Nos Disparan desde el Campanario... ¿Quién tiene miedo del futuro? ... por Henrique Iglecio

 

Fuente: Jacobín

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https://jacobinlat.com/2026/05/quien-tiene-miedo-del-futuro/






Contra la clausura del porvenir impuesta por las derechas, la tarea de la izquierda es volver a convertir el futuro en un territorio de lucha y deseo colectivo.


La crisis de futuridad puede definirse como el miedo, la ansiedad o la parálisis que nos afecta cuando nos sentimos imposibilitados de visualizar un futuro positivo, mejor o más seguro. Hagamos un ejercicio de simulación: imaginemos que salimos a la vía pública, a una calle o a una plaza cualquiera, y les preguntamos a los peatones: «¿Creés que el futuro será mejor que el presente?». Lo más probable es que la mayoría responda que no. No siempre fue así. Por el contrario, las generaciones inmediatamente anteriores a las nuestras —nuestros abuelos, bisabuelos y así sucesivamente— estuvieron entre las generaciones que más esperanza encontraron en el futuro en toda la historia de la humanidad.

Breve expedición al pasado

La revolución industrial fue un fenómeno social de impacto global sin precedentes en la historia de la humanidad y, por esa razón, puede analizarse desde diversos ángulos. Uno de ellos es su impacto en el imaginario social de la época. Imaginemos por un momento la conmoción provocada por la expansión ferroviaria en el siglo XIX, primero en Europa y luego en gran parte del mundo. Cientos de miles de personas pasaron a desplazarse a una velocidad antes inimaginable. Un viaje de París a Moscú que demoraba aproximadamente tres semanas, en tres décadas pasó a durar dos días. Como consecuencia, la circulación de mercancías manufacturadas y alimentos sufrió una transformación sin precedentes, provocando el desplazamiento de millones de campesinos en todo el continente. En el lapso de una generación, viajar alrededor del mundo pasó de ser una aventura casi inconcebible a convertirse en una posibilidad concreta retratada por Julio Verne en el clásico La vuelta al mundo en 80 días.

El desarrollo de la gran industria desencadenó la construcción de un nuevo protagonista en la escena de la historia: la clase obrera industrial. Nunca antes en la historia de la humanidad se había concentrado tanta gente como entonces en el Reino Unido, Berlín o Petrogrado. Casi de repente, grandes metrópolis comenzaron a multiplicarse por el mundo.

En la misma época fueron creados los abuelos de los teléfonos, los telégrafos, que inauguraron la era de la comunicación casi inmediata a larga distancia. La información sobre el resultado de una elección, de una batalla en una guerra, de un partido de fútbol, o incluso sobre el nacimiento o la muerte de un pariente, que antes se recibía en días o semanas, comenzó a llegar en minutos. Los primeros aviones empezaron a levantar vuelo y la humanidad inició su conquista de los cielos. Los automóviles comenzaron a producirse en números cada vez mayores y el uso de la electricidad avanzó año tras año. Esta revolución tecnológica produjo una contracción espectacular del espacio-tiempo: todo era cada vez más rápido, todo evolucionaba de manera permanente.

Este fenómeno mundial no se desarrolló solamente en el campo energético y de las comunicaciones. Otras áreas del conocimiento también vivieron saltos cualitativos. En el siglo XIX, Pasteur demostró que los microorganismos causaban enfermedades, permitiendo así el desarrollo de vacunas. Los métodos de antisepsia comenzaron a utilizarse en las cirugías. Los avances en las ciencias biomédicas produjeron un aumento de la expectativa de vida de la humanidad, aunque con enormes desigualdades raciales, de clase y regionales, de una magnitud inédita y arrolladora. Solo en un caldo cultural como ese la visionaria escritora Mary Shelley pudo imaginar la primera obra de ciencia ficción de la historia y bautizarla El moderno Prometeo, Frankenstein, en la que, a partir de la tecnología y la electricidad, un médico logra dar vida a una criatura hecha de fragmentos de cuerpos humanos.

