Revista Nos Disparan desde el Campanario Año II Nro. 44 Argentina: LAS APORÍAS DEL NEODESARROLLISMO por Francisco Cantamutto y Martín Schorr
Fuente:
Sitio El Tábano Economista
https://eltabanoeconomista.wordpress.com/
…
por Francisco Cantamutto y Martín Schorr
El
gobierno asumió la Presidencia de Argentina en medio de una crisis heredada, a
la cual se sumó una crisis mundial. Ante ello, el gobierno neodesarrollista ha
tomado como mandato ordenar la macroeconomía y destinar sus esfuerzos a
maximizar la orientación exportadora de manera urgente. Al hacer esto, acepta
la especialización productiva existente, basada en ventajas comparativas
estáticas, y omite las consideraciones respecto de los actores concretos que la
personifican, el rol del mercado interno, los impactos locales y las vías no
comerciales por las cuales se fugan los recursos
El
candidato del Frente de Todos, Alberto Fernández, asumió la Presidencia de
Argentina a fines de 2019. Para entonces, la actividad económica se contraía
desde hacía dos años, mientras que las corridas cambiarias y financieras se
sucedían desde abril de 2018, elevando la inflación a niveles de tres décadas
antes, lo que produjo una severa caída del salario real y el consecuente
aumento de la pobreza. El gobierno de Mauricio Macri había colapsado con su
propio programa económico. Dejó una economía en crisis, endeudada de forma
irresponsable e insostenible, a punto tal de tener que modificar el perfil de
vencimientos de forma coercitiva (sin anuencia de los acreedores) y reinstalar
los controles cambiarios que el mismo gobierno había repudiado al asumir cuatro
años antes. La debacle socioeconómica en la que asumió el gobierno el Frente de
Todos era palmaria.
Ante
ello, la primera acción del presidente peronista, que ganó en dupla con
Cristina Fernández de Kirchner, fue convocar a la Mesa contra el Hambre, una
instancia multisectorial de diálogo para atender lo que de modo atinado se
identificó como la necesidad más urgente. Consistente con sus propuestas
programáticas previas, este mecanismo sería activado en distintas oportunidades
para fortalecer las acciones gubernamentales más allá del poder presidencial1.
Sin embargo, esta lógica incluye un elemento clave, que sostiene los argumentos
que siguen en este trabajo. Incluir a los actores ganadores de las políticas
del gobierno anterior dificultaría tanto el cambio de rumbo como la reparación
del daño causado por aquellas. La imposible promesa de que el cambio sea «con
todos» supone que nadie pierda, ni siquiera quienes ocasionaron el daño.
En
los primeros meses de gobierno se desplegaron políticas de apoyo a pymes, se
fortalecieron los controles cambiarios, se elevaron los costos de operar en
moneda extranjera y se mejoraron las políticas de precios. Muchas de estas
iniciativas se vieron afectadas por la irrupción de la pandemia de covid-19,
que obligó a tomar medidas de confinamiento y aislamiento que paralizaron la
actividad económica e intensificaron la crisis. Si bien el gobierno puso en
marcha un plan de estímulo de la economía, así como diversas medidas de
contención social, al promediar 2021 aún no se había logrado revertir los
indicadores sociales más urgentes, lo cual exacerbó el mal humor de la
sociedad.
No
evaluamos aquí la acción del gobierno en materia sanitaria, ni tampoco
minimizamos el impacto de esta doble crisis (la heredada y la global). Nuestro
foco de análisis está en ciertas continuidades que exceden a esta doble crisis
y que por su carácter programático se proyectan al futuro. Se trata de la
presión por generar excedentes por la vía de la exportación, de forma urgente y
necesaria. El gobierno de Macri lo tomaba como un rol «natural» asociado a las
ventajas comparativas estáticas del país, que el Estado debería impulsar o con
las que, al menos, no debería interferir. El nuevo gobierno peronista lo tomó
en cambio como una necesidad estructural, basada en la escasez de divisas (la
«restricción externa al crecimiento»). De este modo, lo que para la ortodoxia
es un mandato lógico, para la heterodoxia neodesarrollista aparece como una
necesidad resignada. Cualquier cambio estructural debe apoyarse en lo
existente, en especial si se trata de avanzar mediante consensos.
El
proceso de reestructuración de la deuda pública ilustra este punto. Ya en
febrero de 2020, el presidente Fernández inició una gira en busca de apoyos
internacionales, al mismo tiempo que lograba casi unanimidad en el Congreso con
la Ley de Restauración de la Sostenibilidad de la Deuda Pública. La
reestructuración demandó tiempo y esfuerzos diplomáticos, y para septiembre de
ese año se alcanzó un acuerdo con los acreedores privados. El resultado fue el
reconocimiento de bonos de cuestionada legalidad, con una quita mínima de
capital, pero también un descenso relevante de las tasas de interés y extensión
de los plazos de maduración. Esto sería similar a lo que se propone alcanzar
con el acreedor oficial más relevante, el Fondo Monetario Internacional, cuya
negociación lleva un año desde aquel hito. Hay que recordar que el organismo,
bajo la presidencia de Christine Lagarde, otorgó en 2018 un préstamo récord por
57.100 millones de dólares para apuntalar al gobierno de Cambiemos. Pese a su
retórica renovada, el FMI, al igual que los acreedores privados, no reconoce
corresponsabilidad en los préstamos, aunque sí su insostenibilidad.
