Nos Disparan desde el Campanario... Sobre la contraviolencia (y el no matarás). Lectura de León Rozitchner II... por Diego Sztulwark

 

Fuente: Lobo Suelto!

Link de Origen: https://lobosuelto.com/sobre-la-contraviolencia-y-el-no-mataras-lectura-de-leon-rozitchner-ii-diego-sztulwark/



En el comienzo está la distinción: no hay una sola violencia, como se suele decir cuando se enuncia que se está a favor o en contra de “la” violencia ni, por tanto, una sola manera de dar cuenta de ella. En toda sociedad constituida sobre la base de la dominación de clases rige el principio de una irracionalidad opresiva que ningún discurso político dialógico, por parlamentario que sea, alcanza a recubrir. Y, por tanto, hay al menos dos lugares desde los cuales pensar el asunto: desde el modo –irracional– en que la sociedad está constituida, o bien, desde el deseo de no ser dominados que cada tanto se suscita en sectores más o menos mayoritarios de esa misma sociedad.

En nuestra nota anterior, decíamos que cuando la democracia aparece como medio de prolongar el antagonismo social (presentándose los hechos armados como emanaciones de un Estado que pretende el monopolio de la violencia legítima) los rastros de las prolongaciones entre guerra y política quedan borrados, escamoteándose el sentido histórico de sus sucesivos relevos. De ahí la importancia del postulado crítico según el cual “lo que la política hace es elaborar aquello que quedó pendiente en el desarrollo de la guerra misma”. Bajo su luz podemos comprender las razones por las que el orden constitucional alcanzado a fines de 1983 fue condición de posibilidad y no instancia de revisión del patrón de acumulación impuesto en el ‘76. Y por qué, a partir de la gobernabilidad progresista iniciada en 2003, no se fortaleció la autonomía de los contrapoderes visibilizados en 2001. Incluso se puede entender que el voto “anti-casta” de 2023 redundara en un reforzamiento de la dirección general de la sociedad. De este carácter engañoso de las superposiciones temporales, en que las determinaciones del antagonismo social se subliman en las del parlamentarismo, se preparan los discursos masticados sobre “la violencia”. La estructura de estos discursos funciona así: hay paz social en la dominación política; y “la violencia” solo surge en el momento en que una persona, grupo o clase social actúa en su defensa. Apenas se discute críticamente esta mistificación, propia de los discursos convencionales sobre la violencia, se accede a las condiciones para un pensamiento de la contraviolencia [1].

Decirlo todo

Partamos de la siguiente postulación de Rozitchner: “En el enfrentamiento a muerte, la contraviolencia debiera triunfar”. No se trata solo de desear un final feliz, sino de elucidar aquella posición en que la fuerza “débil”, aquella que no busca actuar a la ofensiva en el enfrentamiento, encuentra una eficacia en sus propios términos. La formulación permite extraer una secuencia: lo que en términos individuales es la autodefensa, en términos colectivos es la contra-violencia y en términos políticos son los contrapoderes. En los tres casos, la violencia defensiva se contrapone a la violencia ofensiva al punto que es posible hablar de violencias diferenciadas no por cuestión de grados sino de naturaleza. Ahí donde la fuerza que conquista va más allá de sí para subordinar o liquidar al otro, la estrategia de la que defiende consiste en movilizar de modo exhaustivo todos los factores de la existencia (población, moral y territorio) en función de una autoafirmación plena.

Para desarrollar las características de la contraviolencia en León Rozitchner, expondremos una serie de afirmaciones extraídas (y rescritas por mi) de una conversación que mantuvo en 2002 con el poeta Vicente Zito Lema en la Universidad de las Madres:

La hipótesis de tipo rousseauniana sobre la bondad natural de los humanos, luego corrompida por la propiedad privada, es fantasiosa. Es una idea también presente en ciertas lecturas de la alienación de la conciencia en Marx, según la cual bastaría con transformar las condiciones de injusticia que pervierten a las personas (y en el extremo las vuelve asesinas) para que se agote la maldad en la historia. Nada de esto se corrobora en las experiencias llamadas socialistas del Siglo XX. Y, en cambio, sí se corrobora dolosamente que una gran cantidad de individuos son capaces de llegar a ser asesinos (y en el extremo, de gozar del crimen).

