como lo explica la investigadora Elizabeth Jelin, la memoria es un objeto de disputa que debe ser historizado porque su sentido puede cambiar en cada momento de acuerdo a las condiciones sociales y políticas, pero también a partir de cuestiones menos grandilocuentes como la aparición de nuevos testimonios o pruebas que alteren el sentido de lo establecido hasta entonces.
¿Y a qué viene esta introducción acerca de la historia y sus interpretaciones? Hoy se cumplen cuarenta años de “La noche de los lápices”, el operativo por el que fueron secuestrados, torturados y en algunos casos asesinados diez estudiantes secundarios en la ciudad de La Plata. Si bien el relato oficial del hecho durante años lo presentó como la consecuencia de la lucha librada por estos jóvenes por el boleto estudiantil en la primavera de 1975, con el tiempo la consolidación de la democracia y la maduración del proceso de Memoria Verdad y Justicia fueron haciendo posible complejizar la lectura acerca de los motivos de aquel violento episodio. Comprender ese proceso es la pretensión de esta nota.
Los hechos
Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini, Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce Moler se conocieron en el marco del reclamo por el boleto estudiantil. Si bien asistían a colegios distintos y militaban en organizaciones diferentes (casi todos pertenecían a la UES, Unión de Estudiantes Secundarios, vinculada al peronismo revolucionario, menos Pablo Díaz que pertenecía a la Juventud Guevarista, vinculada al PRT-ERP) en septiembre de 1975 los jóvenes confluyeron en ese reclamo. Como militantes, sin embargo, su lucha se inscribía en un proyecto político más amplio de transformación social que incluía la militancia en las calles y en los barrios populares.
El 4 de septiembre de 1975 en una importante asamblea estudiantil se decidió marchar hacia el Ministerio de Obras Públicas de La Plata. Al día siguiente cientos de jóvenes se reunieron allí para entregar un petitorio en el que la Coordinadora Estudiantil exigía el boleto estudiantil a un peso. Pocos días después el gobierno firmó el decreto 6.809 que lo puso en vigencia y exactamente el 16 de septiembre de 1975 fue finalmente reglamentado. Pero los motivos para celebrar durarían poco. Tras el golpe militar del 24 de marzo de 1976, el gobierno de la provincia de Buenos Aires nombró como ministro de educación al general Ovidio Solari. La designación de un militar para la cartera, en el marco de un gabinete cuyos miembros eran en su mayoría civiles, evidenciaba el enfoque represivo que proponía para el área. Su par a nivel nacional, Ricardo Pedro Bruera, anunciaba mientras juraba: “Se restaurará el orden en la educación”.
El operativo denominado por las mismas fuerzas represivas como “La Noche de los lápices” se desarrolló entre el 16 y el 21 de septiembre de 1976 y estuvo a cargo de la Policía Bonaerense, en ese entonces dirigida por el general Ramón Camps. Los jóvenes pasaron por los centros de detención Pozo de Arana, Pozo de Banfield, la Brigada de Investigaciones de Quilmes y la Brigada de Avellaneda donde fueron brutalmente torturados. Sólo consiguieron sobrevivir Pablo Díaz, Gustavo Calotti, Emilce Moler y Patricia Miranda, mientras que los otros seis jóvenes permanecen desaparecidos.
Relatos y momentos
El historiador Federico Lorenz, preocupado por la discusión de este tema en el ámbito educativo, estudió en profundidad la construcción de la memoria acerca de este episodio. Lorenz afirma que tanto el contexto represivo como los primeros años de democracia obligaron a “despolitizar” a las víctimas y a construir lo que él denomina “víctimas inocentes”. Es importante aclarar que no se utiliza la palabra inocente como contraposición a una culpa que justificaría su secuestro, sino en el sentido de una cierta construcción ingenua o simplificada de los protagonistas. Lo que predomina es una concepción de las víctimas como personas con fuertes ideales pero incompletas en su desarrollo político y cultural. La idea se aclara con la definición que aporta el informe de la CONADEP sobre los adolescentes: “Todavía no son maduros, pero ya no son niños. […] No saben mucho de los complejos vericuetos de la política ni han completado su formación cultural. Los guía su sensibilidad”.
Ante el Estado represivo, los jóvenes eran percibidos o bien como la perversión de la subversión o bien como ingenuas almas manipulables susceptibles de caer bajo la influencia de ideologías extremas. En ese contexto, es comprensible por qué los reclamos de los familiares de los desaparecidos eludían, en general, las causas que habían originado la desaparición, por más injustificada que esta fuera. Ya con el retorno de la democracia, los primeros años del gobierno de Raúl Alfonsín estuvieron atravesados por fuertes disputas acerca de la interpretación de la historia reciente: “El eje del discurso del movimiento de derechos humanos se concentró en las demandas de verdad y justicia, en un paulatino reemplazo de la consigna de Aparición con vida que había predominado durante los años de la dictadura”. Con las vivencias del horror aún tan frescas y la desesperada necesidad de justicia, se volvía imperativo poner énfasis en la magnitud de los crímenes cometidos por la dictadura. Al mismo tiempo surgía una crítica generalizada hacia cualquier tipo de violencia, tanto la represiva como la guerrillera, y no eran bienvenidas las historias militantes.
