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martes, 18 de julio de 2017

Se trata de la lucha entre las armas del poder confidencial y las cicatrices del poder popular.






La Campaña, por Horacio González, para La Tecl@eñe



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La campaña de Cristina no es una “duranbabización de izquierda” figurada en los manuales de procedimiento de los expertos en hacer “ganar” o “perder” elecciones, o en el sentido común al que nos obligan Fantino o Lanata. La campaña de Cristina contiene el germen potencialmente vivo de una asamblea o un mitin de comuneros libres.


Una campaña política, conquista y reafirma voluntades, mientras que la campaña militar busca desmontarle a los otros sus nociones de organización y lucha. No hay allí un tercer opinante, los electores, sino que las cosas se resuelven cuando alguna de las fuerzas bélicas ocupa el centro de irradiación del enemigo por la potencia de sus medios técnicos, intelectuales y beligerantes.

Sabemos las diferencias, pero no perdamos de vista los parecidos. En una campaña, todo es significativo, gestos desapercibidos cobran singular relieve y cálculos mayúsculos pueden pasar sin interés para la crónica. Se le habla al pueblo de la nación a fin de atraer su atención, por lo tanto es un tipo de mensaje que recubre de importancia al interlocutor, el candidato saluda con más atención y hay que detenerse ante cualquier pregunta callejera, a diferencia de un jefe de Estado, un gran Sindicalista o un Canciller, que aunque puede hacerlo, no tiene en general tiempo para eso. Por eso una campaña es un vasto teatro donde el candidato está a la intemperie, todos los elementos que aparecen ante su vista se mueven a su paso o lo sensibilizan. No tiene guardaespaldas o si los tiene no están en primer plano, con lo que una campaña es también un tipo de Estado, pronuncia una forma de poder y decisión, sobreentendiendo que si ésta tiene ámbitos cerrados o exclusivos, la campaña ayuda a pensarlos por el envés.

Si se trata de poderes confidenciales la campaña ayuda a pensarlos con mayor amenidad, y se configuran también más porosos. Y así, si se entiende que el ejercicio del poder podría excluir una porción importante de la palabra pública, ésta después podrá apreciarse si se eclipsa o se muestra rozagante durante la campaña –a cielo abierto-. Pues no hay poder sin campaña ni campaña si una idea de poder. Entonces, la campaña prefigura, adelanta, permite visualizar cómo sería una orden o una decisión grave futura. Sin que nadie necesite decirlo, la campaña anticipa los estilos con los cuales, si el candidato sale elegido, ejercerá sus oficios.
Es sin duda el reino de la promesa. Mejor dicho, el arte de la promesa. Nadie pide contratos electorales; esta expresión es nueva debido a las notorias distancias que estableció Macri entro lo “dicho” y lo que está haciendo. Sabemos que la política es la movilidad de las decisiones en incesantes escenas moduladas en sus diferencias, pero esto ocurre siempre bajo explicaciones pertinentes y críticas al actuar propio. Una elección en las sociedades masivas, mediatizadas y metropolitanizadas, no puede restringirse a un contrato ni puede desentenderse del valor de las promesas. Es cierto, que algo hay de contrato, pero tiene de contrato lo que le permite la promesa y de promesa, lo que le permite el contrato. Por eso la acusación habitual al macrismo de que rompió el contrato electoral, es justa y comprensible, por lo desmesurado de una experiencia política que se lanzaba a una aventura con cálculos previos sobre la distancia entre lo que sabía que decía y lo que sabía que haría. En ese sentido, es lo más grave que ha ocurrido en la historia de todas las campañas políticas argentinas y anuncia un nuevo tipo de político fantochesco o rocambolesco (incluso en su actitud de bailar como un muñeco desarticulado o el remedo de un pato deforme o aturdido en el propio balcón de la casa Rosada). Sería un político de estructura extremadamente simple: una máscara y un despojarse de la máscara. Dos movimientos vinculados a la vida de las marionetas; mucho más temible cuando despojado del embozo, el rostro crispado muestra su temible verdad.

