Nos Disparan desdee el Campanario... Elecciones en Brasil: una vez más, ¿cómo llegamos hasta aquí?... por Diana Assunção y Danilo Paris


Fuente: La Iquierda Diario

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Hace unos días publicamos el artículo ¿Cómo llegamos hasta aquí y cómo enfrentar a la extrema derecha?, que recibió cientos de comentarios y miles de visitas. Muchos coincidieron con nuestro análisis, mientras que otros plantearon cuestiones que merecen mayor exploración. Queremos continuar este diálogo porque la gravedad de la situación exige una reflexión colectiva que vaya más allá de las explicaciones más inmediatas y aborde las causas políticas y sociales del fortalecimiento del bolsonarismo.

El proyecto de Flávio Bolsonaro representa un peligro enorme. Su alianza con Donald Trump, su defensa de una agenda económica que ataca a los trabajadores y su hostilidad hacia los derechos democráticos y los movimientos sociales exigen una confrontación decisiva.

Sin embargo, para que esta lucha sea efectiva, debemos comprender tanto las condiciones que permitieron su ascenso como las contradicciones que enfrentará este proyecto. Desde esta perspectiva, debemos analizar qué izquierda necesitamos construir para los próximos años y reconocer que el poder electoral de la ultraderecha no surgió de la nada. Tan hostil como el ascenso de la ultraderecha es la perspectiva escéptica sobre las posibilidades de enfrentarla. El miedo, la desmoralización y la postración no pueden prevalecer ante la nueva realidad del país. Por ello, comprender la dinámica de cómo opera la ultraderecha es crucial para evitar caer en el fatalismo de su invencibilidad.

Los votos reflejan las relaciones políticas en un momento histórico determinado, pero no eliminan los conflictos sociales que impregnan la sociedad. Quienes asuman el poder en 2027 encontrarán un país marcado por el endeudamiento familiar, el empleo precario, la desigualdad social, el deterioro de los servicios públicos y las expectativas contradictorias de millones de votantes.

El conflicto entre los verdaderos deseos de las vastas mayorías sociales y los intereses de las grandes empresas no ha desaparecido simplemente porque una parte de los trabajadores haya votado por Flávio Bolsonaro u otros representantes del bolsonarismo. Sin embargo, de ser elegido, Flávio intentará explotar la desmoralización, el miedo y la pasividad para vulnerar los derechos de la población. Por otro lado, millones ya comprenden que, incluso con una posible victoria de Lula, el avance de la ultraderecha en el Congreso, el Senado, diversos gobiernos estaduales (provinciales) e incluso en la composición del Supremo Tribunal Federal creará enormes dificultades para su gobierno. Es en este nuevo escenario que buscamos profundizar en los debates iniciados en nuestro primer artículo.

Las movilizaciones juveniles y la posibilidad de alterar el equilibrio de poder

Las manifestaciones que se produjeron tras la primera vuelta constituyen uno de los acontecimientos más importantes de la nueva situación. Estudiantes de secundaria y universitarios salieron a las calles de ciudades grandes, medianas y pequeñas para expresar su oposición a la extrema derecha y exigir la defensa de la educación pública, los derechos democráticos y el fin del horario laboral de 6x1.

Si bien se trata aún de movilizaciones iniciales, con fuertes connotaciones electorales, alcance social limitado y perspectivas políticas heterogéneas, demuestran que existen sectores de la juventud dispuestos a confrontar el bolsonarismo más allá de las urnas. Su desarrollo dependerá tanto de los acontecimientos de las próximas semanas como de su capacidad para establecer vínculos con sectores más amplios de la clase trabajadora y desarrollar una perspectiva que trascienda las elecciones.