En estas circunstancias se construyó el relato de aquella noche a partir de tres elementos fundamentales: el testimonio de Pablo Díaz, uno de los sobrevivientes, durante el Juicio a las Juntas Militares en 1985, el libro “La Noche de los Lápices” escrito en 1986 por los periodistas Héctor Ruiz Núñez y María Seoane y la película del mismo año, basada en el libro, dirigida por Héctor Olivera.
La construcción de la memoria de ese operativo está, por lo tanto, inevitablemente impregnada de los condicionamientos políticos y emocionales de la transición democrática: la necesidad de despojar a los jóvenes de cualquier arista susceptible de ser considerada “subversiva” derivó en esa imagen de “jóvenes inocentes” que se observa con claridad en la película.
Nacido en este clima de época, el relato oficial de “La Noche…” cristalizó la vinculación del secuestro de los protagonistas con un reclamo gremial (el boleto estudiantil) antes que político. Si bien su condición de militantes aparece, quedó relegada a un segundo plano. Lorenz agrega otra idea central para comprender esta perspectiva: en aquel momento, la necesidad de dejar atrás una etapa de tanta violencia condujo a una caracterización más ética que política. Y agrega: “Por lo menos hasta el 90 se observa esa ausencia de la identidad política de los desaparecidos. Y no sólo los familiares... Cuando alguien se planta públicamente (como el libro y la película), siempre es en respuesta a un contexto social que es una presión”. El propio Pablo Díaz aludió tiempo después en una entrevista a los factores que pesaban entonces sobre la construcción de su relato: “Yo al principio le tenía mucho temor al qué dirán y le tenía mucho temor al que me separen […] Que por el hecho de haber estado militando políticamente en una organización, que adhería a organizaciones guerrilleras me separen desde los prejuicios”.
Complementando estas reflexiones, el historiador italiano Enzo Traverso considera que en el siglo XXI la figura de la víctima adquiere un lugar central en la visión de la historia. Con la mirada puesta en los sucesos mundiales a lo largo del siglo XX, Traverso llega a la conclusión de que el fracaso de las revoluciones y del comunismo paralizaron la imaginación y condujeron al mundo a voltear su mirada hacia el pasado. Como resultado de este proceso, la tragedia del Holocausto pasó a ocupar el lugar de una nueva religión civil, cuya conmemoración sacraliza los valores fundamentales de las democracias liberales, y se convirtió en el paradigma de la memoria occidental.
Este análisis busca destacar que si bien con el tiempo el relato acerca de lo sucedido aquel 16 de septiembre, y durante la década del 70 en general, se ha ido enriqueciendo, la magnitud de la violencia del terrorismo de Estado y la dificultad para abordar la construcción de las víctimas han dificultado la posibilidad de ampliar las discusiones. Es cierto que la voluntad de adentrarse en este terreno se topa el riesgo de ser malinterpretada y usufructuada por los apologistas de la dictadura. Emilce Moler, una de las sobrevivientes de esa noche que tuvo desacuerdos con el relato oficial desde su concepción, cuenta que no se atrevió a exponerlos públicamente en aquel momento justamente para no dar pie a los que impugnaban la lucha por la justicia en un contexto tan sensible. Pero después de cuarenta años, y aunque todavía se aviven viejas discusiones (Lopérfido y compañía), vale la pena, con cautela, responsabilidad y fundamentamos aportar elementos para enriquecer los relatos.
Volviendo a Emilce Moler, ella fue secuestrada el 17 de septiembre de 1976 dentro del operativo, pero por diversos motivos su historia no está desarrollada ni en el libro ni en la película. Su lectura de los hechos, como ella misma aclara en sus exposiciones, es complementaria a la oficial: “Creo que con La Noche de los Lápices se hizo un modelo de lo que pasó en nuestro país, que hay que recrearlo con lo que fue dejado de lado y lo que yo y otros podamos aportar no entra en contradicción con lo que se sabe, sino que muestra una dimensión más profunda del horror”. Después de un doloroso trabajo de procesamiento interno, pero también en un contexto democrático más consolidado y con una política de derechos humanos encauzada, Emilce Moler comenzó a difundir su propia interpretación de los secuestros de aquella noche. “No creo que a mí me detuvieran por el boleto secundario, en esas marchas yo estaba en la última fila. Esa lucha fue en el año 75 y, además, no secuestraron a los miles de estudiantes que participaron en ella. Detuvieron a un grupo que militaba en una agrupación política. Todos los chicos que están desaparecidos pertenecían a la UES, es decir que había un proyecto político, con escasa edad, pero proyecto político al fin” .
Gracias a este proceso de reinterpretación de los hechos, Pablo Díaz dice que hoy algunos de los elementos de su relato que antes habían pasado más inadvertidos cobran otra relevancia. Por ejemplo, la confesión que le hizo Claudia Falcone acerca de las violaciones que había sufrido adquiere otra dimensión a luz del enfoque de género que ganó terreno en los últimos años.
Abusándome de las reflexiones de Lorenz retomo lo que él plantea acerca de que el desafío de recordar estos hechos es tender puentes con el presente y con la violencia de hoy. Emilce Moler lo sintetiza con lucidez del siguiente modo: “El terrorismo de Estado de ayer es el hambre de hoy. (…) Como sociedad, creo que ahora no se aceptaría un golpe militar como tal, pero las formas de sometimiento, de control político hegemónico económico se manifiestan de otra manera”. Volvamos al pasado y comprendamos a fondo la militancia de los 70, sus ideales, sus miedos, sus contradicciones, para que su lucha sea inspiradora y no una epopeya imposible de continuar.



