Fuente: Revista En El Margen
Link de Origen:
https://enelmargen.com/2026/09/03/hagamos-una-revista-por-helga-fernandez/
LA FRASE
En Argentina se dijo una frase tantas veces
que terminó por perder la gracia de la primera vez, sin dejar por eso de
decirse: hagamos una revista. Se escucha de trasnoche, con los vasos
sucios, o al salir de una clase que dejó con la sensación de que faltaba algo,
y también después de una pelea, cuando el grupo entiende que ya no puede seguir
escribiendo donde escribía. Beatriz Sarlo la escuchó con otro verbo, publiquemos,
y le encontró una traducción que es la mejor que tenemos: «hagamos política
cultural».
La frase, incluso en sus mínimas variaciones,
ya sabe lo que una de nuestras más brillantes críticas tradujo: se hace una
revista como se hace una casa, o un lío, y sin embargo nunca se dice en
singular. Por eso esa gramática ya es la primera política del asunto.
Lo primero que hace una revista, antes de
existir, es conjugar ese plural. Un libro puede escribirse contra el mundo
entero, desde una soledad rencorosa incluso; a una revista, en cambio, alguien
más tiene que levantarle la mano, poner la plata, ocuparse de la imprenta, y
discutir el nombre durante tres semanas. El nombre importa porque en él se
juega una decisión discursiva: nombrar es nombrarse, es tomar posición antes de
haber escrito una línea, y la posición se toma siempre por lo que falta. Una
revista se funda para abrir un lugar que antes no existía, una lengua que
ninguna publicación aloja, un modo de leer que en las instituciones se queda a
mitad de camino, textos que en otra parte llegarían mutilados. Antes que un
enemigo, lo que se percibe es un hueco, y lo que empuja no es la certeza de
tener razón sino la sospecha de que si no se hace ahora, con lo que hay, no se
va a hacer nunca.
Sarlo distingue dos relojes, y esa urgencia
recién reconocida es la aguja de uno de ellos. El libro no le debe tanto a la
fecha: puede tardar cinco años en aparecer, y esos cinco años no lo condenan,
aunque tampoco le aseguran nada. La revista, en cambio, trabaja con la puerta
abierta al afuera, metida en una discusión que todavía no terminó, y su
eficacia depende de que llegue mientras esa discusión sigue abierta.
Con los años, el asunto suele darse vuelta.
Esos mismos textos, que en su día llegaron tarde, se vuelven documentos. Una
tesis los indexa, los cita sobre un tema que los que escribían ahí no habrían
reconocido como propio, treinta años después de un jueves cualquiera en el que
hubo que cerrar la entrega.
La revista digital acortó esa distancia hasta
hacerla desaparecer. Un artículo se publica y ya está en línea, disponible para
el lector de esta semana igual que para el que dentro de una década busque una
palabra cualquiera en un buscador y se encuentre con él. Eso alivia, y de paso
quita una coartada que el papel sí da. Porque apoyado en esa materialidad un
texto puede envejecer sin testigos, agotado, mientras que en la pantalla queda
a la vista, expuesto en la misma vidriera desde el primer día.
Nadie escribe pensando en eso, atrapado como
está en la urgencia del momento; es el tiempo mismo el que se ocupa de mostrar
cuánto de lo que parecía exclusivo del ahora era, en realidad, trillado y
repetitivo, como los clásicos.
Las revistas que perduran son las que
atendieron los dos relojes sin darse cuenta.
MATERIA
Una revista digital pesa. No en la mano, en el
teléfono, en la carga que le mete al mes, en la paciencia. Al papel se le
concede el grano y el olor, a la pantalla se la da por inmaterial, y esa
concesión tapa lo que hay del otro lado. Alguien abre un texto en el subte y el
archivo tarda, porque pesa más de lo que la señal del túnel aguanta, y cuando
por fin aparece lo hace en una tipografía que el teléfono eligió por su cuenta,
sobre una columna cuyo ancho también decidió el teléfono, y no quien maquetó.
