Nos Disparan desde el Campanario... El socialismo: una definición... por José Miguel Ahumada



Fuente: Sin Permiso

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En las conclusiones del Primer Congreso Ideológico Estratégico, el Frente Amplio se ha definido como socialista, lo que ha generado una serie de comentarios y preguntas por parte de diversos sectores y analistas políticos. Ese posicionamiento ideológico, ¿quiere decir que el partido adscribe a una visión estatista de la economía o más bien de promoción de un estado de bienestar? ¿implica que se está por una confrontación con el capitalismo o más bien es un guiño a la socialdemocracia? El destacado lobista de empresas, Eugenio Tironi, incluso se pregunta ‘¿De qué sirve declararme socialista? Es la búsqueda de una definición identitaria que vuelve a hablarle al siglo XX o al siglo XIX. No le habla al siglo XXI.’

Todas estas preguntas tienen mérito. En efecto, es enteramente legítimo que se le pregunte al Frente Amplio qué entiende por socialismo, junto con explicar por qué considera que adherir a una ideología que nació en el siglo XIX resultaría aún útil para actuar en el presente que nos toca vivir. En este breve ensayo intentaré, dentro de los límites de mi conocimiento, brindar una defensa a la definición ideológica que ha hecho el Frente Amplio, junto a una advertencia sobre lo que implica asumir declararse como continuador de dicho tronco histórico. En último término, intentaré defender el por qué la agenda socialista clásica sigue siendo una herramienta fundamental para entender y dar conducción a los desafíos que tenemos por delante como partido.

I

Comúnmente se asocia el socialismo con la dirección estatal de la economía, la redistribución igualitaria de los ingresos, el garantizar derechos sociales, entre otras cosas. Todos esos elementos, si bien están naturalmente asociados al él, no corresponden al socialismo en cuanto tal. Para entender qué es exactamente, debemos primero diferenciar entre lo que es un principio y lo que es su aplicación institucional, y para eso es útil un breve ejercicio mental: supongamos que consideramos que hay que distribuir una torta de forma igualitaria y, para eso, creamos una regla institucional que centraliza la distribución de la torta en un individuo. En ese ejercicio mental, el principio de distribución igualitaria se articula con una aplicación institucional específica (centralización de la distribución). Supongamos que el que distribuye la torta se aprovecha de su posición y termina quedándose con gran parte de la torta, distorsionando el propósito original. En este caso, no es el principio el que ha fracasado, sino su particular aplicación institucional, lo que lleva a meditar sobre qué otras aplicaciones pueden lograr de mejor forma el principio defendido (por ejemplo, un arreglo institucional que determine que quien reparta la torta debe ser el último en elegir el trozo, o educar a los individuos a que elijan un trozo igual a la del resto).

Así visto, un primer paso es comprender que, al igual que el caso hipotético anterior, el principio del socialismo no es lo mismo que sus aplicaciones institucionales históricamente situadas. La pregunta sobre qué arreglos institucionales son más eficientes para nuestro presente, es una que debemos abordar únicamente después de haber entendido nítidamente cuál es el principio socialista que dicho arreglo busca concretizar en la realidad.

El socialismo es, ante todo, un principio sobre cómo debe gobernarse una comunidad política, o sea, es una propuesta sobre cuál debe ser el objetivo de nuestra vida común, y se puede definir sucintamente de la siguiente forma: la sociedad debe constituirse bajo el compromiso colectivo de proveer de las condiciones materiales y sociales para que ninguno de sus miembros viva sometido a la voluntad arbitraria de ningún amo (ya sea el capitalista, al acreedor, el sacerdote, el pater familias, el mismo Estado, etc.). Esta definición va en la misma línea de la que el Congreso del FA ha definido. De acuerdo al informe del Primer Congreso del partido,

‘El socialismo que defendemos representa un proyecto de lucha y emancipación donde la libertad es un elemento central, entendida como la autonomía efectiva de las personas y los pueblos frente a dependencias arbitrarias de carácter económico, patriarcal o estatal. Por ello, nuestro horizonte socialista exige asegurar garantías materiales e institucionales para que nadie viva sometido al poder discrecional de otros, y promover un Estado democrático como espacio de integración social, ampliación de derechos y planificación orientada al bien común.’ (p.18)

