Fuente: Sin Permiso
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https://www.sinpermiso.info/textos/la-verdad-existe
“No existe algo llamado verdad objetiva. Nosotros mismos hacemos nuestra
propia verdad. No existe una realidad objetiva. Nosotros hacemos nuestra propia
realidad. Hay caminos de conocimiento espiritual, místico o interior que son
superiores a nuestros caminos de conocimiento ordinarios… No importa que las
creencias sean ciertas o no, siempre que sean significativas para uno”.
(Theodore Shick y Lewis Vaughn).
“No hay verdad, ni en el sentido moral ni en el científico”. (Adolf
Hitler).
Estas citas que encabezan este texto
pueden servir de inmejorable ejemplo de lo que queremos discutir, y contrastar
con la postura que defendemos. Para algunos, la verdad es negociable,
subjetiva, o ajena a las evidencias y pruebas empíricas; para otros simplemente
no existe. Quienes defendieron estas ideas no son cosa del pasado. Están aquí y
se están creciendo. Con mayor o menor grado están volviendo a tomar empuje
entre determinados sectores sociales. Especialmente en EEUU con la nueva
presidencia. Pero también con el auge de la extrema derecha en Europa. Es un
fenómeno de alcance mundial. Cuando la verdad no existe, gana el que tiene más
fuerza. Hitler sabía en este punto de qué hablaba.
La ciencia es un enemigo a batir para quienes afirman que la verdad no existe.
Porque la ciencia, además de un cuerpo de conocimiento, “es una manera de
pensar”, como lo expresaba Carl Sagan. Y añadía: “Todo depende de la prueba”.
La prueba es implacable como bien saben quienes buscan “alternativas” a la
ciencia. No son pocas las llamadas “ciencias alternativas”, “conocimientos
alternativos” o “medicinas alternativas”. Una pequeña lista: Astrología,
Parapsicología, Piramidología, Feng Shui, Cristaloterapia, Homeopatía,
Frenología, Ufología, Reiki, Conciencia después de la muerte, Magnetoterapia,
Diseño inteligente (DI), entre otras. Nos enfocaremos en este último, que
podemos definir de la siguiente manera: la existencia de los seres vivos se
explica mejor por una causa inteligente que por procesos como la selección
natural. En esencia, el DI es una forma más o menos sutil de introducir
directamente la idea de un dios en la explicación del origen de la vida. Por
ello, cuando nos referimos a DI también incluimos al creacionismo. Veamos
algunos de sus postulados más comunes.
1) Información compleja. Existen
estructuras biológicas, como el ADN, que contienen información tan rica que es
imposible explicarlas mediante procesos aleatorios naturales.
2) Muy relacionado con el postulado
anterior, está el concepto de complejidad irreductible. Algunos sistemas
biológicos son tan complejos que no podrían haber evolucionado gradualmente, ya
que requieren la presencia simultánea de múltiples componentes para su
funcionalidad. Es decir, como la selección natural favorece rasgos que proporcionan
ventajas, nunca podría haber favorecido versiones intermedias disfuncionales
(subóptimas) de estos sistemas. El ojo humano y los flagelos bacterianos
acostumbran a ponerse como ejemplo.
3) Ajuste fino del universo. Es
conocido que algunas constantes físicas (como la fuerza nuclear fuerte, la
constante gravitacional, la constante cosmológica…) parecen estar “ajustadas”
con gran precisión. De haber sido ligeramente distintas, el universo tal como
lo conocemos no existiría, y en consecuencia tampoco la vida. Y aquí es donde
los partidarios del DI dan el salto argumentativo: consideran que este ajuste
es evidencia de un diseño inteligente que lo hizo posible.
¿Cómo contestar a cada una de estos
postulados? Al primero y segundo, la biología ha demostrado de manera
contundente que la evolución puede generar y aumentar la información genética
mediante mecanismos naturales bien documentados, como las mutaciones,
incluyendo duplicaciones génicas, la recombinación y la selección natural.
Estos procesos, combinados a lo largo del tiempo, han podido dar lugar a la
enorme diversidad biológica que observamos hoy.