Dos años después el enlace que ese texto citaba ya no lleva a ningún lado, cada
septiembre vuelve la factura del dominio, y en algún momento del medio la
plataforma cambió las reglas sin avisar y desordenó lo que estaba armado.
La materia escribe. Al estencil se le rompe la plancha cerca de la copia
doscientas, y el que tipea lo sabe desde antes de sentarse, así que va
acortando la frase mientras la piensa, con un ojo en la plancha y el otro en lo
que quiere decir, hasta que ese cálculo deja de hacerse aparte y queda como
sintaxis. El papel caro trabaja por el lado del aire, que no hay, y esa falta
se mete adentro de las oraciones. En la pantalla de mano el párrafo se mide
contra el pulgar, y la nota, que en el papel se quedaba abajo esperando a que
alguien la fuera a buscar, ya no tiene pie donde quedarse, y entonces
interrumpe o se abre en otra ventana, y de cualquiera de las dos maneras le
cambia el ritmo a la frase que la llamó. Maquetar como si el lector tuviera la
revista abierta sobre una mesa es escribir contra un soporte que no está.
El resto artesanal tampoco desapareció, se corrió de lugar. Ya no está en el
doblado ni en la grapa, pero está en la noche en que alguien abre el archivo
por sexta vez para mover el interlineado un punto, lo mira, lo deja como
estaba, lo vuelve a mover, y termina decidiendo algo que ningún lector va a
saber nombrar y que igual le llega al cuerpo cuando lee. Después viene una
decisión todavía más chica, la miniatura que acompaña el envío, donde el texto
entero se juega en el segundo que otro tarda en pasar de largo. Cansa igual que
doblar, y también se hace con las manos.
UNA GENEALOGÍA DE HUECOS
La serie argentina se lee mejor como un plano
de vacantes. Nosotros, a comienzos del siglo veinte, se encontró con que
lo primero que faltaba era el plural, porque había escritores sueltos y ningún
lugar donde alojarlos juntos. Durante décadas sostuvo una literatura nacional
que existía como programa mucho antes que como biblioteca. A Martín Fierro,
en los veinte, le faltaba otra cosa, un tono, y la herencia estaba ahí,
disponible, pero pesaba, y no había cómo escribir contra ella sin caer en la
solemnidad hasta que la burla se hizo método. Claridad fue a buscar
la falta al precio, con tirada alta y papel barato, porque el lector obrero ya
existía y no tenía qué comprar. Ninguna de las tres coincide con lo que su
propio editorial declaraba, y lo que cada una terminó por inventar tenía la
forma modesta de un problema material resuelto.
Sur aparece en 1931 sobre una falta de
otro orden, faltaban libros. Es revista y es también editorial, casa,
traductora, máquina de importar, todo junto, y la operación de Victoria Ocampo
consistió en eso, en traer y en traducir. Sus enemigos la leyeron como
colonialismo cultural, y algo de razón tenían, aunque esa lectura les impedía
ver lo otro, que donde había importación empezó a haber una lengua de
traducción, y con ella una biblioteca que todavía usamos. Ese movimiento,
importar y terminar escribiendo lo propio, se repite cada vez que hay ocasión,
porque nadie traduce a otro durante diez años sin que la mano se le empiece a
ir hacia lo propio.
Junto a esa figura enorme y bien vestida
aparece Contorno en los cincuenta, hecha por gente joven que
necesitaba un lugar de enunciación y se lo inventó. Los Viñas, Rozitchner,
Sebreli, Masotta. La crítica leyó ese gesto como parricidio, y la
interpretación tuvo tanto éxito que tapó lo que ahí pasaba, esos pibes querían
una crítica que cruzara literatura y política sin pedirle permiso a ninguna de las
dos, y ese cruce no existía en ningún sumario disponible. Se pelearon con lo
que había porque escribían desde un lugar que todavía estaban levantando, y la
pelea, que forma parte del gesto de fundar, se agota con él. Ninguna revista
aguanta veinte años alimentada por ese primer enojo, lo que la sostiene después
es la tarea. Sarlo lo estudió en un ensayo sobre los dos ojos de esa revista,
el ojo literario y el ojo político, que rara vez miraban al mismo tiempo el
mismo objeto, un estrabismo que la revista nunca corrigió.
