Nos Disparan desde el Campanario... La lucha por el poder es una lucha política pero es sobre todo una lucha moral... por Gustavo Marcelo Sala
El neoliberalismo y sus garantes no solo liberan las fuerzas del mercado in extremis - aguzando sobre las contraindicaciones que exponía el liberalismo como condición humanista necesaria - , lo que mejor hacen, a sus fines, es liberar a las fuerzas de la perversión, suerte de derrame ejemplar y “postmoral” (crea una nueva y superior moralidad, ausente de ética y humanismo) que proviene desde las más altas cumbres del sistema a través de la impunidad y el aval que detenta el poder real, acaso como una nube tóxica, cuya compleja visibilización solo es posible de no apreciarse gracias a la lobotomización intelectual, formativa e informativa de buena parte de la sociedad, masa que gracias a una muy precisa ingeniería del sistema comunicacional y basada en sus primarios sentidos la asume insípida, incolora e inodora, tal vez inexistente, hasta beneficiosa en algún caso, detalles que el grupo de psicópatas gobernantes manejan y aprovechan con total discrecionalidad, por eso, bajo esos paradigmas, es admisible que el mismo funcionario que endeudó al país por 100 años, vuelva a ocupar la misma función pero con mayores prerrogativas y atribuciones.
El actual gobierno está conformado unívocamente, y ninguno de sus integrantes escapa a la regla, por mitómanos y psicópatas. Primero, de propia boca y segundo a través de sus aliados mediáticos y judiciales, estableciendo sofismas, falacias dialécticas que en determinadas coyunturas les son útiles para tratar de eliminar al adversario. De tanto repetirlas, de tanto huir hacia delante, las terminan incorporando como argumento político hasta que llega el día en el cual corren el riesgo de ahorcarse. Pero son duchos en las artes de la erística, aun desconociendo de qué se trata tal cosa, nunca llegan a suicidarse con ninguna verdad, antes asesinan a quien la exhibe, con una mentira.
Lo realmente curioso es como el supuesto discurso opositor ha adoptado sus mismos modos y razonamientos. Las críticas cruzadas dentro del peronismo muestran a las claras el grado de confusión existente debido, justamente, a que han decidido, no solo abandonar su lenguaje político, adoptando el del adversario, sino dejar de lado sus enormes y comprobables virtudes políticas.
El peronismo, más allá de algunos pocos dirigentes que resisten, ha optado por adaptarse a la moral dominante del presente suponiendo que es el camino más corto para seducir nuevamente a las masas entendiendo que ese lenguaje es más relevante que su propia doctrina.
Así como hubo un primer peronismo (1946-1955) claro e inolvidable para las mayorías populares, a partir de allí ingresó en una nebulosa contradictoria, cuestión que a mí entender duró hasta el año 2003. Lo que ocurre en la actualidad es bastante similar. Luego del virtuoso y también inolvidable periodo 2003-2015 para las mayorías populares y los sectores medios, tiempo en donde se desarrollaron los programas contracíclicos kirchneristas, sobre todo luego del fracaso y el tendal dejado por el neoliberalismo de la segunda década infame, el peronismo ingresó en una lóbrega ideológica en donde algunos hasta ven necesario despegarse de él debido a que la moral dominante del poder real y la mass media así lo exigen o en todo caso se rindieron o fueron cooptados por ella. Vale decir la derrota es moral, y como consecuencia, política.
Uno observa una marcada ciclotimia dentro del justicialismo, pendularidad que además se lleva la honra de sus mejores hombres y mujeres, esto se observa sobre todo en la necesidad de buscar culpables individuales cuando las decisiones de los pueblos son colectivas y muchas veces muy difíciles de comprender pues están motivadas por centenares de impulsos sobre los cuales las ciencias humanistas, por caso la Sociología, no siempre encuentran explicación habiendo casos en la historia muy peculiares en donde naciones que han vivido y visto florecer un estado de bienestar en paz nunca más volvieron a él, reemplazándolo por sistemas en donde la desigualdad y la exclusión fueron y son las vedettes.
La lucha por el poder es una lucha política pero es sobre todo una lucha moral, la cual, a mi entender, debe poseer contenidos éticos y humanistas, y no es pretexto el pragmatismo, pues en nada se relaciona con la cuestión debido a que las herramientas políticas necesarias en algún momento bien pueden ser aplicadas dentro de los marcos mencionados, desde un endeudamiento pasando por un ajuste de gastos, adoptar medidas para controlar la inflación, implantar o eliminar subsidios, o la necesidad de crear, transferir o eliminar impuestos. Es decir lo que realmente importan son los paradigmas morales. La puja política está allí, en la moral, como desde los comienzos de la civilización.
Aún teniendo en cuenta el contexto de la afirmación, estamos hablando de tiempos feudales, no estoy de acuerdo cuando Maquiavelo aseguró que la política no tiene relación con la moral, porque la política es el arte de engañar. No creo que el engaño en política sea un arte, sino es la utilización de un instrumento fraudulento que degrada a la política, y justamente provoca lo contrario, la imposición de una moral vulgar, no su superación como ciencia humana progresiva a favor de la comunidad.

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