EL PERDIDO - ESTACIÓN JOSÉ A. GUISASOLA - PARTIDO DE CORONEL DORREGO - BUENOS AIRES - ARGENTINA

miércoles, 15 de febrero de 2017

El progresismo, o la voluntad narcotizante del quebrado






El progresismo es una vaga noción, doctrina le llaman algunos, que descansa sobre el concepto de un progreso y desarrollo indefinido de la sociedad. No se trata de una idea política en sí misma ya que no podemos percibir texto o manifiesto que nos aclare sus postulados políticos ideológicos, sociales, económicos, culturales y éticos. En lo eminentemente discursivo lo observo como una concepción lanzada al vacío, con escaso sustento ideológico y sin el debido apoyo filosófico. Generalmente son las fuerzas de centroizquierda las que suelen apropiarse del concepto, aunque nos es sencillo observar que cuando de definiciones políticas se trata dicho término no lograr hallar su nicho de comodidad. Y los dilemas devienen cuando comenzamos a desandar el camino: los cómo, los cuándo, los para quién, las herramientas a utilizar, las prioridades, el poder popular, el poder real, el rol del estado, la propiedad privada de los medios de producción, la justicia, y demás pulsiones que inexorablemente necesitan posicionamientos taxativos para transformarse en ideología y en consecuencia en política. Por fuera de la vaguedad del término y de las confusiones semánticas lo que resulta muy interesante es el generoso y amplio espectro que propone el campo progresista. Acaso sea dicha vaguedad es la que más colabora para que la mayoría de las propuestas políticas de nuestra contemporaneidad se definan de ese modo. Si recorremos nuestro arco iris político vemos que coinciden con el término desde los admiradores de Adam Smith y David Ricardo a través de un liberalismo autodefinido como de izquierda hasta la izquierda más radicalizada. En el medio encontraremos de todo como en botica: Keynesianos, Populistas, Socialistas, Demócratas Cristianos, Socialdemócratas, Marxistas etc.. Modificando substancialmente una recordada frase del General Perón:    “ en definitiva somos todos progresistas”. De alguna manera el “ser progresista” nace como respuesta al “ser conservador”. Podemos sospechar que todo aquel que desea modificar ciertas inercias a favor de cambios que tiendan a mejorar a la sociedad y que luchan contra todo poder establecido encajan dentro de dicho “ser”. Pues en la praxis nada resulta más vago, no es necesario mencionar que históricamente el Gatorpardismo aparece luciendo sus mejores túnicas. En el presente nos rompe a los ojos esa idea de cambio a favor del progreso social.
Es mucho más sencillo autodefinirse como progresista desde la oposición que desde el oficialismo, demandar cambios adolece del compromiso ejecutivo que toda gestión tiene, pero cae de maduro que es desde el lugar de la ejecución en donde el progresismo puede manifestarse concretamente. De todas formas si no aclaramos previamente aquellos caminos mencionados muy difícilmente vamos a poder entender qué se nos dicen cuando nos hablan de progresismo. Nuestros progresistas vernáculos, en la praxis, lo están dejando claro desde el 10 de diciembre del 2015. El progresismo nunca aclara si ese desarrollo social pretendido incluye a toda la ciudadanía o forma parte de esa entelequia llamada Nación, en donde solo deben ingresar “los que ellos consideran que no sobran”.
Por ejemplo, hace pocos años la Alianza se presentó como tal. Una fuerza progresista horizontal y democrática que venía a romper con determinadas inercias noventistas. Por entonces muchos percibían que si bien su discurso era en ese aspecto sumamente seductor y potenciado por aquel nefasto presente, no es menos cierto que otros ponían su énfasis en que ese grupo político no venía a modificar inercias sino a prolijarlas, adecentarlas acaso. La Alianza no ponía en tela de juicio el modelo excluyente planteado y plantado por el Consenso de Washington. Pues no hizo ni una cosa ni la otra, además terminó profundizando el anterior esquema socioeconómico, incluyendo los mismos gestores, anexando notorias medidas regresivas llegando a niveles de represión insólitos para nuestra novel democracia. A pesar de aquella experiencia, el Radicalismo, nave insignia de la Alianza, continúa autodefiniéndose como progresista muy a pesar de que en la praxis exhibió una tendencia conservadora extrema. Tres cuartos de lo mismo sucedió con la C.C. y con el Fap. Si bien, desde la formalidad, este último sello no existía, el Socialismo participó de aquel proyecto con marcados entusiasmos. Más allá de los individuos temo que no haber comprendido socialmente el quiebre histórico que se produjo en el 2001 es los que no llevó a volver a pisar en la actualidad aquellas nefastas huellas. Al mismo tiempo podemos constatar que cuando aparece un Gobierno con serias intenciones de ampliar derechos, que coloca en su justo término político a los DD.HH y al drama de los setenta, que se esfuerza por democratizar incisos encapsulados, que no omite discutir a los poderes fácticos, que promueve políticas a favor de incluir a los excluidos, que implementa resortes industrialistas tratando de encauzar y limitar el poder de las corporaciones oligopólicas, es el supuesto campo “progresista” el que se opone con mayor virulencia bajo la insondable excusa dictatorial. Y esto se debe justamente a que los cómo, los cuándo y los para quién comienzan a protagonizar la escena corriendo velos indefectiblemente, quitando de plano cualquier tipo de embuste dialéctico. En lo personal trato de prescindir sobre ciertas individualidades en las que se cae muy a menudo para ensuciar el debate. Todos, absolutamente todos los actuales actores políticos y agrupaciones, opositores y oficialistas, tienen patos que pelar. Es un tema que suele llenar de letras y palabras el espectro. Lo importante, a mi entender, es lo que se piensa, se dice y se hace en la actualidad con relación a determinadas políticas.
Hace un tiempo nos preguntábamos desde esta tribuna: ¿Qué incisos derogarían, cuáles modificarían o profundizarían: regresarían al mercado de capitales, limitarían el poder de los oligopolios, enfrentarían a los poderes fácticos, les pondrían fin a los juicios por la verdad, les pagarían a los fondos “buitre” de acuerdo a sus exigencias, continuarían con las asignaciones vigentes y las cooperativas de trabajo, reducirían las retenciones, volverían al sistema de AFJP, mantendrían los niveles en el presupuesto educativo, bajarían la carga impositiva, qué harían con los planes sociales, la seguridad y la educación continuarían federalizadas, qué políticas regionales implementarían para agregarle valor en origen a las materias primas y de ese modo fomentar el trabajo y la querencia local, qué posición tendrían con relación a los medios de comunicación, cuál es la alternativa que presentarían ante una posible reforma judicial, les parece bien que el pueblo no participe directamente en la elección de una parte de los integrantes del Consejo de la Magistratura, mantendrían la universalidad de las vacunas para prevenir el HPV y la gripe para grupos de riesgos, qué proponen con relación a la cooparticipación? Creo que el presente no necesita mayores redundancias ni respuestas.  