Con Los Libros, a fines de los sesenta, lo que falta es vocabulario. Hay
todo un corpus, el del estructuralismo, el de Althusser, que la crítica local
todavía no sabe nombrar, atada como está al juicio de gusto, esto se lee bien o
esto se lee mal. Leer se vuelve otra cosa con ese vocabulario nuevo, un
análisis que muestra su propio método en vez de declarar un veredicto. Literal,
entre 1973 y 1977, hace un movimiento distinto y más arriesgado, no importar un
vocabulario sino fundar uno propio en el cruce, y de eso hay más adelante toda
una sección, porque ahí el psicoanálisis deja de comentar la literatura desde
afuera y empieza a escribir con ella desde adentro. Crisis prueba que
un hueco puede estar del lado del público y no de la teoría, y su formato
masivo con contenido político saca a la luz algo incómodo, que el problema del
lector no se resuelve con la buena voluntad de los que escriben. Punto de
Vista, desde 1978, abre la vacante más difícil de todas, la de un lugar donde
seguir una conversación teórica mientras afuera desaparecían personas.
Introduce a Raymond Williams y a Bourdieu, rediscute el canon, dura treinta
años. Sofía Mercader la describe como un dispositivo de política cultural, y la
palabra dispositivo es exacta, no un conjunto de textos sino un mecanismo con
efectos.
Lo que esas revistas abren tiene una forma reconocible. Un grupo se junta
alrededor de un proyecto y de una publicación, y en esa publicación consigue
darle sintaxis a algo que ya circulaba sin nombre, modos de leer, de escribir,
de mirar, que existían como incomodidad compartida o como un zumbido no
identificado y todavía no encontraban dónde decirse.
Horacio Tarcus, que fundó el CeDInCI y pasó la vida entre colecciones
incompletas y cajas húmedas, escribió una frase que alcanza a más gente de la
que él tenía en mente, «no hay izquierdas sin revistas». Podría decirse lo
mismo del psicoanálisis argentino, no hay escuelas sin ellas, ni transmisión
que se sostenga sin una publicación que le dé cuerpo, ni colectivo que
sobreviva a su propia fundación si no consigue publicar algo.
EL QUE DIRIGE TAMBIÉN COMPAGINA
Hay una expresión de Fernanda Beigel que
alguien que sostenga una revista y un sello reconoce como propia, editorialismo
programático. Estudiando a Mariátegui y las redes de Amauta, notó que en
América Latina el que dirige una revista suele vender también los libros, armar
la tipografía, militar y escribir los ensayos, todo junto. La lista se alargó
desde entonces, hasta incluir la tapa, la imagen que acompaña cada texto, las
redes, las presentaciones y los grupos de lectura, cualquier cosa con la que
una revista se siembra para existir y para seguir sosteniéndose en el tiempo.
Ese reparto que en otra parte separa al intelectual, al editor, al diseñador y a
quien se ocupa de que el texto circule, acá cae entero sobre una misma persona
cansada.
Y esa persona no está sola en el cansancio,
porque la delegación editorial hace lo mismo y tampoco cobra. Corregimos,
traducimos, discutimos qué va en el número, y lo hacemos gratis, en los pocos
entretiempos que nos quedan. Leemos un original entre dos analizantes, con
quince minutos de intervalo. Editamos en el bondi camino a la salita o al
hospital, con el celular y su riesgo de robo en la mano. Trabajar bien un ensayo
de veinte páginas con suerte lleva dos tardes, y nadie las factura.
La gratuidad tiene dos caras, y las dos
sostienen algo. Una revista sin deudas decide qué escribe sin consultarle a
nadie. Pero trabajar gratis exige tener tiempo, y el tiempo está repartido de
un modo bien poco democrático, así que la tarea termina armada con los que
pueden darse ese lujo, mientras que a esa misma hora, otros están en el cuarto
de escucha.
