Revista Nos Disparan desde el Campanario Año II Nro. 44 Modelo exportador, beneficio sin prosperidad… por Alejandro Marcó del Pont
Fuente: Sitio El Tábano Economista
https://eltabanoeconomista.wordpress.com/
El paso inicial para el desarrollo
es el cambio de las relaciones de
poder
(Rafael Correa)
Martin
Luther King hizo un llamamiento apasionado por un mundo más igual, más justo,
más pacífico, más digno. Tras pedir “una revolución radical de los
valores”, en la iglesia de Harlem pronunció su discurso en 1967 donde
sostenía: “Debemos empezar rápidamente a cambiar una sociedad hecha para
las cosas por una sociedad hecha para las personas”. Pobre King y sus
sueños, seguramente también tenía la esperanza de una economía para la sociedad.
Con
la ayuda de una mano muy visible del Estado, la economía ha ido recuperando su
escaso aplomo, hemos vuelto al status quo habitual; se pretende de nuevo, y
como otra tantas veces, conseguir una leve regulación –sin exagerar, por
supuesto– y que la austeridad sea la mejor respuesta a unos niveles de deuda
pública “excesivamente” elevados. Sobre todo, en algunas economías periféricas
las turbulencias económicas han tenido consecuencias sociales devastadoras. En
respuesta, los responsables políticos de los países centrales han ido
introduciendo tipos de interés negativos en un intento sin precedentes de
inducir a los bancos a prestar dinero. Aun así, no se ha podido lograr una
recuperación sólida.
Cualquiera
diría que los párrafos anteriores tratan sobre las consecuencias y medidas
económicas de la pandemia. Pues no, tienen que ver con el Informe
sobre comercio y el desarrollo 2017 UNCTAD. Desde la crisis del 2008 en
adelante parecería que el mundo, y sobre todo los países altamente endeudados,
no han parado de recibir cachetazos, malas noticias o perspectivas poco
halagadoras de crecimiento. Los historiadores coinciden en que los
grandes shocks económicos tienden a acelerar tendencias que ya están
en marcha, más que a impulsar grandes cambios estructurales, que, de hecho,
nunca se producen. En este caso, la pandemia ha añadido capas de complejidad al
comercio mundial en medio de las ya existentes tensiones geopolíticas entre
China y Estados Unidos y la reorganización de las cadenas de valor y
suministros.
Hay
mucha incertidumbre sobre qué puede servir de estímulo para lograr una
recuperación más sólida del comercio. En el pasado, la economía de los Estados
Unidos solía funcionar como motor principal de la demanda mundial, recibiendo
importaciones del resto del mundo y acumulando grandes déficits por cuenta
corriente. En el comercio, la concentración de las exportaciones corrobora la
opinión de que en Latinoamérica el sesgo exportador puede promover “beneficios
sin prosperidad” y que el poder de los mercados asimétricos contribuyen
enormemente a la creciente desigualdad de los ingresos.
La
naturaleza sincronizada de recesión y pandemia ha golpeado con
virulencia los intercambios comerciales que se han visto dañado, pero no
así la renta. Esta puede definirse en términos generales como ingresos
derivados exclusivamente de la propiedad y el control de activos o de una
posición dominante en el mercado, no necesariamente de una actividad
empresarial innovadora o del despliegue productivo de un recurso escaso. Los
datos indican que un poder de mercado cada vez mayor es una de las causas
principales de la obtención de rentas. Se ha observado con creciente alarma una
tendencia más pronunciada a la concentración en el comercio exterior e interior
de cada país.
Según
la base de datos World Input-Output,
la parte nacional de la fabricación disminuyó en todos los países excepto en el
Canadá y China. Dada la concentración mundial de las exportadoras, el 10% de
las empresas son responsables del 57% del comercio mundial, y dentro de los
países el 10% es la dueño de más del 47% de las exportaciones. En el caso
argentino, 6 empresas son responsables del 60% de las exportaciones
agroindustriales y las primeras 50 se quedan con el 90% del superávit
comercial.
Los
beneficios, como decíamos, son captados por grandes corporaciones concentradas
mediante diversos mecanismos: el uso sistemático de los derechos de propiedad
intelectual para librarse de sus rivales, políticas de austeridad de los países
que llevan a las privatizaciones de sus empresas –tendiendo a la concentración–
condicionan cada vez más a los gobiernos. En esta hegemonía hay apropiación de
renta que requiere conductas fraudulentas, como la evasión y la elusión fiscal,
y una considerable manipulación del mercado en beneficio propio que los
gobiernos apañan normalmente.