De esta frustrante constatación deriva Rozitchner la hipótesis de una división entre dos disposiciones antagónicas: “la de la gente que no vacila en dar muerte a otro” y la de quienes “nos sentimos incapaces de poder producir la muerte de otro ser humano”. Parafraseando a Maquiavelo, para quien toda ciudad está dividida por humores o modos deseantes (los de quienes quieren oprimir y los de quienes no desean ser oprimidos), Rozitchner propone una tajante distinción entre propensiones “asesinas y no asesinas”.

Por supuesto, a partir de cada una de estas dos disposiciones se despliega toda clase de graduaciones. Entre los asesinos, de hecho, están los extremos –que gozan de asesinar– y quienes solo participan como espectadores cómplices, avalando y soportando el crimen. Del lado de los no asesinos habría que distinguir más de un modo de modo o grado de rechazo de la violencia asesina, de distanciarse afectivamente, hasta organizar formas de resistencias.

Siguiendo este razonamiento, Rozitchner considera indispensable tomar en serio que el aniquilamiento se da cada vez más por medios económicos, y no solo por medios de la represión y de la guerra (que son ciertamente su complemento). Es a la luz de esta violencia principal que se pueden mapear las formas de complicidad y de resistencia con todas sus gamas de matices.

Con respecto a las resistencias de quienes no desean asesinar ni ser asesinados, se plantea la cuestión del posible paso de la crítica a la violencia, a las premisas de la contraviolencia. Pues existe una violencia que no da muerte. Es a este tipo de violencia a la que Rozitchner llama no asesina. La expresión “contraviolencia” proyecta una política cuya lógica ética y jurídica es la de la autodefensa, en cuyo extremo se sitúa un matar no asesino (es decir, la acción defensiva extrema no movida por un deseo o intención de aniquilar). Se da, pues, una articulación interna entre autodefensa, violencia no asesina, contraviolencia y estrategia defensiva en la guerra. A esa articulación se la puede pensar como violencia de izquierda.

Rozitchner alcanza a formular su definición de una “contraviolencia” como aquella estrategia que solo acude al matar en el extremo de la más radical falta de opciones, cuando ya no hay más distancia entre vivir y morir. La contraviolencia (no asesina) se define, por tanto, por un tipo de economía y de política cuyo contenido intencional excluye el deseo de matar. Su carácter de fuerza destructiva solo actúa en el plano de la organización de la defensa. Es decir: apunta a destruir aquello que amenaza con matarla.

Aquí encontramos, pues, los dos rasgos definitorio polares de la contraviolencia: por un lado, el no gozar del matar, que supone un rechazo explícito a hacer de la muerte un recurso simbólico: no hacer política en complicidad con la muerte; por el otro lado, entrar al enfrentamiento a muerte de modo tal que la contraviolencia salga triunfando.

Por supuesto que desde el momento en que se acepta que quien se defiende (quien lucha) puede matar, la muerte lo alcanza, lo tiñe y lo afecta. Incluso si el acto carece de intención asesina. La guerra a muerte entre la violencia agresora y defensiva supone que no es posible anticipar de antemano qué ocurrirá con la marca de la muerte. Y aun así, la contra-violencia solo obtiene su principio de justificación ética y de diferenciación política en el no asesinato. De modo tal que incluso en la situación de la guerra, se trata de evitar en todo lo posible la muerte propia, por supuesto, pero también la del otro.

La crítica de la violencia en la Argentina supone para Rozitchner aprender del secuestro y fusilamiento del general Aramburu. Al hacer uso simbólico del asesinato, se ingresa en el terreno categorial del enemigo, quien sí se encuentra en condiciones reales de juzgar a muerte y matar. La dimensión simbólica del matar –al tomar la vida por un símbolo– disocia ilusoriamente el campo de la realidad sin lograr destruir –en el atentado personal– la materialidad organizada de las fuerzas asesinas. El límite de la violencia vengadora es su supuesto: que asesinando a un asesino se ataca al conjunto de la fuerza opresora. En este punto Rozitchner plantea el problema de la ineficacia política de la violencia asesina en manos de los oprimidos: matar a un enemigo asesino no necesariamente debilita el aparato militar opresor y, en cambio, al asesinar, la acción se priva de ejercer (y de mostrar) una diferencia ética fundamental respecto del enemigo ante la población.

Por lo tanto, Rozitchner procura distinguir defensa de venganza, pues se trata de principios distintos: la venganza supone tomar al individuo asesinado como soporte de una significación. Y, en el caso de ciertos vengadores, de unas “ganas de dar muerte” al asesino [2]. La lógica defensiva, en cambio, aspira a una eficacia política diferente, una de cuyas principales premisas es que la violencia solo es válida cuando destruye efectivamente (en una rigurosa evaluación de medios y fines) la eficacia de la fuerza enemiga.