La premisa de que ciertos sistemas
biológicos no pueden haber evolucionado gradualmente es errónea. La biología
evolutiva ha mostrado múltiples ejemplos de estructuras que parecían
irreductiblemente complejas, pero que, al analizar detalladamente su evolución,
se descubrió que pudieron surgir a partir de componentes más simples, con
funciones diferentes. Veamos el caso del ojo humano, cuya evolución, desde simples
células fotosensibles hasta la compleja estructura actual, puede explicarse
perfectamente mediante procesos como la selección natural, y otros mecanismos
evolutivos. Un ojo que, por cierto, de ser obra de un diseñador inteligente,
difícilmente podría considerarse un diseño óptimo. Sus numerosas imperfecciones
son bien conocidas, y reflejan el carácter acumulativo y no dirigido de la
evolución por selección natural que, al no tener propósito ni previsión, actúa
de manera miope. Muchos de los ejemplos propuestos por los defensores de la DI
se enfocan en la evolución de características que han surgido a lo largo de
innumerables generaciones, lo que dificulta su percepción a escala humana. Sin
embargo, existen abundantes evidencias científicas de procesos adaptativos que
han ocurrido en periodos de tiempo muy cortos y son claramente observables en
la actualidad. Por ejemplo, la aparición de resistencia a los antibióticos en
microbios patógenos debido a una exposición prolongada, así como la rápida
generación y evolución de nuevas variantes del virus del COVID-19. Por lo
tanto, el proceso gradual de la evolución puede manifestarse tanto en periodos
prolongados, como en lapsos de tiempo breves que permiten su observación,
documentación y estudio en tiempo real.
El tercer postulado también ha
recibido explicaciones naturales que no requieren la hipótesis de un diseñador
inteligente, o un dios encubierto. Una de ellas es el denominado principio
antrópico cuya versión débil más o menos trivial (“el universo es como lo
observamos porque de no ser así no estaríamos aquí para observarlo”) ha sido
aceptada por científicos como Stephen Hawking. En cambio, la versión fuerte
(“el universo debe poseer propiedades que permitan la existencia de la vida”)
se considera puramente especulativa y sin evidencia alguna. Hay versiones, como
la teleológica (“el universo tiene el propósito de generar vida y
consciencia”), que la gran mayoría de la comunidad científica descarta por
completo, considerándola una conjetura sin fundamento; de hecho, esencialmente
es una idea religiosa disfrazada de argumento cosmológico.
La selección natural en cuestión
Recuérdese como Richard Dawkins
resume la
grandeza de la selección natural: “Ofrece muchas explicaciones ‘de peso’
gastando poco en supuestos o postulados, te da un montón de dividendos
cognitivos por unidad explicativa, es decir, lo que explica, dividido por lo
que necesita suponer para explicarlo, es grande”. Aunque las pruebas que aporta
la evolución por selección natural son abrumadoras, hay quien la pone en duda.
En muchos lugares del mundo. EEUU es un caso a mencionar. En este país, Gallup
viene preguntando desde 1982 hasta la actualidad cuál de las siguientes
afirmaciones parece más acorde con la opinión de la persona encuestada:
a) Los seres humanos se han
desarrollado durante millones de años a partir de formas de vida menos
avanzadas, pero Dios guio este proceso.
b) Los seres humanos se han
desarrollado durante millones de años a partir de formas de vida menos
avanzadas, pero Dios no tuvo parte en este proceso.
c) Dios creó a los seres humanos en
su forma actual en los últimos 10.000 años.
A lo largo de las 4 décadas de
historia de la encuesta un 40-47% ha respondido afirmativamente a la primera
pregunta, un 30-38% a la tercera, y un 10-19% a la segunda. Es decir, más del
80% está de acuerdo con la evolución teísta y el creacionismo, mientras que
menos del 20% lo está a favor de la evolución por procesos naturales. En Europa
no hay estos descorazonadores porcentajes de teísmo y creacionismo.
Con la llegada de Trump a la
presidencia de EEUU, la investigación científica enfrenta serios retrocesos,
mientras que el obscurantismo gana terreno. No se trata solo de nombramientos
polémicos, como el de Robert
Kennedy Jr. como secretario de salud y servicios humanos, conocido por
su ferviente postura antivacunas, sino también de drásticos recortes a la
investigación científica. De hecho existe un deseo de degradar, si no eliminar,
la evidencia independiente basada en la ciencia, idea resaltada recientemente
en un editorial de la revista Nature.
El bando de religiosos y obscurantistas contra la selección natural está
cogiendo fuerzas con Trump porque, como dijo el gran especialista en
especiación Jerry Coyne: “la selección natural es revolucionaria y es
inquietante por el mismo motivo: explica el diseño aparente de la naturaleza
mediante un proceso puramente materialista que no requiere de fuerzas naturales
de creación o que guíen el proceso”. Una idea inaceptable para quienes
sostienen creencias en fuerzas divinas o sobrenaturales.
Una confusión que podemos encontrar
en más de una ocasión en ciencias sociales, o más precisamente, en algunos de
sus académicos practicantes, es cierta aprensión para aceptar el darwinismo
biológico por la supuesta conexión con el darwinismo social. La preocupación
radica en la idea de que la aceptación del primero lleva inevitablemente a
justificar el segundo. Sin embargo, pasar del primero al segundo incurre en dos
falacias íntimamente relacionadas: la falacia naturalista y la del paso del ser
al deber ser. A partir del hecho biológico de que, en la naturaleza, los
individuos mejor adaptados tienen más posibilidades de sobrevivir y
reproducirse, se concluye erróneamente que, en la sociedad, los hombres,
blancos y ricos deben ocupar las posiciones más altas en la jerarquía social,
mientras que los más débiles (mujeres, personas no blancas, pobres…) deben
estar por debajo. Es decir, no solo se describe una situación, sino que se le
otorga una justificación moral: no solamente están, sino que deben estar. El
darwinismo social ha llevado a propuestas delirantes como la de la esterilización
masiva de los pobres. Por otro lado, la falacia naturalista, aunque
distinta, comparte algunos rasgos comunes con la anterior. Sostiene que como el
darwinismo biológico es un proceso natural, también debería regir la
organización social humana. En ambos casos distorsionan la teoría de la
evolución darwiniana y la utilizan para justificar desigualdades arbitrarias.
