Nos Disparan desde el Campanario... Terminar con la calle... por Agustín J. Valle

 

Fuente: Lobo Suelto!

Link de origen:

https://lobosuelto.com/terminar-con-la-calle-agustin-j-valle/








El sueño húmedo de las elites que constituye este gobierno tiene entre sus cardinales objetivos históricos interrumpir y terminar con una cultura: la tradición de movilización política callejera argentina. Que ya no se pueda, que no sea natural, que no sea un saber instintivo en los cierpos. Cortar la larga historia de participación política corporal directa de la multitud, limpiar la calle -la tierra- como puro suelo mercantil. Es un designio político (rostrificado en Patricia Bullrich) inseparable de la entronización plena de lo abstracto e incorpóreo, de la regencia virtual sobre lo sensible. La dominación financiera invierte en policía para los cuerpos que desbordan las pantallas.

Purificar lo ya existente, purificar el orden dado -eliminarle estorbos, resistencias, disonancias- es el ethos del totalitarismo conectivo-financiero; y así, las relaciones laborales deben sincerar el pleno reinado de la regla que regula en los hechos la producción, la regla del capital. Se hace una ley que refirme lo que ya viene determinado por el orden capitalista, en vez de introducirle al menos matices de otra lógica y orden libidinal. Una degradación del Estado y la Ley a su condición de administrador del realismo mercantil.

La derrota de las clases trabajadoras en Argentina parece no encontrar fondo, a cincuenta años del más duro golpe recibido. Y a siete, ya, del extraordinario triunfo contra el macrismo -contra la marea corporativa en el gobierno- en 2019. En aquella plaza, del diez de diciembre del 19, dicho científicamente, se sentía una fuerza inmensurable; una potencia palpable, insoslayable para todas todos y cualquier presente, aunque no obvia de objetivar ni menos aún de delimitar. Ha de haber sido uno de los últimos días en que las elites más concentradas del propietariado que gobierna de facto la Argentina (incluyendo, claro, la enorme y cada vez mayor cuota de determinación foránea sobre la existencia de lo llamado “Argentina”) tuvieron no digo ya miedo, pero sí, cuanto menos, seria preocupación. Aquella victoria -contra un gobierno de primer mandato que tenía el PEN, PBA, CABA, los medios, la embajada, las fuerzas de seguridad, etcétera- derivó, no obstante, solo cuatro años después, en un escenario cuya catastrófica medida estuvo no poco signada por el perfil del proyecto, eh perdón digo el candidato, presuntamente nac y pop en 2023 (qué loco, por cierto, que se diga “and” pop, en inglés, después de Nac…). El saldo político del último gobierno peronista fue mucho peor que el del gobierno de Macri: las fuerzas vivas, la movilización social argentina -democratizante, igualitarista-, quedó muchísimo más débil. Y la movilización social, en su dimensión cultural, es decir, por cuanto arraiga en y surge de lo que puede llamarse la tierra (cultura, cultivo, etc), la calle, la movilización social democratizante e igualitarista, es la única fuerza capaz de poner coto a la avanzada reaccionaria. Determinar el ánimo de la ciudad. Al gobierno de Macri lo resistió una movilización que -con hito en diciembre del 17- lo derrotó; el FDT fue la herramienta de traducción y encauce electoral y representacional. Cuando terminó su mandato, ya no había a dónde “volver”.

Acaso el drama de una política de los trabajadores, de la multitud, es decir, del entramado vivo y activo que produce el valor de todo lo que vale, una política contra la succión y manipulación por parte de núcleos de poder capitalista cada vez más concentrados y remotos -pero con concretísimos tentáculos aquí metidos-, desde los cuales se define en definitiva lo que como Argentina somos -un campo sojero, un modesto pero contable flujo de rentas varias, recursos naturales, puntos geomilitarmente estratégicos…-; quizá la debilidad de una política de las clases trabajadoras en cuanto tales, decía, sea centralmente un problema subjetivo: no se sabe cuál es el sujeto efectivo de la resistencia. Ni el obrero ni el desocupado, ni tampoco, parece, las mujeres, ni lxs estudiantes… Algunos despuntaron: las disidencias sexuales, los hinchas de fútbol. El grado de represión que sufrió la politización del sujeto “hincha” indica la amenaza que percibió el orden en él.

Pero los trabajadores en cuanto tales no muestran hoy un perfil subjetivo políticamente potente; tampoco asoma por ahora una cultura disidente, resistente, desde la cual resulte sensible un orden diverso por venir. La empresa capitalista es la fábrica de la racionalidad de la época: fabrica, incluso, el lenguaje que nombra a -y las representaciones con que se identifican- los sujetos producidos por las formas del trabajo más características de la época -del capitalismo conectivo-. No se diría que genera el ser, pero sí la imaginería del existente. No solo no se sabe bien “qué hacer”, sino que ni siquiera quién debe, puede, hacer lo que haya que hacer. Y acaso sea cualquiera; acaso en una sociedad cada vez más fragmentada, el partido terrenal esté hecho de una gran multiplicidad, las cantoras de folclore, los cartoneros, los miembros de clubes de barrio, las jubiladas, los amantes del hombre araña…

Una cosa asoma clara y es que el orden de la mediatización total -que subordina la existencia al rendimiento mercanti-conectivo, que refirma una política del dolor como medio para alcanzar sus fantasías-, necesita la suspensión de la calle -tierra de la ciudad- como ambiente de la disidencia; necesita que los cuerpos descontentos con el orden dado no sientan más que la calle es suya para estar, para ser; que los cuerpos cualquiera no se sientan brotes del suelo común. Que el suelo común no exista más como pertenencia sensible -a ese fin concurren la policía, el scroll infinito, el gimnasio de rigor…-. ¿Cómo no flashear Apocalipsis, si el mundo ya no es algo nuestro? Nada más ordinario hoy que reducir la existencia a lo que el capitalismo conectivo produce.

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