Nos Disparan desde el Campanario Cómo la derecha se apropió de Antonio Gramsci… por George Hoare y Nathan Sperber
Fuente: Jacobin
Link de origen:
https://jacobinlat.com/2025/03/como-la-derecha-se-apropio-de-antonio-gramsci/
Traducción: Pedro Perucca
Inspirados por una mala
interpretación de Antonio Gramsci, los activistas de extrema derecha se pasaron
décadas intentando darle forma a los espacios intelectuales y culturales. Pero
su versión de las ideas de Gramsci omite un elemento crucial: la lucha de
clases.
En un ensayo de 1991 titulado «Winning the Culture
War: The American Cause» [«Ganar la guerra cultural: la causa estadounidense»],
el pensador conservador radical Sam Francis invocó al difunto comunista
italiano Antonio Gramsci para ofrecerle a la extrema derecha estadounidense un
camino estratégico a seguir. Criticando al establishment de su país por no
hacer «nada para conservar lo que la mayoría de nosotros consideramos nuestro
modo de vida tradicional», Francis pidió nada menos que «el derrocamiento de
las autoridades dominantes que amenazan nuestra cultura». Pero en cuanto a los
métodos políticos necesarios para llevar a cabo tal derrocamiento, admitió que
«encontraríamos poco en la teoría conservadora que nos instruyera en la
estrategia y tácticas para desafiar a las autoridades dominantes».
En su lugar, argumentó, su bando
tenía que «mirar hacia la izquierda» y, específicamente, a las ideas de Gramsci
sobre el «poder cultural» y la «contrahegemonía». Gramsci, escribió, había
subrayado la necesidad de construir «un establecimiento cultural compensatorio»
que fuera «independiente del aparato cultural dominante» y «capaz de generar su
propio sistema de creencias». Francis concluyó ominosamente: «La estrategia
mediante la cual esta nueva revolución estadounidense puede tener lugar bien
puede provenir de lo que se ideó en el cerebro de un teórico comunista
moribundo en una celda de una cárcel fascista hace 60 años».
La confianza de Francis en Gramsci,
una de las figuras más esenciales e inspiradoras del marxismo del siglo XX, fue
un acto de acrobacia ideológica atrevido, aunque descarado, para alguien que
más tarde fue destituido de su puesto de editor en el conservador Washington
Times por declaraciones racistas y que hoy es recordado como un
supremacista blanco. Sin embargo, su caso no fue ni el primero ni el más
significativo de los intentos de la extrema derecha de apropiarse de las ideas
de Gramsci.
Ya en 1955, el neofascista italiano
Pino Rauti fundó una revista política llamada Ordine Nuovo, tomando
deliberadamente prestado el nombre de la revista socialista revolucionaria que
Gramsci había lanzado en Turín tras la Primera Guerra Mundial. En las décadas
de 1970 y 1980, los miembros de la «nueva derecha» europea en Francia, Alemania
e Italia mencionaron a Gramsci y le atribuyeron sus opiniones sobre el «poder
cultural» y la «hegemonía cultural» (aunque el difunto revolucionario sardo
rara vez, o nunca, utilizó estas dos expresiones). En Estados Unidos, los
derechistas culturales como Sam Francis siguieron los pasos gramscianos de sus
homólogos europeos.
La fascinación de la extrema derecha
por Gramsci no desapareció en el siglo XXI. El filósofo autodidacta
inconformista y creador de contenido en YouTube Olavo de Carvalho,
cuyas ideas influyeron profundamente en la presidencia brasileña de Jair
Bolsonaro, de 2018 a 2022, fue descrito como «obsesionado por Gramsci». En Francia,
Marion Maréchal —nieta de Jean-Marie Le Pen, sobrina de Marine Le Pen y una
presencia en ascenso en la extrema derecha europea— declaró en 2018 que «es hora de aplicar las
lecciones de Gramsci». El actual ministro de Cultura de Italia, Alessandro
Giuli que, al igual que la primera ministra Giorgia Meloni, es un antiguo
miembro del neofascista Movimiento Social Italiano (MSI), publicó el año pasado
un libro titulado Gramsci è vivo (Gramsci está vivo).
