Nos Disparan desde el Campanario Fordismo algorítmico y la crisis del sujeto político… por Mateo Barros y Alexis Schamne Aráoz
Fuente: Jacobin
Link de Origen:
https://jacobinlat.com/2025/05/fordismo-algoritmico-y-la-crisis-del-sujeto-politico/
Imagen: Exposición Algoritmos Creativos,
en el Pabellón del Conocimiento, Lisboa. Portugal, 2012. (Vía Wikimedia
Commons)
El sobregiro de la hegemonía
neoliberal hizo colapsar al propio mantra que tranquilizó por décadas a los
jerarcas de Occidente: al fin de la historia le llegó su propio fin.
Si el Zaratustra de Nietzsche abriera
los ojos en el 2025, prendiera la televisión y scrolleara las redes
sociales, caería en la cuenta de que su profecía se cumplió. Los valores
occidentales están en jaque, quizás como nunca antes, allá donde se mire. La
distinción entre lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, es cada vez más
difusa. El relativismo avanza con una consigna catch-all populista:
que cada uno crea en lo que quiera, con tal de que les sirva para levantarse a
la mañana y transitar el día. Que se abra una iglesia a la medida de cada
subjetividad.
El nihilismo trascendió el campo de
la filosofía para convertirse en una categoría política. Frente al vacío de un
presente en estado de coma, los hombres y las mujeres pugnan por nuevas
certezas, echando mano al pasado y al futuro. Florecen católicos entre los
ateos y tecnoptimistas en los poros de todas las clases sociales. La huida hacia
otras temporalidades expone un aquí y ahora que genera extrañamiento. Un mundo
desencantado por la primacía de la razón instrumental que llegó al extremo
límite de poner la propia existencia humana dentro de un cálculo de costos.
El sobregiro de la hegemonía
neoliberal hizo colapsar al propio mantra que tranquilizó por décadas a los
jerarcas de Occidente: al fin de la historia le llegó su propio fin. La
agudización de las contradicciones de un capitalismo que prometió la
satisfacción infinita de los deseos como contracara de la austeridad comunista
terminó desembocando en su fase financiera, depredadora y solo apta para lobos
de Wall Street, con deslocalización de la producción a merced de la mano de
obra barata del sudeste asiático. Si en el plano material la precarización de
las condiciones de vida fue descargando su peso sobre el cuerpo y la mente de
los trabajadores, en el plano ideal erosionó por completo la posibilidad del
ascenso meritocrático.
El ocaso nihilista de occidente
La pauperización progresiva de una
porción cada vez más grande de la población no se tradujo en un cuestionamiento
al sistema de producción —por la ausencia de una alternativa sobre la cual
volcarse— sino que abrió un interrogante sobre la responsabilidad de un sistema
político que no supo, no pudo o no quiso, suturar una fractura expuesta que
retomó la metáfora hobbesiana del hombre como lobo del hombre pero bajo la
mirada atenta del Estado.
La respuesta de la élite dirigencial
puso en evidencia tanto su falta de imaginación como su rapidez de reflejos:
ofreció sacrificar a la democracia liberal burguesa que le dio origen y, con
ella, a sus postulados igualitaristas o pluralistas. En paralelo, como en una
maniobra de pinzas, el resquebrajamiento del relato único abrió paso a la
superación malformada de la verdad, a la que ya denominamos cotidianamente con
su prefijo post. Lo que era un concepto popular entre académicos y
analistas políticos se difuminó rápidamente, constituyendo una nueva normalidad
que nos tiene encerrados en una suerte de reversión de la duda cartesiana, en
la que la pregunta por lo real y ficcional se enfrenta a cada instante.
«Correrle el banquito a la verdad» funcionó para explicar las causas de la
insatisfacción material y democrática que el neoliberalismo generó, señalar
responsables y delinear salidas. El discurso único y ordenador que barrió con
la amenaza roja se balcanizó en un sinfín de realidades a la carta.
Paradójicamente, la democratización a
las patadas de la verdad fue un antídoto para el surgimiento de una alternativa
colectiva. Argentina hoy es una vidriera de este fenómeno de descomposición a
cielo abierto que experimenta occidente. La degradación de la democracia que
presenciamos fue antecedida por una degradación en espejo de la política y, en
última instancia, de los políticos. ¿Qué nexo une la discusión de la baja de la
edad de imputabilidad —que busca apresar a chicos de 13 años sin una sombra de
barba en el rostro— y la compra de voluntades en el Congreso de la Nación a
cambio de cordones cuneta en provincias desfinanciadas?
Argentina tiene hoy una democracia
que es cada vez menos representativa de la complejidad de una nación y cada vez
más de intereses particulares y corporativos. Lesionada por la
descentralización de los servicios esenciales del Estado (como la salud, la
educación, la seguridad y la vivienda, entre otros) y la provincialización de
los recursos naturales, ambas medidas impulsadas por el expresidente Carlos S.
