Nos Disparan desde el Campanario… El problema de las analogías con el fascismo… por Stefanie Prezioso
Fuente: Jacobin
Link de Origen:
https://jacobinlat.com/2025/11/el-problema-de-las-analogias-con-el-fascismo/
Traducción: Pedro Perucca
Gráfica: https://alternatiba.net/es
En las décadas de entreguerras,
muchos observadores del ascenso del fascismo no entendieron qué tenía de
novedosa esta amenaza. Aferrarse hoy a la palabra «fascismo» para definir el
crecimiento de fuerzas reaccionarias corre el riesgo de llevarnos a la misma
trampa.
Hace más de tres décadas, el
historiador británico Tim Mason encendió una alarma. Habló de una «desaparición
de teorías o conceptos articulados de fascismo en la investigación y la
escritura». Al examinar la relación entre el fascismo italiano y el nazismo
alemán, Mason instó a los estudiosos a identificar las similitudes
«específicas» entre estos regímenes y sus contrastes, manteniendo al mismo
tiempo «un agnosticismo estricto» respecto de la radical unicidad de cada uno.
A primera vista, estos debates pueden parecer ajenos al clima político actual,
cuando la discusión sobre el fascismo parece omnipresente. Sin embargo, las
preguntas que planteó Mason resuenan con fuerza también hoy.
A medida que la extrema derecha avanza
—de América Latina a India, de Estados Unidos a Rusia y en toda Europa— surge
una necesidad urgente de analizar este resurgimiento con rigor intelectual y
profundidad histórica. Más allá del impacto inicial por el ascenso de estas
fuerzas aparece una pregunta acuciante: ¿cómo responder? ¿Cómo alertar y
movilizar a las fuerzas sociales necesarias para frenar su agenda? Entender las
raíces de este aparente «retorno del fascismo» está lejos de ser sencillo. Y
queda otra duda: ¿es siquiera el término adecuado? El uso de «fascismo» para
describir a las corrientes políticas actuales sigue siendo ferozmente
discutido. Para algunos, la etiqueta es crucial porque ofrece un marco para
anticipar qué puede venir. Sin embargo, si la historia sin duda puede iluminar el
presente, no puede predecir el futuro.
La creciente inflación de variaciones
de la palabra «fascismo» no deja de provocar debate. Fascismo tardío, fascismo
preventivo, fascismo del fin de los tiempos, fascismo fosilizado, fascismo
trumpista —junto a «neo-», «pos-», «para-», «semi-», «micro-» e incluso
«tecno-fascismo»—: sobran etiquetas para describir a un enemigo que se percibe
como en constante avance. Pero esta avalancha de terminología apenas disimula
la dificultad más profunda para comprender una realidad que, aunque hace eco de
los capítulos más oscuros del siglo XX, sigue siendo en muchos sentidos
radicalmente nueva.
Como observó el historiador Eric
Hobsbawm, «cuando la gente enfrenta algo para lo que nada en su pasado los
preparó, busca a tientas palabras para nombrar lo desconocido, incluso cuando
no puede definirlo ni entenderlo». La analogía parece ofrecer una vía de
avance: un punto familiar desde el cual abordar lo desconocido, y a la vez un
marco para la urgente movilización de la resistencia.
Pero el debate se estanca cuando
llega el momento de identificar a este enemigo. Luchar, sí —pero ¿contra qué?
La necesidad de enfrentar el peligro directamente parece exigir el uso del
término «fascismo». Sin embargo, esta palabra puede anclarnos demasiado en
interpretaciones del pasado, obstaculizando un análisis riguroso de las
realidades actuales y la elaboración de respuestas eficaces. Como señala el
historiador Daniel Bessner, «las cosas pueden ser aterradoras —las cosas son
aterradoras— sin ser fascistas. De hecho, podrían ser incluso más aterradoras».
El llamado de Mason a una comparación
sobria, a un análisis atento tanto a las semejanzas como a las diferencias,
sigue ofreciendo un camino posible. Entender a la extrema derecha actual no
requiere nostalgia de viejas categorías ni analogías dictadas por el miedo,
sino el trabajo paciente de la indagación crítica: sin él, la resistencia corre
el riesgo de ser ciega, fragmentada o tardía. En los años veinte y treinta, la
gran mayoría de quienes intentaron definir el fascismo no supieron reconocer su
novedad. Esa es la misma trampa que debemos evitar hoy.
