No aspiro, ni espero, ni busco, acepto aquello que me lleve por delante, si es posible que no me cause tanto daño. Por ahí el secreto de este tiempo es no salir en la búsqueda de algo, sino que ese algo se lo lleve a uno puesto y lo deposite a los empellones, cual lábil despojo, en un rincón no tan punzante. Siempre rechacé competir, me asumo incompetente, incluso dentro de estructuras en extremo altivas, en donde los egos y las motivaciones individuales por sobresalir forman parte de las relaciones, me seduce mucho más compartir.
Deambulamos dentro de una sociedad de resentimientos cruzados, por ausencia de sentimientos humanistas y comunitarios, antipatías de carácter estructural, las cuales prefiero abstenerme a la hora de energizarlas, sobre todo cuando, por caso, el porteño visualiza con fastidio al hombre del interior que va por trabajo, educación o sanación y éste a su vez está absolutamente convencido que es el único generador de riqueza pues el hombre urbano y portuario solo vive del trabajo que en el interior se produce. Menos que menos cuenta el ciudadano del conurbano "africanizado" según calificó sin rubor la mass media (quedando excluido el habitante de los country dolarizados y los barrios privados con rejas, reglas y delitos propios), detrito predilecto de ambos a la hora de la injuria.
Parece que todos somos extranjeros y vivimos de prestado dentro del mismo territorio, que todos somos un gravamen, caros y sobre los cuales no vale la pena invertir ni en salud, ni en educación, ni en seguridad, ni en infraestructura, ni en cultura, ni en información, ni en formación, ni en abrigo, ni en protección, la alteridad social le ha cedido el espacio a la empatía individual, tanto como la solidaridad moral y ética le han cedido espacio a la caridad culposa.
Tal por cual se viene a matar el hambre, o vino con una mano atrás y otra delante son argumentos recurrentes. Esta pulsión estigmatizadora y fascista tuve oportunidad de vivirla en ambos lados, como porteño, ahora y durante mis primeros 40 años de vida y también como habitante del interior durante las subsiguientes dos décadas, de manera observo que el argentino medio tiene la imperiosa necesidad de que existan ciudadanos de segunda (por eso los crea) para reafirmar sus supuestos valores superiores (que no tiene).
Le urge a nuestro pequeño burgués aspiracional tener a mano una identidad tangible para basurear, por ello crea, bajo los dominios del sentido común, estereotipos estigmatizables, imposibles de describir racionalmente bajo las reglas de la ciencia, y por eso muy fáciles de digerir.
Tal vez por eso uno se resigna al juicio ajeno, y resignarse no significa aceptarlo, sino no invertir en esfuerzos a la hora de la refutación. Así como en otros tiempos fui un muerto de hambre que huyó de Buenos Aires escapado de vaya uno a saber qué fechorías inexistentes y que arribó con una mano atrás y otra delante a un supuesto edén inmaculado e intachable, hoy y luego de treinta y seis años de aportes soy un viejo meado improductivo cuya carga tiene que ser tolerada y sostenida por una sociedad moralmente superior, cuya base es el rendimiento.

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