EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

lunes, 26 de febrero de 2018

La Independencia que nos falta I y II. Por Mario de Casas


 

En esta primera entrega Mario de Casas hace hincapié en la efectividad con que el lenguaje de los sectores dominantes legitima una humillante subordinación y entrega del país.

Por Mario de Casas para La Tecl@ Eñe

Y es contra todo un orden de cosas que debemos levantarnos. Contra la plutocracia que, en más de una ocasión, entrelazó intereses con los del invasor.
                                                                        Manuel Ugarte


Primera entrega: Introducción

Que las sucesivas genuflexiones explícitas del presidente Macri: “Estoy acá (en Tucumán) tratando de pensar y sentir lo que sentirían ellos en ese momento. Claramente deberían tener angustia de tomar la decisión, querido Rey, de separarse de España”, o la descarada injerencia en los problemas de Venezuela como vocero del Departamento de Estado, no hayan generado un repudio generalizado, está hablando de cuan honda y extendida es la influencia de palabras, ideas y discursos cuya finalidad es legitimar una humillante subordinación y entrega del país. En la efectividad de esta dilatada maniobra hay que buscar las causas de la importante aquiescencia social ante la enajenación de los principales resortes de la economía nacional, el acatamiento a los mandatos de las grandes corporaciones y el incremento de las desigualdades sociales. 

Fenómeno que no es nuevo pero que ha alcanzado una escala inédita, aun cuando en estos días las encuestas estén mostrando un deterioro en la imagen presidencial y del gobierno: en términos estratégicos, el volátil humor social es irrelevante. 