¿Qué es el fascismo?
La cuestión de la persistencia —o el
resurgimiento— del fascismo aparece de manera periódica en la vida política,
como se vio de manera particularmente clara en Italia en los últimos treinta
años. Desde el retorno de Donald Trump al poder, el asunto se volvió más agudo
en Estados Unidos, donde expandió sus prerrogativas y puso en cuestión los
cimientos de la Constitución. Los libros que alertan sobre la (nueva) amenaza
fascista llenan las estanterías. El rol central del fascismo en la historia del
siglo XX —y en su «territorio mental»— explica en parte esta presencia
sostenida.
Igualmente importante es el intento
de situar el resurgimiento contemporáneo de la extrema derecha en un contexto
histórico más amplio. A los historiadores se los convoca a menudo, como
«expertos», para que digan si tal líder mundial o tal movimiento pueden llevar
la etiqueta de fascistas. Pero tropiezan pronto con dificultades. Como escribió
el historiador Emilio Gentile, se trata de un objeto misterioso. El término
«fascismo» sigue siendo, probablemente, el más vago del vocabulario político.
Sin embargo, esta advertencia suele convertirse en excusa para proponer una
nueva definición más.
Desde su aparición, después de la
Primera Guerra Mundial, este fenómeno novedoso —que combinó sociedad de masas y
autoritarismo— inspiró una serie de interpretaciones, cada una de ellas
enfatizando algún aspecto que se consideraba decisivo en lo histórico, lo
político, lo económico, lo social o incluso lo moral. La mayoría de esas
definiciones contienen una parte de verdad, aunque relegan a un segundo plano
los elementos que no encajan con una situación dada.
Si hubiera que ofrecer una «fórmula
de bolsillo», podría describirse al fascismo como un movimiento político de
extrema derecha que alcanzó su máxima expresión en Italia y Alemania durante
las décadas de 1920, 1930 y 1940. Fue violentamente antimarxista, racista,
antisemita, imperialista; se basó en la destrucción de derechos y libertades
democráticas, el rechazo de la igualdad, la estigmatización de quienes eran
designados como débiles o vulnerables y la subordinación de las mujeres.
A comienzos del siglo XX, el fascismo
solo podía expandirse cuando el movimiento obrero ya no representaba una
amenaza inminente. Su ascenso fue inseparable de las crisis políticas, sociales
y económicas que atravesaron a las sociedades europeas en los años veinte y
treinta. Movimiento autónomo —«un partido organizado para sus propios
objetivos, que busca tomar el poder para sus propios fines»—, el fascismo tenía
un impulso subversivo inherente: a la vez revolucionario y restaurador, una
expresión moderna del rechazo de la democracia y de la Ilustración.
Su triunfo dependió de la acción
combinada de la violencia paramilitar y la represión estatal, y del desarrollo
de un auténtico movimiento de masas. No podía conquistar las conciencias sin
esa fusión inédita de elementos aparentemente dispares del conservadurismo y la
modernidad, que Joseph Goebbels describió con acierto como «romanticismo de
acero». El fascismo se apoyó en la violencia y el terror, pero también en el
adoctrinamiento, para imponer una nueva jerarquía entre los seres humanos.
Hay elementos claros de continuidad
histórica con la extrema derecha actual, del mismo modo en que el propio
fascismo histórico presentaba vínculos evidentes con la derecha nacionalista
reaccionaria del siglo XIX. Los movimientos radicales de derecha contemporáneos
también son nacionalistas, racistas, imperialistas, homofóbicos,
ultramachistas, autoritarios y antimarxistas; rechazan el conflicto de clases
en nombre de una unidad nacional y popular. Buscan desmantelar derechos y
libertades fundamentales y destruir movimientos sociales que escapan a su
control. Atacan los derechos de las mujeres y designan chivos expiatorios:
judíos, musulmanes y otros. Quienes no encajan en su visión de la nación
—minorías u opositores políticos— son estigmatizados, criminalizados y utilizados
para la movilización electoral.
Hoy esto se hace especialmente
visible en el ataque a migrantes y musulmanes, alimentado por el alarmismo
sobre el «gran reemplazo». Ese rechazo del otro viene acompañado por un
discurso identitario excluyente, diseñado para legitimar políticas autoritarias
bajo la excusa de defender a una nación «amenazada». En este sentido, las
estrategias discursivas y electorales de figuras como Trump, Giorgia Meloni,
Viktor Orbán y Javier Milei guardan similitudes llamativas con las que
emplearon Benito Mussolini y Adolf Hitler.