Menem en los noventa, la idea misma de «nación» se fue escurriendo al tiempo
que se consolidaba un sistema de comarcas aisladas en el que quedó estancado el
país.
La lava volcánica del neoliberalismo
inundó, también, a las estructuras políticas, y convenció a los socios de ese
club de que podían salvarse solos. La desintegración nacional fue una sentencia
de muerte para los grandes partidos tradicionales. En el «sálvese quien pueda»
no existe el largo plazo: los horizontes temporales se agotan tan rápido que
mejor grabar en la retina del vecino una foto del concejal y el ministro con
tijera de inauguración en mano que pensar dos abstracciones por encima qué
significa justicia social hoy en día y actuar en consecuencia.
Esta democracia de baja intensidad es
una olla a presión que solo produce insatisfacción: disputas callejeras de
manifestantes contra las fuerzas represivas; decretos presidenciales más largos
que el Antiguo Testamento seguidos de vetos a decisiones consensuadas por el
Congreso; una justicia tan contaminada políticamente como desprestigiada
socialmente; deterioro general de las condiciones de vida de la población y de
la provisión de servicios públicos; endeudamiento externo extremo; bajísima
estima social a las instituciones intermedias (sindicatos, partidos políticos,
medios de comunicación, empresas) son algunos signos de este malestar
generalizado, un Frankenstein que se expresa en mayores niveles de antagonismo
y apatía en la sociedad.
Es muy probable que la degradación de
la política que estamos viviendo, junto a este vaciamiento de la democracia,
representen la demolición en prime time del último obstáculo para la
consolidación del proyecto económico regresivo que las élites quisieron imponer
desde el Consenso de Washington. La experiencia libertaria está mucho más cerca
de ser la última estación de la decadente democracia de la derrota que la
primera de la post Argentina quebrada.
Un régimen de hiperconexión
Si la nación se desintegró y los
partidos mutaron en meros aparatos que funcionan de soporte para aventuras
políticas individuales, levantar las paredes para proyectar una recomposición
democrática que quiebre la inercia del posibilismo resignado necesariamente
requiere posar la mirada sobre las personas. Y, específicamente, sobre aquellos
que ejercen la política activamente. Un sinceramiento contraintuitivo de
la realpolitik: más que una Moncloa de la planta permanente de la
dirigencia que ordene de arriba hacia abajo el trasvasamiento generacional,
hace falta encender la pradera de los de a pie para impulsarlo en sentido
contrario. Un takeover de los militantes rasos contra el generalato
de la rosca.
Sin posibilidad de setear en off la
frecuencia nerviosa a la que nos conduce inevitablemente la hiperconectividad,
es probable que nuestro cuerpo no sea capaz de disponerse a imaginar algo
distinto de lo que le devuelven las pantallas. El primer capítulo del manual de
Sociología for Dummies reza que la subjetividad de los individuos
guarda relación con el contexto en el que crecen y se desarrollan, con su
realidad material y sus relaciones sociales. Como en el postulado del marxismo
primario, no es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que
determina la conciencia. El medioambiente común de nuestra época,
particularmente para los nacidos en los años noventa —década del boom de
los primeros navegadores, Google y las puntocom— es un régimen de alta
frecuencia conectiva: información, expresiones y vínculos están mediados por
internet.
«Nunca, acaso, hubo mayor libertad ni
mayor sujeción», dice Agustín Valle en Jamás tan cerca, un libro que
ilustra con envidiable precisión el paradigma a problematizar. Esta dialéctica
—a mayor libertad, mayor sujeción— enloquece, porque nos conduce a la
autoexplotación. No obstante, no se trata de jugar la carta ludita en relación
a internet, ni asignarle a la técnica la culpa de todos los males del mundo. La
red conectiva es un medio por el que circulan afectos y ánimos, algunos incluso
contraculturales. El problema radica en cómo el medio ha trastocado el orden de
los factores: los métodos, que solían ser un vehículo elegido para alcanzar
determinado fin, hoy se han transformado en un fin en sí mismo.
El derrotero de la política está
imbricado en este signo de los tiempos: las generaciones pasadas tenían claro
que querían cruzar el río, y la discusión se ceñía a si la mejor forma de
lograrlo era construyendo un barco o un puente. Hoy no sabemos si queremos
cruzar el río, quedarnos en la orilla o construir una represa, pero debatimos
circularmente si el barco debe ser de tal o cual color, más ancho o más
angosto. Extrapolado a la cuestión de la democracia, esto implica poner el
acento en los representantes y no echar luz sobre los representados. Pensar que
la democracia transcurre en las instituciones es cosificarla, dice Lefort (y
esa es la manía que tiene la ciencia política). Pensar que el cambio social
depende de una serie de expresiones rimbombantes en redes sociales es devaluar
la praxis política (la manía que tenemos en Twitter). Los métodos
comunicacionales han desplazado a los objetivos políticos a un lugar
subalterno.
