Nos Disparan desde el Campanario... Cuando la izquierda archivó la revolución... por Eduardo Minutella

 

Fuente: El Viejo Topo

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“¿No lo ves? Suena como un suspiro. Están hablando de una revolución. La gente pobre se levantará y tomará lo que es suyo”. La canción —Talkin’ bout a Revolution— abría un disco multipremiado de 1988, compuesto e interpretado por Tracy Chapman, una cantante hasta entonces poco conocida, que cultivaba un folk-pop contenido, a contrapelo de la producción de sonido excesiva y ultraprocesada del mainstream musical de la época. Pero ya había pasado un cuarto de siglo desde que Bob Dylan había grabado The Times They Are a-Changin‘ : apenas un año después del inesperado éxito de la cantante afroamericana, el mundo que había surgido de las revoluciones sociales realmente existentes del siglo XX parecía comenzar a desvanecerse en directo y vía satélite. Efectivamente, en una obra de 1994 que constituyó un bestseller posible para los parámetros de un libro de Historia, The Age of Extremes: The Short Twentieth Century, 1914–1991, Eric Hobsbawm consideró que la caída del Muro de Berlín clausuraba el siglo que se había iniciado con la Primera Guerra Mundial. Pero tal vez el siglo XX histórico no haya concluido realmente con la reunificación alemana y el colapso del bloque soviético, sino un poco antes, de manera gradual, a medida que la izquierda iba dejando de concebir al tiempo histórico como una flecha orientada hacia la ruptura. 

Durante más de un siglo, el vocabulario de la emancipación había descansado sobre una premisa fundamental, a menudo interpretada en clave teleológica: la inevitabilidad de un salto cualitativo socioeconómico y cultural, alentado por la convicción de que la historia albergaba una potencia capaz de parir una sociedad antagónica al capitalismo mediante el acto fundador de la Revolución. Sin embargo, entre los años finales de la década de 1960 y mediados de los ochenta, aquella sintaxis se resquebrajó. A comienzos de la década del noventa, la canción de Tracy Chapman seguía sonando en algunas radios, pero el susurro emancipador que prometía parecía haberse disipado: en su país, la sucesión de Ronald Reagan había recaído en el continuista George Bush (padre), y la Unión Soviética no existía más. 

 

Con la perspectiva de los años parece cada vez más evidente que la idea de revolución no fue desmantelada únicamente por la represión estatal contra quienes proponían posiciones maximalistas de transformación social a través de la toma del poder, ni por los embates del neoliberalismo triunfante; sufrió, además, un paulatino pero sostenido proceso de desgaste interno, un lento archivamiento intelectual protagonizado por teóricos, sociólogos e historiadores que, incluso aunque se mantuvieran en el campo de las izquierdas, comenzaban a poner en duda las garantías que antaño habían sostenido los proyectos de transformación radical de la realidad. Según cuenta el historiador Tony Judt, algo de esto ya entrevía el mencionado Hobsbawm a finales de los años sesenta, cuando, en ocasión de referirse a los estudiantes del King´s College entusiasmados con los furores revolucionarios de la época, sostuvo, invirtiendo la célebre undécima tesis de Marx sobre Feuerbach, que “a veces no se trata tanto de cambiar el mundo como de comprenderlo”. 

 

I. Una revolución es una revolución

La pregunta acerca de qué es una revolución ha inspirado uno de los estantes más nutridos de las bibliotecas de ciencias sociales. Desde la mirada socioeconómica cenital de Karl Marx a la semántica histórica de Reinhart Koselleck; desde la fenomenología política de Hannah Arendt al revisionismo historiográfico (con mucho de ajuste de cuentas con su propio pasado) de François Furet; desde la sociología comparativa de Theda Skocpol a las indagaciones sobre el primer radicalismo puritano de Michael Walzer, las luces del siglo XVIII exploradas por Roy Porter y Mikuláš Teich, o la reconstrucción de su lugar en las memorias de la izquierda indagada por Enzo Traverso, cada quien ha intentado capturar y decodificar las especificidades de la ruptura y decodificar su gramática.

 

Para sortear la trampa de las definiciones cerradas, la sociología histórica de Charles Tilly propuso un punto de partida interesante. En Las revoluciones europeas, 1492-1992, Tilly sugiere que una gran revolución no se parece a un eclipse solar, sino a un embotellamiento de tránsito. Mientras que el eclipse es un fenómeno astrofísico predecible para cualquiera que conozca la mecánica regular de las órbitas celestes, el embotellamiento ocurre por la concurrencia de múltiples factores, a menudo contingentes e independientes entre sí: la cantidad de vehículos, el funcionamiento de los semáforos, el clima o la prudencia o imprudencia de los conductores. No hay azar absoluto, pero tampoco una ley astronómica que lo determine; y sí, en cambio, una constelación de pautas cuya coincidencia exacta es siempre relativa y acotada al contexto.