Ese cansancio tiene una consecuencia que no
toca al cuerpo sino a la escritura, el editorial. El texto editorial, que en
una revista europea de posguerra podía ser una formalidad, en nuestra tradición
es el lugar donde se dice el programa. Beigel discute con Sarlo sobre cuánto
peso darle a esos textos, y la discusión es viva porque toca el punto justo, un
editorial promete más de lo que el número entrega y, aun así, es el único lugar
donde el colectivo se ve llevado a decir qué quiere. Leídos en serie, quince
editoriales de una misma revista cuentan una historia que ninguno de los
ensayos publicados cuenta, la de un deseo que se articula y fracasa, y vuelve a
articularse, y vuelve a fracasar, número tras número o texto tras texto.
La otra consecuencia es, además de
económica, erótica. La gratuidad tiene un costo que no se paga en plata
sino en horas, las que hay que sacarle al descanso, a estar con otros, a nada.
Y en esos intersticios que la revista le va comiendo a la vida es donde se
chupa también la libido, así que lo que había empezado por calentura puede
terminar quemándonos.
Sin embargo seguimos. Hay una respuesta, y es
rápida, la del goce. La repetición no se interrumpe porque nadie la pidió.
Ninguna publicación salda nada, hay una locura de publicación, por eso apenas
algo sale ya está otra vez abierta la pregunta por lo que sigue, por el ahora
qué. Eso explica un poco por qué no paramos pero no explica por qué,
además, da gusto.
Al lado trabaja un placer, y tiene una forma precisa, hacer lugar para lo que
no hay. Alguien escribió algo que en ningún índice disponible entraba, y ahora
entra, y eso lo hizo un plural. Se corrige de a dos, se discute entre cinco qué
va en el número, y lo que sale lleva la marca de una conversación que ninguna
firma en solitario recoge, solo el nombre de la revista. Alojar lo que otro
pensó y verlo tomar una forma que nadie previó, sin que a nadie se le ocurra
reclamarla como propia, es un placer que se reparte entre varios, a diferencia
de lo que pasa con un libro, donde la satisfacción vuelve casi entera a un solo
autor.
Sea por número o por artículo, hay algo que no
cambia: lo que se publica junto compone un enunciado, y las ausencias hablan
igual que las presencias. Un sumario dice quiénes están y, sin decirlo, quiénes
no, y el lector atento cuenta los que faltan. Los que armamos índices sabemos
que la política de una revista se lee en el orden y en las omisiones antes que
en el editorial.
Ese hacer con otro produce lazo. Editar a
alguien deja una marca que ninguna cortesía profesional alcanza, y lo mismo
pasa cuando alguno manda una versión a las dos de la mañana y encuentra la
contestación esperando a las ocho. De ahí sale una intimidad rara, cómplice y
quizá amistosa, sostenida por una tensión que no se resuelve porque lo que la
sostiene es la construcción en sí y no que las personas se caigan bien.
La revista multiplica esos lazos entre gente que no se conocía, y ahí está lo
que garpa: la posibilidad de tratarse con otros bajo una lógica ajena al
interés y a las relaciones públicas, donde lo que se intercambia es trabajo
sobre un material común y no favores contabilizados con ningún directorio de
turno.
CUADERNOS, LITERAL, CONJETURAL
El psicoanálisis argentino también se cuenta
por revistas, y la serie se lee mejor como una sucesión de respuestas a una
sola pregunta: dónde se aloja la letra cuando lo instituido no alcanza.
La Revista de Psicoanálisis de la
Asociación Psicoanalítica Argentina, nacida a comienzos de los cuarenta, hizo
lo que hace una revista de asociación, consolidar y acreditar. El modelo tiene
su dignidad, garantiza un lugar donde publicar y configura con el tiempo un
archivo que produce autoridad. Produce también lo otro, la lengua que toda
consagración termina imponiendo, un tono de informe, prudente hasta en las
comas.
