Nos Disparan desde el Campanario... Sí, como citó Marx, hablemos de las cocinas del futuro UNA ENTREVISTA CON Aaron Benanav... por Jonas Elvander
Seymour Fogel, mural de la WPA del Cohen Building en Washington, D.C., 1942. Los murales de Fogel fueron pintados para destacar la importancia de la Seguridad Social. Muestra a una familia idealizada y su estilo de vida saludable, incluyendo a una madre cuidando a un bebé, un padre leyendo las noticias, una hija aprendiendo geometría y un hijo jugando al tenis. (VCG Wilson / Corbis via Getty Images)
Fuente: Jacobin
Link de origen: https://jacobinlat.com/2026/08/si-hablemos-de-las-cocinas-del-futuro/
A menudo se recurre a la cita antiutópica de Karl Marx para evitar la discusión sobre cómo sería el socialismo. Pero ocuparse de los detalles concretos de cómo podría funcionar una economía poscapitalista también es necesario, para que sea algo más que un sueño lejano.
Desde el célebre pronunciamiento de Karl Marx contra las utopías, la izquierda ha sido a menudo escéptica respecto de lo que él llamó «escribir recetas para las cocinas del futuro». Sin embargo, la idea de una futura sociedad socialista no parte de una hoja en blanco. Pues la historia del siglo XX ofrece muchos ejemplos de intentos de trascender el capitalismo, de los cuales cualquier discusión actual debe extraer lecciones.
Esto es lo que hace el historiador económico y teórico social Aaron Benanav en una reciente serie de ensayos. Se basa en estas experiencias pasadas mientras expone un ambicioso plan para una «economía multidimensional» y cómo llegar a ella.
Jonas Elvander es editor de la revista sueca de izquierda Flamman e investigador de doctorado en el Instituto Universitario Europeo, donde trabaja sobre la historia de la planificación. En esta entrevista, conversó con Benanav sobre las lecciones de los planes quinquenales soviéticos y sobre cómo podemos involucrarnos críticamente con los enfoques planteados por Otto Neurath, John Maynard Keynes y la Teoría Monetaria Moderna (MMT).
JE
Es poco frecuente que hoy en día la gente escriba planes sobre cómo trascender el capitalismo. ¿Qué te llevó a hacerlo? ¿Y por qué crees que se ha vuelto algo tan inusual?
AB
Desde la década de 1970, la clase trabajadora y la izquierda han estado en retirada. Esto se extendió más allá del estancamiento y el colapso de la Unión Soviética, hacia los partidos socialdemócratas, las ideas keynesianas de izquierda y los Estados de bienestar. La pregunta dominante pasó a ser cómo preservar los logros anteriores y no sobre qué significaría ganar.
La crisis financiera de 2008 trajo un verdadero resurgimiento: la década de 2010 vio grandes movimientos sociales y nuevos partidos de izquierda. Pero no desarrollaron una nueva visión de aquello por lo que estaban luchando.
El entusiasmo y la frustración de esa experiencia me llevaron a analizar el problema con mayor seriedad. Llegué a pensar que la izquierda no había reflexionado adecuadamente sobre los fracasos del siglo XX y que ese fracaso estaba bloqueando una renovación genuina.
JE
Formas parte del colectivo Endnotes. ¿Debería verse tu plan como una ruptura con ellos?
AB
Mi nuevo trabajo surge de mi experiencia con Endnotes. Endnotes ha teorizado una larga era de desindustrialización y desaceleración económica, y ha examinado los movimientos sociales y laborales que han surgido más allá del fin del movimiento obrero clásico. Intentamos ver cómo podrían convertirse en la base de una salida del capitalismo.
Pero, como muchos grupos marxistas, no considerábamos importante decir qué debía venir después del capitalismo. Tomar en serio esa pregunta cambió mis puntos de vista. La transformación que necesitamos emprender no puede llevarse a cabo simplemente mediante la acción autónoma desde abajo. Tiene que ser conscientemente puesta en práctica a nivel de la sociedad en su conjunto.
Endnotes también me dio una manera rigurosa de pensar el capitalismo como una sociedad organizada en torno a una forma particular de valorar nuestra actividad: todo lo bueno se representa como una suma monetaria, y el objetivo es expandir esas sumas mediante la obtención de ganancias.