Hay también ciertas coincidencias
entre los contextos: crisis económicas y sociales prolongadas; cuestionamientos
a las formas de representación, incluida la legitimidad de los partidos
tradicionales; pérdida de referencias sociales; y crisis culturales y morales
más amplias, que incluyen el cuestionamiento de la racionalidad científica.
Pero, al mismo tiempo, en otros aspectos decisivos, el contexto es distinto y
las crisis sociales y políticas no son las mismas.
El fascismo histórico surgió tras la
Primera Guerra Mundial y la Revolución de Octubre, en un momento en que la
Unión Soviética representaba un horizonte de esperanza para millones de
trabajadores. Hoy no existe nada comparable. El fascismo histórico promovía un
sistema totalitario, que la filósofa Hannah Arendt describió como una fusión
inédita de adoctrinamiento y terror.
En cambio, la extrema derecha actual
es ultraliberal en materia económica, a la vez que busca expandir de manera
masiva las funciones represivas del Estado. Figuras como Milei o Elon Musk
empuñan una motosierra como símbolo de «desmantelar la burocracia» —en
realidad, la seguridad social y los servicios públicos, aunque sean frágiles—,
radicalizando las políticas neoliberales de las últimas décadas, que
presentaban al Estado como un obstáculo para el desarrollo económico. Esto
recuerda la declaración de Ronald Reagan de 1981: «El gobierno no es la
solución, sino el problema».
El fascismo histórico dependió de
movimientos de masa organizados en torno a una ideología cohesiva y estructurados
por grupos paramilitares —como los de las SA o Camisas Pardas Alemania y los
Camisas Negras en Italia— que reunían a cientos de miles de miembros
uniformados. Su objetivo principal era desmantelar sindicatos, partidos y
asociaciones obreras con millones de afiliados que defendían una agenda
socialista. Hoy no existe una organización obrera de esa escala, y los
movimientos actuales de extrema derecha ya no dependen de movilizaciones
masivas comparables. Aunque hay grupos activos y a veces violentos, su número
es ínfimo en comparación con el período de entreguerras y no están
centralizados como brazo armado de un único partido (al menos por ahora).
La influencia de estos movimientos es
sobre todo electoral. Es cierto que, el 6 de enero de 2021, el asalto al
Capitolio por parte de seguidores de Trump despertó temores de un intento de
golpe. El episodio incluso fue comparado con el fallido Putsch de la Cervecería
de Hitler, en 1923. Hoy, algunos advierten que el Servicio de Inmigración y
Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) podría convertirse en
una suerte de fuerza armada organizada a disposición de Trump. En India, el
primer ministro Narendra Modi se apoya en la Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS),
una organización paramilitar callejera con profundas raíces ideológicas. Y en
Italia, los ataques violentos de miembros del grupo neofascista Forza Nuova
—incluido el saqueo de la sede del sindicato CGIL en octubre de 2021— sugieren
posibilidades inquietantes para futuras movilizaciones.
Aun así, si hablamos de fascismo hoy,
se trata de un fascismo despojado en gran medida de su componente de movimiento
de masas pero que, como señala Alberto Toscano, mantiene la visión de un
renacimiento nacional y la defensa de un interés «productivista» que alinea a
trabajadores y empresarios. A comienzos del siglo XX, las referencias al
fascismo apuntaban a un fenómeno político nuevo, cuyos contornos, potencial
transformador y adaptabilidad a otros contextos nacionales aún estaban
definiéndose. Pero ¿qué ocurre ahora?
Bestia inmunda
Lo que vuelve aún más inquietante la
situación es que el núcleo de algunos de estos movimientos sí está formado por
personas que se identifican abiertamente con el nazismo y el fascismo
históricos —a través de sus símbolos, gestos, vestimenta y retórica. Las
recientes manifestaciones neofascistas en París y Milán son apenas la punta del
iceberg. Hace algunos años, estas expresiones podían descartarse como
marginales, un gesto nostálgico y vago. Hoy tienen un peso completamente
distinto, cuya importancia debe comprenderse plenamente. Lo importante no es
tanto lo que revelan sobre sus organizadores, sino lo que dicen sobre la
relación de nuestras sociedades con el pasado.
