Revista Nos Disparan desde el Campanario Año II Nro. 44 Mi vida en prisión: La otra muerte, por Daniel Molina… nos invita a reflexionar Eddy W. Hopper
Fuente:
https://rayovirtual.medium.com/
Por
Daniel Molina…
Nací
muerto. Eran los 50 y mi madre fue fumando a la sala de parto. Al salir del
útero no respiraba y no lograron reanimarme. Me descartaron. Por suerte, una
tía estaba terminando su residencia en el mismo hospital y pasó por el
quirófano. No sé qué método heterodoxo aplicó sobre mi cuerpo sin vida , pero
logró que yo llorase: los pulmones comenzaron a funcionar. En las primeras
horas de vida fui tan horrible que cuando me llevaron para que mi madre me
conociera, sus primeras palabras fueron: “¿Eso es mi hijo?” .
La heterodoxia
y la muerte, que fueron mis nodrizas, no me han abandonado nunca. Mi padre se
suicidó cuando yo tenía 9 años y mi madre murió hace más de tres décadas. Me
cuesta recordar qué se sentía ser hijo. Siento que siempre fui huérfano . Mi
primer amigo del primario murió durante la epidemia de poliomielitis. Muchos de
mis compañeros del secundario fueron secuestrados y asesinados en los 70. En
los 80, durante la primera etapa democrática, el sida se llevó a decenas de
conocidos y amantes. Ahora ya nos vamos muriendo de viejos.
Hay
una experiencia que se parece a la muerte. Es la prisión. Más que la vida en la
cárcel, lo mortuorio es el hecho de ir preso: significa un quiebre radical con
la vida.
Ese
instante es eterno. Es el momento perpetuo en el que se tiene la certeza de
haber perdido, tal vez para siempre, la libertad, la dignidad, todo. Ese
instante es la muerte. Literalmente. Empecé a morir en las cárceles de la
dictadura, de nuevo, cuando tenía 20 años. Fui a prisión a la una de la mañana
del 23 de noviembre de 1974.
Estaba
haciendo el servicio militar y clandestinamente participaba en el PRT-ERP.
Jamás había realizado una acción violenta, pero formaba parte de su estructura
política. Un soldado de otra unidad me nombró al ser torturado. Se lo acusaba
de un delito que no había cometido. Por esa comedia de equívocos terminamos en prisión
ocho soldados: fuimos presos por un delito inexistente, pero en el camino nos
acusaron por militar en un grupo en el que sí militábamos y que en ese momento
estaba prohibido. Nos condenó un Tribunal Militar, aunque la Corte Suprema de
la democracia desechó el juicio. Esas son argucias legales. Lo importante es
que mi vida cambió radicalmente. En el instante en que me detuvieron, todo dejó
de suceder. El tiempo, el ruido del mundo: todo se acabó.
A
la medianoche vino a mi cuartel un móvil de inteligencia militar y pidió hablar
con el oficial de guardia. Yo fui el encargado de acompañarlo hasta esa
oficina. Inventaron una misión nocturna y me ordenaron que acompañara al
oficial de inteligencia a los cuarteles de Palermo. Iba en la camioneta
militar, rodeado de hombres armados que me miraban raro. Todos en un silencio
absoluto. Miraba las calles como si nunca más volviera a verlas. De alguna
manera extraña ya estaba aprendiendo a vivir sin vida.
Intentar
dar cuenta de la cárcel es una empresa imposible. Si no lo lograron Primo Levi
ni Solzhenitsyn ni Genet ni Wilde menos lograré yo dar cuenta de una
experiencia que es en sí misma inefable. La gente que no estuvo presa cree que
libros tan maravillosamente poéticos y trágicos como Si esto es un hombre o Diario
de un ladrón dan cuenta de la vida en prisión. No es así. No llegan al
núcleo candente de la experiencia. Justamente porque no hay vida en la prisión:
es una forma de morir. Yo trataré apenas de dar testimonio.
Cuando
llegamos a la compañía de la Policía Militar me temblaba el alma. Supe que
había perdido todo y sólo me quedaba aceptarlo. Me introdujeron con violencia
en un edificio que está cerca del portón de entrada.
Se
me secó la garganta y no pude ni gritar. Los treinta metros del pasillo que
conducía a la cámara a la que me llevaban los recorrí casi en el aire, elevado
del suelo por las patadas y trompadas. Todavía no lo sabía, pero esos golpes
eran las últimas caricias que me daba la vida.