El nacimiento del gramscianismo de
derecha
Para comprender la forma en que la
derecha se apropió de Gramsci, hay que examinar una figura fundamental, aunque
escurridiza: el escritor francés Alain de Benoist. Como principal arquitecto de
la Nouvelle Droite (Nueva Derecha) francesa en los años setenta y ochenta, de
Benoist fue pionero en la lectura selectiva y culturalista de los escritos de
Gramsci, lo que lo hizo atractivo y utilizable para posteriores generaciones de
activistas de derecha.
Al destacar solo los aspectos
culturales e ideológicos de los conceptos de Gramsci de «hegemonía» y «guerra
de posiciones», mientras descuidaba su fundamento en las relaciones de clase
antagónicas bajo el capitalismo, la interpretación que hace de Benoist despojó
al pensamiento gramsciano de su marco marxista. Del mismo modo, fue pionera en
lo que podría denominarse como «gramscianismo de derecha», una fórmula y una
estrategia distintas para participar en la política cultural desde la derecha.
Basándose en una pequeña muestra de las ideas de Gramsci, al tiempo que ocultan
su fundamento en el marxismo, los gramscianos de derecha distorsionan tanto su
pensamiento y su política que sería erróneo llamarlos «gramscianos».
A mediados de la década de 1960, de
Benoist, que entonces tenía poco más de veinte años, era un activista en los
márgenes de la derecha radical de la política estudiantil parisina, primero en
la Federación de Estudiantes Nacionalistas y más tarde en un grupo llamado
Europe-Action. Este fue un período de derrota y desmoralización para su bando
político. Estigmatizada por su colaboración con los ocupantes nazis, la extrema
derecha francesa vivió al margen de la vida electoral en la IV República
(1946-1958) y durante la presidencia del general Charles de Gaulle (1958-1969).
Aunque el propio De Gaulle procedía
de la derecha tradicionalista de antes de la guerra, fue vilipendiado por la
extrema derecha por haber aceptado la independencia de Argelia en 1962. La
tormenta política contracultural de las protestas de mayo de 1968, lideradas
por millones de estudiantes de izquierda y trabajadores en huelga, constituyó
una nueva ofensa, que puso de manifiesto la irrelevancia cultural y la
marginación política de la extrema derecha en la Francia de la posguerra.
En un intento por hacerle frente a
las circunstancias desfavorables en las que se encontraba la extrema derecha
francesa, de Benoist y sus asociados crearon el Grupo de Investigación y
Estudio de la Civilización Europea (GRECE, por sus siglas en francés) en 1968.
El GRECE no pretendía ser un partido político, sino un club intelectual, cuya
misión era participar en lo que de Benoist denominó «metapolítica»: configurar
el clima intelectual y cultural de la sociedad en lugar de participar en la
acción política directa.
El GRECE afirmaba defender las
tradiciones de la «civilización indoeuropea», identificando a numerosos
adversarios, tales como el marxismo, el socialismo, el comunismo, el
igualitarismo, el universalismo, el liberalismo, el cristianismo y el
«americanismo». En la década de 1980, contaba con unos 2500 miembros y sus
conferencias anuales podían atraer a más de mil participantes.
Gramsci sin Marx
En la década de 1970, de Benoist
comenzó a citar a Gramsci como una influencia importante, describiéndolo como
el principal teórico del «poder cultural». «En cierto modo —escribe de Benoist
en su colección Les idées à l’endroit [Las ideas en su lugar]
(1979)—, y limitándonos a los aspectos puramente metodológicos de la
teoría del “poder cultural”, algunas de las opiniones de Gramsci resultaron
proféticas». De Benoist afirmó, además: «Todas las grandes revoluciones de la
historia concretaron en el plano político evoluciones que ya
habían tenido lugar en la mente de las personas. (…). Esto es lo que el
italiano Antonio Gramsci había entendido bien».
Según de Benoist, Gramsci había
comprendido que, en una sociedad avanzada, la «transición al socialismo» no se
produce «ni mediante un golpe de Estado ni mediante una confrontación directa,
sino a través de la transformación de las ideas generales. lo que
equivale a una lenta remodelación de las mentes. Lo que está en juego en
esta guerra de posiciones es la cultura, que a su vez se
entiende como el centro de mando de los valores y las ideas». En 1981, GRECE
había adoptado plenamente esta perspectiva, organizando su conferencia anual en
torno al tema «Por un “gramcianismo de derecha”», un momento que coronó la toma
de control intelectual de las ideas del comunista italiano por parte de
Benoist.
