Fuente: En El Margen
Link de origen: https://enelmargen.com/2026/06/26/la-maquina-y-el-disfrute-por-roque-farran/
Cuidado editorial: Julieta Lopérgolo
Imagen de portada: Lewis Hine
Un científico del más alto nivel que
trabaja en la fabricación de computadoras cuánticas contaba la otra vez que
introdujeron los datos de los problemas que venían investigando con su equipo
en una IA avanzada, y esta se los resolvió correctamente. Les ahorró así meses
de trabajo. Entonces se me ocurrió preguntarle a Gemini si esto era cierto y me
lo confirmó con varios ejemplos más de resoluciones de problemas
físico-matemáticos de antigua data y alto nivel de complejidad; también expuso
sin que se lo pidiera, en una suerte de modesta autocrítica, las limitaciones
presentes: el tiempo que implican algunos procesamientos a veces resulta mayor
y, por tanto, el gasto energético es más costoso, así como también hay algunas
dificultades técnicas en los cálculos numéricos hiperprecisos, etcétera.
Además, por mi parte había leído
recientemente a una escritora, María Sonia Cristoff, decir algo muy pertinente
sobre lo que yo mismo venía pensando al respecto. Le preguntaron justamente sobre
su uso de IA en el proceso de escritura y ella planteó una pregunta muy
sensata: “¿Por qué querría delegar en la IA algo que no solo puedo hacer sola
sino que además disfruto hacer sola? ¿Por qué querría saltearme el proceso de
escribir(1)»? Da en la tecla; el tema clave es el disfrute, no la corrección,
la eficiencia o la prontitud en la realización de la tarea. Por supuesto que
hay muchas cosas que sería deseable que las IA pudieran hacer en lugar de
nosotros, pero eso hace más apremiante la pregunta por el deseo que nos
sostiene.
A lo que nos confronta el desarrollo
acelerado de las IA que, como estamos viendo, no tienen límites en cuanto a las
posibilidades de sustitución de tareas de enorme complejidad, es a una pregunta
existencial muy básica: ¿disfrutas de lo que haces? Nos hemos
acostumbrado a la lógica del esfuerzo y de la competencia máxima como un
acicate para recibir recompensas y reconocimientos sociales, pero si las
performances en cualquier área fuesen realizables por máquinas de manera mucho
más eficiente (supongamos que se pueda resolver el problema ambiental,
colocándolas en el espacio exterior, etc.), el problema existencial que nos
plantea esto es bien simple: ¿deseas o no deseas hacer lo que haces?
Me imagino a alguien que empieza delegar
las tareas más simples y automáticas gradualmente: desde la composición o
corrección de textos, la selección de encuentros amistosos o amorosos, los
lugares adonde ir de vacaciones, las decisiones de crianza o los programas de
estudio, hasta que llega a delegar la vida entera en la IA; entonces esta
podría plantearle la pregunta ética-ontológica por excelencia: ¿quieres
que viva por ti? Y si al sujeto en el extremo de la delegación de todo no
le queda un mínimo disfrute respecto de nada, ¿por qué diablos seguiría
viviendo? Bien podría transferir su memoria y su consciencia calculista a esa
máquina y alcanzar el sueño de la inmortalidad que tanto entusiasma a los
tecnomagnates. Claro que ya no sería una vida sostenida en las fricciones y
fruiciones corporales, sino en el deslizamiento fluido de datos y elecciones
computarizadas sin demora (2).
En definitiva, la IA nos confronta
con la verdad de nuestros propios automatismos pulsionales y a la pregunta
crucial acerca de qué puede sustraerse a ellos. Aún. Luego, la organización
social entera tendría que articularse en función de esa pregunta, ya sea que se
resuelva en lo fáctico a través de una renta universal o la automatización de
las tareas indeseables. Así, entonces, finalmente la IA se muestra como la más
decisiva crítica al capitalismo: apunta a exponer su modo de goce y la
insensatez de sus premisas. Faltaría simplemente una conducción que lo diga con
todas las letras y vuelva a plantear en un programa de gobierno algo tan simple
como el disfrute de existir en común.
Referencias
María Sonia Cristoff, “La dimensión
desconocida”.
En:
27 de mayo de 2026
(2) Flor Canosa despliega esta posibilidad de sobrevida maquinal en una ficción
literaria, La segunda lengua materna (Buenos Aires, Indómita luz, 2022),
en la que el personaje principal relata que ante la separación y pérdida del
cuerpo real todas las sensaciones son como las de un miembro fantasma y se
traducen simplemente en dolor, un dolor infinito. Agradezco a Helga Fernández
por recordarme este texto; su comentario del mismo y también su lectura del
fenómeno de desimbricación del lenguaje y la carne se puede consultar
aquí: https://lacaneman.hypotheses.org/6251
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