El acoso a la nación por parte de las expresiones imperiales y sus socios locales, con sus graves consecuencias para la mayor parte de la sociedad, cuenta ahora con un plus: la restablecida condición semicolonial del país se ha logrado a partir del triunfo oligárquico en las urnas, reforzando así la máscara del tradicional e insustancial discurso exaltador de la “libertad” y la “democracia”; razón por la cual las actuales circunstancias invisten de una importancia adicional a la necesaria comprensión masiva de la cuestión nacional, categoría fundamental para la transformación social de los pueblos latinoamericanos.
Hace tiempo que en el discurso político de los sectores populares aparecen términos y conceptos legados por los sectores dominantes, que además se han apropiado de palabras caras a la tradición nacional-independentista; como cuando el Diputado Eduardo Amadeo de Cambiemos dice que “es bueno que un sector de la sociedad diga ´Patria o Moyano´” al referirse a la marcha convocada en rechazo a la que realizará el movimiento obrero.
Considerando la trayectoria del personaje, parece que la causa nacional es un asunto de pequeñas minorías y la patria una sospechosa abstracción. Escenario nebuloso en el que no sorprende que las acciones orientadas por el discurso popular no siempre respondan a una estrategia coherente con los intereses que suponen representar.
Los problemas lingüísticos ocupan un lugar importante en la obra de Gramsci; vale la pena subrayarlo y destacar su voluntad de construir un lenguaje teórico y político que rescate y supere las fórmulas establecidas en el marco de una determinada tradición liberadora compartida. La recuperación de un lenguaje adecuado que permita dialogar entre generaciones en el marco de una tradición emancipadora común debería ser la principal tarea prepolítica del movimiento nacional. La batalla por rescatar y dar sentido a las palabras de la propia historia, por dar nombre a las cosas, es probablemente el primer acto autónomo de la lucha ideológica.
La implacable penetración cultural imperialista ha logrado que no pocos cuadros del campo popular justifiquen lo injustificable en nombre de la globalización de la economía y el poder -procesos que no ponen en cuestión-, olvidando que globalización es el nombre del imperialismo en lenguaje ajeno, que el problema no es la globalización sino los globalizadores y que “volver al mundo” -hace unos años “al primer mundo”- es ceder a la coerción de las potencias centrales. Pero ese lenguaje amañado es generoso para nombrar la misma cosa: no faltan los progres que le dicen conflicto Norte-Sur al conflicto imperialista.
La mundialización que hoy padecemos debido a los prodigiosos avances de la tecnología no debe hacernos olvidar que en los fundamentos de nuestra realidad latinoamericana se encuentran la globalización de Alejandro VI y Tordesillas; que el Río de la Plata no toma su nombre -y de él la Argentina- de sus aguas amarronadas sino del legendario Potosí; y que el palo brasil, el azúcar, el oro, los diamantes, el caucho y los esclavos globalizaron al Brasil mucho antes de que los teóricos imperialistas aparecieran en escena.
Para promover tan generalizada confusión, desde mediados del siglo pasado, el gran capital se valió de las ciencias sociales induciéndolas a un importante giro plasmado en el abandono de conceptos y categorías de análisis tales como los sistemas de acumulación capitalista, para reemplazarlos por ríos de tinta sobre la democracia; así, sin adjetivos.
Justamente Gramsci fue la bisagra de ese cambio de paradigmas. La clave fue una engañosa interpretación de su teoría, fundada en la modificación de sus conceptos de sociedad política y sociedad civil; de tal suerte que la consolidación de la sociedad civil, que en el revolucionario italiano equivale a una forma más desarrollada de la dominación de la burguesía -a un “momento” del Estado- que se basa no en la coerción sino en la hegemonía, devino increíblemente en su contrario: el fortalecimiento de la sociedad frente al Estado -reducido a la esfera de la sociedad política-; es decir, una variante del anarco-capitalismo: más sociedad y menos Estado. Situación que ya sabemos a quienes favorece y que no casualmente es una pieza decisiva del discurso macrista. La identificación de la categoríasociedad civil con sociedad en general fue el artilugio teórico que sirvió para disolver la categoría dominación y (re)configurar la sociedad como el escenario de la igualdad jurídica y de las luchas particulares, el lugar de la competencia de individuos y grupos portadores de intereses privados.
Este sinuoso camino tuvo una de sus estaciones en el término subdesarrollo, pantalla eficaz para ocultar el concepto de colonialismo.
En el estudio que Marx y Engels realizaron sobre la guerra civil norteamericana, encontramos la primera aproximación científica a eso que, un siglo más tarde, una corriente económica bautizará como problema del subdesarrollo. La diferencia fundamental entre uno y otro análisis reside en que los primeros desentrañaron la médula misma de la cuestión, en tanto los economistas del “desarrollo” -entre quienes ocupó un lugar destacado el abuelo del ministro Frigerio- merodean en torno a los problemas fundamentales pero inhibidos de captarlos, porque no dejan de expresar la visión rapaz de la burguesía imperialista o la impotencia de las burguesías nacionales.
Esta incapacidad se manifiesta en una terminología con pretensiones científicas. El vocablo subdesarrollo da a entender, primero, una situación inmanente, definida por los meros datos de la estructura interna y, segundo, una insuficiencia cuantitativa: sería el primer eslabón de una serie en cuyo extremo hallaremos los países “desarrollados”. La relación entre las respectivas estructuras -desarrolladas y subdesarrolladas- sería entonces exterior y contingente.
Pero las cosas no son así. No estamos ante una situación de atraso inherente las características propias de nuestros pueblos y sociedades, sino ante una inocultable relación de dependencia, de explotación semicolonial, sobre la cual se basa la prosperidad de las metrópolis y el atraso de las economías tributarias. El escamoteo lingüístico permite a las metrópolis asomarse a nuestras desventuras con aires de hermano mayor.
Consideraciones que ampliaremos en la segunda entrega.

II

En la segunda entrega de La independencia que nos falta, Mario de Casas sostiene que la formula del desarrollismo debe invertirse: no era “la industrialización” la que iba a romper el atraso ganadero, sino la ruptura del estancamiento ganadero - y primario en general - lo que hubiese hecho posible un desarrollo industrial autónomo.

Por Mario de Casas para La Tecl@ Eñe)

Juro delante de usted; juro por el Dios de mis padres; juro por ellos, juro por mi honor y juro por mi patria, que no daré descanso a mi brazo, ni reposo a mi alma, hasta que se hayan roto las cadenas que nos oprimen por voluntad del poder español.

Juramento de Simón Bolívar ante Simón Rodríguez. Roma, 1805.