A
diferencia de los privados, e incluso de otros acreedores oficiales, el FMI
puede «inducir» de forma explícita a la aplicación de ciertas políticas,
tendientes a maximizar el pago de la deuda en el corto plazo. Por supuesto,
esto hace descontar que la deuda será pagada mientras se «hacen los deberes».
La reestructuración lograda y la que está en curso mientras se escribe este
artículo tienen por objetivo ganar tiempo, desplazar el momento de pago, y para
ello es necesario ir avanzando con las tareas, a saber: ordenar la
macroeconomía del país (la inflación minorista a mediados de 2021 rondó el 50%
anual), proponer un cronograma creíble de liberalización y apertura, reducir el
déficit fiscal (sin tocar los servicios de la deuda), lograr divisas para
«honrar» los pagos. Si las primeras tareas se conducen, no sin fricciones,
entre el Ministerio de Economía y el Banco Central, al último mandato se suma
el Ministerio de Desarrollo Productivo. Exportar todo lo posible, cuanto antes,
bajo la promesa de que esta vez vendrá con cambio estructural más tarde y,
finalmente, con redistribución del ingreso2.
¿Es
este el camino? El mandato de exportar a como dé lugar, de inmediato, obstruye
diversos problemas que resultan críticos a la hora de pensar el desarrollo
argentino en una clave más igualitaria, justa y sostenible.
Las
exportaciones argentinas: ¿qué y quiénes?
Las
exportaciones de productos primarios y su procesamiento básico se consolidaron
como ejes de la participación argentina en la división mundial del trabajo e
incrementaron su peso desde los gobiernos de Fernández de Kirchner hasta la
actualidad, pasando por la presidencia de Macri. Como surge del cuadro 1, estos
dos rubros explican en conjunto cerca de 70% de las exportaciones totales.
En
este perfil de especialización, muy pocos sectores tienen superávits abultados
y estables: la producción primaria de los sectores agropecuario y minero, la
industria alimenticia y especialmente el complejo oleaginoso-cerealero son las
principales fuentes de divisas y explican más de 90% del saldo agregado del
balance cambiario desde 2003. Las cuatro primeras secciones de exportación del
país en la primera mitad de 2021 fueron productos del agro, productos de las
industrias alimentarias, bebidas y tabaco, grasas y aceites animales o
vegetales y animales vivos y productos de la ganadería.
En
un sentido opuesto, un conjunto de sectores resulta sistemáticamente
deficitario, incluidos los que se abocan a la industrialización de bienes de
alto o medio-alto contenido tecnológico, además de numerosos servicios. Este
patrón de intercambio se magnifica en el comercio con la mayoría de las
economías desarrolladas, incluida la china. Solo el Mercado Común del Sur
(Mercosur) escapa a esta caracterización, ya que el intercambio involucra
comercio intraindustrial, centrado sobre todo en la cadena automotriz. Es
decir, a través de gobiernos de diverso signo político, la última década y
media vio consolidarse la especialización basada en ventajas comparativas estáticas.
Se
trata de una inserción exportadora concentrada en pocos rubros de la actividad
económica, pero también en un número reducido de grandes corporaciones:
alrededor de 70% de las ventas externas totales es controlado por las 200
empresas más grandes del país.
Además,
dentro de ese panel se corrobora una alta concentración en las «primeras 50»
compañías (cuadro 2). Ello invita a posar la mirada sobre una característica
estructural de la economía argentina que por lo general no aparece en los
debates públicos: el abultado y sistemático superávit comercial agregado de los
oligopolios líderes contrasta con los déficits pronunciados y recurrentes del
«resto de la economía». Esto les otorga a las empresas de la cúpula un enorme
poder estructural basado en el control de las divisas.
Solo
por tomar un año a título ilustrativo, en 2019 la cúpula empresarial en su
conjunto operó con un excedente comercial que superó los 25.000 millones de
dólares, frente a un saldo negativo próximo a los 7.000 millones para el resto
de las compañías que operan en el ámbito nacional. La dependencia de la
economía argentina respecto de los grandes proveedores de divisas por la vía
exportadora se vuelve más evidente cuando se considera que, por ejemplo, en el
periodo 2015-2019 las «primeras 50» firmas del panel dieron cuenta de
aproximadamente 90% del superávit general (y de casi 100% en 2019).
Así,
de manera sistemática, un puñado de sectores y grandes agentes económicos actúa
como fuente de divisas, con cierta independencia de si este excedente es
captado por el propio empresariado o redirigido en parte por el Estado para
fomentar alguna otra producción. Si la ortodoxia neoliberal lo acepta como
mandato natural, la heterodoxia neodesarrollista lo toma con resignación ante
la imposibilidad del cambio.
