Nos Disparan desde el Campanario... Nicos Poulantzas y el estatismo autoritario... por Panagiotis Sotiris


Fuente: Jacobin

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https://jacobinlat.com/2026/10/nicos-poulantzas-y-el-estatismo-autoritario/


Traducción: Pedro Perucca

Nicos Poulantzas desarrolló una interpretación sumamente original del fascismo, al que veía como una potencialidad latente en todos los estados capitalistas en condiciones de crisis. Su obra puede ayudarnos a comprender el peligro que representa hoy el autoritarismo de derecha.

El pensador político griego Nicos Poulantzas fue uno de esos marxistas que intentaron pensar el fascismo como un desafío a la vez teórico y estratégico. Sus escritos sobre el fascismo no estaban motivados simplemente por consideraciones teóricas, sino también por urgencias políticas apremiantes. No solo buscó describir qué condujo al fascismo, sino también distinguir el fascismo de otras formas de «estado de excepción».

Poulantzas rechazó el enfoque liberal que presentaba al fascismo como una anomalía en la historia del capitalismo, que nada nos decía sobre el sistema en general. Sin embargo, también cuestionó el determinismo economicista de aquellos marxistas que describían a los regímenes fascistas como una función necesaria del desarrollo capitalista durante el período de entreguerras. Según Poulantzas, la potencialidad del fascismo existía dentro de los estados capitalistas, pero la realización de esa potencialidad dependía del resultado de la lucha de clases.

Con el ascenso de movimientos políticos de extrema derecha en Europa, Estados Unidos y otros lugares, se debate ampliamente si esos movimientos repetirán, en todo o en parte, la experiencia del fascismo de entreguerras. Poulantzas puede ser un importante punto de referencia para tales debates. Su advertencia de que las democracias capitalistas se estaban encaminando hacia una suerte de «estatismo autoritario» que preservaría las formas del gobierno liberal-democrático mientras pisoteaba las libertades civiles parece hoy especialmente premonitoria a la luz de las tendencias contemporáneas.

El golpe en Grecia

La experiencia de la dictadura militar griega de 1967-1974 fue especialmente importante para el giro de Poulantzas hacia la cuestión del fascismo. La dictadura fue un momento decisivo para el sistema político y para la izquierda de Grecia, en particular para el movimiento comunista. Representó los límites del estado anticomunista que tomó forma después de la victoria monárquica en la Guerra Civil de fines de la década de 1940.

Ese estado combinaba algunos elementos formales de parlamentarismo con la penalización criminal de la actividad política comunista y la existencia de una «constitución paralela» de medidas autoritarias y centros de poder dentro del Estado, como el ejército y la monarquía. Tras un período de intensas luchas sociales y crisis políticas, el ejército asumió el papel de «partido del Estado» mediante un golpe que contó con el respaldo de al menos algunos elementos del estado estadounidense y de sus agencias.

Al mismo tiempo, la dictadura fue un momento de crisis estratégica para la izquierda. Los partidos de izquierda no estaban realmente preparados para ella (algo que condujo a arrestos masivos) y llevó a su punto culminante los conflictos dentro del Partido Comunista de Grecia (KKE), lo que operó como catalizador de una escisión en el partido en 1968. Pero para Poulantzas había también otras consideraciones.

En ciertos sectores de la izquierda revolucionaria posterior a 1968 en Francia, como la maoísta Gauche Prolétarienne, había una tendencia a describir el gaullismo como una forma de fascismo, algo con lo que Poulantzas no estaba de acuerdo. Poulantzas quería distinguir su posición de la de quienes extendían la caracterización de «fascista» a formas de gobierno autoritario que en verdad eran distintas del fascismo.

Al mismo tiempo, quería examinar cómo podían surgir formas de estado fascistas y, más en general, «de excepción» en coyunturas de crisis política o incluso de crisis del Estado. Esto contrastaba con la tendencia, evidente en muchas lecturas dominantes del fascismo, a verlo simplemente como una suerte de «patología» o «anomalía» política, en lugar de tratarlo como una posibilidad latente en las formaciones sociales capitalistas.