Pero los grandes acontecimientos de los siglos pasados no se restringieron a la ingeniería, las biociencias y la física. También hubo una contracción del espacio-tiempo político y social con un impacto incalculable en la historia. La Revolución francesa y la Revolución haitiana movieron las placas tectónicas geopolíticas del mundo y agitaron la imaginación popular con la poderosa idea de que era posible derrotar a la monarquía, la colonización y la esclavitud. En 1871, la Comuna de París mostró que la burguesía y la monarquía, incluso unidas, podían ser desafiadas. En 1917, la clase obrera rusa demostró que esa alianza podía ser derrotada definitivamente y creó la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Es evidente que ese momento no fue un camino de rosas. Por el contrario, fue durante ese período cuando presenciamos algunas de las mayores tragedias causadas por la humanidad. Formaron parte de él la violencia y los genocidios promovidos por los colonizadores en África, Asia y América Latina. También surgieron los camisas negras fascistas liderados por Mussolini y la Gestapo comandada por Hitler. Su plan de supremacía económica, geopolítica y racial, responsable en pocos años de la muerte de millones de personas, fue un proyecto que reprodujo en suelo europeo el terror colonialista que las naciones de Europa habían desarrollado durante los siglos anteriores a la Segunda Guerra Mundial.

Años después, el Ejército Rojo marchó sobre Roma y Berlín, derrotando definitivamente al nazifascismo clásico. En 1949, el campesinado chino edificó la República Popular China. En 1959, la isla rebelde de Cuba desafió al imperio «debajo de las narices» de los yanquis y construyó el socialismo latinoamericano. En 1962, los argelinos derrotaron a los franceses y conquistaron su independencia. En 1975, los vietnamitas mandaron a los estadounidenses de vuelta a casa después de casi cien años de resistencia a la opresión colonial. Al final de la década de 1960, más de un tercio de la población mundial vivía bajo regímenes socialistas. En 1979, fue el turno de los iraníes de derrotar a la monarquía servil a los estadounidenses y construir una nación soberana. También podríamos hablar de las revoluciones anticoloniales en Angola, Mozambique, Guinea-Bisáu y Cabo Verde, y de su impulso a la Revolución de los Claveles portuguesa y la caída de Salazar. Mayo de 1968 y la Revolución Sexual quizá hayan sido el último impulso del siglo que creyó en el futuro.

No se trata de idealizar el pasado ni de imaginar que las generaciones anteriores creyeran que el camino hacia un futuro mejor sería sereno y tranquilo. Sabían que sería tortuoso, trágico, atravesado por sacrificios, guerras y miseria. Pero existía un imaginario común que, de algún modo, ligaba la idea de futuro con la idea de progreso.

No hay alternativa

Toda esa epopeya popular que la humanidad atravesó durante los últimos siglos vive hoy un momento de profunda depresión. El ímpetu transformador que produjo esa aventura parece estar temporalmente bloqueado. Sin embargo, esto no ocurrió por casualidad: fue el resultado de las derrotas de los proyectos políticos elegidos por parte de las direcciones de la clase trabajadora en su ejercicio del poder, combinadas con el éxito de un proyecto político diseñado por la clase dominante.

A finales de la década de 1970, la burguesía lanzó una ofensiva político-ideológica con el objetivo de conquistar la hegemonía: el proyecto neoliberal. Ese proyecto fue encabezado por Margaret Thatcher en el Reino Unido y Ronald Reagan en Estados Unidos, que ocupaban entonces las dos posiciones de mayor poder político en el mundo.

El neoliberalismo y el orden que consolidó son objeto de estudios profundos y debates apasionados por su amplitud política, económica e ideológica. Uno de los grandes consensos sobre el tema es que la consigna de Thatcher, There is no alternative —«no hay alternativa»—, sintetiza perfectamente los objetivos de ese proyecto. Esa lógica servía para justificar que las privatizaciones, la eliminación de derechos ya conquistados por los trabajadores, la prohibición de ampliarlos, la represión y el conservadurismo no eran una elección, sino la única opción de futuro posible.