Por
si esto no fuera suficiente, alrededor de las dos terceras partes de las
exportaciones, las importaciones y los superávits agregados de la cúpula son
explicados por empresas transnacionales. Son corporaciones que además suelen
remitir sus ganancias al exterior, pero también utilizar precios de
transferencia para reducir el pago de impuestos, e incluso realizarse
autopréstamos para luego girar pagos al exterior. Se trata de algo esperable,
dado que este tipo de firmas suele presentar los mayores niveles de
internacionalización productiva y comercial. Sin embargo, reviste un misterio
cómo se pretende que estos actores transnacionales con poder estructural
determinante puedan devenir en agentes del desarrollo nacional, en especial
cuando se les propone trabajar sobre la base de urgencias de divisas y
«consensos productivos». Aunque enfocamos en esta aporía, está claro que los
integrantes de origen nacional de la cúpula empresarial no necesariamente
escapan a esta caracterización3.
El
Frente de Todos busca reeditar parte de la experiencia del kirchnerismo,
lustrando de la pátina original las manchas de desorden y enfrentamiento que
esta habría tenido. Esto coincide con la mirada de renombrados heterodoxos
neodesarrollistas que no ven un problema en esta orientación exportadora por sí
misma, sino en la falta de un entramado industrial que se integre a la cadena
de valor, sea en el procesamiento o el abastecimiento de insumos,
infraestructura, maquinaria o servicios. El problema sería la falta de un
Estado inteligente que, mediante políticas de fomento y mecanismos de
coordinación, apuntale esta integración productiva traccionada centralmente por
sectores con ventajas comparativas estáticas. Para ello, es necesario contar
con una macroeconomía ordenada (lo que involucra bajos niveles de déficit), un
tipo de cambio competitivo, apertura comercial pero con mayor selectividad de
incentivos y fortalecimiento de los mercados regionales, políticas sectoriales
diseñadas a medida e integración del sistema científico-tecnológico a la
producción. Estos son los lineamientos expresados en un documento oficial del
Ministerio de Desarrollo Productivo titulado «El desarrollo productivo en la
Argentina pospandemia»4.
Este documento fue presentado en la primera reunión del Acuerdo Económico y
Social, realizada en octubre de 2020 y expresa con bastante precisión el
programa económico que se propone llevar adelante el gobierno del Frente de
Todos.
Se
acepta de hecho la necesidad de una sociedad con aquellos sectores del poder
económico que antes mostraron los dientes y las garras. Los diez «consensos»
inician con la necesidad perentoria de «exportar más» y añaden, para ser
explícitos, que «ningún sector sobra». Que ninguno sobre al momento de exportar
más quiere decir que no se tocará a ninguno de los que hoy están, en contraste
con la idea del gobierno anterior de que algunos sectores no competitivos
debían reconvertirse o desaparecer.
Vale
señalar que la heterodoxia neodesarrollista no parte de una ilusoria armonía
natural, sino del diagnóstico del lugar periférico que ocupa la economía
argentina. De ahí deriva la necesidad de una moneda fuerte (extranjera) para
sostener una acumulación crecientemente internacionalizada. Faltan divisas para
intercambiar con el mundo y, por lo tanto, es necesario obtenerlas para
financiar el desarrollo5.
Se trata de la restricción externa al crecimiento, originalmente pensada para
entender los ciclos de la etapa difícil de la industrialización, cuando la
expansión de la actividad venía acompañada por una demanda creciente de divisas
para importar. Y aunque esto es aún válido, es solo una parte del problema. En
la actualidad, la formación externa de activos (que es la forma contabilizada
de la fuga de capitales, es decir, su valor mínimo) es la principal fuente
estructural de pérdida de divisas, acompañada por los pagos de deuda y la
remisión de utilidades al exterior, por nombrar las tres más relevantes. Sin
embargo, el neodesarrollismo omite estas tres vías de salida al momento de
estimar las urgencias y necesidades del desarrollo y espera, en una suerte de
«keynesianismo ingenuo», que un proceso de acumulación dinámico se encargue por
sí mismo de estimular la permanencia en el país de estos excedentes. Pero esta
creencia no resiste evidencia en la fase actual del capitalismo, que se enmarca
en el despliegue de procesos intensos y de largo alcance de
transnacionalización y financiarización6.
Del
anterior examen surge que es necesario impulsar las exportaciones ahora mismo.
Para pagar deuda, para financiar el cambio estructural y para que la salida
exportadora sea, en definitiva, la fuente de crecimiento que, en su momento,
hará viable la redistribución del ingreso. Pero claro, entonces, no se puede
confrontar con el capital exportador. Quizá por eso no se pudo avanzar con el
caso de flagrante estafa de la empresa Vicentín7,
o se volvió atrás a fines de 2020 con las retenciones a las exportaciones
agrarias incluso antes de aplicarse la modificación8;
por eso, las reticencias a una nacionalización definitiva de la gestión de la
estratégica hidrovía Paraná-Paraguay-Uruguay. Esta perspectiva explica a su vez
por qué el gobierno se esforzó por alentar una representación del agronegocio
menos ensañada por ideología y más centrada en negocios, al ayudar a encumbrar
al Consejo Agroalimentario y desestructurar a la opositora Mesa de Enlace, una
organización que impulsó medidas de acción directa contra los gobiernos
kirchneristas en el pasado. Y quizás también por esto mismo, diversos
referentes intelectuales neodesarrollistas, con cargo público o sin él, se
encarnizan con las organizaciones sociales que reclaman por justicia ambiental
(sobre todo en producciones primarias) como si se tratara de enemigos del
desarrollo9.