Esta definición básica ya nos dice varias cosas respecto a qué es y no es el socialismo. Primero, el núcleo articulador de la sociedad es para el socialismo la protección colectiva contra la dominación. O sea, pone en el centro una específica idea de lo que significa ser libre. En directa oposición al liberalismo, la tradición socialista posee una visión robusta de lo que es la vida libre, diferenciándola de la mera idea de ausencia de interferencias a nuestro accionar, y entendiéndola como el vivir sin tener amo. Un trabajador que carece de sindicatos y debe aceptar las reglas que le impone el capitalista bajo una negociación asimétrica, se ve forzado a vivir bajo los términos que le impone el patrón, sin tener voz en su lugar de trabajo ni mecanismos de protección ante su arbitrio. Una persona que, en la unidad familiar, se dedica al trabajo de los cuidados y carece de ingresos propios, queda en una situación de dependencia de los ingresos que provee el pater familia. O pensemos en el pequeño productor (frutícola, lechero, etc.) que debido a su alta dependencia a un único gran comprador (el retail, las empresas exportadoras, etc.) se ve forzado a aceptar los términos y condiciones arbitrarias que le impone.

Notemos que en estos tres disímiles casos no es el Estado el causante de estas relaciones de dependencia, sino que éstas emergen a partir de relaciones, en principio, voluntarias. Contrario a las posiciones libertarias que, de no mediar el Estado, ven en esos ejemplos interacciones libres entre actores, el socialismo observa allí forma nítidas de dominación que solo el Estado puede modificarlas a través de políticas que protejan a los actores de vivir bajo esas relaciones de dependencia.

En segundo lugar, de esta definición robusta de libertad se deriva que la intervención del Estado no limitaría la libertad de los actores en nuestros ejemplos, sino que, por el contrario, corresponde a la única forma que tienen para protegerse de la dominación. El Estado forzando el salario mínimo, imponiendo límites a la jornada laboral y garantizando la existencia de sindicatos, permite que el trabajador pueda trabajar bajo términos negociados entre iguales, y no bajo términos impuestos por el patrón. El Estado proveyendo servicios sociales garantizados y brindando ingresos públicos a las personas dedicadas a los cuidados de sus familias, permite que los lazos de dependencia con el pater familias se vayan diluyendo, en tanto ahora la persona tiene garantizada ciertas bases materiales independientes. El Estado regulando las condiciones de contrato y limitando precios de insumos usureros para el comprador permite que el pequeño productor pueda tener garantizada una relación productiva menos arbitraria y más igualitaria. En estos casos, y contrario a la moda libertaria, es el Estado vía sus interferencias activas la que garantiza la libertad.

De esto se deriva una tercera idea clave: el socialismo afirma una visión conflictiva de la política, donde la libertad de los subalternos choca con la libertad de los poderosos. La libertad del amo para imponer sus términos a los subalternos implica una relación de no-libertad para los últimos. El socialismo garantiza la libertad de los subalternos a partir de una red pública de frenos, restricciones y bloqueos que impiden que el poderoso pueda ejercer su libertad para dominar, protegiendo así la libertad del pueblo. Es por esta contradicción por la que el socialismo puede entenderse como un proyecto de expropiación pública de los medios para dominar de los poderosos y su transformación en garantías y derechos para el pueblo.

Es a partir de esta idea de expropiación de privilegios privados y creación de derechos públicos que el socialismo defiende la idea de igualdad y república. Por el primero no entiende la creación de una sociedad uniforme donde cada uno posea lo mismo que el vecino. La igualdad del socialismo la expresó finamente Rousseau cuando señaló el objetivo es una igualdad donde ‘… ningún ciudadano sea lo bastante opulento como para poder comprar a otro, y ninguno lo bastante pobre como para verse forzado a venderse’. Una sociedad con las brechas de riqueza e ingreso como la que sucede en las sociedades capitalistas contemporáneas genera, por su propio funcionamiento, un grupo social con el poder material incidir sobre la república de forma arbitraria, mermando la propia arquitectura política que protege la libertad del pueblo.

La idea de república democrática tiene un profundo sentido en el socialismo chileno. Si la libertad significa ‘vivir sin amo’, y para eso se propone crear una arquitectura institucional colectiva que elimine esas relaciones de dominación que emergen en la estructura social, la idea de una república democrática es la forma que propone el socialismo para impedir que sea el mismo Estado quien devenga en un amo sobre los ciudadanos. En efecto, la idea de democracia del socialismo es considerablemente más exigente que la que proponen ideologías que le compiten, como el liberalismo. Para este último, la democracia es un procedimiento institucional para elegir elites gobernantes a partir de elecciones concurrentes. En esta definición, sin embargo, la pregunta por qué bases sociales y económicas garantizan la democracia queda excluida de su horizonte de análisis.