La
irrupción de la COVID-19 se produjo en un contexto de debilitamiento del
comercio mundial, tendencia que se viene arrastrando desde la crisis financiera
mundial de 2008. Mientras que, entre 1990 y 2007, el volumen del comercio
mundial de bienes se expandió a una tasa media del 6,2% anual, entre 2012 y
2019 lo hizo apenas a un 2,3% anual, según la CEPAL.
En este contexto, la Organización Mundial del Comercio (OMC) proyectó una caída
del 9,2% del comercio mundial de bienes para el año 2020. La Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (CEPAL) proyectó para el mismo año que el valor
de las exportaciones regionales de bienes caerá un 13%, mientras que el de las
importaciones se contraería un 20%.
La
mayor contracción de las exportaciones latinoamericanas en 2020 se registraría
en aquellas destinadas a la propia región (24%), en tanto que los envíos a los
Estados Unidos y la Unión Europea exhibirían caídas del 14% y el 13%,
respectivamente. Las exportaciones a China crecerían un 2%, como resultado del
impulso que han presentado los envíos agrícolas y de minerales y metales,
principalmente desde América del Sur.
El
mercado regional es el destino principal de las exportaciones latinoamericanas
en términos de participación de empresas. En años recientes, el número de
empresas que exportaron allí fluctuó entre el 31% y el 84% del universo de
empresas exportadoras en
ocho países de la región. A fin de identificar productos en los que los
países de la región poseen potencial para abastecer en mayor medida la demanda
regional, se calcularon índices de ventajas comparativas reveladas a nivel de
productos y socios. Se identificaron los productos con mayor dinamismo en el
comercio mundial en el período 2011-2018. Sobre la base de ambos indicadores,
se seleccionó una lista de 1.108 productos con potencial, de los que el 64% (711
productos) son insumos intermedios para diversos procesos productivos. En la
bienal 2018-2019, solo el 15% de las importaciones regionales de esos productos
provino de Latinoamérica. Revertir la desintegración comercial y productiva de
la región es un desafío urgente.
Junto
con el desplome para 2020, parece existir un consenso casi absoluto en
referencia a que la pandemia producirá efectos de más largo plazo en el
comercio; en particular, la reorganización de las cadenas de valor globales. La
desaceleración del comercio desde la crisis financiera mundial son múltiples;
destaca el quiebre del “consenso pro-globalización” que se transformó en
“regionalización” con la pandemia. Por otro lado, la competencia económica y
tecnológica entre los Estados Unidos y China, a partir de 2018, derivó en
fuertes tensiones comerciales.
Desde
la llegada de la pandemia hay un run run que marcaría movimientos de
algunas cadenas de valor “reshoring” –término que referencia al proceso de
devolver la producción de productos al país original de la compañía–, mecanismo
que acotaría la dependencia de China. Entonces, se plantea en la existencia de
dos tipos de riesgos: fenómenos naturales extremos y los asociados a cambios de
políticas en los países participantes. La frecuencia e intensidad de los
fenómenos climáticos extremos ha ido en aumento en los últimos años, y se
espera que esa tendencia se mantenga como consecuencia del cambio climático. En
el segundo tipo de riesgo, la vulnerabilidad de las empresas que producen y
exportan desde China al aumento de los aranceles. La irrupción de la COVID-19
combina ambos.
A
la luz de los efectos que se acaban de reseñar, muchos piensan que la pandemia
acelerará la reconfiguración de las cadenas de valor globales con el fin de
lograr una mayor resiliencia, robustez o cercanía. Si bien ocurrirá gracias a
la COVID-19, el modo específico en que ello ocurra dependerá de diversos
factores. Por una parte, se trata de un proceso que no depende solo de las
decisiones comerciales de las empresas multinacionales, sino también de
presiones políticas y sociales.
Desde
la óptica de las empresas multinacionales que las lideran, existen varias
opciones para ello. Algunas no suponen desplazamientos geográficos, como
mantener inventarios más amplios o digitalizar ciertos procesos. Las empresas
líderes pueden también diversificar su red de proveedores en términos de países
y empresas, sin necesariamente acortar la extensión geográfica de la cadena
–por ejemplo, trasladar la producción de China a Vietnam–. Otra opción es
privilegiar ubicaciones más cercanas a los mercados finales de consumo, o nearshoring –por ejemplo,
trasladar la producción de China a México–, en el caso de empresas que se
orientan al mercado de los Estados Unidos.
Cualquiera
de los formatos que aumenten las presiones a favor de la relocalización de
empresas en los países avanzados están rodeadas de incentivos –en abril de
2020, el gobierno del Japón anunció que destinaría 2.200 millones de dólares de
su paquete de estímulo económico para hacer frente a la COVID-19 a ayudar
a sus empresas a relocalizar la producción fuera de China–. Aun así, es muy
improbable que a raíz de la pandemia se produzca una salida masiva de China de
empresas multinacionales vinculadas a cadenas de valor globales, al menos a
corto plazo, y más aún cuando el gran consumidor se encuentra dónde está el
gran productor: China.