¿Es
posible pensar el cambio sin cuestionar el statu quo?
La
heterodoxia neodesarrollista sostiene así la necesidad de financiar el cambio
con lo que existe10.
Y lo que existe son las producciones primarias poderosas que ya señalamos:
agroindustria, minería e hidrocarburos. Al hacerlo, aceptan tácitamente la idea
de ventajas comparativas estáticas como guía de su accionar. A diferencia de
los neoliberales, que abrazan esta idea con gusto, lo hacen con un sabor amargo11.
El gobierno del Frente de Todos adopta esta orientación estratégica en el plano
discursivo y en políticas concretas y debilita así los objetivos de un
desarrollo más justo y equitativo que –vale reconocer– promueve en paralelo otra
parte de la alianza gobernante.
Entendemos
que al tomar este camino se omiten al menos cinco puntos relevantes en la
lógica de buscar un futuro mejor. Estas omisiones parten de una lectura
peculiar de las estructuras sobre las que se opera. Primero, se sostiene la
idea de que existe una restricción externa que es operativa en virtud de las
divisas comerciales; esto es, la vieja restricción externa basada en el
intercambio desigual. Aunque válida, esta lectura omite que las principales
vías de salidas de divisas no son hoy comerciales, sino, centralmente, la fuga
de capitales. En lo sustantivo, este drenaje de recursos se financia con deuda
durante los gobiernos neoliberales y con dólares comerciales bajo los ensayos
«no neoliberales», pero los recursos siempre se van. Vale señalar que el Frente
de Todos sostuvo la arquitectura de controles de capitales y cambiarios legada
del gobierno anterior, lo que ha contenido en parte la fuga. Es imposible
olvidar que gran parte de ella se origina en el desigual reparto del ingreso,
que hace que quienes disponen de excedentes invertibles prefieran atesorar en
moneda extranjera. Asimismo, cabe destacar que una legislación deficiente e
ínfimos niveles de control han permitido a las grandes empresas desplegar
diferentes formas de fuga por mecanismos comerciales (subdeclaración de
exportaciones y sobrefacturación de importaciones) y financieros
(autopréstamos).
El
crédito y las inversiones externas, por su parte, hacen un exiguo aporte neto
de divisas: en dos décadas han aportado menos que un año de saldo comercial. En
cambio, sí aportan sus problemas: crean flujos sistemáticos de salida de
divisas, al tiempo que añaden un factor de inestabilidad originado en sus
propias dinámicas. Cualquier heterodoxo formado reconocerá estos problemas,
pero no parece haber el mismo ímpetu en reconocer la necesidad urgente de
modificar el entramado de legalidad vigente que les da sostén. Allí sobresalen,
por caso, las leyes de Entidades Financieras y de Inversiones Extranjeras, o
los más de 50 tratados bilaterales de inversión en vigor. La discusión de estos
engranajes institucionales no aparece en la retórica gubernamental.
Algo
similar ocurre en torno de la discusión sobre la legalidad de la deuda, que a
pesar de haber sido cuestionada en diversos tribunales sigue considerándose
válida para su pago12.
Incluso más, se omite el conflicto que supone su pago con uso de recursos para
garantizar el respeto de los derechos humanos consagrados en la Constitución,
así como en pactos y convenios internacionales. A pesar de la evidencia en
cuanto a estos dos puntos (ilegalidad y conflicto con otros derechos), la
heterodoxia se limita a aceptar las reestructuraciones de deuda bajo el
precepto de que «era lo mejor que se podía lograr». Las negociaciones de 2020 y
2021 avanzaron durante la crisis más grave del último siglo, siempre en aras de
cerrar un acuerdo y pagar. ¿Cuándo se considerará oportuno discutir la
continuidad de esa salida de divisas, si no es en una catástrofe de esta
magnitud? Pagar deuda o habilitar inversiones extranjeras que se dirigen a
sostener el tipo de inserción internacional ya existente no parecen ser vías de
salida de este berenjenal.