No es “solamente” cuerpo de conocimiento,
la ciencia es una manera de pensar
No es nuestra la idea. Carl Sagan
en El mundo y sus demonios lo dijo de forma precisa: “la ciencia es
más que un cuerpo de conocimiento, es una manera de pensar”. Es cierto que los
conocimientos cada vez más sofisticados y especializados de las ciencias los
desarrollan y pulen sus cultivadores, pero la ciencia no es exclusiva de ellos,
es un método de comprender el mundo. Un especialista en biología evolutiva no
necesariamente posee conocimientos de física cuántica, del mismo modo que un
economista no tiene por qué estar familiarizado con la psicología cognitiva. Es
difícil evitar la superespecialización, pero cuando Sagan, entre otros, ha
defendido que la ciencia es una manera de pensar, se refería a algo mucho más
simple, aunque cuestionado por los adversarios de la verdad: todo depende de la
prueba. Y añadía: “la prueba debe ser irrecusable. Cuanto más deseamos que algo
sea verdad, más cuidadosos hemos de ser”. Efectivamente, no sirve cualquier
cosa. Que millones de personas aseguren haber visto ovnis, no constituye una
prueba convincente de su existencia; que muchas personas digan haber
presenciado doblar cucharas a distancia, no equivale a demostrarlo; que
millones de personas recen para curarse a sí mismos o a sus seres queridos no
aporta ninguna evidencia de que la oración tenga un efecto terapéutico (hasta
ahora los estudios realizados no ofrecen ninguna conclusión ni correlación
significativas); que muchas personas afirmen estar “profundamente convencidas”
de la existencia de una deidad no representa, en sí mismo, prueba alguna de su
existencia...
Efectivamente, todo depende de la
prueba. La ciencia las aporta, los “conocimientos alternativos” como los
citados anteriormente no, los “conocimientos” religiosos y obscurantistas
tampoco. Hay que jugar con las mismas reglas. En el ajedrez, las reglas definen
el juego. Si alguien juega de entrada con cuatro torres o 12 peones por bando,
está jugando a otra cosa. Cuando afirmamos que ocurren determinados fenómenos,
es necesario aportar pruebas; de lo contrario no es más que especular. Las
reglas deben aplicarse a todos por igual. La ciencia, a través del método
científico, establece un marco universal válido para cualquiera, sin distinción
de creencias o ideologías. Un ADN de bonobo es un ADN de bonobo para una
persona atea, chiita, hindú o cristiana. La fe católica, en cambio, solo sirve
para las personas católicas. La fe o la creencia sin pruebas, solamente sirven,
para utilizar la palabra de una forma muy laxa, a los que tienen fe. Son
construcciones privadas, no universales. En el Estado más poderoso del mundo,
organizaciones católicas como el Opus Dei y grupos evangélicos están
apoderándose de puestos clave de la esfera pública. Un ejemplo revelador fue
la aparición
en televisión del actual Secretario de Estado de EEUU, en una entrevista
sobre Ucrania y Palestina, con una cruz en la frente por el “Miércoles de
Ceniza”, un símbolo confesional católico. Esto representa un gran peligro, o
más bien una amenaza directa, para la libertad y la democracia. La ciencia, por
el contrario, es pública, universal y democrática, es conocimiento compartido
basado en reglas válidas para todos. No es conocimiento exclusivo de un club,
una religión, una fundación o una sociedad de amigos. Es una manera de pensar y
demostrar, de forma objetiva y verificable, que la verdad existe. Es un método
exigente, no exento de problemas, pero el mejor que tenemos. Sus enemigos, sin
embargo, son cada vez más poderosos. Ellos no creen en la verdad, ni en el
ámbito moral ni en el científico. Tienen a unos buenos maestros.
Daniel
Raventós Es editor de Sin Permiso. Profesor titular en la Facultad de
Economía y Empresa de la Universidad de Barcelona.
Julio Rozas Catedrático
de Genética de la Universidad de Barcelona. Director del grupo de investigación
Genómica Evolutiva & Bioinformática. Ha participado en la secuenciación y
análisis de varios proyectos genómicos en animales y plantas, y ha desarrollado
herramientas bioinformáticas para el análisis de la variabilidad del ADN.
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