Nos Disparan desde el Campanario... La transmisión excremental (UN NUEVO ESPECTÁCULO DE PLATAFORMA)... por Helga Fernández

 

Fuente: En el Margen

Link de Origen: 

https://enelmargen.com/2026/03/03/la-transmision-excrementalun-nuevo-espectaculo-de-plataforma-por-helga-fernandez/


Imagen de portada: Hiroshi Sugimoto. De la serie Theaters.



El arte de narrar se aproxima a su fin porque el aspecto épico de la verdad, 

es decir, la sabiduría, se extingue.

Walter Benjamin, El narrador



I. Hay un modo de la transmisión de la palabra que pide ser pensado con urgencia. Lo llamé alguna vez transmisión digital, pero hoy el nombre no dice lo suficiente. En este contexto, quiero llamarlo transmisión excremental.

¿Por qué excremental? Porque el que habla en este modo se vacía al hablar, pero no como quien da testimonio ni como quien se arriesga en lo que dice: se vacía como quien expulsa la palabra como un desecho, y al expulsarla arrastra consigo al oyente, que queda convertido en receptáculo de lo evacuado. No hay don en esta transmisión, no hay ofrenda, no hay siquiera pérdida en el sentido de la cesión. Hay descarga. La palabra excremental es, si se me permite la expresión, una palabra deshabitada: salió del cuerpo pero nunca estuvo en él. No fue subjetivizada. Nunca fue de nadie y, al ser emitida, no deja a nadie en su lugar.


Este modo de la palabra se escucha en las calles, en los discursos de los presidentes, en los voceros, en la ciudad letrada, en los parlantes, en cada uno de nosotros. Comenzó escuchándose de manera marginal y fue ganando lugares de poder y centralidad, hasta convertirse  —y esto es lo que me parece necesario pensar— en una ética con la que se gobierna un Estado.



II. Anoche, 1° de marzo de 2026, Javier Milei inauguró el 144° período de sesiones ordinarias del Congreso de la Nación. Lo hizo a las 21 horas, en horario de máxima audiencia, durante noventa minutos en los que insultó a los legisladores de la oposición llamándolos ladrones, asesinos, ignorantes, golpistas, delincuentes, chorros. A una diputada le dijo que se dedicara a recitar poemas; a otra la apodó “chilindrina troska”. A la expresidenta la llamó chorra. A Juan Grabois lo llamó “oligarca vestido de pordiosero”. Gritaba y sonreía. Las cámaras de la transmisión oficial no enfocaron en toda la noche a los opositores: solo existía su voz, su imagen, su mandíbula articulando el escarnio.

El presidente habló, además, subido a un banquito para llegar al atril: imagen somatóforme del autómata, un cuerpo que no alcanza el dispositivo por sí mismo y necesita ser montado sobre él. Los diarios de hoy contabilizan más de veinte insultos distintos. Los cronistas hablan de un presidente “fuera de eje”. La oposición denuncia violencia, agravios, vergüenza ajena.


Quisiera aguzar la escucha en el insulto “oligarca vestido de pordiosero”. No porque sea peor o mejor que los demás insultos, sino porque algo de la operación excremental se deja ver ahí con particular nitidez. El sintagma no tiene referente: no describe a Grabois ni lo acusa de nada verificable. Pega dos palabras que se anulan mutuamente —oligarca y pordiosero— y produce un engendro verbal cuya única función es la descarga. En el mejor de los casos podría ser un oximoron, pero para que fuera tal cosa tendría que estar acompañada de una trama para que decante como fruto de un recorrido. Por el contrario, no busca decir algo sobre el otro; busca excretarlo, reducirlo a un resto que pueda ser desechado por esa mandíbula que fonetiza y recogido por el escándalo.


Pero no quiero llegar a la indignación, y esto me lo digo también a mí misma, porque la tentación del escándalo es enorme y no estoy exenta. Lo que pasa es que el escándalo, cuando se convierte en la única respuesta, colabora con aquello mismo que denuncia. Escandalizarse hasta no ver que no se trata de asuntos personales —que tomar el escarnio como agravio es reducir también la palabra a la violencia— es la trampa que la transmisión excremental tiende a quien escucha. Ofrecerse como controportador del insulto, devolver el grito, replicar la lógica del agravio, oculta y colabora en la destrucción que esa palabra opera.


Lo que está en juego no es solo un presidente que insulta. Lo que está en juego, y es esto lo que me importa, es un modo de la palabra que ganó el centro del poder y desde allí exhibe, con la impunidad de la primera persona institucional, su lógica más desnuda.



