Revista Nos Disparan desde el Campanario Año II Nro. 44 El problema de la virtualización de la vida por Nora Merlín… invita Horacio Pili
En
un contexto de pandemia con miles de contagiados y muertos diarios, el mundo se
desorganizó en todos los aspectos: económico, sanitario, educacional, social y
político. Las costumbres se desestabilizaron y la vida, de un día para
otro reconfigurada hacia la virtualidad, exigió un inmenso esfuerzo adaptativo
de parte de una subjetividad atravesada por la angustia.
Además
de las secuelas en la salud física y mental que comienzan a visibilizarse y que
es necesario atender, hay algo muy inquietante que podemos definir como
una mutación tecno-cultural que, si bien ya se encontraba en curso, el
coronavirus precipitó y requiere ser pensada.
Nos
encontramos ante una subjetividad hablada por los medios de comunicación
concentrados y una configuración de cableados, inteligencia artificial,
binarismos y algoritmos, que se comunica cada vez más por máquinas y cada vez
menos por el encuentro de los cuerpos.
Durante
la pandemia, la cultura neoliberal en la que habitábamos se anudó a la
virtualización de la vida, esto es a la sustracción o mortificación del cuerpo
singular y social. Así planteada la vida, se inhibe la capacidad para detectar
el sufrimiento, la piel o el olor del otro y la afectación mutua de los
cuerpos, que constituye la condición fundamental del amor y la
política. El espacio virtual, imprescindible en los tiempos que corren, de
ningún modo reemplaza la potencia palpitante de los lazos presenciales. La
materialidad del cuerpo -singular y social-, sus agujeros, pliegues y
sensibilidad solo se vivifican ante la presencia de los otrxs.
El
sujeto pueblo tiene a la demanda como rasgo específico de la unidad articulatoria.
La presencia sustancial de la voz, “las voces de la calle”, constituye una
experiencia intransferible en tanto acontecimiento plebeyo temporal.
La
virtualización de la vida representa un problema sólo para el campo nacional y
popular, en tanto la ideología neoliberal, basada en el rendimiento y la
mercantilización de todo, no lo recorta como limitación o desvitalización, sino
como un progreso y una economía.
La ideología neoliberal administra determinada construcción del cuerpo asociada al organismo biológico, al individuo, la propiedad privada y el yo limitado por la piel. La ideología nacional y popular, por el contrario, promueve otra concepción: se trata de un cuerpo construido desde el Otro, que no es sin los otros. Por lo tanto, desde esta perspectiva a la que adherimos, el cuerpo es una categoría relacional, un sistema de afecciones recíprocas que testimonian el lema feminista: “Lo personal es político”.
Esta
expresión, que puso en juego la segunda ola feminista, pone de relieve las
conexiones entre la experiencia personal y las estructuras socio-políticas:
estamos hechos de mundo, entonces lo personal no es una posesión privada, sino
de todxs.
Desde
esta concepción, el cuerpo tanto singular como social se encuentra abusado por
el neoliberalismo, desvitalizado por la revolución tecnológica y agredido por
los efectos de la pandemia.
Se
han caído las antiguas creencias, certidumbres y hoy todo está en duda: desde
el libre mercado hasta la democracia, la globalización se agrieta, el Estado,
una categoría devaluada por el neoliberalismo, en la actual crisis pandémica
cobró protagonismo saliendo a salvar a los países.
En
esta coyuntura en la que hay un derrumbe de la vieja narrativa y se debe vivir
en la incertidumbre, es una obligación ética del campo popular sostener
con el cuerpo algunas certidumbres, construir un presente habitable y un futuro
posible.
Si
la izquierda no puede estar a la altura de ocupar la calle, plantear sostenes y
seguridades imprescindibles para la existencia, lo hará la derecha con su
método habitual: violencia, disciplinamiento, amenazas, miedos y “soluciones”
autoritarias.
Es
necesario, junto con la acción del Estado orientado por la ampliación de
derechos, la redistribución de la riqueza y de los medios, realizar un trabajo
de expansión cultural horizontal: participar en el sindicato, el barrio, el
club, etc.
La
izquierda no puede actuar si no es desde una acción colectiva virtual y
presencial, articulada, influyendo desde el gobierno y la comunidad; debe
fundamentalmente escuchar encontrar y demandar. Toda victoria de la izquierda
tiene como condición triunfar en la batalla cultural para incidir y ganar el
monopolio del sentido común, que es siempre conservador.
Precisamos
hacer un bloque de izquierda no testimonial, sino con vocación de poder, capaz
de abrirse a sectores feministas, progresistas, comunitarios, antirracistas,
etc.
En
contraposición a la forma de vida neoliberal y la compulsión tanática, suicida
y homicida que plantea, la política de los cuerpos es fundamental. Ante un
cuerpo abusado, desvitalizado y agredido por el anudamiento neoliberalismo,
revolución cibernética y pandemia, resulta imprescindible su restitución, su
revitalización, convirtiéndose la reconstrucción de los lazos sociales en una
forma de resistencia antifascista y en una tarea militante principal.
Nora Merlín es Psicoanalista, docente e investigadora de la Universidad de Buenos Aires. Magister en Ciencias Políticas. Autora de Populismo y psicoanálisis (Letra Viva, 2014) y de Colonización de la subjetividad. Medios masivos de comunicación en la época del biomercado (Letra Viva, 2017). Mentir y colonizar. Obediencia inconsciente y neoliberalismo (Letra Viva, 2019). Autora de innumerables publicaciones en revistas especializadas y capítulos de libros en el país y en el exterior.
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