Nos Disparan desde el Campanario... ¿Y si dejamos de premiar a los mediocres?... por Lisandro Prieto Femenía
Fuente: Bloghemia
Link de origen:
https://bloghemia.com/2026/04/y-si-dejamos-de-premiar-a-los-mediocres.html
“La mediocridad, al instalarse como norma,
convierte a las sociedades en sumas de hombres clónicos,
incapaces de reaccionar ante los desafíos”
José Ortega y Gasset “La rebelión de las masas”, 1929
La mezquindad y la mediocridad no son
simples defectos morales individuales, sino que son fuerzas corrosivas que
pueden fragmentar severamente el tejido social, minar el potencial colectivo y
fomentar la alienación de las personas. Estas actitudes, al arraigarse en las
relaciones humanas, bloquean todo tipo de cooperación puesto que desconfían del
mérito de quienes puedan llegar a tener algún talento real que no sea chupar
medias mientras que perpetúan sistemas de exclusión y envidia que atentan
contra la convivencia armónica y el desarrollo comunitario.
Entendemos la mezquindad como la
incapacidad de compartir bienes materiales, intelectuales o espirituales con
generosidad, muy propio de la gente que es profundamente antisocial.
Aristóteles ya nos advertía que la virtud de la magnanimidad es esencial para
el bienestar colectivo. Desde su perspectiva, el mezquino no solo daña a otros,
sino que se niega a sí mismo la posibilidad de trascender en comunidad: en su
expresión más extrema, se convierte en una forma de egoísmo que erosiona la
confianza y dificulta la solidaridad.
Para ilustrar el modo de vida
mediocre y mezquino, podemos recurrir a la mitología, particularmente al mito
que dio nombre al síndrome de Procusto, una metáfora tomada de los griegos
antiguos que describe una actitud común en sociedades donde la miseria humana
predomina por sobre el bien común. Procusto, reiteramos, un personaje
mitológico, era un posadero que ajustaba a la fuerza a sus huéspedes al tamaño
de su cama: si eran demasiado altos, les amputaba las extremidades; si eran
demasiado bajos, los estiraba. En términos sociales, este síndrome alude a la
tendencia de algunas personas a rechazar o limitar a aquellos que destacan o
son diferentes, por temor a que su talento, virtudes o capacidades superiores
los eclipsen.
El precitado fenómeno se observa con
frecuencia en contextos laborales, educativos y comunitarios, donde el talento
o la excelencia son percibidos no como recursos para el beneficio común, sino
como amenazas al statu quo. Al respecto, el filósofo y sociólogo Max Scheler
indicó que “la envidia social es la forma más tóxica de la mediocridad, pues
busca nivelar a todos hacia abajo, impidiendo que los mejores se desarrollen”
(“El resentimiento en la moral”, 1912). En este sentido, el síndrome de
Procusto no sólo perjudica a los individuos talentosos, sino que también
estanca el progreso colectivo al suprimir la diversidad y la innovación.
Pues bien amigos, en nuestra era de
redes sociales, el síndrome de Procusto se manifiesta en linchamientos
digitales o en críticas desmesuradas hacia quienes sobresalen en cualquier
aspecto de la vida. El anonimato cobarde y la dinámica de la virtualidad no
hacen otra cosa que amplificar el miedo al talento ajeno, transformando las
diferencias en un objeto de burla o ataque violento. Sobre este asunto en
particular, Slavoj Žižek indicaba que “el éxito de una sociedad marcada por la
envidia y el resentimiento no sólo es difícil de alcanzar, sino que se
convierte en una carga, ya que provoca el rechazo sistemático de aquellos que
se sienten amenazados por el cambio” (“Living in the End Times”, 2010).
En contraposición a la mezquindad, la
magnanimidad aristotélica se presenta como antídoto: la reflexión de
Aristóteles sobre esta actitud en su “Ética a Nicómaco” sitúa esta virtud como
una cualidad central para el florecimiento personal y social. Es que el
magnánimo aspira siempre a cosas grandes, pero lo hace desde el conocimiento
propio de su valor, evitando tanto la mezquindad como la vanagloria. Este
equilibrio es esencial para Aristóteles, pues considera que sólo quien
comprende su dignidad, puede aspirar a lo elevado sin caer en los excesos ni en
las pretensiones vacías.
Aristóteles describe al magnánimo
como alguien digno de honores, pero no como un buscador de reconocimiento a
cualquier costo. La magnanimidad es, en este sentido, opuesta a la mezquindad,
que se manifiesta en el rechazo a reconocer el valor propio o ajeno, y al mismo
tiempo, contraria a la mediocridad, que evita aspirar a lo grandioso por temor
al esfuerzo o al fracaso. Así, el magnánimo se presenta como una figura ideal
de la ética aristotélica, capaz de armonizar la virtud personal con el impacto
positivo en la comunidad.