En mi nuevo trabajo, desarrollo lo que llamo una teoría de los valores. En lugar de un mundo en el que todo tiene que traducirse en dinero, deberíamos crear un mundo en el que una variedad de valores éticos y políticos —muchos de ellos difíciles de expresar en términos monetarios— puedan darle forma directamente a qué y cómo producimos. Estos podrían incluir la sostenibilidad, la seguridad material, el cuidado, la calidad del trabajo, la comunidad y la autonomía individual.
JE
Supongo que al marxismo le ocurre algo particular: su capacidad descriptiva y crítica parece ser mucho mayor cuando uno está dentro del capitalismo. En una sociedad poscapitalista, ¿no perdería parte de esa relevancia?
AB
Sí, el marxismo plantea verdades sobre el capitalismo que otras formas de ver el mundo no poseen. La división del ingreso entre capital y trabajo, por ejemplo, no es un resultado técnico determinado automáticamente por la organización de la producción. Es político, y nuestras instituciones perjudican sistemáticamente a los trabajadores en esa lucha.
Pero el marxismo nos dice sorprendentemente poco sobre lo que viene después del capitalismo. A lo largo del siglo XX, los intentos de hacer que sirviera como guía para una sociedad o economía más allá del capitalismo a menudo impidieron que la gente pensara con mayor libertad sobre nuevas instituciones.
La conclusión más controvertida a la que he llegado, al menos desde una perspectiva marxista, es que necesitamos mercados después del capitalismo. En los debates de fines del siglo XX, cualquier apertura a los mercados era tratada como una concesión al capitalismo. Pero los mercados hacen que una sociedad poscapitalista viable sea más descentralizada, adaptable y abierta a la experimentación.
El error que cometieron los marxistas fue identificar el intercambio de mercado con la inversión orientada a la ganancia. Los mercados y las monedas existieron durante miles de años antes del capitalismo sin producir una economía dinámica organizada en torno a la ganancia. Necesitamos preservar el intercambio mientras abolimos el poder de la rentabilidad privada para dirigir la inversión.
JE
Los planes quinquenales de la Unión Soviética suelen recordarse como parte de un sistema derrochador de planificación central. Sin embargo, crees que contienen una lección importante para nosotros. ¿Qué deberíamos rescatar de esa experiencia, y qué deberíamos dejar atrás?
AB
El plan quinquenal es uno de los descubrimientos institucionales más importantes del siglo XX. Demostraron que la inversión puede coordinarse, que la sociedad puede acordar de antemano una dirección general y hacer que diferentes partes de la economía avancen hacia ella al mismo tiempo.
El plan quinquenal no se extrajo de ningún plano marxista. Surgió de los intentos de resolver un problema práctico: cómo desarrollar una economía pobre sin crear escasez en un sector y excedentes inutilizables en otro. El mismo desafío de coordinación reaparece cada vez que una economía debe transformar muchos sistemas interdependientes a la vez.
El capitalismo tiene dificultades con las transformaciones de ese tipo. Podemos verlo hoy con la electrificación: muchos sistemas diferentes tienen que cambiar juntos, pero cada uno se desarrolla por separado, por lo que la transición es lenta. Un plan quinquenal le permite a una sociedad elegir una dirección y encaminarse hacia ella. Puede que no sea el mejor camino, pero la coordinación te lleva más rápido, y vas aprendiendo sobre la marcha.
La economía soviética fue extraordinariamente derrochadora. Los problemas de información y coordinación propios de la planificación central terminaron por contrarrestar el dinamismo inicial de los planes quinquenales.
Japón, Corea del Sur, Taiwán y China separaron más tarde la inversión coordinada de la planificación total y la combinaron con el intercambio de mercado de manera más exitosa, aunque siguieron siendo capitalistas. En cambio, deberíamos usar estas herramientas para salir del capitalismo.
JE
Describes una «matriz de datos digital» para coordinar la producción. ¿Eso no corre el riesgo de traer de vuelta la planificación central a través de una computadora omnividente?
AB
Desde que escribí los ensayos, abandoné ese término de ciencia ficción. Daba la impresión equivocada. Una vez que las monedas son digitales, se vuelve posible producir una imagen digital en tiempo real, aunque necesariamente parcial, de los flujos económicos, y conectarla con indicadores biofísicos, sociales y subjetivos. A esto lo llamo un libro mayor común.
Los servicios de pronóstico y asesoramiento basados en este libro mayor podrían ayudar a los hogares, las empresas y las juntas de inversión a aplicar esa información a sus decisiones. Pero el libro mayor no tiene función ejecutiva: informa las decisiones en lugar de tomarlas.