Este modo contemporáneo de hacer
política nos sustrae de su dimensión elemental: el sentido de ruptura. O, más
sencillamente, la ilusión de que algo puede cambiar a partir de nuestro
involucramiento. En este sentido, Jacques Rancière distinguió entre «política»
y «policía». Llamó política a los desacuerdos y consensos que hacemos en la
esfera pública y «orden policial» a la ley, generalmente implícita, que
distribuye el orden de posiciones en el plano social: a grandes rasgos, quiénes
tienen que trabajar mucho, quiénes pueden trabajar menos, quiénes poseen
capital y en qué condiciones vive cada uno de ellos. El término «policía» no
alude, en este caso, a la cachiporra ni a los uniformados azules, sino a los
puntos de partida y las reglas de juego con las que operan los individuos. La
actividad política, dictamina el pensador francés, es siempre un modo de
manifestación que deshace las divisiones sensibles del orden policial, esto es,
que desregula el estado de las cosas y reasigna las cuotas de poder. ¿En dónde
volcamos hoy nuestras exigencias distributivas? Más concretamente, ¿cuál orden
es el que debemos romper?
La gramática del mercado mundial
excede largamente las posibilidades de coordinación de una sociedad sola o de
un país aislado; la concentración de la riqueza en el mundo jamás fue tan alta
como en los tiempos que corren, y son precisamente esos billonarios —y las
corporaciones globales que comandan— quienes ganan todos los días, a medida que
incrementan sus márgenes de renta, mayor autonomía respecto de los
Estados-nación y del destino común del género humano. Las corporaciones de la
nube, por citar un ejemplo de lo absurdo, se adueñaron de nuestra identidad
digital y se enriquecen a partir de la propiedad privada cada vez más
fragmentada que hacemos circular por internet.
Muchos argentinos conocen a Marcos
Galperín (CEO de Mercadolibre) pero probablemente pocos a Eduardo Saverin,
brasileño y cofundador de Facebook, cuya fortuna actual —apalancada sobre
nuestros datos— es más grande que las reservas del Banco Central de la
República Argentina (US$ 29 000 millones según Forbes). Uno vive en Uruguay, el
otro en Singapur, y aunque su posición de oligarcas hi-tech en algún
sentido nos pertenezca —hemos trabajado indirectamente para ellos—,
prácticamente no tenemos armas para que derrame alguna porción de su riqueza
sobre nuestros países.
La cantidad de dinero circulante en
el mundo ya ni siquiera está limitada por los Estados o los individuos: ¿qué
respaldo tiene el dinero virtual que circula en códigos de blockchain? Spoiler
alert: ninguno. En rigor, el capitalismo poscrisis de 2008 tiene al
desorden por principio rector, y a los consumidores presos de esa lógica.
Estalló el paradigma de la liquidez financiera, pero ese magma no se dispuso a
arrasar también con la ficción moderna del sueño americano: que florezcan mil
Cositorto, que nazcan cientos de miles de cryptobros. El avance de la
tecnología sobre el mercado mundial no produjo más competencia, equilibrio ni
justicia social, eso está a las claras. Y, sin embargo, ahí va, en un constante
ouroboros de frustración de expectativas: vivo en una ruina circular, donde la
única salida es espiral.
¿Será la lógica del algoritmo y de la
nube, que establece nichos al tiempo que desdibuja la verdad y la realidad, el
orden policial de nuestro tiempo? ¿En dónde termina la frontera del «yo-digital»
y empieza la carnadura del «yo-humano»? ¿Dónde situamos el origen de la
derrota? Y, sobre todas las cosas, ¿qué hacemos con esta impotencia política
tan sobreanalizada como subejecutada? Volviendo a Rancière, si lo que hacemos y
decimos queda limitado al fuero íntimo de nuestras casas o locales militantes,
no hay transformación posible. Solo si lo hacemos público habrá política. Pero,
de nuevo, la cuestión es dónde se ubica la frontera entre lo público y lo
privado en nuestra época.
Poética utopía
El régimen de existencia configura al
régimen afectivo y determina un estado de ánimo. Nos atraviesa por completo, en
todas las dimensiones de nuestra vida, incluso aunque seamos críticos del
fenómeno. Caracterizarlo es una tarea difícil, pero utilizando las categorías
del siglo XX podemos arriesgar que los fatalistas históricos estaban en lo
cierto. Cada vez menos gente cree que «mañana será mejor». Los imaginarios de
futuro que proyectamos —si es que nos aventuramos a hacer tal cosa— están
cortados con el filo de la misma navaja: el colapso. La posibilidad de
múltiples catástrofes (climática, económica, tecnológica o financiera) son una
realidad evidente, y lo mismo aplica para la impotencia política con la que las
abordamos. Limitarnos a ser agoreros del caos es la anulación de la
transformación como variable de la ecuación.