 

Llevada al plano del cambio político, esta analogía desarma la pretensión de elaborar una teoría general fundada en secuencias invariables o condiciones universales. Para Tilly, ―Chuck, para los amigos― una revolución no es la manifestación de una propiedad intrínseca de la voluntad popular ni el resultado inevitable del estallido de la miseria social, sino un desenlace contingente en el marco de una lucha continuada por el poder estatal. Ya en From Mobilization to Revolution (1978), el sociólogo estadounidense se había propuesto desarticular la mirada romántica o voluntarista del fenómeno, a contrapelo de la Fe militante que había imperado en la década anterior a la publicación del libro. Para Tilly, las situaciones revolucionarias —entendidas como escenarios donde emergen soberanías rivales— son sustancialmente más frecuentes de lo que la historiografía tradicional registra, aunque muy pocas terminen consolidando un resultado revolucionario. Desde esa perspectiva, la revolución perdía su aura de “milagro histórico” o “epifanía de los oprimidos” para ser restituida a su escala sociológica: una anomalía crítica pero inteligible dentro de la dinámica ordinaria de la contención política. 

 

El anterior excursus es pertinente para dar cuenta de que, cuando aludimos en este texto a la idea de “archivo de la revolución”, no lo hacemos en el sentido analítico de Tilly, sino en referencia a un tipo específico de revolución filiada en la tradición marxista, que funcionó durante décadas como doctrina oficial del movimiento obrero internacional y de regímenes que llegaron a gobernar a un tercio de la humanidad. Forjada a mediados del siglo XIX y masificada especialmente a partir de la mediación teórico-práctica de Lenin y la Revolución Rusa, la proyección de la revolución social a escala planetaria solo resulta equiparable a la de la expansión de las grandes religiones históricas. Sin embargo, en las décadas finales del siglo pasado la capacidad de tracción histórica del mito revolucionario comenzó a menguar, y la izquierda intelectual renunció masivamente a la certeza de un futuro inevitable y promisorio. Es en las grietas de esa enorme fe colectiva donde conviene rastrear las huellas del paulatino repliegue teórico que empezaría a archivar la idea de revolución.

 

II. La fisura del sujeto revolucionario 

Una de las cuestiones fundamentales para entender el resquebrajamiento del ideario revolucionario clásico es la descomposición del sujeto histórico al que se le imputó, desde el siglo XIX, la condición de ente transformador del orden capitalista por antonomasia: la clase obrera industrial. La idea de que la «marcha del trabajo» no solo se había detenido, sino que había comenzado a fragmentarse sociológicamente tiene ya medio siglo. El viejo proletariado, devenido pivote sobre el cual la teoría marxista había erigido el motor del cambio social, había perdido cohesión, identidad y sociabilidad frente a la mutación de las estructuras productivas, la automatización y la expansión de los sectores de servicios. La fe en una conciencia de clase unívoca y espontáneamente universalista y la idea del proletariado como encarnación de la totalidad cedían ante la realidad de la época, y, a la luz de la experiencia de los “socialismos realmente existentes”, la toma del poder perdía su justificación filosófica de redención humana para transformarse en el mero reemplazo de una élite por otra.

 

En simultáneo, una parte de la historiografía acompañó esa debacle haciendo mella sobre el mito fundador del radicalismo político. Un excomunista, François Furet, fue punta de lanza en el ajuste de cuentas teórico con la Gran Revolución de 1789, embistiendo contra las versiones que había articulado la izquierda francesa desde la Tercera República. Para Furet, el fenómeno revolucionario no debía ser leído como la consecuencia inevitable de la lucha de clases ni como una epifanía inexorable del progreso, sino como el advenimiento de una matriz ideológica centrada en la ilusión de la política pura, donde la voluntad colectiva exige la aniquilación del enemigo interno. Al emparentar el terror jacobino con la deriva totalitaria del bolchevismo, algo que haría aún más explícito en El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX (1995), Furet sentenció que «la Revolución Francesa ha terminado». Su intervención establecía un vínculo ontológico entre revolución, tiranía y gulag, y proponía, como único horizonte éticamente aceptable para la izquierda, un módico reformismo liberal que preserve los derechos individuales frente a la desmesura de quienes aspiran al Estado utópico.