Sin embargo, GRECE nunca logró su
ambición declarada de instalarse en las alturas dominantes de la vida cultural
francesa y redefinir el sentido común y los valores morales de la población. En
su momento de mayor influencia, a mediados de la década de 1980, los miembros
de GRECE colaboraban regularmente en la edición de fin de semana del
diario Le Figaro, una importante plataforma mediática, pero apenas
suficiente para ganar la «guerra de posiciones».
El GRECE también sufrió conflictos
internos, sobre todo porque las posiciones de Benoist se inclinaban
ocasionalmente hacia la izquierda. En la década de 1980, para consternación
generalizada de la derecha, el GRECE declaró su preferencia por la URSS sobre
los Estados Unidos en la Guerra Fría, justificando esta postura con el
argumento de que la Unión Soviética era menos favorable que los
Estados Unidos al «universalismo, igualitarismo y cosmopolitismo». Mientras
tanto, el Frente Nacional (FN) de Jean-Marie Le Pen logró sus primeros avances
electorales. A diferencia del GRECE, con sus pretensiones intelectuales y su
interés en la «civilización indoeuropea» precristiana, el FN presentó una
agenda nacionalista más convencional. A medida que algunos miembros de GRECE
desertaron hacia el FN, su enfoque «metapolítico» perdió impulso. De Benoist,
por su parte, nunca se unió al movimiento de Le Pen. En una entrevista de 2017
con Buzzfeed en su apartamento de París, afirmó que
se veía a sí mismo «más a la izquierda que a la derecha» y dijo que, si hubiera
sido estadounidense, habría apoyado a Bernie Sanders en las primarias
demócratas de 2016.
A pesar de las ambigüedades
ideológicas de Benoist, su lectura selectiva y la reutilización de las ideas de
Gramsci, en la década de 1970 dejó una huella duradera en los movimientos
radicales de derecha de todo el mundo. A raíz de GRECE, surgieron círculos
intelectuales de la «nueva derecha» en los países vecinos. En Alemania, uno de
los principales teóricos de la Neue Rechte fue Armin Mohler, un influyente
filósofo de extrema derecha de origen suizo y antiguo simpatizante nazi, que
ayudó a publicar los escritos de de Benoist en alemán. En Italia, la Nuova
Destra tomó forma en las décadas de 1970 y 1980 dentro del ala de Pino Rauti
del MSI, mezclando referencias a Gramsci con la filosofía del pensador
autodeclarado «superfascista» Julius Evola. El historiador Andrea Mammone definió a esta síntesis como una «evolización» de
Gramsci.
Batallas culturales
En Estados Unidos, el gramscianismo
de Benoist se percibe en los pasajes de Sam Francis sobre Gramsci que aparecen
más arriba. Francis comenta directamente, en el mismo texto de 1991, la forma
en que «la Nueva Derecha europea invoca explícitamente a Gramsci como fuente de
sus ideas y estrategias».
Más cerca de nuestro tiempo, en el
período previo a la victoria electoral de Donald Trump de 2016, un largo artículo de Breitbart, escrito por Allum
Bokhari y Milo Yiannopoulos, enumera a Oswald Spengler, H. L. Mencken, Julius
Evola, Sam Francis, el movimiento paleoconservador estadounidense y la Nueva
Derecha francesa como las principales fuentes de inspiración intelectual para
la «alt-right» estadounidense de la década de 2010. El propio Andrew Breitbart,
fundador de Breitbart News, fallecido en 2012, es recordado por la máxima,
también conocida como la «doctrina Breitbart», de que «toda política es
consecuencia de la cultura», una frase que se hace eco de la interpretación de
Gramsci de Benoist.
Se puede identificar un patrón común
en todo el espectro del gramscianismo de derecha: su adopción suele estar
catalizada por una sensación de derrota, real o percibida, a manos de la
izquierda. En la Europa occidental de la posguerra, la Nueva Derecha en
Francia, Alemania e Italia recurrió a Gramsci en el momento en que la extrema
derecha parecía más marginada por una izquierda ascendente, tanto política como
culturalmente. En la década de 1990, Francis vio que la cultura tradicional
estadounidense estaba bajo amenaza de destrucción.