El colapso de la URSS en 1991 coronó esa perspectiva, consolidó la hegemonía neoliberal y nos vendó los ojos para impedirnos vislumbrar el futuro. Ahora, la época de la aventura de las masas populares habría terminado. Ya no podríamos tomar el timón de la historia en nuestras manos porque, al fin y al cabo, la historia misma había terminado. Las clases populares estarían desde entonces condenadas, en el mejor de los casos, a elegir de tanto en tanto quién debía administrar la vida precaria que el capitalismo nos había impuesto. Pasamos a vivir, entonces, en la era del realismo capitalista: ya no había alternativa.

Evidentemente, ese período no transcurrió sin resistencias. América Latina, por ejemplo, fue escenario de revoluciones contra el neoliberalismo en Bolivia y Ecuador, y de la Revolución Bolivariana liderada por Hugo Chávez en Venezuela. La izquierda latinoamericana derrotó al ALCA y Cuba se mantuvo en pie. La llamada ola rosa eligió presidentes de izquierda en Brasil, Ecuador, Bolivia, Paraguay y varios otros países. Pero, por heroico que haya sido ese proceso, se trató de una contratendencia en el escenario internacional.

Demasiado grandes para caer

La crisis de 2008 puso en cuestión algunos pilares del neoliberalismo. Las grandes potencias mundiales inyectaron cantidades inimaginables de dinero público en algunas de las instituciones financieras más ricas del mundo para evitar que quebraran, aunque ellas mismas fueran las principales responsables de la crisis. La hipocresía del laissez-faire, la no interferencia del Estado en la economía, quedó descaradamente expuesta ante todo el mundo.

La inyección de billones de euros y dólares en el rentismo generó una reacción posterior de austeridad. Si los Estados nacionales más ricos del mundo se habían endeudado donando dinero a las personas más ricas del mundo, ahora, en Europa, en Estados Unidos y en todo el planeta, la solución sería «ahorrar» eliminando derechos básicos de la clase trabajadora o impidiendo su implementación: jubilación, educación, salud, saneamiento básico, seguridad alimentaria, seguros de desempleo, etc.

La lucha contra esos planes de austeridad fue responsable de la última gran ola de movilizaciones que conoció el mundo. La Primavera Árabe, las jornadas de junio de 2013, las luchas de la juventud griega y española, entre muchas otras, nos permitieron, aunque fuera por algunos instantes, ver en el horizonte nuestro futuro.

Esa crisis económica aceleró la germinación de otras crisis, entre ellas la crisis climática, la crisis del sistema mundial de Estados y la crisis del sistema político. Paulatinamente, la idea de un no futuro, de una estancación precaria neoliberal, comenzó a ceder lugar a la idea de un futuro cada vez más apocalíptico. Las películas sobre el «fin del mundo» por la proliferación de zombis, un virus o la radiación ya existían desde hacía décadas, pero nunca fueron tan consumidas, generalizadas y, en cierto modo, reificadas como en los últimos quince años. No es casual que al abrir una plataforma de streaming hoy podamos tener la impresión de que solo existe ese género. El mundo está mal y solo puede empeorar.

El surgimiento de una alternativa catastrófica

La consecuencia más importante de esta crisis fue el surgimiento de una nueva especie política, un monstruo que, después de algunos años de intenso debate en la izquierda, recibió el nombre de neofascismo. Movilizando ideas de violencia, limpieza étnica, odio y resentimiento, en la última década se convirtió en la fuerza política más dinámica del mundo. La elección de Trump en 2016 y la campaña xenófoba del Brexit en Inglaterra fueron un hito político que inauguró una nueva era, capaz de alterar paradigmas, reorganizar el escenario geopolítico, reposicionar nuestro arco de alianzas, actualizar nuestra estrategia y subordinar nuestros movimientos tácticos.