En un texto que apareció en griego en 1967, en la revista de la Unión de Estudiantes Griegos en París, Poulantzas insistió en que el golpe de 1967 no era fascista, dado que no podía identificarse la «base popular» asociada al fascismo clásico. Tampoco era «bonapartista», dado que no podía verse en la Grecia de fines de la década de 1960 el equilibrio catastrófico que pudiera conducir al bonapartismo, siguiendo el análisis de la política francesa del siglo XIX desarrollado por Karl Marx y Friedrich Engels.

Más bien, para Poulantzas se trataba de un golpe que correspondía a la estrategia internacional del imperialismo estadounidense. Esto ocurría en una coyuntura marcada por una grave escalada de las luchas populares (que no llegó a un punto de equilibrio con la burguesía), pero también por divisiones dentro de las clases dominantes. El hecho de que partes del Estado, como el ejército griego, hubieran ganado una autonomía relativa era otro síntoma de ello.

Poulantzas concluyó que, dado que la toma del poder por el ejército en 1967 no era un golpe fascista y carecía de base popular, la izquierda debía boicotear cualquier intento del nuevo régimen de crear organizaciones de masas:

Según el informe de [Georgi] Dimitrov, por ejemplo, tales organizaciones deben ser utilizadas (como fue el caso en Alemania e Italia) para un revolucionario debe estar allí donde están las masas. Y Dimitrov vierte un ridículo interminable sobre los «revolucionarios» que plantean la cuestión al nivel de la «honestidad» individual. Por otra parte, si, como creo que es el caso, no estamos frente a un golpe fascista, y ciertamente no frente a uno estabilizado, entonces la línea debe ser el boicot absoluto de las organizaciones que el régimen pudiera crear para atraer a las masas, de modo que se mantenga su aislamiento.

Esto contrastaba con la España franquista, donde los partidos de izquierda clandestinos se infiltraron en el sindicato estatal oficial que el régimen había establecido.

Fascismo y dictadura

La principal confrontación teórica de Poulantzas con estas cuestiones fue el libro Fascismo y dictadura, que apareció por primera vez en francés en 1970, dos años después de su célebre obra Poder político y clases sociales. Continuaba el intento de desarrollar una teorización coherente del fascismo y distinguirlo de otras formas de estado de excepción, al tiempo que volvía a las cuestiones de estrategia revolucionaria a raíz de Mayo del 68.

Para Poulantzas, el fascismo era «una de las coyunturas posibles» de la etapa imperialista del capitalismo. Teorizó el imperialismo como una «etapa en el desarrollo capitalista en su conjunto» que «no es simple ni únicamente un fenómeno económico; en otras palabras, no está determinada solo por acontecimientos en el ámbito económico, ni puede ubicarse dentro de él». Poulantzas opuso esta perspectiva al economicismo de la Tercera Internacional.

Una característica de esta etapa en particular, además de sus modificaciones económicas, era que asignaba un nuevo papel al Estado capitalista, «dándole nuevas funciones y un campo ampliado de intervención, y también un nuevo nivel de eficacia». Poulantzas conectó esto con una acumulación de contradicciones dentro de la cadena imperialista durante el período de entreguerras: «Aunque la revolución se hizo en el eslabón más débil de la cadena (Rusia), el fascismo surgió en los dos eslabones siguientes, es decir, aquellos que eran, relativamente hablando, los más débiles de Europa en ese momento».

Poulantzas insistió en que el fascismo solo podía explicarse «por referencia a la situación concreta de la lucha de clases, ya que no puede reducirse a ninguna necesidad inevitable del desarrollo “económico” del capitalismo». Rechazó lo que llamó el «catastrofismo economicista» de la Tercera Internacional y creía que este paradigma defectuoso podía explicar muchos de los fracasos estratégicos del movimiento comunista europeo con respecto al fascismo.