En 1971 aparece el primer número de los Cuadernos Sigmund
Freud, en torno a Masotta, con un título que ya era todo un programa,
«Temas de Jacques Lacan». La Escuela Freudiana de Buenos Aires se funda en
1974, y la revista que va a llevar su sello tiene para entonces tres años en la
calle. El grupo publica, y recién en ese trámite se institucionaliza, la
publicación es lo que lo arma. Masotta usaba la palabra congreso para nombrar
sus reuniones, la misma palabra grande de los primeros analistas, cuando
todavía no había institutos, y con eso se ponía del lado de ese psicoanálisis
sin edificio propio. En un país donde el lacanismo entraba sin universidad que
lo respaldara y sin analistas didactas que lo autorizaran, el papel impreso
funcionó como autorización, algo que a primera vista suena a provocación pero
es una crónica.
Literal, entre 1973 y 1977, hace algo más
audaz, y le alcanzan tres entregas, el número uno en 1973, el dos y tres juntos
en 1974, el cuatro y cinco en 1977. La dirigía Germán García, con Osvaldo
Lamborghini y Luis Gusmán, y en ella la literatura y el psicoanálisis dejaron
de mirarse desde afuera y produjeron un objeto híbrido al que llamaron ficción
teórica. Los textos aparecen sin firma, al modo de Scilicet, y esa
decisión formal dice más que cualquier tratado sobre el tema. Si el sujeto del
inconsciente no coincide con el individuo, poner el nombre propio arriba del
artículo ya es una impostura, y sacarlo no fue modestia, fue una manera de
leer.
Lo interesante viene después, con lo que el borramiento deja a la vista. Sacado
el nombre, el texto sigue firmado. Firma la sintaxis, firma el corte de la
frase, firma esa manera de abrir una digresión y dejarla colgando. Cualquiera
que haya leído tres páginas de Lamborghini y de Zelarrayán los reconoce sin que
nadie le sople el dato. El estilo queda, y no hay tipografía que lo borre.
Lo que importa acá no es la comedia del secreto
bien o mal guardado. Un cierto modo del nombre propio es lo que se acumula
durante una carrera, lo que termina en un currículum, y al retirarlo aparece
justamente lo que ninguna carrera puede darle a nadie. El estilo cae, no se
posee. Si el estilo es el hombre a quien uno se dirige, entonces lo que firma
un texto es su relación con un vacío, y no la identidad de quien lo
escribió. Literal armó su decisión editorial alrededor de esa idea,
sustrayendo el nombre para que apareciera el objeto.
El modelo era Scilicet, y la comparación
muestra la diferencia. En la revista de Lacan, desde 1968, se abría el índice y
había títulos sin nombre al lado, la única firma del volumen era la que faltaba
en todos los demás, la de Lacan, y el subtítulo declaraba que ahí se podía
saber qué piensa la Escuela. La elegancia del gesto, desplazar el prestigio del
autor a la Escuela, tenía su problema justo en la excepción, todos anónimos
menos uno, y ese uno señalando dónde había quedado el amo. Literal tomó
la misma forma y le cambió el destino. Sin excepción y sin Escuela a la que
atribuirle lo dicho, el anonimato no concentraba la autoridad en nadie, la
dejaba caer sobre el estilo, que fue a parar a un lugar completamente distinto
del que había ocupado en el modelo francés.
En 1983, con la democracia recién abierta,
aparece Conjetural, fundada y dirigida por Jorge Jinkis, con un consejo
donde estuvieron Luis Gusmán, Sara Glasman, Mario Levin y Juan Bautista Ritvo.