Habíamos iniciado una crítica al concepto de subdesarrollo directamente ligada al problema de la cuestión nacional, que se presenta cuando un pueblo aspira a constituirse plenamente como nación y hay una valla que le impide alcanzar esa realización, su autonomía.
La primera incongruencia del análisis desarrollista consiste, según lo que hemos visto, en ocultar la fuente misma del subdesarrollo, es decir, la inserción de economías dependientes en el sistema de la economía mundial imperialista. La segunda, en encarar la caracterización interna del subdesarrollo y concebir el combate para superarlo en términos de insuficiencia técnica, frente a la cual se requeriría más capital -léase capital extranjero- y mejores métodos e instrumentos de trabajo. Este enfoque ha llegado hoy al paroxismo con el especioso discurso sobre la “brecha tecnológica” y el famoso “know how”.
El subdesarrollo se definiría entonces como pura insipiencia y no como el predominio de estructuras económico sociales que frenan e impiden el desarrollo.
Esta curiosa concepción ha sido causa de históricos equívocos. Se pueden dar distintos ejemplos. Como cuando, frente a la crisis crónica de la ganadería argentina, se sostuvo que la producción de carnes no aumentaría si no se hacían previamente inversiones en infraestructura; o cuando no se explicó por qué, si el país  disponía de un potencial instalado para la producción de maquinaria agrícola en gran escala, esta rama industrial soportó una larga parálisis desde la última dictadura hasta fines de los ´90, que la limitó a trabajar al 40% o menos de su capacidad por falta de demanda, demanda que sí existió y se mantuvo para una producción técnicamente similar pero de bienes de consumo suntuario como los automóviles: la composición de la demanda no es independiente de la estructura socioeconómica y de las decisiones políticas de un país, que a su vez determinan el destino productivo o improductivo del excedente nacional, relación que vale para el desarrollo de importantes innovaciones técnicas que requerirían modestas inversiones.

Considerando su carácter esquemático, la fórmula desarrollista puede y debe invertirse: no era “la industrialización” la que iba a romper el atraso ganadero, sino la ruptura del estancamiento ganadero -y primario en general- lo que hubiese hecho posible un desarrollo industrial autónomo. La distancia tecnológica que nos separa de los países de capitalismo avanzado es consecuencia de decisiones políticas. Lo decisivo es la incapacidad del orden ahora fortalecido por el macrismo para sortear una diferencia que justamente los meros datos técnicos -recursos naturales, centros de investigación, experiencia industrial, etc.- no muestran insuperable.
Con estas reflexiones hemos llegado al meollo de la cuestión nacional. Situación que se ha dado en distintas circunstancias en el curso de la historia moderna, según que el pueblo en cuestión a) tenga que soportar el yugo colonial directo porque no ha conquistado todavía la independencia nacional; b) esté disgregado porque aún no consigue su unidad política o c) haya superado la etapa colonial pero el yugo subsista bajo otra forma: una dependencia estructural de tipo económico-social. Éste último es nuestro caso y el de todos los países del subcontinente con los que, en realidad, deberíamos conformar una nación en el sentido moderno del término.
El concepto de nación
La contribución más importante de los marxistas al estudio de la nación fue llamar la atención sobre la estrecha relación que había entre el ascenso del capitalismo y la cristalización del Estado-nación. Sostuvieron que el avance del capitalismo destruía los mercados autárquicos, cortaba sus lazos sociales específicos y abría el camino para el desarrollo de nuevas relaciones sociales y formas de conciencia. “Laissez faire, laissez aller”, el primer grito de guerra del comercio capitalista, no condujo en sus primeras etapas a la globalización generalizada, pero generó las condiciones para el despegue de las economías de mercado más allá de las antiguas estructuras comunitarias. 
La nación no es cualquier tipo de comunidad. Es una formación relativamente nueva en la historia. Las formas antiguas de comunidad, por ejemplo la Ciudad-estado o los Imperios multinacionales, realizaban totalizaciones políticas que no tenían las características de las modernas naciones.

