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miércoles, 26 de julio de 2017

Los sueños de los psicóticos plutócratas son una pesadilla terminal





La psicología de la desigualdad y una historia de lujo

Sam Pizzigati, es coeditor de Inequality.org y miembro asociado de Institute for Policy Studies de Washington D. C. para Revista Sin Permiso

La existencia de servicios comerciales como el que ofrece The World puede simbolizar una contradicción interesante que afecta al intelectual colectivo de las sociedades occidentales contemporáneas: ¿Ofrece el más lujoso y exclusivo barco residencial del mundo lo último en experiencias humanas, o es este, sin embargo, otra señal inequívoca del carácter irremediablemente turbio del orden económico vigente?
Existe un grupo formado por unas doscientas personas de grandes fortunas que pasará sus días de verano de manera plácida y despreocupada. El verano acabará, finalmente, pero no el placer y la despreocupación. Bienvenidos al mundo de The World, el mayor (y más dispendioso) “barco residencia privado del planeta”.
Habitualmente, los periodistas describen The World como un “complejo flotante de residencias de lujo en condominio”. Pero esa etiqueta no hace justicia a este navío. The World ofrece a aquellos que deciden llamar hogar a un barco nada menos que la perspectiva de un perpetuo viaje lleno de aventuras.
Pero tal promesa conlleva un precio apto para pocos bolsillos. La residencia más humilde de esta masiva embarcación de bandera bahameña se cotiza actualmente a 1,53 millones de dólares norteamericanos. La mayor de las suites cuesta 16,2 millones. Sumémosle a estos precios de venta una tasa anual de mantenimiento de 450.000 dólares, aproximadamente, para una residencia de 4,5 millones.
¿Qué obtienen los residentes a cambio de todo este dinero? El derecho a votar cada año cuáles de los siete mares irá a explorar. The World inició su viaje estival este julio en el puerto de Dutch Harbor en Alaska y navegará hacia el sur por la costa del Pacífico del continente americano hasta Cabo San Lucas, en la península mexicana de Baja California.
Llegado el otoño, el barco cruzará el Canal de Panamá, recorrerá el mar Caribe y finalmente se dirigirá a Nueva York. El año siguiente, la travesía continuará por Europa y África. A bordo de The World, el viaje nunca termina.
Algunos de los adinerados habitantes de este barco llevan viajando en él desde su inauguración en 2002. Han atracado en puertos de 114 países. Han podido ver los glaciares del círculo polar ártico y los volcanes de Vanuatu, siempre en un ambiente de exquisita complaciencia.
The World cuenta con una plantilla de 270 personas que atienden las necesidades de entre 150 y 200 residentes, los cuales gozan de una amplia oferta de ocio para mantenerse ocupados, desde las comodidades de lujo más comunes en los viajes de crucero hasta una cancha de tenis y un simulador que permite a los torpes golfistas de este barco probar “80 de los mejores campos de golf de élite del mundo”. Los vecinos de esta embarcación también cuentan con una dieta abundante. Su “tasa” anual de mantenimiento les permite gastar 30.000 dólares en tiendas gourmet o en una vinoteca de más de 16.000 botellas de vino. Los restaurantes también abundan.
Resulta que los residentes de The World reflejan perfectamente (en cierto sentido) la población mundial de hogares con al menos 10 millones de dólares, la fortuna mínima que previsiblemente posee cualquiera que se permite vivir en este barco. Actualmente, la mitad de los propietarios de viviendas en The Worldproviene de los Estados Unidos.
Muchos de estos propietarios terminarán regresando a tierra firme. En términos medios, los habitantes de The World pasan seis años en él como propietarios. Sacian su “hambre de viajar”, tal como explica un oficial de abordo, y después pasan el resto de sus días en tierra.
¿Qué te sugiere a ti todo esto? ¿A qué nivel se encuentra ahora tu cociente de envidia? ¿Se te ocurre algún otro objetivo vital más exclusivo que el de conseguir pagarse una vivienda a bordo de The World? O, por el contrario, ¿sacudes la cabeza, con decepción y quizás disgusto por la idea de que nuestro mundo tenga tantas personas pudientes suficientemente absortas en sí mismas como para abstraerse del mundo real (y sus problemas) durante años?
¿Deleite o disgusto? George Gallup debería hacer una encuesta, y si esa encuesta mostrase que la mayor parte de nosotros daríamos casi cualquier cosa a cambio de un viaje a bordo de The World, los plutócratas del mundo sabrían de su gran victoria. Sus sueños se habrían convertido en nuestros sueños. Y esto, para el mundo, sería una terrible pesadilla.

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1 comentario:

  1. Y una mañana la tripulación de The world despertó en el espanto de contemplar la totalidad de los cadáveres de los distinguidos pasajeros flotando en una turbia mezcla de champagne y excrementos.
    El experto forense Jean Claude Formidol no pudo concluir en su diagnóstico si se trataba de una mutación justiciera del virus del Ébola ,o un exceso de toxinas de una variedad de caviar extraído de esturiones asfixiados en aguas nauseabundas intoxicados por desechos dispensados por una de las compañías que paradójicamente contaba entre los viajeros como principales accionistas.
    Sin embargo Formidol también atribuyo la tragedia al temible síndrome de aburrimiento prolongado que podría haber inducido la baja de las defensas inmunológicas de los fallecidos , adjudicándole a cualquier virus común la potencia devastadora de la peste negra. Sin duda habían pasado un tiempo excesivo practicando el juego del golf entre mediocres, entablando conversaciones superficiales, comparando las dimensiones de sus penes y la nauseabunda voluptuosidad de sus fortunas y deambulando por lugares extremos del planeta acumulando fotos para sus cuentas de instagrams que nadie visitaba sin poder conocer ningún lugar de la tierra en absoluto.
    De no haber sido esto , un iceberg poderoso hubiera tarde o temprano infringido una herida mortal en las entrañas de la lujosa fortaleza flotante agrego’ Formidol.
    Sin deambular por las calles, comer pizza en los puestos de Nápoles, oler la fruta del mercado Sorrento o charlar con los pescadores de la costa del mar de Andaman , dejarse humedecer por las lloviznas de Buenos Aires o besar a su pareja bailando al compás de una banda de blues en aquel pub de Dublín, y amanecer al frio con los primeros rayos de la luz del día compartiendo un café con leche con bailarinas del Moulin Rouge en un café del barrio de Montartre; viajar no tiene sentido (insinuo’ el forense).
    Viajar sin conocer, vivir sin sentir, merecida cárcel de lujo ,asepsia mortal concluyo’ Formidol deleite aparente pero sin duda empalagoso disguste.

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