Para que las movilizaciones alcancen a la extrema derecha, el debate sobre el fracaso de la política de moderación no puede separarse de la experiencia de los últimos años, durante los cuales las principales dirigencias sindicales, estudiantiles y políticas subordinaron la movilización independiente a la preservación de la gobernabilidad de Lula y las alianzas del Frente Amplio. Las manifestaciones actuales nos permiten vislumbrar, aunque a menor escala, la fuerza que podría haberse movilizado en torno a demandas fundamentales, como la reducción de la jornada laboral, la derogación de la reforma laboral, la lucha contra las privatizaciones y la defensa de la educación y la sanidad públicas. Si esta fuerza que vemos en estas manifestaciones hubiera salido a las calles para imponer el fin de la jornada laboral 6x1 en lugar de confiar en el Congreso y el Senado, ¿no sería más débil el bolsonarismo?

Si estas luchas hubieran contado con el apoyo de las grandes organizaciones obreras, estudiantiles y populares, no solo habrían logrado importantes reivindicaciones, sino que también habrían contribuido a cambiar el equilibrio de poder y a poner a la extrema derecha a la defensiva. El problema de la estrategia adoptada en los últimos años no se limita, por tanto, a las concesiones hechas en el ámbito de la política institucional. También implica las oportunidades de movilización desaprovechadas en nombre de la estabilidad de las alianzas gubernamentales. En otras palabras, la situación actual no surgió de la nada: es la expresión de una política de años que evitó el camino de la movilización y dividió las luchas existentes siempre que fue posible.

Los jóvenes que comienzan a movilizarse deben incorporar estas lecciones, a la vez que encontrar maneras de dialogar con los trabajadores de aplicaciones, fábricas, comercio, servicios, educación y transporte. La fuerza de este movimiento no se medirá únicamente por el número de personas reunidas en manifestaciones, sino por su capacidad para convertirse en un referente político para millones que aún no han encontrado una alternativa a la situación actual. Para ello, se necesita un programa que logre el apoyo de las amplias mayorías sociales, un programa que abogue por el fin inmediato de la jornada laboral 6x1, la derogación de las reformas laborales y de pensiones y de la Nueva Educación Secundaria, aumentos salariales sustanciales y el fin del Marco Fiscal, y destine importantes inversiones en educación, salud y vivienda. Un programa que no se parezca en nada al propuesto por el Frente Amplio, que se comprometió a mantener la estructura social actual del país.

La reconciliación de clases y las raíces de la extrema derecha

En nuestro primer artículo, argumentamos que el fortalecimiento de la extrema derecha no puede entenderse sin una evaluación del Frente Amplio. Sin embargo, la experiencia histórica brasileña demuestra que las contradicciones de esta estrategia son anteriores al tercer mandato de Lula y encuentran una de sus expresiones más dramáticas en el golpe institucional de 2016.

Durante sus gobiernos, el PT buscó conciliar los intereses de sectores de la clase trabajadora con los de facciones de las clases dominantes. Las alianzas con la agroindustria, el sistema financiero, las grandes constructoras, los empresarios y partidos conservadores, se presentaron como condiciones necesarias para garantizar la gobernabilidad y posibilitar las políticas sociales.

Sin embargo, a medida que se agudizaba la crisis económica y política, sectores decisivos de esas mismas clases dirigentes pasaron a la ofensiva contra el gobierno. La FIESP (Federación Industrial del Estado de San Pablo), que había apoyado las políticas de Lula, se convirtió en uno de los símbolos de la campaña para destituir a Dilma Rousseff. Esta experiencia demostró los límites de una estrategia que buscaba garantizar la estabilidad política mediante compromisos con fuerzas sociales cuyos intereses seguían siendo estructuralmente opuestos a los de los trabajadores.

El segundo gobierno de Dilma inició su mandato con un ajuste fiscal que contradijo las expectativas de importantes sectores de su base social, con el fin de preservar "la confianza de los mercados". Esto se materializó con el nombramiento de Joaquim Levy como Ministro de Hacienda, un banquero encargado de garantizar dicho ajuste. Aun así, estas concesiones no impidieron que sectores de la burguesía reorganizaran sus alianzas y apoyaran su destitución.