De
todas las torturas que padecí, la que más sufrí fue la privación total del
sueño. Fue atroz y duró días. Entre sesión y sesión de picana y golpes, me
tenían parado frente a una pared, las manos esposadas en la espalda (el dolor
en los hombros me duró algo más de un año).
Un
soldado me apuntaba con un fusil para que no me durmiese. Los que se durmieron
fueron los que custodiaban. Dos veces dispararon el fusil inconscientemente,
porque tenían el arma sin seguro, para que yo supiese que al mínimo movimiento
me mataban.
Después
de quince días, un militar uniformado (los que nos torturaban lo hacían de
civil) me tomó declaración y me informó que iría detenido al penal de
Magdalena. Allí permanecí los primeros seis años –un Consejo de Guerra me
condenó a ocho, aunque finalmente estuve encarcelado casi diez–. Los cinco
meses iniciales fueron de aislamiento total. Encerrado las 24 horas en mi
celda. Solo tenía una cama, paredes descascaradas, un techo alto, un ropero
casi vacío y aire para seguir respirando. Podía caminar cuatro o cinco pasos
desde la puerta de la celda hasta la pared del fondo. Pasaba horas mirando la
pared blanca que estaba delante de la cama. Durante años no me permitieron leer
nada. Cada cosa que lograba tener era un tesoro: una cuchara oxidada, un trozo
de madera, un espejito.
A
las seis de la mañana nos despertaban para que nos higienizáramos rápido y
tomáramos el desayuno: un mate cocido lavadísimo. Era uno de los momentos en
los que podíamos socializar entre los presos que estábamos en el pabellón. Eran
unos minutos. Luego venía el cambio de guardia.
Entre
los presos políticos el sexo era algo impensable. Yo soy gay y todo el mundo lo
sabía, o inmediatamente se daba cuenta. Eso en la cárcel era una doble condena.
No sólo por los militares, que lo usaron algunas veces para maltratarme aún
más, sino por mis compañeros: en ese entonces la gente de izquierda era
militantemente homofóbica.
Consideraban
que la homosexualidad era una aberración burguesa, que debía ser extirpada con
“reeducación” (un eufemismo que se usaba para definir la política de enviar a
los homosexuales a campos de trabajos forzados, tal como sucedía en todo el
mundo socialista). La única sexualidad progresista era la masturbación
solitaria.
La
vida transcurría monótona: yo aprendí cierta serenidad zen en esa nada. Ahora
vivo dos vidas: la que vivo y la que imagino. Mi imaginación es del doble del
tamaño de lo real. Así poblé mi soledad de historias imposibles y de
razonamientos absurdos. Como no veíamos nada más que la pared blanca, se
aguzaba el oído. Los ruidos desconocidos nunca anunciaban nada bueno.
Cada
vez que abrían la puerta del pabellón podía suceder algo malo. A treinta años
de distancia, aún soy capaz de distinguir sonidos que se producen lejos de
donde estoy. En realidad nunca estábamos solos del todo. Podíamos hablarnos
gritando. Así manteníamos conversaciones, jugábamos a un ajedrez mental o
“hacíamos gimnasia”: yo dirigía las sesiones gimnásticas, ordenando una serie
de ejercicios que, después supe, era el único que las hacía.
El
penal de Magdalena queda en medio del campo. Ausencia total de todo estímulo,
pared blanca, trato duro, esperanza nula: creo que lo que me permitió
sobrevivir con un mínimo de lucidez fue el humor. Siempre fui capaz de reírme
de mí, pero en la cárcel alcancé la maestría. Desde entonces no puedo tomarme
en serio.
Con
el paso del tiempo hubo varios cambios en nuestra vida cotidiana. Ansiábamos
poder hablar con otro, pero en las poco frecuentes ocasiones en las que nos
permitían estar fuera de la celda solían estallar los conflictos. Convivir en
esa olla a presión era más difícil que soportar la soledad.
En
los dos últimos años estuve en celdas compartidas: extrañé el encierro
solitario.
El
infierno son los otros. La soledad me protegía de la mirada de los demás, pero
compartir una celda las 24 horas con otro (u otros, como en Devoto, donde
éramos 4 por celda) destruye la individualidad.
Todo
el tiempo se está ante la mirada inquisitiva. Cada pedo que me tiraba era oído
y olido por mi compañero de celda. Cagábamos y meábamos ante la mirada del que
compartía la celda. Nos masturbábamos de noche, en el mayor silencio posible,
pero igual oíamos que el otro se masturbaba.
Vino
un gato a vivir al pabellón.
