Nos Disparan desde el Campanario... No es Teherán, es Pekín... por Eduardo Luque

 



Fuente: El Viejo Topo

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La pregunta sigue sin una respuesta clara: ¿por qué Estados Unidos ha decidido atacar a Irán? Ni siquiera dentro de la propia política estadounidense existe una explicación convincente. El ministro de Asuntos Exteriores ruso, Serguéi Lavrov, lo expresó con franqueza. Señaló que incluso en Estados Unidos muchos políticos no comprenden cuál es el verdadero objetivo de la operación militar. La incertidumbre no es casual. Las razones ofrecidas por la Casa Blanca han sido múltiples, contradictorias y, en muchos casos, poco creíbles.

El presidente Donald Trump ha proporcionado una docena de argumentos distintos para justificar el ataque. Ninguno resiste un análisis riguroso. Irán no posee armas nucleares, ni existen pruebas de que esté fabricándolas. Tampoco dispone de misiles intercontinentales capaces de amenazar directamente a Estados Unidos. Y, pese a la imagen proyectada durante décadas por la propaganda occidental, la República Islámica no ha iniciado guerras de agresión en los cuarenta y siete años de su existencia. Entonces, ¿por qué es atacada?

Una de las explicaciones más plausibles apunta a que se trata de una guerra por delegación promovida por Israel. El objetivo estratégico sería la destrucción del Estado iraní o, al menos, su debilitamiento estructural mediante un proceso de fragmentación territorial. Israel busca la balcanización de Irán. Para Washington, sin embargo, el conflicto tiene una dimensión más amplia: forma parte de la confrontación estratégica con China.

Trump teme una guerra larga. Por esa razón ha fijado un plazo de apenas cuatro semanas para intentar cerrar el conflicto. Su intención es llegar a la próxima reunión con el presidente chino, Xi Jinping, con una victoria en ciernes bajo el brazo: un gobierno iraní descabezado y la demostración de que Estados Unidos mantiene intacta su capacidad de imponer su voluntad militar. En ese esfuerzo cuenta con el respaldo prácticamente unánime de los grandes medios de comunicación occidentales, encargados de construir un relato ya conocido: la supuesta superioridad absoluta del armamento occidental frente a los países del Sur Global.

En realidad, el conflicto tiene una dimensión más amplia. No es únicamente una guerra contra Irán, ni siquiera solo contra los países agrupados en torno a los BRICS. Es una demostración de fuerza dirigida a todo el Sur Global. Washington intenta también provocar fisuras dentro de ese bloque emergente. Para ello cuenta con las ambigüedades de algunos actores clave, como India. El primer ministro, Narendra Modi, representante de la extrema-derecha nacionalista de su país, visitó Israel apenas 48 horas antes del inicio de la guerra. Estados Unidos espera aprovechar esa relación para fomentar divisiones internas dentro del bloque.

El conflicto plantea además una enorme disyuntiva para los países del Golfo. Estados como Arabia Saudí han comenzado a estrechar relaciones económicas y estratégicas con China y Rusia, pero una guerra abierta en la región podría obligarlos a redefinir sus equilibrios. Hasta ahora Irán ha evitado atacar de forma sistemática las infraestructuras petroleras de la zona, como refinerías y oleoductos. Esa contención no es casual: Teherán busca evitar que sus vecinos se alineen completamente con Washington.

Sin embargo, el temor es palpable. Países como Omán, Catar, Emiratos Árabes Unidos o Arabia Saudí temen una eventual represalia iraní una vez que se agoten las reservas de misiles y sistemas antiaéreos desplegados por Estados Unidos en la región. Esa inquietud explica las presiones diplomáticas para que Washington busque una salida rápida al conflicto. La retirada parcial de tropas estadounidenses de algunas bases en la zona refleja hasta qué punto ese temor es real.

Las economías del Golfo dependen casi exclusivamente de la exportación de petróleo y gas. Un conflicto prolongado con el cierre del estrecho de Ormuz sería devastador para ellas. Por ese corredor marítimo pasa aproximadamente una quinta parte del comercio mundial de hidrocarburos. A ello se suma el gigantesco esfuerzo económico invertido en proyectos financieros, turísticos y urbanísticos dirigidos a atraer a las élites globales. Todo ese modelo económico podría colapsar si la región se convierte en un campo de batalla. El capital es enormemente cobarde. La huida de multimillonarios de estos países es un golpe brutal a las finanzas mundiales. Irán ya ha demostrado que posee capacidad para alterar el equilibrio energético global. Catar ha tenido que cerrar temporalmente parte de sus instalaciones gasísticas, lo que ha interrumpido el suministro de gas hacia Europa. El impacto potencial sobre los mercados energéticos es enorme y lo será aún más si el conflicto perdura unas semanas.

La victoria rápida que esperaba Trump parece cada vez más lejana. Irán ha respondido con una estrategia destinada a golpear la economía mundial. La paralización parcial del tráfico por el estrecho de Ormuz —aunque permitiendo algunos pasos selectivos— ya ha comenzado a generar tensiones en los mercados. A esto se suma el cierre del estrecho de Bab el‑Mandeb, en la salida del mar Rojo, bajo la influencia de los hutíes aliados de Teherán. El resultado es un auténtico cuello de botella para el comercio global.

Las consecuencias económicas empiezan a sentirse en Occidente. El encarecimiento del petróleo y del gas presiona al alza los precios y amenaza con desencadenar nuevas tensiones inflacionarias. La guerra, concebida como una demostración rápida de fuerza, amenaza con convertirse en un factor de desestabilización económica global.

