Nos Disparan desde el Campanario... LA ADVERTENCIA DE LA HISTORIA REPETIDA -- Por Roberto Marra

 


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Las advertencias son modos de señalar peligros. Son avisos, insinuaciones, prevenciones, que intentan explicar los desafíos de la realidad y sus consecuencias. Se trata de exhortaciones a ver, a observar, a percatarse de los hechos y sus contextos, a darse cuenta de lo que resulta evidente ante los sentidos.
Sin embargo, la negación de lo obvio resulta una de las armas más efectivas de quienes pretenden apoderarse de la voluntad del oponente. El ocultamiento de las evidencias, la tergiversación mediante los disimulos, los disfraces que envuelven los hechos, son los elementos elegidos para camuflar la realidad y enmascarar la vida real.
La invitación a olvidar es la regla de oro. La omisión de los datos verificables es el modo de suprimir los argumentos de quienes los presentan. Callar al distinto, ocultar sus pensamientos, prescindir de sus análisis, suprime la capacidad de comprensión de quienes no acceden a ellos.
Estas son las razones fundamentales de los “éxitos” imperiales y de sus sirvientes de turno. Esos son los modos de anular las capacidades analíticas de las mayorías, incomunicadas mediante “verdades” fabricadas a medida de las necesidades del Poder Real. De esa forma se eliminan las reacciones, se aplastan las rebeliones, se cancelan las utopías, se adormecen los sueños populares y se matan las esperanzas.
Después están las complicidades, por acción o por omisión, de quienes se presentan como líderes de opinión o conductores de la voluntad popular. Primando los intereses personales o sectoriales, se aceptan las tergiversaciones de la realidad para protegerlos. Es a partir de ello que sobrevienen los triunfos imperiales. Las advertencias son tiradas a la basura, las palabras se transforman en balas que penetran los cerebros previamente instruidos con monsergas y sermones, mientras se desarrolla el festín de la irrealidad frente a sus ojos.
El mundo del revés presentado como única verdad, la mentira campeando con alegrías horrendas de quienes festejan sus derrotas. El avance de los poderosos haciendo trizas la historia de décadas de sacrificios y construcciones, logra en minutos la transformación de millones de esperanzados con felicidades solidarias, en monstruos devoradores de sus semejantes, manifestantes desesperados por recibir sus propios espejitos de colores a cambio de sus vidas inutilizadas.
Ahora se desatarán las fuerzas productivas, les dicen. Ahora, la libertad terminará con esa vulgaridad de la solidaridad. Ahora mismo se acabará con esos gobiernos que pretenden extender los beneficios de la actividad económica a la totalidad de sus pueblos. Ahora, por suerte, ya no seremos dueños de nuestro territorio, ni podremos disponer de nuestros recursos, que sólo serán para el disfrute de nuestros invasores, los nuevos “libertadores” elegidos por la regocijada ciudadanía entregada a sus designios, que como brutos enceguecidos saldrán a festejar los improperios del personaje de historieta que se pretende propietario de la voluntad planetaria.
Dicen que no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista. Pero los males vienen durando mucho más, y las resistencias se van agotando, al punto de ir perdiendo las batallas ante un enemigo que nunca abandonará sus objetivos si no es vencido definitivamente, pero de verdad.
Habrá que revolver las alforjas históricas para encontrar los vestigios del lejano honor de los tiempos de las luchas independentistas. Se necesitará buscar las señales dejadas por los héroes de aquellos tiempos, esas que nos hicieron sentir parte de una Patria por primera vez, esas que pronunciaron su nombre con el regocijo de la creación de un ámbito único, libre de las decisiones ajenas a nuestras voluntades.
“Uno busca, lleno de esperanzas, el camino que los sueños prometieron a sus ansias. Sabe que la lucha es cruel y es mucha, pero lucha y se desangra por la fe que lo empecina...” , nos asevera Discépolo, enseñándonos el camino, desentrañando el misterio sin misterios de las soluciones populares. Sólo nos faltará el cómo, porque nos sobran las necesidades. Sólo nos demandará esfuerzo denodado y conjunto, despojarnos de vanidades, eliminar los egos, aplastar las traiciones y acomodar en el mismo carro a todos los melones sin esperar que se mueva para lograrlo. Y alimentar al Pueblo con las utopias renovadas, con las esperanzas de felicidades sencillas, con las verdades de a puño sin el tamiz mediático tramposo, con las viejas voces certeras de quienes nos legaron un territorio que no debemos permitir que nos arrebaten. Nunca más.


II

EL ASOMBRO PERDIDO

La palabra “asombro” parece haber terminado su existencia. Ya no es posible utilizarla, porque nada de lo que suceda puede remitir a esa expresión. Los discursos, los relatos periodísticos, las narraciones sobre realidades inexistentes como si fueran certezas, son la moneda corriente con la que se pagan las credulidades. El tamaño de las mentiras ha sobrepasado el límite de la obscenidad. Los mentirosos se han adueñado de las palabras, las han secuestrado para no permitir la elaboración de criterios ni reflexiones de las consciencias. Los engañeros se han apostado al frente del edificio de la comprensión, para acabar con las convicciones y aplastar los convencimientos alternativos al del Poder Real y sus secuaces.
No se genera estupor ante las declaraciones del monstruo de la casa blanca, asegurando imposibles o recitando amenazas. No hay sorpresa frente a sus seguridades semánticas, tan brutales como incoherentes con la realidad que no domina, pero altera. Pero hay fascinación de los ignorantes y los chupamedias, sumidos en la modorra de una borrachera de pasmosas resoluciones sobre aquello de lo que se creen partícipes privilegiados, cuando no resultan más que simples bufones del séquito del emperador de turno.
La perversión ha ganado por goleada el partido de la verdad. Se ha instalado con toda su prosapia de malversación de dineros e individuos, corrompiendo a su paso todo lo que toca. Los seguidores de semejantes engendros ocultan, manosean, trasvisten lo evidente, dejando por detrás sus propias historias, aniquilando el entendimiento, frustrando las esperanzas y desarmando las utopías.
El monstruo mayor asegura lo que no puede ser real, como garantizado. Exhibe cifras irreales para determinar futuros inminentes de cambios profundos que nunca serán. Insulta a los gritos a sus enemigos ideológicos, abrumando a los desprevenidos y espantando a quienes todavía conservan rasgos humanitarios. Sube el tono de la disputa, creyéndose propietario de todas las decisiones, o director de una orquesta planetaria cuya mayoría ya no desea seguir a su batuta.
Pero este malogro de la humanidad, este personaje de las cavernas dolarizadas, este vómito de la historia pervertida, crea sus propios anticuerpos. No podrá asumir su liderazgo absoluto, porque la reserva moral que él no tiene, sigue alojada en el alma de los pueblos que recuerdan. La rebelión es una condición humana imposible de evitar, cuando las neuronas se alínean y la memoria triunfa sobre la derrota espiritual. Los sufrimientos que nos imponen, han formado parte de la tradición de las luchas populares, porque ésta siempre demanda esfuerzos supremos para sostener los valores que los imperios nos roban cada día.
Todas las riquezas materiales de las que se quiere apropiar a base del desprecio a la vida, serán los componentes de su lápida final. Los pueblos encontrarán los caminos para derrotarlo, para anular sus prepotencias, para expulsar sus ejércitos y sus misiles, para acabar con sus relatos hollywodenses de triunfos que nunca tuvieron ni tendrán. Y la decadencia senil de su imperio será la tumba de su tiempo de muerte, que ahora mismo nos toca confrontar para recuperar el imprescindible asombro sobre sus maldades.

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