Nos Disparan desde el Campanario... La transmisión excremental (UN NUEVO ESPECTÁCULO DE PLATAFORMA)... por Helga Fernández
Fuente: En el Margen
Link de Origen:
Imagen de portada: Hiroshi Sugimoto.
De la serie Theaters.
El arte de narrar se aproxima a su fin porque el aspecto épico de la verdad,
es decir, la sabiduría, se extingue.
Walter Benjamin, El narrador
I. Hay un modo de la transmisión de la palabra que pide ser pensado con
urgencia. Lo llamé alguna vez transmisión digital, pero hoy el nombre
no dice lo suficiente. En este contexto, quiero llamarlo transmisión
excremental.
¿Por qué excremental? Porque el que
habla en este modo se vacía al hablar, pero no como quien da testimonio ni como
quien se arriesga en lo que dice: se vacía como quien expulsa la palabra como
un desecho, y al expulsarla arrastra consigo al oyente, que queda convertido en
receptáculo de lo evacuado. No hay don en esta transmisión, no hay ofrenda, no
hay siquiera pérdida en el sentido de la cesión. Hay descarga. La palabra
excremental es, si se me permite la expresión, una palabra deshabitada: salió
del cuerpo pero nunca estuvo en él. No fue subjetivizada. Nunca fue de nadie y,
al ser emitida, no deja a nadie en su lugar.
Este modo de la palabra se escucha en las calles, en los discursos de los
presidentes, en los voceros, en la ciudad letrada, en los parlantes, en cada
uno de nosotros. Comenzó escuchándose de manera marginal y fue ganando lugares
de poder y centralidad, hasta convertirse —y esto es lo que me parece
necesario pensar— en una ética con la que se gobierna un Estado.
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II. Anoche, 1° de marzo de 2026, Javier Milei inauguró el 144° período de
sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Lo hizo a las 21 horas, en
horario de máxima audiencia, durante noventa minutos en los que insultó a los
legisladores de la oposición llamándolos ladrones, asesinos, ignorantes,
golpistas, delincuentes, chorros. A una diputada le dijo que se dedicara a
recitar poemas; a otra la apodó “chilindrina troska”. A la expresidenta la
llamó chorra. A Juan Grabois lo llamó “oligarca vestido de pordiosero”. Gritaba
y sonreía. Las cámaras de la transmisión oficial no enfocaron en toda la noche
a los opositores: solo existía su voz, su imagen, su mandíbula articulando el
escarnio.
El presidente habló, además, subido a
un banquito para llegar al atril: imagen somatóforme del autómata, un cuerpo
que no alcanza el dispositivo por sí mismo y necesita ser montado sobre él. Los
diarios de hoy contabilizan más de veinte insultos distintos. Los cronistas
hablan de un presidente “fuera de eje”. La oposición denuncia violencia,
agravios, vergüenza ajena.
Quisiera aguzar la escucha en el insulto “oligarca vestido de pordiosero”.
No porque sea peor o mejor que los demás insultos, sino porque algo de la
operación excremental se deja ver ahí con particular nitidez. El sintagma no
tiene referente: no describe a Grabois ni lo acusa de nada verificable. Pega
dos palabras que se anulan mutuamente —oligarca y pordiosero— y produce un
engendro verbal cuya única función es la descarga. En el mejor de los casos
podría ser un oximoron, pero para que fuera tal cosa tendría que estar
acompañada de una trama para que decante como fruto de un recorrido. Por el
contrario, no busca decir algo sobre el otro; busca excretarlo, reducirlo a un
resto que pueda ser desechado por esa mandíbula que fonetiza y recogido por el
escándalo.
Pero no quiero llegar a la indignación, y esto me lo digo también a mí misma,
porque la tentación del escándalo es enorme y no estoy exenta. Lo que pasa es
que el escándalo, cuando se convierte en la única respuesta, colabora con
aquello mismo que denuncia. Escandalizarse hasta no ver que no se trata de asuntos
personales —que tomar el escarnio como agravio es reducir también la palabra a
la violencia— es la trampa que la transmisión excremental tiende a quien
escucha. Ofrecerse como controportador del insulto, devolver el grito, replicar
la lógica del agravio, oculta y colabora en la destrucción que esa palabra
opera.
Lo que está en juego no es solo un presidente que insulta. Lo que está en
juego, y es esto lo que me importa, es un modo de la palabra que ganó el centro
del poder y desde allí exhibe, con la impunidad de la primera persona
institucional, su lógica más desnuda.