JE
Otro pensador que consideras importante es el polímata vienés Otto Neurath. Fue participante de la República Soviética de Baviera y más tarde una figura importante de la Viena Roja, cuyas propuestas ayudaron a lanzar el debate sobre el cálculo socialista. ¿Qué lo hace tan importante para tu proyecto?
AB
Neurath entendió que una sociedad más allá del capitalismo podría tener muchos estándares de valor en lugar de uno solo. Podríamos organizar la economía en torno a la seguridad material, la sostenibilidad, el cuidado, el buen trabajo, la equidad y la justicia, en lugar de la eficiencia económica y la cantidad creciente de bienes y servicios que consumimos.
Neurath también vio que nuestros valores necesariamente entran en conflicto. No todos pueden realizarse en la misma medida. En algún punto, producir más bienes entrará en conflicto con hacer más sostenible a la economía. Una concepción del buen trabajo entrará en conflicto con otra. La sociedad tiene que decidir cómo componer estos valores de una manera particular.
La gente suele decir que quiere un socialismo democrático en lugar de uno autoritario, pero no explica por qué la democracia sería en realidad intrínseca a su versión del socialismo.
Neurath nos muestra el camino. Si no hay una única medida de valor que podamos usar para identificar el mejor futuro posible, y si futuros diferentes realizan nuestros valores de maneras diferentes, entonces necesitamos procedimientos democráticos para elegir entre esos futuros.
El propio Neurath siguió comprometido con la planificación central y no pudo explicar cómo deberían entrar valores múltiples en una economía de ese tipo. Su contribución no es un modelo institucional completo. Es el reconocimiento de que el juicio económico no puede ser reemplazado por el cálculo. Una sociedad puede medir sus recursos y estudiar las consecuencias probables de sus opciones, pero ninguna ecuación puede decirnos qué sacrificios vale la pena hacer.
JE
Las ideas keynesianas están viviendo un resurgimiento en la izquierda, especialmente en los debates sobre política industrial y transición verde. En tu caso, crees que Keynes apunta más allá de un Estado capitalista más activo. ¿Qué le queda por aprender a la izquierda de él?
AB
Keynes nos da la idea de una economía en la que la inversión ha sido liberada de la necesidad de generar una ganancia. Esto suena extraño porque la gente escucha «inversión» y piensa en activos financieros comprados para obtener un rendimiento monetario. Pero ya invertimos en infraestructura, escuelas y hospitales sin esperar que generen ganancias. Inversión simplemente significa movilizar personas, recursos y capacidades productivas para reconstruir y transformar qué y cómo producimos. Podemos invertir por razones que no tienen nada que ver con ganar dinero o maximizar el crecimiento.
Keynesianos radicales como William Beveridge se concentraron en el pleno empleo como uno de los objetivos de la inversión no orientada a la ganancia. Él imaginaba autoridades públicas controlando el 75 por ciento de la inversión. Yo extendería eso al 100 por ciento. También rechazo su enfoque tecnocrático porque, en mi propuesta, las decisiones de inversión se tomarían democráticamente.
Eso no significa someter cada iniciativa a votación. En lo que podemos llamar sector cívico, individuos y pequeños grupos podrían impulsar proyectos y atraer recursos sin tener que justificarlos de antemano, dentro de un marco de reglas democráticas y con una supervisión limitada.
JE
En este sentido, planteas una defensa de las «finanzas funcionales». ¿En qué diverge tu enfoque de la Teoría Monetaria Moderna [MMT, por sus siglas en inglés]?
AB
La intuición central de la MMT es correcta. Un gobierno que emite su propia moneda no es como un hogar. Los límites últimos de su gasto son el trabajo disponible y otros recursos. La inflación se vuelve un riesgo cuando el gasto excede esos límites. Mientras haya recursos sin utilizar, el gasto público puede y debe movilizarlos.
Pero la MMT en general usa una garantía de empleo para sostener el empleo mientras deja la mayor parte de la inversión en manos privadas. La rentabilidad sigue determinando qué capacidades productivas se construyen, mientras el Poder Legislativo intenta estabilizar la economía después del hecho.
