Nos Disparan desde el Campanario... No es neofeudalismo, es hipercapitalismo.. por Stephen Maher

 

Fuente: Jacobin

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https://jacobinlat.com/2026/05/no-es-neofeudalismo-es-hipercapitalismo2/


El CEO de Google, Sundar Pichai, hablando con el ícono de Google y la barra de búsqueda de fondo. Google y empresas similares no se limitan a succionar valor de las empresas productivas; construyen y operan infraestructuras que otros capitales utilizan. (Camille Cohen / AFP via Getty Images)



Traducción: Natalia López

Los gigantes tecnológicos en la cima de la economía moderna no inventaron un nuevo modo de producción: son simplemente capitalistas clásicamente explotadores.


Uno de los lugares comunes más persistentes de la izquierda es la idea de que la inversión productiva está cediendo terreno a la especulación improductiva, lo que lleva al «vaciamiento» de la economía industrial y al declive del capitalismo. Después de todo, parece obvio que los capitalistas preferirían ganar dinero fácil antes que emprender el arduo y arriesgado proceso de producir realmente algo. El neofeudalisimo está de moda.

Tales argumentos se han centrado típicamente en el supuesto papel parasitario de las finanzas y el «capital ficticio». Más recientemente, sin embargo, se han extendido para describir un emergente «capitalismo rentista», en el que la extracción de renta mediante el poder monopólico y el control del Estado ha desplazado a la producción como el medio principal a través del cual los capitalistas acumulan riqueza. En realidad, la distopía que se despliega ante nosotros no es el resultado del colapso de la lógica del capitalismo, sino la expresión directa de esa lógica.

En un artículo reciente en Sidecar, por ejemplo, Dylan Riley reitera el punto importante frecuentemente asociado con su coautor, Robert Brenner, de que «la dependencia generalizada del mercado» es la base fundamental del capitalismo. Es decir, la característica definitoria del capitalismo es que es un sistema en el que tanto la clase dominante como las masas trabajadoras dependen del mercado para su bienestar. Entre otras cosas, esto tiene implicaciones fundamentales para cómo entendemos la transición al capitalismo, resumida brevemente por Riley en el artículo. Nos lleva a centrarnos en las relaciones de producción dentro de las sociedades, en lugar de solo en sus conexiones comerciales externas con un «sistema mundial», para determinar la naturaleza de su modo de producción.

Riley insiste en que la crítica de izquierda debe dirigirse no a los capitalistas particulares y sus historias específicas de violencia, sino a la lógica del capitalismo. Sin embargo, su afirmación subsiguiente de que los capitalistas acumulan hoy riqueza cada vez más mediante la búsqueda de rentas, la extracción política y el saqueo, en lugar de la «inversión productiva», es conceptualmente confusa y carece de respaldo empírico. En efecto, estas afirmaciones están basadas precisamente en el fracaso para analizar «las dinámicas del sistema» y «sus leyes del movimiento» que él mismo, con razón, deplora.

Para empezar, uno podría preguntar: ¿cuál es la fuente de la «renta» que estos capitalistas supuestamente extraen? Para que el valor sea extraído en forma de renta, primero tiene que ser producido. La única manera de eludir este requisito sería adoptar la visión neoclásica de que el poder de fijación de precios de las empresas crea valor de la nada. Si operamos desde un marco que entiende el valor como el resultado de procesos materiales reales llevados a cabo por seres humanos reales, eso no es una explicación muy satisfactoria. La renta, junto con la ganancia y el interés, debe entenderse por lo tanto como una reclamación sobre un conjunto finito de plusvalor producido en toda la economía, como muestra Karl Marx.

Esto, a su vez, implica relaciones específicas —sistémicas— entre renta y ganancia. La renta es una deducción del producto total generado en toda la economía. Esto significa que no puede expandirse sin límite. Está limitada por lo que fue efectivamente producido. Si la renta se sustrae de la ganancia, esto solo podría llegar hasta cierto punto antes de que la producción dejara de ser viable, socavando así la fuente de la renta así como la reproducción del sistema entero. El «estímulo para la ganancia» (en términos de Marx) tiene que ser suficiente para impulsar a los capitalistas a invertir en actividades productivas, o la renta misma se vuelve imposible.

Si las actividades rentistas fueran sistemáticamente más lucrativas que la inversión productiva, entonces todos los capitalistas intentarían convertirse en rentistas, como implica Riley. Y si lo hicieran, el flujo de capital hacia estos sectores intensificaría la competencia y empujaría los rendimientos de vuelta hacia la media social. Ese es el núcleo de la teoría de la competencia en Marx y lo mismo que se encontraría en cualquier escuela de negocios: el capital sale de los sectores con rendimientos por debajo del promedio y entra en los que tienen rendimientos por encima del promedio, lo que resulta en una tendencia hacia la igualación de la tasa de ganancia. Eso no significa que las ganancias no puedan ser más altas en un sector que en otro. Solo implica que la inversión perseguirá los rendimientos más altos y que esa inversión afecta la capacidad y por lo tanto la competencia y las ganancias.