Su duración ya es un hecho notable, llegó al número cuarenta con veinte años
cumplidos, en 2003, pasó el setenta en 2023, y sigue, en un campo donde las
revistas duran lo que dura un entusiasmo. En aquel aniversario, el consejo
escribió que la revista había cumplido con lo suyo, «intervenir polémicamente»,
y dejó dicho al pasar algo más vital que esa consigna, que lo singular de la
revista no estaba en sus temas sino en sus secciones fijas, que funcionaban
como un lector crítico dentro de la propia publicación, y que una de
ellas, In fieri, obra en marcha, existía para que un trabajo pudiera
discutir a otro. Y en el primer número, en un texto llamado «Artificio del
deseo para conjeturar un estilo», Jinkis escribió sobre la transmisión algo que
hoy funciona como advertencia para cualquiera que publique, que ella no gobierna
sus efectos y que la apropiación puede darse en cualquier parte. Publicar es
soltar eso, el control sobre lo publicado, y ese riesgo es también su razón de
ser. Lo que no admite una mala lectura no fue publicado, fue guardado bajo
llave o administrado como dictado.
Sitio, Descartes, Redes de la letra, los Cuadernos posteriores,
las publicaciones de Córdoba y de Rosario, arman una constelación que todavía
espera su historiador. Ahí está de nuevo el mismo movimiento que Sur,
las Ediciones Literales de Córdoba tradujeron litoral durante
años y terminaron escribiendo con voz propia. El psicoanálisis también entró al
castellano por esa puerta, la de alguien que en algún momento decidió que un
discurso que se hace desde el cuarto de escucha no iba a sonar a otra
lengua en la boca de quien habla y sueña en castellano argentino.
MÁQUINA DE INVESTIGACIÓN
Una revista investiga sin que nadie se lo proponga. Los textos que salen
empiezan a hablarse. Alguien lee lo que se publicó el mes anterior y no puede
evitar que eso quede en lo que escribe, y el que llega tercero ya encuentra dos
posiciones puestas sobre la mesa, entre las que tiene que abrirse camino. Nadie
organizó esa conversación, la armó el simple hecho de estar publicados en el
mismo lugar, bajo el mismo nombre, a la vista unos de otros. Eso es lo
que Conjetural nombró hace décadas con su sección en marcha, donde un
texto salía para discutir al anterior.
El roce deja marca de dos maneras. Por la cita, cuando alguien se apoya en otro
y le da consistencia a algo que ese otro había dejado planteado sin poder
sostenerlo solo, y de golpe una intuición suelta tiene dos manos. Pero también
deja marca al revés, cuando alguien escribe justo para diferenciarse del texto
vecino, y esa diferencia lo obliga a definir términos que hasta entonces usaba
sin filo. Un concepto se agudiza en el roce con el de al lado más rápido que en
la soledad de un libro, porque el vecino está cerca y contesta.
Si los textos se contestan entre ellos,
publicar sin terminar deja de ser un defecto. Alcanza con que el texto esté en
un punto donde se pueda mostrar, un tramo de una investigación larga, un
capítulo que todavía no sabe si es capítulo, una lectura fechada tal como
quedó, a mitad de camino. La entrega admite lo provisorio porque su forma misma
es provisoria, y esa licencia cambia lo que alguien se anima a escribir, el
diálogo, el fragmento, la carta, un texto que no entra en ninguna categoría y
encuentra ahí su lugar. Son hipótesis que salen a circular sin la solemnidad de
una tesis y con la ventaja de que alguien las puede contestar, conjeturas
expuestas al desmentido que a veces vuelven corregidas por la lectura de otro y
a veces se sostienen y crecen hasta volverse un libro.
La sección investiga y compone con más
precisión que el número, porque la sección también escribe. Nombrar una sección
es afirmar que ahí hay un problema, y sostener ese nombre a lo largo del tiempo
es sostener la afirmación aunque todavía falten los textos que la prueben. La
sección es una hipótesis con lugar propio.
Esto no contradice la distinción de Sarlo
entre el tiempo del libro y el tiempo de la coyuntura, la completa con un
tercero. La revista responde a la coyuntura, y una revista de psicoanálisis
también, porque hay debates públicos que la alcanzan y a los que llega o no
llega a tiempo. Pero trabaja además con otra fecha, que no figura en ningún
calendario compartido, la de lo que alguien acaba de entender. Un texto que
sale porque una lectura hecha en marzo cambió de lugar en agosto no interviene
solo en ninguna discusión abierta, interviene en un trabajo en curso, y su
momento justo es ese aunque afuera no pase nada, un tercer reloj que no le da
la hora a nadie más. Las dos fechas conviven en la misma revista, y también el
tercer reloj, aunque no siempre con el mismo peso, cada número los tiene a los
tres trabajando a la vez, y lo que varía es cuál de ellos termina imponiéndose
esta vez.