III. La transmisión excremental produce cadenas —links— extravagantes y grotescas en las que cualquier cosa se pega con cualquier cosa y donde cada dicho suplanta y anula al anterior, en desmedro de la historización y del entramado. Incifrando. Desteorizando. Desmetaforizando. Y manufacturando indolencia, a la par que corroyendo el valor de la palabra y supeditándola a una actualización de lo actual.


Anoche, por ejemplo, en el recinto del Congreso: la moral occidental se pegaba con los minerales críticos, los minerales críticos con la alianza con Trump, Trump con los piquetes, los piquetes con Cristina Kirchner, Kirchner con el precio de las remeras importadas, las remeras con Milton Friedman, Friedman con los neumáticos de Fate, Fate con la Antártida, la Antártida con los valores judeocristianos, los valores judeocristianos con “Don Chatarrín de los Tubitos Caros”. Cada eslabón anulaba al anterior. El sentido no progresaba ni se anudaba: simplemente se reemplazaba. Nada de lo dicho construía un argumento; todo lo dicho construía una inercia.


En la transmisión excremental, lo que se reproduce ni siquiera se repite y mucho menos se pronuncia. No es dicho por nadie, ni dirigido a nadie, no cuenta ni con objeto ni con sujeto. No posee dirección —adresse— o destinatario —subject—, ni remitente. Es reproducido por un personaje desposeído del hábitat del inconsciente.


Milei no le hablaba a la oposición. No le hablaba al país. No le hablaba, creo, a nadie. Esa es la clave que la indignación nos impide ver: no había destinatario, como no había remitente. Había una mandíbula enchufada a la cadena nacional, conectada a millones de otras mandíbulas que replicarán, compartirán, viralizarán y olvidarán mañana lo que hoy escandaliza. La transmisión oficial, al no enfocar a la oposición, no hacía sino explicitar la estructura: no hay otro. No hay interlocutor. Solo la voz, el circuito, la descarga.


Hay destrucción del otro.


Grabois mismo lo dijo, quizá sin saberlo del todo: “Todo lo que él decía se escuchaba, todo lo que decíamos nosotros para contestar, para defendernos, no se escuchaba”. Hay cobardía en eso, hay abuso de poder, pero hay también algo que va más allá de la cobardía y que tiene que ver con la estructura misma de la transmisión excremental: la palabra deshabitada no necesita oído. No se dirige a nadie. El aparato del Congreso entero —oposición, oficialismo, cámaras, cadena nacional, redes— funcionaba como el dispositivo de esa evacuación. Todo lo que alguien pudiera responder desde el recinto ya estaba capturado de antemano: era la materia que la mandíbula necesitaba para seguir funcionando.



IV. El transcurrir de estos dichos, que corren locos, tampoco produce pudor, vergüenza ni horror, sino indignación y escándalo en quien escucha.


La indignación y el escándalo no son lo mismo que el pudor, la vergüenza o el horror. La indignación es reactiva: se consume en su propio gesto. El pudor, la vergüenza y el horror suponen otra cosa: una relación con un límite, con algo que toca el cuerpo y lo afecta. La transmisión excremental no produce afección: produce reacción. No mortifica en el sentido de tocar la carne, la fibra —aunque sí mortifica en otro sentido, más sigiloso y quizá más devastador: inhibe, impotentiza, aniquila al sujeto que la recibe reduciéndolo a la posición del escandalizado, del indignado, del que no puede sino devolver lo que recibe en espejo.


Puede que esto sea lo más difícil de pensar, también de imaginar: que la palabra deshabitada deshabita también a quien la recibe. No lo hiere: lo vacía. No lo interpela: lo paraliza. Lo deja sin lugar desde el cual responder, porque toda respuesta queda capturada de antemano por el circuito excremental. El sujeto que escucha queda aniquilado no por el contenido del insulto sino por la estructura de la transmisión: convertido en una terminal más del mismo aparato. La mandíbula que excreta necesita del cuerpo que recibe el desecho, no para que lo elabore ni lo interprete, sino para que sostenga la ilusión de que hubo un acto de habla donde solo hubo una descarga.


El que insulta, hasta  la injuria, se excreta a sí mismo y al oyente de este mundo; y termina por hacer del otro un resto cada vez más estrecho. Pero el que se indigna, el que responde simétricamente, el que grita de vuelta o denuncia escandalizándose, tampoco escapa a esa reducción. Se convierte en la contracara necesaria de la misma operación. El desecho necesita del indignado tanto como el insulto necesita del escandalizado para completar su circuito. Sin el escándalo del otro, la evacuación no tiene dónde caer.