Lo que caracteriza a las naciones que se van formando en la edad moderna e irrumpen en el proceso revolucionario de fines del siglo XVIII y el siglo XIX, es un grado determinado de cohesión comunitaria que está dado por la unidad de un territorio y una lengua común amalgamados por el desarrollo del mercado interno. En otras palabras, una comunidad que ha roto las barreras feudales y el aislamiento, y ha logrado una unidad cimentada en la generalización del intercambio y, por lo tanto, en el avance del capitalismo. La consolidación del Estado-nación se explica por cuanto el capitalismo, la forma más abstracta de control de la propiedad, requería por encima de todo un sistema de leyes que sacralizara la propiedad privada y un Estado que asegurara su cumplimiento.              
En aquel contexto, en los países sometidos o disgregados, la democracia -oposición al absolutismo político- se hacía nacionalista, patriótica; el nacionalismo germinaba entre los sectores más significativos del pueblo: campesinos, artesanos y pequeño-burgueses de las ciudades, industriales y comerciantes. Todos ellos veían en los príncipes y las aristocracias no sólo a los enemigos de la patria, sino también a los tiranos y explotadores.
El gran articulador de este movimiento fue la burguesía, que exigía un régimen liberal y representativo porque el individualismo político complementaba y protegía el liberalismo económico basado en la competencia, la libre contratación y la libertad de trabajo e industria, indispensables para el desarrollo fabril y comercial. Por eso mismo la burguesía pugnaba por asegurarse el mercado interno, e impulsó tanto los casos de independencia nacional como los de unidad nacional tardía -Alemania e Italia- en la Europa del siglo XIX.


Nuestra cuestión nacional


En cambio, lo que ha caracterizado a la cuestión nacional en Hispanoamérica hasta nuestros días es que no ha sido impulsada por el crecimiento de las fuerzas productivas de la sociedad burguesa, sino por un factor externo: la tajante división del mundo capitalista en un centro imperialista y una periferia colonial o semicolonial. La periferia de la que formamos parte entra periódicamente en crisis como consecuencia de múltiples formas de opresión, económica, política e ideológica. No ha habido un crecimiento de la burguesía en el marco del orden capitalista, como clase que genere por lo menos los cimientos para la realización del objetivo estratégico de la unidad y efectiva independencia nacional latinoamericana.
En el caso argentino, el proceso de industrialización -modo de acumulación necesario para la maduración capitalista de una formación social- adquirió cierto desarrollo a partir de la crisis mundial de 1929. Pero ese proceso, forzado por las circunstancias y materializado a través de medidas defensivas, no fue de carácter nacional, sino cerrada y claramente clasista, conducido por la oligarquía terrateniente.

Fuente:
I

II



1 comentario:

  1. Es obvio que una visión distorsionada, una cosmovisión disruptiva calada en el inconsciente, interrumpe cualquier análisis objetivo cuando los términos se reemplazan por subterfugios.
    El imperio necesita ser aceptado, pero no reconocido, para evitar resistencia a su voracidad.
    Hace poco me topé nuevamente con el concepto "América" de uso exclusivo para referirse a yanquilandia:
    "Recuperando el debate siempre abierto sobre la libertad de los ciudadanos para poseer armas, ya que implica su derecho a defender su propia vida o propiedades (según la Segunda Enmienda de la Constitución Americana) o la creencia de que éstas deben restringirse al ámbito institucional, en cuyo caso el Estado garantiza la total y absoluta seguridad de todos, como parece ser en el ámbito europeo." Acá el artículo completo http://www.otraspoliticas.com/politica/adios-a-las-armas/
    WTF? En América hay muchas Constituciones, ¿a cual se referirá el autor, político y académico?, está claro que no es a la de Honduras, Brazil, o Chile; es la del Río Bravo o Río Grande al norte.
    El autor que cito podría decir USA, EE:UU., o Norteamérica, pero no, mete un continente en un contenido y se le pasa por alto, porque es seguro que jamás pensaría llevar una botella de vidrio rodeada o envuelta en vino.
    Este patrón de cognición (forzando conceptos)existe en casi todos los ámbitos, naturalizamos aberraciones pregonadas desde el Poder y a la hora de repartir la torta hordas de boludos festejan que consiguieron una velita usada.

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