En una sociedad marcada por la
mezquindad, la magnanimidad actúa como contrapeso necesario. Aristóteles
sugiere que el magnánimo, al conocer su valor, no necesita despreciar a otros
ni competir desde la envidia. Por el contrario, su aspiración a lo elevado
inspira y eleva a quienes lo rodean y acompañan. Esto, que parece ancestral y
pasado de moda, tiene profundas implicaciones sociales: un tejido social sano
requiere de individuos que no teman reconocer las capacidades ajenas, sino que
sepan valorarlas y cooperar para alcanzar metas comunes.
“El magnánimo parece ser alguien
digno de honores, porque aspira a las cosas grandes con base en su mérito, pero
no las busca con mezquindad, pues conoce su propio valor” (Aristóteles, “Ética
a Nicómaco”, IV, 3).
La carencia de magnanimidad en una
comunidad, entonces, da lugar a dinámicas destructivas, como el resentimiento y
el rechazo a la excelencia. Nietzsche, por ejemplo, al analizar esta misma idea
desde una perspectiva crítica, sostenía que “lo que no aprendimos de los
griegos fue la capacidad de admirar sin destruir; hoy la grandeza suele verse
como una amenaza que debe ser nivelada” (Más allá del bien y del mal”, 1886).
Evidentemente, Nietzsche ya notaba la tremenda dificultad que tiene la sociedad
de reconocer la grandeza de otros sin que ello genere rechazo o envidia, una
dificultad que la magnanimidad sí busca resolver.
“La masa odia al individuo que la
ilumina, porque éste le muestra la mediocridad de la que ella se alimenta” (F.
Nietzsche “Así habló Zaratustra”, 1883).
Por su parte, la reflexión de Hannah
Arendt sobre la desintegración del mundo común está profundamente ligada a su
análisis del egoísmo y la mezquindad como actitudes que minan el tejido social
y la convivencia política. En “La condición humana” (1958), Arendt observa que
la esfera política no es únicamente el espacio de la acción colectiva, sino
también el lugar donde los individuos se encuentran como iguales y diferentes
al mismo tiempo, compartiendo un mundo que los trasciende. Cuando señala que la
desintegración del mundo común está precedida por una actitud mezquina que
convierte al prójimo en un enemigo, Arendt está describiendo cómo el egoísmo
exacerbado rompe el equilibrio entre el interés personal y el interés
colectivo. En su análisis, la mezquindad no se limita al ámbito material, sino
que incluye una incapacidad para reconocer al otro como un igual digno de
derechos, perspectivas y contribuciones.
Recordemos que, para Arendt, la
política se fundamenta en la pluralidad, es decir, la capacidad de los
individuos para actuar juntos y deliberar sobre asuntos que afectan al bien
común. El egoísmo llevado a su extremo, asociado siempre a la mezquindad,
despoja a los ciudadanos de esta capacidad de privilegiar los intereses
individuales por encima de los colectivos.
En un contexto como el nuestro, donde
predomina esta actitud, el prójimo ya no es percibido como un compañero en la
construcción del mundo común, sino como una amenaza o un competidor. Este
proceso conduce a lo que Arendt describe como la “atomización” de la sociedad:
un estado en el que los individuos pierden el sentido de comunidad y
solidaridad, volviéndose aislados y desconfiados. La consecuencia de esta forma
miserable de vida es la desintegración del espacio público, el ámbito donde las
diferencias pueden ser negociadas y las acciones colectivas llevadas a cabo.
Sin este espacio compartido, las sociedades se fragmentan en intereses
caprichosos, incapaces de articular una visión de futuro común.
En el enfoque arendtiano, la
mezquindad no sólo bloquea la capacidad de acción colectiva, sino que también
destruye el carácter de acción misma, en tanto que la acción política es
intrínsecamente generativa, es decir, tiene el potencial de crear algo nuevo y
de transformar las estructuras existentes. Sin embargo, una actitud mezquina,
al convertir al prójimo en enemigo, paraliza esta capacidad creadora y perpetúa
la mediocridad, la inercia y el estancamiento. En este sentido, Arendt también
conecta esta actitud con la crisis de responsabilidad en las sociedades
modernas: cuando los individuos dejan de percibirse como corresponsables del
mundo común, el espacio público se vacía, y las decisiones quedan en manos de
sistemas burocráticos o autoritarios que no reflejan la voluntad colectiva.
Este vacío, queridos amigos, es una puerta abierta a la naturalización de la
tiranía.