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III. La transmisión excremental produce cadenas —links— extravagantes y
grotescas en las que cualquier cosa se pega con cualquier cosa y donde cada
dicho suplanta y anula al anterior, en desmedro de la historización y del
entramado. Incifrando. Desteorizando. Desmetaforizando. Y manufacturando
indolencia, a la par que corroyendo el valor de la palabra y supeditándola a
una actualización de lo actual.
Anoche, por ejemplo, en el recinto del Congreso: la moral occidental se pegaba
con los minerales críticos, los minerales críticos con la alianza con Trump,
Trump con los piquetes, los piquetes con Cristina Kirchner, Kirchner con el
precio de las remeras importadas, las remeras con Milton Friedman, Friedman con
los neumáticos de Fate, Fate con la Antártida, la Antártida con los valores
judeocristianos, los valores judeocristianos con “Don Chatarrín de los Tubitos
Caros”. Cada eslabón anulaba al anterior. El sentido no progresaba ni se anudaba:
simplemente se reemplazaba. Nada de lo dicho construía un argumento; todo lo
dicho construía una inercia.
En la transmisión excremental, lo que se reproduce ni siquiera se repite y
mucho menos se pronuncia. No es dicho por nadie, ni dirigido a nadie, no cuenta
ni con objeto ni con sujeto. No posee dirección —adresse— o destinatario
—subject—, ni remitente. Es reproducido por un personaje desposeído del hábitat
del inconsciente.
Milei no le hablaba a la oposición. No le hablaba al país. No le hablaba, creo,
a nadie. Esa es la clave que la indignación nos impide ver: no había
destinatario, como no había remitente. Había una mandíbula enchufada a la
cadena nacional, conectada a millones de otras mandíbulas que replicarán,
compartirán, viralizarán y olvidarán mañana lo que hoy escandaliza. La
transmisión oficial, al no enfocar a la oposición, no hacía sino explicitar la
estructura: no hay otro. No hay interlocutor. Solo la voz, el circuito, la
descarga.
Hay destrucción del otro.
Grabois mismo lo dijo, quizá sin saberlo del todo: “Todo lo que él decía se
escuchaba, todo lo que decíamos nosotros para contestar, para defendernos, no
se escuchaba”. Hay cobardía en eso, hay abuso de poder, pero hay también algo
que va más allá de la cobardía y que tiene que ver con la estructura misma de
la transmisión excremental: la palabra deshabitada no necesita oído. No se
dirige a nadie. El aparato del Congreso entero —oposición, oficialismo,
cámaras, cadena nacional, redes— funcionaba como el dispositivo de esa
evacuación. Todo lo que alguien pudiera responder desde el recinto ya estaba
capturado de antemano: era la materia que la mandíbula necesitaba para seguir
funcionando.
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IV. El transcurrir de estos dichos, que corren locos, tampoco produce pudor,
vergüenza ni horror, sino indignación y escándalo en quien escucha.
La indignación y el escándalo no son lo mismo que el pudor, la vergüenza o el
horror. La indignación es reactiva: se consume en su propio gesto. El pudor, la
vergüenza y el horror suponen otra cosa: una relación con un límite, con algo
que toca el cuerpo y lo afecta. La transmisión excremental no produce afección:
produce reacción. No mortifica en el sentido de tocar la carne, la fibra
—aunque sí mortifica en otro sentido, más sigiloso y quizá más devastador:
inhibe, impotentiza, aniquila al sujeto que la recibe reduciéndolo a la
posición del escandalizado, del indignado, del que no puede sino devolver lo
que recibe en espejo.
Puede que esto sea lo más difícil de pensar, también de imaginar: que la
palabra deshabitada deshabita también a quien la recibe. No lo hiere: lo vacía.
No lo interpela: lo paraliza. Lo deja sin lugar desde el cual responder, porque
toda respuesta queda capturada de antemano por el circuito excremental. El sujeto
que escucha queda aniquilado no por el contenido del insulto sino por la
estructura de la transmisión: convertido en una terminal más del mismo aparato.
La mandíbula que excreta necesita del cuerpo que recibe el desecho, no para que
lo elabore ni lo interprete, sino para que sostenga la ilusión de que hubo un
acto de habla donde solo hubo una descarga.
El que insulta, hasta la injuria, se excreta a sí mismo y al oyente de
este mundo; y termina por hacer del otro un resto cada vez más estrecho. Pero el
que se indigna, el que responde simétricamente, el que grita de vuelta o
denuncia escandalizándose, tampoco escapa a esa reducción. Se convierte en la
contracara necesaria de la misma operación. El desecho necesita del indignado
tanto como el insulto necesita del escandalizado para completar su circuito.