Poulantzas sostuvo que era tanto analítica como políticamente desastroso presentar al fascismo como un fenómeno que acercaría la revolución por ser una expresión de la catastrófica crisis económica del capitalismo. En Fascismo y dictadura, intentó desarrollar una teoría que tratara el fascismo como «una forma de Estado y de régimen en el “límite” extremo del Estado capitalista». Esto significaba que no era ni una «patología» del estado burgués ni un desarrollo inevitable de este, sino que dependía de coyunturas particulares que estaban determinadas por el resultado de las luchas de clases.

Poulantzas subrayó la importancia de los análisis del fascismo desarrollados por pensadores comunistas como August Thalheimer, Antonio Gramsci y León Trotsky. Al mismo tiempo, sin embargo, criticó algunos de sus argumentos. Por ejemplo, consideraba que la noción de equilibrio catastrófico que Thalheimer y Gramsci habían utilizado, basándose en la interpretación de Marx del bonapartismo, no era aplicable en los casos en que la clase trabajadora ya había sido derrotada. También creía que Trotsky se había equivocado al percibir un peligro fascista inminente en Francia durante la década de 1930.

Elementos del fascismo

Según Poulantzas, los elementos clave para el surgimiento del fascismo eran los siguientes. En primer lugar, un proceso de «profundización y agudización de las contradicciones internas entre las clases y fracciones de clase dominantes». En segundo lugar, una crisis de hegemonía, en el sentido de que «ninguna clase o fracción de clase dominante parece capaz de imponer su “dirección” a las demás clases y fracciones del bloque de poder, ya sea mediante sus propios métodos de organización política o a través del Estado “democrático parlamentario”».

En este contexto, podía observarse la «hegemonía de una nueva fracción de clase dentro del bloque de poder: la del capital financiero, o gran capital monopolista», así como una crisis de representación partidaria y de la ideología dominante. Una «estrategia ofensiva por parte de la burguesía» coincidía con un «paso defensivo de la clase obrera».

Al exponer estos elementos, Poulantzas quería evitar cualquier concepción estrechamente «instrumentalista» del fascismo. Insistió en que, durante su ascenso al poder y después de él, los partidos y estados fascistas poseían típicamente una «autonomía relativa» tanto respecto del bloque de poder más amplio como de las fracciones específicas del gran capital monopolista cuya hegemonía habían establecido.

Poulantzas fue muy crítico de ciertos aspectos del análisis del fascismo desarrollado por la Tercera Internacional. Esto incluía las formulaciones presentadas por el dirigente comunista búlgaro Georgi Dimitrov en el Séptimo Congreso de la Internacional Comunista en 1935, donde describió el fascismo como la dictadura de «los elementos más reaccionarios, chovinistas e imperialistas del capital financiero».

Para Poulantzas, este era un resumen indebidamente estrecho de los intereses económicos que representaba el estado fascista. También abría el camino a una estrategia de alianzas que podía incluir a todas las fracciones del capital, con excepción de aquellas que Dimitrov había identificado. Aunque el fascismo representaba una nueva relación de fuerzas dentro de las clases dominantes, creía, esto no significaba que representara exclusivamente los intereses del capital financiero.

En contraste con la retórica de la Tercera Internacional, Poulantzas insistió en que las derrotas importantes de las clases trabajadoras y una crisis ideológica del movimiento obrero y sus organizaciones eran aspectos importantes del ascenso del fascismo. También subrayó la inadecuación del concepto de «socialfascismo», que presentaba a la socialdemocracia y al fascismo como fuerzas gemelas, potencialmente cooperativas, y subestimaba el hecho de que los partidos fascistas habían desarrollado una base social propia.

Además, abordó el apego particular de los estratos pequeñoburgueses a los partidos fascistas. Poulantzas sostuvo que, en un período de crisis económica y política, ciertos elementos de la ideología de los partidos fascistas ofrecían una salida a estos estratos, tales como la «estatolatría», el nacionalismo, el elitismo, el racismo y el militarismo.