 

En el campo del ensayo filosófico, otro exmarxista, Jean Baudrillard, consideró a comienzos de los años ochenta que la revolución había dejado de significar una ruptura histórica real para convertirse en una simulación de cambio, consumida y neutralizada por los medios de comunicación y la sobreabundancia de signos. Para el autor de La izquierda divina (1984), en la era del hiperrealismo los eventos insurreccionales ya no podían transformar las estructuras del poder, sino que eran absorbidos por la lógica del espectáculo como puros efectos superficiales. En pleno desarrollo de la denominada posmodernidad, la verdadera subversión ya no residía en la toma del poder estatal ni en la acción colectiva tradicional, sino en la reversión simbólica y el colapso del propio sistema por saturación. Así, la idea clásica de revolución quedaba sepultada bajo una masa inconmensurable e inerte de información, y se transformaba en un mito melancólico que el capitalismo tardío podía recombinar y exhibir sin riesgo.

 

En la América Latina de los años ochenta y noventa, la crisis de las premisas radicales estuvo marcada por las heridas de las dictaduras, la experiencia del terrorismo de Estado, y la vocación autocrítica de intelectuales y dirigentes que sintieron que debían ajustar cuentas con su pasado. Pensadores atravesados por la experiencia del exilio y la renovación de las discusiones (por ejemplo, en torno al grupo Pasado y presente), como Juan Carlos Portantiero, promovieron un profundo viraje teórico, y el alejamiento de aspectos de la militancia setentista (el militarismo, el voluntarismo foquista) que habían contribuido en el pasado a desestimar a las instituciones de la democracia formal por considerarlas meros instrumentos de la hegemonía burguesa. Las nuevas claves interpretativas, en diálogo con el pensamiento gramsciano y la relectura de la socialdemocracia europea, resignificaron el lugar de la democracia como un campo de mediación irrenunciable para la protección de las clases populares, y hasta lo sobredimensionaron (“con la democracia se come, se educa, se cura”). La antigua lógica de la “guerra de movimientos” daba paso a la de la “guerra de posiciones”, e invitaba a sustituir la toma violenta del Estado por la construcción pacífica de hegemonía dentro de la institucionalidad republicana.

 

En la Europa meridional, Ludolfo Paramio analizaba un proceso análogo de desarticulación ideológica. En un libro muy discutido de 1988, Tras el diluvio: la izquierda ante el fin de siglo, el sociólogo español dio cuenta de la crisis teórica e institucional del marxismo y la socialdemocracia frente a la hegemonía del modelo neoconservador, en un contexto de fragmentación de la clase obrera tradicional, agotamiento del Estado de bienestar y surgimiento de nuevas demandas de tipo identitario. En ese contexto, las derivas maximalistas de tipo jacobino-leninista y el determinismo sociológico que atribuía un rol transformador inexorable a una clase trabajadora que no buscaba tanto la ruptura sistémica como la integración en el mercado de consumo y la estabilidad del bienestar, se convertían, según el autor, en una suerte de utopía paralizante. Una vez más, el lugar a situarse para disputar la hegemonía cultural e institucional era la democracia liberal. Y si se podía seguir sosteniendo alguna idea posible de emancipación, había que pensarla no en términos de shock revolucionario, sino como resultado de un profundo reformismo desplegado al interior de las instituciones y avalado por el consenso de las mayorías. 

 

III. La izquierda ante “el fin de la historia”

Si durante los años setenta se desarticularon las certezas sociológicas del movimiento obrero y durante los ochenta se terminó de minar el mito jacobino de la ruptura, la década de 1990 representó un tipo de mutación ontológica en gran parte de la izquierda. La caída del Muro de Berlín y el colapso del bloque soviético resquebrajaron por completo la narrativa del progreso y las certidumbres de antaño, y la izquierda no solo parecía perder un modelo político real —es cierto que atrofiado y burocratizado—, sino, además, su capacidad de concebir una alternativa para transformar estructuralmente al capitalismo. El presente parecía revelarse inexorablemente globalizado, capitalista y liberal, y el mercado editorial se colmaba de literatura con títulos como Izquierda punto cero, Más allá de la izquierda y la derecha: el futuro de las políticas radicales, La utopía desarmada, Noticias de un hombre con problemas o La izquierda en la era del karaoke.