El surgimiento y la consolidación del neofascismo, por lo tanto, no son una casualidad. Hoy es el movimiento político que, a escala internacional, mejor se posicionó frente a la crisis de la gubernamentalidad neoliberal. A partir del desgaste de los gobiernos de la derecha tradicional y de los límites de los gobiernos de izquierda, que pocas veces lograron presentarse como alternativas de largo aliento a la lógica neoliberal, cuando no sucumbieron directamente a ella, el neofascismo aparece como una promesa de movilización y pertenencia. Presenta una misión y un propósito de vida para su base social, agita su política y, cuando puede, aplica su programa. El futuro que defiende es metafísico, escatológico y cruel. Pero tiene un plan y lo viene aplicando de manera resuelta. Con eso gana terreno.

Este texto no defiende la idea de que la cancelación del futuro sea un destino irrevocable ni que estemos ante un final natural de la experiencia de las sociedades humanas. Por eso afirmamos que no estamos ante un desenlace inevitable de orden neofascista ni ante un cataclismo inminente. Por el contrario, el objetivo de este texto es afirmar que la cancelación del futuro es un proyecto político-ideológico elaborado teóricamente durante décadas, probado en la práctica en distintos países y, por ahora, victorioso. Y precisamente por eso puede ser derrotado.

Reconquistar el futuro, construir la alternativa

Contra la mentalidad individualista orientada al presente y a la inmediatez del consumo, la izquierda debe cultivar una mentalidad colectiva orientada al futuro. En el presente, por más que la ideología neoliberal y la amenaza neofascista trabajen todos los días para desviar nuestra mirada, existen inscripciones de un futuro potencial mucho mejor que el presente. En cierto sentido, necesitamos premeditar el futuro: verlo y construirlo incluso antes de que exista.

En el desarrollo tecnológico orientado por el lucro por encima de la vida, el capitalismo solo nos permite ver en el perfeccionamiento de la inteligencia artificial o de la robótica el desempleo masivo. Sin embargo, allí, por debajo de toda esa capa ideológica, existe la posibilidad de reducir la jornada laboral. Esto quiere decir que la humanidad podría tener más tiempo para alimentar su alma, para conquistar, como decía un viejo constructor de futuros, también el derecho a la poesía.

Aunque el futuro sea objeto de debates apasionados y obras de arte épicas, no existe de hecho: existe en potencia. Nuestro papel es encontrar, debajo del velo catastrófico que el capitalismo tardío ha colocado sobre nuestro horizonte, cuáles son los caminos, con qué valores, con qué programa y con qué pasado podemos fundar otro futuro.

La memoria de las experiencias socialistas del pasado, por su parte, no puede ser tratada como una hermosa pieza de museo del siglo pasado ni como parte de los regímenes de horror nazifascistas producidos en el siglo XX, como pregona la lógica neoliberal. Por el contrario, si son bien trabajadas, pulidas y criticadas, pueden formar parte constitutiva del futuro socialista que queremos. Parte de nuestra crisis de futuridad es producto de la crisis de nuestra memoria histórica.

En esta travesía, necesitaremos encontrar quiénes son los sujetos sociales y políticos que serán los arquitectos y obreros de ese nuevo mundo. A algunos de esos sujetos ya los conocemos: son los movimientos sociales que resisten al hambre, a la falta de vivienda, al envenenamiento de nuestra comida, a la destrucción de la naturaleza. En síntesis, son las organizaciones contra el capitalismo en sentido amplio.

Pero para vencer al capitalismo es indispensable la preparación estratégica. Es necesaria una comprensión flexible de la realidad, que rechace tanto la rigidez de intentar forzar los acontecimientos para que encajen en previsiones dogmáticas como el deseo espontaneísta que debilita nuestros objetivos estratégicos.