Más recientemente, los defensores de
la derecha radical global, desde el Brasil de Jair Bolsonaro hasta la Hungría
de Viktor Orbán, hicieron hincapié en los supuestos estragos del «marxismo
cultural» en los medios de comunicación, la academia y la cultura popular.
Javier Milei, presidente argentino de derecha libertaria desde 2023, hizo un llamamiento a «luchar todos los días en
la batalla cultural» en respuesta a la izquierda «que aplica las técnicas de
Gramsci».
En Estados Unidos, el activista
pro-Trump Christopher Rufo declaró, en un libro de 2023 titulado
evocativamente America’s Cultural Revolution: How the Radical Left Conquered
Everything [La revolución cultural de Estados Unidos: cómo la
izquierda radical lo conquistó todo], que los «teóricos críticos de la raza» se
basan en Gramsci para «lograr la hegemonía cultural sobre la burocracia» y
«utilizar este poder para remodelar las estructuras de la sociedad
estadounidense». Ya sea en el París de los años 60 o en la América de los años
2020, el gramscianismo de derecha se enmarca a sí mismo como un proyecto
defensivo, engrandecedor del poder de sus oponentes de izquierda, con el fin de
adoptar una postura de resistencia legítima contra la aniquilación de sus
valores. En particular, la izquierda a la que los gramscianos de derecha de hoy
en día afirman resistir es más liberal culturalmente que de izquierda
materialmente, una distinción que no ha hecho más que agudizarse en las últimas
décadas a medida que la gobernanza neoliberal viene coexistiendo con cambios
culturales progresistas.
De las publicaciones de mierda al
patrocinio estatal
En términos de estrategia política,
el gramscianismo de derecha comprometió las energías de la extrema derecha en
los terrenos de la ideología, la teoría y la cultura. Esto implicó la creación
de asociaciones intelectuales, grupos de expertos e instituciones educativas,
como GRECE, el Seminario Thule de la Nueva Derecha Alemana o, más
recientemente, la New Century Foundation de Jared Taylor en Estados Unidos y el
Instituto de Ciencias Sociales, Económicas y Políticas (ISSEP) de Marion
Maréchal en Francia. La edición también fue fundamental en esta estrategia,
desde la revista Éléments de GRECE hasta la alemana Criticón y
la paleoconservadora estadounidense Chronicles, donde Sam Francis publicó
sus argumentos gramscianos.
Como Rita Abrahamsen y sus coautores
destacan en su libro World of the Right [El mundo de la derecha],
otro enfoque «metapolítico» estuvo en el funcionamiento de las editoriales de
derecha dedicadas a traducir y difundir textos clave, de lo que es un ejemplo
actual la editorial de habla inglesa Arktos, con
sede en Hungría, que cuenta con más de diez libros de Benoist en su catálogo.
Más allá de la elaboración de sus
propias doctrinas, el gramscianismo de derecha trató de darle forma al panorama
ideológico y cultural más amplio, especialmente a través de las redes sociales.
Como documentó Angela Nagle, los activistas pro-Trump
de la extrema derecha estadounidense —a los que ella llama «gramscianos de la
alt-light»— se apoderaron alegremente del espacio online de la década de 2010
para difundir sus ideas a un ritmo y a una escala inimaginables para los
gramscianos de la derecha parisina original de la década de 1970.
En una esfera muy diferente, en la
Italia actual, el gobierno de Giorgia Meloni nombró a antiguos miembros del MSI
en puestos de influencia cultural. Gennaro Sangiuliano, que fue ministro de
Cultura italiano de 2022 a 2024, prometió acabar con lo que calificó de
«hegemonía cultural de izquierda». Con ese fin, anunció la creación de varios
museos nuevos, entre ellos uno dedicado a la lengua italiana y otro a la italianidad,
aunque ninguno de ellos se materializó hasta ahora. El sucesor de Sangiuliano
como ministro de Cultura, Alessandro Giuli, es aún más admirador de Gramsci. Sin embargo, sigue siendo
incierto si los responsables políticos culturales posfascistas de Italia pueden
remodelar la dinámica cultural de la nación.
