Nos Disparan desde el Campanario... «Hitler era un delincuente holgazán que dormía hasta el mediodía»... por Philipp Ruch

 

¿Por qué es erróneo la mayor parte de lo que creemos saber sobre el auge de los nazis?

 

Fuente: Sin Permiso

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En un nuevo libro, Der Rückfall (La recaída), el artista y escritor alemán Philipp Ruch sostiene que analizar el ascenso del NSDAP de Hitler a través del prisma del Tercer Reich ha distorsionado nuestra comprensión del éxito electoral del fascismo. Le entrevista Philip Oltermann, periodista cultural de The Guardian.

Con su colectivo artístico Zentrum für Politische Schönheit (Centro para la Belleza Política), construyeron ustedes una famosa réplica del monumento conmemorativo del Holocausto en un terreno junto a la casa de un político de la AfD [Alternative für Deutschland]. Ahora acaba de escribir un libro de historia sobre el ascenso al poder de los nazis. ¿No sabemos ya todo lo que hay que saber sobre las elecciones de 1932, el incendio del Reichstag y la Ley Habilitante de 1933?

Hace unos tres años empecé a interesarme por cómo el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán (NSDAP) de Hitler saltó a la palestra cuando Alemania aún era una democracia, porque esperaba que eso pudiera decirnos algo sobre el éxito de los movimientos de extrema derecha en la actualidad. Al examinar las fuentes históricas, me di cuenta de que las elecciones al Reichstag del 14 de septiembre de 1930 fueron, en muchos aspectos, más importantes que lo que ocurrió en 1932 y 1933. Y esperaba que fuera un caso claro y sencillo. Pero cuanto más lo investigaba, más me daba cuenta de que la mayoría de las teorías que tenemos para explicar el auge de los nazis no tienen sentido: los datos cuentan una historia completamente diferente y mucho más obscura.

¿Por qué fueron tan importantes las elecciones de 1930?

Las cifras que se escondían tras los resultados electorales eran asombrosas. En 1928, el NSDAP obtuvo 800.000 votos y 12 escaños en el Reichstag. Unas semanas antes de las elecciones de 1930, el jefe de propaganda de Hitler, Joseph Goebbels —gran maestro de las exageraciones de la Historia—, aún creía que tenían posibilidades de alcanzar, en el mejor de los casos, entre 50 y 60 escaños. Sin embargo, esa noche, los nazis obtuvieron 6,4 millones de votos y 107 escaños. Eso supone multiplicar por nueve los resultados en el espacio de dos años. En una sola noche, un pequeño partido escindido de los márgenes políticos superó a los tres partidos establecidos de la derecha —el Partido del Centro, el DVP y el DNVP— y quedó en segundo lugar, sólo por detrás de los socialdemócratas. Supuso una conmoción enorme. Fue el momento en el que una secta racista de fanfarrones y matones, un partido de chiflados absolutos, llegó a quedar políticamente legitimada.

Llama usted «partido de chiflados» al NSDAP. ¿No tenía Hitler cierto obscuro carisma?

Entre los historiadores alemanes, ésta ha sido durante mucho tiempo la teoría dominante para explicar el éxito del partido nazi: que Hitler poseía un carisma personal irresistible que cautivaba a las masas. Existe una segunda teoría muy similar, la del führerkult. Ésta sostiene que el NSDAP era tan irresistible porque contaba con un líder que respondía al anhelo de autoritarismo de los alemanes. El problema es que no he podido encontrar ninguna prueba anterior a las elecciones de 1930 que respalde esas teorías. Y es que, en 1930, todos los partidos practicaban un culto a la figura de su propio líder político, hasta los socialdemócratas. El partido nazi no tenía ningún argumento diferenciador en ese sentido. Y los propios nazis ni siquiera parecían estar totalmente convencidos del principio del Führerprinzip en esa etapa. Varias personas del partido se quejaban del culto «bizantino» a la figura en torno a Hitler, razón por la cual la campaña tampoco se centró realmente en él como personalidad. Recordemos que en 1930 Hitler ni siquiera figuraba en las papeletas, ya que no era ciudadano alemán: era un extranjero con antecedentes penales por intentar dar un golpe de Estado y que corría el riesgo de ser deportado.