Y así como el crítico de la violencia puede ser llevado a defenderse y hasta a matar en defensa, una política de izquierda no puede ignorar la necesidad históricamente corroborada de prever una defensiva violenta. Pero incluso en el caso de una guerrilla, cree Rozitchner, es preciso que se trate por todas las vías posibles que su acción se desarrolle en el campo de la contraviolencia [3].

Moral burguesa y revolución

Una de las conclusiones que se desprenden de las tesis sobre la contraviolencia es, pues, la no separación entre lo político, lo militar y lo económico. Del mismo modo que una economía de saqueo supone una determinada política y un uso correlativo de la violencia organizada, la contraviolencia supone contrapoderes sociales, estrategias políticas y una economía organizada en torno a la revalidación de lo común. Rozitchner viene pensando este problema ya desde la invasión de Playa Girón, Cuba, por parte de mercenarios preparados por la CIA en 1961. Sus libros sobre la guerra, desde Moral burguesa y revolución (1963) –un estudio penetrante (luego tomado por Han Magnus Enzenberguer) sobre los contenidos ético-políticos de aquel enfrentamiento– hasta el de Malvinas (ya comentado en la nota anterior), están subtendidos por dos grandes proposiciones: 1. la violencia fundamental del sistema ocurre al inficionar de muerte a toda la población por medio del despojo económico, y no solo por el terror militar que lo complementa (como sucede de modo evidente en el caso argentino luego de la última dictadura); 2. el único límite que que le puede imponer a ese poder económico y en última instancia al terror armado se da “allí donde todo un pueblo, toda una clase social dominada, a través de la tarea política, la transformación subjetiva y también personal, incluyendo al conglomerado colectivo que produce, pueda estar preparado para enfrentar el poder” (esta es una de las grandes enseñanzas de la Revolución Cubana). Desde este punto de vista, la participación política –incluso cuando se da como reflexión teórica– supone un modo particular y diferente de meter el cuerpo para “poder pensar y enfrentar” las “consecuencias de las ideas que se promueven”.

Primero hay que saber vivir

La cuestión de la contraviolencia vuelve a plantearse en la participación de Rozitchner en la querella del “no matarás”, la polémica que reunió a filósofos y militantes argentinos hace algo más de dos décadas (2004/2006). El origen de la controversia es el siguiente: durante 2004 la revista cordobesa La intemperie publicó una extensa entrevista realizada a Héctor Jouvé, en la que el veterano sobreviviente de la guerrilla del EGP, de Jorge Masetti -que a su vez respondía al Che Guevara- narra la historia del foco revolucionario instalado en Orán, Salta, durante los años 1963-64. El EGP no llegó a entrar en combate pero fusiló a “Pupi” (Adolfo Roblat) y “Nardo” (Bernardo Groswald), dos jóvenes guerrilleros que ya no estaban en condiciones de participar de los rigores de la guerrilla (se “quebraron” dice: “perdieron toda posibilidad de pensar”). Jouvé se había opuesto a los fusilamientos, pues veía en ellos la materialización de una pérdida del rumbo del colectivo. El debate se inicia cuando el filósofo Oscar del Barco envía una carta a la revista sobre la “responsabilidad inaudita” que experimenta él mismo por haber sido parte de quienes dieron alguna clase de apoyo a la lucha armada y, por tanto, al asesinato político. “Hay –dice Del Barco– el no matarás”. La frase puso título a una querella que duró algo más de un año y cuyos principales aportes fueron compilados luego en un libro de 2007, –de dos volúmenes– titulados extrañamente –abreviadamente– No matar. Sobre la responsabilidad.

La reacción de Rozitchner en el debate abierto tras la carta de Del Barco, –“Primero hay que saber vivir. Del vivirás materno al ‘no matarás’ patriarcal” (publicado originalmente en la revista El ojo mocho, 2006)– es un rechazo al tono teológico de la culpa y el mandamiento y un ejercicio de crítica de la violencia fundado en su concepto de contraviolencia. La cuestión planteada por Jouvé, dice Rozitchner, contenía ya una distinción en germen entre dos concepciones de la violencia (que se pierde en Del Barco). Rozitchner lee la entrevista como una tensión dramática entre Masetti, el jefe revolucionario para quien el fusilamiento preserva al grupo, y Jouvé, el guerrillero que, por el contrario, siente que esa muerte que viene de dentro del colectivo, lo malversa. La escena –casi teatral– permite poner la lupa en un conflicto cuya irresolución fue un anuncio trágico de lo que vendría. Porque al resolver matando, el revolucionario (Masetti dejará su vida en la guerrilla) actúa como si no hubiera ninguna otra opción (como si la prevención de Jouvé no anunciara una posibilidad diferente). De ese modo la guerrilla actúa con categorías de la derecha, suscitando la pregunta que ronda largamente al filósofo: ¿“Cómo distinguir las categorías enemigas con las cuales pensamos, pese a que seamos revolucionarios”? [4].

