Nos Disparan desde el Campanario... El Indio, su obra: Oktubre: El manifiesto post-punk que cambió la historia del rock argentino... por José Daniel Figuera
Fuente: Jacobin
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Para entender el sismo que significó Oktubre en el mapa genético del rock argentino, hay que situarse en la atmósfera viciada de una primavera democrática que ya empezaba a mostrar sus grietas a mediados de los ochenta. Mientras el grueso de la escena nacional se debatía entre el pop de sintetizadores y la herencia del rock progresivo, Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota parieron en 1986 una obra que, lejos de buscar la luz, se hundió en las sombras de una distopía urbana y post-industrial. Grabado en los estudios Panda, este segundo álbum no fue simplemente una continuación de su debut, Gulp!, sino un salto al vacío hacia una estética post-punk y dark que capturó como nadie el desencanto de una juventud que veía cómo los sueños de libertad se estrellaban contra la realidad económica y social de la época.
La arquitectura sonora de Oktubre está cimentada en la tensión dialéctica entre la guitarra de Skay Beilinson y la voz de un Indio Solari que, por entonces, terminaba de pulir su rol de chamán críptico de las masas. La incorporación de instrumentos como el saxofón de Willy Crook y la trompeta de Rodrigo Espina le otorgó al disco una textura sofisticada y a la vez asfixiante, donde el eco y la reverberación funcionan como un callejón oscuro sin salida. Es un álbum que suena a hierro, a cemento frío y a gases lacrimógenos, alejándose del optimismo bailable para abrazar una sonoridad que bebía tanto de Joy Division como de los ritmos cortantes que llegaban del hemisferio norte, pero pasados por el filtro inconfundible del barro rioplatense.
Líricamente, Solari construyó en este disco un rompecabezas de consignas políticas, paranoia y crónicas de una marginalidad que empezaba a asomar la cabeza. El concepto del álbum, aunque inspirado visualmente por la Revolución Rusa, no es una oda al pasado, sino una advertencia sobre el presente y el futuro. Las letras de canciones como “Fuegos de octubre” y “Música para pastillas” funcionan como flashes de una cámara fotográfica en una noche de disturbios; son imágenes fragmentadas que exigen un oyente activo, capaz de descifrar que detrás de la “liturgia ricotera” se estaba gestando una crítica feroz al control social y al fin de las ideologías tradicionales.
El arte de tapa, responsabilidad del inefable Rocambole, es quizás la imagen más icónica de la historia del rock nacional y un componente inseparable del mensaje del disco. Ese diseño monocromático, cargado de cadenas rotas, masas anónimas y banderas rojas sobre un fondo blanco y negro, le dio a Los Redondos una identidad visual que trascendió lo musical para convertirse en bandera de una nueva religión laica. La estética constructivista soviética reinterpretada desde las diagonales de La Plata dotó al álbum de un aura de peligro y mística que los medios de comunicación de la época, todavía desconcertados por el fenómeno independiente, no lograban procesar del todo.
Hablar de Oktubre es, inevitablemente, hablar de “Ji ji ji”, el tema que con el tiempo se convertiría en el himno absoluto del rock argentino y el catalizador del “pogo más grande del mundo”. Sin embargo, en el contexto del álbum, la canción es una pieza de una psicodelia oscura y paranoica que narra un descenso a los infiernos personales y químicos. Su solo de guitarra, una pieza de orfebrería de Skay, no buscaba el lucimiento técnico vacío, sino que transmitía una urgencia eléctrica que conectaba directamente con el nervio de una audiencia que ya empezaba a llenar lugares como Paladium, presagiando el estallido masivo que vendría años después.
Otras piezas fundamentales como “Preso en mi ciudad” y “Motor Psico” terminan de configurar el paisaje de alienación urbana que domina el disco. En la primera, la idea de la fama y el encierro se entrelazan con un ritmo machacante que anticipa el destino de la banda: la imposibilidad de seguir siendo una entidad oculta y subterránea. En la segunda, la exploración de la fe y el vacío espiritual en un mundo tecnificado muestra la faceta más existencialista de Solari, quien ya dominaba el arte de decir mucho sin nombrar nada directamente, permitiendo que cada seguidor proyectara sus propios miedos en sus versos.
La producción del disco reflejó también el espíritu autogestivo que siempre fue el norte de la banda y de “La Negra” Poli, la arquitecta detrás de la independencia ricotera. En un momento donde las grandes discográficas dictaban las reglas del juego, Los Redondos demostraron que se podía crear una obra maestra de alcance masivo sin claudicar ante los contratos leoninos. Esa independencia se siente en la honestidad brutal de cada track, en la libertad para experimentar con estructuras de canciones que no respetaban los cánones de la radiofórmula y en la decisión de mantener un hermetismo que solo alimentó la leyenda.
A lo largo de los diez tracks que componen la edición original, el disco no ofrece tregua ni momentos de relleno. Desde el bajo hipnótico de Semilla Bucciarelli hasta la batería precisa de Plácido Silva y el aporte rítmico de Claudio Cornelio, cada elemento está al servicio de una atmósfera de asedio. “Ya nadie va a escuchar tu remera” se erige como una burla cínica a la moda y al consumo cultural, una temática que Solari seguiría explotando, pero que aquí suena especialmente punzante en medio de la explosión del rock como producto de marketing juvenil.
Mirando hacia atrás, Oktubre fue el momento exacto en que la banda dejó de ser un secreto compartido por unos pocos iniciados en los teatros porteños para convertirse en un fenómeno sociológico. Fue el disco que le dio voz al resentimiento y a la esperanza de una clase media-baja que no encontraba representación en la estética glamorosa de otras bandas contemporáneas. La densidad de su sonido y la profundidad de su mensaje permitieron que el álbum envejeciera con una dignidad inusual, manteniendo una relevancia política y emocional que todavía resuena en las nuevas generaciones que se acercan al mito de Patricio Rey.
En definitiva, este trabajo es la piedra angular sobre la cual se edificó el imperio de Los Redondos. No es solo una colección de canciones perfectas, sino un documento histórico que captura el espíritu de un tiempo donde todo parecía posible y, al mismo tiempo, todo estaba por romperse. Oktubre sigue siendo ese disco necesario para entender la identidad argentina: una mezcla de rabia, elegancia post-punk y una poesía que, como los grandes clásicos, se vuelve más clara y más oscura a medida que pasa el tiempo, recordándonos que, aunque el fuego sea de octubre, su calor todavía nos quema.
José Daniel Figuera es escritor, profesor universitario y especialista en Literatura y Tecnología Educativa. Su obra se centra en la narrativa breve, y es autor del libro Holística y otros relatos. Actualmente se desempeña como director de la Editorial Bloghemia, desde donde promueve el talento emergente en la literatura hispanohablante, apostando por voces frescas y propuestas innovadoras.

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