Pero no solo está el indignado. Están también, y conviene mirarlos, los que en el recinto aplauden, corean “presidente, presidente”, ovacionan cada insulto. No procesan lo dicho, no responden a un argumento, no son persuadidos por nada. Aplauden el funcionamiento mismo: celebran que la mandíbula funcione, no lo que dice. Por eso pueden aplaudir cualquier cosa —los minerales, la moral occidental, el insulto a Kirchner, “Don Chatarrín”, da igual—. El aplauso no distingue contenido porque no hay contenido que distinguir. Aplaudir ahí es enchufarse al circuito desde el otro polo: no el del escándalo sino el de la ovación. Y los dos polos, si se los mira de cerca, hacen exactamente lo mismo: sostienen la ilusión de que hubo acto de habla. Uno escandalizándose, otro celebrando. Ninguno escuchando.


Y el poder de esta destrucción —un poder que todavía estamos aprendiendo a medir, a reconocer— reside en que no requiere victoria ni convicción. No busca conformar un discurso ni fundar una hegemonía en el sentido clásico. Solo necesita que la palabra se reduzca a su funcionamiento autómata: emisión, recepción, reacción, emisión. Un circuito cerrado que aniquila todo lo que la palabra puede cuando es otra cosa que desecho.



V. La palabra, cuando es desposeída de la palabra, vira hacia una voz obscena, fuera de toda escena, de toda ley. Determina un habla impune y que deja impune, por consecuencia, a quien sea que la fonetiza.

El insulto fue pensado. Lacan, en el Seminario 3, lee “Marrana” —que retorna como alucinación después de “Vengo del fiambrero”— como el límite de la cadena significante, el punto donde el Otro no tiene el estatuto de tal y lo forcluido retorna desde lo Real. La cadena ya está rota; el insulto es el efecto de esa rotura, su cicatriz sonora. Butler, en «Excitable Speech», piensa el insulto como la cumbre de la fuerza performativa: el habla que hiere, que vulnera, pero que al herir también interpela, también constituye al sujeto injuriado, le da un lugar —aunque sea el lugar del herido— en el campo del lenguaje. Eribon, en «Réflexions sur la question gay», lleva esto más lejos: el insulto funda. “Sale pédé” precede al sujeto, lo instituye en la vergüenza y desde esa vergüenza el sujeto se constituye, se resiste, se narra.


En los tres, y esto es lo que importa, el insulto es la palabra en su punto de mayor potencia. Rompe, hiere, funda. Es la cumbre de la palabra, su momento más extremo, el lugar donde el lenguaje toca lo que está más allá de él y sin embargo produce sujeto: un sujeto roto, un sujeto herido, un sujeto avergonzado, pero sujeto al fin.


Lo que ocurre en la transmisión excremental es, creo, otra cosa. El insulto aquí no es la cumbre de la palabra sino su extinción. No rompe una cadena ya rota, como en la psicosis; no hiere a un sujeto al que simultáneamente constituye, como en Butler; no funda subjetividad en la vergüenza, como en Eribon. Extingue la palabra misma. Es el modo en que la cadena se deshace eslabón por eslabón mientras simula ser cadena. Cada insulto se pega al siguiente como un link y a la vez cada pegadura es una rotura más. “Ladrones” se pega a “asesinos”, “asesinos” a “ignorantes”, “ignorantes” a “chorra”, “chorra” a “chilindrina troska”: la cadena avanza y a la vez se destruye con cada eslabón, porque ningún eslabón remite a nada ni a nadie. El insulto no retorna desde lo Real ni desde ningún afuera: circula, permanece, se replica sin volver a ningún sujeto porque no hay sujeto al que volver. Y al circular produce algo que quizá sea lo más propio de la transmisión excremental: no silencio, no herida, no vergüenza, sino ruido. Un ruido que impide leer, escuchar, hablar. El insulto como extinción de la palabra es, a la vez, la extinción de la posibilidad de escucha.