Segundo,
los actores efectivamente existentes son eludidos en el razonamiento. Al
apostar a la inserción internacional actual como plataforma de crecimiento, se
refuerza la posición estructural de la elite empresarial actual, la misma que
concentra cada vez más producción; la cúpula que financia con sus excedentes el
déficit de toda la economía, pero que al mismo tiempo controla las
exportaciones y remite divisas al exterior en forma de fuga y de utilidades, al
tiempo que genera poco empleo. Este núcleo del poder económico controla una
proporción importante de la producción generada en el país (alrededor de la
tercera parte). ¿Cómo se compatibiliza el claro sesgo transnacional de esta
cúpula empresarial con los objetivos del desarrollo nacional? No se trata de
algo dado de antemano.Este asunto es clave porque remite además a una
segunda pregunta: ¿por qué un actor que se encuentra en una situación de
privilegio acataría políticas económicas que le hagan perder su centralidad? No
hay una razón alegada que permita entender cómo un actor con poder de veto
contribuiría por la vía del consenso a perder ese poder. El empresariado
agroexportador no lo aceptó durante los años del kirchnerismo, al punto de fungir
como polo antagónico en el campo político.
Al
respecto, vale recordar que en junio de 2021 se originó una disputa en torno de
la dinámica acelerada de la inflación, que persiste en niveles cercanos a los
del muy regresivo bienio 2018-2019. En el caso reciente, el precio de los
alimentos jugó un rol relevante, lo que afecta las necesidades más básicas de
la población. La discusión se planteó a raíz del cierre temporal de las
exportaciones de carnes para auditar la cadena de valor. Aunque esta medida no
tuvo demasiado consenso, ni siquiera entre los economistas heterodoxos, para
controlar la inflación, se trató de un gesto político para frenar las
pretensiones del capital agroexportador. Aunque la producción ganadera se ha
expandido en los últimos años, una parte de las mayores exportaciones se
explica porque en el transcurso de la última década el consumo interno de carne
cayó alrededor de 20%. Sin profundizar en las particularidades del tema, sirve
para remarcar de forma explícita la tensión entre las políticas macroeconómicas
necesarias para exportar y las necesidades de la población local.
Este
es nuestro tercer punto, pues no se trata de una cuestión aislada, sino de una
muestra de un proceso más general. Como se visualiza en el gráfico de la página
siguiente, entre 2015 y 2020 la participación asalariada en el ingreso nacional
(representada mediante las barras) cayó más de cinco puntos porcentuales. El
salario real de los trabajadores registrados del sector privado (representado
en la línea del mismo gráfico) perdió aproximadamente 15% desde 2015, mientras
que el declive fue del orden de 25% en los empleos estatales13.
Sumado a la mayor desocupación, la inactividad y la pérdida de calidad del
empleo (incremento del cuentapropismo), se explica el aumento de la pobreza
como fenómeno estructural, más allá de las variaciones coyunturales. Para fines
de 2020, la pobreza alcanzaba a 42% de la población según datos oficiales.
Aunque los neodesarrollistas propongan un círculo virtuoso de crecimiento, en
los hechos el mercado interno no está jugando un rol dinámico para la cúpula
empresarial, más interesada en el comercio exterior y en las prebendas del
Estado.
Lo
anterior no contradice que, en algunos casos, en su propia producción, las
actividades exportadoras paguen salarios relativamente altos, como ocurre en la
minería metalífera, los hidrocarburos y el complejo oleaginoso. Esto se hace a
costa de segmentar el mercado de trabajo, estableciendo una creciente
heterogeneidad entre sectores económicos, que terminan por obstruir cualquier
otra actividad productiva: ¿con qué otras producciones es compatible esta especialización
basada en ventajas comparativas estáticas? Sin un complejo de incentivos claro,
muy pocas actividades sobreviven a la competitividad basada en la apropiación
de renta. A esto se suman además el grado de precarización y la menor
remuneración de las actividades conexas en la cadena de valor, mayormente
subcontratadas en condiciones más pauperizadas, situación que ha sido detallada
en el caso de la agricultura de exportación14.
De modo que sus salarios son relativamente altos en relación con una media
social que está desvalorizada precisamente para garantizar cierto nivel de
competitividad externa. Más cerca de la tradición neodesarrollista, Fernando
Henrique Cardoso y Enzo Faletto lo describieron en su trabajo clásico como
economía de enclave15 y
cuestionaron su capacidad de llevar a un proceso de desarrollo más
generalizado. De allí evolucionaría el programa político del desarrollo
dependiente asociado, que bien podría decirse trataba de aceptar el estado de
cosas y captar una parte de la renta para distribuir a través de políticas
sociales. Al menos en esa línea argumental quedaba claro: no se podía esperar
«ideología nacional» de estas elites empresariales. El cuarto punto que
enfatizamos tiene que ver, justamente, con esta lógica de enclave de una
importante parte de los proyectos productivos de exportación. Se pueden
considerar los efectos locales de estas producciones en al menos cuatro
sentidos:
(a)
Por un lado, muchas de las economías regionales devastadas por el huracán
neoliberal han quedado con escasas alternativas productivas, y la falta de
políticas territoriales consistentes en la heterodoxia neodesarrollista las
relega a «zonas de sacrificio». Así ocurre con la cuenca de Vaca Muerta, la
megaminería en San Juan y Catamarca, la explotación del litio en Jujuy, los
pueblos rurales del interior pampeano, etc. Se presenta como dicotomía la
producción existente o la condena a la pobreza. No en vano estos
emprendimientos logran conquistar algunos adherentes locales ante la ausencia
de alternativas.
