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lunes, 11 de diciembre de 2017

Cambiemos nada como pez en las aguas del analfabetismo político







El infame boato de la antipolítico

Por Flavio Crescenzi, Docente y crítico literario, para La Tecl@ Eñe


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1. El fin de la inocencia


Cambiemos termina su segundo año de mandato habiendo superado con creces la barrera de las elecciones legislativas de medio término y teniendo la no tan descabellada convicción de que puede repetir la hazaña en las presidenciales de 2019. Cambiemos saborea su triunfo con la perversa fruición de quien sabe que está incurriendo en pecado de gula, es decir, con altanería, libre de culpas. Así se vive el éxito en las inmediaciones macristas, éxito que no es sino fruto del único plan de Gobierno más o menos claro desde que sus representantes arribaron a Balcarce 50, me refiero a esa rara entelequia que hemos convenido en llamar meritocracia. 

Así como no creíamos posible que Macri llegara al poder en 2015, pensábamos que, después de la interminable lista de medidas lesivas para la gran mayoría del pueblo argentino que el Gobierno llevó adelante en poco menos de dos años (en la que no faltan presos políticos ni víctimas de la represión), nadie en su sano juicio iba a avalar su gestión. ¿Qué fue lo que sucedió entonces? Sucedió lo que tenía que suceder, máxime si tenemos en cuenta que buena parte del electorado no se rige por serias convicciones políticas, sino por emociones tuteladas y nutridas desde los medios masivos de comunicación. La sociedad del espectáculo votó motivada por la seducción del espectáculo; la sociedad de la posverdad, como en una catarsis «orwelliana», materializó sus odios y prejuicios con un voto que sólo tenía la intención de sepultar para siempre al «populismo», el más peligroso enemigo de la república blanca, rubia y pura que había que restaurar forzosamente.

A este promovido y celebrado «analfabetismo político» habría que sumarle la crisis de representación de la dirigencia opositora. Una oposición dividida entre los que querían en verdad ejercerla; los que estaban dispuestos a limar las asperezas con el oficialismo en nombre del diálogo, la tolerancia y otros significantes vacíos semejantes (actitud que, por cierto, llegó al extremo del grotesco cuando Pichetto, Urtubey y otros senadores del bloque del PJ-FpV aprobaron el proyecto de ley de reforma previsional hace poquísimos días), y los que se contentaban con asumir una posición meramente testimonial, alejada de cualquier posibilidad concreta de construir poder y hegemonía. Lo curioso es que estas tres divisiones no se presentaron como compartimentos estancos, sino que, en mayor o en menor medida, afectaron por igual a todo el arco político opositor.

Huelga decir que vivimos tiempos de ignominia. Todo es póstumo, la esperanza de rectificación ha durado excesivamente y el macrismo se da el lujo consumar sus traiciones cada mañana sin convicción ni arte. Es hora de aceptar que hemos sido demasiado inocentes en la mayoría de los casos; es hora de repensar las estrategias.


2. La mani pulite o de los placeres onanistas de la lucha contra la corrupción


Detrás del apoyo a Cambiemos hubo un reclamo —elevado fundamentalmente por la clase media—, que aun si fuera genuino, sería sólo en parte atendible: el de juzgar y encarcelar a los políticos y sindicalistas corruptos. Este reclamo apareció como dato relevante en todas las encuestas previas a las PASO, y, como es lógico, los candidatos del macrismo (quiénes sino) supieron captar esas demandas y así gozar de la simpatía de un electorado sediento de «justicia».

Digo que este reclamo dista mucho de ser genuino porque sólo apunta a los políticos y sindicalistas que no están alineados con el Gobierno, lo cual demuestra a todas luces que se trata de un ejercicio más de revanchismo. Pero aun si fuera amplio y realmente exigiese que se investigara a los políticos y sindicalistas que ocupan cargos de importancia en áreas sensibles del actual Poder Ejecutivo (y convengamos que son muchos), el método, que podríamos denominar de linchamiento, vulnera los más elementales soportes institucionales, como lo demuestran los encarcelamientos sin condena de De Vido y de Boudou —amparados en la excepcional figura legal de prisión preventiva—, la insólita presión judicial que terminó por acelerar la renuncia de la procuradora Gils Carbó o el tan reciente procesamiento y pedido de desafuero a CFK por la absurda acusación de «traición a la patria». Por otra parte, hay que apuntar que poner tanto énfasis en la corrupción de la política sólo puede hacerle mal a la política, pues tras la consecuente estigmatización del término, cualquier discusión de fondo que requiera una argumentación social, histórica y tendiente al bien común quedará inhabilitada de antemano.