Para el socialismo la democracia es el régimen donde el pueblo es el sujeto soberano que ha puesto las condiciones económicas, sociales y políticas bajo su control, expropiándoselo a los templos, tronos y capitalistas que las controlaban unilateral y arbitrariamente. Esto incluye, por supuesto, la necesidad de elecciones libres y concurrentes (en tanto es el mecanismo para someter a las elites políticas e impedir que gobiernen arbitrariamente y no como meros fiduciarios del pueblo), pero también requiere profundas reformas económicas y sociales para que el pueblo, que elige a sus representantes, lo haga en forma libre y no bajo lazos de dependencia con poderosos. Así visto, para el socialismo no es indiferente que una democracia exista en medio de profundas desigualdades materiales, y declara la incompatibilidad entre una y la otra, defendiendo de esta forma la idea de que la democracia política tiene que ir de la mano de una profunda redistribución del poder económico para que no termine siendo un papel mojado.

No quisiera concluir esta sección sin antes plantear un punto. Se ha señalado que el socialismo es una ideología no apta para el siglo XXI y que sería, más bien, una ideología propia del siglo XIX y XX. Es verdad que los orígenes del socialismo están en el siglo XIX, y que en el siglo XX se experimentaron diversos arreglos institucionales para su implementación. Pero el principio del socialismo que hemos planteado (una sociedad donde todos asumamos una responsabilidad vinculante para asegurar que nadie viva bajo la dependencia arbitraria de otro), ¿no nos parece, en pleno siglo XXI, como una razonable forma de viva colectiva? Ante la crisis climática, las desigualdades, la arbitrariedad de gobernantes y la sensación de incertidumbre y carencia de control sobre nuestro entorno, ¿no es una noble idea retomar ese tronco histórico que propone que la eliminación de la arbitrariedad y el asegurarnos la soberanía de nuestra vida y entorno debiesen ser los principios políticos fundantes de nuestra convivencia común? ¿no encarna este proyecto lo mejor de la idea de modernidad e ilustración?

Puede que para algunos sea algo añejo volver a lecturas de los siglos pasados. Es entendible esa ansia de novedad, particularmente en nuestros tiempos de aceleracionismo digital. Pero el siglo XXI aún no ha ofrecido principios y valores que superen, a mi entender, lo que el socialismo nos propone.

II

Hemos hablado de reformas sociales y económicas y esto, por supuesto, nos traslada de la discusión sobre el principio del socialismo, a su aplicación institucional. Aquí no existe una receta única ni una bala de plata aplicable a cualquier contexto. Pero si podemos, por lo menos, anunciar algunas ideas generales a partir de la experiencia del Chile reciente.

Una de las grandes lecciones de Gramsci a la estrategia socialista es que los sujetos no vienen dados de antemano, sino que se configuran políticamente a través de sus batallas en diferentes planos de la sociedad civil. En sociedades complejas, decía Gramsci, las luchas se dirimen en diferentes trincheras de la sociedad, y las conquistas locales y sectoriales deben entenderse como momentos de construcción de los ladrillos de la arquitectura socialista. El socialismo no es tanto un objetivo futuro al que llegar, como más bien el proceso mismo de ir eliminando las relaciones de dominación en los diferentes espacios de la sociedad. Este proceso va creando, a través de las experiencias comunes ganadas y de los lazos construidos, al propio sujeto que la lleva en sus hombros.

En nuestro presente existe una forma particularmente nítida de dominación, cuyo pilar es económico y se manifiesta a partir del control por parte de los grupos económicos nacionales de los principales activos financieros, productivos, comerciales y naturales que configuran nuestra matriz económica. Nuestro Congreso Ideológico lo ha definido de forma prístina:

‘Desde el socialismo comprendemos que el conflicto social contemporáneo no puede reducirse a una oposición abstracta entre capital y trabajo: se expresa concretamente en la existencia de una élite oligárquica, rentista y corporativa, altamente cohesionada, capaz de capturar el Estado y bloquear reformas, frente a una mayoría subalterna, fragmentada por experiencias de precariedad y subordinación. Esta élite debe ser nombrada: se expresa en conglomerados económicos concretos, grandes grupos financieros, AFP, ISAPRES, empresas extractivas y dispositivos empresariales con alta influencia sobre el sistema político, los medios y los espacios técnicos del Estado.’ (p. 18)

