Nos Disparan desde el Campanario... El tipo sabía... por Gustavo Marcelo Sala

 


Gráfica: Roberto Estéfano Lagarrigue



El tipo sabía…

 

Hace más de una década un tipo que conocí, militante de las causas populares, propuso organizar charlas-debates en la Unidad Básica de la aldea, la cosa pasaría por la doctrina, la historia de las ideas, la epistemología de las ciencias sociales, por la economía, el arte tomando a la política como vector conductor, convocar a sociólogos, antropólogos, creativos y politólogos regionales.

La respuesta que recibió de la dirigencia fue Chori y Zumba, lo demás nada le importaba a la gente del pueblo.

¿y saben qué ?

Tuvieron razón.. La gran mayoría de los compañeros y compañeras los avalaban..

y a él, a aquel tipo que conocí, la soledad...

Pero como escribió Mario Benedetti, la soledad es un homenaje al prójimo. Pero cuidado con ese prójimo, a no subestimarlo. La cita del Oriental tiene dos vías. Puede ser un homenaje que nos hace el solitario al hacernos prescindir de su incómoda presencia o puede ser nuestro holgazán y consciente homenaje que procuramos a favor de la comodidad de quien dejamos solo. En ambos casos se agradece...

El tipo sabía por entonces que la militancia estaba al borde de dar el último paso hacia su anticlímax, la comodidad política de aquel proyecto virtuoso había sido una novia a la cual no se le había valorado el encanto que portaba, punto al que se arribó luego de años de confortable e ignorante placer no pensado ni luchado, y que finalmente daría como resultado el último de los borgeanos extremos sucios: su partida.

Él sabía que la militancia se había acobardado para defender lo logrado, pero no por amor y apego temporal a la vida, sino por la cruenta dimensión y enorme valoración que le otorgaba a los bienes que obtuvo durante su transcurso y que luchar con hidalguía por ese transcurso y el peso de sus cosas no merecía digna temeridad; en definitiva ese era el plan madre del establishment para lograr el objetivo de una total subsumisión de la voluntad y sobre todo anular cada una de las capacidades cognitivas que nos sirvieran para entender ese formato de manera tal nunca incomodarlo con preguntas críticas.

 

... él lo sabía, y lo sabía en silencio, y lo sabía en la soledad de su cincuentenario ausentismo social, tal vez cínico, anacoreta y melindroso, pero lo sabía, y ese era su intangible capital, su apotegma, sutil y afinado adagio que compuso luego de décadas de vitales insomnios. Por eso al poco tiempo se retiró en silencio en busca de su lugar en el mundo, ese que aún conservaba, imagino evocando a Paco Urondo cuando escribió:

En primer lugar, no se desespere y en caso de zafarrancho no siga las reglas que el huracán querrá imponerle. Refúgiese en la casa y asegure los postigos una vez que todos los suyos estén a salvo. Comparta el mate y la charla con los compañeros, los besos furtivos y las noches clandestinas, con quien le asegure encanto y ternura. No deje que la estupidez se imponga. Defiéndase. A la estética de la vulgaridad, hay que enfrentrarla con ética humanista. Esté siempre atento. No les bastará empobrecerlo y lo querrán someter con su propia tristeza. Ríase estentóreamente. Deberemos dejar a mano los poemas indispensables, el vino tinto y la guitarra. Sonreírles a nuestros viejos como vacuna contra la angustia diaria. Ser piadosos con los amigos. No confundir a los ingenuos con los traidores.

Cierta tardenoche primaveral del 2015, antes de la segunda vuelta, pasé por la Unidad Básica, y ahí estaba, en soledad, decorándola con afiches, muy a disgusto con el candidato elegido por consenso, a pesar de eso seguía firme a la idea, sabía lo que sucedería si la derecha ganaba. Fue la última noche que tuvo las llaves del local. Mientras el calentador templaba el agua para el mate me atreví a ingresar:

- No lo jodo si le cuento algo en lo que me quedé pensando ayer por la noche, en la propicia oscuridad de mi patio en compañía de mi esposa, le consulté. 

- Por favor, venga, lo invito, el mate está a punto, me respondió. 

- No joda con eso, sus mates son horribles, le recriminé. 

- No se preocupe esta vuelta salen amargos, sin edulcorante me retrucó, dele lo escucho.

- ¿Sabe qué? No conviene andar desnudo por la vida, y cuando hablo de desnudez usted me entiende a qué me refiero. Al momento de ser divisado e intuyendo que adolece de prevenciones, los portadores de suntuosas túnicas confeccionadas con linos de superioridad moral, sean ellos hilados políticos, religiosos, éticos o sociales, no solo le enviarán fríos congelantes, lluvias intensas, esas que lastiman, las que acuchillan, sino además radiaciones infrarrojas y ultravioletas que quemarán su piel hasta el punto de la acrimonia. No mi amigo, no conviene andar desnudo por la vida. Y más aún, si por alguna circunstancia y debido al insoportable sufrimiento corporal usted decide cubrirse, arroparse, protegerse con prevenciones humanas e imperfectas será calificado como un fraude por esos mismos hipócritas, debido a que le recriminarán no haber podido sostener su desnudez con hidalguía y coherencia…

Pocos días después de la segunda vuelta una dirigente política pejotista del Pago Chico, una de las que le quitó las llaves, mujer aún actuante, cobrante y sonante, afirmó que si le iba bien a Macri nos iría bien a todos, vómito demencial lanzado ante el silencio de sus interlocutores y de los compañeros. Ahi entendimos que la derrota no había sido por un punto, había sido mayor. 

Recuerdo que por entonces la critiqué duramente en mi página y pensé en aquel tipo, del que nunca más supe, pero el cual me regaló aquella última noche militante un poema indispensable que aún conservo.

 

Sin aviso mediante,

con la ausencia del beso mal oliente,

con la ignorancia

de las mañanas precarias,

sin el compromiso

de mirarse a los ojos

y descubrirse ruin,

saboreando en soledad

acaso, el último café:

amargo, opaco, suicida...

demasiado último

como para no detenerse

en la lectura de su borra.

 

 

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