“La desintegración del mundo común
está precedida por una actitud mezquina que convierte al prójimo en un enemigo”
(H. Arendt “La condición humana”, 1958).
Por último, es necesario que
analicemos cómo la mediocridad social instituida estructuralmente ha
establecido el precitado sistema moral improductivo del “nivelemos para abajo”.
En sociedades donde la mediocridad es premiada y predomina como norma, el
talento, la excelencia, la habilidad y la inteligencia son percibidas como
severas amenazas en lugar de oportunidades. Este fenómeno no sólo refleja una
incapacidad para gestionar la diversidad, sino también un miedo subyacente al
cambio y a lo desconocido. El resultado evidente, es una cultura que castiga la
innovación, la crítica racional y la distinción, prefiriendo la uniformidad por
sobre la capacidad.
Recordemos brevemente al filósofo
danés Søren Kierkegaard, quien al referirse al concepto de la “nivelación” en
su obra “La enfermedad mortal” (1849) sostenía que “la nivelación es una
victoria del hombre común, que busca destruir todo lo que sobresale, no por
envidia manifiesta, sino por una indiferencia que niega el valor de lo
extraordinario”. Este proceso de decadencia moral y cultural no sólo empobrece
la creatividad y la capacidad de transformación de las comunidades, sino que
también ha logrado perpetuar un estado de conformismo, donde la mediocridad se
establece como un estándar incuestionable: si no me creen, fíjense ustedes
mismos el nivel de nuestros gobernantes.
La dinámica instituida de la
“nivelación hacia abajo” implica, evidentemente, un castigo implícito al
talento y a la innovación, en tanto que aquellos que sobresalen son muchas
veces objeto de exclusión, burla, crítica o sabotaje, lo que no sólo afecta su
desarrollo individual, sino que priva a su comunidad de las posibles
contribuciones que estas personas podrían ofrecer. Al respecto, recordemos lo
que mencionamos líneas atrás sobre Žižek, quien anuncia que “en las sociedades
donde la mediocridad predomina, el talento es desactivado no a través de la
exclusión abierta y frontal, sino por la marginación sutil que trivializa
cualquier intento de transformación” (“Living in the End Times”, 2010).
El miedo al talento es, claramente,
un reflejo del temor de los mediocres a enfrentar sus propias carencias. En una
cultura donde la banalidad es la reina y rectora de la cultura y la política,
la diferencia se interpreta como una amenaza porque evidencia las limitaciones
de aquellos que se conforman con lo indiscutido, es decir, con lo establecido.
Este miedo, en lugar de motivar a la mejor, no hace otra cosa que reforzar una
estructura social que desincentiva hasta el hastío la superación personal y
colectiva, consiguiendo que miles de personas a diario sostengan la tan
lamentable frase: “para qué me voy a esforzar, si es lo mismo, nadie lo nota,
nadie lo valora”. Grave error.
Nuestro desafío es, evidentemente,
superar esa realidad de la nivelación mediocre, mediante la construcción de una
cultura del reconocimiento que aniquile el individualismo violento, señale sin
pudor la inutilidad y la mala leche y proponga un nuevo esquema de valores
donde se valore y potencie el esfuerzo y el talento. Esto requiere una
reconfiguración de las dinámicas sociales, donde la diferencia no se perciba
como amenaza, sino como una oportunidad para el aprendizaje y el crecimiento
colectivo, puesto que el verdadero progreso social sólo es posible cuando tenemos
la capacidad de reconocer el talento de cada individuo como un recurso
compartido que apunta a enriquecernos a todos, si lo aprovechamos
adecuadamente.
Cierro con esto: la solidaridad y el
reconocimiento mutuo no son, solamente, principios éticos y morales valiosos,
sino también estrategias prácticas (educativas, políticas y económicas) que
fortalecen el desarrollo comunitario sostenido. La patética nivelación para
abajo es un síntoma de una sociedad que le tiene miedo a la grandeza y a la
excelencia, porque no sabe cómo integrarlas en su visión de futuro,
básicamente, porque no quieren tener futuro. Superar esta triste dinámica
social naturalizada exige una transformación cultural que fomente el respeto
por la inteligencia, la capacidad práctica, la creatividad y el talento al
servicio de la cooperación colectiva.
Lisandro Prieto Femenía
Filósofo, docente y escritor. Actualmente se desempeña como secretario de
la Escuela de Formación para la Gestión Educativa del Ministerio de Educación
de la provincia de San Juan. Ha sido referente jurisdiccional de Políticas
Socioeducativas (2014–2016) y es columnista en medios de comunicación de ámbito
local, regional e internacional.

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