 

En este nuevo y poco propicio clima de época, la reformulación teórica más influyente y discutida provino de la sociología política anglosajona, cuando Anthony Giddens y su noción de “tercera vía” forjaron una renovada partitura posible para el Nuevo Laborismo de Tony Blair y la socialdemocracia europea. En la lectura del autor, las transformaciones de la modernidad tardía, la globalización financiera y la forja de un individualismo exacerbado que caracterizaban a las postrimerías del siglo pasado contribuían a dar por tierra con la vieja distinción entre derechas e izquierdas. Si ya no eran deseables (ni posibles) la superación del mercado y la confrontación de clases, los proyectos emancipatorios de antaño debían trocarse por una nueva sensibilidad hacia la inclusión social, desarrollada en el marco de unas instituciones modernizadas y adaptables a la flexibilidad de las dinámicas del capital global. La izquierda parecía abandonar toda vocación de radicalidad transformadora, para asumir una función principalmente reguladora en el marco de un capitalismo que aparecía, cada vez, más como un horizonte único e infranqueable. 

 

Por supuesto, las críticas arreciaron, incluso entre quienes, aun perteneciendo al heterogéneo campo de la izquierda, no habían compartido los fervores de la política revolucionaria. La politóloga Sheri Berman, por ejemplo, consideró que ese giro no había representado una evolución natural de la socialdemocracia, sino una traición a su propia sustancia histórica. Para la autora estadounidense, la tradición socialdemócrata clásica —desde Eduard Bernstein hasta el modelo sueco de entreguerras— se había definido por el principio de la primacía de la política sobre la economía. El Estado democrático debía someter y disciplinar las fuerzas del mercado al servicio de las necesidades colectivas. La denominada “Tercera Vía” de los años noventa, en cambio, representaba la capitulación de la izquierda ante el Consenso de Washington, ya que aceptaba que la economía era una esfera autónoma e ingobernable a la que la sociedad debía adaptarse. Sin pulso revolucionario, y habiendo renunciado a la regulación estructural del capital, la izquierda socialdemócrata parecía terminar de despojarse de su identidad histórica, convirtiéndose en una suerte de progresismo tecnocrático que apuntaba, principalmente, a la gestión de lo posible. Un diagnóstico similar se recoge en las obras tardías del historiador británico Tony Judt, quien sostuvo que, al desmantelar su propio edificio teórico y avergonzarse de su pasado, la izquierda de finales del siglo XX terminó cediendo el terreno del lenguaje político a la derecha neoliberal. El archivo de la idea de revolución no había derivado en un reformismo audaz, sino en un repliegue defensivo cuyo único objetivo era preservar los fragmentos sobrevivientes del Estado de bienestar conquistados en las décadas doradas de posguerra.

 

Por si fuera poco, el viejo ideario revolucionario también fue impugnado desde el denominado “autonomismo”, encarnado por autores como Antonio Negri, Michael Hardt y John Holloway. Para este último, la revolución ya no debería concebirse en términos insurreccionales orientados a la toma del poder estatal, sino como el florecimiento de una multiplicidad de fisuras e insubordinaciones cotidianas orientadas a horadar la lógica del capital. En obras como Cambiar el mundo sin tomar el poder (2002) y Agrietar el capitalismo (2011), Holloway sostiene que la emancipación consiste en recuperar la capacidad transformadora del “hacer” frente a la alienación del “trabajo mercancía”, construyendo grietas territoriales, afectivas y productivas en el presente. De ese modo, el autor intentaba dar por tierra con la vieja idea de postergar la asunción plena de la libertad hacia un hipotético futuro mejor, que se concretaría solo después de la captura del Estado, y desplazaba el eje revolucionario de la política institucional a un tipo de micropolítica de la negatividad y el rechazo activo, al que le adjudicaba, quizás, demasiadas cualidades transformadoras. Fascinado ―como tantos por entonces― con la experiencia zapatista, Holloway sostenía que “La revolución no es la toma del poder, ni la construcción de un estado revolucionario; es la destrucción del poder, la disolución de las relaciones de dominación a través de la creación de formas de hacer no alienadas”. No sucedió.

 

En una suerte de reciente clásico contemporáneo, Melancolía de izquierda (2018), Enzo Traverso trazó un interesante balance de la época. Para el historiador italiano, la caída del Muro de Berlín en 1989 marcó la ruptura de los vasos comunicantes entre memoria y utopía. A diferencia de lo que había sucedido en los siglos XIX y primera mitad del XX, cuando los caídos en las luchas emancipatorias todavía eran recordados como mártires que auguraban la posibilidad de un triunfo futuro, las derrotas de finales del siglo XX carecían de cualquier dimensión teleológica. La izquierda quedaba habitada, principalmente, por una constelación de duelos irresueltos, y se limitaba a la contemplación melancólica de sus ruinas. Sin una idea de futuro que vertebre la acción política, la revolución dejó de ser un proyecto de transformación colectiva para transformarse en un objeto de consumo historiográfico, una pieza de museo, un ejercicio de nostalgia estética, e incluso una mueca anacrónica de cultura pop. 

