Hace muchos años Julio Anguita advertía sobre el vendaval por venir. Por estos días me detuve a pensar si verdaderamente, desde la visión plutocrática, existen razones inescrutables para fomentar el debate de una ley laboral cuando es la ignominia incontrolable motorizada por el gobierno del propio mercado el que limita y disciplina los derechos laborales de forma trágica.
Por eso temo que la intención debe estar circulando por otro lado que en lo personal no alcanzo a percibir. Es decir, debatir este tipo de modificaciones es simplemente correr unos centímetros flejes que ya fueron traspasados, el problema es que si persistimos con este sistema socioeconómico las condiciones laborales de los trabajadores siempre serán para peor, aún por encima de un paquete de medidas abusivas.
Más allá de lo asegurado por Anguita, me refiero a esta suerte de lavado psicopolítico que los poderes fácticos desarrollaron en estas últimas décadas sobre las masas proletarias para que individualmente no se sientan formar parte de un colectivo de intereses compartidos, estimo que subyacen entrelíneas que en nada se relacionan con las usuales y naturales conflictividades y menos las relacionadas con los regímenes indemnizatorios, las licencias o las jornadas laborales, además teniendo en cuenta que la mayoría de los trabajadores, mal llamados, bajo relación de dependencia, no están agremiados.
Algunos pensamos que luego del asesinato de Mariano Ferreyra el 20 de octubre del año 2010 los regímenes flexibilizadores tercierizados y de subcontratación de trabajadores, razón de la lucha, iban a ser modificados, cosa que no ocurrió, sino que se profundizó. Aquí la crónica de entonces:
En el presente un aspirante acepta las condiciones impuestas por su contratista debido a que por escacez así lo determina el mercado, y cuánto más presencia y dureza establezca éste de cara al futuro mayor rigor deberá soportar el trabajador. Para colmo la plutocracia ha logrado que no solo el pequeño burgués asalariado de escritorio se ponga su camiseta, como se suele decir, sino también el obrero calificado, el no calificado, el jornalero, el peón, sin percibir todos ellos la coincidencia en el error, siendo que esa coincidencia no se da para la lucha por los derechos comunes.
Fue ensordecedor para mís oídos escuchar durante tantos años de vida rural que muy modestos jornaleros o peones de campo, ocupados temporariamente y en negro por terratenientes, arrendatarios, contratistas rurales o acopiadores hablaban de los éxitos de sus "patrones" como si fueran propios: "Compramos una nueva cosechadora", "Este año tendremos muy buenos rindes", "El estado nos está matando con las retenciones"...
Va de suyo que estoy absolutamente de acuerdo que tal cuestión se manifieste cuando medie un trato justo y recíproco, en donde prime el respeto y el reconocimiento, un trato horizontal, de igual a igual, lo que perturba es cuando tal cuestión se impone por subsumisión.
Son hábiles los plutócratas. Incluyen al trabajador en sus éxitos, y este se siente contenido y aspirado por la nobleza del exitoso, pero esto encuentra estrictos límites cuando de rentas y derechos se trata, cuestiones que además nunca se dan de igual a igual, pues la relación es marcadamente jerárquica y piramidal.

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