Irán, por su parte, no parece dispuesto a rendirse. A diferencia de lo que esperaban algunos estrategas en Washington, el país persa dispone de población, territorio, aliados y recursos suficientes para sostener una guerra de desgaste. Su objetivo no es necesariamente derrotar militarmente a Estados Unidos, sino aumentar el coste económico y político del conflicto hasta niveles insoportables para Occidente.

Esa estrategia incluye presionar a los países vecinos para que reconsideren su relación con Washington. Durante décadas Estados Unidos ha ofrecido protección militar a las monarquías del Golfo a cambio de contratos multimillonarios en armamento. La guerra actual pone en cuestión el valor real de esa protección.

Entre los beneficiarios indirectos del conflicto aparece el presidente ruso, Vladímir Putin. Occidente se enfrenta ahora a una nueva guerra para la que no está preparado ni militar ni económicamente. Washington pretende implicar a sus aliados europeos, pero la realidad de sus capacidades militares es muy distinta de la que proyecta la retórica política. Por ejemplo, semanas atrás se hacían públicos informes del Estado Mayor británico que describen una situación preocupante: el Reino Unido apenas podría movilizar unos diez mil soldados para un escenario de guerra simultáneo en Ucrania y Oriente Medio. Su marina dispone de alrededor de diez buques de guerra plenamente operativos, mientras que, paradójicamente, el número de almirantes supera al de barcos disponibles. Durante la Guerra de las Malvinas desplegó cincuenta y cinco navíos; hoy esa capacidad pertenece al pasado. Su fuerza aérea, además, es apenas una fracción de la que existía durante la Guerra Fría. Francia tampoco está en mejor situación. En París existe una preocupación constante por el estado operativo de su único portaaviones, el Charles de Gaulle, que ya sufrió problemas técnicos graves durante la intervención militar en Libia. Ha tenido que recurrir a otros países amigos para configurar la flota de escolta que necesita el portaaviones. Francia por si sola no tiene capacidad marítima para hacerlo.

España ofrece un ejemplo de las contradicciones políticas que atraviesa Europa. El presidente Pedro Sánchez mantiene un discurso público de rechazo a la guerra mientras envía a la zona de conflicto la fragata Cristóbal Colón (F‑105) y el buque de abastecimiento Cantabria (A‑15). Meloni proclama su neutralidad mientras permite que las bases en el sur de Italia sean usadas para bombardear Teherán.

Europa es otra gran perjudicada, afronta un problema energético inmediato. El cierre de las instalaciones gasísticas de Catar aumenta la dependencia del gas ruso en un momento especialmente delicado. Las reservas europeas se encuentran alrededor del 51 % de su capacidad y el invierno aún no ha terminado. El resultado es un mercado con escasez de gas y precios cada vez más elevados. Otro perjudicado evidente es el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski. Los recursos militares y financieros destinados ahora a Oriente Medio se restan inevitablemente del frente ucraniano.

En medio de este panorama ha surgido una pregunta inquietante: ¿podría tener alguna relación la publicación de documentos vinculados al caso de Jeffrey Epstein con la escalada militar impulsada por la Casa Blanca? Por ahora no existe una respuesta clara, pero la coincidencia temporal ha alimentado especulaciones.

Más allá de estas incógnitas, el trasfondo estratégico parece evidente. El intento de destruir o debilitar a Irán forma parte de una estrategia mucho más amplia del complejo militar-industrial estadounidense dirigida contra China. El objetivo sería obtener control indirecto sobre las enormes reservas de petróleo y gas iraníes para utilizarlas como instrumento de presión contra Pekín.

Irán representa aproximadamente el 13,4 % del petróleo que China importa por vía marítima. Controlar ese flujo permitiría a Washington restringir el acceso chino a recursos energéticos fundamentales. El plan inicial consistía en replicar el modelo aplicado en Venezuela: presión económica, aislamiento político y cambio de régimen progresivo. Al fracasar esa estrategia, la opción militar ha ganado peso.

Este enfoque encaja con las tesis defendidas por el estratega estadounidense Elbridge Colby, quien sostiene que la prioridad de la política exterior de Estados Unidos en el siglo XXI debe ser impedir que China alcance la hegemonía en Asia. La llamada “estrategia de negación” consiste precisamente en limitar el acceso de Pekín a mercados y recursos clave.

Desde esta perspectiva, operaciones como la presión sobre Venezuela, la confrontación con Irán o las maniobras en África apoyando a grupos terroristas (intervención en Nigeria) forman parte de un mismo esquema geopolítico. La intención sería restringir los suministros energéticos y minerales necesarios para sostener el ascenso chino.

La doctrina estratégica que se perfila busca obligar a Pekín a reorientar su economía hacia el consumo interno y limitar su expansión internacional. Si se logra restringir su acceso a mercados y materias primas, Pekín podría perder su posición como “fábrica del mundo”.

En última instancia, la guerra contra Irán pretende enviar un mensaje político: Estados Unidos todavía puede imponer su voluntad en el sistema internacional. El objetivo final sería restaurar un orden unipolar bajo liderazgo estadounidense. Controlar las reservas energéticas del Golfo Pérsico y de Irán permitiría a Washington conservar durante décadas una posición dominante en la economía global.

La guerra actual, por tanto, no se explica únicamente por Oriente Medio. Es una pieza más en la disputa por el poder mundial del siglo XXI. Y, en esa disputa, el verdadero adversario no está en Teherán, sino en Pekín.



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