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Economista
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“La
magnitud de las cantidades de dinero parece variar
en
modo notable según hayan de ser pagadas o cobradas.”
(Aldous
Huxley)
Si
en América Latina se hiciera un concurso de popularidad es poco probable que el
Fondo Monetario Internacional (FMI) resultara ganador. Al parecer todos estamos
de acuerdo con esta aseveración, más allá de vientos coyunturales que ocasionen
aparentes cambio de identidad, hasta que le sacamos la máscara al villano y
siempre está el mismo millonario por detrás. Aun así, el siguiente
cuestionamiento sería indagar la causa de tal desprestigio.
Cuando
uno lee “Perspectivas
Económicas Octubre del 2020 del FMI” se queda asombrado de la mirada
del organismo, donde los problemas latinoamericanos de acumulación de capital
resultan de una hipótesis obsoleta llamada “Generación Espontánea”. Es
decir, las dificultades económicas de esta porción del planeta surgen de una
manera natural, sin la menor intervención del propio organismo. Veamos un poco.
Básicamente,
en su informe el FMI proyecta una caída de la actividad económica para el 2020
del -8.1% y una recuperación modera en el 2021, dependiendo de dos variables
centrales de la ecuación potencial de crecimiento. El distanciamiento social,
un obstáculo para la actividad económica, y una ayuda, la relajación del
confinamiento. En el primer caso las políticas deben centrarse en garantizar
que las empresas dispongan de suficiente liquidez, proteger el empleo y los
ingresos (medidas ofertistas), política monetaria laxa (emisión monetaria),
siempre que se tenga bajo control la inflación, la deuda tomada por el Estado.
En el segundo caso, el de los países que están relajando las medidas de
confinamiento, los esfuerzos han de concentrarse en apoyo para la recuperación,
por ejemplo, mediante “reformas estructurales”.
Aunque
podríamos entretenernos imaginando que nos sorprende la frase “reformas
estructuras”, el relato prosigue con razonamiento lógicos. La región tiene el
8.2% de la población mundial (640 millones de habitantes), pero registra el 28%
de los casos mundiales de COVID-19 y el 34% de las muertes hasta fines de
septiembre. También cree que las economías más grandes de la región (Brasil,
Chile, México, Perú) tienen algunas de las cifras más altas de muertes per
cápita en el mundo y es probable que los informes oficiales subestimen la
cuenta.
La
pandemia se ha propagado de forma desigual en América Latina. La pregunta es
¿por qué? La respuesta del organismo es: ”La predominancia de la pobreza y la
informalidad en los mercados laborales, y la imposibilidad de practicar el
distanciamiento social en zonas urbanas densamente pobladas y barrios de bajos
ingresos aglomerados, contribuyeron al aumento del número de muertes”… Al
extenderse más los brotes, los sistemas sanitarios inadecuadamente
preparados de la región se vieron sometidos a presión y no lograron
contener los costos humanos”.
Aunque
hay algunas respuestas, las curiosidades se multiplican generando más preguntas
que apuntan directamente al organismo. Por ejemplo, Argentina se levantó un día
y extravió un ministerio, omisión inédita en el orbe, y más aún si la amnesia
hace alusión a la evaporación del Ministerio de Salud, estructura ligeramente
relevante para combatir una pandemia. Ahora, ¿el olvido fue por ineptitud
gubernamental o un acto acordado con el organismo? ¿Las políticas de austeridad
nada tuvieron que ver en Argentina, Brasil, Perú, Chile o Ecuador con la
generación de pobreza, la informalidad laboral, lo degradación del sistema
sanitario, entre otras, por propuesta de política económica del el FMI?
Si
bien el FMI ha hecho sonar la alarma sobre una gran intensificación de la
desigualdad tras la pandemia, no se responsabiliza de sus acciones respecto de
las políticas implementadas en diferentes países, con anterioridad a la
pandemia. En 2019, bajo órdenes del FMI, el presidente de Ecuador, Lenin
Moreno, redujo el presupuesto sanitario nacional en un 36% a cambio de un
préstamo de 4.200 millones de dólares del FMI. Esta iniciativa provocó un
movimiento de enormes protestas nacionales que amenazaron con hacer descarrilar
a su Gobierno y trajo como consecuencia una enorme catástrofe sanitaria. Los
resultados fueron casi apocalípticos cuando la ciudad más grande del país,
Guayaquil, se convirtió en el centro mundial del coronavirus, con cadáveres
abandonados en las calles durante días mientras los servicios estaban saturados
con la llegada del COVID-19.
