Nos Disparan desde el Campanario... Es la moral, estúpido... por Gustavo Marcelo Sala

 



En el presente la moral dominante adolece de ética, humanismo y sensibilidad, una moral injusta y hete aquí que esa moral es la que juzga y decide, por eso la batalla no es cultural como vulgarmente se asegura, es moral. Todos aquellos que en la historia de la humanidad han tenido el valor de poner en controversia a la moral dominante en cada uno de sus tiempos fueron masacrados. Desde Sócrates, pasando por Espartaco, el Cristo, los herejes al Concilio de Nicea, los científicos durante la Edad Media, hasta llegar a los revolucionarios de la contemporaneidad, todos ellos fueron vanguardia en esa lucha épica y desigual, porque siempre, con sus matices, la moral dominante ha tenido la característica de imponer la voluntad de los poderosos, ergo la moral de los tienen el poder para imponerla.
En nuestra actualidad nacional la moral dominante no ha tenido demasiadas dificultades para instalarse, solo tuvo que invertir tiempo, pues hubo una sociedad dispuesta a no poner en controversia sus valores, a no elaborar críticamente lo escrito, lo dicho y lo actuado, una sociedad permeable para absorber lo que desea consumir generalmente considera que su interlocutor es un faro de sabiduría, más allá que éste les esté mintiendo descaradamente, detalle que acepta con penitencia porque hasta la mentira la consideran necesaria para que esa moral conveniente, aunque injusta, no sea escrutada.
La moral que nos habita en el presente no llegó como la resultante de ningún comicio pues comenzó a edificarse a partir del 10 de diciembre del año 1983, cuando el poder real detectó subrepticiamente que sus valores dominantes corrían riesgo ante la incomodidad que les producía la democracia, formato que debieron acatar al asumir que los abusos dictatoriales a los que suscribieron no tenían más retorno, por ello iniciaron un proceso de tutelamiento de esa embrionaria democracia, bajándole su intensidad participativa, bloqueando cualquier intento de revulsión moral, desde dentro y desde fuera de la política formal, manteniendo estructuras en sitios estratégicos, a saber medios de comunicación y poder judicial ante todo, “inmoralizando” al Estado y su “necesariedad”, partiendo que el individualismo es el vector cardinal para arribar al tan codiciado progreso.
En tanto actitud social (definirlo como pensamiento es un despropósito) lo que sufrimos en la actualidad en nada se contrapone a lo que vivimos durante la última dictadura pues la banalidad de mal se ha instalado sin métodos forzados como entonces, pues se trató de un goteo constante, paciente, evolutivo hasta llegar a su actual clímax.
Muy a pesar de la sorpresiva, tan anómala como potente, irrupción kirchnerista y sus buenas intenciones en función de revulsionar la moral dominante procurando una sociedad más humanista y solidaria, dicho proceso fue atacado por varios flancos y al mismo tiempo, muy a pesar de que los dueños de los diccionarios morales tuvieron enormes éxitos económicos. Lo que temo nunca entendió aquella vanguardia a la cual adherí y milité con entusiasmo es que la cuestión pasaba por tratar de imponer una razón moral, formativa, porque el poder sabía que una vez perdida solo era una cuestión de tiempo tener la obligación de adaptarse. Y nada mejor para dicho objetivo que la fraudulenta critica ética y el temor, de modo volver a inocular a la sociedad con valores que ya entendíamos humanísticamente superados.
Insisto. Lo que hizo el poder real durante el kirchnerismo fue dar una batalla moral, no cultural, sin dejar flancos libres, en pos de instalar e imponer paradigmas inescrutables. Por caso aceptar moralmente que el economicismo financiero, su salud y sus actores son prioritarios y cardinales para la sociedad dejando confinada para futuros inciertos a la economía política social, es decir, a las necesidades básicas del pueblo.
Por eso vemos que no tienen ningún impacto electoral, y hasta se aceptan cándidamente, las crueles y brutales medidas que toma el actual gobierno, desde recortes dramáticos a vastos sectores sensibles como a desatender y desentenderse de las tragedias regionales, pasando por la represión, desfinanciar a la ciencia, a la educación, a la cultura y a la salud, o directamente alinearse geopolíticamente con el fascismo internacional. El éxito justamente de la derecha en estos más de cuarenta años está basado en que la moral dominante primero se ha incorporado subrepticiamente, luego asentado y sigue su lógica reproductiva. Es una victoria moral, y aquí radica su real gravedad, pues cuando se llega a este punto no hay muchas alternativas, la historia demuestra que más allá de los esfuerzos todas ellas finalizaron con conflictos armados.
Nuestra democracia, nuestra república, sus poderes y sus instituciones, son afines con la actual moralidad, la misma que adolece de ética, humanismo y solidaridad, en donde estas tres virtudes configuran un lenguaje soez para una mayoría que se ha rendido ante ella.
Y para finalizar, noto un detalle no menor y preocupante. La mayoría de nuestros compatriotas han avanzado de modo caníbal a la hora de advertir y juzgar las necesidades del otro, y lo hacen con las herramientas que le brinda la moral dominante, por lo cual la falta de comprensión y alteridad están ligadas a ese lenguaje soez antedicho, idioma que se prefiere omitir.
Nos relacionamos, pero a partir de la sospecha, dudamos de la buena fe del otro, nuestro lenguaje es preventivo, porque es predictivo y diseñado para que la desconfianza motorice aún más el individualismo, pócima esencial para el sistema, narcótico el cual condiciona la fraternidad y el vínculo comunitario que favorezca la unión para luchar por las causas nobles y enfrentar de manera organizada a esta moral dominante.

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