(b)
Se omite que mayormente los capitales que conducen la acumulación en estos
núcleos dinámicos no son locales, de modo que la renta generada no se reproduce
en esa escala, sino que se fuga a otros territorios o al exterior, y
retroalimenta la inviabilidad de alternativas16.
(c)
Derivado de lo anterior, se debe poner el acento en los efectos corrosivos
sobre la democracia, que se ve seriamente afectada por la existencia de actores
poderosos cuyos recursos, influencia y capacidad de presión se maximizan en
esferas locales. Cuando los actores locales toman determinaciones contrarias a
sus intereses, suelen ser demonizados o tomados por ingenuos o ignorantes, en
la prensa o en el discurso gubernamental, por ortodoxos y neodesarrollistas17.
Debe enfatizarse el carácter violento de muchos de los proyectos llevados a
cabo en aras de las exportaciones, que desconocen los derechos de las
comunidades a decidir sobre su espacio vital. Parece que las decisiones
democráticas locales solo valen cuando acatan el interés corporativo o cuando
aceptan su sacrificio en aras de una prometida mejoría para el país.
(d)
Al hablar de «sacrificio», nos referimos, por caso, a los efectos sobre la
salud en la población habitante de los territorios donde se realizan estas
producciones18.
Que aumente de modo ostensible la cantidad de personas con cáncer y
enfermedades respiratorias o que la tierra tiemble no parece ser un problema…
mientras se esté en un escritorio lejos de ese lugar.
Recientemente,
con este tono se ha debatido en torno de la prohibición de cría de salmones en
aguas jurisdiccionales de la provincia de Tierra del Fuego. Se ha tomado a las
fuerzas sociales y políticas locales como desconocedoras de las urgencias de
divisas, o de sus propias prioridades19.
Para ello, no se ha cejado en desorientar a lectores desprevenidos con la
supuesta prohibición total que nunca existió20,
o con el carácter desarrollista de este negocio, desconociendo las formas
concretas de producción y trabajo21.
Incluso se ha ido más lejos, señalando que hay problemas ambientales más
urgentes para debatir en otras geografías22,
que requieren de divisas para invertir y resolver tanto la contaminación como
la pobreza que la alimenta. ¿Alternativas? Parece que ninguna. Este debate ha
crecido en el espacio público argentino, postulado como una tensión entre
neodesarrollismo y ambientalismo. Pero se trata de mucho más que «medio
ambiente» lo que está atacando, por acción u omisión, el neodesarrollismo.
Finalmente,
no puede omitirse el carácter finito de los recursos sobre los cuales se basan
las exportaciones argentinas. No se trata solo de los minerales o
hidrocarburos, sino también de la explotación insostenible del suelo en la
agricultura a gran escala. Siempre se presenta la idea de que no solo la
urgencia propia amerita el negocio, sino que la existencia de una demanda
mundial constituye una «ventana de oportunidad» para que esta vez sí sea
posible desarrollarse. Sin embargo, es una inconsistencia que presume posible
la explotación acelerada de Vaca Muerta y el litio como alternativas para
agregar valor, pero sin cuestionar el lugar de la inversión extranjera, el
privilegio de lógicas cortoplacistas y financiarizadas, y una fuerte subvención
estatal al sector privado. Y sin poner sobre la mesa su coherencia con las
promesas de una «transición verde».
Palabras
finales
El
gobierno del Frente de Todos asumió en medio de una crisis heredada, a la cual
se sumó una crisis mundial. Es imposible soslayarlo: es digno de ponderar que,
ante la magnitud del cataclismo, la situación económica de la mayoría de la
sociedad no haya empeorado de forma acelerada; no obstante, tampoco mejoró. Y
esto contradice la idea de «comenzar por los últimos para poder llegar después
a todos», manteniéndose más bien la fuerza del consenso con los poderosos
ganadores de años previos. Lejos de tratarse de una crítica externa, las
tensiones han atravesado la coalición de gobierno, por ejemplo, de la mano de
las demandas por mayor inclusión para la economía popular por parte de la
Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), o de una discusión
más frontal con el FMI por parte de un sector del kirchnerismo. Sin embargo, el
gobierno neodesarrollista ha tomado como mandato ordenar la macroeconomía y
destinar sus esfuerzos a maximizar la orientación exportadora.
Para
ello, se acepta la actual especialización productiva como dictatum de la
realidad. Vale señalar que desde el propio Ministerio de Desarrollo Productivo
se realizan esfuerzos para impulsar a sectores más intensivos en conocimiento,
por ejemplo con el Plan de Desarrollo Productivo Argentina 4.023,
o más sensibles a una transición ecológica, como mediante el Plan de Desarrollo
Productivo Verde24.