Sin el escándalo del otro, la evacuación no tiene dónde caer.
Pero no solo está el indignado. Están
también, y conviene mirarlos, los que en el recinto aplauden, corean
“presidente, presidente”, ovacionan cada insulto. No procesan lo dicho, no
responden a un argumento, no son persuadidos por nada. Aplauden el
funcionamiento mismo: celebran que la mandíbula funcione, no lo que dice. Por
eso pueden aplaudir cualquier cosa —los minerales, la moral occidental, el
insulto a Kirchner, “Don Chatarrín”, da igual—. El aplauso no distingue
contenido porque no hay contenido que distinguir. Aplaudir ahí es enchufarse al
circuito desde el otro polo: no el del escándalo sino el de la ovación. Y los
dos polos, si se los mira de cerca, hacen exactamente lo mismo: sostienen la
ilusión de que hubo acto de habla. Uno escandalizándose, otro celebrando.
Ninguno escuchando.
Y el poder de esta destrucción —un poder que todavía estamos aprendiendo a
medir, a reconocer— reside en que no requiere victoria ni convicción. No busca
conformar un discurso ni fundar una hegemonía en el sentido clásico. Solo
necesita que la palabra se reduzca a su funcionamiento autómata: emisión,
recepción, reacción, emisión. Un circuito cerrado que aniquila todo lo que la
palabra puede cuando es otra cosa que desecho.
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V. La palabra, cuando es desposeída de la palabra, vira hacia una voz obscena,
fuera de toda escena, de toda ley. Determina un habla impune y que deja impune,
por consecuencia, a quien sea que la fonetiza.
El insulto fue pensado. Lacan, en el
Seminario 3, lee “Marrana” —que retorna como alucinación después de “Vengo del
fiambrero”— como el límite de la cadena significante, el punto donde el Otro no
tiene el estatuto de tal y lo forcluido retorna desde lo Real. La cadena ya
está rota; el insulto es el efecto de esa rotura, su cicatriz sonora. Butler,
en «Excitable Speech», piensa el insulto como la cumbre de la fuerza
performativa: el habla que hiere, que vulnera, pero que al herir también interpela,
también constituye al sujeto injuriado, le da un lugar —aunque sea el lugar del
herido— en el campo del lenguaje. Eribon, en «Réflexions sur la question gay»,
lleva esto más lejos: el insulto funda. “Sale pédé” precede al sujeto, lo
instituye en la vergüenza y desde esa vergüenza el sujeto se constituye, se
resiste, se narra.
En los tres, y esto es lo que importa, el insulto es la palabra en su punto de
mayor potencia. Rompe, hiere, funda. Es la cumbre de la palabra, su momento más
extremo, el lugar donde el lenguaje toca lo que está más allá de él y sin
embargo produce sujeto: un sujeto roto, un sujeto herido, un sujeto
avergonzado, pero sujeto al fin.
Lo que ocurre en la transmisión excremental es, creo, otra cosa. El insulto
aquí no es la cumbre de la palabra sino su extinción. No rompe una cadena ya
rota, como en la psicosis; no hiere a un sujeto al que simultáneamente
constituye, como en Butler; no funda subjetividad en la vergüenza, como en
Eribon. Extingue la palabra misma. Es el modo en que la cadena se deshace
eslabón por eslabón mientras simula ser cadena. Cada insulto se pega al
siguiente como un link y a la vez cada pegadura es una rotura más. “Ladrones”
se pega a “asesinos”, “asesinos” a “ignorantes”, “ignorantes” a “chorra”,
“chorra” a “chilindrina troska”: la cadena avanza y a la vez se destruye con
cada eslabón, porque ningún eslabón remite a nada ni a nadie. El insulto no
retorna desde lo Real ni desde ningún afuera: circula, permanece, se replica
sin volver a ningún sujeto porque no hay sujeto al que volver. Y al circular
produce algo que quizá sea lo más propio de la transmisión excremental: no
silencio, no herida, no vergüenza, sino ruido. Un ruido que impide leer,
escuchar, hablar. El insulto como extinción de la palabra es, a la vez, la
extinción de la posibilidad de escucha.