Los rendimientos persistentemente por encima del promedio requieren por lo tanto la existencia de alguna barrera a la igualación competitiva de la tasa de ganancia. Algunas empresas deben ser capaces de bloquear a otros capitales el ingreso a estos sectores como resultado de su control sobre alguna condición de producción o circulación que los demás no pueden reproducir o acceder (en otras palabras, deben poseer poder monopólico). En efecto, así es precisamente como Marx define la renta: ingreso derivado de ventajas de mercado específicas que no pueden ser eliminadas por la competencia.

Si abandonamos el vínculo de Marx entre renta y monopolio, entonces la renta puede llegar a referirse a cualquier ingreso derivado de la propiedad. Pero todos los capitalistas son propietarios y controlan condiciones de producción y circulación: fábricas, almacenes, sistemas logísticos, software, marcas, redes de clientes, patentes, sistemas de pago, plataformas, etc. Si se entiende que la propiedad por sí sola genera renta, entonces la ganancia como categoría diferenciada tiende a desaparecer completamente en la renta.

Dado todo esto, el análisis de Riley sugiere en efecto que el capitalismo está siendo reemplazado por alguna forma de «neofeudalisimo» a medida que la acumulación de riqueza mediante el «saqueo» socava la competencia y lleva a la suspensión de las «leyes del movimiento» del capitalismo.

Sin embargo, esto no funciona empíricamente. Como Scott Aquanno y yo mostramos en un artículo reciente en la Review of Radical Political Economics, las principales empresas tecnológicas que son típicamente el blanco de estos argumentos no han obtenido persistentemente ganancias por encima del promedio. Sus ganancias han gravitado en torno al promedio. Tampoco hay evidencia de que la movilidad del capital en toda la economía haya disminuido de la manera en que lo requerirían los argumentos del capital monopolista o del capitalismo rentista.

Esto significa que incluso si asumimos que las actividades de estas empresas son completamente «improductivas» (lo que en realidad no es el caso), sus ingresos no son renta. Serían más bien lo que Marx llama «ganancia comercial», o ganancia que corresponde a los capitales que desempeñan funciones de circulación y realización.

Google, Meta, Amazon y similares no se limitan a succionar valor de las empresas productivas, sino que construyen y operan infraestructuras que otros capitales utilizan para hacer circular mercancías, reducir el tiempo de rotación, realizar plusvalor y competir de manera más eficaz.

Las empresas mercantiles están disciplinadas competitivamente para mejorar continuamente —e incluso revolucionar— las condiciones de circulación. Esto incluye las infraestructuras de telecomunicaciones, almacenamiento y logística, así como la publicidad. De esta manera, el análisis de Marx del capitalismo sigue proporcionando una poderosa explicación para los rápidos procesos de desarrollo tecnológico y logístico que estamos presenciando a nuestro alrededor cada día. Lejos de apartarse de las leyes del movimiento del capitalismo, estas dinámicas son expresiones cristalinas de las mismas.

Como sugiere Riley, los capitalistas ciertamente odian la competencia. Todos quieren destruir a sus rivales y obtener poder monopólico. Pero esto simplemente no es posible. No hay manera de detener lo que Anwar Shaikh llama la «guerra entre empresas» mientras luchan por maximizar su parte del excedente social total, especialmente cuando las grandes finanzas pueden proveer a las corporaciones gigantes con la potencia de fuego necesaria para derribar cualquier barrera a la competencia en busca de ganancias por encima del promedio. La competencia no es contingente sino constitutiva del sistema.

Por último, la idea de que las corporaciones no están realizando una «inversión productiva» es simplemente un mito. Las empresas centrales del capitalismo contemporáneo están invirtiendo masivamente en capital fijo, logística, software, centros de datos, inteligencia artificial, infraestructura energética y cadenas de suministro globales. La inversión corporativa sigue siendo elevada, el gasto en investigación y desarrollo creció, la innovación tecnológica avanzó con rapidez y las empresas líderes siguen trabadas en una despiadada competencia de precios. Las teorías del monopolio tienen dificultades para explicar todas estas dinámicas.

No nos enfrentamos a un capitalismo que se desmorona o que desciende hacia el rentismo, sino a un sistema fuerte, rentable, dinámico y competitivo. Y ese es precisamente el problema.


Stephen Maher

Profesor asistente de economía en SUNY Cortland y coeditor del Socialist Register. Es coautor, junto con Scott Aquanno, de The Fall and Rise of American Finance: From J. P. Morgan to BlackRock (Verso, 2024) y autor de Corporate Capitalism and the Integral State: General Electric and a Century of American Power (Palgrave, 2022)

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