Poulantzas ofreció un análisis muy detallado del fascismo en el poder como un «estado de excepción» intervencionista que ayudó a superar una crisis ideológica y amplió el alcance de la intervención estatal más allá de los límites fijados por la ley. Si bien el sistema de partido único no eliminaba las contradicciones entre las distintas fracciones de las clases dominantes, insistió, sí ofrecía 

formas de «representación directa» típicas de situaciones en las que el bloque de poder está políticamente desorganizado, en las que los partidos políticos son dejados de lado por el papel de «organizador» directo de los otros aparatos del Estado, y en las que las masas están, de manera característica, sometidas a la ideología dominante.

La suspensión de las elecciones competitivas y multipartidarias no implicaba la suspensión de la legitimidad como tal, creía Poulantzas. Los partidos fascistas en el poder invocaban constantemente alguna forma de «soberanía popular» y llevaban a cabo una movilización regular de las masas.

Crisis orgánicas

Fascismo y dictadura fue una contribución importante al debate. Ciertamente tenía sus deficiencias, como la tendencia del autor a pensar que las estrategias articuladas dentro de los aparatos estatales estaban determinadas principalmente por la relación de fuerzas dentro de las fracciones de las clases dominantes y entre ellas. Esto iba en contra de su propia insistencia en la autonomía relativa del estado. Poulantzas también subestimó hasta qué punto el fascismo se basaba en una forma de política de masas.

No obstante, su análisis logró un equilibrio importante. Por un lado, trató el fascismo como un aspecto «orgánico» de ciertos períodos históricos, vinculado tanto a la transformación de los regímenes de acumulación como a la de los aparatos estatales. Por otro lado, subrayó sus rasgos contingentes, que reflejaban las dinámicas coyunturales de la lucha de clases en uno u otro país. De este modo, Poulantzas subrayó el potencial de surgimiento del fascismo, al tiempo que mostraba que no toda forma de autoritarismo estatal era fascista.

El mismo deseo de evitar presentar todos los «estados de excepción» como fascistas era evidente en La crisis de las dictaduras, de 1975. Este era un libro más «intervencionista» que sus otras obras, escrito en un intento de analizar la caída de los regímenes autoritarios de derecha en Grecia, Portugal y España a mediados de la década de 1970. Incluía algunas observaciones muy interesantes sobre el papel del imperialismo estadounidense.

Poulantzas identificó una «pluralidad de tácticas estadounidenses» en el trato con los regímenes del sur de Europa que estaba «relacionada con las contradicciones del propio capital estadounidense», contradicciones que encontraban expresión dentro del estado norteamericano:

La peculiaridad del estado estadounidense es que su «fascismo externo», es decir, una política exterior que por lo general no vacila en recurrir a los peores tipos de genocidio, está encarnado por instituciones que, aunque lejos de representar un caso ideal de democracia burguesa (basta recordar la situación de las minorías sociales y nacionales en Estados Unidos), permiten no obstante una representación orgánica de las diversas fracciones del capital dentro de los aparatos estatales y las ramas del aparato represivo. Un régimen de este tipo, aun cuando se basa en una verdadera union sacrée de la gran mayoría de la nación en torno a objetivos políticos importantes (y mucho podría decirse al respecto), va necesariamente acompañado de contradicciones constantes y abiertas dentro de los aparatos estatales.

En un momento dado, argumentó Poulantzas, la actitud de Washington podía abarcar «una serie de soluciones posibles» que iban desde «diversos grados de apoyo hasta la aceptación más o menos pasiva de soluciones que considera el mal menor, hasta llegar a cierta ruptura». Los diferentes aparatos estatales involucrados en la política exterior estadounidense podían incluso actuar con propósitos contrapuestos hasta cierto punto:

La CIA, el Pentágono y el aparato militar, y el Departamento de Estado adoptan a menudo tácticas diferentes, como también lo hacen la Administración y el Poder Ejecutivo en su conjunto, en contraposición al Congreso; esto es bastante evidente en los casos de Grecia, Portugal y España. Es más, estas tácticas se persiguen a menudo en paralelo, dando lugar a redes paralelas que no se toman en cuenta unas a otras e incluso se combaten entre sí.