Sin
embargo, ante la falta de cuestionamiento al orden de lo existente, en una
dinámica consensual, esto equivale a utilizar aspirinas para contener una
enfermedad severa. Cómo espera el neodesarrollismo convencer por la vía del
consenso a los poderes fácticos legados por el neoliberalismo de que lo mejor
es que moderen sus pretensiones y se permitan perder poder estructural es un
misterio. Y mientras no lo hagan, las posibilidades de desarrollo del país
quedarán atrapadas en vetos constantes.
Quizá
sea hora de invertir el orden de las causalidades que propone un sector
importante de la heterodoxia y del sistema político, y de que la redistribución
del ingreso no sea variable dependiente del crecimiento (exportador) y se
convierta en la variable independiente, en condición de posibilidad de un
crecimiento sostenido, más equilibrado en materia productiva, territorial,
ambiental, etc., y más inclusivo en términos económicos y sociales. Sin duda,
ello requiere avanzar en la construcción de una amplia base de apoyo, ya que
difícilmente el poder económico local se alinee con un planteo de esas características,
máxime cuando su despliegue implicaría atacar por diferentes vías su poderío
económico y su centralidad estructural.
La
«nueva» orientación exportadora se forjó no para sostener los niveles internos
de consumo, ni para resolver un supuesto desmanejo fiscal, sino para pagar
deuda (en especial, en los años de hegemonía neoliberal). Con matices,
Argentina se consolidó así como exportadora de materias primas, incluyendo aquí
productos agropecuarios, piscícolas, forestales, mineros e hidrocarburíferos,
así como su procesamiento básico. Para ello ha sido clave la falta de
estándares ambientales, ya sea su directa ausencia o un reducido nivel de
fiscalización.
Las
especializaciones productivas de exportación no se fundamentan en programas de
desarrollo nacional, en superar las barreras impuestas por la escala de
mercado, ni en prioridades internas de consumo o inversión, ni siquiera en
recaudación; no se sostienen sobre mecanismos de integración de segmentos
claves de las cadenas de valor, ni en la aplicación de conocimientos generados
en el ámbito nacional. Se basan en la urgencia de obtener divisas, como mandato
ante la escasez que limita el crecimiento. Sin embargo, la tracción importadora
asociada al crecimiento está basada en la propia apertura temprana de la
economía nacional, que desmanteló actividades que bien podrían realizarse
localmente25.
Justamente,
en la procura de dólares «genuinos» para sostener el crecimiento y la posterior
redistribución, no se hace demasiado para sustituir importaciones. En los
hechos, la salida exportadora «necesaria y urgente» deja a la economía atrapada
en la explotación de los recursos en un estado casi «natural», sin generar
mayores capacidades para avanzar en la industrialización. Esto ocurre incluso
en sectores con ventajas comparativas, en los que Argentina tiene un potencial
interesante para encarar planteos sustitutivos (minería, yacimientos no
convencionales de hidrocarburos, etc.). A diferencia de muchos países de la
región (Chile, Colombia, Perú, Ecuador, Venezuela, etc.), Argentina dispone de
una base industrial como para avanzar en ese camino. Pero hacerlo requiere
tiempo y coherencia, además de otra correlación de fuerzas. Actualmente, esa
masa crítica existente no parece estar aprovechándose, máxime si se considera
la plétora de subvenciones que el Estado otorga al sector privado para explotar
los recursos tal como existen en la actualidad. El fetiche de las exportaciones
como fuente de desarrollo se basa en la omisión de esta clase de
consideraciones. Por supuesto, para la ortodoxia económica y los defensores de
las grandes corporaciones, esto no constituye un problema. Para una gran parte
de la heterodoxia, que no ignora el problema, se trata de un mandato de
Realpolitik, incluso cuando no ocupa cargos de gobierno. Esta inesperada
confluencia en las ideas ya ha permitido el llamado a la creación de una «coalición
popular exportadora» que permite reunir ambos mundos en un final de péndulo
inclinado hacia un lado26.
Esto
es extraño, porque al mismo tiempo que la heterodoxia neodesarrollista reconoce
la necesidad de incrementar exportaciones para viabilizar múltiples salidas de
divisas, elude cualquier consideración respecto de la capacidad de lobby y el peso
estructural que adquieren los actores asociados. Su promoción no parece
compatible con posteriores controles o regulaciones, a menos que se tenga una
idea precaria de las dinámicas de poder o ilusiones respecto de la capacidad de
los Estados (en especial, los subnacionales) de eludir la captura por parte de
estos actores poderosos. No parece esperable que los actores económicos más
poderosos vayan a ceder recursos económicos y políticos para su propio
debilitamiento.
Ante
la insuficiencia de argumentos para responder estas dudas, no pocas veces hemos
visto una reacción conservadora, incluso agresiva, por parte de ortodoxos y
heterodoxos que demandan exportar más, ahora mismo, y relegar la distribución
del ingreso a un «futuro promisorio», si se logra primero consolidar un modelo
de crecimiento traccionado por exportaciones. La urgencia está basada en la
imposibilidad de cambiar las relaciones externas o de discutir procesos de
largo alcance. Y al hacerlo suelen ridiculizar las objeciones de ambientalistas,
comunidades locales o incluso sindicatos y diversos espacios académicos. Está
claro: nadie a esta altura supone que una economía puede sobrevivir aislada del
intercambio con el mundo. La propuesta no es aislacionismo y primitivismo, sino
desarrollo basado en las necesidades locales, en garantizar niveles de vida
decentes para toda la población. Y en esto, la orientación exportadora de las
últimas décadas, incluso bajo gobiernos de diferentes ideologías, tiene un
número elevado de pendientes.