Fuente: © Le Monde diplomatique, edición Cono Sur

4 comentarios:

  1. Muy interesante. Me gustaría agregar que la película sobre el libro de Seoane/Nuñez desvincula del terrorismo de estado nada menos que a las FFAA y a la iglesia católica: cuando interviene un militar de uniforme es para sacar a los secuestrados del circuito "ilegal" para pasarlos al "legal", y se lo ve quejarse del estado en que están, e instantes después uno de los secuestradores dice a sus espaldas "milico de mierda, qué se cree", o sea... el otro es militar, los secuestradores no. Y Alfonso de Grazia, sacerdote que pide confesiones y creo recordar que hasta le pega un tiro a alguien, aparece en los créditos como "FALSO CURA", por qué no se van un poco a la p...

    Un video de nueve minutos que va en la misma dirección, politizando el tema y relacionándolo con el pasado y con el presente, se puede ver acá:
    https://www.youtube.com/watch?v=TeTqwZzt1eM
    Está pensado para ser proyectado en los actos (o en las aulas) de las escuelas secundarias.

    Saludos.-

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    1. Coincido, Alejandro. Mas allá de la película en sí, creo que siempre se trató de acuarelizar el hecho de la militancia política de la juventud de entonces, el compromiso colectivo y el fuerte contenido ideológico de sus lecturas y visiones (elementos cardinales que determinó el sadismo del establishment) bajo el paraguas de un simple boleto estudiantil..

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  2. Hay que hacer una distinción entre los que simplemente militaban y los que participaban de acciones armadas en democracia.
    La muerte atroz de ninguno de ellos es justificable de ninguna manera. Pero la muerte no blanquea a las personas. Unos eran muchachos que militaban por sus ideas, otros eran hdp que pensaban que militar era asesinar gente. Es muy diferente. Unos son reivindicables, otros fueron, y aún lo son si no se arrepintieron, gente de lo peor, escoria humana como sus torturadores.

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    1. La única que puede determinar cada caso es la justicia. Y por entonces la justicia no existía

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