Estatismo autoritario

En la década de 1970, Poulantzas continuó trabajando sobre las cuestiones del Estado, llevando sus estudios en dos direcciones importantes. Por un lado, Poulantzas desarrolló una definición relacional del estado sumamente original, según la cual el Estado no era una «entidad» que poseyera su propia «esencia instrumental intrínseca (…) es en sí mismo una relación, más precisamente la condensación de una relación de clase».

Por otro lado, formuló una teorización más elaborada de la crisis del Estado:

Esta serie de contradicciones se expresa en el corazón mismo del Estado (el Estado es una relación) y es un factor que determina las características de la crisis estatal: contradicciones internas acrecentadas entre ramas y aparatos del estado, complejo desplazamiento de la dominancia entre aparatos, permutaciones de función, acentuaciones del papel ideológico de un aparato determinado que acompañan el refuerzo en el uso de la violencia estatal, y así sucesivamente. Todo esto da testimonio de los esfuerzos del Estado por restaurar una hegemonía de clase que se tambalea.

Para Poulantzas, esto conducía a un giro autoritario «que podría significar simplemente que cierta forma de “política democrática” ha llegado a su fin en el capitalismo».

Poulantzas identificó una serie de transformaciones que componían este nuevo autoritarismo del «estado fuerte»:

Prodigiosa concentración del poder en el Ejecutivo, en detrimento no solo de la representación parlamentaria «popular» sino también de una serie de redes fundadas en el sufragio popular (…); confusión orgánica de los tres poderes (Ejecutivo, Legislativo y Judicial) y constante invasión de los campos de acción y competencia de los aparatos o ramas que les corresponden (…); ritmo acelerado de las políticas arbitrarias del Estado que restringen las libertades políticas de los ciudadanos (…): declive precipitado del papel de los partidos políticos burgueses y desplazamiento de sus funciones político-organizativas (tanto desde la perspectiva del bloque de poder como desde la de las clases dominadas) en favor de la administración y la burocracia del Estado (…); acentuación del uso de la violencia estatal (tanto en el sentido de violencia física como en el de «violencia simbólica») (…); creación de una vasta red de nuevos circuitos de «control social» (vigilancia policial ampliada, divisiones psicológico-psicoanalíticas, controles de asistencia social).

En su última obra, Estado, poder y socialismo, Poulantzas describió estas transformaciones de los estados capitalistas como el surgimiento del «estatismo autoritario»:

A falta de un término mejor, me referiré a esta forma de estado como estatismo autoritario. Esto indicará quizás la dirección general del cambio: a saber, un control estatal intensificado sobre todas las esferas de la vida socioeconómica, combinado con un declive radical de las instituciones de la democracia política y con una reducción draconiana y multiforme de las llamadas libertades «formales», cuya realidad se descubre ahora que se van por la borda

Poulantzas tuvo cuidado de distinguir este estatismo autoritario del totalitarismo o del fascismo. Esto no se debía a que subestimara el alcance de estas transformaciones o su carácter autoritario. Más bien, se debía a que no estábamos ante alguna forma de «estado de excepción», sino ante la mutación autoritaria de los propios estados capitalistas «democráticos»:

El surgimiento del estatismo autoritario no puede identificarse ni con un nuevo orden fascista ni con una tendencia hacia el fascismo. El Estado actual no es ni la nueva forma de un genuino Estado de excepción ni, en sí mismo, una forma transitoria en el camino hacia tal Estado: representa más bien la nueva forma «democrática» de la república burguesa en la fase actual del capitalismo. (…) Por primera vez en la historia de los Estados democráticos, la forma actual no solo contiene elementos dispersos de totalitarismo, sino que cristaliza su disposición orgánica en una estructura permanente que corre paralela al Estado oficial.

Poulantzas estaba preocupado en este período tanto por la transformación autoritaria de los estados capitalistas como por el carácter autoritario o «totalitario» del «socialismo realmente existente» en el bloque oriental liderado por los soviéticos. En cierto sentido, la concepción de una vía democrática al socialismo que articuló en Estado, poder y socialismo fue su manera de enfrentar ambos desafíos.