Asimetría entre izquierda y derecha

Esta cuestión de las categorías de la derecha presentes en la actividad de la izquierda precisa que esclarezcamos brevemente a qué venimos llamando, con Rozitchner, categorías “de derecha” y “de izquierda”. Como derechista podemos agrupar las diversas formas de asumir una coherencia siempre ya dada entre aquello que aparece como la realidad exterior del sujeto y su mundo interior, a la vez que entre su modo de sentir y pensar. La derecha es, en este sentido, un estado de resolución sin contradicciones. De derecha es el tipo de saber obtenido de antemano (y un deseo) de aceptación de las cosas que el sistema de poder organiza. Al partir de la adecuación individual al sistema del que forma parte, todo encuentro con un otro que asuma el mismo grado de adaptación al mismo será vivido como una potencial interferencia, obstáculo o incluso amenaza a la propia coherencia. De derecha es, por tanto, el modo de sentir –y de pensar– que hace de lo no funcional a la dinamica del sistema un dato segundo de la experiencia –y exterior a la norma–, y por tanto eliminable (sujeto de despido, exclusión, exilio, asesinato) en cuanto que pieza no esencial a la realidad que le da existencia –y coherencia– a él y a los suyos. Izquierdista, por el contrario, sería quien procura alcanzar una concordancia inestable –nunca nada como premisa, siempre a crear– con la realidad exterior y con los propios afectos, de modo de poder lidiar con su falta de adecuación al orden que el sistema de la realidad organiza. En su intento de conformar una contra-coherencia, el sujeto de izquierda busca una convergencia entre deseo y eficacia de un pensamiento y una acción transformadora, que solo pueden darse como parte de la constitución de una fuerza colectiva antagonista lo más amplia posible dado que sin la activación de las fuerzas populares no hay cómo provocar cambios sustantivos. De ahí que razón y sensibilidad coincidan, en la izquierda, como reconocimiento de un tejido común en el que los otros forman parte desde el comienzo de la propia existencia, que debe ser preservada como condición de la vida individual más propia.

La presencia de la categoría de derecha en el sujeto de izquierda entorpece la elaboración de su propia contra-coherencia dificultando la creación de una fuerza de naturaleza diferente, la única eficaz para la guerra asimétrica. ¿Fue propia del guevarismo esta presencia de una concepción de derecha en la izquierda? Ciro Bustos, ex combatiente de la guerrilla del Che, relata que las primeras palabras de Guevara en el encuentro inicial con el grupo del EGP –del que también formó parte– habrían sido: “Bueno, aquí están: ustedes aceptaron unirse a esto y ahora tenemos que preparar todo, pero a partir de ahora consideren que ya están muertos. Aquí la única certeza es la muerte” [5]. ¿Cómo lee Rozitchner estas palabras atribuidas a Guevara? Señalando que ese “ya están muertos”, con el que el antiguo combatiente recibe a los nuevos en la ley de la guerrilla, incluye a quien la enuncia (el jefe se somete a ella junto a todo el grupo). Son las cuestiones que el filósofo subraya: en primer lugar, que la muerte no funciona como motor de la acción, sino como sanción irremediable que viene de afuera (a manos del enemigo) y cae como condena sobre quienes se comprometen en el compañerismo a sostener la lucha; y, segundo, que la muerte advendrá como consecuencia de la eficacia al que aspira su deseo de transformación social.