Para eso, la organización leninista, fundada en el centralismo democrático, debe operar como una herramienta de inteligencia colectiva y concentración de esfuerzos. La democracia interna es un componente determinante de ese engranaje, no porque represente al individuo dentro de la organización, sino porque impulsa la colaboración de múltiples mentes y permite que el pensamiento conjunto se traduzca en una acción eficaz y adaptable a las complejidades del escenario actual. La organización política es también una memoria colectiva que puede ayudarnos a navegar llevando consigo las lecciones del pasado y del presente.

Para vencer a la clase dominante en una época en la que prevalecen el culto a la experiencia personal individual, la opinión sin fundamento y la negación de los registros simbólicos, la teoría puede ser, más que nunca, una herramienta liberadora. En un momento de ampliación de la precariedad y del sufrimiento de las vidas humanas, contar con herramientas que nos permitan analizar escalas diferentes, para ver más allá de lo inmediatamente presente en nuestra experiencia concreta, resulta determinante para una acción política eficaz.

La teoría puede ayudarnos a liberarnos de la idea de que todas las dificultades de nuestra vida están contenidas en nosotros mismos. De ese modo podemos, por ejemplo, relacionar la epidemia de malestar y padecimiento mental que presenciamos en nuestra vida cotidiana con la realidad más amplia y sistémica de la precarización del mundo del trabajo. Al mismo tiempo, puede ayudarnos a ver quiénes son los responsables y quiénes se benefician de ella.

Esa precariedad es responsable de exacerbar un dilema que acompaña a los revolucionarios desde hace siglos: la relación entre las demandas concretas y urgentes de las clases populares y la lucha por construir otra sociedad. La «cancelación del futuro» volvió este problema todavía más dramático, porque generó dos tipos de reacciones en nuestro campo de actuación que están entrelazadas. De un lado, el conformismo según el cual la época de la aventura revolucionaria humana habría llegado a su fin y, por lo tanto, solo nos quedaría administrar el actual orden de cosas de la mejor manera posible. Del otro, la cara inversa de esa misma moneda: la melancólica declaración del socialismo inmediato, sin presentar un camino concreto que debamos seguir para alcanzarlo efectivamente.

Aquí insistimos en la conexión dialéctica entre las demandas económicas y la construcción de otra sociedad; entre la necesidad de matar el hambre y la necesidad de alimentar el alma; entre la conquista de mejoras materiales y la consolidación de ideas emancipadoras. Para nosotros, una lucha victoriosa por la vivienda tiene una importancia enorme, pero cuando viene acompañada de la conclusión, por parte de sus protagonistas, de que esa victoria solo fue posible gracias a la fuerza de su movilización, adquiere una calidad superior.

Esto es parte determinante de la lucha por la hegemonía contra el neofascismo, que atraviesa todos los campos de la sociabilidad humana. Hoy disputa centímetro a centímetro la conciencia de la clase trabajadora: predica el individualismo, la violencia, la falta de carácter y la deshonestidad. Glorifica la mitomanía y la transforma en una cualidad necesaria para «prosperar».

La defensa de los valores humanos de la colectividad contra el individualismo, de la solidaridad contra el egoísmo, de la honestidad contra la mentira utilitaria, del sacrificio en nombre de los demás contra el hiperindividualismo, son componentes indispensables de nuestra victoria.

Sin embargo, la lucha por la hegemonía social no puede tener éxito si se restringe al campo cultural. Para vencer en la guerra en la que estamos implicados, es necesaria la conquista del poder político y su ejercicio consecuente, orientado por los intereses de la hegemonía de la clase trabajadora y los valores socialistas. Es decir, la construcción de una sociedad en la que los medios de producción sean socializados, libre de opresión y explotación, y en la que las personas puedan disfrutar plenamente de su vida.

¡Para que las próximas generaciones vuelvan a desear el futuro!


Henrique Iglecio es Miembro de la Ejecutiva Nacional de Semear/PSOL (Brasil).

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