A
pesar de cierta retórica altisonante de la dirección del FMI, resulta que los
préstamos de emergencia “libres de condiciones” de la institución financiera
internacional, distribuidos de abril a julio de este año, contienen “compromisos” de
los gobiernos para implementar programas de austeridad nuevos o renovados tan
pronto como la crisis sanitaria comience a retroceder. En la mayoría de
los préstamos, el FMI ha obtenido promesas
de los gobiernos receptores de regresar y adoptar medidas de
austeridad (en África subsahariana, 25 de 30 países prometen un reinicio
total).
De
los 91 préstamos que ha negociado el FMI con 81 países desde el inicio de la
pandemia mundial en marzo, en su mayoría se llegó al acuerdo de que los países
adopten medidas tales como: recortes en los servicios públicos y pensiones,
medidas que conllevarán privatizaciones, congelaciones o recortes salariales,
despido de trabajadores del sector público como médicos, enfermeros, profesores
y bomberos.
El
ejemplo más representativo es el de Ghana. El gobierno sigue plenamente
comprometido con el mantenimiento de la estabilidad macroeconómica y aplicará
políticas de
mediano plazo consistentes con la consolidación fiscal“. La consolidación
fiscal, en el léxico del FMI, significa programas de austeridad. A pesar
de que estos movimientos no se enmarcan como condiciones, el evidente impulso
del FMI por el uso de la palabra “compromiso” en los documentos de préstamos de
la mayoría de los países sugiere ciertamente una obligación por parte de los
gobiernos.
Si
existe un terreno donde quedan a la vista estas controversias y el obstinado
relato de austeridad del FMI es en Argentina. El país se está encargando de
negociar la devolución del crédito más bochornoso de su historia. Mauricio
Claver, el funcionario más importante del presidente de los Estados Unidos para
América Latina, hoy en la presidencia del BID, explicó en un foro diplomático
la decisión geopolítica
que ejecutó la Casa Blanca para de facilitar y obligar al FMI a
realizar los créditos stand-by y sostener el programa económico del
ex Presidente Mauricio Macri antes de las elecciones (léase fuga de capitales o
crédito político).
Para
los funcionarios argentinos semejante desplante pasó necesariamente inadvertido
porque conduciría a la discusión de la legitimidad de la deuda con el
organismo. Pero el relato de austeridad comenzó a filtrarse por pasillos, y la
absurda relevancia del financiamiento del déficit pasó a ser elemento central
del presupuesto 2021, como si no existiera pandemia. La política económica de
ajuste fiscal regresó como en mejores años.
Según
esta lógica Argentina solo debería cumplir con las pautas generales que figuran
en el Presupuesto 2021, así como aprobar un plan que dirija al país al
equilibrio fiscal, dato no menor, por cierto, que debe avalar el poder
legislativo. Solo hay una condición innegociable desde Washington: aceptar,
sobre todo políticamente, que esas metas las controle una misión definida
dentro del “Artículo IV” del organismo en misiones trimestrales, desde
el mismo momento en que se firme el potencial acuerdo.
Argentina,
con un déficit 8.5% del PBI, lo reduciría en el 2021 a uno déficit de 4.5% del
PBI en medio de una pandemia, sin medidas de austeridad, con un enorme
desempleo y la mitad de la población en la pobreza. Se antoja complicado. Aquí
comienza el juego del que hemos venido hablando. El déficit se cubrirá con un
40% con la toma de nueva deuda, que se está llevando a cabo, sin reproche del
FMI, y el otro 60% con emisión monetaria. Según la visión desde Washington, el
dinero que se necesitará emitir será enorme y los “mercados y el
Organismo” lo ven dudoso sin más inflación que la de este año.
Cómo
solucionar este dilema, bastante similar en muchas partes del mundo. En el caso
argentino, los números que figuran en el presupuesto hablan de una mejora
sustancial en la recaudación impositiva, fruto de la reactivación (ingresos),
faltaría avanzar en ajustes estructurales: la discontinuidad de los planes de
ayuda y mutarlos, a la baja, a otro tipo de ayudas, más allá de la pérdida
salarial, por inflación, desempleo y falta de paritarias.
Si
esto no alcanzara, y así parece y el déficit y la emisión (las políticas
ortodoxas vuelven a escena), el FMI tiene disponibles fondos para la emergencia
generada por el COVID-19. Solo los puede recibir un socio activo que tenga las
cuotas con el organismo al día, y Argentina las tiene. Es así que el organismo
internacional le brindaría unos u$s 3.500 millones, los que, para reducir aquel
60% de emisión monetaria, son maná del cielo. No pueden decir que no es
ingenioso. Hablamos de austeridad, pero queda como ayuda para que puedas
pagarle al mismo FMI. Excelente.
*Alejandro Marcó del Pont. Licenciado en Economía UNLP. Autor y Editor del sitio El Tábano Economista
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