La derrota allanó el camino para el gobierno de Temer, la reforma laboral, la expansión de la subcontratación, la profundización de la austeridad y, posteriormente, la elección de Jair Bolsonaro. Sin embargo, este proceso no estuvo exento de resistencia, a pesar de las políticas de los dirigentes sindicales y estudiantiles. En abril de 2017, la huelga general contra las reformas laborales y de pensiones de Temer se convirtió en una de las mayores huelgas nacionales de las últimas décadas.

La fuerza demostrada en esa movilización indicaba la posibilidad de intensificar la confrontación contra las contrarreformas. Sin embargo, en vísperas de una nueva huelga nacional, la convocatoria fue desmantelada por las principales dirigencias sindicales, incluida la CUT, interrumpiendo una dinámica que podría haber puesto al gobierno de Temer y su agenda de ataques a la defensiva.

Existe una continuidad política entre la contención de esa movilización y la estrategia que, años después, daría lugar al Frente Amplio. En ambos casos, el enfoque se centró en acuerdos institucionales con sectores de las clases dominantes, en detrimento de la organización independiente de los trabajadores. La derrota de 2016, la ofensiva de Temer, el auge del bolsonarismo y el resultado electoral de 2026 forman parte de un proceso histórico cuyas relaciones deben analizarse. ¿En cuántas ocasiones pudimos haber derrotado a la ultraderecha, y esto no sucedió debido a la estrategia electoral e institucional del PT? Estamos hablando de acontecimientos de hace 10 años. En algún momento, es necesario detenerse y considerar que este camino conduce a derrota tras derrota.

Por lo tanto, esta visión retrospectiva de esta experiencia es indispensable para comprender por qué la derrota electoral de Jair Bolsonaro en 2022 no significó el debilitamiento estructural de la extrema derecha. La política de conciliación preservó gran parte de las condiciones económicas, sociales e institucionales que permitieron su recomposición. Si realmente queremos hacer frente a la extrema derecha, necesitamos comprender este problema en profundidad.

Un país en retrospectiva: la trampa histórica del mal menor

En el artículo anterior, examinamos la lógica del mal menor, demostrando el carácter regresivo de una orientación política que transforma la elección de la alternativa menos dañina en su principio permanente. Dado que siempre será posible presentar un mal como menor que otro, esta lógica puede generar una secuencia indefinida de concesiones y moderaciones de todo tipo.

El contexto histórico de la experiencia brasileña hace que este debate sea especialmente relevante hoy. En 2016, la defensa de la gobernabilidad justificó alianzas con sectores que posteriormente participaron en el juicio político contra Dilma. En 2018, la amenaza de Bolsonaro se utilizó con frecuencia para deslegitimar las críticas a las políticas del Partido de los Trabajadores. Algunos incluso afirmaron que las luchas fortalecieron el bolsonarismo. En 2022, la formación de un Frente Amplio con representantes tradicionales de las clases dominantes se presentó como la única alternativa viable. Durante el tercer mandato de Lula, las demandas fundamentales de los trabajadores permanecieron subordinadas a la preservación de esta alianza, así como al mantenimiento de las reformas antiobreras de Temer y Bolsonaro.

Ahora, ante una ultraderecha fortalecida electoralmente, resurge la exigencia de aplazar toda crítica a la estrategia de conciliación, como si los resultados acumulados de esta orientación no requirieran una evaluación profunda. Las diferencias entre Lula y Flávio Bolsonaro son reales y tienen consecuencias concretas para millones de personas. Ignorarlas sería un grave error político. Sin embargo, reconocer estas diferencias no implica aceptar que la confrontación inmediata con la ultraderecha deba conllevar la renuncia a la construcción de una alternativa independiente para la clase trabajadora.