Hoy, como nunca antes, predomina la
ausencia de un destino trascendente; una cultura casi memética del you
only live once decanta en la ilusión efímera de que todo empieza y termina
en uno mismo. La exaltación de las diferencias y la proliferación de «marcas
personales» tiene más incidencia en el plano político de la que pensamos, y
arroja como resultado un sinfín de aventuras yoicas: nadie busca un denominador
común, puesto que tampoco nadie —ni siquiera los más politizados— cree en la
idea de una utopía más grande que nuestra propia existencia. Sin trascendencia,
no hay dimensión heroica, no hay fe.
José Carlos Mariategui decía
novedosamente que la historia está siempre alcanzada por un mito, por una
cosmovisión que otorga sentido a las acciones de las personas. Sin el mito, el
ser humano no tiene sentido histórico, afirmaba; la existencia de personas
«poseídas e iluminadas por una creencia superior», argumentaba, era necesaria
para alcanzar un horizonte de transformación exitoso que pueda intervenir en el
desarrollo de la historia. Esa creencia superior no necesariamente tiene que
ser un Dios o un elemento sagrado: el horizonte socialista supo tener un mito
potente —la revolución— que condujo el accionar de hombres y mujeres hacia una
esperanza suprahumana, hacia un futuro distinto.
Nuestra generación se quedó sin mito,
sin héroes, apenas con algunos mártires. Y esa resignación inconsciente, propia
del lugar de la víctima y la fatal esperanza (pasión triste que debemos
arrancarnos con la pulsión activa de algún contrario) tiñe nuestra práctica
política cotidiana. ¿A qué causa le estoy entregando mis días? ¿Qué horizonte
nuevo puede construir nuestra militancia? ¿A dónde van nuestros tuits y
el inagotable fluir de clips y streamings? En los años 1990, el
protagonismo de la televisión entre las masas inyectó en la política el vicio
de mediatizar para resolver. La llegada del networking terminó de
solidificar la preeminencia de la comunicación por sobre las demás
herramientas: todo se resuelve con una «movida» de prensa, con una entrevista o
una editorial, una operación o un bait. Narrar es la única forma de
representar en la autosatisfacción del sesgo informativo (el paroxismo lo vimos
en la experiencia de Podemos: de los medios a ocupar sillones en el Congreso
español, y de vuelta a los medios, derrotados pero explicados).
Asistimos al nacimiento de un
fordismo algorítmico. A donde quiera que miremos, vemos cómo se montan estudios
de streaming como fábricas que producen recortes en serie para las
redes sociales. Queramos o no, la sujeción a las views y las
interacciones pervierte la discusión política: no digo tanto lo que pienso,
sino lo que el algoritmo quiere que diga. La búsqueda permanente de la frase
que se hace título por encima de la reflexión honesta. El star
system de las redes y las plataformas modificó las aspiraciones de la
militancia: de querer ser un cuadro integral a consagrarse como columnistas.
Negar la pregnancia de las redes es
un sinsentido; gran parte de nuestro tiempo conectados transcurre
allí. Sin embargo, conviene advertir la potencia que tiene romper esa
distancia: poder reemplazar el sentido de la inmediatez, por el calor del
encuentro; la repetición, por el ejercicio creativo; lo impostado, por lo
auténtico. La imaginación política está subsumida a la anatomía del instante.
Para ir a más, debemos poner en valor el camino. Subir al pico de la montaña,
ganar perspectiva y detenerse sobre las huellas. Más emociones orgánicas y
menos ecos virtuales.
En este presente dónde la
nostalgia garpa, lo que hay que rescatar del pasado no son las respuestas
a un mundo que quedó en los libros de historia. Ningún programa político se
escribió para una época distinta a la que le dio origen. Desentrañar lo
inmanente es ir más allá de la letra muerta para captar aquello que está en la
esencia de todo momento de ruptura: el sentido poético de la política. Ese
sentido poético es el antídoto contra el liberalismo que reina a derecha e
izquierda del espectro político. Es la potencia de lo creativo, la materia
prima de la radicalidad necesaria para una nueva utopía. Frente al
principio de diferenciación, reivindicar el anonimato del colectivo. La clase
no murió, solo se anuló el orgullo de ser uno más de los que van por la mañana
y vuelven por la tarde. Ser, con los demás, es la forma de vencer al tiempo.

Comentarios
Publicar un comentario