Hace treinta años, Umberto Eco
señalaba: «Sería tan cómodo para nosotros si alguien apareciera en escena y
dijera: “Quiero reabrir Auschwitz, quiero que los Camisas Negras marchen otra
vez por las plazas de Italia”. Lamentablemente, la vida no es tan sencilla».
Hoy esas demostraciones ya no aparecen solo como la cara grotesca de lo que la
politóloga Nadia Urbinati llamó «la máscara fascista de Europa». También —y
sobre todo— reflejan tres décadas de borrado de la historia, trivialización del
horror y promoción de falsas equivalencias: entre quienes lucharon por derechos
democráticos, libertades, igualdad y emancipación, a menudo sin conocer las
realidades de la Rusia estalinista, y quienes defendieron exactamente lo
contrario.
Ya no quedan testigos vivos de ese
pasado; para tomar la imagen de Pier Paolo Pasolini, las luciérnagas
desaparecieron. La fluidez de las referencias históricas convirtió la historia
en un reservorio que «contiene todo y su contrario». Como resultado, en
Occidente quienes creen que invocar el espectro del fascismo sigue siendo la
mejor herramienta de movilización se encuentran cada vez más frente a la
indiferencia —o, peor aún, frente a un público ya moldeado por el vocabulario y
los modos de pensamiento de la extrema derecha. Desde el saludo «Hola,
dictador» que una vez le dirigió Jean-Claude Juncker, entonces presidente de la
Comisión Europea, a Orbán hasta la normalización de las raíces políticas de
Giorgia Meloni, que ella misma no oculta, la inversión de los valores que
Occidente decía sostener desde 1945 difícilmente podría ser más evidente.
Hoy este campo político trabaja para
asegurarse una hegemonía cultural mediante el revisionismo histórico, el
antiintelectualismo, la desinformación y la censura. Lo hace apoyándose en una
vasta red de comunicación —que abarca sitios web, redes sociales, pódcasts,
canales de televisión, diarios y think tanks— mientras despliega lo que se ha
llamado una «campaña algorítmica permanente», una forma de poder nueva y
penetrante que moldea la vida cotidiana con mayor eficacia precisamente porque
se dirige a una sociedad profundamente atomizada.
El filósofo e historiador italiano
Enzo Traverso sostiene que el concepto de fascismo es indispensable e
inadecuado a la vez, subrayando —siguiendo a Reinhart Koselleck— la tensión
entre los hechos históricos y su inscripción en el lenguaje. Desde la década de
1930, el fascismo se convirtió en un atajo para referirse a todas las formas de
reacción oscurantista, conservadurismo y autoritarismo, incluso cuando faltaban
sus «rasgos distintivos».
Algunos académicos van más lejos y
aplican el término más allá del fascismo histórico. Desde esta perspectiva, el
fascismo representa «un conjunto más general de hábitos culturales, instintos e
impulsos oscuros que se manifestaron —y podrían manifestarse de nuevo— en los
contextos históricos y nacionales más diversos, incluso en ausencia de un
movimiento o régimen fascista». Pero, vista así, la noción corre el riesgo de
volverse una abstracción incapaz de captar fenómenos concretos arraigados en su
propio tiempo, especialmente en períodos de cambios rápidos. El historiador
Robert Paxton expresó recientemente una preocupación similar en una entrevista
con el New York Times, señalando que el término suele «generar más calor
que luz», ya que «la palabra fascismo se redujo a un epíteto, lo que la vuelve
una herramienta cada vez menos útil para analizar los movimientos políticos de
nuestro tiempo».
Las condiciones económicas cambian
muchas veces más rápido que la conciencia humana, lo que genera la persistencia
de formas morales y sociales cuyos fundamentos materiales ya desaparecieron. En
este contexto, debatir si figuras como Trump, Milei, Orbán, Meloni, Vladimir
Putin o Marine Le Pen califican como fascistas aporta poco para entender las
condiciones políticas, económicas y sociales que les permitieron prosperar.
El siglo XXI está marcado por la
impotencia política de gobiernos y parlamentos, incapaces de influir en
políticas supuestamente dictadas «por los mercados», pero que en realidad
sirven a los intereses de una camarilla de élites superricas en torno a las
principales economías del mundo. En el Sur Global, estas políticas generan
conflictos interminables, destrucción generalizada y pobreza endémica. En el
Norte Global, impulsan duras medidas de austeridad, desigualdad creciente y la
acelerada destrucción del Estado de bienestar —o de lo que queda de él—,
creando un terreno fértil para el autoritarismo, la erosión de conquistas
democráticas y la normalización de un clima de violencia.