Sin embargo, si es espectáculo —y lo es: un nuevo espectáculo de plataforma—,
necesita algo. El “Marrana” de Lacan necesita al Otro como Otro, aunque esté
forcluido. El insulto de Butler necesita al otro como herido: alguien a quien
la palabra toca. El de Eribon necesita al otro como fundado: alguien que será
instituido por la vergüenza. Este insulto no necesita al otro. Necesita su
lugar ocupado. Necesita espectadores, que no son otros sino lo que viene a llenar
el lugar del otro una vez que ha sido destruido. Hace falta que el recinto esté
lleno, que las cámaras transmitan, que la cadena nacional funcione, que
millones de pantallas se enciendan —pero lo que ocupa esas butacas, lo que mira
desde esas pantallas, ya no es un interlocutor. Es presencia sin alteridad.
Cuerpos en la butaca que no escuchan. Ojos en la pantalla que no son oídos.
El que aplaude y el que se indigna
cumplen la misma función: sostener el espectáculo, llenar el lugar del otro con
algo que ya no es el otro. La transmisión excremental produce la desaparición
del otro al hacer ocupar su lugar por algo que ya no lo es.
Hiroshi Sugimoto (ver imagen de
portada), desde los años setenta, fotografía salas de cine y teatros con una
cámara de gran formato: abre el obturador al comenzar la película y lo cierra
cuando termina. Dos horas de proyección en un solo cuadro. Lo que aparece en la
imagen es un rectángulo blanco incandescente —la pantalla vaciada de todo
contenido por exceso de contenido— rodeado por la arquitectura ornamentada de
un teatro vacío. 172.800 fotogramas colapsados en pura emisión lumínica. El
aparato está completo: las butacas, los arcos, las molduras, el proscenio. Todo
lo que fue transmitido se volvió nada. O más exactamente: se volvió transmisión
sin transmitido. La pantalla brilla pero no dice nada. Las butacas están pero
nadie mira. El dispositivo funciona solo. Si hubiera que buscar una imagen de
la transmisión excremental en estado puro, sería esta: un teatro repleto de
arquitectura y despoblado de sujeto, donde lo proyectado —noventa minutos de
insultos o dos horas de película, da igual— se reduce a un resplandor blanco
que ilumina un recinto donde ya no hay nadie a quien iluminar.
Deshabitada e impune: creo que son las dos caras de la misma operación.
Deshabitada porque de esa palabra no habrá sujeto; impune porque donde no hay
sujeto no hay responsabilidad. La transmisión excremental produce, por
estructura, impunidad. No hace falta que una ley la ampare ni que un poder la proteja:
la impunidad es inherente a una palabra que no es de nadie. ¿Quién responde por
lo que ningún sujeto dijo? ¿A quién se le pide cuenta por una palabra que no
fue pronunciada sino evacuada? No estamos ante una falla del sistema jurídico;
estamos ante el efecto necesario de una palabra sin sujeto.
La obscenidad, la virulencia y el escarnio son quizá indicios de que esta
transmisión tiende a ir más allá de sí misma: desde la no relación de la
palabra con la palabra, hacia la rotura de toda relación entre las palabras y,
por consiguiente, de la sintaxis, los pensamientos, el lazo con el otro, con el
tiempo y con todo aquello que supone sucesión de anudamiento: historia,
tradición, legado, teoría…
Un cronista anotó anoche: “Reapareció en público el Milei que había prometido
no volver a insultar. Gritaba y a la vez sonreía, con la ventaja de tener la
última palabra y el monopolio de la imagen”. La observación es precisa, pero no
va lejos. No se trata, me parece, de una contradicción —prometer no insultar e
insultar—, ni de hipocresía, ni de un doble discurso. Lo que pasa es que en la
transmisión excremental no hay promesa posible, porque no hay sujeto que
sostenga una palabra en el tiempo. Lo dicho ayer no obliga a lo dicho hoy; lo
dicho hoy no existirá mañana. La palabra no tiene sucesión ni anudamiento: es
perpetuamente actual y, por eso mismo, perpetuamente caduca.
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VI. Ser hablante, en el sentido que cuenta, no va de suyo. Es una práctica que
podemos o no ejercer, con la que se cuenta o no se cuenta, y que no siempre
permanece extendida en el tiempo. Pero además —y esto es lo que quisiera
subrayar— no es una práctica que solo ejercemos para con nosotros mismos:
también nos ubicamos, ante los discursos que apuestan a ella o la anulan, como
resistentes o como colaboracionistas.
Colaborar con la destrucción de la palabra no requiere sostener el discurso
destructor. Basta con ofrecer la simetría del escándalo, la réplica del grito,
la contabilidad indignada de los insultos. Basta con responder al modo en que
la transmisión excremental exige que se le responda: rápido, reactivo, sin
espesor, sin tiempo. Cada réplica es un eslabón más en la misma cadena que
pretende romper.