Esta visión refleja un diagnóstico bastante claro sobre la realidad económica chilena que merece que le prestemos más atención, en tanto provee de una lectura de economía política original y radical en sus implicancias. En primer lugar, el estancamiento económico que experimenta nuestra economía tiene menos que ver con las reformas políticas que se han intentado implementar desde el segundo gobierno de Bachelet en adelante, y más con un orden productivo que rápidamente agotó su potencial. El crecimiento de los años noventa (que tanto la ex Concertación como la derecha añoran volver), encerraba las semillas de su propio estancamiento futuro, en tanto se sostuvo sobre pilares de débil dinamismo de largo plazo: exportación de commodities para el mercado internacional, importaciones de bienes de consumo relativamente baratos para el consumo interno, financiarización de pensiones y del consumo (crecimiento de la deuda), y salarios deprimidos.

Estos pilares, luego de un periodo de expansión en los noventa, se configuraron rápidamente como mecanismos de extracción de rentas: acumulación de rentas ricardianas en los sectores exportadores, rentas financieras (pensiones y deuda) y rentas comerciales a partir de la condición oligopólica en el mercado interno de las grandes empresas. Estas rentas comenzaron a circular entre sí (los capitales de las AFP se invierten en empresas extractivas que, a su vez, son parte de conglomerados con una canasta diversificada hacia empresas semi-monopolicas en el mercado interno), de forma que el capital rentista circula entre sus diferentes pilares, sin necesidad de pasar por ningún proceso productivo creador de valor. La renta en Chile circula, pero no crea riqueza. Esta contradicción del régimen de acumulación chileno permite explicar por qué no solo tenemos alta desigualdad, sino una economía con bajo crecimiento, nula capacidad de invertir en nuevas capacidades productivas y que se sostiene a partir de relaciones de dominación sobre el trabajo, proveedores, consumidores y endeudados.

Ante eso, el partido declara sabiamente que el asunto no es pensar en una abstracta contradicción entre capital y trabajo, sino más bien cómo se expresa en la coyuntura concreta de nuestro país y, a partir de ahí, elaborar una agenda con perspectiva socialista. Aquí creo que debemos, por lo menos, identificar cinco líneas de acción.

En primer lugar, recuperar la renta de commodities y transformarla en nuevas capacidades productivas para nuestro objetivo de diversificar nuestra canasta exportadora. Esto exige no solo aumentar la apropiación de renta por parte del Estado, sino que el Estado se haga parte activa de la gestión de nuestros recursos. La Estrategia Nacional del Litio, que posiciona al Estado como accionista mayoritario en la nueva empresa NovaAndina debe entenderse no como un fin, sino como un primer paso fundamental hacia la nacionalización de nuestros minerales estratégicos. Especialmente en un contexto de guerra comercial, donde las reglas de comercio la imponen arbitraria y unilateralmente las economías desarrolladas, la defensa de la soberanía nacional adquiere una necesidad económica y geopolítica clave. Los casos de gestión pública de minerales estratégicos de Indonesia, China o Noruega, nos brindan casos fundamentales para observar con atención.

En segundo lugar, retomar una agenda tributaria progresiva y que, no solo revierta la agenda regresiva del gobierno de Kast, sino que se proponga apropiarse de la renta apropiada por la gran empresa. Ha sido un tema propio del Frente Amplio el apostar por impuestos a los super ricos, y esta agenda no solo se justifica por criterios de justicia distributiva, sino por criterios de eficiencia económica. Esa renta, como señalados, no va a la creación de nuevas capacidades, sino que circula dentro de su circuito propio, lo que deja al arbitrio del rentista recursos que podrían tener fines útiles decididos por la república.

En tercer lugar, una activa agenda de financiamiento para el desarrollo a partir de un Banco del Desarrollo que pueda proveer de capital fresco a nuevos emprendimientos y proyectos innovadores. Este financiamiento, en embargo, no debe ser neutral ni sin exigencias concretas. La política industrial y el financiamiento al desarrollo no pueden ser sinónimos de meros subsidios públicos a la ganancia privada. Estos recursos deben venir de la mano de cuotas de participación pública en las ganancias que generen estas empresas.