Ya sea porque el candidato macrista no posee las facultades de la oratoria, sino de una prédica primitiva, paternalista y ofensiva (siempre atemorizadora; su sonrisa es cruel, como mínimo sobradora), ya sea porque las asesorías del caso privilegiaron las imágenes llamadas de “proximidad” por sobre el discurso “dicho a los vientos”, es decir a las multitudes, a la historia o al horizonte utópico que posee toda sociedad, se ha girado hacia un tipo de enunciado basado en arquetipos vacíos, meramente escénicos, que luego se multiplican en “red”. Son ejemplos vastamente conocidos el timbreo, las fotos donde “no se lo sorprenda hablando sino siempre escuchando”, la cercanía con la “gente”, donde el acontecimiento semeja a una reunión de amigos, las referencias cachadoras al fútbol, hechas en reuniones internacionales (como si ninguna otra cosa importara, sólo la camaradería de los hinchas de fútbol, “amigos fingidos en la chistosa incompatibilidad”). Lo cierto es que las experiencias políticas de este tipo, ficticiamente “despolitizadoras” y trazando una línea de abyección contra el “pasado”, además de invocar la “izquierda” en el sentido de fin de las ideologías. Llamándose entonces izquierda al acto de invocar “millenials" –o sea baratijas y mitologemas de periodistas detrás de su bestseller-, conceptos reducidos al uso legendario y absorbente de las redes y todos sus sistemas de control de tendencias de consumo, lo que es un fenómeno que ni deja de reiterar motivos ultra conocidos ni  pierde interés para su estudio etnográfico (como “Adolescencia y Sexo en Samoa”, de Margaret Mead, complejo monumento al relativismo cultural que hoy debilitaría hasta el sarcasmo estas nociones periodísticas sobre los nuevos adolecentes). Nociones periodísticas y electorales, que se traducen en la angustiosa pregunta de los políticos  ¿Qué pasa con los jóvenes?

Los medios de comunicación, ignorantes en cualquier tipo de filosofía a que fuese, han  consagrado la idea de proximidad, actuación, guerra de palabras, modelos de conflicto, creación de conceptos, como el notorio, amenazante y pendenciero de “grieta”, etc. No puede pedírseles que invoquen a Emmanuel Levinas –la alteridad del otro vista en su rostro cercano e infinito-, pero algo hacen los medios: creando una falsa intimidad, anulan falsamente toda lejanía real. En los medios sólo hay destierro, exterioridad, extrañamiento. Pero siempre se apela a una actuación de la proximidad. En cierto programa que se burla de los que concurren llamándolos “intratables”, todos hacen sus papeles, donde la creencia íntima que los sostendría ya no actúa en la creación de situaciones  discursivas sino de roles guionados. El propósito es demoler al gobierno anterior, pero alguien hace de “kirchnerista” y otros “invitados” pueden o no desarrollar un tema en medio de la baraúnda deliberada del programa. Pero predomina la conversión de la política en una teatralidad deforme, que alcanza incluso a los que auténticamente allí despliegan algún razonamiento sostenido en andamios de sensatez. Reina una falsa intimidad, tomada de modelos anteriores de la televisión (a pesar de sus ostensibles diferencias), desde Polémica en el Bar hasta 6,7,8, del cual extraen no pocas nociones respecto a énfasis y ridiculización  de situaciones. La tecnología de la televisión cruza todas las fronteras.

Por eso,  queda como metodología de la enunciación social la idea del sufrimiento directo, o de la exhibición directa del sufrir, de la pérdida personal o de la polémica (verdadera o falsa). El límite se corre siempre y no es posible anclarlo nunca. La reiterada situación deliberadamente provocada de que tal “cruzó” a cuál, es la idea de sociedad de los Medios, el “cruzar” es una polémica inducida –entre Moria Casán y Rial, por ejemplo- y luego este arquetipo se verifica en el mismo “cruce” entre políticos, por ejemplo, en la desfachatez cultivada y fina de Lipovetzky y el primitivismo de un macrismo con pocas horas de enteramiento en Chapalmadal, con algún oponente prefabricado, en Intratables, o con una discusión seria pero jamás posible, fuera de la rapidez de una breve intervención aguda y bien puesta, por un Yasky o un Moreau.

En los últimos tiempos se suele escuchar que algunos mencionan el parecido de la campaña de Cristina con lo “exorcismos” y las apologías al desinterés político y las situaciones de proximidad emotiva creadas artificialmente. Desde luego, no compartimos esta idea, que ya  muchos rebatieron oportunamente. Pero como es evidente que hubo una rotación en el predominio de oratorias políticas ante y frente a la historia, donde se alternaban lo demostrativo con lo emotivo, y el contrapunto se establecía con la presencia simultánea del orador y de multitudinarios oyentes (por ejemplo, en el interior de los patios de la casa de gobierno), todos ellos en el mismo espacio tiempo específico del discurso. Al parecer esto ha sido abandonado, no sólo porque no se tiene el gobierno sino porque ahora los alegatos “ante las exigencias de época” parecerían exteriores a la trama interna de los aparatos electrónico-visuales que crean diseminaciones homogéneas. Al parecer las únicas posibles.