Rozitchner encuentra, pues, en el reclamo de Jouvé una resonancia de las palabras del Che. Pues su oposición a los fusilamientos se hace, no en nombre de un “no matar” absoluto, sino de la compatibilidad combatiente y situada entre el colectivo revolucionario y la preservación posible de cada uno de sus miembros. Y por eso lee en Jouvé la presencia de una concepción de la violencia defensiva que se hace fuerte en el principio de “el valor de la vida y de la población mayoritaria”. Y lamenta aquellos fusilamientos como el signo de un extravío en la comprensión de la cualidad diferencial que distingue la violencia de la contraviolencia. Perdido el elemento diferencial, la violencia aparece como una realidad puramente cuantitativa, que puede ser utilizada en un sentido o en otro, y ya no como el principio de otro tipo de eficacia sin la cual no es posible enfrentar la “disimetría de las fuerzas” reales que debía enfrentar el proyecto revolucionario. Ahí donde se escamotea el carácter cualitativo de la disimetría se debilita la acción rebelde cuya afirmación solo puede resultar eficaz si su fuerza (y por tanto su violencia) se da como una actividad colectiva mayoritaria, indisociable de un deseo de preservación de la vida (propia y agenda) en el sentido de un disfrute ampliado.

Contraviolencia y subjetividad de izquierda

El problema de la contraviolencia en Rozitchner surge como una crítica de la violencia, que consiste en denunciar la violencia opresiva y asesina y en distinguir de ella un ejercicio defensivo constituido sobre premisas opuestas. La crítica, sin embargo, va más allá del balance a lo actuado por la izquierda armada de las décadas de los sesenta y setenta y se sitúa como principio de distinción de un “ser de izquierda” en el que converge un deseo vitalista (que consiste en un spinoziano querer vivir dignamente) y un pensamiento político sobre la constitución de una fuerza eficaz para producir transformaciones sociales. Querer vivir y política popular devienen así convocatoria y apertura a “todo el espectro del campo popular, y no solo de él”, disolviendo dogmatismos y creando en tal sentido nuevos puntos de acuerdos.

Puesto que en la democracia, tal y como la concibe el capitalismo, se bloquea la constitución de un “nuevo poder” desde los propios cuerpos, afectos y conciencias de la multitud, y se mantiene a los sujetos separados de ese nuevo poder virtual, se vuelve necesario, dice Rozitchner, una reunión de fuerzas ahora dispersas, que permita reunirlas a todas para poder ejercerlas en el plano político a partir de ciertos acuerdos básicos pese a las diferencias que nos han separado. Es pues de esta multitud, entendida como fundamento posible de la transformación de la “democracia” en “democracia efectiva” –estrategia que Rozitchner sugiere a la izquierda– que debe surgir la respuesta a la pregunta práctica: “¿Reconocemos o no el poder real de la gente o los seguimos meloneando creyendo que desde la izquierda le vamos a transformar la cabeza y el actuar con categorías ineptas y estériles?” [6]. O, para exponerlo en términos formales: ¿cómo pasamos de un realismo que solo se regula por las contradicciones estratégicas en el nivel económico-político, a un contra realismo que reconozca el papel activo que lo subjetivo y lo imaginario juega como índice de nuestra inserción en cada acontecimiento? El hecho económico, político o incluso militar, recobrados por una potencia imaginativa de las fuerzas populares, adquieren nuevos sentidos, menos opresivos. Para ejercer este nuevo realismo Rozitchner preservaba en su hora la palabra izquierda.


NOTAS AL PIE

[1] Algunos de los principales textos de León Rozitchner sobre la contraviolencia son: Freud y el problema del poder, curso realizado en México y publicado en Argentina en 2003; “Primero hay que saber vivir. Del vivirás materno al no matarás patriarcal”, compilado en León Rozitchner, Levinas o la filosofía de la consolación, Biblioteca Nacional (2013) y “Violencia y contraviolencia”, compilado en León Rozitchner, Escritos políticos, Biblioteca Nacional (2015).

[2] Rozitchner traza sin embargo su homenaje a los anarquistas vengadores en la figura de Severino Di Giovanni: “¿Por qué un individuo pudo concentrar dentro de sí, en su propia subjetividad, el máximo de tensión social, hasta el punto de reunir en él solo la furia vengadora allí donde en la sociedad no existe ninguna instancia de que asuma el castigo de quienes se deleitan y se complacen con el crimen?”; en “Severino Di Giovanni: el amor y la justicia ausentes” (compilado en El terror y la gracia; 2023). Una pregunta similar puede disparar hoy la figura de Luigi Mangione.

[3] Entrevista de Vicente Zito Lema a León Rozitchner en el marco de un coloquio realizado en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo en 2002.

[4] “Los cuarenta años de Cuba y el hombre nuevo”, discurso pronunciado en La Habana y compilado en el ya citado Escritos políticos.

[5] Ciro Bustos, El Che quiere verte, 2007.

[6] Ver conversación con Zito Lema ya citada.
 

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