Yo crecí viendo a Hitler como un monstruo, pero como un monstruo con cierto talento político. Y a partir de 1930, eso no es del todo falso. Pero si nos centramos en el periodo comprendido entre 1928 y 1930, hasta su biógrafo, Ian Kershaw, llega a la conclusión de que el éxito del NSDAP tuvo muy poco que ver con Hitler. Estaba pasando por una auténtica mala racha. En 1929 solo pronunció 29 discursos, la mitad de lo habitual, y 21 de ellos tuvieron lugar en Baviera. En 1930, Goebbels se pasó la mitad del año quejándose de las evasivas de Hitler: cuando viajó a Múnich para localizar al líder del NSDAP, ni siquiera se molestó en pasar por la sede del partido. «La dirección del Reich está en el Café Heck [el local favorito de Hitler] o en el cine», escribió Goebbels con sarcasmo. En 1930, Hitler no era un genio político. Era un delincuente holgazán que dormía hasta el mediodía.

Si no fue Hitler, ¿fue su jefe de propaganda, Goebbels, la figura clave detrás del auge de los nazis? Una explicación que se está volviendo a plantear estos días es que las crisis políticas suelen ir de la mano de las crisis mediáticas: que los nazis supieron aprovechar con maestría las nuevas formas de comunicación, como las revistas ilustradas, la radio y el cine.

Cuando hablamos de los nazis, todo el mundo tiene en la cabeza esas imágenes que apuntan a esa ingeniosa maquinaria propagandística: el mitin de Núremberg, la catedral de luz, todos esos espectáculos tan impresionantes. Y es cierto que, ya antes de 1930, Goebbels invirtió mucho esfuerzo en crear periódicos propagandísticos inspirados en formatos estadounidenses, como Der Angriff, Völkischer Beobachter e Illustrierter Beobachter. Pero la propaganda nazi de los primeros tiempos era una broma vergonzosa y de aficionados. He revisado todas las ediciones del Illustrierter Beobachter, y las imágenes que presentaban al lector eran ridículas, como las de los miembros de las SA disfrazados de soportes publicitarios. Sencillamente, no era profesional. Las cifras de ventas eran patéticas: esos periódicos no los leía nadie. Compárelo con los medios de que disponían los demás partidos: colocaban letreros de neón en las esquinas y alquilaban aviones para hacer publicidad aérea. La propaganda no explica por sí sola el éxito del NSDAP.

¿Y qué hay de la economía? La bolsa de Wall Street se había desplomado un año antes, las exportaciones alemanas se estaban hundiendo y el desempleo iba en aumento.

Siempre resulta tentador recurrir a factores económicos a la hora de explicar el auge de los movimientos fascistas. Ahora lo estamos oyendo de nuevo en Alemania: la economía se está desmoronando, los trenes no circulan con puntualidad, así que la gente volverá a caer en las garras de los fascistas. Pero si examinamos las fuentes históricas del periodo previo a 1930, llegamos a la conclusión de que los votantes no eran tan estúpidos. Tomemos como ejemplo a los desempleados. En los últimos 30 años, los historiadores han trazado un panorama bastante claro de quiénes votaban al NSDAP. Y podemos afirmar con certeza que, en las regiones donde el desempleo era elevado, el partido nazi obtenía resultados relativamente malos. En todo caso, el desempleo fue un factor que contribuyó a la resistencia antifascista. Y en cuanto a la idea de que los nazis lograron atraer a los jóvenes que votaban por primera vez, ocurre lo mismo: el NSDAP también obtuvo malos resultados en zonas con altas tasas de votantes primerizos. Los jóvenes también huían de este partido.

La crisis económica mundial puede explicar por qué el NSDAP logró duplicar su apoyo en 1932 y alcanzar el 37,3 % de los votos. Sin embargo, como explicación del incremento por nueve registrado en 1930, resulta insuficiente. El «Jueves Negro» de Wall Street no llegó de pleno a Alemania hasta julio de 1931, cuando quebraron varios bancos importantes, diez meses después de que los nazis obtuvieran 107 escaños en el Reichstag. El PIB de la República de Weimar entró en picado, con una caída del 36,6 %, sólo en el transcurso de los dos años siguientes; a finales de 1930, apenas se había reducido un 7,1 %, y no sabemos en qué medida eso se debió al resultado de las elecciones. Aquí existe el riesgo de confundir causa y efecto.

¿Y si nos fijamos, en cambio, en los partidos democráticos?

Uno de los principios fundamentales de la campaña del partido nazi era la supuesta corrupción de los partidos establecidos, pero hay muy pocas pruebas de que esto fuera realmente así. Lo más llamativo —y también lo más desconcertante— que he descubierto fue que los tres grandes partidos de derechas de la República de Weimar habían puesto al frente a figuras políticas de línea dura entre 1928 y 1929. Si los votantes hubieran estado realmente desesperados por unas políticas de derecha duras, podrían haber votado al Partido del Centro católico, al DVP [Deutsche Volkspartei] liberal-nacionalista o al DNVP [Deutschnationale Volkspartei] monárquico, todos ellos partidos en una posición privilegiada para llevar sus promesas a la práctica.