Yo extraigo una conclusión más radical de la premisa que la MMT comparte con Keynes. La inversión no requiere que alguien ahorre dinero primero. En términos reales, el ahorro es la decisión de la sociedad de reservar parte de su capacidad productiva actual para construir el futuro. Una vez que los trabajadores, las máquinas y los materiales han sido puestos a disposición, la sociedad puede crear los fondos necesarios para movilizarlos. El fondo de inversión es social desde el comienzo, no propiedad de quien haya acumulado dinero. La ficción de que los ahorristas privados crearon estos recursos y que por lo tanto adquieren el derecho a decidir cómo se usan, se desvanece.
Una vez que la inversión se libera de la ganancia y del control individual, la pregunta se vuelve política: ¿para qué deberíamos usar estas capacidades? No hay un único futuro óptimo hacia el cual simplemente podamos lanzarnos. Tenemos muchas buenas opciones.
JE
Si las decisiones sobre inversión se vuelven políticas en lugar de privadas, ¿cómo funcionaría eso en la práctica? ¿Quién decidiría hacia dónde deberían ir los recursos?
AB
La mayoría de las decisiones de inversión las tomarían juntas sectoriales democráticas, cada una responsable de un campo de producción. Tomemos la salud. ¿Deberían destinarse más recursos a ampliar la atención de salud mental, la medicina preventiva o los cuidados al final de la vida?
Estas decisiones requieren conocimiento técnico, pero también reflejan juicios diferentes sobre qué es lo importante y visiones distintas sobre el futuro del sector.
Una junta de salud podría reunir a representantes electos de los trabajadores de la salud y de los pacientes, expertos técnicos y grupos cívicos preocupados por los efectos sociales y ecológicos más amplios del sector. Recibiría un presupuesto y elegiría entre propuestas de inversión. Cada propuesta encarnaría una visión de cómo debería desarrollarse el sector. El paquete resultante no necesariamente apuntaría hacia un único futuro coherente.
La planificación democrática le permite a la sociedad avanzar sin resolver estos desacuerdos de una vez y para siempre, ya que la gente puede seguir prefiriendo futuros diferentes mientras decide en conjunto qué proyectos apoyar y en qué escala.
Desde esta perspectiva, una junta sectorial se parecería menos a un centro de mando central que a un gobierno representativo dentro de un campo de producción. Luego, como algunas transformaciones cruzan los límites sectoriales, comités de misión adicionales coordinarían proyectos como ecologizar la economía o reducir la jornada laboral.
Si juntas las piezas, tienes el marco básico: el descubrimiento soviético de la inversión coordinada, la concepción de Neurath de valores múltiples y en conflicto, la inversión pública keynesiana y mercados que preservan el conocimiento descentralizado.
JE
El argumento de Friedrich Hayek contra la planificación era que el conocimiento económico está disperso por toda la sociedad y que los mercados lo coordinan mejor de lo que podría hacerlo cualquier planificador central. En tu caso, pareces afirmar que lo necesario para resolver este «problema del conocimiento» no es más poder de cómputo ni inteligencia artificial, sino más democracia.
AB
El punto de partida de Hayek era correcto. La sociedad moderna no tiene solamente una división del trabajo, sino también una división del conocimiento. Los precios les permiten a personas que saben cosas distintas coordinar sus actividades sin que nadie tenga que comprender la economía en su conjunto.
Pero los mercados no son las únicas instituciones que resuelven este tipo de problema del conocimiento. La ciencia del clima reúne a físicos de la atmósfera, oceanógrafos, geólogos y ecólogos, cada uno trabajando con un cuerpo de conocimiento diferente. La corporación moderna hace algo similar dentro de la empresa, reuniendo a ingenieros, diseñadores, contadores y trabajadores de producción en una organización común. Ambos casos muestran que los mercados son solo una manera de coordinar el conocimiento disperso.
El problema más profundo es que una economía debe coordinar no solo diferentes formas de conocimiento, sino también diferentes valores éticos. Una vez que reconocemos esta pluralidad de valores, las decisiones económicas se convierten en problemas de composición. Los valores en juego no pueden ordenarse en una única escala. Cada elección realiza algunos bienes y sacrifica otros.
La gente discrepa sobre qué hacer. Hayek quería que los individuos hicieran juicios de valor dentro de sus propias vidas, mientras el mercado coordinaba los resultados.
Pero muchas decisiones económicas cargadas de valores son inevitablemente colectivas. Las decisiones de inversión determinan qué posibilidades crea la sociedad para todos: si construimos hacia un mayor consumo material, más cuidado, menores emisiones o menos trabajo. La democracia y los mercados pueden trabajar juntos dentro de un mismo proceso de composición.