Los límites del gramscianismo de
derecha
¿Qué lecciones se pueden extraer de
la adopción de Gramsci por parte de la extrema derecha durante el último medio
siglo? Desde una perspectiva de izquierda, su omnipresencia entre los
archiconservadores y los antisociales rabiosos de todo el mundo desde la década
de 1970 puede parecer un acto de robo político. Peor aún, se sostuvo que la «inversión de Gramsci» desempeñó un
papel importante en los recientes éxitos políticos de la derecha radical
mundial, entre los que cabe citar las victorias electorales de Orbán, Narendra
Modi, Trump, Bolsonaro, Meloni y Milei.
Sin embargo, la idea de que algunas
corrientes de la extrema derecha actual se hayan vuelto genuinamente
gramscianas es fantasiosa. Como argumentamos en otra parte, las ideas de Gramsci
estaban impregnadas de los fundamentos del marxismo, incluida la lucha de
clases entre la burguesía y el proletariado y el papel determinante de las
configuraciones materiales en la formación y reproducción de la ideología. Este
aspecto central del pensamiento gramsciano se perdió en de Benoist y en las
generaciones de derechistas que heredaron su interpretación distorsionada de
Gramsci en lugar de comprometerse directamente con los Cuadernos de la Cárcel.
Para Gramsci, al más puro estilo
marxista, la hegemonía no era meramente cultural, sino que siempre estaba
ligada a las relaciones de clase. Es algo que se desarrolla simultáneamente en
las esferas económica, política e ideológica, lo que hace que su reducción a
«hegemonía cultural» sea una simplificación excesiva. En términos de estrategia
política, esta distorsión derechista del pensamiento de Gramsci reduce la
guerra de posiciones a una mera «batalla de ideas» o «guerra cultural», como si
la mera contestación narrativa pudiera transformar el orden social.
Confundir la política de crisis con
el éxito
Distinguir el gramscianismo de
derecha de las propias concepciones de Gramsci es una cosa; evaluar su éxito en
sus propios términos es otra. La evidencia aquí tal vez no sea tan directa como
parece, y existe el riesgo de leer la causalidad al revés.
¿Las victorias de Donald Trump en
2016 y 2024 fueron el resultado, como lo indicaría la fórmula del gramscianismo
de derecha, de que los activistas culturales de derecha cambiaron con éxito los
valores morales y el sentido común del electorado estadounidense y
establecieron la «hegemonía cultural» en la sociedad estadounidense antes de
que él bajara por su escalera mecánica dorada? Si este fuera el caso, sin duda
halagaría el ego de los gramscianos de derecha, pero esa narrativa parece
distorsionada y simplista. En algunas cuestiones sociales importantes —incluida
la aceptación de los derechos de las personas LGBTQ y las opiniones sobre las
relaciones raciales—, las encuestas de opinión muestran que los votantes
estadounidenses se alejan gradualmente de las posiciones
conservadoras y reaccionarias con el tiempo, en vez de ir hacia ellas.
Más plausiblemente, el trumpismo como
fuerza electoral y el activismo cultural de extrema derecha se desarrollaron de
forma simbiótica, alimentándose mutuamente. Ambos fueron posibilitados en
última instancia por el espacio político e ideológico creado por el descontento
popular con el statu quo socioeconómico, particularmente a raíz de la crisis
financiera de 2008 y lo sucedido durante la presidencia de Barack Obama.
Gramsci entendió que la política y la
cultura están estrechamente entrelazadas y se moldean mutuamente, en lugar de
que la política simplemente esté «aguas abajo» de la cultura. Para él, la
guerra de posiciones no consistía solo en ejercer influencia sobre los medios
de comunicación, la educación, la ciencia, la religión, la alta cultura y las
artes, por muy importantes que fueran estas instituciones de la «sociedad
civil». Fundamentalmente, también significaba construir y dirigir
organizaciones de masas capaces de sostener la movilización política de la
clase trabajadora.
En todo caso, la izquierda haría
mejor en inspirarse en el ejemplo y el pensamiento del propio Gramsci, en lugar
de intentar emular a los gramscianos de derecha.
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