¿No experimentaron precisamente lo que muchos partidos conservadores están descubriendo ahora: que cuando copian las posiciones de la extrema derecha los votantes tienden a preferir el original?

Creo que ese es un tópico que, sencillamente, no es cierto. Porque en 1930 Hitler no era el original, sino una copia descolorida de lo que ofrecían el DVP o el DNVP. El DNVP llevó a cabo una campaña más antisemita que la de Hitler y, sin embargo, fue el mayor perdedor de las elecciones, al perder un 7,3 % de los votos. Lo que me parece mucho más importante es la credibilidad. En 1930, el DVP, de tendencia nacionalista-liberal, fue atacado por los propios periódicos de su partido por traicionar el legado de su antiguo líder, Gustav Stresemann, fallecido un año antes. No es muy diferente de la situación que tenemos ahora con los democristianos alemanes: un partido que, bajo el liderazgo de Merkel, era absolutamente centrista y logró retener a sus votantes fieles, pero que luego eligió a una figura de su ala derecha, Friedrich Merz, como nuevo líder. Y los votantes se están pasando a la AfD. Para mí, la lección fundamental es que los partidos conservadores solo pueden ganar desde el centro.

Dice usted que la credibilidad es la clave. Entonces, ¿por qué los escándalos de corrupción apenas parecen afectar a los partidos de extrema derecha modernos que más claman contra «el sistema»?

Es cierto que el NSDAP estaba en 1930 absolutamente plagado de escándalos: puñaladas por la espalda, luchas de poder, corrupción, todo el abanico. Y muchos periodistas alemanes de la época creían que solo les faltaba un escándalo más para llegar al derrumbe total. Había algunos periodistas excelentes y valientes que llevaban a cabo investigaciones realmente buenas. Pero no sirvió de nada.

Miro ahora a los partidos de extrema derecha de toda Europa y veo a periodistas encubiertos que revelan los planes de remigración de la AfD, lo que ha dado lugar a las mayores protestas de la historia alemana de la postguerra. Y este tipo de investigaciones son extremadamente importantes. Pero los partidos fascistas o de extrema derecha parecen ser inmunes a este tipo de cosas. Son como pararrayos: el escándalo es un destello de energía que los atraviesa directamente hasta llegar al suelo y luego desaparece. Un escándalo de corrupción puede dañar temporalmente a un partido, como le ocurrió al Partido de la Libertad austriaco con el «caso de Ibiza», pero cinco años después vuelven con redoblada fuerza.

Entonces, ¿por qué obtuvieron los nazis unos resultados tan buenos en 1930?

Por paradójico que parezca, podría deberse a la misma razón por la que los votantes dieron la espalda a los nazis en 1928: su propensión a la violencia. Desde que Hitler se afilió al NSDAP, no había hablado más que de una cosa: de ejecutar a sus oponentes políticos. Y el partido nazi se mantuvo absolutamente coherente en ese aspecto. En la campaña previa a las elecciones de 1930, no habló de política social, ni de construir la autobahn. Solo tenía planes de asesinato.

¿Cómo nos ayuda eso a comprender en la actualidad el auge de los movimientos fascistas o de extrema derecha?

Resulta difícil admitirlo desde una perspectiva moderna, pero la sed de violencia del fascismo histórico no lo convertía en algo repulsivo, sino extremadamente atractivo para muchos votantes alemanes. Y hoy en día estamos viendo cosas similares con la AfD, en la que las fantasías de represalias violentas parecen ser parte integral de los actos de campaña en las plazas. Estamos presenciando el envenenamiento de toda una sociedad y, como democracia, deberíamos preguntarnos si no debería aplicarse el derecho penal cuando los partidos políticos se comunican de esa manera. La comunicación es una cosa, los planes políticos son otra. El NSDAP tenía ambas cosas. Pero sabemos que la AfD es un partido radical que parece querer llevar a cabo una limpieza étnica en Alemania. Si la AfD llega al poder, una de las economías más avanzadas del mundo podría sufrir algo similar a lo que ocurrió en Bosnia y Herzegovina.


Philipp Ruch

escritor y artista de “performances” alemán, estudió en la Universidad Humboldt y trabajó en el Instituto Max Planck para el Desarrollo Humano. Fundador en 2008 del Centro para la Belleza Política, caracterizado por sus acciones radicales en espacios públicos, es autor de libros como “Schluss mit der Geduld” [“Se acabó la paciencia”] (2019) o “Es ist 5 vor 1933” [“Son las 5 de 1933”] (2024).

 

 

 


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