No parecería tener vigencia ahora un discurso trasmitido por televisión, sino un discurso que retoma las raíces teatrales de la televisión desde sus vísceras más internas. No obstante, la relación entre ejemplificación con casos dolorosos y el “método” que consagra casos incidentales como arquetipos “platónicos”, tiene un doble sentido. Se puede partir de la exposición de los damnificados (y agregar o no consideraciones específicas desde el oído que escucha, esto es, quien construyó esa posición privilegiada de escucha que no obstante la convierte en una más, sino en la que escucha) o a la inversa, se puede trazar un panorama general de las atmósferas corrosivas del trabajo, la convivencia, la justicia, la educación, etc., y si se opta por ello, hacerse acompañar por los damnificados y quebrantados por las políticas macristas.

Y allí se presentaría una cuestión no poco importante. El modo de expresión del político cuando habla del estropicio social no puede ser neutro y siempre hay un componente de pasión en sus palabras. Esta pasión no es posible organizarla (sin embargo así lo pensaban Gramsci) ni graduarla en estantes fijos, aunque el riesgo es siempre el síndrome televisivo. La televisión nace del llano; no sólo le gusta hacer llorar, en una mímesis mecánica que se dirigiría a la sensibilidad no menos “automática” del espectador, sino que siente que llegó a la igualdad consigo mismo cuando alguien llora en pantalla. En el cine no es igual, puesto que se sabe que es una representación, pero la televisión, alarmantemente sobrecargada de símbolos, todo se presenta como “naturalista”. Por lo tanto, llorar allí resulta cercano a lo ficticio, aunque íntimamente, el sujeto de llanto posea el sentimiento verdadero de su autenticidad.

¿A qué viene todo esto? La campaña de Cristina no es una “duranbabización de izquierda”, por el solo hecho de que allí hay pueblos, gentes, militantes, encarnaduras heterogéneas, de donde sale un dolor compartido, no prefigurado en las cuartillas que el guionista escribe trabajosamente en sus cartujas de la “rosadita publicitaria”. No obstante esa autenticidad del llanto y el consuelo, figuras propias de un sentimiento extendido desde todos los rituales de salvación, hay otra situación que no puede faltar, que es la drasticidad específica de la historia. Esta nunca puede anularse. Pero no es igual un acto público al drama del desposeído en su seno familiar o en su biografía personal. El drama de la historia recorre especialmente a las multitudes y a los políticos, y su evidencia mayor se expresa en las cuerdas oratorias diversas. Estas ni deben dejarse penetrar por un pasionalismo obvio ni deben dejar que éste se ausente de la acción del orador, que hace de sus pasiones un moderada continencia, fórmula pedagógica más añeja, que nunca desaparecerá ante la dependencia mecánica que introdujeron los tiempos y modos de entendimiento regulados por la televisión. (Fantino: “explique fácil profesor, para que la gente entienda”).

No desaparecerá el orador clásico de los siglos anteriores a las eras telecomunicaciones, las redes y el remodelamiento subjetivo por parte de las empresas fusionadas que trabajan con el cautiverio de la conciencia a través de imágenes precatalogadas –no así las imágenes libres-. No desaparecerá porque está en la esencia igualitaria de lo humano. El sentido común clásico se ha convertido en añicos irrecomponibles ante los profesionales del control de los sentimientos, pero no ha desaparecido en su raíz vinculada a la vida de los pueblos antiguos y modernos, ese formidable pragmatismo creador, del cual incluso Gramsci fue un hijo. Pero la política no es un acto mimético con el sentido común. Trabaja con él, es su interior, sus bordes, su contextura utópica y también su exterior. No consiste en “elevarlo”, ni en “tratar de comprenderlo”, sino en interrogarlo simultáneamente desde adentro y desde su copertenencia a él y desde el mínimo de alejamiento que se permita el político para crear una distancia –otra forma del sentido común- que sea atravesable por quienes cayeron presos del otro sentido común, que ya le anulaba el síntoma interno de su propio interrogarse a sí mismo. Por eso una campaña debe tomar el sentido común, redescubrirlo e invocarlo sutilmente y con no menos sutileza ofrecerle otros caminos, es decir, desdoblar el sentido común pétreo –al que nos obligan Fantino o Lanata- por un sentido común con episodios heterogéneos, que no se rinden ante la idea intelectual sino que también la recreen, porque en ese sentido común también hay filosofía. Una campaña de este tenor, está inscrita en la historia de las sociedades, no en los manuales de procedimiento de los expertos en hacer “ganar” o “perder” elecciones. A esos expertos, si realmente existen, se les escapa la tortuga todo el día. La política no puede regularse con la enciclopedia de Diderot o con manuales Lerú. En el acto de Mar del Plata, además de los casos de destierro del vivir digno y aceptable, a la vista, también surgieron voces del público, con opiniones gritadas o lanzadas con desenfado. Era el germen vivo de un acto pedagógico que potencialmente contenía una asamblea o un mitin de comuneros libres.







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