JE
Ya planteaste la importancia de conservar los mercados después del capitalismo. Pero esos mercados operarían con dos monedas en lugar de una. ¿Por qué?
AB
Los bolcheviques inicialmente pensaron que abolirían el dinero. Lo que la Unión Soviética terminó haciendo fue dividir el dinero en dos circuitos: rublos en efectivo para el consumo y rublos no efectivos para la producción. Pero ambos siguieron siendo formas de la misma moneda, sostenidas en una relación fija de uno a uno. La gente ganaba salarios pero a menudo no podía encontrar bienes para comprar, de modo que se acumularon enormes ahorros del lado del consumo. Para la década de 1980, este excedente monetario contribuyó al colapso del sistema. Una división real requiere circuitos separados con una tasa de conversión flexible entre ellos.
Eso me llevó a estudiar la historia del dinero. Antes del siglo XIX, los mercados solían operar con monedas diferentes que servían a circuitos distintos. Los campesinos y los comerciantes de larga distancia tenían necesidades monetarias diferentes, y sus monedas no convergían inevitablemente mientras los circuitos permanecieran mayormente separados.
El capitalismo requirió un esfuerzo político sostenido para producir una moneda singular que pudiera servir tanto de medio universal de intercambio como de reserva universal de riqueza. Si los mercados van a persistir después del capitalismo, probablemente también tendrá que haber múltiples monedas.
JE
¿Por qué es tan importante esa separación? ¿Por qué no puede una única moneda sostener una economía organizada en torno a muchos valores?
AB
El problema es que bajo el capitalismo el mismo dinero acumulable atraviesa la producción, el consumo y la inversión. El excedente que gana una empresa puede convertirse en ingreso privado para los propietarios del negocio o financiar cambios en la producción.
Las empresas generan ese excedente recortando costos o aumentando ingresos. Las ganancias en eficiencia económica, en este sentido estrecho, adquieren por lo tanto prioridad. La sostenibilidad y la calidad del trabajo cuentan solo cuando mejoran el resultado final.
Los reformistas a menudo intentan hacer que otros valores cuenten atándolos a recompensas financieras vinculadas a variables sustitutas medibles de esos valores. Pero eso deja la ganancia financiera al mando.
La gente manipula las métricas en lugar de perseguir el objetivo subyacente: las escuelas enseñan para el examen, mientras los hospitales manipulan los tiempos de espera reportados. Un mercado organizado en torno a una moneda universal y acumulable no puede tratar los valores éticos como fines en sí mismos.
La moneda dividida rompe esta conexión sin abolir los mercados. En mi sistema, los Puntos usados en la producción no pueden convertirse en Créditos usados para el consumo, ni acumularse indefinidamente, ni usarse para financiar inversión. Una empresa no obtiene ingreso privado ni poder productivo adicional por gastar menos de su presupuesto operativo.
Los productores todavía enfrentan precios y restricciones presupuestarias, de modo que tienen que usar los recursos con cuidado. Pero pueden componer sostenibilidad, calidad del trabajo, eficiencia y otros valores dentro de esa restricción, en lugar de verse obligados a maximizar un excedente.
La división también evita que las desigualdades en el consumo se conviertan en desigualdades de poder productivo. Alguien con más Créditos no puede usarlos para comprar activos productivos ni para disponer de la inversión. El consumo permanece descentralizado, mientras que las decisiones sobre el futuro productivo de la sociedad pasan por instituciones democráticas.
JE
Por último, ¿estás escribiendo recetas para las cocinas del futuro?
AB
Me disgusta la manera «utopofóbica» en que se usa la frase de Marx sobre las cocinas para bloquear cualquier conversación sobre qué debería venir después del capitalismo. Hay una diferencia real entre la cocina y las recetas. No deberíamos decidir de antemano exactamente cómo se organizarán la salud, la agricultura, la vivienda o la vida familiar. Esas son las recetas y seguirán siendo objeto de conflicto político.
Pero sí necesitamos elaborar la cocina, es decir, las instituciones que permitan que distintas visiones entren en disputa sin reproducir el capitalismo. Una sociedad poscapitalista seguirá albergando adversarios políticos con concepciones incompatibles de la vida buena. Su logro consistiría en dar a esos conflictos una forma democrática y duradera, en lugar de pretender resolverlos de antemano.
Sobre el entrevistador
Jonas Elvander es editor de asuntos exteriores de la revista socialista sueca Flamman e investigador de doctorado en historia en el Instituto Universitario Europeo, en Florencia.

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