Naturalmente, este procedimiento no es nuevo. En el libro Estrategia y táctica del movimiento nacional, escrito por Arturo Frondizi (figura otrora elogiada por Mauricio Macri), hay un capítulo titulado «La corrupción, pretexto para derribar gobiernos populares», donde el expresidente da cuenta del que parecería ser el modus operandipreferido de los poderes fácticos a lo largo de la historia argentina, que, sin duda, se inaugura con las difamaciones proferidas contra Hipólito Yrigoyen antes y después del golpe de Uriburu.

El electorado macrista, constituido en gran parte por personas con una formación política más bien deficitaria, pretende que los políticos corruptos (que, para este reaccionario colectivo, serían únicamente aquellos que estuvieron vinculados al kirchnerismo) vayan a la cárcel, y quien debe ocupase de garantizar esta suerte de Némesis, tan fatal como deseada, es un Gobierno conformado por empresarios acusados o sospechados de corrupción. El blindaje mediático y la ya mencionada posverdad impiden que la gente se dé cuenta de la triste paradoja en la que vive. El macrismo, entretanto, se regodea en la implementación de una mani pulite que no es otra cosa que una escena distractora para que el mundo corporativo, ahora felizmente instalado en el Gobierno, pueda seguir erosionando los derechos adquiridos en democracia (la reforma laboral que se quiere imponer a cualquier precio sería uno de los ejemplos más recientes de esta siniestra tendencia), desguazando el Estado (léase endeudamiento por cien años, exenciones impositivas, reformas tributarias, etc.) e inoculando en la población el mezquino «ideario» neoliberal.


3. El sujeto neoliberal, el «hombre nuevo» del capitalismo tardío


Quien piense que el neoliberalismo es sólo una ideología que defiende el repliegue del Estado, su hundimiento en defensa del mercado o de la especulación financiera está equivocado. El neoliberalismo, de acuerdo con la descaminada lógica que se quiere instalar desde el macrismo, tiene como principal proyecto producir un nuevo tipo de subjetividad.

Contrariamente a lo que ocurría con el sujeto en la modernidad, que actuaba en función de los distintos ritos sociales (jurídicos, religiosos o institucionales) —ritos que, a su vez, exigían una determinada conducta en cada caso—, el sujeto neoliberal se consolida como un individuo que está por encima de las normas, entregado a su máximo rendimiento y competencia, asumiendo una actitud «empresarial» anta la vida, la actitud de un empresario cuya empresa no sería otra más que él mismo. Cualquier ley que limite el crecimiento pecuniario de este sujeto (y recordemos que toda empresa que se precie busca siempre un crecimiento) será tildado enseguida de autoritaria, aun si la ley en cuestión se funda en principios éticos o morales; del mismo modo, cualquier consideración intelectual que cuestione el frívolo hedonismo que practica este individuo será tildada por él enseguida de arbitraria, y vale decir que la posmodernidad le ha dado a argumentos de sobra para hacerlo. El sujeto neoliberal sólo se ampara en su «voluntad de poder», aunque ésta sea apenas una posibilidad, una aspiración, una fantasía. A grandes rasgos, éste es el perfil del votante de Cambiemos.

En suma, el fin último del capitalismo tardío es la producción de un nuevo sujeto, un sujeto íntegramente asimilado por la lógica empresarial, por su inherente competitividad, por su proverbial hipocresía, es decir, un sujeto que encarne y reproduzca el pensamiento del sistema. Es por esto por lo que el sujeto neoliberal —provenga de la clase social que provenga— desprecia la ética, la política y la cultura, en tanto valores de origen humanista, pues estos dispositivos simbólicos, estos abstractos mecanismos, amén de ser perfectibles, evidencian la falta de escrúpulos que atraviesa todo el edificio filosófico del neoliberalismo, un edificio poshumanista, posindustrial y antipolítico.


2 comentarios:

  1. La pérdida de las identidades políticas (fruto de una cuidadosa y estudiada tarea de demolición) así como el desprestigio del Congreso Nacional son el pavimento por donde avanza raudamente la piratería financiera. Ahora se impone el "sontodolomismo" una especie de aggioranmiento de Discépolo en Cambalache....

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    1. Mucho se habla de la crisis de representatividad, cuestión en la que coincido.Son contados con los dedos de una mano los políticos que son representativos de una idea política fuerza (praxis + dialéctica)

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