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Nos gritan en la cara: ¡la ignorancia al poder! Nos desarman de realidad con videos de diez segundos. Nos apabullan con sonidos estridendes de músicas que no son más que ruidos embalsamados, pudriéndose en ritmos desajustados y melodías incordiosas. Nos relatan lo que no existe, nos mienten con fruición, nos aplastan con pruebas armadas con sus (des)inteligencias artificiales. Nos generan mil enfermedades con sus comidas rápidas, sus colas pegajosas de glucosas con burbujas, sus remedios enfermantes, sus mágicos saberes de universidades cooptadas para la destrucción del conocimiento popular. Nos encierran en cárceles sin barrotes, donde los guardias somos nosotros mismos, enarbolando disputas con nuestros iguales, para placer de los que nos metieron allí y tiraron la llave al basurero de la historia. Nos empujan al pozo de la injusticia permanente, al final de todos los sueños, al hondo padecer de sufrimientos sin respuestas, al dolor de ya no ser, al patio trasero de sus monstruosidades misilísticas, al tribunal de la mentira juzgadora, al pasillo de la espera del eléctrico ardor del fin del Mundo.
Somos una masa descoordinada de imbecilizados alimentados con placebos mediáticos. Somos el montón de descartes de una sociedad despedazada. Somos la ruina de nuestra historia mancillada, la maldad aceptada con resignación enervante, el oprobio de pertenecer al tiempo de la falta de tiempo para pensar. Tenemos pobreza necesaria, miseria imprescindible, atraso aplaudido, calamidades consentidas, sentidos incoherentes, órdenes obscenas recibidas con deleite. Hacemos lo que no queremos, hablamos de lo que no importa, gritamos por lo que no sentimos, enarbolamos banderas de enemigos y pisoteamos los recuerdos de las que fueron nuestras guías.
Más abajo, está el infierno, ya no tan temido. Puede que el fuego a la vista de su final anticipado haga renacer el último atisbo de rebeldía celular, la última sinapsis de las neuronas sobrevivientes, para retomar el sentido ancestral de lo que fuimos, para entonar de nuevo el himno de la libertad que nos robaron, para hilvanar las viejas palabras robadas por la caterva de brutos y secuaces de un Poder que no debiera tener otro destino que el abismo del olvido sin retorno. El reloj de la historia está detenido, trabado en la esquina de un círculo, el oxímoron de un tiempo oscuro y maloliente, donde pensar es un crimen y soportar el orgullo de los embrutecidos seguidores de los patrones de la nueva semántica del subdesarrollo mental.
No puede ser que esto suceda, pero sucede. No debiera ser posible, pero lo hicimos posible. No teníamos por qué aceptarlo, pero lo aplaudimos con el fervor de los obnubilados. Los reproches son necesarios, las críticas y autocríticas, son lógicos. Pero la salida es imprescindible, urgente, imperiosa. El estómago no puede esperar, la muerte acecha en cada rincón de este país asustado, el dolor se multiplica en las miradas insoportables de los que no tienen nada, la pasión se desvanece entre los corazones abandonados.
Es ahora, es rápido, es casi tarde, es demasiado evidente. La porción de memoria que nos quede, debe ponerse al servicio de la emergencia, rellenando los rincones del olvido con pegatinas de palabras de otros tiempos, con las fotos de un pasado que debemos transformar en futuro renovado, sacando del desván de las ideas, las que supimos conseguir en otro días de felicidades populares. Apuremos el paso de los que todavía soñamos, para envolvernos de nuevo de soberanía, de bandera azul y blanca, para volver a escuchar, sin vergüenza, el bello e incomparable sonido de la palabra Patria.

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