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domingo, 13 de agosto de 2017

El Prometeo Fabrice.. (cuando el arte explica)




El Prometeo Fabrice

Sin prevenciones Fabrice encadenó su decoro al escritorio en donde reposaba desde hacía varios meses el vetusto ordenador personal, incluyó los épicos cronopios que durante los últimos cinco años apuntara al margen del texto cardinal y comenzó a bocetar su íntimo culto a Prometeo, acaso una peculiar metamorfosis, procurar reconocerse como invención y novedad. Dejó parcialmente de lado las vulgaridades ligadas al sentido común como ser ordenar prendas en las maletas, viajar sin carta cierta, modificar su estética, cambiar de sexo, hasta desaprender el idioma para reemplazarlo por uno extranjero, por el momento ellas no formaban parte de la fórmula. La transmutación debía incluir incisos nunca antes sometidos al escarnio que proponen tanto la controversia como la incompetencia. Por caso la memoria y la cultura, y ésta desde lo antropológico, es decir hábitos y costumbres, desde luego que las bellas artes y la ciencia no podían ni debían ser omitidas. La necesidad de deconstruirse para destruirse con eficacia sin llegar al absurdo límite de un no retorno, para más tarde y como final de juego volver a construirse metódicamente sin dejar inciso de lado.

Durante las primeras semanas Fabrice inició el proceso escrutando su moral y su ética. El asunto no hendía por exhibirse banalmente despiadado, era necesario internalizar la perversión hasta ubicarse dentro de los mundos de la psicopatía más extrema, ausente de toda conciencia y vergüenza. Cada acción debía ser minuciosamente pensada, desde el sabotaje a las instalaciones de las viviendas linderas, pasando por la desaparición de las mascotas de sus vecinos hasta la propia muerte de algún parroquiano de la cuadra. Y siempre, como eficaz coartada, exponiendo su agradable imagen como auxilio y testimonio del acertijo a descifrar. Una vez concluida la primera etapa el devenir fue más sencillo debido a que la moral, usualmente, acostumbra a podar nuestros más bajos instintos. Sin su onerosa carga la espontaneidad afloraría naturalmente.

Los seis meses siguientes los invirtió para proveerse de una dosis terminal de sentido común. Para ello y al igual que el señor Chance en el film Desde el Jardín confió en la capacidad de la televisión para que la transfusión se llevara a cabo completa y sin interrupciones. Luego de colegir sus alternativas estimó que los canales de aire de los medios corporativos serían las herramientas más  adecuadas. Su calidad de rentista e inversionista bursátil le daba la posibilidad para dedicarle tiempo completo a la empresa de modo que dividido el día en cuatro cuartos de seis horas utilizaba tres de ellos en su instrucción destinando el restante para el descanso, detalle que se reservaba a partir de las dos de la madrugada. La dieta alimenticia y el tabaco en cigarrillo armonizaban su praxis en función de la tarea debido a que había acordado con  Médéric, en su doble rol de primo y vecino, para encargarse de la diaria provisión según horarios preestablecidos, a cambio de una suculenta gratificación semanal, cuestión exigida por el servidor más allá de los lazos sanguíneos. El joven solo debía dejar la vianda en el segundo recinto del compartimentado zaguán de la casa, sitio en donde Fabrice disponía de una elegante hornacina religiosa que, debido a su agnosticismo, usufructuaba como buzón de correspondencia. De la bebida se hacía cargo su recoleta bodega personal, cava que supo atesorar durante los últimos diez años a razón de cinco unidades semanales, existencia sobrada si la administraba con delicadeza y moderación. Descartaba en este punto la posibilidad de una mínima claudicación gourmet.

Ser acreedor de raíces francesas extremadamente incorporadas debido a una formación muy cerrada por parte de su familia, en latitudes tan distantes como encontradas culturalmente, no dejaba de ser un dilema que Fabrice debía resolver con idéntico afán. La poética de Artaud y de Éluard, la filosofía de  Sartre y de Camus, la música de Debussy y de Berlioz, la pintura de Delacroix y de Proudhon, la escultura de Rodin y de Claudel, debían ser borradas de su consciente y acaso lo más complejo, de su inconsciente. Sus lugares en la preferencia debían ser ocupados por expresiones de limitada complejidad, por caso literatura de escaso vuelo poético, siendo los textos de autoayuda los más aconsejables, música de rítmica no pensada, cumbia, acaso cuarteto, plástica paisajística sin doble lectura, formarían el índice de su nuevo catálogo.

Finalizó los dos últimos meses de su primer año de abjuración individual mutando sus linajes y elegancias por prendas rústicas y de avería, pero sin exagerar. Aún así sentía que no estaba preparado, intuía que apenas había cubierto menos de la mitad de la asignatura, cuestión que lo ponía bastante incómodo debido a que su nivel de exigencia consigo mismo era de una escala muy superior que para con los demás. De manera que su cuerpo Prometeo continuaba encadenado al escritorio en donde seguía reposando su vetusto ordenador personal, lo cierto es que trató de no incomodarse tratando de recordar el destino de las llaves libertarias, optó por seguir pensando las fórmulas más adecuadas y convincentes para llegar con éxito al final de su sucio sendero.

El segundo año de su programa de desleimiento personal lo comenzó soliviantando su lenguaje, tanto el oral como el escrito. En este punto estaba convencido que su misión era obtener el beneplácito interpretativo del mundo con el cual iba a interactuar de manera que necesitaba urgentemente allanar la totalidad de sus complejidades dialécticas y si era posible derrocarlas desde todos los planos sanchopancescos posibles de modo evitar cualquier tipo de renacimiento o insurgencia imprevista. Lo que Fabrice desconocía es que dicha empresa le llevaría treinta meses de constante y esforzado estancamiento intelectual debido a que previamente era menester derretir su raciocinio hasta la mínima expresión ya que el lenguaje en gran medida es el vocero del pensamiento.


Pasados casi cuatro años consideraba que la contrahecha obra ya estaba coronada desde la praxis. El Prometeo Fabrici gozaba de las mieles de la vulgaridad sin corduras tal cual el plan que había proyectado cuando varios adherentes encumbrados del distrito ligados a la Unión Cívica Republicana y Liberal le habían ofrecido ser candidato a la intendencia en los venideros comicios. Conforme todas las pericias efectuadas y garantizadas el Prometeo se desencadenó de su escritorio, se miró con detalle al espejo, acomodó el teclado de su vetusto ordenador, liberó el cenicero, bebió la enésima copa de vino del día y comenzó a redactar en Arial 16 y a doble espacio su primer discurso de campaña.

Gustavo Marcelo Sala





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