Sin embargo, si es espectáculo —y lo es: un nuevo espectáculo de plataforma—, necesita algo. El “Marrana” de Lacan necesita al Otro como Otro, aunque esté forcluido. El insulto de Butler necesita al otro como herido: alguien a quien la palabra toca. El de Eribon necesita al otro como fundado: alguien que será instituido por la vergüenza. Este insulto no necesita al otro. Necesita su lugar ocupado. Necesita espectadores, que no son otros sino lo que viene a llenar el lugar del otro una vez que ha sido destruido. Hace falta que el recinto esté lleno, que las cámaras transmitan, que la cadena nacional funcione, que millones de pantallas se enciendan —pero lo que ocupa esas butacas, lo que mira desde esas pantallas, ya no es un interlocutor. Es presencia sin alteridad. Cuerpos en la butaca que no escuchan. Ojos en la pantalla que no son oídos.

El que aplaude y el que se indigna cumplen la misma función: sostener el espectáculo, llenar el lugar del otro con algo que ya no es el otro. La transmisión excremental produce la desaparición del otro al hacer ocupar su lugar por algo que ya no lo es.

Hiroshi Sugimoto (ver imagen de portada), desde los años setenta, fotografía salas de cine y teatros con una cámara de gran formato: abre el obturador al comenzar la película y lo cierra cuando termina. Dos horas de proyección en un solo cuadro. Lo que aparece en la imagen es un rectángulo blanco incandescente —la pantalla vaciada de todo contenido por exceso de contenido— rodeado por la arquitectura ornamentada de un teatro vacío. 172.800 fotogramas colapsados en pura emisión lumínica. El aparato está completo: las butacas, los arcos, las molduras, el proscenio. Todo lo que fue transmitido se volvió nada. O más exactamente: se volvió transmisión sin transmitido. La pantalla brilla pero no dice nada. Las butacas están pero nadie mira. El dispositivo funciona solo. Si hubiera que buscar una imagen de la transmisión excremental en estado puro, sería esta: un teatro repleto de arquitectura y despoblado de sujeto, donde lo proyectado —noventa minutos de insultos o dos horas de película, da igual— se reduce a un resplandor blanco que ilumina un recinto donde ya no hay nadie a quien iluminar.


Deshabitada e impune: creo que son las dos caras de la misma operación. Deshabitada porque de esa palabra no habrá sujeto; impune porque donde no hay sujeto no hay responsabilidad. La transmisión excremental produce, por estructura, impunidad. No hace falta que una ley la ampare ni que un poder la proteja: la impunidad es inherente a una palabra que no es de nadie. ¿Quién responde por lo que ningún sujeto dijo? ¿A quién se le pide cuenta por una palabra que no fue pronunciada sino evacuada? No estamos ante una falla del sistema jurídico; estamos ante el efecto necesario de una palabra sin sujeto.


La obscenidad, la virulencia y el escarnio son quizá indicios de que esta transmisión tiende a ir más allá de sí misma: desde la no relación de la palabra con la palabra, hacia la rotura de toda relación entre las palabras y, por consiguiente, de la sintaxis, los pensamientos, el lazo con el otro, con el tiempo y con todo aquello que supone sucesión de anudamiento: historia, tradición, legado, teoría…


Un cronista anotó anoche: “Reapareció en público el Milei que había prometido no volver a insultar. Gritaba y a la vez sonreía, con la ventaja de tener la última palabra y el monopolio de la imagen”. La observación es precisa, pero no va lejos. No se trata, me parece, de una contradicción —prometer no insultar e insultar—, ni de hipocresía, ni de un doble discurso. Lo que pasa es que en la transmisión excremental no hay promesa posible, porque no hay sujeto que sostenga una palabra en el tiempo. Lo dicho ayer no obliga a lo dicho hoy; lo dicho hoy no existirá mañana. La palabra no tiene sucesión ni anudamiento: es perpetuamente actual y, por eso mismo, perpetuamente caduca.



VI. Ser hablante, en el sentido que cuenta, no va de suyo. Es una práctica que podemos o no ejercer, con la que se cuenta o no se cuenta, y que no siempre permanece extendida en el tiempo. Pero además —y esto es lo que quisiera subrayar— no es una práctica que solo ejercemos para con nosotros mismos: también nos ubicamos, ante los discursos que apuestan a ella o la anulan, como resistentes o como colaboracionistas.


Colaborar con la destrucción de la palabra no requiere sostener el discurso destructor. Basta con ofrecer la simetría del escándalo, la réplica del grito, la contabilidad indignada de los insultos. Basta con responder al modo en que la transmisión excremental exige que se le responda: rápido, reactivo, sin espesor, sin tiempo. Cada réplica es un eslabón más en la misma cadena que pretende romper.


