Nos Disparan desde el Campanario... Inclusión en el vacío... por Andrea Zhok


Fuente: El Viejo Topo

Link de origen:

https://www.elviejotopo.com/topoexpress/inclusion-en-el-vacio/







«Decimos que deben ser incluidos, pero para ser incluidos deberían encontrar un lugar que tenga una forma, y nuestras sociedades no tienen forma».

Este es para mí un punto muy importante, que de manera paradójicamente complementaria aproxima a la derecha y a la izquierda.

La derecha finge que lo que es la sociedad (italiana, europea) constituye un dato evidente. La derecha imagina que basta con apelar a algún residuo exterior, a alguna memoria nostálgica, a algún vestigio cada vez más descarnado de la tradición que fue para definirse; supone que basta con hablar de la Europa cristiana para dotar de contenido espiritual a una sociedad no solo secularizada, sino radicalmente desarraigada y relativista, y de la cual, por lo demás, la propia derecha cultiva intensamente la forma más franca de individualismo. La derecha habla de comunidad, pero piensa en el nepotismo; habla de sociedad, pero piensa en las sociedades por acciones.

No hace ni ha hecho nunca nada, desde hace al menos medio siglo, para cuidar realmente la tradición cultural italiana y europea, trabajando indefectiblemente en favor de la mercantilización sistemática de cada instancia cultural, de cada costumbre, de cada tradición. Se hinchan el pecho con el «made in Italy» y no utilizan una expresión inglesa por casualidad, porque «Italy» es para ellos solo una marca con la que conquistar cuotas de mercado explotando un pasado que ni estudian ni comprenden.

La izquierda, por el contrario, se ahoga en el marasmo abstracto de un genérico relativismo histórico, sobre el que, además, ha dejado de reflexionar críticamente al menos desde los años setenta, terminando por traducir la «historia» como «accidentalidad», «azar» o «arbitrio». Continúa luchando contra fantasmas vaciados de contenido, desde la opresión patriarcal hasta el dogmatismo religioso, desde el nacionalismo hasta el familismo; imagina combatir cotidianamente contra los molinos de viento de Dios, Patria y Familia, cuando ya ni siquiera recuerda el significado de esas palabras.

Cuando piensa en la «cultura», piensa en un distintivo de clase, que separaría a los semicultos con título académico que los respaldan de aquello que consideran el embrutecimiento del sentido común plebeyo. Concibe toda normatividad informal, toda expectativa media y popular, como un prejuicio abominable y una irracionalidad propia de la «panza del país». Mientras que su propia panza está subcontratada a la bazofia cultural estadounidense, que imaginan como un «mundo sin prejuicios».

La sociedad italiana (europea) no «incluye» ni «acoge», porque tanto para incluir como para acoger hay que ser ALGUIEN, hay que saber qué se es y qué se quiere. La inclusión y la acogida son aquí tan solo palabritas que sirven como hojas de parra para ocultar el oportunismo económico («los trabajos que los italianos ya no quieren hacer», «los recursos que nos pagan las pensiones», etc.). Y todo va bien mientras el «incluido» y el «acogido» permanezcan en su lugar como engranajes de nuestro sistema. De hecho, la única regla social que somos capaces de proporcionar con buena conciencia es: «haz bien tu trabajo». Pero en cuanto el otro pretende ser una subjetividad con identidad propia, y dado que no somos capaces de ofrecer ninguna orientación normativa ni ningún límite justificado, la identidad ajena se vuelve inmediatamente estorbosa, áspera, un golpe a la vista, un escándalo.


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