EL TIEMPO DE LA ENTREGA
Nadie lee un número uno, ni un primer texto,
como una entrega sola. Lee, sin saberlo, la promesa del dos. Una revista es
también eso, una promesa de serie, y en eso se distingue de todo lo demás que
se publica. Esa promesa instala su propio tiempo, uno hecho de plazos que se
corren y autores que desaparecen a mitad de camino, hasta que la fecha de
salida termina siendo casi mítica.
El plazo también escribe. Escribir un texto
para una fecha obliga a terminar, y el corte produce letras donde había
proyecto. Muchos ensayos existen porque un editor pidió cinco mil caracteres
para la semana que coene . La revista es una máquina de forzar finales, y en un
campo donde la escritura tiende a la infinitud melancólica del borrador
perfecto, eso es un tesoro.
Publicar por artículos, como hacen muchas
revistas digitales, no cancela la promesa sino que le cambia el reloj. La
serie, en ese régimen, se arma hacia atrás. Alguien entra por un texto que le
pasaron, lee otro del mismo lugar, y a la tercera descubre que hay treinta y
que entre ellos hay una posición. Ese descubrimiento retroactivo reemplaza lo
que ofrecía el conjunto de una vez. La edición pasa a ser construcción de
recorridos. Agrupar, marcar una serie, armar un dossier con lo que salió
suelto, dar nombre a un conjunto que nació disperso. El corte, que en el papel
venía dado por la tapa y la contratapa, hay que producirlo por otras vías.
En el margen trabaja de esa manera, texto
por texto, cada uno alojado en su sección, y cada sección abierta como una
Penélope que espera. Publicar de a un texto tiene una ventaja que el número
entero no da. La investigación se vuelve visible en el momento en que ocurre. Y
tiene un costo, que es el de la dispersión, y que se compensa con el nombre de
la sección, que actúa como hilo.
No siempre funciona. El casillero convoca lo
que va a llenarlo y no lo garantiza. Hay secciones que se abren con un nombre y
se quedan esperando, pedidos que se hacen y no vuelven, y una sección vacía
durante un año dice más de la revista que cualquier balance del comité.
Y hay un punto donde el proyecto y el soporte
terminan a las trompadas, la extensión. Los textos que publicamos son largos,
más largos de lo que una lectura en pantalla acepta sin resistencia, y esa
desproporción no es un descuido. Un ensayo que se lee entero mientras se espera
el bondi no tuvo mucho que investigar. La extensión es la marca de que ahí hubo
meses, y sostenerla en una superficie que premia lo contrario trae
consecuencias medibles, lectores que abandonan a la mitad, otros que se lo
guardan y vuelven al día siguiente, en el viaje de vuelta, para terminarlo.
Publicar largo obliga a producir las condiciones para que se lea largo, y a
cumplir la promesa de que lo que se anuncia como ensayo se comporta como ensayo
y no como una nota estirada. Y a veces ese texto va más lejos todavía.
En el margen funambulea el borde entre
revista y libro. Los textos nacen en la pantalla, provisorios, en el tiempo del
trabajo, salen cuando están en un punto donde se pueden mostrar, se rozan con
los vecinos, reciben la contestación de otro, se corrigen, y algunos, no todos,
después de ese tiempo, se acercan al público hechos de otra materia, ensayo
portátil, plaqueta, libro, tres formas de papel para tres tamaños de lo que
decantó. Un texto que apareció en la revista y sobrevivió a su propia
conversación se imprime, y al imprimirse entra en el tiempo del libro, que
existe porque hubo antes un lugar donde ese texto pudo equivocarse en público.