Habitar la palabra es otra operación. Supone demorarse. Supone un cuerpo que se
compromete con lo que dice y que algo de sí pierde en lo dicho. Subjetivizar es
hacer pasar por el cuerpo; objetivizar es dar a luz y escindirse. No hay
producción de palabra sin pérdida, sin que algo del ser hablante quede partido
en lo que produce. La transmisión excremental imita esta operación pero la
vacía: hay emisión sin pérdida, hay expulsión sin escisión, hay salida sin que
nada quede atrás. Por eso la palabra excremental puede ser infinita: no le
cuesta nada a nadie. Y por eso destruye: porque allí donde la palabra no
cuesta, el sujeto no adviene.
“Me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar”, dijo anoche Milei a los
gritos. Si escuchamos bien, la frase exhibe la estructura completa: no hay
sujeto que hable, hay la pulsión de destrucción misma articulándose en primera
persona sin que haya primera persona. No hay otro al que se someta, hay un
resto que se produce para ser descartado. La doma no es una relación: es una
mecánica. El que doma en la transmisión excremental no doblega a nadie —no hay
nadie enfrente—, se excreta a sí mismo como amo de un circuito que solo
necesita funcionar. Y funciona.
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VII. En un momento de la noche, entre los insultos y las ovaciones, Milei le
dijo a una diputada que se dedicara a recitar poemas. El desprecio fue recibido
como un agravio más, contabilizado entre los veintitantos insultos del
discurso, perdido en la inercia del escándalo. Pero si aguzamos la escucha,
algo se deja oír ahí que el propio discurso excremental no sabe que dice: que
la poesía es lo que lo amenaza.
¿Por qué la poesía? No porque sea bella ni porque eleve el espíritu ni porque
sea lo contrario del insulto. Justamente por lo contrario de lo contrario:
porque la poesía también puede insultar. También puede blasfemar, herir,
injuriar, arrojar una palabra contra la frente de alguien. Pero cuando lo hace,
hace otra cosa con el insulto. Lo hace pasar por el cuerpo. Y al pasar por el
cuerpo, produce sujeto —en el que habla y en el que escucha.
León Felipe, en El ciervo herido, escribió un poema que se llama La
Palabra. La palabra, dice, es un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre.
Y la Torre tiene que ser alta, alta, alta, hasta que no pueda ser más alta,
hasta que llegue a la última cornisa de la última ventana del último sol. Hasta
que ya entonces no quede más que un ladrillo solo, el último ladrillo, la
última palabra, para tirárselo a Dios con la fuerza de la blasfemia o de la
plegaria, y romperle la frente, a ver si dentro de su cráneo está la Luz o está
la Nada.
La blasfemia de León Felipe es un insulto. Pero es un insulto que costó toda la
torre. Cada ladrillo fue puesto sobre el anterior, cada palabra sostuvo a la
siguiente, y el último —el que se arroja, el que blasfema— llega cargado con el
peso de todo lo que lo sostuvo. No hay descarga: hay construcción, cuerpo
comprometido verso a verso hasta el punto en que la palabra toca lo que está
más allá de ella.
La diferencia con el insulto
excremental no es de contenido ni de intención. Es estructural. La blasfemia de
León Felipe es una palabra subjetivizada, encarnada, que deja al que la dice
partido en lo que dijo. El insulto de Milei es un ladrillo suelto que no
construyó nada y que se arroja al vacío para que alguien lo recoja y lo
devuelva y el circuito siga funcionando. Milei puede insultar durante noventa
minutos porque sus insultos no le cuestan nada. León Felipe necesitó toda una
vida y toda una torre para llegar a una sola blasfemia.
Recitar poemas, entonces —lo que el presidente despreció como lo más inútil, lo
más lejano del poder, lo más ajeno a la mandíbula que gobierna—, es exactamente
la operación que la transmisión excremental no puede metabolizar. No porque la
poesía sea inofensiva, sino porque es la forma más radical de la palabra que
cuesta. La poesía no responde al insulto con otro insulto ni se escandaliza:
construye, ladrillo a ladrillo, la torre desde la cual una sola palabra puede
romperle la frente a Dios.
De todos los insultos que la mandíbula arrojó esa noche, solo uno dijo algo
verdadero. La diputada a la que le fue indicado que se dedicara a recitar
poemas recibió, sin que nadie lo advirtiera —ni ella, ni él, ni el recinto, ni
las cámaras que no la enfocaron—, la única indicación precisa de toda la noche.
Villa Amancay, marzo de 2026

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