Dado el panorama, sí tiene un sentido: directo hacia el abismo personal.
¿Por qué?
. En primer lugar, porque no hay manera de cohesionar un colectivo con consciencia acerca de los derechos que atañen a la condición de dignidad inmanente a todo ser humano.
Habrá grupos de resistencia a la opresión, pero no colectivos de importancia empoderados, activos y sobre todo ilustrados.
. En segundo término (que quizás sea causa de lo anterior), porque nuestras mayorías están hoy cruzadas por una actitud sólo explicable a través de esquemas de salud mental.
Esa actitud es la RENUNCIA EXPLÍCITA a los derechos elementales que les corresponden por su condición humana: comer, dormir en una cama y bajo un techo, gozar de tiempo libre (el ocio define lo antropológico: ningún otro ser vivo tiene "tiempo libre"); educarse, tener acceso a bienes culturales.
Incluso muchos renuncian a CONTINUAR VIVIENDO.
Sólo se explica este descalabro desde el punto de vista de salud mental, pues todo aquello que vulnere el principio más esencial de todos cuantos informan a las personas, que es el principio de conservación, constituye una patología.
. Por lo demás, estas mayorías han elaborado discursos justificativos de sus autolesiones. Hoy esos discursos fungen como verdaderas ideologías, por supuesto no resistidas ni combatidas por el poder real, pues les son funcionales.
Nuestras mayorías son colaboracionistas de su propia destrucción, son traidoras de sí mismas, de su descendencia y de sus semejantes, a quienes también destruyen.
. Finalmente (y de seguro hay más razones), en un marco de estricta democracia -enferma voluntariamente por acumulación de antivalores, pero democracia al fin- arrogarse una representatividad que no se verifica en la realidad es, sin ninguna duda, un acto de autoritarismo.
Esto conecta con lo último que voy a decir en el presente conjunto de párrafos tristes.
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Frente a tal panorama, promover la "lucha colectiva" es inmolarse.
Es reunirse todos en un lugar para ofrecerse al f2si-lamiento, al ex/term 1n1o, en minutos.
Es entregarse a la horda, que a su vez es vil, carnicera, espuria, salvaje, inmunda.
En otras palabras: es entregar la integridad, el patrimonio y el honor a nuestras mayorías enfermas, para que los destrocen y quemen, para que "fundamenten" con sus guturaciones oscuras y mediocres toda aberración que se cometa contra cualquier producto de la lucidez, la cultura y la honesta vinculación entre la esencia humana y la realidad que la circunda.
En definitiva, como creo con toda franqueza, es ejercer una forma de autoritarismo. Una forma "sana", si es posible que la hubiera, pero autoritarismo al fin.
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¿Con qué derecho, bajo qué canon moral, corresponde tomar acciones para redimir a los y las degradados y degradadas, que se han podrido por decisión libre y personal y, además, están dispuestos a COMBATIR a quien reconozca sus derechos y bregue por su ejercicio efectivo?
Es decir: personalmente, me siento bien cuando el Otro es reconocido en su dignidad.
Pero si ese Otro (múltiple, brotado, amontonado por millones) desea todo lo contrario… ¿qué norte debería adoptar ese “colectivo de lucha”? ¿Con qué argumentos debe procurarse que sólo una minoría esté satisfecha y que las mayorías -despedazadas desde TODO punto de vista- sufran, obligadas a vivir en un orden virtuoso?
En este contexto, la lucha no puede sino también degradarse a una lucha individual. La guerra es cognitiva y no sólo empobrece: también encierra. Toda batalla es inútil frente a la imbecilidad, a la cortedad (o inexistencia) de criterio, a la aceptación incondicional del Mal para sí mismo y para los demás.
Con mayor claridad: no se trata de una guerra, sino de una derrota. Estamos (vivos) en el día después de esa derrota.
Si existe hoy una “lucha”, está destinada no a vencer, sino a resguardarse de ese Otro que se ha transformado en el enemigo.
“La Patria es el Otro” estructura un eje de pensamiento y conducta que supone que la felicidad del prójimo completa mi felicidad. Pero, hoy, la felicidad del prójimo es mi desaparición.
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Entonces no hay lucha colectiva posible, más que para repeler la mediocridad y el peligro en que se ha transformado mi hermano, que es fuerza viva en la degradación más profunda de la historia de mi país.
Sólo se puede vencer a esas hordas oponiendo una fuerza de mayor entidad o una razón más válida que la que esas turbas quieren para sus existencias.
Sin embargo, la sinrazón ha vencido históricamente a la razón; y la mediocridad es la fuerza más poderosa del Universo: gana por el propio peso inerte de sus ejecutores.
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Lo sé: me vas a decir que las dictaduras hicieron algo parecido: tildaron de “minorías apátridas” y estigmas similares a quienes esgrimieron discursos como este que acabo de verter en las pobres líneas que anteceden.
Que siempre procuraron, de las formas más crueles, enmascarar sus objetivos inhumanos a favor de la construcción de una idea de “mayoría que no desea ser molestada”.
Que muchos murieron por reivindicar y sostener principios que hacen a la dignidad inmanente de toda persona humana; y que esos muertos honrosos deberían guiarnos en el camino del respeto por lo que nos corresponde como individuos integrantes de una comunidad organizada en el Bien.
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Pero te pedí que leyeras esto despojado (en el mayor grado posible) de todo sesgo cultural que te estuviera eventualmente condicionando.
*Eddy W. Hopper. Abogado
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