Debemos preparar nuestras fuerzas para los próximos enfrentamientos

La segunda vuelta electoral presenta peligros concretos para los trabajadores, la juventud, las mujeres, la población negra, los pueblos indígenas y todos los sectores históricamente atacados por las políticas de Bolsonaro. Es necesario enfrentar a Flávio Bolsonaro, denunciar su sumisión a los intereses de Trump y combatir su programa reaccionario con todas nuestras fuerzas. Sin embargo, la urgencia de esta tarea no puede impedir el debate sobre las causas del fortalecimiento de la ultraderecha ni justificar el abandono de una perspectiva política independiente. Por el contrario, la pregunta de cómo llegamos hasta aquí debería ser el punto de partida para construir la fuerza que, de hecho, pueda hacer frente a la ultraderecha.

Las próximas dos semanas exigen una lucha implacable, pero la cuestión crucial es cómo asegurar que esta lucha trascienda el resultado electoral. Una victoria de Lula no eliminaría a la ultraderecha, que seguiría ocupando puestos importantes en el Congreso, los gobiernos estaduales y contando con el apoyo de sectores de las clases dominantes.

Una victoria de Flávio Bolsonaro, a su vez, haría aún más urgente la reorganización de las fuerzas obreras y la preparación para posibles confrontaciones sociales. La lucha incansable contra el nuevo gobierno debería desarrollarse sin estar supeditada a la expectativa de una futura realineación electoral del PT o de otro Frente Amplio, evitando repetir la trayectoria que contribuyó a la situación actual.

En cualquiera de estos escenarios, la construcción de una fuerza independiente será crucial. Esta tarea requiere formas de unidad e intervención conjunta entre las organizaciones de izquierda, pero no puede resolverse únicamente por estos medios. Su desarrollo dependerá de las experiencias concretas de la lucha de clases, de los trabajadores que enfrentan empleos precarios, de los estudiantes que ocupan las calles y de los movimientos que resisten las privatizaciones y los ataques a los derechos sociales.

La lucha para acabar con la jornada laboral de 6x1, la defensa de los salarios y las pensiones, la derogación de las contrarreformas, la lucha contra la deuda familiar, la defensa de los servicios públicos, la lucha contra el racismo y el sexismo, y la oposición a la injerencia imperialista pueden constituir puntos de partida para una reorganización política más profunda. Una reorganización que no se proponga administrar el orden existente, sino que cuestione el poder de los grandes capitalistas, los bancos, la agroindustria y las instituciones que garantizan sus intereses.

La superación estratégica del PT por izquierda

El diálogo que iniciamos con el primer artículo busca contribuir a una evaluación colectiva de la situación brasileña y de las tareas que enfrenta la izquierda. Comprender cómo llegamos hasta aquí es fundamental para encontrar una salida que no repita los errores que nos llevaron a la situación actual.

No podemos aceptar que cada generación de trabajadores y jóvenes se vea obligada a renunciar a sus reivindicaciones en nombre de la moderación. La defensa contra la extrema derecha no puede justificar la preservación indefinida del poder económico y político de las clases sociales que contribuyen a sostenerla.

Las movilizaciones en toda Europa, especialmente las estudiantiles en Francia, ejemplifican estas contradicciones. En un país donde Marine Le Pen y Jordan Bardella compiten por el liderazgo político nacional, estudiantes de secundaria y universitarios encabezan protestas contra el deterioro de la educación pública, los recortes presupuestarios y la represión policial, buscando fortalecer sus vínculos con docentes, sindicatos y otros sectores de la población. La existencia de estos movimientos demuestra que la crisis política también puede propiciar procesos de radicalización en la izquierda. Las relaciones de poder no son estáticas, y la conciencia de millones de personas puede transformarse a través de experiencias, acontecimientos trascendentales y confrontaciones concretas.

Derrotar a la extrema derecha es una necesidad urgente. Para impedir que siga reagrupándose y fortaleciéndose, elección tras elección, es necesario afrontar las raíces sociales y políticas de su ascenso. Desde esta perspectiva, la superación del PT (Partido de los Trabajadores) por izquierda, de su estrategia de conciliación de clases y la construcción de una alternativa revolucionaria que promueva y coordine la autoorganización de la clase trabajadora dejan de ser tareas para un futuro indefinido y se convierten en una necesidad del presente.


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