Bibliografía
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gobierno de Alberto Fernández: balance del primer año de gestión. Una mirada
desde la economía política» en e-l@tina, en prensa.
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Fernández en la Apertura del 139 periodo de sesiones ordinarias, del Honorable
Congreso de la Nación Argentina, CABA», 1/3/2020, disponible en www.casarosada.gob.ar; Daniel
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nuevo poder económico en la Argentina. Del siglo XIX a nuestros días, Siglo
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Productivo: «El desarrollo productivo en la Argentina pospandemia. Hacia una
visión compartida sobre el desarrollo económico de largo plazo y el cambio
estructural», 10/2020.
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contradicciones del progresismo naif» en Anfibia, 2021; Juan Hallak: «Sin
exportar, no se puede importar, y así no se puede crecer» en La Nación,
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6.Enrique Arceo: El largo camino a
la crisis. Centro, periferia y transformaciones en la economía mundial, Cara o
Ceca, Buenos Aires, 2011.
7.Vicentín es una de las grandes
empresas agroexportadoras de Argentina, que cayó en cesación de pagos en 2019.
Los peritajes indicaron que el problema se originó en el sobreendeudamiento, que
fue utilizado para desviar fondos hacia otras colocaciones del grupo. La
evidencia disponible permitía al Estado, principal acreedor mediante la banca
pública, argumentar a favor de tomar control de una empresa relevante en un
rubro clave, entre otras cosas, en el acceso a divisas. Sin embargo, el
gobierno cedió a las presiones corporativas y eludió una intervención más
directa.
8.Alejandro Gaggero y Gustavo
García Zanotti: «La crisis de Vicentín y los grupos empresariales que se
expandieron a partir de su caída (2019-2020). Informe exclusivo para el
Directorio y la Presidencia del Banco Nación», 2020, dispo
9.Enrique de la Calle: «Claudio
Scaletta: El falso ecologismo es un pensamiento reaccionario funcional al
imperialismo» en Agencia Paco Urondo, 14/5/2021.
10.Martín Schapiro: «Hay que
regular, no prohibir» en Le Monde diplomatique edición digital,
7/2021.
11. José Natanson: «Salmones
plebeyos (respuesta a Ernesto Semán)» en Le Monde diplomatique edición
digital, 7/2021.
12. Andrés Bernal, Augusto
Martinelli y Francisco Verbic: «La nulidad del crédito de Argentina con el
Fondo Monetario Internacional» en Revista Derechos en Acción No 19,
otoño de 2021.
13. De un trabajo reciente surge
que en el transcurso de 2021 se ha profundizado el deterioro del poder
adquisitivo de los salarios. Centro de Investigación y Formación de la
República Argentina (cifra): «Informe de coyuntura No 36», Central de
Trabajadores de la Argentina, Buenos Aires, 8/2021.
14. Juan Villulla: Las
cosechas son ajenas. Historia de los trabajadores rurales detrás del
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16. Silvia Gorenstein (org.): ¿Crecimiento
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17. E. Crespo: ob. cit.; E. de la
Calle: ob. cit.
18. Sociedad Argentina de
Pediatría: Efecto de los agrotóxicos en la salud infantil, 2021,
disponible en https://agenciatierraviva.com.ar/wp-content/uploads/2021/07/files_efectos-agrotoxicos.pdf.
19. M. Schapiro: ob. cit.
20. Maristella Svampa y Enrique
Viale: «El disparate de vincular subdesarrollo con protección ambiental»
en El Diarioar, 14/7/2021.
21. Ernesto Semán: «Matar al
salmón» en Panamá, 18/7/2021.
22. Roy Hora: «Salmones en el
Riachuelo» en El Diarioar, 10/7/2021.
23. V. «Kulfas lanzó el ‘Plan de
Desarrollo Productivo Argentina 4.0’», 14/4/2021, www.argentina.gob.ar/noticias/kulfas-lanzo-el-plan-de-desarrollo-productivo-argentina-40-0.
24. V. «Kulfas lanzó el Plan de
Desarrollo Productivo Verde», 13/7/2021, www.argentina.gob.ar/noticias/kulfas-lanzo-el-plan-de-desarrollo-productivo-verde.
25. Lorenzo Cassini, Gustavo García
Zanotti y M. Schorr: «Globalización y senderos nacionales de desarrollo:
algunos hechos estilizados para reflexionar sobre el caso argentino» en Revista
de la Cepal No 133, 2021.
26. Jorge Fontevecchia: «Pablo
Gerchunoff: En Argentina hay dos partidos políticos, la Unión Cívica Radical y
La Cámpora» en Perfil, 16/7/2021.
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