Juan José Hernandez Arregui sentenció que “La clase media tiende a la formación de grupos intelectuales (progresistas, me permito incluir) que fluctúan, por diversos motivos, entre las élites que miran hacia arriba y los ghettos espirituales que miran hacia abajo. Esto explica la abundancia de intelectuales de izquierda que se pasan a la derecha ideológica, al conservatismo social. En realidad, los intelectuales son los que sienten más vivamente esta situación incierta que ocupan en la sociedad. Mientras la perspectiva de descender les lleva a la comprensión de la lucha que libra la clase trabajadora por otra parte les estimula a no caer en ella”. “En la escuela le enseñaron a preferir el inmigrante al nativo, en el colegio nacional que el capital extranjero es civilizador, en la Universidad que la Constitución de 1853 ha hecho la grandeza de la Nación o que la inestabilidad política del país es la recidiva de la montonera o de la molicie del criollo. Este estado de espíritu, fomentado sutilmente por la clase alta aliada del imperialismo, distorsiona la conciencia de estos grupos, cuyo escepticismo frente al país favorece el pasivo sometimiento intelectual”. “Estos intelectuales democráticos, a veces a pesar de ellos, sin conciencia de su verdadera situación al ligarse a la oligarquía, representan a la pequeña burguesía pro imperialista. El carácter uniformemente extranjerizante de sus escritos, refleja la naturaleza portuaria de esa mentalidad parasitaria del comercio de exportación. En esa literatura hay una voluntad narcotizante en el doble plano estético y político”.


3 comentarios:

  1. MACRI PARA LA MANO
    DEJA DE METERNOS LA MANO EN EL BOLSILLO CON TARIFAZOS.
    Y DEJA DE SAQUEAR EL ERARIO PUBLICO, VOS TU VIEJA Y TU PAPA.

    CHORROS VOS TU VIEJA Y TU PAPA
    SI HASTA TU VIEJA ESTA HACIENDO NEGOCIADOS INMOVILIARIOS CON EL ESTADO LE VENDIO UN PREDIO.

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  2. MACRI CADA DIA UN ESCANDALO, PARA QUE EL ANTERIOR NO SEA ANALIZADO pENALMENTE Y CON LA INDIGNACION POPULAR PUESTA EN UNA SOLA INFAMIA.
    MACRI ES UN BOSQUE DE IMFAMIAS.

    EL ELEFANTE EN cELO NUESTRO DE CADA DIA.
    NOS IMPIDE VER EL BOSQUE DE ELEFANTES EN cELO COGIENDOSE A LOS ARGENTINOS.

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  3. Brillante, para coleccionar. Agreguemos, además, que la derecha no tiene empacho en autodenominarse progresista cuando divaga dentro de sus propios espacios de formación de acólitos (Laura Santillán supo decir de sí misma, en su programa Argentina para armar, que lo era; claro que lo enunció dubitativamente, como pidiendo la reconfirmación por parte de sus entrevistados, señal de que el chiste estaba ya picando en esa mesa). Y le recuerdo a muchos cómo se hacía fila en los años 90 para entrar a los prestigiosos e intelectualmente restrictivos seminarios filosóficos de Tomás Abraham (alias "mi papá es el dueño de Medias Tom"). Tristísimo. Saludos.

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