En cuarto lugar, una agenda que, si bien hoy tiene pocas chances de ser políticamente viable, es clave para la democratización de la economía y la reducción de las desigualdades a nivel pre-distributivo es la creación de una arquitectura de participación vinculante de los trabajadores y representantes públicos en las grandes empresas. Las grandes empresas, debido a su influencia en la trayectoria general de la economía, deben ser consideradas no como simples empresas ‘más grandes’, sino como organizaciones semi-públicas que, por su tamaño y poder de mercado, impactan en forma decisiva la base material de una república. Para que este poder no derive en dominación económica, es necesario abrir la discusión sobre la forma de organización corporativa de las grandes empresas. Esto implica explorar formas híbridas de relación público-privado (aquí China es un verdadero laboratorio económico para observar estas híbridas formas económicas) que resguarden a la república del control arbitrario que ejercen los conglomerados rentistas sobre las bases del crecimiento nacional.

Finalmente, la negociación colectiva por rama, una demanda histórica del mundo del trabajo, cobra un nuevo sentido en este diagnóstico, no solo como una forma pre-distributiva de asignar en forma más equitativa los recursos, sino como forma de ‘republicanizar’ la gran empresa.

Por supuesto, estos son solo algunos pilares de los frentes en que la estrategia socialista debiese apuntar sus dardos en nuestro presente. Quedan muchas más áreas que analizar y discutir. Lo importante no es tanto la exactitud de lo que se incluye, sino el abrir la discusión a explorar formas creativas de propuestas institucionales en que se pueda ir desplegando el principio socialista. Y es que éste principio, para que sea una fuerza política viva, no puede solo quedarse en declaraciones programáticas, sino que debe encarnarse en instituciones económicas concretas, que sean tanto ejemplos de la gestión socialista como espacios de aprendizaje para futuras batallas.

III

‘la fortuna favorece a los audaces’

Virgilio

Un riesgo que corre la declaración ideológica del FA es que se quede en eso, en una mera declaración que no logra cuajar en la realidad, que la declare en sus conferencias pero que no tenga coraje para llevarlo en sus hombros cuando llega la oportunidad. Que sea, finalmente una declaración que todos apoyan en tanto nadie se la toma realmente en serio. Ese riesgo existe, pero ante eso solo podemos advertir que, hoy por hoy, si la ultra derecha gana elecciones con sus agendas ideológicas claras es también porque, en la vereda del progresismo, muchas veces no se ha sabido defender con coraje posiciones propias. En tiempos de creciente disputa ideológica es urgente presentar la nuestra en forma clara y con el coraje necesario para empujarla ante la resistencia de los adversarios.

Quisiera concluir con un llamado a la esperanza de nuestro proyecto político. Es verdad que no son los buenos tiempos para el optimismo, y que el avance de la ultra derecha, la sensación de pérdida de brújula de las fuerzas democráticas y las diversas crisis que emergen en nuestro alrededor pueden más bien llenarnos de pesimismo o cinismo. Pero si algo sabemos los socialistas es que el presente siempre está abierto, que no tiene por qué ser una mera repetición del pasado. Más aún, sabemos también que tenemos ahora un partido unido, una estructura interna sólida, tenemos, en un corto periodo, una experiencia de gobierno que nos ha hecho ganar batallas y aprender de las derrotas que hemos sufrido. Estamos más preparados que ayer y, de empujar en serio nuestras propias ideas, tendremos la firmeza para aprovechar las ventanas que se abran. Espero poder haber aportado con este texto a, por lo menos, brindar algunas ideas las batallas que se nos vienen.

Fundador de la revista socialista-republicana Heterodoxia. Doctor en Estudios de Desarrollo de la Universidad de Cambridge y autor de "The Political Economy of Peripheral Development: Chile in the global economy" (Palgrave, 2018) y "Chile en la economía mundial: economía política del estancamiento" (Fondo de Cultura Económica, 2022). Entre marzo de 2022 y marzo de 2023 se desempeñó como subsecretario de Relaciones Económicas Internacionales del gobierno de Gabriel Boric. Actualmente trabaja como investigador y docente en el Instituto de Estudios Internacionales de la Universidad de Chile.

Fuente:

Heterodoxia, 8 de agosto de 2026 https://heterodoxia.cl/2026/08/el-socialismo-una-definicion/

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