Lo
llamamos Mendieta, por el perro de Inodoro Pereyra: solo le faltaba hablar.
Cuando entraba a mi celda y me hacía compañía, yo era feliz.
Sí:
feliz en la tumba. Jugaba con el Mendieta y reía. Era negro, inteligentísimo.
Percibía todo antes de que sucediera. Aprendí mucho de él. Me pasaba horas
observándolo: me volví gato.
El
Mendieta se metía dentro de mi cama para dormir. Yo me sentaba en el piso y
miraba el techo, pensando. De golpe, el Mendieta salía de la cama, se
desperezaba y se sentaba frente a la puerta. Dos minutos más tarde, yo oía el
carro de la comida que rodaba por los pasillos del penal a cien metros del
pabellón. El Mendieta me enseñó a ver las cosas antes de que sucedan.
Mientras
escribo se me hace un nudo en la garganta. Me emociona recordar al Mendieta. Me
emociona recordar que fui joven y no lo supe. Por el vacío de las horas
muertas, la cárcel es una espera eterna. No sucede nada o lo que sucede siempre
es malo.
Estar
preso en la época de Isabel Martínez y durante la dictadura era una condena a
no se sabía qué.
Los
relatos de Kafka vueltos realidad: sin metáfora. Había muertes en los
traslados. Había muertes dentro de los penales. Sabíamos de las desapariciones.
La libertad no era algo esperable.
Durar
sin sentido o el sinsentido de la muerte: el día a día de mis veinte años.
En
mayo de 1981 nos trasladaron a la cárcel de Caseros. Fuimos en un camión,
esposados y sin ver adónde nos llevaban. Después de una hora y media de viaje
olí el Riachuelo y me largué a llorar de emoción: ¡volvía a Buenos Aires! No
imaginaba que el año y medio que iba a pasar en Caseros iba a ser el peor de mi
vida. El sistema de Caseros era atroz.
Vivir
allí ya era una tortura. El maltrato era la norma. A todo volumen pasaban una
misma canción por los altoparlantes durante todo el día. No apagaban las luces
a la noche: a mí me resultaba imposible dormir.
Ante
cualquier pedido médico, te trataba el psiquiatra, que recetaba las drogas más
embrutecedoras. Nos obligaban a tomarlas. Era una mezcla del manicomio y el
infierno. No había ni un detalle dejado al azar. Nos sacaban a recreo dos horas
diarias y todos estábamos tan pálidos y ojerosos que parecíamos cadáveres. Mi
madre ya había muerto y me venía a visitar un tío. El me veía así y se ponía
triste. Yo lo veía así y me entristecía más.
Me
salvó la Guerra de Malvinas. El día del paro de la CGT, el 30 de marzo de 1982,
me llevaron al calabozo por pelear con otro preso del que me había enamorado (y
al que aún recuerdo con afecto, aunque nunca más lo volví a ver). De golpe, la
mañana del 2 de abril viene a buscarme el celador al calabozo y me dice que me
conmutaron el castigo: “Recuperamos las Malvinas; todos estamos ahora en el
mismo bando”.
Yo
creía que me estaba haciendo una broma.
Después
de la derrota, a fines de agosto de 1982 sacaron a todos los presos políticos
de Caseros. Casi todos fueron llevados a Rawson. A mí me trasladaron a la cárcel
de La Plata, que era un mejor destino. Mi tío había visto al Papa cuando
recibió a los familiares de los presos políticos.
Juan
Pablo II pidió por mí ante la Junta Militar. Mi tío, como yo, era ateo
militante. Más que yo, era anticlerical fanático, pero se arrodilló ante el
Papa, le besó el anillo y le habló de mí. Yo no sé si hubiera sido capaz de
hacer lo mismo por él.
De
la Plata fui a Devoto y de allí a Rawson. Me conmutaron la condena una semana
antes de que asumiera Alfonsín.
Salí
en libertad el 3 de diciembre de 1983, a la una de la mañana.
Al
cruzar la puerta que daba a la calle vi el muro del cementerio de Rawson, que
estaba enfrente del penal, y me acordé de mis padres muertos.
Levanté
los ojos y vi las estrellas.
Hacía
10 años que no las veía. La vida volvía a latir en mí, como si me hubieran
descongelado. Al ingresar a la cárcel aún tenía 20 años y salí en libertad una
semana después de cumplir los 30. De cada tres horas que había vivido, una hora
había estado preso.
*Eddy W. Hopper. Abogado
Tuviste mucha suerte hombre. Claramente pudiste sobrevir, que no era la idea .
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