Poulantzas creía que, gracias a la existencia de fuertes movimientos sociales, podría ser posible imponer cambios profundos dentro del Estado que condensaran la relación social de fuerzas. A través de una estrategia que combinara la conquista del poder gubernamental con la movilización social autónoma, se podría abrir el camino a la transformación socialista. Esta idea de un socialismo democrático que combinara formas representativas y directas de democracia fue también su respuesta al callejón sin salida del «socialismo realmente existente» de estilo soviético.

Leer a Poulantzas hoy

Poulantzas ha sido fuertemente criticado por un optimismo excesivo respecto de la posibilidad de una transformación radical-democrática del estado y por subestimar la forma en que las dinámicas materiales inscriptas en el Estado (precisamente lo que describió como «estatismo autoritario») impondrían su lógica a cualquier intento de gobierno de izquierda (como mostraría la experiencia de países como Francia y Grecia en la década de 1980). Su suicidio en 1979 puso un final prematuro a su trayectoria teórica, dejando muchas preguntas abiertas sobre las direcciones que su pensamiento podría haber seguido posteriormente.

Sin embargo, Poulantzas nos dejó algunas ideas invaluables sobre la transformación de los estados capitalistas. De particular importancia fue su identificación de tendencias y cambios autoritarios que se volverían mucho más evidentes en los años siguientes. Los aspectos autoritario-disciplinarios de los estados neoliberales nos resultan hoy demasiado familiares, incluido el uso de legislación «antiterrorista» como cobertura de prácticas represivas y mecanismos de vigilancia.

Poulantzas también tuvo razón al anticipar que la agenda neoliberal de privatización y desregulación a favor del mercado no implicaría el repliegue del Estado. Por el contrario, requeriría la expansión de las intervenciones y de la maquinaria administrativa, la mayor parte de las cuales estaría aislada de cualquier forma de control democrático o de aporte de los movimientos populares.

La proliferación de autoridades supuestamente independientes (y no electas) y el mayor poder de los bancos centrales son ejemplos típicos de ello. En el contexto europeo, la imposición de políticas neoliberales bajo los auspicios de la integración europea ha significado la expansión de la autoridad de instituciones no electas de la Unión Europea y la prioridad de la regulación europea sobre los procesos democráticos de toma de decisiones a nivel nacional.

La obra de Poulantzas puede ayudarnos a comprender mejor la actual oleada de movimientos políticos de extrema derecha, que está vinculada no solo a situaciones de crisis política (incluida la crisis de la izquierda en sus diversas formas) sino también a la transformación autoritaria de los estados, con nuevas formas de racismo de estado dirigidas contra migrantes y refugiados. Además, y quizás sobre todo, su obra deja en claro que no podemos separar la resistencia al fascismo y al autoritarismo estatal de luchas anticapitalistas más amplias.

Dicha resistencia solo puede ser eficaz si se basa en un bloque de las clases trabajadoras con las demás clases subalternas, en lugar de alianzas minimalistas limitadas a la simple defensa de la democracia liberal. Después de todo, son principalmente los partidos del llamado arco constitucional los que han orquestado las actuales mutaciones «posdemocráticas» de los estados capitalistas avanzados. La mayoría de los movimientos políticos de extrema derecha no tienen problema en declarar su pleno acatamiento del marco institucional actual de la democracia liberal, incluidas sus encarnaciones transnacionales como la UE.

Esto apunta a otra lección importante que podemos extraer de Poulantzas. Si bien su visión de una vía democrática al socialismo ha sido justamente criticada por posibles lecturas reformistas, su afirmación de que «el socialismo solo puede ser democrático» no era simplemente un planteo para distanciarse de la experiencia de la URSS y sus aliados. También conlleva la implicación de que «la democracia solo puede ser socialista», en el sentido de que no existe una asociación «orgánica» entre capitalismo y democracia. La única manera de lograr la democracia como autogobierno de los subalternos es a través de una lucha por ir más allá del capitalismo.


Panagiotis Sotiris es Periodista y profesor en la Universidad Abierta Helénica, es miembro del consejo editorial de Historical Materialism.

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