 

IV. ¿Una revolución para el siglo XXI?

En 2016, la canción de Tracy Chapman tuvo un breve revival, pero en esa ocasión los charts no registraron su mayor circulación pública. En el contexto de la interna demócrata de 2016, Talkin´ bout a Revolution fue la banda de sonido de la precandidatura presidencial del senador por Vermont Bernie Sanders. El entonces septuagenario exintegrante de la Liga Socialista de la Juventud recogió una cantidad inesperada de votos, pero no le alcanzó, y la candidatura presidencial quedó en manos de Hillary Clinton, que finalmente fue derrotada en las generales por el republicano Donald Trump. Como advirtió Pablo Stefanoni en un temprano bestseller de análisis político, la rebeldía parecía volverse de derecha. Talkin´, mientras tanto, sigue rotando, especialmente en horario nocturno, en algunas radios FM que programan oldies con espíritu AOR. En la Argentina, por ejemplo, forma parte de la rotación de Aspen 102.3, donde convive con clásicos como Drive, de The Cars, Against All Odds, de Phil Collins, o Careless Whisper, del dúo Wham!

 

Transcurrido el primer cuarto del siglo XXI, cabe preguntarse si la vigencia del horizonte revolucionario podría ser algo más que un ejercicio de arqueología intelectual. El siglo pasado parece haber clausurado la idea de revolución, al menos en su deriva deudora de una tradición forjada en hitos como la república jacobina de 1793 o el asalto al Palacio de Invierno de octubre de 1917. La toma del poder estatal por un partido de vanguardia parece dificultosa en un tiempo de resquebrajamiento de las culturas políticas tradicionales, descreimiento creciente en los partidos y desconfianza en la posibilidad de articular libertades civiles con producción hiperplanificada. Pero ¿por qué pensar que la noción de revolución debería agotarse en ese único sentido? La historia de los años que vendrán dirá si la revolución finalmente habrá encarnado en una nueva semántica; pero, para que esa operación sea posible, es necesario despojarla de sus ropajes mesiánicos y jacobinos. Solo de ese modo dejará de ser interpretada como una catástrofe mesiánica o un acontecimiento puntual de violencia, y podrá, en cambio, forjarse como capacidad colectiva de interrupción sistémica. Frente a un capitalismo tardío caracterizado por la aceleración del extractivismo ecológico, la precarización laboral y la colonización algorítmica de la subjetividad, el verdadero acto revolucionario tal vez no radique en acelerar la maquinaria de un tipo de crecimiento entendido solamente en términos cuantitativos, sino, como sugiere el sociólogo franco-brasileño Michael Löwy en su obra tardía, en pisar el freno de emergencia. Uno de sus principales referentes, Walter Benjamin, un marxista de la primera mitad del siglo pasado que no se caracterizaba precisamente por su optimismo, sostuvo alguna vez que la revolución quizás no sea el motor de la historia humana, sino el acto mediante el cual la humanidad que viaja en ese tren acciona el freno antes de caer en el abismo. Tal vez sea hora de releerlo.

Fuente: https://revistasupernova.com/

 

Eduardo Minutella estudió Historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y se desempeña como investigador, periodista y docente. Como investigador especializado en historia de los medios ha publicado Progresistas fuimos todos. Del antimenemismo a Kirchner, cómo construyeron el progresismo las revistas políticas (Siglo Veintiuno), como así también varios artículos en los que aborda la historia argentina reciente. Como periodista ha publicado sobre temas de política, historia y cultura en medios como Nueva Sociedad, La Vanguardia, ElDiarioAr, Página/12, Panamá Revista y Revista Crisis. Como docente, se especializó en la formación de profesores de historia en las áreas de historia medieval e historia contemporánea, y, en instituciones especializadas en la enseñanza del oficio periodístico, enseñó Análisis de los Medios, Historia de los Medios e Historia del
Periodismo. Aunque no ha prosperado como músico, en sus ratos libres escribe sobre jazz y tango en diversos medios especializados en esos géneros. Cada tanto, incluso, agarra su guitarra y se anima con algún clásico.


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