El informe más reciente de
la Civil Liberties Union for Europe (CLUE) ubica al gobierno de Meloni entre
aquellos que «socavan de manera sistemática e intencional el Estado de
derecho», atacando al Poder Judicial, las libertades democráticas y los
derechos básicos —incluyendo la libertad de prensa y medios, el derecho a
protestar y el derecho de huelga—, al mismo tiempo que comete lo que describe
como «violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos». El informe
también señala la creciente concentración de poder en manos del Ejecutivo. En
Estados Unidos, por tomar otro ejemplo, los primeros meses del segundo mandato
de Trump dejaron pocas dudas sobre la continuidad en el estrangulamiento de la
democracia: deportaciones masivas de migrantes, despidos generalizados en la
administración pública, ataques a la Ley de Derechos Electorales, censura y
recortes a la investigación, militarización de ciudades y una ofensiva contra
la izquierda al designar a «Antifa» como organización terrorista.
La actual ola de autoritarismo
reaccionario no surgió de la nada. Se alimentó de la radicalización de las
políticas y discursos neoliberales posteriores a la crisis financiera de 2008:
un aumento abrupto de la desigualdad, el desmantelamiento acelerado de lo que
quedaba del Estado de bienestar y la relegación de millones de trabajadores a
empleos precarios.
La inseguridad, el miedo, la
frustración, el aislamiento y la incapacidad de planificar el futuro generaron
lo que Wendy Brown describió como «resentimiento de clase sin conciencia de
clase». La desigualdad solo se profundizó en los últimos años. Según el último
informe Takers, Not Makers, la riqueza de los multimillonarios creció tres
veces más rápido en 2024 que en 2023, mientras que el 1 % más rico acumuló más
de 33,9 billones de dólares en activos desde 2015. En el extremo opuesto, 3.600
millones de personas —el 44 % de la humanidad— viven por debajo de la línea de
pobreza del Banco Mundial.
Este abismo aceleró lo que el
ensayista Richard Seymour denomina «nacionalismo del desastre», una política
que prospera en la crisis mientras empuja a las sociedades hacia la catástrofe
social y climática. Negar esta realidad solo agrava el peligro. «Los furiosos
ataques de Trump contra todas las estructuras diseñadas para proteger al
público de enfermedades, alimentos peligrosos y desastres», escriben Naomi
Klein y Astra Taylor, crean «multitud de nuevas oportunidades de privatización
y ganancias para los oligarcas que impulsan esta destrucción acelerada del
Estado de bienestar y sus leyes».
La necesidad de entender estas
transformaciones políticas y económicas globales impulsó numerosos estudios
sobre las mutaciones en curso del capitalismo y sus efectos políticos, sociales
y ecológicos. Dylan Riley y Robert Brenner hablaron de un nuevo «capitalismo
político», caracterizado por la penetración de las esferas del poder por parte
de grandes grupos privados con dinámicas autoritarias, lo que ahora les permite
obtener ganancias extraordinarias en un período de crecimiento económico
ralentizado.
La presencia, en la jura del segundo
mandato de Trump, de los jefes de Meta, Amazon y Google —a quienes el
economista Cédric Durand llama «los señores tecno-feudales»— es apenas la punta
del iceberg. Si el autoritarismo puede representar también, en parte, una
expropiación política de la burguesía, entonces también es necesario analizar
sus fallas, debilidades y divisiones, como se vio recientemente en la
entrevista al multimillonario Ray Dalio en el Financial Times.
Frente al desastre que se perfila, se
abre un campo de investigación nuevo e importante sobre el punto de inflexión
en el que nos encontramos. Debemos superar la obsesión con el debate sobre el
«fascismo» —ese adversario cuya mera mención parece garantizar la moralidad y
la legitimidad de los partidos y sistemas existentes—, al mismo tiempo que
analizamos históricamente cómo llegamos hasta aquí. Ese es el desafío que
tenemos por delante. El trabajo que queda por hacer es enorme.
Esta es una traducción abreviada de
un artículo que apareció originalmente en AOC.
Stefanie Prezioso es Profesora asociada de la Universidad de Lausana
(Suiza) y autora de numerosos trabajos sobre el antifascismo europeo.

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