Habitar la palabra es otra operación. Supone demorarse. Supone un cuerpo que se compromete con lo que dice y que algo de sí pierde en lo dicho. Subjetivizar es hacer pasar por el cuerpo; objetivizar es dar a luz y escindirse. No hay producción de palabra sin pérdida, sin que algo del ser hablante quede partido en lo que produce. La transmisión excremental imita esta operación pero la vacía: hay emisión sin pérdida, hay expulsión sin escisión, hay salida sin que nada quede atrás. Por eso la palabra excremental puede ser infinita: no le cuesta nada a nadie. Y por eso destruye: porque allí donde la palabra no cuesta, el sujeto no adviene.


“Me encanta domarlos, me encanta hacerlos llorar”, dijo anoche Milei a los gritos. Si escuchamos bien, la frase exhibe la estructura completa: no hay sujeto que hable, hay la pulsión de destrucción misma articulándose en primera persona sin que haya primera persona. No hay otro al que se someta, hay un resto que se produce para ser descartado. La doma no es una relación: es una mecánica. El que doma en la transmisión excremental no doblega a nadie —no hay nadie enfrente—, se excreta a sí mismo como amo de un circuito que solo necesita funcionar. Y funciona.



VII. En un momento de la noche, entre los insultos y las ovaciones, Milei le dijo a una diputada que se dedicara a recitar poemas. El desprecio fue recibido como un agravio más, contabilizado entre los veintitantos insultos del discurso, perdido en la inercia del escándalo. Pero si aguzamos la escucha, algo se deja oír ahí que el propio discurso excremental no sabe que dice: que la poesía es lo que lo amenaza.


¿Por qué la poesía? No porque sea bella ni porque eleve el espíritu ni porque sea lo contrario del insulto. Justamente por lo contrario de lo contrario: porque la poesía también puede insultar. También puede blasfemar, herir, injuriar, arrojar una palabra contra la frente de alguien. Pero cuando lo hace, hace otra cosa con el insulto. Lo hace pasar por el cuerpo. Y al pasar por el cuerpo, produce sujeto —en el que habla y en el que escucha.


León Felipe, en El ciervo herido, escribió un poema que se llama La Palabra. La palabra, dice, es un ladrillo. El ladrillo para levantar la Torre. Y la Torre tiene que ser alta, alta, alta, hasta que no pueda ser más alta, hasta que llegue a la última cornisa de la última ventana del último sol. Hasta que ya entonces no quede más que un ladrillo solo, el último ladrillo, la última palabra, para tirárselo a Dios con la fuerza de la blasfemia o de la plegaria, y romperle la frente, a ver si dentro de su cráneo está la Luz o está la Nada.


La blasfemia de León Felipe es un insulto. Pero es un insulto que costó toda la torre. Cada ladrillo fue puesto sobre el anterior, cada palabra sostuvo a la siguiente, y el último —el que se arroja, el que blasfema— llega cargado con el peso de todo lo que lo sostuvo. No hay descarga: hay construcción, cuerpo comprometido verso a verso hasta el punto en que la palabra toca lo que está más allá de ella.

La diferencia con el insulto excremental no es de contenido ni de intención. Es estructural. La blasfemia de León Felipe es una palabra subjetivizada, encarnada, que deja al que la dice partido en lo que dijo. El insulto de Milei es un ladrillo suelto que no construyó nada y que se arroja al vacío para que alguien lo recoja y lo devuelva y el circuito siga funcionando. Milei puede insultar durante noventa minutos porque sus insultos no le cuestan nada. León Felipe necesitó toda una vida y toda una torre para llegar a una sola blasfemia.


Recitar poemas, entonces —lo que el presidente despreció como lo más inútil, lo más lejano del poder, lo más ajeno a la mandíbula que gobierna—, es exactamente la operación que la transmisión excremental no puede metabolizar. No porque la poesía sea inofensiva, sino porque es la forma más radical de la palabra que cuesta. La poesía no responde al insulto con otro insulto ni se escandaliza: construye, ladrillo a ladrillo, la torre desde la cual una sola palabra puede romperle la frente a Dios.


De todos los insultos que la mandíbula arrojó esa noche, solo uno dijo algo verdadero. La diputada a la que le fue indicado que se dedicara a recitar poemas recibió, sin que nadie lo advirtiera —ni ella, ni él, ni el recinto, ni las cámaras que no la enfocaron—, la única indicación precisa de toda la noche.



Villa Amancay, marzo de 2026

 


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