La dificultad práctica es constante, porque la urgencia de la entrega tiende a
comerse la lentitud del libro y la lentitud del libro tiende a apagar el pulso
de la entrega, y sostener los dos relojes en la misma casa es lo que hace que
un sello con revista no sea una editorial con un blog.
TRABAJO, EN EL SENTIDO EN QUE USAMOS ESA
PALABRA
Queda por decir cuál es el trabajo de una
revista, y para nosotros esa palabra tampoco es inocente. Trabajo del sueño,
trabajo del duelo, trabajo del análisis, en nuestra lengua trabajo no nombra el
esfuerzo de alguien sino una operación que se cumple sobre un material y lo
transforma, con o sin la intención de quien la atraviesa. El sueño trabaja con
los restos del día y devuelve otra cosa. Una revista trabaja con los textos que
le llegan, y lo que devuelve tampoco es lo que entró.
Una revista es una superficie común, y en ella
los textos que no se conocían quedan expuestos unos a otros por primera vez. El
que escribe se saca de encima el mensaje personal, porque ahora hay un tercero
en el medio. Y el conjunto, sin haberlo elegido, se encuentra conviviendo con
lo que le tocó al lado. Alguien pone un texto en esa mesa, y lo que se pone ahí
no son temas, son problemas, con lo que eso trae. La crisis de un concepto que
dejó de servir. La dificultad de una práctica que todavía no encuentra cómo
decirse. El hito que alguien quiere fijar y que otro sale a discutir. La
controversia que estaba en los pasillos y ahora tiene fecha y firma. Una
revista de temas se lee como un catálogo. Una de problemas y zumbidos que
todavía buscan su tono incita a tomar partido, y por eso vuelve a tener los
mismos lectores, número tras número.
De ahí que la revista no sea un contenedor de
textos ni un medio de difusión. Entre el que escribe y el que lee se interpone
esa mesa, que no pertenece a ninguno de los dos y que autoriza y corresponde el
intercambio. Sin ella, el texto va del autor al lector como un mensaje
personal, con toda la carga de demanda que eso implica. Con ella, el texto
adquiere una impersonalidad mínima que lo hace transitable. El lector puede rechazarlo
sin rechazar a nadie. El autor puede sostenerlo sin estar rogando.
La revista, en el campo analítico, ofrece un
tercero. Esa es la función que cumple, y también el peligro que corre.
Cuando la revista se vuelve el órgano de una sola voz, deja de ser tercero y
pasa a ser altavoz. El sumario se vuelve corte de admiradores, y el lector y la
lectora lo huelen en dos renglones.
LOS LECTORES
Hablando de los lectores, hay un error
frecuente, pensar que la revista se dirige a uno que ya existe, del que habría
que conquistar una porción. Lo que pasa en las revistas que dejan algo es
distinto, ese público no existía antes y se arma con el tiempo, escribiendo
para alguien que todavía no está ahí. Si eso se sostiene unos años, ese lector
aparece, con nombre y apellido, manda un mail, propone un texto, y a los tres
números ya es parte del consejo. Ahí está la diferencia entre una revista chica
y una grande, una conoce a los suyos uno por uno, y la otra ya no puede.
La escena se repite con variaciones. Un texto
sale en un número cualquiera, sin ruido, entre otros que parecían más
importantes, y ocho meses después llega un mail desde una ciudad donde la
revista no conoce a nadie, escrito por alguno que lo leyó en el celular
mientras esperaba un turno, que lo imprimió para subrayarlo con birome, que se
lo pasó a otros tres que se juntan los martes alrededor de una mesa de cocina,
y que ahora manda un escrito propio con una nota tímida, pidiendo que lean lo
que escribió acerca de lo que le hizo pensar lo que leyó.
La revista puso una mesa y alguien se apoyó.
#
Sarlo tenía razón en traducir hagamos una
revista por hagamos política cultural. La fórmula saca a la revista
del terreno de lo personal, y con eso le quita a la frase cualquier aire de
confesión. Nadie hace una revista para expresarse, para eso hay medios más
rápidos, más baratos y con mejor alcance.
Hacemos una revista porque alguien tiene que
hacer lo que queremos.

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