Mientras
los países intentan reorganizarse a través del comercio, América del sur, el
MERCOSUR y sus integrantes, hacen lo posible por desaparecer. A la integración
económica le cabe un rol crucial en el desarrollo de América Latina y el
Caribe. El mercado regional permite alcanzar escalas más eficientes de producción
y aprovechar las complementariedades entre las distintas economías y hasta la
existencia de productos intermedios con potencialidad, pero, al parecer, si no
atañen a las multinacionales quedan fuera del modelo.
La
participación del comercio intrarregional en las exportaciones totales de
América Latina y el Caribe muestra una tendencia descendente desde 2014. En
2019 alcanzó un 14%, el mismo nivel que registraba a inicios de los
años noventa, y se proyecta que en 2020 disminuya al 12% como consecuencia
de la pandemia. En este fenómeno inciden, además del débil desempeño de la
economía –el peor en siete décadas– y la fragmentación del espacio económico
regional, la carencia de arreglos institucionales sólidos, la poca incidencia
de México, los constantes destrucción del Mercosur por parte de Brasil, la
irrupción de China y las tendencias centrífugas resultantes de la acumulación
de acuerdos comerciales con socios extrarregionales.
Argentina
ha decidido que la restructuración de la deuda con los privados, más el acuerdo
con el FMI, son tan urgentes que ni la pandemia las pudo detener. Peor
aún, está convencido que se tiene que apoyar y desarrollar los sectores que
tienen ventajas comparativas: bienes primarios, sector minero, la industria
alimenticia y, especialmente, el complejo oleaginoso-cerealero que son las
principales fuentes de divisas y explican más de 90% del saldo agregado del
balance cambiario para poder afrontar los intereses de la deuda y el desarrollo
del país.
Alrededor
de las dos terceras partes de las exportaciones, las importaciones y los
superávits agregados de la cúpula son explicados por la actividad de las
empresas transnacionales. La idea es que la acumulación, lograda por el sector
externo, sea plataforma del desarrollo nacional, resulta extraña. Aumentar las
exportaciones a unos U$S 100 millones daría la holgura para poder desarrollar
el país, y cubrir las necesidades de importaciones crecientes ante los momentos
de expansión. Que si bien no es del todo exacto, ya que el superávit comercial
y la falta de dólares no son el problema del país, los dólares para importar
tampoco son la traba, sino los intereses de la deuda, la fuga de capitales y
remisión de utilidades de las mismas trasnacionales en las que se quiere
apoyar.
Estos
son los motivos por los cuales no se puede confrontar con el capital exportador
y comienzan a tomar forma explicaciones de por qué no se pudo avanzar con el
caso de la flagrante estafa de la empresa Vicentín, o el retroceso, a fines de
2020, con las retenciones a las exportaciones agrarias, incluso antes de
aplicarse la modificación o las reticencias a una nacionalización definitiva de
la gestión de la estratégica hidrovía Paraná-Paraguay-Uruguay, los puestos
privados, etc.
La
idea que existe una restricción externa que es operativa en virtud de las
divisas comerciales y la vieja restricción externa, basada en el intercambio
desigual, es una lectura válida que omite el dato que las principales vías de
salida de divisas hoy no son comerciales sino –centralmente– la deuda y la fuga
de capitales. Este drenaje de recursos se financia con deuda durante los
gobiernos neoliberales y con dólares comerciales bajo los gobiernos
progresistas, pero, lo cierto es que los recursos siempre se van.
Cualquiera
reconoce los problemas, pero sentarse con quienes endeudan, aumentan precios, y
fugan capitales no parecería ser la solución a una alternativa de comercio
sustentable; más cuando no se tiene los puertos ni las vías navegables –por
donde salen los productos y por donde los dólares no entran–. Uno puede
sentarse a negociar, siempre y cuando se modifique el entramado de legalidad
vigente que les da sostén a todas las oportunidades para concentrar, evadir y
fugar. Allí sobresalen, por caso, las leyes de Entidades Financieras –pequeña
revolución de la última dictadura cívico-militar sin un rasguño hasta la
actualidad– y de Inversiones Extranjeras, o un sinnúmero de tratados
bilaterales de inversión que nos perjudican. La discusión de estos engranajes
institucionales no aparece en la retórica gubernamental.
*Alejandro Marcó del Pont, Licenciado en Economía de la UNLP. Autor y editor del sitio especializado en temas económicos El Tábano Economista, columnista radial, analista.
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